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7.6.21

KITARO:
"Mandala"

Se suele afirmar que en Japón el tiempo transcurre de modo distinto que en occidente, y esa cualidad exótica también puede afectar a la manera nipona de hacer música. En la obra del japonés Kitaro se refleja la dualidad de lo eterno y lo que se evapora en un instante, esos 40 o 50 minutos de música que en ocasiones, depende de la disposición del oyente, lo mismo pueden pasar desapercibidos como ser considerados como sones celestiales. Eso sí, él mismo se ha encargado de matizar en alguna ocasión que su música no es oriental u occidental, sino que más bien es universal. Tras sus inconmensurables inicios, el camino de la nueva etapa del músico en los años 90 se asomaba perfectamente al término medio entre los dos extremos del mundo, y hacia sones bien producidos y de sobrada agradabilidad cuyo consumo rápido no deja de evocar el respeto por lo bien hecho, y el agradecimiento por mantener la cara bien alta en la consecución de un sonido único y maravilloso, emblema e icono de la música new age desde finales de los años 70.

Después de muchos años editando sus discos en Canyon Records y unos pocos en Geffen Records, Kitaro cambió de compañía en los 90, convencido por un manager y productor japonés afincado en los Estados Unidos, Eiichi Naito. Publicado en agosto de 1994, "Mandala" fue el primer álbum de estudio de Kitaro para el sello Domo, creado por Naito en norteamérica en 1993, un sello del que Kitaro ha sido insignia durante los años ("desde que comenzamos a trabajar juntos, Domo Records y yo mantenemos una buena relación laboral, porque ambos tenemos el mismo propósito: nuestro futuro espiritual"). Polydor se encargó de la distribución y publicación en algunos países. De intenciones espirituales y relajantes, y utilizados especialmente por el budismo y el hinduismo, los mandalas son dibujos simbólicos (representaciones del espacio sagrado) que presentan una forma circular (mandala significa círculo en sánscrito) inscrita en otra cuadrangular. Kitaro se muestra contundente en la obertura de la obra, de título también "Mandala", cuando unos remolinos sinuosos y efectos de sonido de un misterio cercano al de algunos álbumes de su admirado Klaus Schulze, dan paso a la definitiva entrada en escena de una furiosa guitarra eléctrica más característica del rock sinfónico que de la new age meditativa. Pero Kitaro se ha mostrado siempre contundente en su trabajo, sabiendo llevar a su terreno cualquier influencia, interés y conexión. Por ejemplo, la de "Dance of Sarasvati" con Sudamérica, merced a la aparición de una flauta que suena muy andina, aunque Sarasvati sea la diosa hindú del conocimiento. A pesar de su estilo directo, bien construido y perfectamente audible, hay que afirmar que se antoja un tanto innecesario y fuera de lugar, no es este un tema original, ni vibrante, Kitaro se aleja de sus referentes de manera un tanto peligrosa (el culmen será su disco navideño, "Peace on Earth"), pero al menos está interpretado con respeto y pasión. Antes de ella, "Planet" es, este sí, un espléndido ambiente casual, muy agradable y característico del sintesista de Toyohashi, culminado por un sutil y caprichoso burbujeo. La parte central del disco es también altamente interesante: en ella "Scope" es un nuevo ambiente cósmico, cercano a los de su primera época salvo por la aportación importante, de nuevo, de la guitarra. Aunque no llega a aquellos niveles de emoción, es sugerente y adictivo. Y a continuación, una contundente percusión apoya al ambiente, sinfónico de nuevo, de "Chant from the heart" que de repente se crece con la inclusión de una voraz melodía épica. El interés desciende de nuevo con la calmada "Crystal tears" y "Winds of youth", donde el viaje parece rendir tributo a los indios americanos, por mor de un sonido de flautas y percusión de lluvia muy característicos; solo al final aparece el inconfundible toque oriental. Afortunadamente, para cerrar el álbum Masanori Takahashi (es decir, Kitaro) recurre nuevamente a una melodia con su sello personal, "Kokoro", tema destacado en la promoción de álbum, con un cierto sabor folclórico japonés, y esa guitarra que occidentaliza (de manera un tanto ruidosa pero bien construida, basada en rock o blues) gran parte del trabajo, y que el propio Kitaro sorprende cuando la utiliza pasionalmente en sus directos. Kitaro colaboró en 1992 en el álbum "Scenes" del ex-guitarrista de Megadeth Marty Friedman, y la sonoridad de esas guitarras en canciones como "Valley of eternity" tuvo que convencer al japonés para endurecer un tanto su sonido. A pesar de lo, en ocasiones, artificial de los teclados y la tecnología, Kitaro siempre ha presentado un enorme respeto por las tradiciones y folclore de cualquier rincón de la Tierra: "He viajado por muchos países y colecciono muchos instrumentos musicales tradicionales. Y todavía estoy tratando de tocar y hacer hermosos sonidos de estos instrumentos. Como cada instrumento tiene una profunda influencia cultural en cada país, es un proceso atemporal para mí". En "Mandala", este multiinstrumentista se rodea de percusiones (Jonathan Goldman, Keiko Matsubara, la tabla de Ty Burhoe, los tambores de Yoshi Shimada), guitarras (Angus Clark, John DeFaria), flautas (Nawang Khechog, o la shakuhachi de Seiho Miyazaki) y la biwa (una especie de laúd japonés, interpretado por Ryusuje Seto).

Luminoso y vibrante por naturaleza desde que quiso imitar a su modo la electrónica de su ídolo Klaus Schulze o de bandas como Tangerine Dream, algunas atmósferas de Kitaro dibujan teatros de luz negra, en los que las secuencias repetitivas son explosiones de luz y cada melodía una sobreexposición luminosa que destaca en el oscuro remolino cósmico. Aunque "Mandala" no apabulla, mantiene un intento de codearse con la grandiosidad de su primera época que hay, cuanto menos, que agradecer. Es además un amago de retorno de este músico inconfundible al rock sinfónico de su antiguo grupo, la Far East Family Band, especialmente en su recuperación de la guitarra eléctrica. buscando un mayor acercamiento a occidente que le otorgó en aquella época aún más popularidad y respeto mundial, así como nominaciones y premios. "Mandala", por ejemplo, estuvo nominado al premio Grammy en la categoría new age, que como en las ocasiones anteriores ("The field" y "Dream") y otras muchas posteriores (a excepción del que consiguió con "Thinking of you" en 2001), no ganó, llevándose ese año el galardón Paul Winter con "Prayer for the wild things". 

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5.11.18

KITARO:
"Tunhuang"

La Ruta de la Seda no era una ruta real, sino el romántico nombre que el geógrafo y geólogo alemán Ferdinand Freiherr von Richthofen, otorgó en el siglo XIX (en 1877 exactamente) a una serie de caminos mongoles para los comerciantes que transitaban entre Asia y Europa. Por esta ruta, activa desde el siglo I antes de Cristo, no sólo se movió el comercio sino también el conocimiento y las culturas de los pueblos implicados. Dos televisiones unieron sus esfuerzos en 1980 para realizar un íntegro y digno documental sobre esta ruta, la japonesa NHK y la china CCTV, con el resultado de doce capítulos, que fueron completados por una segunda parte de dieciocho capítulos más en 1983 (la primera parte fue rodada en territorio chino y la segunda fuera de China). Tal esfuerzo merecía una música a la altura de las imágenes, y Kitaro no decepcionó en absoluto, más bien se fusionó totalmente con la historia y creó una obra maestra de la música para televisión (fue premiada en Japón con el premio Galaxy) y de la música instrumental en general, un gran número de composiciones que han sido recogidas en cuatro excepcionales volúmenes, de los cuales el primero es el más representativo. No desmerecen sin embargo los demás, con temas tan importantes en la obra de Kitaro como "Caravansary" (en el cuarto, "India" -también conocido como "Ten-Jiku"-) o "Silver moon" (en el segundo, aunque se trate sencilamente del tema principal de la serie con un tratamiento más lento), y varios de una inspirada tercera parte, que se puede adquirir bajo el título "Sik road III", "Tonko" o el más común, "Tunhuang". 

La ciudad china de Dunhuang (especialmente conocida por las Cuevas de Mogao) fue importante en la antigua Ruta de la Seda, y da nombre a este álbum publicado en 1981 -un año después que las dos primeros entregas- por Canyon Records, con la distribución fuera de Japón, según los países, de Polydor, Gramavision o Kuckuck, que además optó por un cambio radical de portada (una pintura china sobre seda del siglo XVI), en vez de la preciosa ilustración de Shusei Nagaoka (que en los 70 y 80 trabajó con grupos como Earth, Wind and Fire, Deep Purple o la ELO, y que con Kitaro ya había colaborado en "Oasis"). Domo Records lo reeditó digitalmente en 1996. "Tunhuang" es un trabajo muy natural, que comienza con trinos de pájaros en "Lord of the wind", los silbantes teclados parecen emanar de la propia tierra como géiseres infinitos, un efecto natural de colosal atmósfera ascendente con el que Kitaro presenta en este nuevo viaje por la Ruta de la Seda sus colosales credenciales, las de un músico célebre, consumado, y en un estado de forma apoteósico. Su estilo, en discos como éste, ha sido denominado como pictórico, pues si cerramos los ojos parece recrear los paisajes de aquellos milenarios caminos de comerciantes. Con "Fata Morgana" aparece el primer gran momento del disco, un fondo melódico cíclico y burbujeante, un ambiente majestuoso al que teclados aflautados le aportan un mágico y elevador encanto, un encantamiento realmente, hechizo que se mantiene durante todo el álbum, del que "Sacred journey I" es otro claro ejemplo de calma, bondad y dulzura, con un fondo de imágenes paradisíacas; los matices de celestiales teclados de este tema (también conocido como "Pilgrimage" en algunas edicines del álbum) son otro clásico de este compositor, paisajes exóticos que también reclaman movimiento. De este modo, en "Lord of the sand" entra en escena el ritmo, por medio de unos contundentes tambores; sones orientales de sitar otorgan un aspecto viajero a este planeador vuelo tan grato y absolutamente mágico como enérgico, uno de los puntos álgidos de este gran trabajo. "Tunhuang" es calmada y melódica, de una energía espiritual culminada por un oleaje sintético, mientras que "Free flight" es más relajante incluso, por su tonada creciente en cámara lenta. En el futuro recopilatorio "Ten Years", esta pieza será ligeramente recreada (y recortado su títuo a "Flight") para lograr una mayor contundencia. "Mandala" presenta un fondo burbujeante con arremetidas de silbantes teclados característicos del nipón, un clímax celestial plagado de sonidos casi cósmicos que sin embargo casan perfectamente con las imágenes de la ruta de la seda. "Tao" se mantiene en el tono general, Kitaro no se deja llevar por estridencias ni cambios de registro, pero sabe mantener su impronta a lo largo de los muchos volúmenes de la banda sonora sin perder calidad ni interés. Para culminar esta tercera entrega, la segunda parte de 'Sacred journey' (o también "Pilgrimage II") mantiene su preciosista melodía, pero terrenalizando la sideralidad de la primera, logrando un impresionante clímax de asombrosa conjunción entre lo mundano y lo celestial; la entrada de la batería y un arranque de épica ayudan a conformar un final verdaderamente espectacular en este completísimo trabajo, con su continuo despliegue de efectos, viajes astrales, ambientes nebulosos y melodías elevadoras, que encandilan y atrapan en su dulce encanto. Con él y su espíritu cósmico, viajamos a otros mundos que, como dijo Paul Eduard, están en este, dada la presencia de un componente terrenal en sus ambientes, con sus modulaciones y timbres de difícil ubicación, entre cuerdas y vientos. Producido de nuevo por Taka Nanri, Kitaro emplea en este disco él mismo numerosos instrumentos: sintetizadores Roland, Prophet y Moog, guitarra acústia, sitar, santur (instrumento de cuerda percutida), tabla, percusiones, mellotron, arpa irlandesa, violín, campanas y quena (flauta de caña), dejando un breve espacio al violín de Yasuo Kojima.

Como los maneki-nekos, esas figuritas que mueven sus manos sin cesar arriba y abajo en restaurantes y tiendas orientales, parece que esta pequeña maravilla nos dé la bienvenida invitándonos a entrar en una cultura distinta pero hospitalaria y muy agradable en todas sus manifestaciones vitales, entre ellas una música que puede alcanzar cotas extraordinarias de lirismo y pacífica belleza. Fondos etéreos, espumosos y campanilleantes inundan esta banda sonora, de una esencia natural tan profunda como su acabado cósmico, como ya sucediera en anteriores entregas de la saga 'Silk road' y, en definitiva, en casi toda la discografía de este músico maravilloso, exótico y esencial que se llama Kitaro, y que busca en su música la sencillez, más allá de su grandilocuencia se respira en su obra una extraordinaria concordia con los elementos, que puede beneficiar al oyente: "Yo pretendo crear música que alivie esa guerra que muchos tienen en su interior". Aún más, es comúnmente aceptado que existen sonidos sanadores, vibraciones de armónicos cuya energía sónica puede ejercer en ciertas situaciones una milagrosa influencia sobre ciertas dolencias físicas, paliando el dolor, facilitando la mejoría o ayudando, incluso, a la curación. No es Kitaro un musicoterapeuta ni un curandero, evidentemente, pero sus atmósferas planeadoras parecen en ocasiones tener ciertos efectos balsámicos en el espíritu, por lo tupido y sedoso, pero a la par enérgico y vital, de sus vuelos.

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15.4.11

KITARO:
"Oasis"

finales de los 70, la figura de un músico japonés llamado Kitaro emergió con increible fuerza en el universo de la música new age. Su estilo estaba dominado por la electrónica de estilo occidental (con especial admiración por la figura del alemán Klaus Schulze), pero desde una espiritualidad oriental cercana al sintoísmo y al budismo zen, además de un extraordinario amor por la naturaleza. Nacido como Masanori Takashi en una familia humilde de campesinos, fue en su adolescencia cuando aprendió a tocar por su cuenta varios instrumentos (comenzando por la guitarra) y, tras una efímera banda llamada Albatros, formó el grupo de rock sinfónico Far East Family Band (donde se encargaba ya de los teclados), influenciado especialmente por Pink Floyd, con el que consiguió gran éxito y entró en contacto con otros músicos importantes como el propio Klaus Schulze, que acabarían de forjar su expresión musical hasta lo que conocemos en la actualidad. Especial atención merece su obra temprana, un auténtico aluvión de gloriosas composiciones sin apenas desperdicio. Afortunadamente, sus intereses deportivos como jugador de tenis en la escuela, quedaron atrás por el bien de la música new age, aunque sus padres nunca apoyaron su carrera musical.

Tras abandonar la Far East Family Band, Kitaro viajó por Asia y vivió durante varios meses de 1976 en Poona (India), en el ashram del polémico maestro Bhagwan Shree Rajneesh, conocido en occidente como Osho. De vuelta a Japón en 1977, su fusión de la música electrónica y ciertas dosis de tradición en un contexto deudor del rock sinfónico creó un tipo de sonido muy lírico y atractivo en los sus dos primeros álbumes en solitario, "Astral voyage" (también conocido como "Ten kai") y "Full moon story", si bien el músico japonés aún no había encontrado el punto de conexión espiritual que le llevaría a la composición de melodías pegadizas capaces de atrapar como canto de sirenas sin necesidad de recurrir a numerosos efectos de sonido, sólo a la pureza interior. Ese límite lo alcanzó por primera vez con "Oasis", publicado en 1979 por Canyon Records (Polydor en Europa), que refleja las impresiones de un estimulante viaje, como ese realizado por China, India, Laos y Tailandia unos años antes. Tintineantes efectos sonoros juegan con sugerentes voces en un amanecer desértico de placentera serenidad otorgada por varias capas de sintetizadores que sirven de emocionante y sensual prólogo al disco bajo el título de "Rising sun". Es sin embargo característico en este extraordinario músico que los remansos de calma sean sucedidos sin apenas darnos cuenta por rítmicas secuencias que arropan composiciones movidas y atrayentes, a menudo hipnóticas, como "Moro-rism". Kitaro consigue manejar a la perfección los tiempos del disco, e intercala piezas más calmadas, ambientales ("New wave", "Moonlight"), que si bien no destacan en el conjunto, colaboran al lograr un ambiente relajado e intenso, abriendo camino para los momentos importantes. Uno de ellos se da con el dúo de canciones "Cosmic energy" y "Aqua"; la primera, tras un comienzo meditativo, ejecuta un poderoso cambio de ritmo en el que notas alargadas como chillidos acompañan a la secuencia y una cíclica melodía, la cual desemboca en una de las grandes composiciones de Kitaro, esa "Aqua" tan importante en un oasis, en la que la secuencia de fondo es cristalina y actúa como gotas de tan vital líquido golpeando contra el suelo, a las que se superponen varios teclados enredados, uno de los cuales, el que ejerce la melodía, presenta la sonoridad de un instrumento de cuerda. El conjunto posee a la par una espiritualidad dominada por la naturaleza y una extraordinaria fuerza otorgada por la tecnología. No se queda atrás otro de los clásicos del músico japonés, "Shimmering horizon", de melodía poderosa y bellísimo acabado en sintonía con la Tierra y el Universo, pues sus efectos sonoros también miran hacia las estrellas (no en vano se le puede asignar el apelativo 'música cósmica'). De nuevo un brusco contraste nos lleva a una melodía sin respiro de espíritu épico de título "Fragance of nature", con el sello inconfundible de este artista que, en "Innocent people", introduce notas furtivas de un instrumento de cuerda (con sonoridad de sitar, si bien en los créditos del álbum sólo aparece la guitarra) que pone su interesante nota acústica en un trabajo tan electrónico. "Oasis" es como el final de un cuento, alegre, esperanzador, de plena belleza y emotiva tranquilidad, un remanso de paz entre los vientos, las arenas y los peligros desérticos. El disco acaba con el rumor del agua. Kitaro toca sintetizadores Korg, Roland y Yamaha, guitarra acústica y percusión en este trabajo producido por Takayo Nanri que fue reeditado en 1982 por la compañía alemana Kuckuck con otra portada (una pintura en tonos amarillos), posiblemente más artística pero menos poderosa que la original, unas manos recogiendo agua con el sol por testigo. Se da la circunstancia de que en esa reedición el corte "Rising sun" pasa a llamarse "Morning prayer", y "Aqua" toma como nuevo título "Eternal spring", creando una cierta confusión entre el público. La temprana aparición de esta música celestial, majestuosa, fue un punto de partida de la creciente fama de una new age sugerente, melodiosa, sanadora, de la cual "Oasis", a pesar de ser una obra de la primera época de Kitaro, es uno de los grandes clásicos, contenedor ya de varios de sus temas más míticos, imprescindibles en recopilatorios, como "Aqua" o "Shimmering horizon", sin olvidar "Rising sun" o la propia "Oasis". Todas ellas venían recogidas en una de esas grandes compilaciones, la titulada "Ten years".

A pesar de su grandilocuencia, el espíritu sinfónico de Kitaro está teñido de una cierta humildad, en un claro reflejo de su propia personalidad. Este sencillo multiinstrumentista tomó su nombre artístico de la exitosa serie manga GeGeGe no Kitaro, en concreto por la larga melena -como él mismo en su adolescencia- de su personaje principal, un yokai (espíritu o demonio), que lucha por la paz entre su raza y los seres humanos. Admirado en occidente, venerado en oriente, objeto de devoción en general, Kitaro y su música -como dicho manga, que fue creado en 1959- perduran a las modas, no vano han pasado más de tres décadas desde que era un pionero de una new age de la que acabará recelando, y aún continúa elaborando discos, acaparando éxitos y nominaciones a premios musicales, aunque sus primeros trabajos, como "Oasis" o la banda sonora de la serie "Silk road", publicada al año siguiente, son los más carismáticos y definen perfectamente sus ideas, musicales y vitales.

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21.3.09

KITARO:
"Silk road"

En la cultura occidental es difícil de entender un culto tan ligado a oriente como el sintoísmo, considerado como la religión originaria de Japón. Sin embargo, es extraordinariamente fácil y edificante escuchar la música de un sintoísta como Kitaro, músico que siguiendo los dictados de su fe adora a los espíritus de la naturaleza y a los antepasados, aunque él jamás pretenderá convertir a nadie a su religión, sino simplemente hacernos compartir sus sentimientos a través de su absorbente obra. Como la propia naturaleza, la música de Kitaro es bella y calmada, y aunque empezara su andadura influenciado por el soul de Otis Redding, el rhythm & blues, el rock progresivo y otras músicas más comerciales, así como la capacidad visual de Debussy y otros clásicos, su encuentro con la electrónica (en concreto con la obra de Klaus Schulze) le marcó un camino a seguir y su repercusión en el auge de la new age en el cambio de década de los 70 a los 80, acabó siendo monumental gracias a álbumes como "Oasis", "Ki" o la banda sonora de la serie documental japonesa de la NHK Televisión, "Silk road", 'La ruta de la seda'.

"Silk road" es un trabajo muy visual y aventurero, que nos conduce como si viajáramos en la caravana del propio Marco Polo. Este mercader veneciano fue uno de los primeros occidentales en transitar por la Ruta de la Seda, que conectaba Asia y Europa (desde China hasta Turquía) para el transporte de numerosos productos, principalmente la seda que se fabricaba en China. La serie de la NHK iba a conllevar además el hecho histórico de ser la primera incursión de una cadena extranjera en el impenetrable (políticamente) territorio Chino, e iba a difundir imágenes novedosas en el mundo entero. La música era elemento importante, pero los productores buscaron durante meses sin encontrar esa pieza clave que se ajustara a la historia, hasta que a través de unas amistades milagrosas, el productor principal, Isao Tamai, escuchó "Oasis", una casualidad con la que comenzó la historia de un soundtrack legendario. Kitaro, al que no le hizo falta mucho énfasis para convencerle de su inclusión en el proyecto, desplegó contrarreloj un trabajo magistral, en su estilo característico que combina sonoridades orientales con influencias del rock sinfónico y la música electrónica. Relajante por sus mantos de planeadores teclados pero dominado a la vez por una fuerza extraordinaria en las percusiones y una sugerente sensualidad, este sencillo personaje logra que viajemos hasta los confines de un mundo tan ignoto como estimulante. Es de sobras conocido y alabado el tema principal de álbum, también de título "Silk road", en el que una melodía suave y armoniosa nos conduce por los cielos orientales en un exhuberante vuelo que podría no tener fin. Esa es la característica general del trabajo, una elegante capacidad para hacer 'volar' al oyente, en base a burbujeantes ambientes (que deparan sin necesidad de melodía composiciones tan elegantes como "Bell tower" o "The great river") desarrollados en los sintetizadores Korg, Roland, Yamaha, Moog y Prophet, con incorporaciones adicionales de guitarras, percusiones, melotrón, quena (flauta andina) y santur (instrumento persa de cuerda). Somos bienvenidos así a un mundo de sonidos como nadie hasta entonces había creado, fusionando tendencias electrónicas occidentales con la tradición y sensibilidad oriental. Inolvidables son también composiciones como la fascinante "Silk road fantasy" -presa de un sutil trasfondo mágico que deja sin palabras- o la más vibrante "Shimmering light" -que parece volar sobre las arenas-, nuevas muestras de esa música plácida, aventurera, misteriosa y de escucha embelesada. Publicado originariamente en 1980 por Canyon Records en Japón, por Gramavision y Polydor en otros países (una edición argentina lo tituló "Camino de seda") y por el sello alemán Kuckuck en Europa como disco doble -que incluía los dos primeros volúmenes de la saga-, enseguida se haría llamar "Silk road Volume 1", por mor de la publicación, ese mismo año 1980 -el éxito y la calidad de la música lo exigían-, de "Silk road Volume 2", encontrándonos más adelante además con otros dos impagables volúmenes y una versión orquestal, amén de packs y su inclusión en directos y recopilatorios de todo tipo. El disco fue remasterizado digitalmente en 1996 por Domo Records.

Sorprende que una música de una esencia tan cósmica, creada en su mayor parte por sintetizadores, encaje de una forma tan natural y contundente con las imágenes de paisajes terrenales y pueblos exóticos. Es grande el mérito de Kitaro, merecedor sin duda del enorme éxito recibido; concretamente, su música para 'Silk road' fue galardonada en la decimoctava edición de los premios Galaxy (prestigiosos premios japoneses para radio y televisión). Nacido en 1953 con el auténtico nombre de Masanori Takahashi, este músico nipón destaca no sólo por su sonido dulce -pero rotundo e inconfundible-, sino además por un indiscutible carisma, así como una apariencia sencilla y pacífica, en concordancia con la filosofía sintoísta. A pesar de su occidentalización y tendencia al sinfonismo, obras como "Oasis", "Silk road", "Kojiki" o "Heaven & Earth" consagran a Kitaro como un músico que seguirá siendo venerado durante mucho tiempo, hasta el punto de poder decirse de él que es el eterno bastión de la new age oriental.

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2.12.06

VARIOS ARTISTAS:
"Polar Shift"

Al hablar de Nuevas Músicas nos vienen a la cabeza en primer lugar compañías emblemáticas como Windham Hill o Narada Recordings, si bien no podemos olvidarnos de otras de presupuesto y distribución algo inferior, como por ejemplo Private Music, por la calidad y atrevimiento de sus intérpretes, presididos y en ocasiones producidos por el ex-Tangerine Dream Peter Baumann. En su catálogo tampoco faltaban interesantes recopilaciones, en ocasiones tan especiales como "Polar Shift", álbum publicado en 1991 en beneficio de ese continente tan lejano para nosotros y para casi todo el mundo, llamado Antártida ('Salvemos la Antártida', exhortaba una pegatina en su portada), que unía a grandes artistas de la new age como Vangelis, Spheeris & Voudouris, Suzanne Ciani, Yanni, Enya, Kitaro, Constance Demby, etc... Todos ellos participaron desinteresadamente con la causa promovida en este disco por el EarthSea Institute, una organización no lucrativa creada por Terence Yallop en 1989 para promover conocimiento ambiental global y apoyar a las organizaciones implicadas en la protección y preservación de nuestros recursos medioambientales. Tal cúmulo de nombres de calidad implicados en el disco consiguieron que su interés quedara fuera de toda duda a pesar de no contar con composiciones exclusivas para el mismo.

No deja de ser curioso que solamente tres de los doce artistas que aparecen en este trabajo pertenecieran a la nómina de Private Music (Yanni, Suzanne Ciani y John Tesh), por lo cual es de suponer que fuera la mano de Terence Yallop, promotor de eventos y artistas new age como Kitaro, Yanni o Andreas Vollenweider en los años 80, la que logró la colaboración de otros grandes músicos para la causa. Al accionar el play nos encontramos con un inicio inmenso, totalmente adecuado al propósito del disco al tratarse del conocido "Theme from Antarctica" de Vangelis, un tema enorme con comienzo, melodía, ejecución y culminación perfectas, y de evidente inspiración blanca. Enseguida llega Yanni, algo más limitado, en un estilo más sencillo y a su manera efectivo, más en "Song for Antarctica", directa y evocadora, que en "Secret Vows". Otro gran acierto de la compilación es el tema de Chris Spheeris y Paul Voudouris "Pura vida", una animada celebración perteneciente a su glorioso disco "Enchantment", una canción soberbia de un álbum especial, pero hay que destacar especialmente que el segundo corte de Spheeris incluido en la recopilación, "Field of Tears" (contenido originalmente en su álbum "Desires of the Heart") es sencillamente majestuoso, uno de esos chispazos de genialidad admirables en su sencillez, con su justa duración y tratamiento instrumental. No hay que olvidar a todos los nombres que aportaron su granito de arena y sus bellas canciones, como el pianista Jim Chappell, el que fuera guitarrista de Yes
 Steve Howe, Constance Demby, Paul Sutin o el popular presentador y músico John Tesh, pero es necesario destacar otras tres grandes composiciones, un "Watermark" de la archiconocida Enya que dibuja líneas majestuosas de piano sobre los paisajes helados, "Anthem", una de las mejores y más conocidas y melódicas canciones de la sintesista Suzanne Ciani, y como cierre, el japonés Kitaro y su fenomenal "Light of the Spirit", que culmina este trabajo casi tan majestuosamente como había empezado. Así, de Vangelis a Kitaro, se nos ofrece una música deliciosa y sensible para un continente vulnerable e inexplorado, vital para comprender los cambios climáticos y para garantizar la supervivencia de la vida futura en la Tierra.

El EarthSea Institute ha seguido apoyando causas como ésta a través de otros discos como "Cousteau's Dream" (donde también colaboraba Vangelis junto a Yanni, Kitaro, Richard Burmer, Tim Wheater o Michael Hoppé) o colecciones especiales editadas por Real Music, el sello fundado por Terence Yallop que incluye en su catálogo a artistas como Jim Chappell -que también aparece en "Polar shift"-, Nicholas Gunn, Hilary Stagg o Gandalf, cuando este ex-golfista británico comprobó que podía hacer negocio en los Estados Unidos con otra de sus pasiones, la música instrumental. La interesante historia de Yallop, su tienda de comida sana Real Food y de cómo llegó casi a facturar más a través de los discos que sonaban de fondo que de la propia comida, es capítulo aparte en esta historia, así como el declive de Private Music después de ser vendida por Peter Baumann y perder toda esa maravillosa imagen de marca que poseía. Volviendo a "Polar Shift" y para concluir, es preciso señalar que el espíritu de Jacques Cousteau está presente en esta eficaz recopilación, eficaz porque además de calidad consiguió algo de dinero para la causa antártica.

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15.11.06

KITARO:
"Kojiki"

Kitaro demuestra en sus obras sentimientos que no por distantes han de ser incompatibles: el amor por sus raíces japonesas y su tradición oriental, y el interés por el sinfonismo occidental y los sonidos sintéticos (entre los que destaca su admiración por Klaus Schulze, cuyo encuentro en la época en que Kitaro militaba en la Far Far East Family Band hizo cambiar su forma de ver la música). De este modo se aúnan en sus obras la electrónica (por medio de los sintetizadores de aroma ochentero que han familiarizado su sonido en medio mundo) y la percusión japonesa más tradicional, junto a otros elementos acústicos que aportan una lograda esencia natural y espiritual. "Kojiki" en concreto está basado más que ninguno de sus trabajos en la tradición japonesa, ya que cuenta musicalmente siete historias sobre la creación del país del sol naciente. No en vano en la literatura nipona más tradicional, 'Kojiki' (prosa del año 712 dC que cuenta la creación de Japón) es una de las obras antiguas que más han influido en su filosofía y cultura, por lo que Masanori Takashi, es decir, Kitaro, no podía ser menos y se dejó influenciar hasta tal punto que realizó una de sus obras maestras. Corría el año 1990 y de la veneración inicial en Japón, donde sus discos eran publicados por Pony Canyon, se había llegado a una admiración global merced a la distribución de aquellos "Silk road", "Oasis"o "Ki" por el sello Geffen -con el que firmó definitivamente en 1986-, si bien ese pasito más que supuso "Kojiki" le hizo acreedor de mayores calificativos.

Después de una serie de discos bonitos pero no deslumbrantes, como "Towards the west", "Tenku" o "The light of the spirit", renace aquí de nuevo el Kitaro mas espectacular, en uno de sus trabajos más completos y relevantes, donde incluye una abrumadora sección rítmica entre melodías enormemente pegadizas de marcado cariz oriental. Cabe la pregunta de si la historia contada fue una inspiración extraordinaria, o si el sintesista se había estado reservando algunas de estas atractivas, incluso épicas tonadas, para un proyecto de esta envergadura, y es que Kitaro habla de "Kojiki" como uno de los álbumes en los que más ha tenido que esforzarse, pero a su vez una de sus grandes conexiones musicales. El trabajo está dividido en siete partes: "Hajimari" ('En el comienzo') cuenta cómo en el principio el mar era un bullir y la vida no existía, y cómo llovió durante semanas y meses hasta que, de las aguas y el lodo, brotando de la propia tierra aparecieron los dioses. La pieza es una preciosa y evocadora recreación de ese comienzo, con una atmósfera misteriosa y sones legendarios. Un etéreo violín es el puente hacia "Sozo" ('El nacimiento de una tierra'), que relata cómo los dioses Izanagi e Izanami revolvieron el mar con una lanza creando las más bellas islas, donde se ubicaron y concibieron otros muchos dioses, los del viento, el mar, las montañas y la tierra. De este modo, este segundo tema es más delicado y romántico, un fantasioso ambiente con el protagonismo de la flauta, sonidos más dulces hasta encontrar esa melodía casi mágica, que deja volar la imaginación. En "Koi" ('El amor y la muerte de Izanami') Mikoto, dios del dolor y la pena, es expulsado de la tierra de los dioses tras la muerte de su madre, y encuentra el amor de la doncella Kushinadahime en un pueblo aterrorizado por el dragón de ocho cabezas. Esta emblemática composición, una de las mejores del trabajo y un pasaje mágico en la discografía del japonés, es poesía musical de principio a fin, embelesa sin remedio y transmite sensaciones como pocos músicos son capaces de hacerlo; la esplendorosa melodía retorna tras un interludio, y la aparición de los tambores la concluyen de manera mas rotunda. "Orochi" ('El dragón de ocho cabezas') es la historia de ese terrible monstruo que había devorado a las siete hermanas de Kushinadahime, y de cómo Mikoto le derrota en una larga lucha, la que recrea Kitaro a lo largo de siete minutos sobre la base de una cruenta percusión de manera rítmica, intensa y conmovedora. Si bien esta primera parte del trabajo es realmente abrumadora, no acaban aquí las grandes composiciones del mismo: en "Nageki" ('Tristeza en un mundo de tinieblas') Mikoto es redimido por su hermana Hikaru, diosa del sol, que acaba ocultándose en una cueva, sumergiendo al mundo en la oscuridad, por lo que este tema es más lento y triste, si bien sus notas son luminosas, como de esperanza; la sencilla pero celestial tonada de flauta, con la ayuda del violín y un ambiente cósmico, desemboca en la composición tal vez más recordada de la obra, "Matsuri" ('El festival'), que cuenta la historia de un truco de los dioses para que Hikaru salga de la cueva, haciéndola creer que la gente, a pesar de la oscuridad, estaba feliz y bailaba en un gran festival; es por lo tanto una pieza muy colorista y alegre, una grandísima canción -como todas las del álbum- donde los tambores japoneses se dejan oir con increible fuerza, un continuo y vital clímax de melodía, ritmo y atmósfera oriental que es parte importante de los conciertos de Kitaro. Como epílogo, en "Reimei" ('Un nuevo amanecer') vuelve la luz, la paz, la alegría, y Mikoto y Kushinadahime se casan en un colofón musical de gran felicidad, que retoma la melodía de "Sozo" con vibrante y sinfónico final incluído. "Kojiki", que fue remasterizado en 1997 por Domo Records, y publicado también en 2003 en Super Audio CD, contó con dos CDsingles publicados por Geffen: en "Selections from Kojiki" vienen recogidos "The Eight-Headed Dragon (Orochi)", "The Festival (Matsuri)" y "The New Dawn (Reimei)", las mismas composiciones que aparecen en el CDsingle promocional en directo "World Tour 1990. Kojiki: A Story In Concert".

Esa es la historia de la creación de Japón que ha llegado a miles de personas gracias a Kitaro, que compuso e interpretó una auténtica joya, una mezcla de belleza, magia y drama, y la contó, dentro de la grandilocuencia merecida y característica de su estilo, con momentos de una soberana rontundidad, con la extraña sencillez y dulzura que también sabe impregnar en sus trabajos, la misma que su filosofía sinteísta provoca en su espíritu, dominado por la conciencia natural y universalista. Su introversión, humildad y su característica imagen hacen de él un personaje simpático, y por supuesto admirable si se escuchan maravillas como "Kojiki", un álbum superventas y autoproducido por Kitaro, que alcanzó el número 1 en la categoría new age de la revista Billboard (donde se posicionó durante 8 semanas), y en el que su autor ejercía de multiinstrumentista, si bien estaba rodeado de importantes amigos japoneses, como Syoji Fujiia los tambores, Hiroshi Araki en la guitarra, Yasuo Ogata en los teclados y Kohhachi Itoh al bajo, así como el violinista estadounidense Steve Kindler, que ya le había acompañado en sus conciertos por Estados Unidos. En 2017, Kitaro creó una nueva experiencia de audio y video en su gira "Kojiki and The Universe", una serie de conciertos con su música e imágenes y videos del universo (una crónica de la investigación astronómica, en colaboración con el astrónomo Kazunari Shibata), basado especialmente en el álbum "Kojiki", un trabajo inmenso, merecedor de tan bellas proyecciones.