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7.5.21

JORGE REYES:
"Comala"

Una figura tan importante en la música mexicana - y en la electroacústica en general - como la de Jorge Reyes, nunca caerá en el olvido por muchos años que pasen de su ausencia (Jorge falleció en febrero de 2009 a los 57 años). Referencia ineludible, recuerdo constante, espíritu flotante... su legado está presente en muchos artistas de las nuevas generaciones, y mucho más sus trabajos más míticos. A la cabeza de ellos, posiblemente, la misteriosa energía que irradiaba "Comala", y en la portada de su primera edición, reinaba la poesía visual del ilustrador mexicano Viktor Hugo López González, que ya había reflejado en las portadas de "Ek tunkul" y "A la izquierda del colibrí", los trabajos anteriores de Jorge Reyes, el encuentro mágico y poderoso de este artista con la cultura prehispánica, y que aquí se hace eco de lo yermo, de lo inhóspito, de lo decididamente solitario y desamparado, para evocar las ideas musicales de Jorge Reyes, basadas a su vez en las literarias de Juan Rulfo.

"Comala" se editó en Mexico, con la portada original antes mencionada, en 1987 por parte de Producciones Exilio (sello del propio Jorge Reyes, que publicaba ahí sus trabajos, así como otros de amigos españoles, como la Orquesta de las Nubes, Javier Paxariño o alguna referencia de El Cometa de Madrid), si bien la edición en CD llegó en 1989 de la mano de  Paramúsica. Mundo Music cambió drásticamente la portada (aún más tenebrosa que la original) y su edición alemana de 1989 presentaba tres temas extra, mientras que ese mismo año, con las seis canciones originales, la portada de la edición española, a cargo de Grabaciones Accidentales, era geométrica, deslucida y muy inferior a la original. No queda ahí la historia, pues Grabaciones Lejos del Paraíso reeditaba en 1993 el álbum en CD con otro tema nuevo, distinto a los tres citados anteriormente. Para culminar la historia (aunque en 2005 Mexican Records publicó el disco con una quinta portada), entró en escena Andrés Noabe, miembro fundador de Aviador Dro y manager de Esplendor Geométrico, que se encargó de confeccionar una edición española definitiva para su sello experimental Geometrik, que publicaba de nuevo "Comala" en 1993 con todos los extras (es decir, diez temas) y una espléndida imagen de cubierta, muy distinta a la original pero ciertamente sombría y muy acertada. Además, una edición limitada de 50 ejemplares venía recogida en una caja de madera y firmada por Jorge Reyes. Explorando en el mundo de los muertos pero mas allá de lo prehispánico, Reyes alcanza aquí su cumbre creativa, de una electrónica oscura y vanguardista. Para ello se inspiró en la novela 'Pedro Páramo' del escritor mexicano Juan Rulfo, que acababa de morir en enero de 1986 en Ciudad de México. "Comala" es la música de ese pueblo fantasma, inhóspito, sin ruidos, al que Juan Preciado llegó buscando a su padre, Pedro Páramo. El realismo mágico de esta novela de difícil lectura publicada en 1955, se traduce en una música impregnada de soledad y desánimo, que parece surgir de esa frontera donde la oscuridad empieza a imponerse sobre la luz. No es sin embargo una música pesimista, siguiendo la tradición del culto a la muerte y ese diálogo con el más allá que se estableció en estas tierras desde los tiempos prehispánicos, y Jorge Reyes se convierte en una especie de febril hechicero de tiempos remotos, que en el interior del álbum habla de "el collage musical como propuesta para viajar por rutas desconocidas al umbral del tiempo (...) un collage de sonidos, instrumentos, épocas, ritmos, voces, danzas, poemas y los medios de grabación como un instrumento más". "Comala" es, continúa Jorge, "la recreación del mito del eterno retorno, tomado a partir de la novela 'Pedro Páramo', de Juan Rulfo". El título original de la obra de Rulfo era 'Los murmullos', y terrorífico es sin duda el murmullo que impregna los primeros segundos del disco, amortiguados enseguida por las flautas. Lo de un lado y lo del otro se aúnan en un enclave fronterizo en "Comala (el lugar de la ruptura de los vientos)", y esta grandiosa atmósfera es la oscura obertura de una locura auditiva, el preludio de un mar de sensaciones, sonidos limpios en ambientes de enorme profundidad que transmiten miedos y desamparo. Sus más de once minutos culminan con una procesión de difuntos con canto ritual y versos tenebrosos. Todas las piezas del álbum son composiciones de Jorge Reyes excepto "Adiós mi acompañamiento", de Humberto Álvarez, un ambiente corto pero verdaderamente profundo e inspirado, alucinógeno, que da paso a otro algo más tenebroso, "Hekura", que contiene efectos de voces como las de los espíritus que dejan escuchar sus pisadas huecas. A continuación, tras una sedante introducción, aparece un compás estimulante y original de título "Nadie se libra en Tamohuanchan" (palabra olmeca que significa 'montaña de la serpiente'). En "La diosa de las águilas" al ambiente de ritual arcaico se une la fusión hipnótica de instrumentación moderna y antigua. Y el disco original culminaba con "El ánima sola (Ya se llegó la hora y tiempo)", una pieza extraordinaria -especialmente en su primer tramo- que demuestra la capacidad de Jorge Reyes (que se autoproduce) para manejar atmósferas en las que se pueden conjuntar voces e instrumentos, hermanados por sus cualidades orgánicas, con la larga sombra de Jean Michel Jarre y su "Zoolook" en algunos de sus ambientes. En cuanto a los bonus de las distintas ediciones, el chamán retorna en un sencillísimo "Mi sombra empolvada", añadido de la época de lanzamiento de la primera edición del álbum, mientras que de una época anterior, de 1983, se rescataba "Nadie supo de dónde venía", algo desentonante por la presencia de un lamento de guitarras en un tono más rockero que lo antes escuchado. "El hechicero de la dicha tranquila", fechado en 1987, regresa a los ecos nebulosos de las flautas junto a otros efectos misteriosos. Si bien estos tres bonus no son descartes sin alma, tampoco ayudan a mejorar ni comprender el álbum original, resultando un añadido para completistas. "El arrullo de la mujer día, mujer luz" es el último corte a mencionar, otro ritual con voz indígena (Jorge sampleó -la primera vez que lo hizo- una antigua grabación de María Sabina, una auténtica curandera mexicana que falleció antes de la publicación del álbum, en noviembre de 1985) acompañada de percusión primitiva y un fondo de atmosféricos teclados. La escucha de obras tan profundas como esta se mueve del interés a la expectación, y de ahí a la pura admiración por este músico especial, este chamán de tiempos remotos cuyas atmósferas están dominadas por tonalidades oscuras, planteando un cara a cara entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Jorge Reyes interpreta en este trabajo un gran número de instrumentos de viento (flautas, ocarinas, silbatos, chicahuastle) y de percusión (tambor, bongos, botellas), así como guitarra, bajo, vocoder, sintetizador, secuenciador, analizador de frecuencia y voces. No está tan solo como Juan Preciado, ya que colaboran un buen número de amigos, entre los que hay que destacar al grupo La Tribu (especialmente en numerosas percusiones), a Arturo Meza, Humberto Álvarez, Héctor Riverol o Saide Sesín, que se une en las voces a María Sabina. 

Lo étnico se funde con lo ambiental, lo prehispánico con lo industrial, o simplemente lo auditivo con lo visual, en este lúgubre álbum que ha tenido, como se ve por sus múltiples ediciones, varias vidas. El proceso musical de Jorge Reyes, afirmaba él, había sido inverso a las de muchas figuras ambientales de la época, la mayoría amigos o conocidos suyos (Steve Reich podría ser un claro ejemplo), que llegaron a lo étnico tras haber comenzado en lo puramente electrónico. Él provenía de las músicas folclóricas de la zona, prehispánicas principalmente, y de ahí dio el salto hacia la tecnología, con esa base en la mochila y la combinación de lo moderno con los instrumentos tradicionales, ese collage musical antes referido que originaba unas atmósferas enormemente inquietantes en sus trabajos y, por supuesto, en sus directos, eventos de sonidos puros y auténticos donde el artista pretendía crear conexiones especiales, casi religiosas, con el público. Con las piezas de "Comala" llegaba más allá de la religiosidad, prácticamente hasta las fronteras del inframundo.

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15.1.18

JORGE REYES Y ANTONIO ZEPEDA:
"A la izquierda del colibrí"

Chac Mool fue una banda inovadora en el México de los años 80, un conjunto que fusionó el rock progresivo (King Crimson, Pink Floyd o Jethro Tull fueron algunas de sus influencias) y su instrumentación típica, con elementos prehispánicos de la cultura mexicana, originando una especie de aguerrido folk progresivo. Parte importante del mismo fue el flautista uruapense Jorge Reyes, un músico inquieto desde muy joven, que completó su formación (en músicas tradicionales, jazz, electrónica o clásica) en Alemania, el Tíbet y la India, llegando su nombre posteriormente a prácticamente cualquier rincón del mundo, merced a su paso adelante hacia lo que algunos calificaron como 'nueva música ritual', una excitante fusión de sus influencias -principalmente rock y electrónica- con la herencia de su pueblo, el folclore prehispánico. Con su nueva inventiva y un complicado Korg MS 20 como primer sintetizador, recreando escenas olvidadas, Reyes se convirtió en un chamán de tiempos pasados, un poderoso etnomúsico enamorado de su cultura primitiva, paisajes, costumbres y ritos que acabaron participando en su original obra, un extraordinario legado que comenzó cuando, tras desencantarse con el camino que -obligados por la discográfica- estaban tomando, abandonó Chac Mool.

Una característica extraordinaria en la trayectoria de este músico, y de otros grupos mexicanos de la época, fue la capacidad de evolucionar mirando hacia atrás, de hacer música nueva y avanzada utilizando no solo las posibilidades electrónicas sino rescatando a su vez instrumentos antiguos, en una apabullante fusión de siglos y de historias. Ese concepto de vuelta a la raíz fue clave en la trayectoria de Jorge Reyes, y tras su poderoso primer álbum en solitario en 1983, el autoproducido "Ek-Tunkul" (aún con una musicalidad propia del rock sinfónico), se alió con Antonio Zepeda en 1986 para crear, también autoproducido pero ya con la distribución de Philips, una obra mágica y absorbente como "A la izquierda del colibrí". Zepeda, especialista en instrumentación prehispánica y pionero en la publicación de climáticos álbumes de este género ("Templo mayor", 1982), complementó con su instrumentación antigua (ocarinas, cántaros, silbatos, tubos, rascadores, flautas, tambores, caparazón de tortuga...) la electrónica, guitarras y flautas de Reyes. El resultado es sugerente hasta límites insospechados, ya sea en uno u otro espacio temporal, en las recreaciones precolombinas o en las ambientaciones electrónicas, o más bien en una eficaz unión de ambas. "A la izquierda del colibrí" se abre con el apasionante corte titulado "Caña", que con el subtítulo de 'Ce acatl' se refiere a un personaje histórico del México antiguo; el comienzo tenebroso se suaviza con la entrada de la percusión, enérgica y entusiasta, para acabar fundiendo de manera brutal rastros sinfónicos y tendencias electrónicas con la música prehispánica. El ritmo es contagioso, surgen de la nada coros de ritos arcaicos -voces de ambos músicos-, y la flauta se alza majestuosa en un cálido clímax final. En el tema que da título al disco, "A la izquierda del colibrí", se suaviza la carga electrónica para colonizar un nicho etnomusical, una pieza loca y maravillosa cuya declamación y coro son absolutamente tétricos, haciendo visual el rito del sacrificio, con tintes de rock sinfónico en un acabado excepcional, adictivo; la narración, a cargo del actor Alejandro Camacho, es de un texto de Jorge Reyes que comienza así: 'Estoy tan acostumbrado a estar vivo, que ni cuenta me di cuando me volví zopilote. Cuando vuelo no tengo miedo, nadie me ha podido alcanzar. En la casa del colibrí no se ha escuchado la última palabra'; también incluye un texto en náhuatl, la lengua nativa con mayor número de hablantes en México. "El hacedor de lluvia" es una demostración percusiva de alto nivel con añadido de flauta étnica, para seguir retrocediendo en el tiempo. "Wawaki" presenta un suave trance muy ligado a la Tierra, conducido por la flauta y aderezado por percusión folclórica y sonidos naturales, mientras que "Lejos te llevas el espejo de tu rostro" es un ejemplo ceremonial, como un tema puente hacia un final algo más esotérico llamado "Managua", de mantos de teclados y una secuencia repetitiva en una nueva onda sinfónica que marcan un final que se eleva a las alturas. La parafernalia de Reyes, aparte de flautas, ocarina y guitarra -en Chac Mool tocó también guitarra eléctrica, aunque le faltaba un trozo de dedo, lo que le limitaba un poco- incluía sintetizadores y secuenciadores Yamaha, Korg y Roland. Como sucedía en "Ek-Tunkul" y continuará en futuros trabajos, la portada original (existe una segunda versión) es una pequeña obra de arte de Hugo López González, que en este caso presentaba a los dos músicos, con sus instrumentos, acercándose a antiguas ruinas mayas. En 2001, una nueva versión de la canción que da título al álbum, "A la izquierda del colibrí (Remake '98)" fue incluida en el recopilatorio de la carrera de Jorge Reyes "El camino del jaguar".

Más allá de las modas musicales y de cualquier estereotipo existente sobre la música mexicana, son imprescindibles artistas como Jorge Reyes para marcar nuevos caminos y encontrar expresiones profundas, auténticas, de sus propias raíces. No hay que olvidarse de Antonio Zepeda en esa búsqueda, y juntos, Jorge y Antonio, elaboraron un fascinante cuaderno de esencias antiguas prehispánicas parcialmente modernizadas. Hasta los temas más ambientales como "El hacedor de lluvia" o "Lejos te llevas el espejo de tu rostro" (las dos colaboraciones en la composición de Antonio Zepeda), presentan un enorme interés en su notable pulcritud. Los sonidos selváticos se funden con la magia de los instrumentos autóctonos para deslumbrar en piezas serenas como "Wawaki". Representan estas tres últimas un parón en la dinámica inicial del disco, un vendaval con influencias de bandas electrónicas como Tangerine Dream, con su sorprendente rugido sinfónico, retomado en la pieza final. Hay que tener en cuenta, sin embargo, lo que Jorge Reyes denominaba una evolución a la inversa, es decir, los grupos y artistas electrónicos europeos acudían a lo étnico como complemento de su labor con sintetizadores y secuenciadores, mientras que él acudía a esa electrónica como complemento de su tarea étnica. El conjunto es afortunado, limpio y estimulante, un sonido espectacular que atrapa a quien lo escucha, ritmos y ambientes que Jorge continuaría ofreciendo a lo largo de su carrera.