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8.6.20

RAFAEL ANTON IRISARRI:
"A fragile geography"

Nacida con un afán experimental entre el ambient y el minimalismo que preferiblemente hay que vivir en directo, la música drone se comporta en ocasiones como una autentica tormenta, un denso rugir eléctrico que puede llegar a ser difícilmente soportable auditivamente, plagado de ruidos y efectos que tienden más a ensuciar que a embellecer el producto. De hecho, es un tipo de música que se puede a la vez padecer y disfrutar, dependiendo de cada persona o de su estado de ánimo, y es que como el minimalismo o algunas músicas étnicas (por abarcar solamente un par de disciplinas), la escucha del drone requiere una aceptación por parte del oyente. La recompensa se encuentra en saber fundirse con el sonido y el espacio, en gozar del estatismo asumiendo el poder envolvente e hipnótico de la música. Si bien los padres del movimiento se considera que son ciertos minimalistas contemporáneos como La Monte Young o Terry Riley, es altamente interesante el giro al que se ha visto sometido en este siglo XXI al fusionarse con músicas más de masas como el rock, el punk, el dark ambient y especialmente la música electrónica. Entre tantos artistas que experimentan con estos sonidos, uno de los nombres a seguir es el de Rafael Anton Irisarri.

Nacido en Puerto Rico pero criado y nacionalizado estadounidense, Rafael tiene una ascendencia dispersa, española (del País Vasco), italiana y argentina (padrastro, hermanastros, y cuñado), de ahí viene su plena conciencia anti-Trump (apoya a los que se mueven en busca de oportunidades -"no quiero vivir en un lugar aislado del resto del mundo", afirma-), un conflicto activista que puede verse reflejado en su música. Hijo de las tensiones de la electrónica del siglo XXI, Irisarri sorprendió y convenció en 2007 con su álbum de debut, "Daydreaming", de sorprendente madurez en su uso del ambiente opresivo sobre un melancólico piano. En su evolución particular, "The north bend" fue más ambiental y oscuro, el artista nos ofrecía la posibilidad de buscar figuras entre la niebla, como parecía mostrar la portada del siguiente álbum, "The unintentional sea". Fue sin embargo "A fragile geography" el punto álgido de su oscura imaginación sonora. Publicado por el sello australiano Room40 en octubre de 2015, las texturas desarrolladas en sus algo más de 45 minutos son retazos musicales de otras dimensiones, a las que este tipo de música accede en su saturación y reverberación, extremas en ocasiones. Por fortuna, en la calma, aun ensuciada, se encuentran recompensas ambientales sin igual. Tras un comienzo suave ("Displacement"), "Reprisal" es como un tsunami sónico que arrasa todo a cámara lenta, pero a partir del minuto 15 entra, radiante, una segunda ola con mayor carga ambiental, generando un ruido penetrante, una magistral lluvia ácida de título "Empire systems", enorme composición que, como un maremoto, entusiasma y asusta del mismo modo. Otros ambientes mas dulcificados ("Persistence", por ejemplo) asoman a partir de aquí, pero es en las atmósferas apocalípticas donde Irisarri provoca más y mejor, accediendo a lo mas recóndito de la mente, a otra realidad sonora en ocasiones aterradora en su falsa placidez, como en un "Secretly wishing for rain" en la que suena el aporte acústico del chelo de Julia Kent. El final (un bonus-track titulado "The outer circle") es calmado, como el atisbo de un nuevo amanecer. Por principio, hasta en lo más amable se busca el ruido controlado, circunstancia que despoja a la música de esa capa de lógica belleza, melodiosa y primaveral, que durante siglos la ha acompañado, no en vano Irisarri comenzó tocando guitarra y bajo en bandas de punk, pero su evolución le condujo hasta la electrónica, en la que ha hecho grandes amigos y con la que ha podido realizar otra de sus aficiones, viajar por todo el globo, Estados Unidos, Europa (España, por supuesto) o Australia. El proceso de composición de su arte, afirma, "es como una catarsis, un tipo de terapia, creo enérgicamente en la música como una fuente importante de curación (...) Si no estuviese haciendo música, ya estaría muerto o internado en un manicomio". Aparte de fantasmal, la música de este artista posee características visuales, descriptivas, utilizando sonidos presentes en su vida como un pintor plasma en su lienzo los colores que contempla: "Procesar una grabación de campo y usarla como fuente de sonido para una composición es lo más cercano que puedo llegar a utilizar a la naturaleza como parte de mi proceso creativo".

En 2014, tras dejar Seattle, Rafael encontró en Nueva York su espacio perfecto para desarrollar su actividad de creación y producción en el Black Knoll Studio, donde diseña, produce y remasteriza a artistas nuevos o a algunos veteranos como Terry Riley o Ryuichi Sakamoto. Esa tarea no le resta tiempo para ofrecer su propia música, cuya principal influencia literaria afirma, es el escritor uruguayo Horacio Quiroga, "su historia familiar es muy similar a la mía, empañado en tragedia desde una edad temprana, así que puedo relacionarme mucho con su obra. Él es como el Edgar Allan Poe del mundo de habla hispana". Así, tan oscura como la obra de Poe, tan temible como la de Quiroga, la música se eleva, presa de inquietantes disonancias. Su característico tipo de diseño exterior del producto, insano, es también atractivo y excitante en combinación con la propia música presentada en el interior, cada álbum es una instantánea de sus emociones presentes. Las de "A fragile geography" comenzaron depresivas cuando en el traslado desde Seattle sufrió el robo de sus posesiones, incluidos los archivos de audio, lo que le obligó a renovarse completamente. No sólo salió airoso de la traumática experiencia sino que su fruto fue uno de sus mejores trabajos, entre los que piezas como "Empire systems" pueden convertirse en uno de los grandes clásicos de la música ambiental de los nuevos tiempos.





21.3.20

WILLIAM BASINSKI:
"The disintegration loops"

La consternación que produjo en el mundo entero el atentado sobre las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, y la impresión que cada persona -especialmente los que se encontraban en la zona- se llevó consigo y se guardó de aquella tragedia, ha contado con multitud de manifestaciones artísticas de recuerdo y homenaje, o de inspiración y plasmación de esa absoluta tristeza e inquietud retenida, ya sea en cine, pintura, fotografía o escultura. La música no se quedó atrás de ningún modo, tanto el mundo del rock o el pop (sentidas canciones de Bruce Springsteen, Bon Jovi, Neil Young, Paul McCartney y muchos otros) como el panorama clásico (John Adams, por ejemplo, ganó el premio Pulitzer a la música por su composición coral de 2002 "On the transmigration of souls", que conmemora a las víctimas) se afanaron en encontrar salida a su quemazón. El caso del músico vanguardista y experimental norteamericano William Basinski es parecido aunque puntualmente distinto, pero ante todo dio origen a un trabajo muy especial, una recordada obra que ha contado con varias secuelas, titulada "The disintegration loops", y sobre la cual el artista declaró así años después: "Compuse sin querer la banda sonora del apocalipsis". 

Nacido en Houston en 1958, Basinski residía en Nueva York en 2001, y contempló en directo desde la terraza de su loft de Brooklyn esa agonía de la 'gran manzana'. Durante ese verano, este músico incomprendido que estaba poco menos que arruinado, estuvo revisando viejas cintas de su propia música ambiental y repetitiva (con marcadas influencias de artistas como Brian Eno, Steve Reich o John Cage) grabadas 20 años atrás. Mientras intentaba digitalizarlas, entraron en un proceso imparable de degradación, produciendo curiosos y arbitrarios efectos en la música, que presentaba además un sonido antiguo, apagado. Aunque en un principio Basinski observara abatido el fenóneno, enseguida se produciría su cambio de conciencia al respecto, coincidiendo con el ataque al World Trade Center. Aquella vieja música ("maravillosas piezas pastorales que había olvidado") se convirtió en nueva de la noche a la mañana, aquellos trazos ambientales y loops desintegrados parcialmente ('The disintegration loops') en los que William había estado trabajando en los 80 cobraron un nuevo sentido, como si hubiesen sido compuestos para esta ocasión. Basinski resulta desde este momento convincente en sus manifestaciones artísticas, tanto por sus cualidades sonoras como por sus virtudes invisibles, lo que esa exuberante ambientalidad provoca en la audiencia. Dos cortes compartían este primer volumen de "The disintegration loops", aunque el primero ocupe cerca de seis veces más metraje que el segundo. Basinski es en "d|p 1.1" como un fantasmal testigo sonoro del paso del tiempo, un observador imperturbable que simplemente ahí está, repitiendo una letanía borrosa difícil de dejar de escuchar a pesar de su gran duración (63 minutos), que encuentra conexiones tanto con el ambient de Brian Eno como con el minimalismo de Gavin Bryars, por poner dos claros ejemplos. A continuación, desplazado por el carisma y el gigantismo de la pieza anterior, "d|p 2.1" es más oscura pero envolvente, acercándose algo más a motivos de una ambientalidad más turbia, drone tal vez. Mientras que "d|p 1.1" es una balsa de tranquilidad, en "d|p 2.1" se escucha un naufragio de oleaje urbano, pero ambas conforman una obra primordial, en la que Basinsky exponía sus pretensiones, unas intenciones ambientales desoladoras que mantuvo en otras tres entregas de la obra de parecidas atmósferas, con un mismo enfoque, que de hecho pueden considerarse un trabajo único, un enorme proyecto: bastante aclamada, "The disintegration loops II" se divide en dos partes de duraciones largas pero parecidas, circunstancia a todas luces afortunada, para al menos sobrellevar dos evoluciones diferentes de estas atmósferas semi distópicas que le caracterizan, y es que si "d|p 1.1" tenía una dosis de amabilidad en su reiterado patrón, "d|p 2.2" parece conducirnos por un camino más industrial, intrigante, de una cierta amargura y desconfianza; "d|p 3" recoge sin embargo los ecos de la ópera prima, durante 42 minutos de eterno bucle, algo perturbador por el énfasis en la degradación del material. Algo parecido, incluso más evidente, sucede en el primer corte de "The disintegration loops III", un "d|p 4" que presenta un bucle melódico atractivo, grandemente ensuciado con un glitch in crescendo que forma parte de la propia melodía; más musicalmente correcto, aunque de un alcance de 52 minutos, es "d|p 5". "The disintegration loops IV" contiene tres composiciones, una dócil y relajante "d|p 6" y dos piezas que recuperan no sólo el espíritu, sino la melodía original, "d|p 1.2" y "d|p 1.3". El tiempo, ese enemigo inmisericorde, logró destruir aquellas viejas cintas, pero ofreció algo a cambio, una moderna y minimalista 'sinfonía de las lamentaciones', dedicada "a la memoria de aquellos que perecieron como resultado de las atrocidades del 11 de septiembre de 2001, y a mi querido tío Shelley". El primer volumen de "The disintegration loops" fue publicado en 2002 por el sello 2062, creado por William Basinski y su pareja, James Elaine. En 2012 salió a la venta por parte de Temporary Residence Limited una completa caja que incluía los cuatro discos de la serie y un quinto con presentaciones en vivo (en el décimo aniversario del ataque, el 11 de septiembre de 2011, "The disintegration loops" se representó en directo por The Wordless Music Orchestra en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York), además de un DVD con la primera parte sobre las imágenes que el propio William grabó el 11 de septiembre de 2001 desde su azotea, un documental que también se puso a la venta en VHS en 2004. ¿Qué tiene esta música que, a pesar de su monotonía, sus atípicos ruidos de fondo y esa brusquedad estilística que presenta absolutamente adrede, logra ocupar huecos esenciales y en ocasiones no puede dejar de escucharse, como si fuera un hipnótico compás, hasta su final? Seria casi una cuestión médica buscar ciertas explicaciones, sin embargo musicalmente se hacen necesarias estas propuestas extremas, aclamadas o no, pero en ningún caso prescindibles. ¿Arte sonoro?, ¿música de ascensor? Como casi un cuarto de siglo atrás con Brian Eno y su "Ambient 1 (Music for airports)", la polémica está servida con William Basinski. 

El compositor contemporáneo alemán Karlheinz Stockhausen, innovador de la música electroacústica, llamó a los ataques del 11-S, con escasa fortuna, "la obra de arte más grandiosa que haya habido jamás". Aunque enseguida matizara que su frase original, desvirtuada por el periodista que la sacó a la palestra, incluía "de Lucifer", esas declaraciones le acarrearon duras críticas y una cierta ignominia hasta su muerte en 2007. Es evidente que nadie en su sano juicio puede aplaudir un hecho tan macabro, y lo que ha trascendido desde ese momento han sido los homenajes y recuerdos a las miles de víctimas del desastre. Basinski fue uno de los individuos que estaban aquel día en Nueva York, y la casualidad hizo que unas viejas grabaciones en un formato analógico tan degradable como la casete, se convirtieran en una nueva e innovadora obra de arte, un documento sonoro muy especial de poético título, "The disintegration loops", una obra que posee un carácter depresivo, una tristeza asociada al atentado de aquel fatídico 11-S, cuya escucha podría compararse con estar mirando durante una hora una vela que se va consumiendo poco a poco, cuyo pábulo latente es, en el fondo, un atisbo de esperanza.