17.11.21

BRENDAN PERRY:
"Ark"

La esencia de la admirable banda Dead Can Dance está incrustada, con toda lógica, en los trabajos en solitario de sus dos miembros, Lisa Gerrard y Brendan Perry. Es algo inevitable, aunque cada uno tenga su estilo personal, también perfectamente identificable. Concretamente el irlandés, sin desdeñar un tratamiento musical que camina entre el folk y el rock, se deja llevar por la poesía en sus letras, accediendo a terrenos introspectivos que en la mayoría de las ocasiones están poseídos por una bendita locura. El primer trabajo en solitario de este vocalista y multi-intérprete de enorme personalidad fue en 1999 un atrevido desvío, extraño pero placentero, hacia un folk más americano que británico, un disco de título "Eye of the hunter", donde su propia voz intentaba encontrar su sitio y acoplarse al country en piezas tan satisfactorias como "Voyage of Bran". Tuvo que pasar más de una década para que Brendan continuara esa interesante andadura. 

Fue esta una etapa en la que Dead can Dance, aunque sí que se les pudo ver en vivo en 2005, tampoco publicaron obras nuevas, que retornarían con enorme eficacia a partir de 2012. En el listado de canciones de aquella gira había algunos temas nuevos que Brendan utilizó en 2010 para su segundo álbum, "Ark", publicado por la independiente británica Cooking Vinyl, plausible intento de mantener alto el nivel de ambientalidad global de la banda, aunque se note la ausencia del punto étnico de su compañera, por cierto mucho más activa en cuanto a sus discos y colaboraciones, alcanzando una enorme fama gracias a su participación en la banda sonora del film de Ridley Scott 'Gladiator'. La tranquilidad del irlandés le condujo por otros caminos, también admirables, como lo es el impulso creador de Brendan Perry, las atmósferas que sabe crear con cuerdas, teclados y ritmos, transportadoras a épocas lejanas y lugares sagrados. Este Leonard Cohen de lo ignoto comienza el disco con el tono épico de "Babylon", un majestuoso paseo casi apocalíptico con sonidos de metales contundentes en el climax final. "The bogus man" es una canción muy personal, azotada por un oleaje de sutil electrónica. En tercer lugar del álbum aparece "Wintersun", un temazo por los cuatro costados, la voz, los arreglos que combinan lo moderno y lo antiguo, los cambios de ritmo..., en definitiva una pieza inolvidable con el sello auténtico de Brendan Perry y de Dead can Dance, guitarras, teclados y percusión al servicio de un druida del siglo XXI. "Utopia" fue sin embargo el sencillo del trabajo, la base trip hop y los arreglos con un toque del estilo de Craig Armstrong nos conducen por momentos cerca de Bristol, pero la garganta retorna al conjunto a la iglesia donde están instalados los Quivvy Studios, que Brendan había renovado convenientemente para grabar este álbum. A continuación, un sugerente comienzo para una pieza onírica como es "Inferno" (donde el Infierno de Dante le sirve para ejecutar una comparación con la generación que vive pegada a la televisión), marcada por un ritmo de bajo, y una composición sugerente y delicada, también muy personal o interior, titulada "This boy", modificando otra anterior del autor titulada "Can you fee it?". Es el momento de otra pequeña joya escondida al final del disco, una maravilla de esas por las que deseas dejarte atrapar durante muchos minutos, con un título tan maravilloso como "The devil and the deep blue sea". Aunque es difícil igualar ese nivel, la calma tensa de la despedida ("Crescent") no desmerece en el conjunto de un disco fabuloso, del que lo primero que se puede ver es una espectacular portada (fotografía de Dan van Winkle). Los problemas del mundo y ecológicos, así como reflexiones sobre el amor ("todos los aspectos del amor, material, humano, naturaleza, vida, esencia y espíritu") fueron una cierta inspiración para este disco en que Perry lo hace todo, y advierte del uso conveniente de samplers y sintetizadores como material principal de instrumentación, sin que por ello se pierda la esencia poética; más aún, queriendo reflejar aspectos sobre la alienación en un mundo cada vez más dependiente de las máquinas para realizar cualquier tarea sencilla. "A pesar de los temas distópicos que impregnan estas ocho composiciones -explica Brendan-, también hay expresiones de gran esperanza y optimismo por un mundo mejor en el subtexto de las canciones, porque un 'Arca', además de ser un refugio de las realidades más duras del mundo, es también un vehículo de regeneración y renovación". En cuanto al proceso de trabajo, "por lo general, la música es lo primero (...) Una vez que se escuchan las letras, el tema se vuelve más claro. La música se articula en torno al lirismo y la poesía. Hay un cambio de énfasis en el proceso de composición".

En "Ark", que contó con una edición limitada autografiada de 2000 copias (vendidas en conciertos de presentación), es el tono depresivo que tan buen resultado le otorga a las piezas firmadas por Brendan Perry en Dead can Dance el cauce natural de un disco sólido y equilibrado que consigue atraer el interés en su primer tramo con composiciones radiantes ("Babylon"), personales ("The bogus man", "Utopia", "This boy") o en terrenos algo más oscuros e intensos ("Inferno"), con los puntos álgidos de "The devil and the deep blue sea" y de la enorme "Wintersun", con la que podemos cerrar los ojos y soñar con que irlandés y australiana volvían a colaborar. Ciertamente, sólo hubo que esperar dos años para poder disfrutar del fenomenal "Anastasis", pero "Ark" fue sin duda el detalle perfecto para hacer ver al mundo que seguía muy en forma este cantautor sombrío y avanzado, mitad masculina de uno de los conjuntos más admirados de los últimos tiempos, esos que hacen que los muertos bailen.

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9.11.21

MOBY:
"I like to score"

Un DJ surgido de la miseria del Nueva York de los años 80. Un joven cristianó, blanco y heterosexual frecuentando clubes repletos de gays negros y latinos. La droga, la muerte y la podredumbre en cada esquina de Manhattan. Moby (Richard Melville Hall) cuenta en el primer volumen de su biografía, 'Porcelain: Mis memorias' (publicada en 2016 y traducida al español por la editorial Sexto Piso), su interesante y convulsa vida como DJ en la 'gran manzana' y sus primeros pasos en el negocio musical hasta la aparición del mítico "Play", y la lectura es tan apasionante como la escucha de ese disco lleno de referencias. Pero "Play" tuvo varios antecedentes que no alcanzaron su estatus, pues Moby se movía por otros terrenos más farragosos. Algunas de esas ideas primarias, sin embargo, merecieron levantar la mirada y, en algún caso, abrir la boca con estupor.

Moby había formado parte de la banda de punk Vatican Commandos, y ese tipo de música volvió, como una muestra más de rebeldía personal, en un determinado momento de su carrera, pero fue en la música ambiental, el tecno y la cultura rave de donde emergió DJ Moby, con su enclenque pero desenvuelta figura, creando himnos para los clubes en los que trabajaba. "Go" fue su primer y sorpresivo hit, pero la versión primaria de esta canción (publicada en varios sencillos y en su primer larga duración, "Moby", en 1992) fue superada ampliamente cuando en 1997 Mute Records decidió editar con el título de "I like to score" un recopilatorio con una docena de temas de Moby que habían formado parte de los soundtracks de varias películas, algunas de ellas de cierto éxito. Poco antes de ello, y fascinado -como toda una generación- por la serie de David Lynch 'Twin Peaks', así como por la música de Angelo Badalamenti que la adornaba, una noche tras ver un capítulo de la misma, se le ocurrió utilizar la conocida cadencia de "Laura Palmer's theme" para mejorar el ya existente tema "Go". Así surgió la nueva versión de "Go" que se incluye en "I like to score", único de los temas que no figura en ninguna película sino que contiene las notas del grandioso tema de Laura Palmer. "Novio" fue, sin embargo, la elección para abrir el disco, un ambiente delicado, casi religioso por las voces introducidas, y con notas cristalinas de teclado, una pieza elevadora, nada de club ni pista de baile, que se utilizó en la película 'Double tap'. A continuación, una buena adaptación del tema de 007 para 'El mañana nunca muere' ('Tomorrow never dies', decimoctava entrega de la serie de James Bond) con el título "James Bond theme (Moby's re-version)". Tras "Go" llegan una no muy audible -salvo para una rave un poco pasada- "Ah-ah" (del film 'Cool world'), la funky "I like to score" (desarrollo plano pero rítmico de nuevo para 'Double tap'), "Oil 1" (ambiente sensual con movimiento para 'The saint') y "New dawn fades", versión de la canción del fallecido ex-lider de Joy Division, Ian Curtis (donde sorprende la entrada pesada, rockera, anticipo de la primera canción propiamente dicha del disco, un heavy metal de fácil escucha). Es aquí donde se paran las máquinas, porque llega la verdadera joya del álbum, que había sido creada dos años antes -con una duración algo mayor- para el disco "Everything is wrong". ¿Cómo definir esta maravilla ambiental con mayúsculas, que se escucha -como la anterior- en la película 'Heat', de Michael Mann? En un momento complicado sentimentalmente, Moby creó de la nada una de las esencias de su carrera. Comenzó con un arpegio de piano al que añadió otro superpuesto. Un violonchelo sintetizado y otro sonido de violines pusieron el contrapunto orquestal, y el todo fue aderezado con una suave percusión: "Cuando escuché el resultado, imaginé un dios que se movía sobre la superficie de las aguas cuando el planeta era nuevo, antes de que hubiera tierra y seres vivos". Entonces Moby lloró. Y no es el único que lo hace al admirar "God moving over the face of the waters". Para ir acabando el álbum, "First cool hive" es una pieza suave -también originaria de "Everything is wrong"- que sonó en la película 'Scream' anticipando el estilo de "Play", samples de voces que interactúan sobre sugerentes atmósferas propias. "Nash" es un tema corto con una extraña guitarra (el tercero de 'Double tap'), "Love theme" (de 'Joe's apartment') viene inundado por una calma caribeña, y "Grace" (del corto 'Space water onion') es un ambiente final primario, sintetizadores que vienen y van como el oleaje. 

Moby se calificaba a sí mismo y a otros músicos afines como Trent Reznor como punks de barrio que se habían enamorado del tecno en los 80. Es muy interesante leer esa autobiografía antes mencionada, donde cuenta su trabajado ascenso y sus breves encuentros con estrellas como Iggy Pop, Madonna, Nina Hagen, David Bowie o el tristemente desaparecido Jeff Buckley, así como entender sus pasos musicales entrando y saliendo de diversos estilos. En un tiempo determinado, tras el fracaso de "Animal rights" y la muerte de su madre, envuelto en una vorágine de alcohol y sexo, este artista de Harlem quería morir a cada momento, pero con todos esos condicionantes acechando a su mente, renació musicalmente -aunque de sus adicciones, que casi acaban con su vida, no se recuperaría hasta muchos años más tarde- con "Play", un álbum imprescindible lleno de hallazgos.

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29.10.21

NATACHA ATLAS:
"Diaspora"

Desde comienzos de la década de los 90, el estilo conocido como ethno-techno fue considerado como una manera en bastantes ocasiones muy digna y perfectamente audible de entrelazar las raíces culturales de determinados pueblos no occidentales con la cultura de baile y de rave occidental, dualidad presentada en la mayoría de las ocasiones en un suave envoltorio de rock y pop, originando una multiculturalidad que en casos como los de Deep Forest, Asian Dub Foundation, Banco de Gaia o Afro Celt Sound System ha logrado un extraordinario y merecido éxito popular. Transglobal Underground, banda británica liderada por Tim Whelan y Hamilton Lee, también exploraba por esos caminos desde antes de 1993 (cuando publicaron su primer álbum, "Dream of 100 nations"), con la presencia de una singular vocalista llamada Natacha Atlas en sus primeros discos, una voluptuosa joven que muy pronto iba a convertirse en diva de lo exótico.

Natacha Atlas es un collage viviente de culturas e influencias. Nacida en Bélgica de padre egipcio y madre inglesa, y criada en Londres, en sus viajes a Egipto y Grecia se dejó influir por las músicas de aquellas culturas, en las que también hubo pioneros con atisbos electrónicos, como el egipcio Omar Khorshid, anticipo de nuevos sonidos en la música árabe. Su llegada a Transglobal Underground vino precedida de varias colaboraciones con el bajista Jah Wobble y el guitarrista Daniel Ash, pero en el conjunto londinense encontró la llave de su carrera futura, cuyo rumbo en solitario empezó con "Diaspora" en 1995, publicado por el mismo multicultural sello que publicaba a los Transglobal Underground, Nation Records. No es baladí que en la elegante portada de este trabajo -así como en el videoclip de su canción principal- aparezca vestida como una moderna Cleopatra, pues con su música intenta unificar oriente y occidente, como la gobernante egipcia quiso hacerlo culturalmente antes del nacimiento de Cristo. Nueve canciones en árabe y tres versiones remezcladas de las mismas pueblan el disco, composiciones de Natacha Atlas, Count Dubulah, Hamid ManTu y Attiah Ahlan, con alguna incorporación de Neil Sparkes o Larry Whelan, pero con la cantante en el corazón de cada uno de los temas. "Iskanderia" era el primero de ellos, una intro que es ya una inmersión eficaz en el mundo árabe, una fiesta que nos proporciona ritmos y sabores de mundos exóticos. "Leysh nat' arak" fue la canción más importante y radiada del álbum, un pegadizo y rotundo segundo sencillo que llama a la paz entre los pueblos, pues está inspirada en los tristes conflictos étnicos y religiosos de países como Israel, Palestina, Irak o Yugoslavia. Natacha busca además respuestas sobre la emigración de su familia hacia Bélgica. El primer sencillo y anticipo del disco en 1994 fue, sin embargo, la última de las canciones propiamente dichas, un buen broche final titulado "Dub yalil", canto de de amor a Allah y a un islamismo que Natacha comenzaba a profesar y que demostraba con la inclusión a comienzo de la canción de una llamada a la oración sobre ritmos dub y trip hop, de manera algo más adormecedora que en cortes anteriores, por ejemplo en "Diaspora", con su gran comienzo ambiental sobre el que se asienta con dulzura la voz de Natacha, complementada con otra masculina, de Neil Sparkes, que eleva las prestaciones de la pieza hacia ese terreno cercano al trip hop tan adictivo, el de una gran canción, subyugante, que ni siquiera fue single del disco. Sí lo fueron, concretamente tercer y cuarto sencillos, "Duden" (intento suave y envolvente de construcción con asomos modernos de ethno beat e incluso new age en una instrumentación que incluye violín, y profundidad en el melifluo tratamiento vocal, con un resultado fabuloso, como lo es realmente todo el trabajo) y "Yalla chant" (más rítmica y bailable -ella también ejecuta en sus directos bailes de bellydance, la popular danza del vientre-, que se deja escuchar con interés aunque no provengas de la península arábiga). Entretanto, "Alhambra part 1" es una especie de puente instrumental donde se aúnan clarinete y oud (ese laúd árabe que aporta un sonido identificativo al trabajo), y "Feres" y "Fun does not exist" son otras dos canciones de gran instrumentación y tratamientos avanzados de la temática árabe, con melodías acertadas y penetrantes, y resultados que incitan al movimiento. Para completar el disco, remixes de "Iskanderia", "Diaspora" y "Fun does not exist". Aunque Natacha no se adentra especialmente en el erotismo oriental, sí que rezuma pasión y sensualidad en sus interpretaciones, y en su directo, más serio que el de Transglobal Underground (calificado como extravagante y dramático), ella acostumbra a llevar un vestuario acorde con la música árabe, incluso ejecutando movimientos de la mencionada danza del vientre. "Con Transglobal el público que venía a vernos era básicamente rock -decía-. En mi carrera en solitario he llegado a otro tipo de público, que podemos definir como menos convencional". 

"Un brillante encuentro entre la música norteafricana y los sonidos de baile de Occidente a cargo de la cantante de Transglobal Underground", afirmaba su compañía discográfica, en esa Inglaterra que acogió unas fusiones soberbias de tradición asiática y árabe con música dance, acercándose también al raï y al sonido bhangra. Como productores, su propio grupo afirmaba en su web que "Diaspora" es más o menos un álbum no oficial de Transglobal Underground, basado en la formación en vivo de la época, con el protagonismo especial de Neil Sparkes y Larry Whelan. Esta producción atrevida se mantuvo en parte dos años después en "Halim" (más interesado en las raíces árabes -inspirado, de hecho, en el cantante egipcio Abdel Halim Hafez-) y posteriormente en el despegue internacional definitivo, en 1999, con "Gedida", para irse diluyendo con "Ayeshteni", ser testimonial (solamente un tema, "Janamaan") en 2003 en "Something dangerous" y algo más activa en 2006 con "Mish maoul", cuando Neil Sparkes y Nick Page -con el pseudónimo de Count Dubulah- se hacían llamar Temple of Sound. A partir de ahí, como ya había sucedido en sus últimos trabajos hasta la fecha, Natacha ha continuado su exitosa carrera hasta la actualidad con un nutrido número de productores, incluida ella misma.










19.10.21

RIOPY:
"Riopy"

Beneficiados por el arrollador éxito popular de Ludovico Einaudi han proliferado en las últimas décadas una serie de artistas noveles de sobrada calidad pianística, aunque no todos ellos poseen ni una mínima parte de la calidad, la inventiva o la fascinación que despierta el italiano cuando se sienta delante del gran instrumento. Entre esos pocos discípulos aventajados se podría destacar el nombre de Riopy, un francés de nombre real Jean-Philippe Rio-Py, afincado en Londres, que aunque irrumpió de golpe desde el campo de la publicidad, especialmente con el anuncio de un coche que conducía él mismo (Peugeot, Mercedes, Armani, Ikea o Samsung han requerido, entre otros muchos, de sus servicios), ya había trabajado también en el mundo del cine. De nombre artístico Riopy, reclama en su música la simpleza, las líneas puras y envolventes que intentan ser una evasión de los momentos aciagos que salpicaron su infancia. En sus palabras, sus composiciones son "un mosaico de emociones, experiencias, creencias, música que pone fin a la lucha".

Se cuenta que un viejo piano que nadie tocaba en casa de su madre fue el detonante para que el joven Jean-Philippe comenzara a experimentar y a crear sonidos en su Francia natal, sin ningún tipo de enseñanza inicial ("para mí, la música es emocional y siempre lo ha sido desde el principio. Es difícil encontrar una forma intelectual de describir cómo comencé"). Una vez trasladado al Reino Unido (estudió en Oxford), la firma de pianos Steinway & Sons se fijó en él y le convirtió en uno de sus artistas protegidos: "Mi primer recital fue cuando me pidieron que tocara para el 'telethon' -una gran organización benéfica francesa- en Saint Maixent. Tenía 17 años. Ni siquiera sabía lo que era un Steinway hasta que lo probé. Después de unos segundos tocándolo, me dieron ganas de volar, es para el piano lo que el Rolls Royce es para los autos". Documentales, cine y publicidad llenaron su tiempo, y en 2018 Warner Classics publicó su primer álbum, de título simplemente "Riopy". Aunque atemporal, el sonido del francés es moderno, activo, en todo momento fresco y entretenido, pudiendo disfrutar totalmente de cada composición. Y aunque hay tres o cuatro títulos que acaparan especialmente la atención, es difícil hablar de cortes destacados, tanto por su sobrada calidad como por poseer muchos de ellos características similares, un estilo propio autodefinido como el de un pianista clásico en el siglo XXI, entre los que se vislumbran influencias variadas, especialmente entre el minimalismo de Philip Glass, Wim Mertens o Ludovico Einaudi, aunque él afirme que lo que hace es diferente a lo de esos maestros. "I love you" es un grandísimo comienzo que define por la vía rápida a un pianista por encima de los demás, partitura veloz y llena de sentimiento que, a pesar del título, no precisa de melodía romántica para enamorar, en la que Riopy despliega un cierto virtuosismo, el que se disfruta en otra bella melodia primorosa para el recuerdo, "On a cloud", directa y asimilable para cualquiera. Animada, altiva, con el más característico estilo repetitivo de Einaudi y unos cambios de ritmo maravillosos, es "Golden gate", y los atisbos del italiano regresarán a lo largo de la obra, especialmente en "Wyden down", con cierto asomo folclórico. Tras la melancólica "La vie", es el belga Wim Mertens el que parece referenciado en dos de los cortes, en un "And so forth" lleno de actividad y cambios de ritmo, y en la bella y minimalista "Interlude in A minor", que continúa coronando el disco con esos ramalazos del Mertens de los 90. Entre pensativas, románticas y paseantes, el romanticismo se ancla también el disco con piezas como "Old soul" o "Forgive me", otro de los grandes aciertos del mismo. "Attraction" es una nueva tonada rápida para lucimiento del intérprete, como "Sunrise", con floreados glissandos, otra melodía reconocible, a estas alturas, del galo, que se muestra muy natural (en contraste con su título) en "New York", a lo Michael Jones, en "Minimal game" o en la natural "From you", como un paseo por el bosque. En un tono más calmado, el galo vuelve a ser pensativo, soñador, en "Lost soul", dejando para el final del álbum el supuesto tema estrella del mismo, "Drive". Como el inicio de la aventura, "I love you", "Drive" es una gran melodía de anuncio (aunque no es exactamente la misma de aquel spot de Peugeot en el que veíamos al coche rodando sobre la partitura más grande de la historia, 190 notas durante casi 2 kilómetros, leídas por sensores instalados en los coches, uno de los cuales conducía el propio músico), sublime combinación de notas rápidas que recrean multitud de imágenes a gran velocidad, con la música volando por encima de las teclas del piano. En "Riopy", Jean-Philippe Rio-Py rota el toque folclórico y paisajístico de conocidos pianistas new age hacia un asomo más urbano, pero también romántico, y al contrario que en muchos de los actuales, en los que es fácil avanzar de canción a los pocos minutos, su música (al menos la contenida en este primer trabajo) tiene la cualidad de paralizar al oyente, es imposible pasar de tema sin disfrutar de la plenitud de cada uno. Así, el disco se hace ameno y su escucha, todo un disfrute, además de una liberación para su autor: "Este disco ha sido mi catarsis desde que la música empezó a llegar a mí hace casi diez años (...) Desde 'On a cloud' hasta 'Lost soul', las piezas cobraron vida y me trajeron esperanza cuando pensé que nada podría salvarme (...) Con el piano solo, todo está expuesto y tenemos que atrapar lo que pasa por nuestros dedos, que comienza como emoción cruda y se traduce como música en estado puro".

La vida de este intérprete fue muy dura, no conoció a su padre, su madre estaba inmersa en una especie de culto o de secta, y el piano fue su vía de escape, le hacía feliz, incluso fue como una terapia ante un trastorno obsesivo-compulsivo que le hace contar todo el tiempo: "Cada vez que veo un piano en un restaurante o en un bar o lo que sea, siempre siento que tengo que ir a hablar con él. Literalmente me salvó la vida. Para mí, no es solo un instrumento, sino una persona, algo completamente diferente". No le fue fácil, de todos modos, y recurrió también a la meditación, título que utiliza en algunas de sus piezas: "Tuve que empezar con esto porque si no me moría, en serio, estaban pasando por mi cabeza pensamientos suicidas. Amaba la música pero odiaba mi vida (...) Mi vida estaba llena de dolor y creía que emborrachándome lo solucionaría todo. Bebía, hacía muchas tonterías y por la mañana me despertaba sin saber qué era lo que había hecho. El problema no era el alcohol, era yo. Tardé seis meses en reconectar mi cerebro por medio de la meditación, pero, cuando lo conseguí, mis sueños, mi imaginación, mi creatividad... todo cambió para mejor". Así pues, y bajo cualquier circunstancia, la música de Riopy sólo puede aportar algo bueno en el oyente, al que hay que recomendar encarecidamente que no tarde en encontrar el camino hacia su obra.









9.10.21

LIAM O'FLYNN:
"The given note"

Después de su marcha del grupo Planxty (del cual fue miembro fundador junto a Donal Lunny, Andy Irvine y Christy Moore), O'Flynn tardó unos años en publicar sus discos en solitario, aunque siguió colaborando con numerosos artistas, entre los que destacó especialmente esa conexión natural que mantuvo con el compositor Shaun Davey, irlandés como Liam. "Liam O'Flynn" fue su primera muestra en 1988, con la ayuda de sus amigos de Planxty (Christy Moore, Donal Lunny, Nollaig Casey) y otros como Sean Keane o Mícheal Ó Súilleabháin. Su segunda propuesta fue "The fine art of piping" en 1991, pero la creciente expectación ante su obra explotó definitivamente cuando en 1993 publicó en Tara Records el magnífico "Out to an other side", cuando O'Flynn estaba cercano ya a cumplir 50 años. Mucha música le quedaba dentro aún a este intérprete de uilleann pipe, esa complicada gaita irlandesa que esconde sonidos tan evocadores en su intrincado interior, de la cual fue considerado en vida el mayor de los maestros, sucesor natural del mítico Séamus Ennis.

Aclamado por todos, Liam era el hijo de un violinista y de una pianista, que se sumergió en la antigua tradición de la uilleann pipe con el éxito del esfuerzo y la dedicación. De esta manera, logró una técnica envidiable gracias a la cual pudo preservar el sabor de lo antiguo en sus melodías (tradicionales en su mayoría) y en su forma de tocar, y tras su fallecimiento en 2018, la mayor demostración de su arte se encierra en sus trabajos. La continuación de aquel "Out to an other side" fue otra gran obra titulada "The given note", publicada por Tara Records en 1995 y producida de nuevo por Shaun Davey. Al propio Liam (uilleann pipe, whistle) se unían además nombres tan especiales como los de Arty McGlynn (guitarra), Steve Cooney (guitarra, bajo, didgeridoo), Rod McVey (sintetizadores, órgano Hammond, armonio), Noel Eccles (percusión), Sean Keane (violín), Ciaran Mordaunt (tambores), los ex-Planxty Andy Irvine (voz, mandolina) y Paul Brady (voz, mandolina, piano), y los miembros del grupo gallego Milladoiro Rodrigo Romaní (arpa), Xose V. Ferreirós (gaita gallega , pandereta, oboe) y Nando Casal (gaita gallega, clarinete), ya que O'Flynn viaja también en este disco fuera de Irlanda, tan cerca como a Escocia en dos de los temas y algo más lejos, a Galicia, en otros dos. La esencia campestre se respira en el comienzo del álbum, donde la gaita ejerce de compañía paseante con la gracia -entre otra instrumentación- del didgeridoo, en "O'Farrell's welcome to Limerick" (cuyo título irlandés es 'An phis fhliuch'). La maestría es nota predominante en el album, y en la folclórica "O'Rourke's, the Merry sisters, Colonel Fraser" comienza a notarse por qué Liam era un nombre legendario y un colaborador de lujo en discos de músicos tan grandes como Enya, Mike Oldfield, Kate Bush o Mark Knopfler. El intérprete recuerda con cariño a su antiguo maestro Leo Rowsome al hablar sobre estos reels. También hay en el trabajo canciones en el típico estilo irlandés, como esa bucólica pieza cantada por Andy Irvine, "Come with me over the mountain, a smile in the dark". No son títulos sencillos, realmente. La voz repetirá su aportación en "The rocks of Bawn" (un clásico que Liam vio tocar en numerosas ocasiones al gran instrumentista Willie Clancy), aunque en esta ocasión el cantante es Paul Brady. La guitarra da entonces la perfecta salida a una de las composiciones más recordadas del disco, el espléndido "Farewell to Govan", un lamento perfecto donde flauta y gaita se compenetran con solidez, que no es aunque lo pueda parecer una pieza tradicional, sino una composición del enorme acordeonista escocés Phil Cunningham. Impactante es así mismo una de las tonadas en las que más brilla la especial tonalidad de la uilleann pipe, una "Joyce's tune" melódica y radiante, un aire cuyo título original es "An speic seoigheach". Que hayan pasado los mejores temas del álbum no quita que queden grandes momentos en el mismo, acompañamientos bailables (recuerdos de familia como "The green island, Spellan the fiddler" o "The rambler, the aherlow jig"), llenos de emoción -pues Liam opinaba que la música celta posee una profunda resonancia emocional- ("Ag taisteal na blárnan (travelling through Blarney)", "Romeo's exile" -pieza de Shaun Davey para su adaptación de 'Romeo y Julieta'-), con aspecto de animada marcha (un strathspey o danza escocesa titulada "The Smith's a gallant fireman") o bellos tradicionales muy recordados, como ese aire lento sobre el amor imposible que lleva por título "Cailín na gruaige doinne (The girl of the brown hair)". Pero resta por mencionar la incorporación española en el disco, un acompañamiento gallego tan fabuloso como el del grupo Milladoiro, que no sólo aporta brios nuevos a la gaita de O"Flynn sino que se muestra como imprescindible al proporcionar dos de sus mejores momentos: en primer lugar la "Foliada de Elviña", animado ritmo de baile tradicional gallego que proviene del histórico rincón coruñés, antiguo poblado celta. Y como magistral conclusión, un tema que es combinación de dos piezas tradicionales del repertorio del grupo gallego: "Teño un amor na montana / Alborada - Umha noite no Santo Cristo", de sus álbumes "Solfafria" y "O berro seco", maravillosos momentos de raiz hispana que combinan la nobleza de la uilleann pipe y los instrumentos gallegos, y es que lo decía así el gaitero de Kill: "Para los músicos tradicionales es un gran reto preservar las raíces. Nosotros mostramos un gran respeto por la tradición, pero a la vez estamos musicalmente abiertos a recibir influencias de fuera". Carlos Núñez llegaría para el siguiente trabajo de Liam, otra espléndida obra titulada "The piper's call" publicada en 1998, donde el sonido de la uilleann pipe continúa tocando el alma. 

Seamus Heaney, poeta irlandés ganador del Premio Nobel de Literatura este mismo año 1995, fue el creador del poema que dio título al álbum (como ya lo había hecho en "Out to an other side") y fue la voz de la amistad en el folleto del CD del que, en una especie de metáfora apropiada para la inspiración artística, se extraen estas sabias palabras: "Siempre ha habido una cualidad clásica en la forma de tocar de Liam O'Flynn, una fuerza nivelada y segura: sientes que es parte inquebrantable de una tradición. Pero hay algo más allá en su estilo, un puro deleite en su propio impulso personal (...) En las ocasiones en las que he compartido un programa con Liam, siempre me he sentido fortalecido por estar dentro del campo de fuerza de su gaita, en contacto con una naturaleza profundamente intuitiva y sugestiva. De hecho, lo que siento hacia él está bien resumido en un par de líneas del poema que da título a este disco: Me parece uno de esos espíritus satisfechos que 'han ido solos a la isla / y han traído todo de vuelta'. En 'The given note' escuchamos a un maestro a gusto con su arte, que se complace en el mero acto de hacer música, solo y con sus compañeros. Este es un trabajo que levanta el corazón". Para muy interesados, el disco de 2003 "The poet and the piper" reúne a ambos protagonistas. Liam era un intérprete manejado por hilos divinos, y aunque existen desde entonces otros nombres de rabiosa pasión en el manejo de la uilleann pipe, difícilmente podrá diluirse su figura en las próximas décadas, así como sus discos no serán olvidados, entre ellos este "The given note".

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28.9.21

WILLIAM ELLWOOD:
"Openings"

Narada Productions fue desde su creación en 1983 más que una compañía discográfica, fue un espacio único para la conocida desde pocos años antes como música new age, un nombre desde entonces asociado sin remedio a esos sonidos instrumentales, tanto acústicos como electrónicos, que unieron fuerzas en dicho sello para contentar a un numeroso público en todo el mundo civilizado, personas de todo tipo que huían de la oferta convencional para buscar con ansia la sensibilidad, la elegancia, la melodía agradable, la magia de lo natural en piano, guitarra o vientos, y que conectaban desde muy dentro con las composiciones de músicos que se hicieron muy conocidos, aquellos David Lanz, Michael Jones, Peter Buffett o David Arkenstone, pero también de otros artistas menos relevantes como Gabriel Lee, Nancy Rumbel, Eric Tingstad, Spencer Brewer o William Ellwood. 

Tras la desaparición del guitarrista Gabriel Lee del catálogo de la compañía, se necesitaba urgentemente otro intérprete de las seis cuerdas que llenara ese importante hueco y diera relevo en sus lanzamientos a los pianos de Michael Jones y del exitoso David Lanz. Así llegó en 1986, como referencia número 10 de Narada, el primer trabajo de William Ellwood, "Openings", anticipo de una serie de nombres nuevos reclutados por el sello de Milwaukee para ampliar su catálogo. La esencia folclórica de este eficaz artista originario de Hamilton (Canadá) destaca sobre cualquier otra influencia en cada composición de este cuidado trabajo. En él se destila amor por la música y particularmente pasión por la guitarra, instrumento que puede tener multitud de roles en la música moderna y que puede poseer mucha vida fuera del campo clásico o de su vertiente más conocida en el pop y el rock. Desde el comienzo del disco (la gozosa "Eternal holly", todo un descubrimiento repentino) se adivina una delicia a la guitarra, pero muy distinta a la sobriedad estilística del anterior guitarrista que había publicado dos discos en Narada, Gabriel Lee. Ellwood se decanta por la melodía, con acertados tratamientos armónicos en los que no huye de lo barroco, pero esa antigüedad permite deslizar un curioso tono folclórico que fortalece un conjunto que por momentos (la espléndida "Spirit jazz", por ejemplo, o otra especialmente destacada en el conjunto del álbum, "Lunar return") parece acercarse al de guitarristas de Windham Hill como los ya consagrados a estas alturas William Ackerman o Alex de Grassi, aunque tal vez puede tratarse de un efecto derivado de la competencia que se vivía en aquellos momentos. Emociona la gallardía de "Winter waltz", el desarrollo épico de "Sea shanty" o la intensidad romántica de "Brittany" o "High park" en un conjunto sin altibajos, que se cierra tan acertadamente como empezó, con otro delicado regalo para el oyente titulado "Saluki". En cuanto a su carácter instrumental, William lo aclara así: "Para mí, la música es su propia voz. Nunca quise vincular la música a una historia personal en forma de letras". Este emocionante trabajo en cuya bella portada (fotografía de William Neill encuadrada en el típico diseño de John Morey y Barbara Richardson) se remarca 'solo guitar', fue grabado en abril de 1986 en el Studio 306 de Toronto (Canadá) bajo la producción del propio William Ellwood, que interpreta guitarras construidas a mano por el luthier David Wren, sin más acompañamiento, otros instrumentos que sí que llegarán suavemente en sus futuras entregas, entre las que destacan la más conocida en 1987, "Renaissance", "Vista" en 1989 y un "Touchstone" en 1993 cuyo tema homónimo pobló varios recopilatorios de Narada. 

Reflejos de una época gratamente recordada, los arreglos del muy placentero "Openings" son tratamientos deliciosamente ochenteros pero intemporales en definitiva, motivos sencillos que optan por un lenguaje musical muy particular y característico, que encontró fácil cabida en Narada como otra más de sus arriesgadas apuestas por lo instrumental, esas que originaron un nuevo camino de pasión por lo acústico, lo sutilmente electrónico y sus convenientes fusiones. "Eternal holly", "Spirit jazz", "Lunar return", "Brittany" o "Saluki" son algunas de las composiciones destacadas en este trabajo compuesto y producido por este poco conocido guitarrista canadiense, que en 1997 contó con una curiosa reedición en el sello Hallmark Music con cambio de título ("Music for a stress-free day") y de orden de las canciones. Los interesados han de estar atentos a sus andanzas en los cauces oficiales, ya que bien entrado el nuevo siglo ha vuelto a sorprender con exquisitas nuevas composiciones, por ejemplo con el álbum "Transit of Mars".







17.9.21

ASHRA:
"New age on Earth"

Manuel Göttsching y el bajista Hartmut Enke habían tocado juntos desde los 15 años de ambos, y en su progresión formaron The Steeple Chase Bluesband, antecedente de los definitivos Ash Ra Tempel. Al abandonar Enke este próspero grupo a mediados de los 70, Göttsching optó por cambiar el nombre a Ashra, y modificar la formación a Lutz Ulbrich (guitarra, teclados), Harald Grosskopf (percusión) y el propio Göttsching interpretando sintetizadores y más guitarras. En un paso previo, sin embargo, decidió ocuparse él mismo de todo el trabajo para álbum "New age on Earth", que vio la luz en 1976 por medio de Isadora Records, aún con el apelativo, en esa primera edición, de Ash Ra Tempel. Detalle importante fue la colaboración en este trabajo de Michael Hoenig, el ex-miembro de Tangerine Dream que había montado su propio estudio, llamado Aura Studio, y que realizó las mezclas finales de "New age on Earth", además de haberse embarcado con Göttsching en una posterior gira de presentación del disco por Francia que al final, y tras varias semanas de ensayos, fue lamentablemente cancelada, aunque ambos artistas aprovecharon para grabar, en esas sesiones, el sugestivo álbum "Early Water", que fue publicado bastantes años después, en 1995.

En una segunda edición publicada en 1977, "New age on Earth" fue el primer lanzamiento de Ashra (ya con ese nombre) en Virgin Records, la por entonces audaz compañía británica que tenía en sus filas a Mike Oldfield o Tangerine Dream. No hay que equivocarse con el título, la posteriormente popular música new age aún eran devaneos a los que Göttsching no acudía, intentando más bien expresar en este plástico sus ideas ambientales basadas especialmente en los teclados, sin mirar hacia filosofías alternativas sino explorando nuevos caminos. Grabado en el Studio Roma berlinés de Manuel, "New age on Earth" presenta cuatro composiciones en sus algo menos de 50 minutos: "Sunrain" es un comienzo efervescente, de rítmica cadencia repetitiva tomando buena nota de las directrices propuestas en "Inventions for electric guitar", prometiendo al oyente una fantasía cósmica de ensoñador ímpetu. Los siete minutos de la pieza no se hacen largos, en absoluto, y tanto las texturas de guitarra (Gibson SG) como los teclados (ARP Odyssey, Farfisa Syntorchestra, EMS Synthi A y EKO Computerhythm) son interpretados en todo el álbum por Göttsching, auténtico protagonista de una aventura que en su primera portada (la del sello francés Isadora) presentaba un diseño de Peter Butschkow, sustituida en la de Virgin por una del famoso estudio Cooke Key (Brian Cooke y Trevor Key), habituales del sello de Richard Branson desde el "Tubular bells" de Mike Oldfield. Más cósmico y relajante, teclados que vienen y van como un oleaje entre un burbujeo meditativo (en la onda de lo que unos años después hará Kitaro, admirador de Klaus Schulze pero a buen seguro oyente también de Ashra y Gottsching), es "Ocean of tenderness", tema largo y bien construido aunque, incluso en tan primordial etapa, suena a ya escuchado en la escuela berlinesa. Para desmarcarse, la guitarra dibuja en su parte final tímidas y confortantes florituras, que algunos ven cercanas a las de Mike Oldfield. Cerrando la cara A en el vinilo, "Deep distance" se sitúa melodiosa a medio camino entre las dos anteriores composiciones, una secuencia contenida y un teclado dulce se alían en una suerte de encantamiento danzarín, ampliado hasta la veintena de minutos (aquí solo son cinco) en el volumen 2 de las 'Private tapes' que el músico alemán publicó en 1996. La cara B del plástico estaba ocupada por un único corte de 22 minutos, algo absolutamente normal en aquella época, asombroso para las nuevas generaciones. Sin ser un hito en su discografía, esta suite titulada "Nightdust" deja buen sabor de boca, se abre cósmica, relajante, abrazando por igual a la ambientalidad espacial como a la electrónica un tanto oscura, recordando éxitos de Schulze como "Timewind". Así, lo amable de la cadencia se va tornando poco a poco en taimado, notas graves que exploran un espacio sonoro de apariencia apocalíptica. Aparece entonces el secuenciador para inducir otro clímax perturbador, mágico, tempestad tras la que, para concluir el disco, aparece una calma un tanto turbadora, psicodélica (con ecos de Pink Floyd), de teclados, efectos y guitarra, instrumento que vuelve a sonar autentico y poderoso en manos del teutón. Las tres piezas cortas del álbum formaron parte, en 1996, de la recopilación que Virgin publicó con el título de la primera de ellas: "Sunrain (The Virgin years)". 

Calificado como uno de los 25 álbumes ambientales más influyentes, "New age on Earth" es más atrayente como conjunto y como culminación de un concepto musical, que destacable por algunas de sus composiciones, aunque estas son evolucionadas y presentan melodías y ambientes de cierta belleza, que van ganando fuerza con las escuchas. Tal vez se echen de menos guitarras más contundentes -como las del grandísimo "Inventions for electric guitar"-, o acercamientos a un rock o psicodelia que condujeran al trabajo hacia una ligera comercialidad, pero se pueden disfrutar perfectamente en cualquier momento sus pequeños contrastes y atmósferas espaciales, devaneos cálidos y sensuales en contraposición a otras maquinalidades de la época, logrando un sonido limpio y auténtico, otro buen disco en el camino de un Manuel Göttsching que destacaba en la escena electrónica alemana, ese movimiento conocido popularmente como krautrock que asombraba al mundo entero y llegó a influir a futuros artistas electrónicos.

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3.9.21

NICHOLAS GUNN:
"The sacred fire"

La evocación del sonido de la flauta ha sido siempre bien aprovechada por una serie de artistas de música instrumental que, asociados a la new age, al rock sinfónico, a la música para televisión o documentales, o incluso a la vanguardia, han llegado a alcanzar una gama de sonidos en varias direcciones (tanto de una manera avanzada como hacia la tradición más pura) que han engrandecido el uso de este glorioso instrumento en sus trabajos. Sencillamente, la flauta y los vientos de sonido dulce son un adorno excepcional, no cansan fácilmente si se utilizan con mesura, y su uso e influencia en el mundillo de las nuevas músicas de los 90 parecía no tener fin, aunque casi siempre por detrás de los grandes, piano y guitarra. Por supuesto, no faltaron los que los utilizaron como instrumento principal en su carrera: Nicholas Gunn es uno de esos intérpretes que supo aprovechar su uso en un fenomenal comienzo de sus pasos en solitario cuando, habiendo alcanzado un estado de forma notable de interpretación, fichó por Real Music para publicar "Afternoon in Sedona". El ritmo, la melodía y el ambiente desértico se conjugaban en un estupendo trabajo, que tuvo su continuación en "The sacred fire", la obra que marcó el despegue definitivo del nombre de Nicholas Gunn a nivel mundial.

Nicholas Gunn publicó cinco trabajos en Real Music, el sello de ese gran personaje de la más pura música new age que es el inglés Terence Yallop, golfista en su juventud, pionero de la alimentación natural y de la espiritualidad, promotor de conciertos y creador de la compañía que ayudó a despegar a Nicholas, aunque tuvo que ser el sorpresivo éxito de la primera edición, autoproducida, de "Afternoon in Sedona", lo que condujera definitivamente al flautista al sello de Sausalito (California). Su segundo disco, publicado en 1994, fue "The sacred fire", su mejor aportación a Real Music, un trabajo bellísimo que da el salto del buen gusto a la excelencia y que, con el marchamo de lo auténtico y de lo ligado a las raíces de la Madre Tierra, no dejará indiferente al buscador de la melodía epatante y del ambiente natural. Nacido en el Reino Unido, donde estudió en la prestigiosa Royal Academy of Music, Gunn encontró el éxito en los Estados Unidos en lo que él define como una progresión natural que le llevó a interesarse por una música instrumental melódica de carácter relajante que posteriormente evolucionó, pero no encontró los caminos del jazz o del clasicismo, sino del pop o incluso de la música dance. Fue sin embargo con un estilo new age muy asociado a la world music con el que se ganó un nombre entre los aficionados, gracias especialmente a su dominio de la flauta, aunque Nicholas es un multiartista que produce sus trabajos y también interpreta en ellos piano, sintetizadores y muchas de las sugerentes percusiones que en estos primeros discos eran de un marcado carácter tribal, asociadas al desértico oeste estadounidense. El tramo inicial de "The sacred fire" es notable, fabuloso, comenzando con la sutileza y maestría folclórica de la deslumbrante "Earth story", la pieza más célebre del plástico y posiblemente la más conocida en la historia de este músico. El guitarrista acústico Zavier le acompaña en ese pequeño hit y en otras de las composiciones, como la maravillosa "Painted desert", rebosante de alegría melancólica, o acompañando a las impresiones naturales de "Tale of two lovers", de gran belleza y melodiosidad. "Equinox" parece un homenaje a los recuerdos escondidos de la infancia, a la felicidad de esas vivencias despreocupadas, cuando no se piensa que algún día las responsabilidades propias de la edad van a romper esa magia que Nicholas sabe transmitir en sus notas, en esta ocasión, como en "I still remember" (romántica, azucarada pero sin llegar a empalagar) o "Ruby forest" (nueva pieza melódica y sugerente) con su propia instrumentación en solitario. "Odessa" es otro asomo al folclore, rítmico y con la voz de Cassandra Sheard, pero Gunn acierta más con ese estilo en la propia "The sacred fire", pieza interior inaugurada por vientos indígenas y con el cántico del propio Nicholas, otra muestra de delicadeza en la que el violonchelo de la intérprete clásica Sachi McHenry aporta un enorme sentimiento. Otra pieza fabulosa en un trabajo que desborda emoción. La inspiración parece no terminar en el tramo medio del álbum, pues acto seguido llega "A place in my heart", dominada por una fuerte percusión y acompañada también por la guitarra del poco conocido Zavier, que repite en la titulada "Baile para la luna" (en español), nueva fiesta folclórica que parece acercar su vertiente norteamericana a un sonido más latino, incluso mediterráneo, efectivo aunque no especialmente original. También se desliza un guiño al castellano en el recitado de Michelle Wilkie en el siguiente corte, "She walks in beauty", cuyo fuerte ritmo no le resta un cierto carácter relajante. Viola, chelo y oboe ilustran otra pieza romántica, "Midnight hour", accediendo a un tramo final en el que tal vez el disco empieza a hacerse un poco largo, con los nuevos asomos indígenas de "Waking hour" y "From heaven to earth" -con el violín de Karen Briggs, conocida por acompañar a Yanni en sus discos y conciertos-, y un ritual para acabar (textualmente, "Ritual"), ritmo elevado -percusión de Auzzie L. Sheard III- con ambiente y voz femenina de fondo -Claudia McCance-. Las cualidades folclóricas de la flauta no son en absoluto descuidadas, como en su álbum debut, aunque Nicholas se asoma en "The sacred fire" a otras vertientes, en gran medida gracias al aporte de las cuerdas, que desvelan un espíritu inquieto. El conjunto es, por lo tanto, variado y entretenido, y es un símbolo, según su autor, de "fuerza, romance, poder y sensualidad, un fiel reflejo de la vida".

Natural Wonders y Nature Company fueron exitosas cadenas estadounidenses de tiendas de regalos y productos relacionados con la naturaleza, que merced a su constante hilo musical, obtenían también importantes ventas de música new age. Nicholas Gunn fue uno de los artistas que se beneficiaron de esta circunstancia, consiguiendo alcanzar con "The sacred fire" el top 10 en las listas de new age del prestigioso Billboard. A partir de aquí, y apartando en cierto modo esos prometedores inicios, Nicholas Gunn empezó a sonar demasiado igual, un tanto complaciente con su publico y con un estilo de música que necesitaba evolucionar, por lo que, antes de diluirse definitivamente, este flautista que aun sigue publicando discos de su música pacífica y relajante, encontró su evolución en la música electrónica (con el apodo de Limelght) y en la creación de canciones con vocalista, fuera de la instrumentalidad que le caracterizaba como superventas de la cotizada música new age a principios de los 90.

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21.8.21

XOSÉ MANUEL BUDIÑO:
"Paralaia"

Gaitero nacido en Moaña (Pontevedra), Xosé Manuel Budiño es uno de esos músicos asociados al folclore gallego que a finales del siglo XX llegó de golpe a los circuitos de músicas del mundo y demás corrientes asociadas a la conocida como nueva era. Su trayectoria había sido discreta (una banda de gaitas llamada Semente Nova y el grupo efímero Fol de Niu), pero fue avanzando en sus propósitos hasta irrumpir en el panorama nacional en solitario con cierta cautela, como si pensara que su propuesta musical no fuera a ser tomada en serio entre otros gaiteros tan populares y tremendamente exitosos como Carlos Núñez o Hevia, amén de bandas folclóricas en alza de la misma zona geográfica como Luar na Lubre o Berrogüetto, o grupos de siempre como Milladoiro. Su nombre caló hondo, sin embargo, en una audiencia que continuaba aceptando auténticas muestras de tradición, productos sinceros y bien realizados como el que Xosé Manuel Budiño ofrecía en ese su primer trabajo, de título "Paralaia".

Escribe en el libreto del álbum el escritor y político orensano X.L. Méndez Ferrín que con su virtuosismo y grandes amigos invitados, Budiño nos hace pisar territorios nunca antes visitados, y que esta música se asienta en el interior del pueblo gallego con profunda emoción, como la memoria de ese monte llamado Paralaia, que recoge leyendas de personajes mitológicos (mouras) y tesoros escondidos. Todo un tesoro fue este disco que llegó en 1998 de la mano de Resistencia, y que se había acabado de fraguar en el norte de Europa. Jackie Molard y Söig Sibéril eran dos músicos bretones muy activos, que solían acudir a los festivales que cada verano se celebraban en Galicia. Así se labró Xosé Manuel el conocimiento y el valor para enseñarle a Jackie sus maquetas, y lo hizo en una visita a ambos músicos en Bretaña. Juntos, esa misma noche en casa de Söig, colocaron la semilla de "Paralaia", que acabó grabándose en Madrid con la producción de Budiño y Molard. Pocos sonidos pueden conducirnos a Galicia como lo hace el comienzo de este disco, la espléndida sonoridad de la gaita de Xosé Manuel arremete con fuerza en la melodía de "Paralaia", secundada enseguida por Jacky Molard (violín), Soïg Sibéril (guitarra), y el grupo de Budiño, compuesto por Leandro Deltell (percusión), Xan Hernandez (bajo), Pedro Pascual (bouzouki) y Xavier Díaz (acordeón). El monte Paralaia pertenece a la localidad natal del gaitero, Moaña, a él está dedicado el disco y de él recoge mucha de su fuerza y de sus historias, las de esa montaña que "respira el viento del Atlántico, y siempre es la primera vista que da la bienvenida a los emprendedores navegantes, y la última fuerza que les dice adiós cuando regresan al mar". "Cantar de Santa Sabiña" es un interludio vocal que deja clara la importancia de la tradición y de las voces de estilo antiguo en el trabajo, como la de Mercedes Peón, la gran cantante gallega que adapta en solitario este canto tradicional recogido en las aldeas. "Aire do cruceiro" parece en su comienzo una prolongación modernizada del canto anterior, de nuevo con Mercedes Peón y con la instrumentación completa. Repetirá Mercedes (a la que Budiño había conocido en un festival en Santiago cuando acudió con Fol de niu) muy al final del disco, en "O pateado", dejando el sitio a la música sin palabras en la mayoría de su minutaje. "Rapa bestas" es un nuevo acierto de un disco entretenido y muy estudiado, una pieza divertida, de apariencia festiva, como lo es esa tradición gallega (la más conocida es la de la de Sabucedo, también en Pontevedra) que consiste cada verano en curar a los caballos del monte y cortarles las crines: "Siguiendo los vientos que vienen de la noche -se cuenta en el libreto-, se puede ver el camino hacia las montañas donde los lobos y los caballos salvajes, verdaderos dueños de estas tierras, corren y hablan al ritmo de las panderetas en la oscuridad". Budiño sustituye aquí la gaita por una flauta irlandesa, el low whistle. Acto seguido, de nuevo las gaitas dominan "Lóstregos" con su sonido fuerte y desenfrenado, unión norteña de gaita gallega y trikitixa (con la enorme colaboración de Kepa Junkera), "que te transporta a nuevos paisajes". A Coruña es la siguiente parada del viaje, concretamente Cedeira y sus imponentes acantilados, conocidos como los acantilados de Herbeira, los de mayor cota sobre el nivel de mar de la Europa continental (613 metros de altura sobre el nivel del mar). Así, "Marcha de Breixo" es un aire lento que derrocha ternura, un arreglo de Budiño, Molard y Sibéril de una pieza tradicional dedicada al viento y el mar "de allí donde la gente recoge estos sonidos del fin del mundo, donde expresa sus ansiedades a través de una guitarra, un violín y una pipa". La gaita que utiliza aquí Xosé Manuel es una gaita irlandesa, como en la visita a la localidad pontevedresa de "A fonte da pedra", con su manantial milenario. Budiño vuelve a animar el disco en una composición propia (él firma en solitario la mitad de las doce piezas del disco), "Ardora", que habla de sus recuerdos de muñeiras y de gaiteros como Ricardo Portela. "Ardora" fue destacada por la SGAE como la mejor composición gallega en 1999. De nuevo aparece la triki de Kepa Junkera en un pequeño alalá (melodía montañesa gallega) titulado "Alalá da Vila Ortegán", un aire lento definido en el libreto como uno de esos alegres recuerdos que siempre nos hacen compañía. A Kepa le había conocido también en un festival en Lugo, y no dudó en ayudar al que enseguida se convirtió en su colega, y al que él mismo había ayudado en su inmenso trabajo "Bilbao 00:00h". A ritmo de animada jota se muestra la siguiente tonada, "Jotón Club", de Nacho Muñoz, explicada así: "Un viaje a Bretaña transformó esta jota entre platos de comida y botellas de buen vino, con un sabor único que reflejaba la compañía de la guitarra de Soïg y del violín de Jacky". "Santa Compaña" es el final donde la gaita se va, en la solitario, con esa presencia fantasmal: "Aparece mágicamente y susurra una historia misteriosa. Uno parece ver en el tiempo una canción lejana de letras extrañas, una canción vengativa que se expande en el tiempo".

Tras el éxito del gaitero asturiano José Ángel Hevia con "Tierra de nadie" a finales de los 90, se lamentaba ese humilde asturiano de que, además de Carlos Núñez, Kepa Junkera, Luar na Lubre o él mismo hubieran conseguido el objetivo del reconocimiento, otros currantes de las músicas folk y tradicionales españolas no lo hubieran logrado aún, y entre ellos destacaba el nombre de Xosé Manuel Budiño. No tardó en asomar su figura por radios y revistas, y "Paralaia" encontró el agradecimiento de la crítica y de la audiencia. Se trata de un trabajo muy completo, que no se centra exclusivamente en la gaita sino que se hunde en siglos de tradición para beneficio de su patria y del público de este gallego que afirma que la chispa de su expresión musical es inexplicable, "te sale sin más", y que ha continuado ofreciendo muestras de su calidad en trabajos como "Arredor", "Zume de terra", "Sotaque" o "Fulgor". Además, "Paralaia" fue reeditado en una edición especial remasterizada en formato libro-disco ilustrado por Ana Zon, con motivo de su vigésimo aniversario.












7.8.21

LIZ STORY:
"Escape of the circus ponies"

La compañía californiana Windham Hill continuaba a mediados de los 80 explorando en las posibilidades de los instrumentos acústicos por medio de intérpretes escogidos, uno de cuyos ejemplos más exclusivos era la pianista Liz Story. Después de un exitoso debut en solitario con el piano ("Solid colors", en 1982), era evidente cual iba a ser el instrumento estrella de su continuación, pero no estuvo del todo sola Liz en su segundo trabajo en 1985, titulado "Unaccountable effect", ya que en el tema homónimo de ese 'Efecto inexplicable' -que era lo que lograba en muchos oyentes con la magia de sus teclas- andaba implícito el misterioso sintetizador de Mark Isham, y el tema de cierre, "Deeper reasons", se acompañaba de la percusión de Bob Conti. En las demás canciones, mucha seriedad y el recogimiento más absoluto, la calidez de esta pianista de San Diego que estaba cercana a cumplir la treintena, y cuya progresión había sido frenada en cierto modo, opinaba ella, al ser incluida en la categoría jazz por parte de muchos distribuidores y emisoras. Tras dos pequeñas referencias en RCA y el posterior regreso a Windham Hill, algo distinto fue su siguiente trabajo en el sello de Will Ackerman, una partitura amena y por momentos muy acertada titulada genéricamente "Escape of the circus ponies". 

Se trata sin duda de un título misterioso el de este trabajo sugestivo de Liz Story. Se remarca 'solo piano' en una portada colorida (una extraña pintura de Mary Shivers), mientras que en la parte de atrás del libreto nos encontramos con una glamourosa fotografía de cuerpo entero de esta refinada intérprete de San Diego que comenzó su carrera de niña. Producido por Will Ackerman y Liz Story, el disco se grabó en directo en dos tomas y Windham Hill lo publicó en 1990, cuando la etiqueta new age se había expandido notablemente, impulsando con su fuerza a artistas tan notables como esta, que nos ofrece aquí un disco variado y palpitante al piano Steinway. En honor al título y temática del disco, "Broken arrow drive" es una pieza circense, movida, divertida, un grato recibimiento a la obra que descubre a una excepcional y versátil pianista. Su siguiente movimiento, de hecho, es muy diferente, pues "Inside out", más reposado, parece contar una historia que se escapa de los límites de la carpa. La hermosa introducción del corte principal del álbum es un complemento ideal para esta composición soñadora, llena de calor y potencia; "Escape of the circus ponies" es un fluido jolgorio donde la destreza de Liz se fusiona con un fuerte carácter descriptivo, para ver y sentir el emocionante paseo de los ponis corriendo en libertad. A continuación, Liz regresa en "Church of trees" a un momento privado, pensativo, para llegar a "The sounding joy", otra de las composiciones alegres que parecen un baile, un juego de Liz con su selecto público, que proviene del jazz, del folclore, de la new age y de la pasión por la gran compañía de Palo alto, Windham Hill. Continúa este variado álbum con la poesía de sonoridad enorme de "Another shore" y la vertiente romántica que se respira en "Incision", para continuar con otro tema aventurero titulado "Worth winning" y culminar esta bonita historia con "The empty forest". Además de estar repleto de agradecimientos, comenzando por sus padres, cada pieza en este estudiado trabajo está dedicada a alguien, familiares, amigos o músicos admirados por Liz, entre ellos "Inside out" a su tía, Amy Costas, "Escape for the circus ponies" a la pintora Mary Shivers (autora de la portada), "Incision" al productor y marido en esa época, Mark Duke, y "The sounding joy" a la enorme banda iralndesa Nightnoise, esos otros grandísimos músicos de Winham Hill que a buen seguro encandilaban a Liz Story a pesar de poseer unas fuertes raíces celtas, tan lejanas a su propio estilo, más deudor de Bill Evans o Philip Aaberg. Al fin y al cabo, la música es universal, y los teclados de Tríona Ní Dhomhnaill siempre han sido maravillosos. Tras las nueve composiciones escritas e interpretadas por Liz Story, se hace el silencio, llega la noche, y los ponis pueden descansar en la pradera, sabiendo que los únicos de su especie que restan en la feria son los que, construidos en madera, dan vueltas en el colorido carrusel.

Es un gran momento para recordar los trabajos de Liz Story, tanto sus obras más reverenciadas en Windham Hill como las que publicó en RCA. Y lo es porque Liz, lejanos sus momentos de gloria, ha pasado uno de los peores momentos de su vida cuando tuvo que ser sometida a una cirugía cerebral de emergencia tras diagnosticarle hematomas bilaterales que ejercían una peligrosa presión sobre su cerebro, tanto que podía llegar a olvidar de golpe cómo tocar el piano. Su ausencia de seguro médico llevó a que algunos de sus mejores amigos pidieran ayudas y donaciones en algunas páginas de internet. El infortunio ya había alcanzado a la intérprete años atrás con un tiempo de ausencia voluntaria en los escenarios para cuidar a sus padres, que sufrían demencia, y con la muerte de su esposo tras un accidente de coche. Antaño, cuando aún se encontraba en la cresta de la ola de la new age, en "Escape of the circus ponies" escuchábamos a una pianista madura que ofrecía un gran catálogo de estilos en un repertorio que si bien en algunos momentos parecía desenfrenado, incluso alocado, mostraba las diversas facetas de una gran intérprete.

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