12.2.08

LOREENA McKENNITT:
"The visit"


veces el encanto, la poesía de un disco puede paladearse desde la propia portada del mismo. Las pistas que nos daba la de "The visit", el álbum que la canadiense Loreena McKennitt publicó en 1991, eran etéreas, misteriosas y tremendamente interesantes: esa puerta que la temerosa dama -la propia Loreena- debe franquear, es sin duda una recreación de esa visita ('the visit') que para nuestra pelirroja es el impulso creador, "algo que surge de por sí, no dominado ni poseído, sino más bien esperado, para lo que no se está preparado". Una edición posterior cambió la portada por una imagen más difusa aunque igual de fantasmal. Si esta impresionante artista -que ya se estaba forjando una figura mítica en el panorama de las músicas del mundo- se preocupara menos por detalles como ese (hay que mencionar que, aunque distribuído por Warner Music, es su propio sello, Quinland Road, el que publica los discos), posiblemente la portada más idónea hubiera sido la pintura "The lady of Shalott", que basada en el poema del inglés Lord Tennyson realizó el pintor prerafaelista John William Waterhouse. Pero esa maravillosa canción, la más recordada de este trabajo, no debe acaparar todo el interés del mismo.

Centrada de nuevo en el mundo celta, los alicientes de esta mujer concienciada con los derechos humanos ("Breaking the silence", impresionante canción de su anterior trabajo, "Parallel dreams", es un tributo a Amnistía Internacional) se amplian y comienzan su viaje por otras culturas. Aunque apasionada con la música celta de los 70 (Alan Stivell es una referencia obligada, y de hecho en las portadas de "Elemental" y "Parallel dreams", así como en la contraportada de este "The visit", aparece un arpa celta -su instrumento primario-), es en una exhibición de artefactos celtas en Venecia en 1991 cuando se imbuye totalmente en la historia de este pueblo, del que comenzó a seguir sus huellas por el mundo y acabó descubriendo los lugares comunes que, inexplicablemente, pertenecen a culturas distintas de oriente a occidente. De hecho, con sus investigaciones en el mundo de la cultura celta y el lento desplazamiento de este pueblo hacia las islas británicas desde la antigüedad, Loreena abrió una puerta al pasado y encontró una manera de mimetizar su manera de entender la música con el folclore de esos pueblos lejanos y exóticos. En "The visit" aplica esa idea a la música e inaugura un estilo que evoluciona los de sus tres primeros discos, una visión multicultural -centrada en el mundo celta- en la que temas vocales e instrumentales conviven de manera fascinante, si bien su increible voz, que sabe ser tan profunda como cálida, no deja de acaparar el protagonismo. Lo hace en un primer sencillo de excepción (con lanzamiento en single CDsingle, y su propio videoclip), la gozosa y pegadiza "All souls night" -inspirada en las fogatas que para despedir a los muertos encienden los pueblos celtas, pero que coincide con la tradición japonesa-, donde entre sus sones medievales, y aun así probadamente comerciales, ya se atisba la variada instrumentación del disco, o en la cara B de ese single, la delicada "Bonny Portmore", delicioso arreglo de un tema tradicional de claro corte celta, con el comienzo de gaita irlandesa a cargo de Patrick Hutchinson, que repite en un disco de Loreena. También se escucha esa gaita en la vibrante "The old ways", y la completa instrumentación brilla asimismo en la sentida "Courtyard lullaby" y en la grave interpretación del gran clásico celta "Greensleeves", pero cuando parece pararse el tiempo es en la indispensable "The lady of Shalott", segundo sencillo del álbum, musicación del mencionado poema de Lord Tennyson, donde Loreena despliega toda su magia y atracción; pieza fundamental en sus directos, el recurso del eterno estribillo (una característica de ciertas composiciones bárdicas de la pelirroja, ya intuida en piezas anteriores como "Annachie Gordon" y continuada posteriormente) realza durante más de diez minutos la magia de instrumentos como arpa o acordeón, proponiendo al oyente unirse mentalmente a una canción sobresaliente. El presunto estatismo, la ausencia de variaciones en la melodía repetitiva, supone que la más mínima de ellas provoque un efecto aún mayor y más gozoso, en un resultado ilustre. Continuando con el álbum, las instrumentales no se quedan atrás, "Between the shadows" es una rítmica pieza de nuevo aire medieval con el brillo del violín, "Cymbeline" toma su nombre de una obra tardía de William Shakespeare ambientada en el pueblo celta (en ella destaca especialmente un curioso -por desubicado, pero bien integrado- sitar, cuyo sonido oriental cierra el álbum) y "Tango to Evora" está inspirada en dicha ciudad monumental del sur de Portugal, país en el que fueron tomadas las fotografías del libreto y que también inspiró la ya mencionada "Courtyard lullaby".

El resultado es otro disco redondo de Loreena McKennitt, en el que cinco de los nueve temas son composiciones propias: "All Souls Night", "Between the Shadows", "Tango to Evora", "Courtyard Lullaby" y "The Old Ways", letras que hablan de viejas tradiciones que continúan en la actualidad y de esas sombras del pasado que permanecen en aquellos lugares de los que deciden no irse jamás. Encargándose ella misma de voces, arpa, acordeón, bodhran y teclados, en este trabajo se hace acompañar del imprescindible Brian Hughes (guitarras y balalaika) y otros músicos que venían siendo habituales, como George Koller (violín, cello, tamboura, bajo y sitar), Patrick Hutchinson (gaita), Hugh Marsh (violín) y Rick Lazar (percusión), uniéndose otros nombres como Anne Bourne (cello), Tom Hazlett (bajo) y Al Cross (tambores). El gran momento de Loreena coincidió con una época álgida de la música celta, pero su enorme calidad y lo diferente de su estilo globalizador ha posibilitado que, pasada esa nueva fiebre celta (estos fenómenos suelen repetirse cada cierto tiempo), ella continúe en un lugar de excepción. "The visit" se sitúa solamente en un nivel superficial de conocimiento en cuanto al origen y mestizaje de la cultura celta, una investigación que va a llevar a Loreena prácticamente por todo el mundo en sucesivos trabajos. Mientras, y aunque no fuera el principal objetivo de nuestra arpista, las millonarias ventas originadas por la distribución de Warner Music eran absolutamente merecidas.

ANTERIORES CRÍTICAS RELACIONADAS:







7.2.08

PAUL WINTER:
"Callings"

El de Paul Winter es uno de los nombres que siempre hay que tener en cuenta en el mundo de la nueva música instrumental, un auténtico valedor de las causas naturales y un gran exponente de la sensibilidad en el arte musical. Proveniente del jazz, su fusión con las músicas del mundo supuso una segunda etapa en la obra de este saxofonista de Pensilvania, en la que el melancólico sonido de los instrumentos de viento dominaba el tempo de las composiciones dotándolas de un espíritu libre y mundano. Fue esta una época mucho menos dinámica que la que, pocos años después, hará famoso al Paul Winter Consort (el conjunto más longevo e interesante de Winter, que tuvo dos formaciones separadas en el tiempo), y el resultado nos ofreció pequeños himnos con aires meditativos y tendencia ecológica. Tanto es así que "Common Ground" fue, en 1977, el primer disco de Paul Winter que tomaba prestados sonidos naturales para conjuntarlos con la música. A su vez fue el último antes de fundar su propia compañía discográfica, Living Music (con sede en una granja en Litchfield, Connecticut), que en 1980 editó su primera referencia, un atractivo y maravilloso encuentro con las ballenas y otros animales marinos de título "Callings".

A finales de los años 60, Paul Winter escuchó en Nueva York las grabaciones que de los cantos de la ballena jorobada había realizado el Dr. Roger Payne. Embelesado por su lirismo, y convencido de haber sentido una auténtica revelación ("tal vez la experiencia que más me ha impactado fue la primera vez que vi y escuché a las ballenas", dijo), comenzó a adquirir esa conciencia ecológica que le viene acompañando desde entonces. Ver y escuchar a esos enormes cetáceos le incitó a crear un nuevo tipo de música, que acertó a denominar como 'Earth music', música de la Tierra, una agradable conjunción de música y naturaleza, un bosque, un océano, un paraíso en el que el ritmo lo ponen por igual las olas o los truenos que la percusión y donde la melodía puede proceder de un saxo, del aullido de un lobo o del canto de una ballena, esas 'llamadas' a las que hace referencia el título de este disco: "Lo que ocurre cuando tienes una base de jazz es que el improvisar y responder de forma espontánea a otros sonidos, llega a ser algo normal y rutinario. Por ello, da igual que se trate de una ballena, un violonchelo, una trompeta o de un lobo. No hay mucha diferencia, simplemente escuchas la llamada y contestas, no es muy diferente a tocar con un músico". Quince especies de mamíferos marinos (entre ellos delfines, nutrias, focas, ballenas azules, lobos marinos, orcas, morsas, belugas o la ballena jorobada) se dan cita en "Callings", el resultado de varios años de investigación en expediciones por Terranova o la isla de Vancouver en Canadá, las islas Hébridas escocesas, la de San Salvador en las Bahamas o las islas de la costa de California y Baja California. "Callings" supone un hermoso y relajante, incluso optimista, encuentro con estos seres que se encuentran en permanente peligro de extinción, y comienza con un impresionante diálogo entre saxo soprano, ballenas y focas de título "Lullaby from the Great Mother Whale for the Baby Seal Pups" ('Canción de cuna de la madre ballena a los pequeños cachorros de foca'), la canción más conocida y penetrante del álbum, que tiene el siguiente origen: "Mientras escuchaba la grabación de la gran madre ballena me acordé de las matanzas de focas en Groenlandia. Sabiendo que las voces de las ballenas pueden transmitirse a cientos de kilómetros por el océano, se me ocurrió que esta canción de ballena clamaba por el destino de estas criaturas, y soñé que su arrullo protegía a los cachorros". "Sea Wolf" también se aprovecha de esa comunicación submarina tan subyugante, pero no sólo el saxo conversa con los animales, también participan el oboe y otros vientos de Nancy Rumbel, las guitarras de Jim Scott, la percusión de Ted Moore, el violonchelo de Eugene Friesen y el piano y órgano de Paul Halley, en su primera incursión en el conjunto de Paul Winter. Grabado en la catedral St. John the Divine de Nueva York, de la cual Halley era organista y director de coro (lo fue de 1977 a 1990), este trabajo fue producido por el propio Paul Winter. La delicadeza de composiciones como la mencionada "Lullaby from the Great Mother Whale for the Baby Seal Pups" -una auténtica nana entre ballenas y focas-, "Love Swin" o "Seal Eyes", y el ritmo de otras como "Magdalena" (con sus aromas brasileños, aunque se trate de una bahía mexicana), "Sea joy" o "Dance of the silkies", se unen a los sonidos naturales, con varios momentos puramente ambientales ("Sea Storm", "Sila"), incluso exclusivos para el lucimiento de la comunidad de mamíferos ("Callings", "Artic Jungle"), constituyendo en definitiva 'una celebración de las voces del mar' (el subtítulo del álbum) y un disco que es casi un documental sonoro sobre estos entrañables animales, así como un álbum de vivencias de Winter, desde su impotencia ante las masacres de crías de foca que vió de pequeño por televisión hasta su jugueteo con un cachorro de león marino que apareció cerca de la costa en un campamento de avistamiento en esa Bahía Magdalena que titula una de las composiciones.

Paul Winter visitó por vez primera la Catedral de St John the Divine de Nueva York (San Juan el Divino, conocida como la catedral verde) en 1974 para el funeral de Duke Ellington. Poco podía imaginar que iba a tener una conexión importante con la misma, ya que fue precisamente en 1980, año de la publicación de "Callings", cuando el Reverendo James Parks Morton invitó a Paul Winter a convertirse en artista en residencia de la catedral "para tender puentes entre la espiritualidad y el medio ambiente con su música". A partir de entonces, cada solsticio de invierno (el hito más universal para el músico), Winter y los suyos realizan lo que denominan como "la música apropiada para este extraordinario espacio acústico, una celebración musical que puede llegar a la gente, más allá de su origen o edad". Allí se realizaron además grabaciones tan fundamentales en su trayectoria como este álbum, que en su primera edición en vinilo doble recogía 15 cortes y un libreto de 20 páginas, reducidos a 13 cortes en la segunda impresión del mismo y la primera tirada en CD. Todos ellos contaban con una portada de fondo blanco, que tornó a negro para posteriores ediciones en CD, reduciendo la lista de temas a unos escuetos 8 (una vez eliminados los puramente ambientales o documentales). "Callings" es una auténtica sinfonía marina construída por un músico concienciado, y esas ballenas volvieron a aparecer en su obra en 1987 cuando publicó junto a Paul Halley "Whales Alive" (en el que se escuchaba de nuevo el célebre "Lullaby from the Great Mother Whale for the Baby Seal Pups"), otro espectacular álbum que contaba con la narración de Leonard Nimoy, el popular actor que dió vida a Spock en la serie Star Trek. La intención de Paul Winter no era innovar con la incorporación de los sonidos de animales (algo que pocos músicos habían utilizado anteriormente), sino de realizar una música bonita y cercana a todo el mundo, así como concienciar a la gente sobre la bondad de estos seres que colaboran en el trabajo y sobre los que Winter afirmó: "No es muy diferente a tocar con un músico".

ANTERIORES CRÍTICAS RELACIONADAS:
PAUL HALLEY: "Angel on a Stone Wall"





31.1.08

LUDOVICO EINAUDI:
"Divenire"

Entre el amplio abanico de pianistas no clásicos que nos ofrecía la primera década del siglo XX, fue cobrando poco a poco un gran protagonismo el italiano Ludovico Einaudi, hasta convertirse en un auténtico fenómeno. Es el suyo un piano formal, con elementos sinfónicos, románticos, incluso étnicos, pero él se deja inscribir en el minimalismo (un término que iguala con elegancia y sinceridad), y su contrato con el sello clásico Decca le otorga ese matiz contemporáneo que le hace más respetable. Su primer álbum con esta compañía británica, "Una mattina", llegó enseguida al número 1 en Inglaterra en el año 2004, después de cosechar grandes éxitos con sus álbumes para BMG Ricordi como "Le onde" (el primero, donde desarrollaba las bases de su sonido), un melancólico "I giorni" o el ambiental "Stanze". Este compositor nacido en Turín en 1955, no necesitaba las características y el carisma de otros famosos pianistas encuadrados en el minimalismo para deslumbrar, si bien con el tiempo ha superado la fama de prácticamente todos ellos. Su piano es hermoso y placentero, y después de sus incursiones en la música de cámara y componer para teatro, danza y cine, ha encontrado en él la herramienta perfecta para encauzar sus sentimientos hacia un oyente que se rinde con facilidad ante la hermosura de la melodía pura. Su capacidad de creación es, además, extraordinaria, sólo así se explica que año tras año continúe superándose, reafirmando su sonido y buscando elementos para enriquecerlo, como las influencias africanas provenientes de su viaje a Mali y encuentro con Toumani Diabate, o la incorporación de un ligero toque electrónico en su obra de madurez. Muy inmersos en el siglo XXI publicó "Divenire", otra obra maestra sin signos de cansancio o deterioro, acompañado esta vez por una orquesta completa, la Filarmónica de Liverpool.

"Divenire" se engancha a nuestro reproductor de CD como un imán al frigorífico, dada la embelesadora atracción de sus audaces melodías. Dotadas de un especial carácter visual, éstas parecen recoger impresiones de un largo y bello viaje, no en vano fue compuesto durante varios años en los cuales Einaudi abordó y publicó otros proyectos. Publicado en octubre de 2006 por Decca Records, en realidad este trabajo es fruto de ese 'devenir' al que hace mención, ya que la semilla surgió cinco años atrás en un concierto en los dolomitas, y fue creciendo poco a poco, inspirado especialmente en un tríptico del pintor italiano Giovanni Segantini, 'Naturaleza, vida y muerte', que suscitó en Einaudi "el deseo de completar esa imagen con música". En ese mismo concepto de transformación, de llegar a ser, cada pieza fue tomando forma en la cabeza de este artista único, independiente, heredero de una serie de músicas que van desde el piano que tocaba su madre hasta los minimalistas, pasando por las influencias del rock que escuchaban sus hermanas, de sus clases de guitarra o de la música étnica. Sin embargo el secreto de Ludovico no reside sólo en sus elaboradas melodías, ya que en "Divenire" resalta el engalanamiento de las mismas con un acompañamiento esmerado y original, fruto de la combinación de sus estudios clásicos con sus intereses más modernos. Y aunque probablemente pueda gustar a acólitos de uno u otro estilo, se intuye en Ludovico Einaudi a un compositor que disfruta en la época y métodos más actuales. En "Divenire" nada está colocado al azar, y aunque cada tema es audible independientemente, su orden y continuidad no es casual: "Cada pieza está donde quería, incluso los cambios de clave entre las armonías de los temas están pensados". Ese comienzo delicado y emocionante ("Uno"), como música que partiera de nuestra propia alma, es el augurio de una obra maestra, un disco que combina piano, orquesta y esporádicos toques electrónicos que nutren al sonido de las teclas de un alabado componente orgánico, como en este comentado inicio y en dos canciones que incluyen pianos sonando al revés (la preciosa "Rose" -un ambiente pianístico de excepción- y "Ascolta"), demostrando que no existe una huída de la tecnología (por ejemplo, y en otro orden, una de las composiciones, "Monday" -un solo de piano con aire antiguo-, nació tocando en directo por internet para un foro). La maduración de este álbum durante los muchos directos interpretados en esos cinco años provoca que incluso uno de los temas sea en vivo, una soberbia improvisación con el chelista Marco Decimo de título "Andare". Todo lo restante es fabuloso, ya se trate de nuevos solos de piano ("Oltremare", "Ritornare"), otra composición más completa y alegre ("Fly", que concluye con una cierta disonancia de guitarra eléctrica, interpretada por el propio Ludovico) o un tema final que no incluye piano, sino chelo y orquesta ("Svanire"), pero hay que acabar destacando dos cortes únicos en su característico estilo: "Divenire" es un auténtico hechizo, una inmarcesible composición que no sólo da título al álbum sino que fluye extraordinariamente y recoge en su espectacular desarrollo toda la idea del mismo. Por otro lado, "Primavera" es un fenomenal acercamiento a la técnica de Vivaldi, otra demostración de ingenio de cuya apabullante melodía gustaría disfrutar una y otra vez. Ambos cortes poseen vida propia y se muestran como dos gemas de las que dificilmente se encuentran muestras en los últimos años. De hecho, si este álbum hubiese sido creado 15 años atrás, nos encontraríamos ante un clásico indiscutible. Tal vez 15 años después ya lo sea.

"Divenire" se adaptó un poco más a la modernidad por medio de una edición especial en 2007 que incluía un segundo disco, en el cual se encontraban tres remixes a cargo de nombres importantes: Mercan Dede se encargaba de "Uno" (en un estimulante acercamiento, no ya a una temida electrónica, sino a una suerte de world music suave y con percusión), Robert Lippok de "Andare" (un buen ambiente electrónico el de este futuro colaborador del italiano) y Alva Noto de "Divenire" (el menos afortunado de los tres, porque elimina totalmente su excelsa melodía y delicioso desarrollo). El cine se fijó enseguida en la música de este turinés, por ejemplo el noveno corte de este disco, "Fly", fue incluído en una de las más exitosas películas francesas de los últimos tiempos, 'Intocable', y es que las notas de ese piano abarcan una amplísima gama de matices, pero no sólo musicalmente hablando sino que además pueden provocar en el oyente las más dispares pero siempre humanas sensaciones. Ludovico utiliza las notas, los tiempos, los silencios, con una absoluta maestría creando lúcidas composiciones para un disco pulcro, diáfano, pero de una emoción engañosa, puesto que es el propio devenir el que provoca que nunca lo escuchemos de igual modo, con las mismas ganas o predisposición. Aún así, seguirá siendo siempre una experiencia única.





26.1.08

MERL SAUNDERS:
"Blues from the rainforest"

"Este álbum ha sido una aventura espiritual", así comienza el texto explicativo al respecto de "Blues from the rainforest" firmado por el propio Merl Saunders en el libreto del disco, y allí descubrimos también que el percusionista norteamericano Muruga Booker tuvo mucho que ver en la inspiración para el proyecto más new age de este teclista de color. Saunders, nacido en 1934 en California, elaboró este disco concienciado de que podía hacer algo para que la gente se diera cuenta del enorme crimen al planeta que supone la devastación amazónica. No sólo se trató de un proyecto edificante, sino que reunía enormes características que hicieron de él un trabajo meditativo y ciertamente agradable. A pesar de no tener el carisma de Sting, Merl logró la inspiración adecuada para llevar a cabo esta recordada obra que publicó en su propio sello, Sumertone Records, en 1990, y que fue nominada al premio grammy.

Otro de los grandes logros del álbum fue conseguir la colaboración de Jerry García, el que fuera guitarrista de Grateful Dead, que falleció cinco años después de la publicación de este trabajo, y con el que Saunders afirmaba tener la capacidad de comunicarse sin palabras. De hecho, y en guiño a aquel mítico grupo con el que el propio Saunders colaboró en su momento, es la psicodelia la que, combinada con sonidos selváticos, nos abre las puertas del álbum en una entrada memorable, creando un sendero hacia lo más profundo de la selva amazónica. Este tema principal, de título igual al disco, es un largo y gratísimo viaje a la naturaleza salvaje amenizado por los teclados, la percusión y esa excepcional guitarra, cuya entrada supone su gran momento, incluso por encima de las dos melodías principales que suenan alternadas, una relajante a los teclados y otra rítmica con predominio de las congas. El conjunto es evocador, poderoso y rico en detalles, no sólo musicales sino en ese trasfondo ecológico que se le presupone, asistiendo impertérritos a un llanto y una oración por la Madre Tierra, indefensa y ultrajada. El segundo corte del álbum también tuvo un cierto protagonismo en España, al incluirse en la gloriosa recopilación "Música para desaparecer dentro": "Sunrise over Haleakala" está en el lado opuesto de la balanza de su antecesor, pues lejos de trascendentalismos, cambios de melodía, psicodelia y grandes percusiones, presenta una música delicada al piano, limpia de adornos (escasa guitarra -aquí Jerry García tiene un papel secundario en su mano a mano con Merl-) y aun así de igual implicación con la causa del álbum, pero ante todo de una sincera belleza, como la del volcán Haleakala de la isla hawaiana de Maui, a la que debe su título gracias a la interacción de su esposa Marina, que vivió allí una intensa experiencia contemplando el cometa Halley en 1986. A partir de aquí decrece en cierta medida el interés del trabajo, si bien aún se puede disfrutar del ritmo de una pieza de Muruga considerada como una odisea bajo el agua, "Blue Hill ocean dance" (repleto de vientos -de nuevo Jerry García, pero a la guitarra midi sonando como flauta-, percusiones -no sólo Muruga sino además Eddie Moore- y teclados luminosos, en un tono bastante más optimista que el tema principal), y el carácter marcadamente espiritual y meditativo del resto de las composiciones ("Afro pearl blue", por ejemplo, está basada en una experiencia 'fuera del cuerpo' de Muruga durante una sesión de meditación), complementando un disco que guarda un interés especial por su compromiso, por la eficacia de los músicos involucrados y por ese tema principal que nos transporta a un territorio al que hay que seguir protegiendo. No solo Saunders (teclados, bajo, voces), García (guitarras, flauta) y Muruga (percusiones, whistle), sino además Eddie Moore (percusiones), Melvin Seals (efectos de sonido), Shakti (voz) y Bill Thompson (batería), conformaron la conocida como 'Rainforest band' y contribuyeron a que este trabajo fuera un bonito alegato musical con sonidos de jazz y world music. Diez años después de la edición del CD, salió a la venta un DVD que contenía el disco íntegro, un concierto en San Francisco y un documental que narra un viaje de Saunders a la amazonia, donde descubrió lo increible que es estar dentro de la inmensa selva virgen.

Producido por Merl Saunders con la ayuda de Marina Zachau (que a su vez creó la portada), "Blues from the rainforest" llegó a sonar además en la conocida serie 'Baywatch' ('Los vigilantes de la playa'). Jazz, rock, soul, música para cine y televisión... son muchos los estilos en los que Merl Saunders profundizó en su extensa carrera, que culminó con su fallecimiento en octubre de 2008. Esta new age espiritual a la que le llevó su conciencia ecológica hizo que naciera "Blues from the rainforest", un disco de difícil difusión pero que llegó a tener una cierta trascendencia en los círculos new age de la época (llegó al número 4 en las listas de new age del Billboard), si bien es evidente que merecía una mejor distribución. Nunca es tarde para ello, ni por supuesto para descubrirlo.



19.1.08

DAVID ANTONY CLARK:
"The Man who Painted Caves"

"Soy artista, pintor de cavernas. Con ocre y pigmento conjuro para mi clan magia positiva en las cacerías". Así se presenta el hombre primitivo al que rinde tributo David Antony Clark en este disco publicado en 1999 por White Cloud, donde el músico neozelandés continúa demostrando su adoración por las culturas antiguas y la naturaleza más primigenia. Tras Nueva Zelanda ("Terra Inhabitata"), Australia ("Australia. Beyond the Dreamtime"), Africa ("Before Africa") e Irlanda ("The Living of Ireland"), un amplio territorio más centrado en el tiempo que en el espacio es recordado en "The Man who Painted Caves", memorable trabajo de esencia primitiva a través de voces tribales interpretadas por hasta siete vocalistas (incluido el fundador de la compañía White Cloud, el inglés Jon Mark, con el que colaboró en "The Living of Ireland", y que es también productor ejecutivo del disco), ritmos que parecen surgir de las entrañas de la tierra, sonidos ambientales, teclados y el armonioso sonido de las flautas, en variedades que van de las de bambú a las maoríes, celtas o indias.

Resistencia publicó en España, como viene siendo habitual, la edición en castellano del disco, donde se nos cuenta la historia de cada canción desde la perspectiva de ese instintivo y ceremonioso pintor de cavernas nómada que las protagoniza. Las melodías de David Antony Clark son fácilmente identificables y se basan en patrones parecidos disco tras disco. Son las variaciones de esas pegadizas tonadas y sobre todo la especial ambientación, orientada al motivo de la obra (una gran gama, muy cuidada, de ritmos, percusiones, voces y sonidos naturales), lo que marca la diferencia entre este músico neozelandés y la gran mayoría. La producción es, además, exquisita, logrando una mimetización extrema entre lo tribal y lo moderno, personificando ese sonido conocido como neo-primal. Altamente original es el motivo silbado y aflautado que introduce el trabajo, una especie de oración musical a los dioses del bosque ("Forest Gods") que se hace muy atrayente, como también excitante es el concepto privado, recogido, de "Cry of the Spirit-Cat", bella melodía de flauta complementada por un lastimero efecto de cuerda y sonidos y voces naturales, recreando pasajes olvidados. Son sin embargo los momentos rítmicos, esas embargables melodías de "The Bison Hunters" o "The Man who Painted Caves" (el neo-primal más adictivo, que llama al movimiento por su tratamiento rítmico que bien podría haberse asomado a estéticas modernas en algún atrevido mix) los que acaban siendo indefectiblemente los instantes más recordados del álbum, concentrando gran parte de su emoción en la primera parte del mismo. De este modo, nos encontramos en esta obra con ese primer acto trepidante, con escenas de caza y ceremonias tribales que le dotan de un mayor misticismo ancestral, y una segunda parte que se mueve por lo general en terrenos más tranquilos, espirituales y en conexión con la naturaleza ("A Night in the Garden with Eve", "Black Moon", "Limestone Cathedrals", "Sacred Chambers"). En general, una soberbia muestra de lo que este original artista gusta denominar como 'música neoprimitiva' en cuya concepción, nos hace recordar, y a falta de otros vestigios, cobra gran importancia ese arte primitivo que en Australia se puede admirar en forma de antiquísimas pinturas, "evidencias del paso del hombre prehistórico por el mundo (...) Las pinturas rupestres tienen una antigüedad de entre veinte y treinta mil años, y cuando las vi, todo tenía sentido. Ubir, una de las áreas que visité, ha estado habitada continuamente durante al menos cincuenta mil años, y sin embargo ha sido muy poco alterada por sus habitantes".

Leemos en la web oficial del artista: "Esta colección de música es una cautivadora interpretación de una época, cuando la historia fue escrita en las paredes de las cuevas. Con sus ritmos de percusión sosegados y su tranquila distribución recrea perfectamente la vida de cuando el tiempo estaba marcado por el sol y la tecnología más moderna se reducía a un hacha". En "The Man who Painted Caves", como en toda la obra de David Antony Clark, acompañando a los teclados son continuos los diálogos entre flautas -algunas de las cuales suenan recreando pájaros-, los sonidos de animales en general y las atmósferas naturales, así como voces, que han pasado de ser indígenas o primitivas a meditativas, realzando la carga ambiental de sus composiciones. La suya es una de las músicas de estudio que más le debe al padre Cielo y la madre Tierra, pues a pesar de su artificialidad se nota su auténtica intención, reflejar su amor por la música, los viajes y la naturaleza.

ANTERIORES CRÍTICAS RELACIONADAS:





12.1.08

SMOOTH:
"An electro soul experience"

La casualidad hizo que, hace sólo unos meses, me encontrara de golpe con este grupo de la escena electrónica francesa, esa que se expresa sin pudor sobre bases musicales del siglo XX renovándolas con la ayuda de la tecnología del XXI. La combinación sólo es perfecta en un puñado de ocasiones, pero sin duda ésta es una de ellas. Tuvo que ser en un concierto de Yann Tiersen cuando estos teloneros de excepción, de nombre Smooth, pasaran por encima de su anfitrión y consiguieran que yo y seguro que muchos más de los presentes, nos interesáramos por su andadura. Así descubrí que, aunque allí presentaran su segundo trabajo ("The endless rise of the sun"), el más sorprendente e imaginativo fue el primero, publicado en febrero de 2005 con el significativo título de "An electro soul experience".
Buscando similitudes fáciles podemos situar a Smooth entre Air y Moby, aunque ellos, en su web, se definen como si los Beatles bordearan a Lalo Schiffrin. Buceando entre la esencia retro del funky, la música negra (del soul al hip hop) y la psicodelia de los años 60 y 70, ahí se encuentra la realidad de Smooth. Sus composiciones son impresiones de una película de colores avejentados, retazos de una realidad que subvive en un plano de existencia cercano al nuestro, pero palpable, emocionante y de una contundente sensualidad. Si bien el CD es realmente escueto en detalles, al menos podemos atestiguar lo que ya vivimos en aquel concierto, la estupenda convivencia entre electrónica (teclados, samplers, programaciones) y los instrumentos de siempre (bajo, guitarra, batería, incluso algún violonchelo). El comienzo del disco da una idea de esa fusión, regalándonos uno de sus grandes temas, punto de partida de su particular sonido. "B-side" es precisamente esa cara B que a veces llega a ser más interesante que el single principal, es ese descubrimiento privado ante el que se despliega el dilema de querer conservar su virginidad o compartir su belleza con el resto del mundo, capaz de corromper cualquier propuesta ante la ambición y la comercialidad. Optando por la segunda opción continúo la escucha, donde cada corte es una nueva sorpresa, como en la hipnótica atmósfera y uso de las voces (sampleadas o no) de "Les reflets", las evocadoras "My Tragedy", "The March", "Little Karma" o "Out of the Reach" y sobre todo la canción que da nombre al grupo, con su hiriente dulzura vocal e instrumental, "Smooth".
La ligera excentricidad de su música no conseguirá aupar a la fama a este trío elegante y simpático compuesto por Nicolas Berrivin, David Darricarrère y Christophe Declercq, pero parece claro que su propuesta no cae en saco roto, ese sonido retro modernizado, mix de influencias ya comentadas (pop, funk, soul, hip hop y electro), es agradable en cualquier momento y ha encontrado su pequeño hueco en el mercado, sobre todo francés pero también, poco a poco, y gracias a su gira con Yann Tiersen, en el resto de Europa. Ya sea admiración, interés o simple sorpresa, esta música es difícil que pase desapercibida, dales una oportunidad y juzga tú mismo.

1.1.08

GEORGE WINSTON:
"December"

William Ackerman, el genial guitarrista que creó Windham Hill, calificó esta compañía como una alternativa viable a los dictados de las grandes discográficas. Sin embargo enseguida llegó a ser más que eso, en sus comienzos fue todo un mundo de sensaciones auténticas en cuanto a la música instrumental acústica, y logró en muy pocos años que la guitarra folk, los solos de piano o los conjuntos que incluían clarinetes o saxos en sus composiciones, no sólo tuvieran su mercado y radiodifusión sino que fueran reconocidos por la crítica y sus discos fácilmente adquiridos, degustados y admirados por un público fiel. George Winston fue el primer artista de la compañía en tener un auténtico éxito y colarse en el top 100 de ventas en los Estados Unidos, algo impensable para un músico que tocaba únicamente el piano en un estilo muy alejado del rock o del pop. De hecho el álbum de Winston que despuntó en dicha lista (tras el top 200 de su primer trabajo, "Autumn") fue un compendio de temas navideños de título "December", publicado en 1982.

A George Winston no le importa el oyente, en los 90 aseguraba que jamás piensa en él y que en realidad no existía (otro gran pianista, el también excéntrico -aunque éste en exceso- Glenn Gould, llegó a decir "detesto a los espectadores"), pero ante cada uno de sus discos el comprador debe perdonar el desprecio de este personaje tan singular y sentirse afortunado al poder gozar de su genio. Cada trabajo firmado por él es una parte de su vida, de hecho tarda muchos años desde el germen hasta la publicación, lo que da una idea del perfeccionamiento y la autoexigencia de este pianista al que le inspiran los espacios abiertos, el campo, el cielo, el clima o las estaciones del año. Cuando "December" salió a la venta (en 1982, dos años después de "Autumn" y sólo unos meses tras "Winter into spring"), Winston ya gozaba del reconocimiento del público y de un cierto prestigio ante una crítica sorprendida por la maravillosa actividad del sello californiano. Dentro del tinte navideño, dos tipos de canciones integran "December" y desvelan su propósito y planificación: por un lado las inspiraciones, tanto en los amigos y paisajes de Miles City, la ciudad de Montana donde George creció ("Thanksgiving", una pieza serena que abre el disco de forma sencillamente perfecta), como en compositores clásicos ("Joy" de J.S.Bach -que aporta un aura celestial a la blancura del trabajo-, Pachelbel y su conocido "Kanon") y contemporáneos (Alfred S.Burt -trompetista de jazz que escribió "Some children see him"-, Dominic Frontiere -el creador de la música de la serie de televisión "The outer limits", que inspira la pieza de cierre del álbum, "Peace", como lo hizo en la de "Autumn", "Stars"-, Steve Reich y un Vince Guaraldi cuyo espíritu parece acompañar siempre a Winston), y por otro villancicos tradicionales europeos (de Ucrania -"Carol of the bells"-, Inglaterra -el conocido "The holly and the ivy"- y Grecia -la especial melodía de "Minstrels"-) y uno del pueblo apalache, "Jesus, Jesus, rest your head" (del siglo XIX, recopilado por el folclorista John Jacob Niles, y desprovisto de la letra sin perder su fuerza, que en la voz de Niles era extraordinaria). De sus 45 minutos (eran 39 originalmente pero la edición especial 20 aniversario incluía dos temas nuevos), y teniendo en cuenta que una extrema belleza puebla prácticamente toda su extensión, es necesario destacar dos momentos inolvidables, la emocionante interpretación -el piano se basta para sustituir a los habituales violines y contrabajo- de la obra más conocida de Johann Pachelbel ("Variations on the Kanon by Johann Pachelbel") y la inequívoca muestra de maestría que supone la unión de una dulce composición del propio Winston, "Prelude" -inspirado por Vince Guaraldi-, con el villancico ucraniano "Carol of the bells", originando una pieza que va más allá de climas, de estaciones y de calificaciones. Sin pretender hacer una broma fácil con su temática, es ciertamente posible sentir escalofríos al escuchar este disco, y no sólo por la forma de tocar de este pianista de Montana, sino porque además, en sus notas parece encontrarse impresionada la luz, el ambiente y el clima gélido de la estación invernal que tan perfectamente refleja la portada. Sólo con su piano (no le interesa la electrónica aunque llegó a escuchar a músicos de sintetizador como Jarre, Vangelis, Klaus Schulze o Tangerine Dream), este músico trascendental, ecológico, incluso esotérico, teje una tela musical ideal para escuchar atentamente o para tener de fondo (sin ser en absoluto la típica música de fondo), todo un clásico de la New Age y del piano más elegante de Windham Hill.

Cuando en 1985 Windham Hill (a través de su filial Dancing Cat Records) decidió entrar en el negocio de publicar música de cuentos clásicos para niños junto a Rabbit Ears Storybook Classics (división de Random House Publishers), su primer lanzamiento fue el exitoso "The velveteen rabbit", con la música de Winston y la narración de Meryl Streep; en él, "Christmas" es una variación de "Carol of the bells". La edición de 2003 incluía además la música sin narración, donde "Loneliness" es una versión de "Thanksgiving". Qué serena melancolía blanca es, precisamente, la de "Thanksgiving", qué tímida afloración religiosa la de "Jesus Jesus rest your head", qué emocionantes impregnaciones clásicas las de "Joy" o "Variations on the Kanon by Johann Pachelbel", qué momentos folclóricos más intensos y especiales los de "Carol of the bells" o "Minstrels", qué recuerdos navideños infantiles conlleva "The holly and the ivy", qué sosiego consigue transmitir "Peace"... Qué cúmulo de emociones esconde, en definitiva, esta gran obra!!.

ANTERIORES CRÍTICAS RELACIONADAS:







24.12.07

JEAN MICHEL JARRE:
"Zoolook"

Con la publicación de discos tan míticos como "Oxygène", "Equinoxe" y "Magnetic Fields", el teclista francés Jean Michel Jarre había demostrado sobradamente lo popular y comercial que podía llegar a ser su música. Sin embargo, aunque su fórmula tuviera cuerda para rato, en su estilo electrónico/sinfónico se iba a producir un arriesgado giro bien entrada la década de los 80. Varios años de relativo silencio no fueron tales, pues una exitosa gira asiática dio como resultado  el trabajo en directo "The Concerts in China" -con nuevo e interesante material- y un extraño disco de una sola copia, "Music for Supermarkets", fue radiado una única vez y subastado, entrando Jarre en el libro Guiness de los records una vez más, al ser vendido por 69.000 francos franceses. Este hecho dio paso a una revolución estilística de extraño título publicada en 1984 por Disques Dreyfuss, un arriesgado pero maravilloso disco con espíritu de unión llamado "Zoolook".

Las posibilidades de la voz humana, combinada con el arsenal electrónico característico de Jarre, dieron como resultado este disco innovador y sorprendente, de esos que dificilmente entran a la primera pero que el tiempo sabe poner en su sitio porque, muchos años después, siguen siendo rompedores y plenos de calidad y dinamismo. "Zoolook" es un atlas vocal humano, para su preparación este músico francés contó con la ayuda del etnólogo Xavier Bellanger, ya que se pueden escuchar fragmentos de voces en veinticinco idiomas, no sólo los más extendidos sino algunos tan curiosos como el quechua, el aborigen o el malgache. Tal torre de Babel se sostiene gracias a la composición de un genio, y a unas eficaces colaboraciones: Laurie Anderson (de hecho el disco fue grabado en New York, la ciudad de esta extraordinaria artista que pone algunas de las voces de la obra), Adrian Belew (el que fuera guitarrista de King Crimson, Zappa y otros), un bajista tan sensacional como Marcus Miller, Ira Siegal con otra guitarra, Frederic Rousseau a los teclados y la batería de Yogi Horton. El resultado es una experiencia para los oídos, y comienza con una de las grandes composiciones de Jarre, "Ethnicolor", la pieza más larga del disco, donde los vocablos étnicos procesados por Jean Michel alcanzan su mayor intensidad, tanto en su primera parte, más intensa y meditativa, como en su final, de un sorprendente ritmo integrado por todo tipo de voces, teclados y percusión hasta alcanzar el clímax. "Diva" tiene un desarrollo parecido, un comienzo suave y un final más rítmico, destacando en ambos la voz desenfrenada de Laurie Anderson, una voz que no aparecía en el verdadero origen de este tema, "Music for Supermarkets (Part 7)" (Jarre no olvidó las composiciones de ese disco de copia única, y fue utilizándolas con el tiempo). Comienza aquí la segunda cara del disco (que presentaba ligeras variaciones entre el vinilo y la cassette y CD), la más comercial, integrada por las movidas, alocadas pero aun así divertidas y pegadizas en sus juegos vocales, "Zoolook" (primer sencillo del álbum) y "Zoolookologie" (segundo sencillo), y otras tres que podemos situar a medio camino entre la música ambiental y la world music, "Wooloomooloo", "Blah-Blah Cafe" -que no era sino "Music for Supermarkets (Part 5)"-, y por último, sin tener mucho que ver con su primera parte, pero siempre interesante, "Ethnicolor II". Más allá del habitual efectismo y grandilocuencia de la música de Jarre, "Zoolook" destaca por un sorprendente colorido, el mismo del que hace gala en el videoclip de "Zoolookologie", mientras que el de "Zoolook" era de un divertido corte futurista con robots y científico loco.

Este caótico muestrario de samplers marca el comienzo de una nueva etapa en la obra del músico francés, más rítmica y encauzada hacia el tecno y las nuevas tendencias, pero sin olvidar el componente ambiental y sinfónico de su primera época. En "Zoolook" Jarre demuestra las razones del porqué de su reinado al frente de la electrónica: original, arriesgado, pulcro en su acabado, extraño en su comercialidad basada en un cierto vanguardismo... La idea de utilizar la voz como un instrumento más (literalmente) no era nueva pero es innegable que hasta la fecha dificilmente ha sido superado. Es de agradecer que determinados músicos no opten por una opción conservadora a la hora de continuar con su obra, Jean Michel Jarre innovó con "Zoolook" (un trabajo de difícil plasmación en esos enormes directos del francés) y consiguió un disco magistral.

ANTERIORES CRÍTICAS RELACIONADAS:







15.12.07

DAVID LANZ & PAUL SPEER:
"Desert Vision"

Dos años después de que bosques y ríos inspirasen el colosal "Natural States", en la imaginación de los músicos estadounidenses David Lanz y Paul Speer tomó el relevo la abrumadora inmensidad y misteriosa belleza de los espacios desérticos, para configurar una nueva colaboración entre estos dos amigos, pianista el uno, guitarrista y productor el otro. "Desert Vision" es una digna continuación de aquel primer disco, puede que no tan completo pero sí con una serie de estupendas melodías dignas de permanecer en los oídos de los seguidores de las nuevas músicas, que en los 80 vivían un momento dulce, una explosión de talento y buena música encauzada por una serie de sellos discográficos que aprovecharon su momento. Entre ellos, Narada se ganó un puesto de honor, y fue precisamente esta compañía de Milwaukee la que publicó "Desert Vision" en 1987 en su subsello Equinox, dedicado a la fusión contemporánea con otros estilos, como rock, jazz o músicas del mundo.

Como portada de este desértico trabajo, una espectacular formación de arenisca muy parecida a las situadas en Lukachukai buttes, la reserva Navajo del estado de Arizona, y es que "Desert Vision" presenta nueve tonadas magnéticas que proporcionaban elegantes planeos por las despobladas tierras del oeste estadounidense. Como muestra del talento desplegado en el trabajo, en su comienzo nos encontramos directamente con "Eagle's Path", posiblemente una de las mejores composiciones ideadas por este dúo norteamericano, y uno de los puntos fuertes de la new age de los 80. Entre la delicadeza de su comienzo, con los teclados tejiendo un evocador ambiente unidos a una hermosa flauta (una primera parte denominada 'Találawi', que en idioma hopi significa 'Song of the Rising Sun') y la fuerza de su vertiginoso desenlace ('Kwávasa', 'Land of the Eagle' en hopi) con la contundente percusión, una cadencia altiva de teclado y la fuerza de la guitarra conformando una atmósfera admirable, difícil de dejar de escuchar, se encuentra la clave de este éxito, que reside en la composición de Lanz (siete de las nueve canciones son suyas) y en la producción de Speer y el aderezo de sus texturas de guitarra. No hay que olvidar las colaboraciones: las programaciones de James Reynolds, la percusión de Neal Speer (hermano de Paul), el bajo de Steve Allen, los teclados de un Jonn Serrie que aún no había publicado sus 'crónicas planetarias', Richard Wagner al saxo y flauta de bambú, y las flautas dulces de uno que repite colaboración otorgando su clase al disco, el alemán Deuter. Tras ese soberbio "Eagle's Path", Lanz deja clara su implicación en el proyecto con otros temas en su línea melódica, como "Seguaro", "Desert Rain" (otra pequeña maravilla que recuerda especialmente a su éxito "Behind the Waterfall", y que de hecho fue publicada en single junto a "Seguaro") o la introspectiva "Carlsbad", y más activo con "Canyon Lands" -siguiendo la estela de "Eagle's Path"- y "White Sands". Mientras tanto, y como ya sucediera en "Natural States", las que son verdaderamente fáciles de distinguir son las dos composiciones de Paul Speer, por su especial carácter ambiental; posiblemente no sean tan primorosas como las del primer disco, pero las texturas dibujadas en "Stormlight" y especialmente "Sculptures" -con el protagonismo ambiental de guitarras y sintetizador- consiguen un estupendo efecto en el conjunto del álbum, logrando un ensamblaje perfecto (los dos artistas parecen tener muy definido y aceptado su papel en el dúo), un sonido característico, muy en la línea estilística de Narada, perfectamente producido por el propio Speer. Si bien el final del disco no es precisamente espectacular (parece diluirse en los últimos temas, buscando un final adecuado sin demasiado efectismo), lo que sí volvemos a encontrar es una música muy visual, y como sucediera con "Natural States", "Desert Vision" contó con un exitoso video del álbum íntegro, una sucesión de imágenes naturales dirigidas por Jan Nickman que posteriormente fue restaurado y editado en DVD. Lanz y Speer emprendieron una serie de conciertos tras la publicación de sus colaboraciones, junto a Neal Speer en la batería; sincronizaron la música con los videos, que proyectaban en una gran pantalla detrás de la banda. Al poco, con la publicación de "Cristofori's Dream" por parte del pianista en solitario, los promotores sólo querían a David Lanz.

Años después llegaría "Bridge of Dreams", una tercera colaboración entre estos dos amigos, correcta aunque sin grandes canciones tan reseñables como "Eagle's Path" o como aquel tarareable "Behind the Waterfall". Sin formar parte de otra película de Jim Nickman, fue Lanz el que pensó en crear una historia detrás del álbum para hacer más fácil su creación y desarrollo, así que inventó un cuento sobre n mundo tenebroso en el que los niños comienzan a cantar una canción que les conduce hacia la esperanza y, definitivamente, la paz. "Bridge of Dreams" no contaba además con el habitual e identificativo diseño de portadas de Narada que parecía predestinar al oyente a la sumisión en una nueva y gratificante experiencia auditiva, la misma a la que llegamos notablemente con discos como "Natural States" o este desértico y enérgico "Desert Vision".

ANTERIORES CRÍTICAS RELACIONADAS:







2.12.07

GAVIN BRYARS:
"The sinking of the Titanic"


La aleatoriedad en la música -uno de cuyos mayores ejemplos podría darse con el eterno John Cage- se puede lograr desde diferentes frentes, tanto en la ejecución de los músicos (permitiendo ciertas libertades), en las propias partituras (incluyendo elementos azarosos) o en la interacción con el público. En todo caso es importante no perder el control de la obra, de la idea que el autor pretende transmitir. Gavin Bryars, que había declarado que "la música, a diferencia de otras artes, es la más sociable porque depende de los intérpretes y del público", introdujo ciertos elementos aleatorios en su primera obra importante, "The sinking of the Titanic", pero Bryars había tenido anteriormente una importancia capital en la constitución de una de las agrupaciones más extrañas que la música clásica pudo ofrecer: la Portsmouth Sinfonia fue una orquesta fundada en 1970 en Portsmouth (Inglaterra), una especie de experimento artístico que permitía la inclusión en sus filas de músicos sin formación ni, por supuesto, experiencia, y que llegó a ver publicados varios singles (el primero fue su particular interpretación de "William Tell overture", de Rossini) y LP's. Curiosamente, esta agrupación cobró una cierta fama en los 70, incluso otros músicos posteriormente famosos llegaron a participar en la misma, como Michael Nyman -que emocionado entre el público de uno de sus primeros conciertos, pidió tocar tras el descanso un violonchelo que tenían de repuesto- o un Brian Eno que interpretó el clarinete -instrumento que no sabía tocar-, y produjo sus dos primeros discos, auténticos ejemplos de aleatoriedad en la música clásica.

Fue precisamente Brian Eno el músico visionario que fundó el mítico sello Obscure Records en 1975, y en tres años publicó diez discos de música contemporánea, ambiental y experimental, entre los que destacaron su propia obra "Discreet music", "Music from the Penguin Cafe" de la primaria Penguin Cafe Orchestra, "Decay music" de Michael Nyman o, como primera referencia del sello, "The sinking of the Titanic / Jesus' blood never failed me yet" de Gavin Bryars, uno de los artistas que mejor se acopla a la idea de 'reducción a lo esencial' que predica el minimalismo, un británico que podría jugar con un puñado de notas prácticamente hasta el infinito otorgando no sólo coherencia y continuidad estructural sino además una estupenda y atrayente calidez, y por supuesto calidad para el que sepa apreciar este otro lado de la música contemporánea. Más conocido que Bryars, el transatlántico Titanic se hundió al quinto día de su viaje inaugural, el 14 de abril de 1912. Una de las leyendas más sugerentes sobre su hundimiento es el hecho de que durante el mismo, los ocho miembros de su banda de música continuaron tocando en la popa, concretamente el himno episcopaliano "Autumn" (un dato no contrastado totalmente, que proviene de un superviviente, el operador inalámbrico Harold Bride). En esta tragicómica circunstancia y en ese himno se basa "The sinking of the Titanic", una obra viva -incluso periodística-, tanto como los datos y teorías que se han ido interpretando acerca del Titanic. La idea de reelaborar la pieza con el tiempo (concordante en cierto modo con el concepto de aleatoriedad en la música) es base en la música de Bryars, al menos en obras como ésta o como "Jesus' blood never failed me yet", concebidas como algo abierto, tanto como que desde su creación en 1969 ("The sinking of the Titanic" se originó como apoyo a una exposición de estudiantes de arte) ha contado con distintas interpretaciones en directo, y grabaciones diferentes en compañías como Obscure Records (la original, en 1975, reeditada posteriormente por EG Records, Venture, Virgin y GB Records -el sello de Bryars-), Les disques du crépuscule (en 1990, con una espléndida fotografía de portada), Touch Records (un directo de 2005 publicado en 2007, una edición limitada de 2000 copias), GB Records (un nuevo directo de 2012, publicado en 2014) y la que nos ocupa, la de Point Music en 1994 (sello de corrientes inclasificables apadrinado por un Philip Glass que además coproduce este trabajo junto a Kurt Munkacsi y Rory Johnston), con enorme cuidado no sólo en la cuestión musical sino además en lo que se refiere al diseño gráfico, si bien se puede criticar la difícil lectura del texto adjunto. Como curiosidad, y acorde con ese modernizado diseño, una edición japonesa del disco incluía un interesante corte remezclado por el músico electrónico Aphex Twin titulado "Raising the Titanic" (que fue publicado en CDsingle). Retornando a la obra íntegra, esta nueva reinterpretación incorpora un coro de niños (The Wenhaston Bys) y un cuarteto infantil femenino de cuerda en el que tocaban el chelo dos hijas del propio Gavin Bryars, Ziella y Orlanda, recordando que la tragedia afectó también a un buen número de niños, que crecieron marcados por el naufragio. En la música de Bryars viene claramente definido ese matiz depresivo que envuelve todo lo referente al Titanic, es una impresión del triste sino del barco y sus ocupantes, los mismos cuyas almas se esconden en la oscuridad de esa música sobria, decadente y sin embargo tristemente hermosa. Las violas (al mando de Alexander Balanescu, famoso por sus colaboraciones con Michael Nyman) y los violonchelos dominan la atmósfera, completada por el clarinete, el bajo, el coro y unas curiosas percusiones y sonidos de ambiente muy realistas. Sencilla, melosa y envolvente, la sutil melodía dibuja como una pátina de tristeza en el recuerdo del famoso barco, y buscando un lento acomodo, casi místico, en nuestras mentes, se desarrolla pausada con una innegable fuerza expresiva a lo largo de los 11 cortes de que consta el CD (uno de ellos, "The Titanic lament", fue publicado en el recopilatorio español "Música sin fronteras vol. II"), en los que muestra leves variaciones. Las cuerdas se muestran como vehículos del lamento en sus rasgados sones, y la lenta letanía es precisamente como un presagio del amargo final. Qué surrealista tuvo que ser, inmersos en la magnitud de la tragedia, que tanto supervivientes como víctimas escucharan, entre gritos y chapoteos, la solemnidad de esa pequeña y noble orquesta.

"Una de las cosas que aprendí trabajando con John Cage es que estaba en contra de los discos, y es que la gente confunde lo que es un proceso con lo que es un producto"; por ejemplo, la demostración de que esta obra es claramente un proceso abierto es que hay diferencias tan grandes entre el momento en que se compuso y las versiones de los añlos 90, como que se ha encontrado el propio barco. Antes o después de ese rescate, dejarse mecer por cualquier versión de este clásico de la música contemporánea es una experiencia gratificante y placentera, que despliega una tormenta de emociones, la pieza fluye sin estridencias, es también como un buen ejemplo de música ambiental, de la que Eno acuñó el termino años después (de hecho, como productor de aquella primera versión, bien podría haberse inspirado en ella para su "Ambient 1"). "The sinking of the Titanic" constituye un homenaje y un documento desgarrador del final del lujoso transatlántico, una obra hermosa y trágica a partes iguales, que en su simplificación de las formas se disfruta lentamente (una sóla melodía desarrollada durante una hora) y puede llegar a enganchar, si bien muchos la pueden encontrar aburrida, incluso soporífera. Como decía José Ramon Pardo sobre Gavin Bryars: "Escuchar un disco suyo es un ejercicio de voluntad que suele verse recompensado con una experiencia gratificante". Por tanto, olvidaos de Leonardo di Caprio, incluso de la estupenda banda sonora de James Horner para la película de James Cameron, y naufragad con Gavin Bryars.