17.9.21

ASHRA:
"New age on Earth"

Manuel Göttsching y el bajista Hartmut Enke habían tocado juntos desde los 15 años de ambos, y en su progresión formaron The Steeple Chase Bluesband, antecedente de los definitivos Ash Ra Tempel. Al abandonar Enke este próspero grupo a mediados de los 70, Göttsching optó por cambiar el nombre a Ashra, y modificar la formación a Lutz Ulbrich (guitarra, teclados), Harald Grosskopf (percusión) y el propio Göttsching interpretando sintetizadores y más guitarras. En un paso previo, sin embargo, decidió ocuparse él mismo de todo el trabajo para álbum "New age on Earth", que vio la luz en 1976 por medio de Isadora Records, aún con el apelativo, en esa primera edición, de Ash Ra Tempel. Detalle importante fue la colaboración en este trabajo de Michael Hoenig, el ex-miembro de Tangerine Dream que había montado su propio estudio, llamado Aura Studio, y que realizó las mezclas finales de "New age on Earth", además de haberse embarcado con Göttsching en una posterior gira de presentación del disco por Francia que al final, y tras varias semanas de ensayos, fue lamentablemente cancelada, aunque ambos artistas aprovecharon para grabar, en esas sesiones, el sugestivo álbum "Early Water", que fue publicado bastantes años después, en 1995.

En una segunda edición publicada en 1977, "New age on Earth" fue el primer lanzamiento de Ashra (ya con ese nombre) en Virgin Records, la por entonces audaz compañía británica que tenía en sus filas a Mike Oldfield o Tangerine Dream. No hay que equivocarse con el título, la posteriormente popular música new age aún eran devaneos a los que Göttsching no acudía, intentando más bien expresar en este plástico sus ideas ambientales basadas especialmente en los teclados, sin mirar hacia filosofías alternativas sino explorando nuevos caminos. Grabado en el Studio Roma berlinés de Manuel, "New age on Earth" presenta cuatro composiciones en sus algo menos de 50 minutos: "Sunrain" es un comienzo efervescente, de rítmica cadencia repetitiva tomando buena nota de las directrices propuestas en "Inventions for electric guitar", prometiendo al oyente una fantasía cósmica de ensoñador ímpetu. Los siete minutos de la pieza no se hacen largos, en absoluto, y tanto las texturas de guitarra (Gibson SG) como los teclados (ARP Odyssey, Farfisa Syntorchestra, EMS Synthi A y EKO Computerhythm) son interpretados en todo el álbum por Göttsching, auténtico protagonista de una aventura que en su primera portada (la del sello francés Isadora) presentaba un diseño de Peter Butschkow, sustituida en la de Virgin por una del famoso estudio Cooke Key (Brian Cooke y Trevor Key), habituales del sello de Richard Branson desde el "Tubular bells" de Mike Oldfield. Más cósmico y relajante, teclados que vienen y van como un oleaje entre un burbujeo meditativo (en la onda de lo que unos años después hará Kitaro, admirador de Klaus Schulze pero a buen seguro oyente también de Ashra y Gottsching), es "Ocean of tenderness", tema largo y bien construido aunque, incluso en tan primordial etapa, suena a ya escuchado en la escuela berlinesa. Para desmarcarse, la guitarra dibuja en su parte final tímidas y confortantes florituras, que algunos ven cercanas a las de Mike Oldfield. Cerrando la cara A en el vinilo, "Deep distance" se sitúa melodiosa a medio camino entre las dos anteriores composiciones, una secuencia contenida y un teclado dulce se alían en una suerte de encantamiento danzarín, ampliado hasta la veintena de minutos (aquí solo son cinco) en el volumen 2 de las 'Private tapes' que el músico alemán publicó en 1996. La cara B del plástico estaba ocupada por un único corte de 22 minutos, algo absolutamente normal en aquella época, asombroso para las nuevas generaciones. Sin ser un hito en su discografía, esta suite titulada "Nightdust" deja buen sabor de boca, se abre cósmica, relajante, abrazando por igual a la ambientalidad espacial como a la electrónica un tanto oscura, recordando éxitos de Schulze como "Timewind". Así, lo amable de la cadencia se va tornando poco a poco en taimado, notas graves que exploran un espacio sonoro de apariencia apocalíptica. Aparece entonces el secuenciador para inducir otro clímax perturbador, mágico, tempestad tras la que, para concluir el disco, aparece una calma un tanto turbadora, psicodélica (con ecos de Pink Floyd), de teclados, efectos y guitarra, instrumento que vuelve a sonar autentico y poderoso en manos del teutón. Las tres piezas cortas del álbum formaron parte, en 1996, de la recopilación que Virgin publicó con el título de la primera de ellas: "Sunrain (The Virgin years)". 

Calificado como uno de los 25 álbumes ambientales más influyentes, "New age on Earth" es más atrayente como conjunto y como culminación de un concepto musical, que destacable por algunas de sus composiciones, aunque estas son evolucionadas y presentan melodías y ambientes de cierta belleza, que van ganando fuerza con las escuchas. Tal vez se echen de menos guitarras más contundentes -como las del grandísimo "Inventions for electric guitar"-, o acercamientos a un rock o psicodelia que condujeran al trabajo hacia una ligera comercialidad, pero se pueden disfrutar perfectamente en cualquier momento sus pequeños contrastes y atmósferas espaciales, devaneos cálidos y sensuales en contraposición a otras maquinalidades de la época, logrando un sonido limpio y auténtico, otro buen disco en el camino de un Manuel Göttsching que destacaba en la escena electrónica alemana, ese movimiento conocido popularmente como krautrock que asombraba al mundo entero y llegó a influir a futuros artistas electrónicos.

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3.9.21

NICHOLAS GUNN:
"The sacred fire"

La evocación del sonido de la flauta ha sido siempre bien aprovechada por una serie de artistas de música instrumental que, asociados a la new age, al rock sinfónico, a la música para televisión o documentales, o incluso a la vanguardia, han llegado a alcanzar una gama de sonidos en varias direcciones (tanto de una manera avanzada como hacia la tradición más pura) que han engrandecido el uso de este glorioso instrumento en sus trabajos. Sencillamente, la flauta y los vientos de sonido dulce son un adorno excepcional, no cansan fácilmente si se utilizan con mesura, y su uso e influencia en el mundillo de las nuevas músicas de los 90 parecía no tener fin, aunque casi siempre por detrás de los grandes, piano y guitarra. Por supuesto, no faltaron los que los utilizaron como instrumento principal en su carrera: Nicholas Gunn es uno de esos intérpretes que supo aprovechar su uso en un fenomenal comienzo de sus pasos en solitario cuando, habiendo alcanzado un estado de forma notable de interpretación, fichó por Real Music para publicar "Afternoon in Sedona". El ritmo, la melodía y el ambiente desértico se conjugaban en un estupendo trabajo, que tuvo su continuación en "The sacred fire", la obra que marcó el despegue definitivo del nombre de Nicholas Gunn a nivel mundial.

Nicholas Gunn publicó cinco trabajos en Real Music, el sello de ese gran personaje de la más pura música new age que es el inglés Terence Yallop, golfista en su juventud, pionero de la alimentación natural y de la espiritualidad, promotor de conciertos y creador de la compañía que ayudó a despegar a Nicholas, aunque tuvo que ser el sorpresivo éxito de la primera edición, autoproducida, de "Afternoon in Sedona", lo que condujera definitivamente al flautista al sello de Sausalito (California). Su segundo disco, publicado en 1994, fue "The sacred fire", su mejor aportación a Real Music, un trabajo bellísimo que da el salto del buen gusto a la excelencia y que, con el marchamo de lo auténtico y de lo ligado a las raíces de la Madre Tierra, no dejará indiferente al buscador de la melodía epatante y del ambiente natural. Nacido en el Reino Unido, donde estudió en la prestigiosa Royal Academy of Music, Gunn encontró el éxito en los Estados Unidos en lo que él define como una progresión natural que le llevó a interesarse por una música instrumental melódica de carácter relajante que posteriormente evolucionó, pero no encontró los caminos del jazz o del clasicismo, sino del pop o incluso de la música dance. Fue sin embargo con un estilo new age muy asociado a la world music con el que se ganó un nombre entre los aficionados, gracias especialmente a su dominio de la flauta, aunque Nicholas es un multiartista que produce sus trabajos y también interpreta en ellos piano, sintetizadores y muchas de las sugerentes percusiones que en estos primeros discos eran de un marcado carácter tribal, asociadas al desértico oeste estadounidense. El tramo inicial de "The sacred fire" es notable, fabuloso, comenzando con la sutileza y maestría folclórica de la deslumbrante "Earth story", la pieza más célebre del plástico y posiblemente la más conocida en la historia de este músico. El guitarrista acústico Zavier le acompaña en ese pequeño hit y en otras de las composiciones, como la maravillosa "Painted desert", rebosante de alegría melancólica, o acompañando a las impresiones naturales de "Tale of two lovers", de gran belleza y melodiosidad. "Equinox" parece un homenaje a los recuerdos escondidos de la infancia, a la felicidad de esas vivencias despreocupadas, cuando no se piensa que algún día las responsabilidades propias de la edad van a romper esa magia que Nicholas sabe transmitir en sus notas, en esta ocasión, como en "I still remember" (romántica, azucarada pero sin llegar a empalagar) o "Ruby forest" (nueva pieza melódica y sugerente) con su propia instrumentación en solitario. "Odessa" es otro asomo al folclore, rítmico y con la voz de Cassandra Sheard, pero Gunn acierta más con ese estilo en la propia "The sacred fire", pieza interior inaugurada por vientos indígenas y con el cántico del propio Nicholas, otra muestra de delicadeza en la que el violonchelo de la intérprete clásica Sachi McHenry aporta un enorme sentimiento. Otra pieza fabulosa en un trabajo que desborda emoción. La inspiración parece no terminar en el tramo medio del álbum, pues acto seguido llega "A place in my heart", dominada por una fuerte percusión y acompañada también por la guitarra del poco conocido Zavier, que repite en la titulada "Baile para la luna" (en español), nueva fiesta folclórica que parece acercar su vertiente norteamericana a un sonido más latino, incluso mediterráneo, efectivo aunque no especialmente original. También se desliza un guiño al castellano en el recitado de Michelle Wilkie en el siguiente corte, "She walks in beauty", cuyo fuerte ritmo no le resta un cierto carácter relajante. Viola, chelo y oboe ilustran otra pieza romántica, "Midnight hour", accediendo a un tramo final en el que tal vez el disco empieza a hacerse un poco largo, con los nuevos asomos indígenas de "Waking hour" y "From heaven to earth" -con el violín de Karen Briggs, conocida por acompañar a Yanni en sus discos y conciertos-, y un ritual para acabar (textualmente, "Ritual"), ritmo elevado -percusión de Auzzie L. Sheard III- con ambiente y voz femenina de fondo -Claudia McCance-. Las cualidades folclóricas de la flauta no son en absoluto descuidadas, como en su álbum debut, aunque Nicholas se asoma en "The sacred fire" a otras vertientes, en gran medida gracias al aporte de las cuerdas, que desvelan un espíritu inquieto. El conjunto es, por lo tanto, variado y entretenido, y es un símbolo, según su autor, de "fuerza, romance, poder y sensualidad, un fiel reflejo de la vida".

Natural Wonders y Nature Company fueron exitosas cadenas estadounidenses de tiendas de regalos y productos relacionados con la naturaleza, que merced a su constante hilo musical, obtenían también importantes ventas de música new age. Nicholas Gunn fue uno de los artistas que se beneficiaron de esta circunstancia, consiguiendo alcanzar con "The sacred fire" el top 10 en las listas de new age del prestigioso Billboard. A partir de aquí, y apartando en cierto modo esos prometedores inicios, Nicholas Gunn empezó a sonar demasiado igual, un tanto complaciente con su publico y con un estilo de música que necesitaba evolucionar, por lo que, antes de diluirse definitivamente, este flautista que aun sigue publicando discos de su música pacífica y relajante, encontró su evolución en la música electrónica (con el apodo de Limelght) y en la creación de canciones con vocalista, fuera de la instrumentalidad que le caracterizaba como superventas de la cotizada música new age a principios de los 90.

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21.8.21

XOSÉ MANUEL BUDIÑO:
"Paralaia"

Gaitero nacido en Moaña (Pontevedra), Xosé Manuel Budiño es uno de esos músicos asociados al folclore gallego que a finales del siglo XX llegó de golpe a los circuitos de músicas del mundo y demás corrientes asociadas a la conocida como nueva era. Su trayectoria había sido discreta (una banda de gaitas llamada Semente Nova y el grupo efímero Fol de Niu), pero fue avanzando en sus propósitos hasta irrumpir en el panorama nacional en solitario con cierta cautela, como si pensara que su propuesta musical no fuera a ser tomada en serio entre otros gaiteros tan populares y tremendamente exitosos como Carlos Núñez o Hevia, amén de bandas folclóricas en alza de la misma zona geográfica como Luar na Lubre o Berrogüetto, o grupos de siempre como Milladoiro. Su nombre caló hondo, sin embargo, en una audiencia que continuaba aceptando auténticas muestras de tradición, productos sinceros y bien realizados como el que Xosé Manuel Budiño ofrecía en ese su primer trabajo, de título "Paralaia".

Escribe en el libreto del álbum el escritor y político orensano X.L. Méndez Ferrín que con su virtuosismo y grandes amigos invitados, Budiño nos hace pisar territorios nunca antes visitados, y que esta música se asienta en el interior del pueblo gallego con profunda emoción, como la memoria de ese monte llamado Paralaia, que recoge leyendas de personajes mitológicos (mouras) y tesoros escondidos. Todo un tesoro fue este disco que llegó en 1998 de la mano de Resistencia, y que se había acabado de fraguar en el norte de Europa. Jackie Molard y Söig Sibéril eran dos músicos bretones muy activos, que solían acudir a los festivales que cada verano se celebraban en Galicia. Así se labró Xosé Manuel el conocimiento y el valor para enseñarle a Jackie sus maquetas, y lo hizo en una visita a ambos músicos en Bretaña. Juntos, esa misma noche en casa de Söig, colocaron la semilla de "Paralaia", que acabó grabándose en Madrid con la producción de Budiño y Molard. Pocos sonidos pueden conducirnos a Galicia como lo hace el comienzo de este disco, la espléndida sonoridad de la gaita de Xosé Manuel arremete con fuerza en la melodía de "Paralaia", secundada enseguida por Jacky Molard (violín), Soïg Sibéril (guitarra), y el grupo de Budiño, compuesto por Leandro Deltell (percusión), Xan Hernandez (bajo), Pedro Pascual (bouzouki) y Xavier Díaz (acordeón). El monte Paralaia pertenece a la localidad natal del gaitero, Moaña, a él está dedicado el disco y de él recoge mucha de su fuerza y de sus historias, las de esa montaña que "respira el viento del Atlántico, y siempre es la primera vista que da la bienvenida a los emprendedores navegantes, y la última fuerza que les dice adiós cuando regresan al mar". "Cantar de Santa Sabiña" es un interludio vocal que deja clara la importancia de la tradición y de las voces de estilo antiguo en el trabajo, como la de Mercedes Peón, la gran cantante gallega que adapta en solitario este canto tradicional recogido en las aldeas. "Aire do cruceiro" parece en su comienzo una prolongación modernizada del canto anterior, de nuevo con Mercedes Peón y con la instrumentación completa. Repetirá Mercedes (a la que Budiño había conocido en un festival en Santiago cuando acudió con Fol de niu) muy al final del disco, en "O pateado", dejando el sitio a la música sin palabras en la mayoría de su minutaje. "Rapa bestas" es un nuevo acierto de un disco entretenido y muy estudiado, una pieza divertida, de apariencia festiva, como lo es esa tradición gallega (la más conocida es la de la de Sabucedo, también en Pontevedra) que consiste cada verano en curar a los caballos del monte y cortarles las crines: "Siguiendo los vientos que vienen de la noche -se cuenta en el libreto-, se puede ver el camino hacia las montañas donde los lobos y los caballos salvajes, verdaderos dueños de estas tierras, corren y hablan al ritmo de las panderetas en la oscuridad". Budiño sustituye aquí la gaita por una flauta irlandesa, el low whistle. Acto seguido, de nuevo las gaitas dominan "Lóstregos" con su sonido fuerte y desenfrenado, unión norteña de gaita gallega y trikitixa (con la enorme colaboración de Kepa Junkera), "que te transporta a nuevos paisajes". A Coruña es la siguiente parada del viaje, concretamente Cedeira y sus imponentes acantilados, conocidos como los acantilados de Herbeira, los de mayor cota sobre el nivel de mar de la Europa continental (613 metros de altura sobre el nivel del mar). Así, "Marcha de Breixo" es un aire lento que derrocha ternura, un arreglo de Budiño, Molard y Sibéril de una pieza tradicional dedicada al viento y el mar "de allí donde la gente recoge estos sonidos del fin del mundo, donde expresa sus ansiedades a través de una guitarra, un violín y una pipa". La gaita que utiliza aquí Xosé Manuel es una gaita irlandesa, como en la visita a la localidad pontevedresa de "A fonte da pedra", con su manantial milenario. Budiño vuelve a animar el disco en una composición propia (él firma en solitario la mitad de las doce piezas del disco), "Ardora", que habla de sus recuerdos de muñeiras y de gaiteros como Ricardo Portela. "Ardora" fue destacada por la SGAE como la mejor composición gallega en 1999. De nuevo aparece la triki de Kepa Junkera en un pequeño alalá (melodía montañesa gallega) titulado "Alalá da Vila Ortegán", un aire lento definido en el libreto como uno de esos alegres recuerdos que siempre nos hacen compañía. A Kepa le había conocido también en un festival en Lugo, y no dudó en ayudar al que enseguida se convirtió en su colega, y al que él mismo había ayudado en su inmenso trabajo "Bilbao 00:00h". A ritmo de animada jota se muestra la siguiente tonada, "Jotón Club", de Nacho Muñoz, explicada así: "Un viaje a Bretaña transformó esta jota entre platos de comida y botellas de buen vino, con un sabor único que reflejaba la compañía de la guitarra de Soïg y del violín de Jacky". "Santa Compaña" es el final donde la gaita se va, en la solitario, con esa presencia fantasmal: "Aparece mágicamente y susurra una historia misteriosa. Uno parece ver en el tiempo una canción lejana de letras extrañas, una canción vengativa que se expande en el tiempo".

Tras el éxito del gaitero asturiano José Ángel Hevia con "Tierra de nadie" a finales de los 90, se lamentaba ese humilde asturiano de que, además de Carlos Núñez, Kepa Junkera, Luar na Lubre o él mismo hubieran conseguido el objetivo del reconocimiento, otros currantes de las músicas folk y tradicionales españolas no lo hubieran logrado aún, y entre ellos destacaba el nombre de Xosé Manuel Budiño. No tardó en asomar su figura por radios y revistas, y "Paralaia" encontró el agradecimiento de la crítica y de la audiencia. Se trata de un trabajo muy completo, que no se centra exclusivamente en la gaita sino que se hunde en siglos de tradición para beneficio de su patria y del público de este gallego que afirma que la chispa de su expresión musical es inexplicable, "te sale sin más", y que ha continuado ofreciendo muestras de su calidad en trabajos como "Arredor", "Zume de terra", "Sotaque" o "Fulgor". Además, "Paralaia" fue reeditado en una edición especial remasterizada en formato libro-disco ilustrado por Ana Zon, con motivo de su vigésimo aniversario.












7.8.21

LIZ STORY:
"Escape of the circus ponies"

La compañía californiana Windham Hill continuaba a mediados de los 80 explorando en las posibilidades de los instrumentos acústicos por medio de intérpretes escogidos, uno de cuyos ejemplos más exclusivos era la pianista Liz Story. Después de un exitoso debut en solitario con el piano ("Solid colors", en 1982), era evidente cual iba a ser el instrumento estrella de su continuación, pero no estuvo del todo sola Liz en su segundo trabajo en 1985, titulado "Unaccountable effect", ya que en el tema homónimo de ese 'Efecto inexplicable' -que era lo que lograba en muchos oyentes con la magia de sus teclas- andaba implícito el misterioso sintetizador de Mark Isham, y el tema de cierre, "Deeper reasons", se acompañaba de la percusión de Bob Conti. En las demás canciones, mucha seriedad y el recogimiento más absoluto, la calidez de esta pianista de San Diego que estaba cercana a cumplir la treintena, y cuya progresión había sido frenada en cierto modo, opinaba ella, al ser incluida en la categoría jazz por parte de muchos distribuidores y emisoras. Tras dos pequeñas referencias en RCA y el posterior regreso a Windham Hill, algo distinto fue su siguiente trabajo en el sello de Will Ackerman, una partitura amena y por momentos muy acertada titulada genéricamente "Escape of the circus ponies". 

Se trata sin duda de un título misterioso el de este trabajo sugestivo de Liz Story. Se remarca 'solo piano' en una portada colorida (una extraña pintura de Mary Shivers), mientras que en la parte de atrás del libreto nos encontramos con una glamourosa fotografía de cuerpo entero de esta refinada intérprete de San Diego que comenzó su carrera de niña. Producido por Will Ackerman y Liz Story, el disco se grabó en directo en dos tomas y Windham Hill lo publicó en 1990, cuando la etiqueta new age se había expandido notablemente, impulsando con su fuerza a artistas tan notables como esta, que nos ofrece aquí un disco variado y palpitante al piano Steinway. En honor al título y temática del disco, "Broken arrow drive" es una pieza circense, movida, divertida, un grato recibimiento a la obra que descubre a una excepcional y versátil pianista. Su siguiente movimiento, de hecho, es muy diferente, pues "Inside out", más reposado, parece contar una historia que se escapa de los límites de la carpa. La hermosa introducción del corte principal del álbum es un complemento ideal para esta composición soñadora, llena de calor y potencia; "Escape of the circus ponies" es un fluido jolgorio donde la destreza de Liz se fusiona con un fuerte carácter descriptivo, para ver y sentir el emocionante paseo de los ponis corriendo en libertad. A continuación, Liz regresa en "Church of trees" a un momento privado, pensativo, para llegar a "The sounding joy", otra de las composiciones alegres que parecen un baile, un juego de Liz con su selecto público, que proviene del jazz, del folclore, de la new age y de la pasión por la gran compañía de Palo alto, Windham Hill. Continúa este variado álbum con la poesía de sonoridad enorme de "Another shore" y la vertiente romántica que se respira en "Incision", para continuar con otro tema aventurero titulado "Worth winning" y culminar esta bonita historia con "The empty forest". Además de estar repleto de agradecimientos, comenzando por sus padres, cada pieza en este estudiado trabajo está dedicada a alguien, familiares, amigos o músicos admirados por Liz, entre ellos "Inside out" a su tía, Amy Costas, "Escape for the circus ponies" a la pintora Mary Shivers (autora de la portada), "Incision" al productor y marido en esa época, Mark Duke, y "The sounding joy" a la enorme banda iralndesa Nightnoise, esos otros grandísimos músicos de Winham Hill que a buen seguro encandilaban a Liz Story a pesar de poseer unas fuertes raíces celtas, tan lejanas a su propio estilo, más deudor de Bill Evans o Philip Aaberg. Al fin y al cabo, la música es universal, y los teclados de Tríona Ní Dhomhnaill siempre han sido maravillosos. Tras las nueve composiciones escritas e interpretadas por Liz Story, se hace el silencio, llega la noche, y los ponis pueden descansar en la pradera, sabiendo que los únicos de su especie que restan en la feria son los que, construidos en madera, dan vueltas en el colorido carrusel.

Es un gran momento para recordar los trabajos de Liz Story, tanto sus obras más reverenciadas en Windham Hill como las que publicó en RCA. Y lo es porque Liz, lejanos sus momentos de gloria, ha pasado uno de los peores momentos de su vida cuando tuvo que ser sometida a una cirugía cerebral de emergencia tras diagnosticarle hematomas bilaterales que ejercían una peligrosa presión sobre su cerebro, tanto que podía llegar a olvidar de golpe cómo tocar el piano. Su ausencia de seguro médico llevó a que algunos de sus mejores amigos pidieran ayudas y donaciones en algunas páginas de internet. El infortunio ya había alcanzado a la intérprete años atrás con un tiempo de ausencia voluntaria en los escenarios para cuidar a sus padres, que sufrían demencia, y con la muerte de su esposo tras un accidente de coche. Antaño, cuando aún se encontraba en la cresta de la ola de la new age, en "Escape of the circus ponies" escuchábamos a una pianista madura que ofrecía un gran catálogo de estilos en un repertorio que si bien en algunos momentos parecía desenfrenado, incluso alocado, mostraba las diversas facetas de una gran intérprete.

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25.7.21

MANNHEIM STEAMROLLER:
"Fresh aire 7"

La saga 'Fresh aire' de la Mannheim Steamroller se ha convertido con el tiempo en una de las más longevas de la historia de la música, con numerosas entregas (ocho volúmenes, además de otros temáticos -especialmente navideños-) desde su debut en 1975, aparte de recopilatorios, directos y cualquier ardid que se le pudiera ocurrir a Chip Davis, su creador y único artífice, con tal de mantener tensa la cuerda de la comercialidad (más de 40 millones de discos vendidos) de un producto muy americano, pero que también ha llegado fácilmente al resto del mundo, principalmente por el ímpetu que cobró en los 90 el estilo new age, al que se adhirió enseguida este rock clásico del siglo XVIII, denominación adoptada por Chip para su música. American Gramaphone Records fue el sello discográfico que el artista creó en 1974 tras la ceguera de varias compañías, que sólo veían la comercialidad en los productos típicos. Desde entonces, muchas décadas después, Davis continúa ofreciendo su lucrativa música desde Omaha (Nebraska), en el mismo centro de los Estados Unidos.

"Fresh aire" (1975) se benefició para su éxito de una conocida campaña de publicidad de la firma Old Home Bread, y enseguida Chip Davis y la Mannheim Steamroller giraron con gran éxito por todo el país. Cada dos años más o menos llegaba una nueva entrega de la saga: "Fresh aire II" (1977) no aportaba nada especial a la misma, fue una continuación honrosa pero de aprovechamiento, que tras el tratamiento barroco del primero adoptaba una temática general medieval. Más intrépido y acertado era "Toccata", el comienzo de "Fresh aire III" (1979), aunque el conjunto se diluía en un neoclasicismo de texturas fáciles con inspiración renacentista. No es que "Fresh aire 4" (1981) fuera un cambio notable de estilo, pero es cierto que el crossover cobraba vida por una especial agilidad instrumental que alcanzaba el siglo XX y las vanguardias, y sobre todo se beneficiaba de una composición de órdago, posiblemente la mejor de la saga hasta el momento, "Red wine". "Fresh aire V" (1983), a pesar de su comienzo vocal, olvidaba el barroquismo que siempre había envuelto la serie en favor de una épica muy del estilo de Andrew Powell, pero aunque se trataba de una buena audición, no es un trabajo imprescindible. Dedicado a los mitos de la antigua Grecia, "Fresh aire VI" (1986) era evolucionado, extraño y no muy afortunado salvo por el tema "Nephente". Inaugurada la década de los 90, y ya en una dinámica totalmente distinta a la del inicio del proyecto, "Fresh aire 7" es un gran trabajo, para el que Chip Davis se tomó un tiempo de reflexión muy adecuado. Publicado en 1990, evidentemente por American Gramaphone, esta séptima entrega está dedicada precisamente a ese número mágico y místico por excelencia, el 7, considerado un número de poder en todas las religiones (Dios descansó y sacralizó el séptimo día, por ejemplo, pero no podemos olvidar los 7 dioses japoneses de la fortuna, las 7 maravillas del mundo, los 7 colores del arco iris, las 7 colinas sobre las que se asentó Roma, los 7 mares de Eurafrasia, las 7 notas musicales, las 7 vidas del gato y muchas más situaciones sobre este número que simboliza la perfección). Por eso y por mucho más, "Fresh aire 7" no necesitaba otra temática que su numeración, sobre cuyo misterio se había preguntado Chip Davis -así lo cuenta en el libreto del álbum- desde que estaba en la universidad. Además, comparte con el público su facilidad para componer: "Mi música fluye a través de mí más rápido de lo que puedo pensar en ese momento y cuando la escucho al día siguiente, me sorprende lo que he compuesto". Este trabajo dedicado a su esposa Sharon y a sus padres, se inicia con "Conjuring the number 7", un comienzo inmejorable, una pieza acertada, vital, en la onda alegre a la que Chip nos tiene acostumbrados pero con un estupendo toque pegadizo y popular, popularidad acrecentada en España por su carácter de sintonía de los conocidos programas sobre caza y pesca titulados 'Jara y sedal'. La estructura del tema es de rondó dividido, cómo no, en 7 partes. Más formas clásicas, evidentemente barrocas, brindan un segundo recibimiento a esta séptima entrega, en la que el séptimo día de la semana, "Sunday the 7th day", no es un tema especial, aunque sí agradable. Sin abandonar las sensaciones clásicas, estas se acomodan en unos instantes de cierta relajación para conformar un tema tan impregnado de naturaleza como para titularse "The 7 colours of the rainbow", ese fenómeno tan bello como inalcanzable, el arco iris, en el que Chip encuentra una nueva inspiración acerca del número 7, y para el cual pensó (como Newton muchos años antes, siguiendo los pasos de Aristóteles) en la lógica de tratar de corresponder las frecuencias de los 7 colores con frecuencias de 7 notas, aunque no exactamente, para evitar momentos desafinados. "The 7 C's", dedicado a las notas musicales, es casi un tema puente, como si fuera una pista escondida. Al contrario, "The 7 metals of alchemy" es otra pieza bien construida y de recuerdo en un disco muy completo, que aborda con un cierto tono de magia el tema de la alquimia y la búsqueda de la piedra filosofal. El mundo de los chacras divide las siguientes siete piezas, y Davis lo cuenta así: "Los siete chakras se basan en una antigua filosofía oriental y se utilizan como descripción de siete centros psíquicos del deseo que se correlacionan con siete posiciones físicas del cuerpo. La palabra chakra proviene del sánscrito y significa círculo y movimiento. Representan líneas de fuerza". Cada chakra tiene su color y sus características, "Chakra 1" (rojo y pasional) es una corta intro que entra de nuevo en terrenos relajantes, acrecentados en "Chakra 2" (naranja, el de los juegos, deportes, la fantasía y el sexo), bonita melodía no exenta de un cierto misterio en un encuadre bastante dulcificado. Totalmente distinto es "Chakra 3" (amarillo, el de la fuerza), más popular, al estilo de música de cabecera de sitcom. "Chakra 4" (el del amor incondicional, de color verde) es la vuelta al estilo meditativo al modo de Chip Davis, que va acelerando sus intenciones conforme avanza la pieza. La música coral es la inspiración para "Chakra 5" (azul y artístico), en la que el compositor estadounidense utiliza una balada del poeta inglés Geoffrey Chaucer titulada 'Truth' -un cambio de rumbo interesante que demuestra que Chip puede ser un artista variado y sus discos muestras de música entretenida-, para continuar con el calmado "Chakra 6" (azul oscuro, que porta la capacidad para ver más allá) y finalizar con "Chakra 7" (morado, el de la serenidad y el intelecto), que parece estar imbuido en su comienzo de una electrónica de estilo retro, que sin embargo muta enseguida hacia unas sonoridades orientales algo forzadas pero, en definitiva, perfectamente válidas. No sería lo mismo este trabajo, sin embargo, si su auténtico final no fuera una composición gratamente recordada, un "The 7 stars of the big dipper" dedicado al asterismo llamado popularmente 'el cazo' o 'el carro', formado por las siete estrellas visibles de la Osa Mayor, que concluye el disco de manera bellísima, apabullante. Un gran número de músicos acompañan al protagonista del trabajo con sus violines, violas, violonchelos, arpa, bajos y trompas, así como las voces de The Cambridge Sisters, y sus habituales colaboradores Jackson Berkey al harpsichord (el clavecín de sonido barroco) y Bobby Jenkins al oboe y corno inglés. 

Mannheim es una ciudad alemana del estado de Baden-Wurtemberg, al suroeste del país, que tuvo una cierta vinculación con Wolfgang Amadeus Mozart. Así, el extraño nombre Mannheim Steamroller proviene de una técnica musical del siglo XVIII conocida como crescendo, que utilizaban especialmente los músicos de la denominada Escuela de Mannheim. De haber nacido dos siglos antes, tal vez Louis F. 'Chip' Davis Jr. hubiera pertenecido a ese movimiento musical, pues desde muy pequeño se encontró cómodo con el piano y la música en general, graduándose en la Escuela de Música de la Universidad de Michigan, especializado en fagot y percusión. Posteriormente, la historia le condujo a una gran popularidad gracias a su particular conjunción de música clásica y moderna en ese grupo compuesto por él mismo que no hay que olvidar, la Mannheim Steamroller, con el que ganó en 1991 el premio Grammy al mejor álbum de música new age por este "Fresh aire 7".

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10.7.21

JON MARK:
"The standing stones of Callanish"

Después de unos años en bandas efímeras y de acompañar a Marianne Faithfull en sus discos y conciertos, el músico inglés Jon Mark formó el dúo de jazz/rock Mark-Almond junto a Johnny Almond, alcanzando una cierta repercusión en la década de los 70 a pesar de que en 1972​ perdiera parte del dedo anular de su mano izquierda en un accidente. Años después, era importante no confundir el nombre de este dúo con el del floreciente cantante y miembro del grupo Soft Cell, Marc Almond. Entrados los 80, Jon se trasladó a la lejana Nueva Zelanda, donde fundaría el sello White Cloud la década siguiente, dando a conocer una serie de músicas instrumentales, neoclásicas y étnicas muy distintas a las de sus inicios. El propio Mark, que había seguido grabando en solitario, tornó en un periodo de cinco años (desde la publicación de "The lady and the artist") su faceta de cantautor a la de músico instrumental basado inicialmente en la antigüedad de la humanidad, intereses que originaron una especie de trilogía que comprendía los títulos "The standing stones of Callanish" en 1988, "Land of Merlin" en 1992, y "Alhambra" ese mismo año, publicados por Kuckuck al ser todos ellos anteriores a White Cloud.

De nombre auténtico John Michael Burchell, ganador de un premio Grammy en 2003 por su grabación y producción de los monjes del monasterio de Sherab Ling en su álbum "Sacred tibetan chant", Jon Mark falleció en febrero de 2021 tras una larga y variada carrera. Una bellísima música ambiental melódica nos recibía muy acertadamente en el primero de los trabajos de la terna mencionada anteriormente, un "The standing stones of Callanish" de impecable presentación, diseño con tonos dorados repleto de imaginería celta y una fotografía en la portada de las piedras de Callanish, ese conjunto de menhires prehistóricos levantados por la temprana humanidad hace casi 5.000 años cerca de la actual población de Callanish en la isla de Lewis -Hébridas Exteriores escocesas-. ¿Qué gran conocimiento se esconde en estos centinelas silenciosos, envueltos en las brumas del tiempo, tallados por manos desconocidas?, se pregunta Jon, que habla sobradamente de esta construcción en el libreto del disco, unos megalitos erigidos hace milenios por los antiguos celtas, conocidos como el Stonehenge escocés, aunque mucho menos distinguidos que la construcción inglesa. Presa de antiguas leyendas celtas, el álbum es sólido en su sonido, no presenta apenas altibajos, su tono general es calmado, basado totalmente en capas de teclados Roland. Abriendo el disco, "Chloe's day" se mantiene en su melodía inalterable durante más de 6 placenteros minutos, idílico estilo ambiental que continúa con la adoración a esa 'tierra bendita' en "Blessed land", y que continúa con apacibles variaciones en "The eye of the hawk", con celestiales reflejos épicos. "Mist on the Morning Hills" no difiere en demasía de la primera muestra del disco salvo por su tono algo más alegre, mientras que "The standing stones of Callanish", la pieza que da título al álbum, adopta un motivo atmosférico algo más misterioso. El trabajo se mueve en todo momento por terrenos suaves, muy agradables y bien construidos por el teclista inglés, que por momentos se acerca a los intentos meditativos de otro grande de Kuckuck como Deuter, especialmente en intentos aflautados como "The raven in the oak tree". La obra presenta una clara continuidad mística hasta su final, envolturas de sensación celestial, vaporosa, con retazos de antigüedad, alzando la voz de nuevo de manera más épica en los momentos finales, "Journey across the crystal sea" y esa despedida que no es sino un hasta luego titulada "Remembering". "The standing stones of Callanish" es un recuerdo y tributo de Jon Mark a sus raíces celtas, algo que más adelante intentará engrandecer en uno de sus trabajos más recordados para White Cloud, "A celtic story", un buen álbum que, sin embargo, no llega al nivel de afecto y de atracción de esta obra instrumental primeriza, en la que enfocó sus ideas básicas con gran fortuna y sobrado encanto. 

Intentando mantener la esencia ambientalmente esotérica de "The standing stones of Callanish", Jon Mark continúo en esa misma línea cuatro años después con dos trabajos rezumantes de misterio antiguo, "Land of Merlin" como homenaje artúrico y "Alhambra" en una visita muy especial a la cultura árabe que floreció en el sur de España. Más interesante que el dedicado al poderoso mago es el inspirado por el gran complejo granadino, en el que además se hace acompañar de una mayor gama de instrumentación. Y si algo no se le puede negar a los álbumes de Jon Mark en solitario es la preocupación constante por que el diseño gráfico acompañe perfectamente a la música, que cada trabajo explique perfectamente su origen tanto en sus fotografías o ilustraciones, como en la conveniente explicación de su inspiración en el interior de la obra. Es precisamente el caso de "Alhambra", un CD de cuidado folleto, aunque su agradable intento arabizante se sumerja en sonoridades fáciles, así como imitaciones de estilos españoles e impresionistas (Ravel, por ejemplo). El tiempo ha mantenido con mayor frescura las atmósferas celtas primigenias de "The standing stones of Callanish", el debut en la instrumentalidad del siempre interesante Jon Mark.

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30.6.21

WILLIAM ORBIT:
"Pieces in a modern style"

En 1995 William Orbit había desempeñado multitud de funciones laborales, tanto dentro como fuera del negocio musical. Desde 1980 fue un artista visual junto a Hamish Bowles, editor de la revista Vogue en Estados Unidos. Tras una serie de álbumes de escasa repercusión, Orbit creó Guerilla Studios, estudio independiente donde inició su eficaz labor como productor. Ubicado en diferentes lugares durante los años, fue en el norte de Londres, en Crouch End, donde William grabó las primeras y más importantes entregas de su serie Strange Cargo (la trilogía inicial porta momentos de gran fulgor), así como la versión primaria de "Pieces in a modern style", una reconstrucción muy de finales de siglo de piezas clásicas publicada bajo el nombre de The Electric Chamber en 1995 por su propio sello, N-GRAM Recordings- Eso fue tres años antes de la edición de una de sus producciones más reconocidas, la del "Ray of light" de Madonna, con la que el incansable William ganó dos premios Grammy y elevó definitivamente su cotización. 

No fue sencilla sin embargo la comercialización del primario "Pieces in a modern style", varias cosas pasaron desde que Orbit comenzara a dar forma a su universo de clásicos en clave de ambiente, hasta que vio la definitiva publicación -en tirada masiva y correcta distribución- de sus ideas. Lo principal, la marcha atrás del proyecto seminal, que había sido ya publicado en 1995 por el mencionado grupo ficticio The Electric Chamber, por la negativa del compositor estonio Arvo Pärt a que sus piezas "Cantus" y "Fratres" fueran utilizadas por el productor británico, tanto en el disco como en el concierto de presentación. Retirado de la circulación, tuvo que pasar un lustro para escuchar la completa edición definitiva, pues aunque Maverick -el sello fundado por Madonna- publicara una edición promocional del álbum en 1999, fue WEA Records la que se encargó definitivamente de su puesta a la venta en el año 2000, con cambios significativos en su listado de pistas. ¿Qué diferenciaba este disco de aquellos terribles trabajos de versiones de sintetizador que poblaron el mercado, con nulo sentimiento, durante la década de los 90? Esencialmente, la calidad del ejecutante, que aseguraba un tipo de sonido a la altura de las circunstancias, y una serie de tratamientos distinguidos y plenos de interés, desde el respeto y la admiración, puesto que la jugada de versionar clásicos puede resultar ruinosa si no se trata adecuadamente (puede acabar sonando igual que el original, sin aportar nada especial o ser una excesiva deconstrucción sin relación alguna). Orbit consigue imprimir un sello añejo a sus creaciones, y en este caso a sus recreaciones, sinfonías ambientales de producción impoluta, algunas de las piezas más memorables de los siglos XIX y XX que fueron situadas de golpe entre el ambient de Brian Eno y lo retro de las deliciosas versiones de sintetizador Moog de Tomita. Para la notación, contó con la ayuda de Damian le Gassick ("él puede leer música pero yo no"). William mantuvo al "Adagio for strings" de Samuel Barber como recibimiento del disco en las dos ediciones del mismo, y de hecho se trató de su primer sencillo, aunque la versión radiodifundida y con videoclip fue el remix realizado por el DJ holandés Ferry Corsten. Barber podría estar orgulloso de la emoción con la que Orbit inunda su inmortal pieza, los acordes se elevan hacia las alturas y el tratamiento sintético envuelve al oyente con elegancia, mitigando un poco la sensación de escuchar la denominada como 'obra clásica más triste'. Otra de las piezas originales es "Ogive Number 1" de Erik Satie, aunque se trata realmente de la versión de la segunda de estas ojivas que el francés publicó originalmente en 1889. Acorde con su medievalismo inspirado en el canto eclesiástico, el arreglo es más bien efectista, buscando posiblemente la sonoridad de un órgano en la melodía principal. Entre medio, el productor inglés rescató para la nueva edición una pieza para piano (o arpa) del ya fallecido en esa época John Cage, "In a landscape". La adaptación libre encandila y alegra el espíritu tras la sublime tristeza de Barber. Otras tres son las piezas que se mantienen de la compilación original: "Pavane pour une infante defunte" es una extraordinaria partitura para piano de Maurice Ravel con la que William juega desde los ritmos y las texturas -aunque suaviza su aporte rítmico en la segunda edición-, abordando una deconstrucción que supuso el segundo sencillo del álbum, en una versión recortada -esta vez realizada por el propio Orbit- bastante más urbana en las percusiones que la del álbum, con su correspondiente videoclip. Las otras dos composiciones que derivaban de 5 años atrás son las dos muestras en el disco del polaco Henryk Górecki, las etéreas y muy disfrutables en su enfermiza belleza "Piece in the old style 1" y "Piece in the old style 3". Otras cinco fueron las novedades del álbum: "Cavalleria rusticana" es la obra más conocida del italiano Pietro Mascagni, un pequeño deleite escrito para ópera, que Orbit conduce hacia un terreno retro muy vaporoso, con un cierto toque circense. No queda muy lejos la juguetona melodía de "L'inverno" de otro italiano, Antonio Vivaldi, aunque tal vez el ser tan conocido le resta algo de interés. Dos compositores clásicos alemanes restan por comentar, de Georg Friedrich Händel -nacionalizado inglés, realmente- es "Xerxes", tratado de manera más ambiental, mientras que dos son los cortes rescatados de la mente de Ludwig van Beethoven, un modernizado "Triple concerto" y el cuarteto de cuerda "Opus 132", que cierra el álbum de manera relajante y atmosférica. No hay que olvidarse de aquellas partituras que Arvo Pärt impidió, afortunadamente a destiempo, que fueran comercializadas, la atrevida modernización de "Cantus" y especialmente "Fratres", que mantiene en vilo con su profundo y misterioso tono sagrado que anticipa futuras propuestas post minimalistas. La versión de esta pieza inmortal es maravillosa, intensa, descarnada. En "Pieces in a modern style", Orbit exploraba un sonido más liquido que en otros de sus proyectos, que luego trasladaría a trabajos como "Hello waveforms" o "Strange cargo 4", Orbit sabía con qué material estaba tratando, deconstruye las piezas con un ágil tono electrónico, ambiental en la mayoría de las ocasiones, e introduce en las mismas un alto componente respetuoso y un tono melancólico que no portaba, por ejemplo, la versión que pocos años después hizo DJ Tiesto del "Adagio" de Barber. Algunos críticos definieron este trabajo como "un asombroso y extraño puente entre el pop y la música clásica", y Orbit no engañaba en el titulo, lo que aquí podemos disfrutar son piezas clásicas en un estilo moderno, posiblemente inaceptables en su mayoría bajo el punto de vista académico, pero poseedoras algunas de ellas de auténticos encantamientos auditivos en bellos requiebros atmosféricos, de aspecto sintético y retro en ocasiones, que pueden atraer a nuevos oyentes al mundo clásico o al menos hacia una instrumentalidad no necesariamente orientada a las pistas de baile o a las corrientes más tristemente machaconas de la música moderna. De hecho, la dificultad de que los jóvenes se acerquen a la música clásica hace de obras como estas un meritorio intento de primaria incursión en unas melodías que, aunque modernizadas, dejan constancia del acerbo milenario a uno y otro lado del planeta. No es tan fácil de observar el guiño que efectúa Orbit con esa palabra, moderno, pues su propia definición ha quedado posiblemente obsoleta, como el aspecto buscado en algunas de las versiones, vestigios añorantes de una visión retrofuturista.

Difícilmente se puede obviar el dato de que en casa del pequeño William se escuchaba música clásica y contemporánea, esos grandes compositores que se podían apreciar en ciertos matices de sus trabajos de laboratorio, pulcros y avanzados, y que acabaron conformando esta fusión tan efectiva como para alcanzar el puesto número 2 en el Reino Unido y ser nominado al premio Grammy en la confusa categoría 'Mejor álbum de pop instrumental'. El éxito de este trabajo, cuya publicación fue alentada por el visionario director de Warner Music UK Rob Dickins, llevó a que 10 años después, en 2010, apareciera bajo el auspicio del sello Decca, una continuación en el mismo estilo con partituras de Camille Saint-Saëns, William Elgar, Edvard Grieg, Vaughan Williams, Gabriel Fauré, Tchaikovsky o Johann Sebastian Bach entre otros, titulada "Pieces in a modern style 2", cuyo single de lanzamiento fue "Nimrod", de Elgar. Además, Deutsche Grammophon publicó ese mismo año 2000 la versión del disco con los temas originales interpretados por importantes orquestas y con nombres como Yo-Yo Ma, Gidon Kremer o Anne Sophie Mutter. "Este proyecto surgió como un divertimento, algo muy gratificante; también como unas vacaciones, porque es un respiro a toda la música dance que había hecho", dijo William Orbit al respecto de este álbum, antes de añadir sobre su larga espera: "Creo que este álbum tiene muchas más posibilidades ahora que hace cinco años". Aunque la ausencia de "Fratres" le restó uno de los grandes motivos para su adquisición, la escucha de este disco no es en ningún caso una pérdida de tiempo, sino más bien una decisión acertada y relajante para escuchar grandes piezas clásicas en un estilo respetuoso y, cómo no, 'moderno'.

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19.6.21

VARIOS ARTISTAS:
"Piano one"

La presentación oficial del sello Private Music se dio en 1985, con una caja de cuatro casetes con sus primeras referencias, las de Sanford Ponder ("Etosha"), Patrick O'Hearn ("Ancient dreams"), Jerry Goodman ("On the future of aviation") y la recopilación "Piano one". Enseguida llegarían nuevas obras de Eddie Jobson, Lucia Hwong, Leo Kottke o Yanni, pero en aquellos comienzos Peter Baumann, el famoso creador del sello, había grabado varios videoclips de esos trabajos pioneros, que aparte de poder verse en los canales interesados, se editaron en 1986 en forma de VHS en los Estados Unidos y como Laserdisc únicamente en Japón. Los vídeos musicales incluídos fueron el legendario "On the future of aviation" de Jerry Goodman, "Beauty in darkness" de Patrick O'Hearn, "Memories of Vienna" de Eddie Jobson, "Water garden" de Sanford Ponder y "Dragon dance" de Lucia Hwong. Private Music era una compañía tecnológica, y el mundo del videoclip se adecuaba especialmente a su propuesta avanzada, un AOR de etiqueta impulsado por el auge del formato compact disc. Sin embargo, y jugando bien sus bazas, Baumann también dejó sitio en su catálogo al instrumento más carismático del mundo acústico, el piano, y su antes mencionada cuarta referencia así lo atestiguaba, una compilación de temas de cuatro artistas, de los que sólo uno iba a grabar un nuevo plástico para el sello de Baumann.

El libreto del álbum destaca al piano como el mayor de los inventos musicales: "una orquesta en sí misma, de insuperable profundidad emocional y flexibilidad expresiva. No hay estilo de música que no se haya tocado en sus teclas. No hay rincón del mundo donde no se haya escuchado. Trueno, percusivo, audaz, introspectivo, conmovedor, curioso, inquisitivo, peculiar... el piano lo ha sido todo para todos los oyentes; la voz perfecta de compositores tan diferentes como Beethoven y Satie, Gershwin y Mozart, Franz Liszt y Jerry Lee Lewis". No son ellos los que aquí aparecían, evidentemente, y si algo se observaba en cuanto a estos protagonistas del disco, los pianistas, era la variedad de sus procedencias, tanto musicales como geográficas, el rock progresivo del inglés Eddie Jobson, el jazz del estadounidense Eric Watson y del alemán Joachim Kuhn (que comenzó en el campo clásico), y el eclecticismo de Ryuichi Sakamoto, japonés que ha unificado sin pudor en su mundo musical lo étnico, lo electrónico y lo clásico. Comienza el álbum con "New feelings", una pieza tranquila y soñadora, de un Joachim Kuhn que repite al final de la cara A del plástico con "Housewife's song", un tema paisajístico, más movido y tarareable que el que la abría. Ryuichi Sakamoto, tal vez por mediación de un Baumann que, inevitablemente, tenía que vender discos, rescata una de las más grandes piezas para cine de la época, ese "Merry christmas Mr. Lawrence" que fue más allá de la película británica-japonesa de igual título en la que venía recogida, para convertirse en un pequeño hito de la instrumentalidad melódica de los 80 (pocos han visto la película y muchos han escuchado la canción) y por supuesto en el gran recuerdo popular de su autor, cuya vitalidad artística le ha llevado, mucho antes y mucho después, por otros caminos más audaces, aunque por lo general no haya conectado tanto con el público como con esta acertada tonada que, en el conjunto de todo el soundtrack, obtuvo el premio Bafta a mejor banda sonora en 1984. En la cara B (o en séptima posición en el CD), Sakamoto aporta una segunda pieza, "Last regrets", no excesivamente elaborada pero que hay que escuchar, y que va alzando poco a poco la cara de este segundo lado, que se afianza en su final con la tercera pieza firmada por Eddie Jobson. Precisamente el británico (que aporta tres composiciones al disco) fue el músico que iba a hipnotizar al público con el siguiente álbum prensado por Private Music, el imprescindible "Theme of secrets". Los amantes del rock progresivo admiran sin duda la discografía de este multiartista, sus grandes momentos en Roxy Music, UK, King Crimson, Yes, Jethro Tull, Frank Zappa y Curved Air, pero los seguidores de la new age o de una música más tranquila y sofisticada, recuerdan especialmente "Theme of secrets" como el refugio especial de la faceta más intimista de Jobson. Mientras tanto, "Piano one" fue su vehículo de avanzadilla en la compañía, y para él aporta tres composiciones: "The dark room" (tema transparente y cristalino, muy en la onda de "Theme of secrets" aunque más a cielo abierto, sin el misterioso velo que cubría aquel maravilloso trabajo), "Balooning over Texas" (que aunque no sea de lo mejor de Jobson, otorga un poco de movimiento a la segunda parte del disco, con algo de jazz en su interior) y "Disturbance in Vienna" (anticipando el tema que estará presente en su propio disco para Private). Por último mencionar que, abriendo la cara B sin hacer mucho ruido, sonaba la pieza de Eric Watson "Puppet flower", un solo recogido, tal vez demasiado para el espíritu de Private, por lo que no es un tema a recordar en un conjunto, eso sí, bastante interesante y asequible.

Tendencias avanzadas, novedosas, que circulaban entre el piano o teclados planeadores, electrónicas palpitantes, violines que iban más allá de su papel de acompañamiento para convertirse en instrumentos rugientes, guitarras atmosféricas... Las músicas privadas escapaban de los estereotipos y jugaban un papel primordial en una serie de trabajos únicos y frescos, distintos y vivificantes, flamantes y descarados. Entre una serie de propuestas en las que la electrónica tomaba una clara preponderancia, el más grande de los instrumentos acústicos se coló decididamente en el título y desarrollo de un trabajo conjunto entre cuatro músicos, un recopilatorio de temas inéditos (al menos en sus versiones pianísticas) titulado "Piano one", que contó con una segunda entrega de lógico título "Piano two" en 1987, de nuevo formada por cuatro nombres, algo más conocidos que los del primer volumen: repite Joachim Kuhn en uno de los temas, y se incorporan Michael Riesman (famoso por sus colaboraciones con Philip Glass, y de hecho el solo de piano que propone es obra de Glass, un aria de su ópera "Satyagraha") y los afamados Yanni y Suzanne Ciani, que aportan tres piezas cada uno, alguna ya conocida ("Nostalgia", presente en el trabajo de Yanni "Keys to imagination", y las muy recordadas de Suzanne "The Fifth Wave: Water Lullaby" -de "Seven waves"- y "The velocity of love" -del trabajo homónimo-) y otras que iban a aparecer, en sus versiones completas, en futuros álbumes de estos dos artistas superventas, que mantuvieron su estancia en Private Music hasta comienzos de la década de los 90. 

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7.6.21

KITARO:
"Mandala"

Se suele afirmar que en Japón el tiempo transcurre de modo distinto que en occidente, y esa cualidad exótica también puede afectar a la manera nipona de hacer música. En la obra del japonés Kitaro se refleja la dualidad de lo eterno y lo que se evapora en un instante, esos 40 o 50 minutos de música que en ocasiones, depende de la disposición del oyente, lo mismo pueden pasar desapercibidos como ser considerados como sones celestiales. Eso sí, él mismo se ha encargado de matizar en alguna ocasión que su música no es oriental u occidental, sino que más bien es universal. Tras sus inconmensurables inicios, el camino de la nueva etapa del músico en los años 90 se asomaba perfectamente al término medio entre los dos extremos del mundo, y hacia sones bien producidos y de sobrada agradabilidad cuyo consumo rápido no deja de evocar el respeto por lo bien hecho, y el agradecimiento por mantener la cara bien alta en la consecución de un sonido único y maravilloso, emblema e icono de la música new age desde finales de los años 70.

Después de muchos años editando sus discos en Canyon Records y unos pocos en Geffen Records, Kitaro cambió de compañía en los 90, convencido por un manager y productor japonés afincado en los Estados Unidos, Eiichi Naito. Publicado en agosto de 1994, "Mandala" fue el primer álbum de estudio de Kitaro para el sello Domo, creado por Naito en norteamérica en 1993, un sello del que Kitaro ha sido insignia durante los años ("desde que comenzamos a trabajar juntos, Domo Records y yo mantenemos una buena relación laboral, porque ambos tenemos el mismo propósito: nuestro futuro espiritual"). Polydor se encargó de la distribución y publicación en algunos países. De intenciones espirituales y relajantes, y utilizados especialmente por el budismo y el hinduismo, los mandalas son dibujos simbólicos (representaciones del espacio sagrado) que presentan una forma circular (mandala significa círculo en sánscrito) inscrita en otra cuadrangular. Kitaro se muestra contundente en la obertura de la obra, de título también "Mandala", cuando unos remolinos sinuosos y efectos de sonido de un misterio cercano al de algunos álbumes de su admirado Klaus Schulze, dan paso a la definitiva entrada en escena de una furiosa guitarra eléctrica más característica del rock sinfónico que de la new age meditativa. Pero Kitaro se ha mostrado siempre contundente en su trabajo, sabiendo llevar a su terreno cualquier influencia, interés y conexión. Por ejemplo, la de "Dance of Sarasvati" con Sudamérica, merced a la aparición de una flauta que suena muy andina, aunque Sarasvati sea la diosa hindú del conocimiento. A pesar de su estilo directo, bien construido y perfectamente audible, hay que afirmar que se antoja un tanto innecesario y fuera de lugar, no es este un tema original, ni vibrante, Kitaro se aleja de sus referentes de manera un tanto peligrosa (el culmen será su disco navideño, "Peace on Earth"), pero al menos está interpretado con respeto y pasión. Antes de ella, "Planet" es, este sí, un espléndido ambiente casual, muy agradable y característico del sintesista de Toyohashi, culminado por un sutil y caprichoso burbujeo. La parte central del disco es también altamente interesante: en ella "Scope" es un nuevo ambiente cósmico, cercano a los de su primera época salvo por la aportación importante, de nuevo, de la guitarra. Aunque no llega a aquellos niveles de emoción, es sugerente y adictivo. Y a continuación, una contundente percusión apoya al ambiente, sinfónico de nuevo, de "Chant from the heart" que de repente se crece con la inclusión de una voraz melodía épica. El interés desciende de nuevo con la calmada "Crystal tears" y "Winds of youth", donde el viaje parece rendir tributo a los indios americanos, por mor de un sonido de flautas y percusión de lluvia muy característicos; solo al final aparece el inconfundible toque oriental. Afortunadamente, para cerrar el álbum Masanori Takahashi (es decir, Kitaro) recurre nuevamente a una melodia con su sello personal, "Kokoro", tema destacado en la promoción de álbum, con un cierto sabor folclórico japonés, y esa guitarra que occidentaliza (de manera un tanto ruidosa pero bien construida, basada en rock o blues) gran parte del trabajo, y que el propio Kitaro sorprende cuando la utiliza pasionalmente en sus directos. Kitaro colaboró en 1992 en el álbum "Scenes" del ex-guitarrista de Megadeth Marty Friedman, y la sonoridad de esas guitarras en canciones como "Valley of eternity" tuvo que convencer al japonés para endurecer un tanto su sonido. A pesar de lo, en ocasiones, artificial de los teclados y la tecnología, Kitaro siempre ha presentado un enorme respeto por las tradiciones y folclore de cualquier rincón de la Tierra: "He viajado por muchos países y colecciono muchos instrumentos musicales tradicionales. Y todavía estoy tratando de tocar y hacer hermosos sonidos de estos instrumentos. Como cada instrumento tiene una profunda influencia cultural en cada país, es un proceso atemporal para mí". En "Mandala", este multiinstrumentista se rodea de percusiones (Jonathan Goldman, Keiko Matsubara, la tabla de Ty Burhoe, los tambores de Yoshi Shimada), guitarras (Angus Clark, John DeFaria), flautas (Nawang Khechog, o la shakuhachi de Seiho Miyazaki) y la biwa (una especie de laúd japonés, interpretado por Ryusuje Seto).

Luminoso y vibrante por naturaleza desde que quiso imitar a su modo la electrónica de su ídolo Klaus Schulze o de bandas como Tangerine Dream, algunas atmósferas de Kitaro dibujan teatros de luz negra, en los que las secuencias repetitivas son explosiones de luz y cada melodía una sobreexposición luminosa que destaca en el oscuro remolino cósmico. Aunque "Mandala" no apabulla, mantiene un intento de codearse con la grandiosidad de su primera época que hay, cuanto menos, que agradecer. Es además un amago de retorno de este músico inconfundible al rock sinfónico de su antiguo grupo, la Far East Family Band, especialmente en su recuperación de la guitarra eléctrica. buscando un mayor acercamiento a occidente que le otorgó en aquella época aún más popularidad y respeto mundial, así como nominaciones y premios. "Mandala", por ejemplo, estuvo nominado al premio Grammy en la categoría new age, que como en las ocasiones anteriores ("The field" y "Dream") y otras muchas posteriores (a excepción del que consiguió con "Thinking of you" en 2001), no ganó, llevándose ese año el galardón Paul Winter con "Prayer for the wild things". 

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27.5.21

IDAN RAICHEL:
"At the edge of the beginning"

Si algo caracteriza a la música del israelí Idan Raichel en la ultima década es una total apertura al mundo. Camuflados entre sones hebreos modernos, sus populosas canciones se han sabido nutrir indistintamente de ritmos africanos (de Etiopía y Yemen, principalmente), de esencias árabes o incluso del son cubano, y sus colaboraciones fuera de Israel han pasado por nombres como Alicia Keys, Patrick Bruel, Adriano Celentano o la portuguesa Ana Moura. Además, el acercamiento al pop más comercial hace definitivamente de este artista un firme candidato a llegar a muchos hogares, a hacer disfrutar al público y a triunfar en cualquier sitio con su música sencilla y cercana. Habiendo concebido The Idan Raichel Project como un plan colaborativo de un gran número de artistas bajo sus ideas y producción, el final del mismo le permitió concentrarse en unas ideas más básicas, tiñendo de melancolía a su obra con la especial ayuda del piano, y en un momento de bendita madurez creó una colección de canciones auténtica, que conformó su trabajo "At the edge of the beginning", publicado por Cumbancha en enero 2016, tras una primera edición un mes antes en Israel ('Ha'yad ha'chama').

Cerrando un ciclo y abriendo uno nuevo, Idan había comenzado a trabajar con sus nuevas ideas en el estudio de casa de su padres, donde había concebido años atrás los primeros éxitos del Project, y él habla de este nuevo trabajo como de una obra reflexiva sobre la vida y la familia (especialmente su pareja, Damaris Duval, y sus dos hijas juntos). Este sentimiento se plasma profundamente en el disco, que si bien no es excesivamente largo -sus once composiciones abarcan poco más de media hora-, acaba llenando y reconfortando totalmente. Con "Le'chakot (To wait)" Idan vuela libre con el piano (aunque la pieza incluye también contrabajo y violonchelo, bien podría haber sido una muestra de piano en solitario) en un instrumental delicado en el que eleva sus prestaciones como compositor e intérprete, un comienzo magistral que deriva en una canción sugerente, "Ha'yad ha'chama (The warm hand)", una historia pequeña y de apariencia privada (está inspirada en el nacimiento de la segunda hija del artista) que enamora sin necesidad de los esquemas habituales del pop. De hecho, no hay batería ni percusión, sólo piano, contrabajo, saxo, trompeta y voz. Más directa al éxito popular se orienta "Be'yeshimon (In the wilderness)", donde encuentra acomodo el Idan Raichel que recuerda más al Project, con más variedad de instrumentación, incluyendo una suave percusión, guitarra y una gran línea de bajo. En el vaivén del álbum, el sosiego de las piezas más reposadas se combina con otras más movidas. Entre las primeras tenemos "Mabitim ba'yare'ach (Looking at the moon)" -poesía en hebreo para todos los públicos-, "Ei boded (Lonely island)" o "Yalda shelli ktana (Little girl of mine)" -con las que Idan hace de la delicadeza su bandera, aunque en su sencillez parezcan bocetos, cuadernos de notas-. Por otro lado, piezas rítmicas como "Ma'agalim (Circles)" -ejemplo de sencillo con vistas a la comercialidad en Israel, con un espléndido acordeón-, "Delet mistovevet (Revolving door)" -otra canción que entra directa sin necesidad de poderío instrumental- o "Be'camesh shniyot (In five seconds)" -atención a los metales y a utensilios inusuales como el baglamá (instrumento turco de cuerda) o el sintir (laúd árabe de tres cuerdas) en esta canción que, como otras del álbum, es un sencillo en potencia, y que estaba inspirada por el militar israelí Emmanuel Moreno, caído en combate en la Segunda Guerra del Libano-. Hay que acabar destacando dos de los mejores temas del disco, uno cantado por la israelí Dana Zalah, hurgando de nuevo en la melancolía, fantástica canción titulada "Ga'agua (Longing)", y un cierre inmejorable que parece un disfrute privado entre Idan y la notas que emanan de sus instrumentos, "Lifney she'yigamer (Before it ends)" -la canción favorita de Idan en su álbum, la que recoge más claramente lo que quería transmitir con él-, final de un trabajo que no tiene desperdicio alguno y que volvió a ser un gran éxito, especialmente en Israel. El disco, que en su versión israelí se tituló realmente, traducido, algo así como 'The warm hand' (la mano cálida, título de la segunda de las canciones del álbum y una de las más emocionantes), contó también con una edición exclusivamente instrumental, y Idan Raichel comenzó una gira intimista en la que el verdadero protagonista era él con su piano.

'Al borde del comienzo' es el oportuno título del primer trabajo de Idan Raichel en solitario, y más allá de cualquier conflicto que lamentablemente tiña de rojo a su país (él aboga por 'construir puentes' para intentar vivir en paz algún día), lo que queda definitivamente del nombre de Idan Raichel es su música, ahí es donde hay que concentrar la audición, en trabajos sensibles como "At the edge of the beginning", donde Idan se desmarca como un poeta del dolor y del renacer, de la vida y de la muerte, un festival del espíritu en el que el Raichel más intimo también presta atención a momentos animados. De este modo, Idan Raichel se rebela contra los pensamientos establecidos sobre su música en el Project, y se abre totalmente a un nuevo mundo de sonidos, sin dejar de sonar a él mismo, lo que siguió consiguiendo con sus siguientes canciones, por ejemplo en el trabajo de 2019, también publicado internacionalmente por Cumbancha, "And if you will come to me", que contenía la canción en español (cantada por la cubana Danay Suárez) "La eternidad que se perdió".

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