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13.3.18

UAKTI:
"Mapa"

"Uakti vivía en el Río Negro. Su cuerpo, agujereado, recibía el viento e irradiaba un sonido que atraía a todas las mujeres de la tribu. Los indios, celosos, persiguieron y mataron a Uakti. Ellos enterraron su cuerpo en el bosque. Altas palmeras crecieron allí. Sus troncos fueron utilizados por los indios para hacer instrumentos musicales que sonaban suaves y melancólicos, como el sonido del viento en el cuerpo de Uakti. Cuando se escuche este sonido, las mujeres tornarán impuras y se verán tentadas". Esta leyenda de los indios Tukano (de la región del Alto Río Negro del Amazonas), se podía leer en 1981 en la portada de "Oficina instrumental", primer disco del grupo brasileño Uakti, que tomaba su fabuloso nombre de dicho gigante mitológico. En aquel debut, los miembros del conjunto plasmaban una sorprendente riqueza de elementos populares brasileños, que años después utilizaría Paul Simon, buscador avispado en las 'músicas del mundo', al contar con su colaboración en su disco "The rhythm of the saints". La relación laboral y amistad de Simon con Philip Glass en los 80 (colaboraciones mutuas en álbumes como "Hearts and bones" -de Simon, en 1983- y "Songs from liquid days" -de Glass, en 1986-) fue lo que acercó a Uakti hasta el minimalista, que pudo contemplar una sesión de grabación en marzo de 1989, describiendo entonces la música del grupo como "una bella contribución al nuevo mundo de la música experimental". El impacto provocó que su inclasificable sello Point Music publicara, ya en los 90, cuatro referencias (una junto al propio Glass) del conjunto brasileño. De hecho, "Mapa" fue el título que inauguró el catálogo de Point Music en 1992.

Marco Antonio Guimaraes fue el líder de este grupo, extinto en la segunda década del siglo XXI. Violonchelista en distintas orquestas, Guimaraes se convirtió además en un apasionado luthier, construyendo desde los 70 numerosos instrumentos musicales ("fabriqué estos instrumentos por influencia de Walter Smetack, un suizo que vivía en Brasil y murió en 1984", contaba) que formaron la base del primer disco de la banda, que decidió reunir junto a varios amigos de la Orquesta Sinfónica de Belo Horizonte, capital del Estado de Minas Gerais. Uakti nació en 1978 y tres años después, con una cierta fama por sus colaboraciones con Milton Nascimento, se pudo escuchar ese primer álbum, "Oficina instrumental", al que seguirían cada vez más populosos trabajos en Brasil, como "Mapa" en 1989 (publicado por Visom Digital), el mismo que tres años después reeditó Point Music con cambio de portada y diseño. El trabajo, poblado de formas amenas y populares, se abre con "Aluá", y lo que comienza tranquilo, dubitativo, como una presentación de la extraña instrumentación (en este caso marimbas de vidrio y madera y teclados invertidos, sobre las que se superpone una étnica flauta de bambú y la iarra -una guitarra con cuerdas de violonchelo que se toca con arco-), encuentra una sencilla y juguetona melodía a partir del tercer minuto, una tonada amena de aires populares con la introducción del teclado, la roda (un extraño artilugio con manivela y cuerda de acero) y el chori smetano (una especie de violín pensado también como un violonchelo), que muestra igualmente una buena gama percusiva a través de la marimba de vidrio, todo un homenaje a su forma de entender la música que deviene en un acercamiento a formas clásicas. "Dança dos meninos" es el siguiente paso del disco, la versión instrumental de la canción del mismo título, compuesta mano a mano entre Guimaraes y Milton Nascimento, incluida en el álbum de ese último "Yauaretê" (que de hecho, contaba con la colaboración de Uakti); la inauguran cuerdas muy evocativas del estilo pseudocameristico de un grupo mítico como la Penguin Cafe Orchestra (el tema principal es interpretado por el chori antes mencionado), sobre una suave y constante percusión y el añadido de vientos selváticos, tejiendo con gracia y singular elegancia una pequeña sinfonía de tono pastoril acudiendo a ciertos aires barrocos, un conjunto bondadoso muy disfrutable, un viaje a territorios indígenas ausente de riesgos. La percusión, estricta pero coherente, se abre paso con su gran gama de elementos en "Trilobita", construyendo esta rítmica pieza en la que van entrando instrumentos originales como el sino de madera, trilobita (hecho de tubos de PVC), marimba de madera y tambor de agua. "Mapa", la pieza que titula al disco, es una suave danza de aspecto frágil pero fuerza interior, aires clásicos con teclado, marimba de madera, gig (con ocho cuerdas de acero) y flauta uakti (flauta triple, de PVC); sin querer rendirse a la emotividad, la composición es un sentido homenaje a Marco Antonio Peña Araujo, un amigo de los miembros de la banda, fallecido en 1986 (el nombre M.A.P.A. es un acrónimo de las letras en su nombre), que se hace corta, y destaca en el álbum junto a "Dança dos meninos". Acto seguido, la composición larga del album, "A lenda", es una suite que cuenta musicalmente la leyenda del gigante Uakti, combinando momentos ambientales (el comienzo, con tubos de PVC, representa el sonido del viento pasando por los agujeros de su cuerpo) con teclados casi sacros (espléndida atmósfera, basada en un tema del compositor brasileño Heitor Villa-Lobos), una fase rítmica, amazónica (estrictamente percusiva), y un final bucólico dominado por las flautas, dulcificando el ritmo creciente (con tres melodías originales de los indios Urubu tocadas simultáneamente); su origen fue un encargo del Grupo Corpo, compañía de danza contemporánea de Belo Horizonte, que propuso a Uakti la creación de varias músicas para sus espectáculos, entre ellas esta y las que originaron otros de sus álbumes, "21" y "I ching", así como su colaboración con Philip Glass "Aguas da Amazonia". Para concluir el trabajo, y como añadido especial en la reedición de Point Music, una extraña versión del "Bolero" de Ravel, experimental, interpretada exclusivamente con percusión, en la que encaja perfectamente la frase de Guimaraes: "en general, pienso que lo más importante en estos arreglos, en esta música, es la idea, no necesariamente la melodía, la armonía o ese tipo de factores". Aunque este cierre no sea excesivamente afortunado (el álbum va de más a menos), el conjunto no deja indiferente, dejando un buen poso en el oyente. Marco Antonio Guimaraes, Artur Andrés Ribeiro, Décio De Souza Ramos y Paulo Sérgio Santos eran los miembros del grupo en esta época, y el productor del disco fue Carlos de Andrade. Marco Antonio Guimaraes participa en la composición de todas las canciones ("A luá", Mapa" y "A lenda" en solitario) excepto, logicamente, del "Bolero" de Maurice Ravel, y aparte de los instrumentos construidos por él mismo, también aparecen en el disco otros de los de siempre, como piano, tambores y flautas. 

"Mapa", y en general toda la discografía de Uakti, pasa de ser un sencillo álbum de música, hasta convertirse casi en un museo auditivo de nuevas posibilidades musicales acústicas; mucho se había avanzado en el siglo XX en cuanto a la música electrónica, con nuevas incorporaciones a la gama de instrumentación 'enchufada', pero más complicado era encontrar tan numeroso grupo de avances en el entorno acústico (se puede hablar de Harry Partch, por ejemplo), hasta llegar a la entrada en el negocio musical de Marco Antonio Guimaraes y Uakti. Guimaraes construía de niño sus propios juguetes en el taller de su abuelo, y ya de mayor, fueron los compositores de origen suizo Ernst Widmer y el mencionado Walter Smetak los que influyeron definitivamente en su evolución musical: "En Salvador descubrí que, en el sótano de la Escuela de Música, había un tipo construyendo instrumentos, y fui a saber qué era lo que hacía. Me quedé aturdido. Era el violonchelista Walter Smetak, rodeado por cientos de instrumentos extraños, extremadamente coloridos. Mi vida cambió cuando entré en aquel sótano". La dificultad es grande, pues el trabajo de inventar y construir los instrumentos tiene mucho de investigación, estudiando materiales, estructuras y complementos, y suelen tener problemas de afinación. "Algunas veces me han preguntado: -decía Marco Antonio- ¿Qué tienes en contra de los instrumentos tradicionales, e incluso de los electrónicos? Es lo mismo que preguntarse: habiendo ya tanta música en el mundo, ¿para qué componer?". De Ernst Widmer, mientras tanto, recogió influencias compositivas, la búsqueda de la síntesis entre lo popular y lo clásico, y la importancia de las percusiones. Así, Uakti conjugan elementos sudamericanos, africanos, clásicos europeos, jazz y otro sinfín de influjos ("mis influencias son muy diversas, por ejemplo la música clásica, la brasileña y las músicas del mundo entero"). Las giras internacionales del conjunto incluyeron a España en varias ocasiones, pudiendo comprobar el público in situ lo insólito de su puesta en escena, ya que en sus actuaciones había un importante efecto visual, dadas la novedad y características de los instrumentos, algunos de ellos de grandes dimensiones. La anécdota en nuestro país fue la elección de la canción "Earth", del disco de Point Music "I ching", como sintonía de la Vuelta Ciclista a España de 1994, su momento de mayor proyección internacional.





23.2.18

GAVIN BRYARS:
"Jesus' Blood Never Failed me Yet"

Es evidente que algunos ejemplos del minimalismo más extremo son difíciles de escuchar, requiriendo una cierta preparación o declaración de intenciones, una particular atención en la que se acepta, definitivamente, el sistema de reducción y repetición que implica este estilo tan exitoso y extendido a finales del siglo XX. Se suele decir que el impacto del minimalismo se cobra desde una perspectiva intuitiva, mientras que con las piezas más formales se toma mayor consciencia de lo que se escucha o se espera escuchar. Aunque él considerara su música más lenta y emotiva que el patrón general del minimalismo, y siguiendo en cierto modo los pasos de Steve Reich, que ya en los sesenta había experimentado con frases grabadas en viejas casetes en "It's Gonna Rain" o "Come Out", el inquieto músico inglés Gavin Bryars supo intuir, precisamente, las posibilidades que le ofrecía una grabación que, junto a Alan Power, realizaron para una película sobre personas sin hogar en las cercanías de la estación de Waterloo en Londres. Varias personas borrachas irrumpían en la misma, pero destacaba especialmente la letanía de un viejo mendigo que estaba sobrio, una estrofa que decía así: 'Jesus' blood never failed me yet / Never failed me yet / Jesus' blood never failed me yet / There's one thing I know / For he loves me so'.

Trabajando en su casa, Bryars notó que el canto del mendigo anónimo resultaba estar en sintonía con su piano, y empezó a improvisar un sencillo acompañamiento; experimentando con el bucle, este fue escuchado accidentalmente por una clase de bellas artes, algunos de cuyos alumnos resultaron impactados, lo que convenció definitivamente a Bryars a creer en la fuerza de esa milagrosa estrofa que algo o alguien había puesto en su camino, una 'señal' que fue convenientemente depurada hasta convertirse en una obra de culto ("esto me convenció del poder emocional de la música y de las posibilidades ofrecidas por la adición de un simple -aunque iba evolucionando poco a poco- acompañamiento orquestal, que respetaba la nobleza del vagabundo y su fe"). Su primera grabación se produjo en 1975, tres años después de su presentación en directo, en el mítico sello de músicas experimentales de Brian Eno Obscure Records, junto a la otra gran partitura de Bryars, "The Sinking of the Titanic", ambas producidas por el propio Eno. Aquella primera versión de "Jesus' Blood Never Failed me Yet", en la que interpreta el órgano Michael Nyman, comienza con la voz en solitario, las cuerdas entran tranquilamente, arropando la letanía, y van cobrando impetuosidad en un desarrollo sin cambios pero emocionante durante 25 maravillosos minutos, y no pasaron desapercibidos para algunos músicos que posteriormente admitieron su devoción a la obra, como Tom Waits o Philip Glass. Glass fue, de hecho, el que propuso a Gavin revisitar la partitura dos décadas después ("siempre pensaba que era un trabajo poco explorado", dijo el de Baltimore) para su inclusión en el sello que apadrinaba, Point Music; Waits se enteró, por estar en contacto con Bryars por otros proyectos, y confesó su admiración (textualmente, su disco favorito de toda la vida), así que ambos pensaron en que su inclusión podría complementar el canto del mendigo en la nueva versión, un disco que se amplió hasta los 75 minutos de duración, y que fue publicado en 1993. Favoreciendo sin duda el sinfonismo, pero incrementando a su vez la dificultad de su escucha completa, hay que hacer constar que el trabajo no presenta silencios entre cortes, se trata de un todo de una hora y cuarto con la eterna cancioncilla protagonista por bandera, motivo principal sobre el que flotan las demás disposiciones orquestales, que por orden de aparición son: 'String Quartet', 'Low Strings', 'No Strings', 'Full Strings', 'Tom Waits with Full Strings' y 'Tom Waits with High Strings'. De todas ellas es la primera la más completa y amena, con la imperceptibilidad del cambio mínimo presente en toda su extensión, y la que se asemeja más a la original, a pesar de no contar con la misma gama de instrumentos. "Si alguien me dice que una música es aburrida, le aconsejaría que la escuchara cinco minutos más", decía Bryars, y es una frase muy apropiada para esta partitura de eterno loop cantado toscamente. Una vez dentro de la pieza, es toda una experiencia notar cómo va creciendo, cómo va cobrando fuerza e intensidad con extraordinaria sencillez, pasando el tiempo sin apenas darnos cuenta. Como suele ser habitual, este minimalismo tan sutil produce un estado latente en un oyente que puede sucumbir a un cierto sopor, si bien más por la belleza y carácter hipnótico de lo escuchado que por su monotonía. La adición, muy poco a poco, de nuevos elementos orquestales, es el principal vehículo del estilo del compositor inglés, a lo que también hay que sumar la repetición y el cambio imperceptible, como disgregado por el viento, en el elemento vocal, protagonista principal de esta curiosa historia, más en la garganta del vagabundo anónimo que en la presencia de Tom Waits, otra de las curiosidades de la obra, la aparición del mítico cantante californiano al final de la misma, un intérprete de voz rota que casa con la premisa de esta enorme pieza en la que se conjugan lo deprimente y lo altivo. Es necesario destacar la cuidada estética del producto de Point Music, las poderosas fotografías de portada y contraportada, la tipografía y el diseño gráfico, elementos que acrecentan el intangible carácter hipnótico de la música. Además, se publicaron también varios CDsingles con extractos remezclados (en uno de ellos incluso se incluía un coro, aparte de la voz original y de la de Waits), si bien en cuatro minutos no es posible entender las intenciones de este desasosegante producto.

Un año antes de que Point Music publicara este trabajo, Elektra Nonesuch había puesto a la venta la excelsa "Tercera sinfonía" de Henryk Górecki; curiosamente, ambas fueron nuevas versiones de obras escritas muchos años antes, pero la de Bryars, a pesar de su interés, de sus buenas críticas, de mantener una cierta fama con el tiempo, y de estar nominada al premio Mercury (premio anual al mejor álbum musical del Reino Unido o Irlanda, que ese año ganó la banda Suede), no llegó en absoluto al éxito de ventas de la gran partitura del polaco. El de Bryars, además, a pesar de incluir la estrofa sobre Jesucristo, no era un disco pseudoreligioso como aquella 'Sinfonía de las lamentaciones', pero sí verdaderamente emotivo: "Mi música siempre se ha referido a algún asunto que tuviera algún objeto, especialmente si ese objeto tiene las raíces en algo emotivo, no en algo abstracto". Es especialmente obvio en "Jesus' Blood Never Failed me Yet", donde el mendigo, que es el verdadero protagonista de la pieza, no sólo no canta especialmente bien sino que además está cercano a la muerte, tanto que de hecho, falleció antes de poder ver publicada la obra. Es la suya una voz noble y sincera, que puede llegar a emocionar, en este trabajo de esquiva lindeza pero notable embrujo. No es de extrañar que Eno, Waits, Glass y otros se enamoraran de esta obra, pues es turbadora en exceso, una autentica joya de la escena vanguardista y contemporánea del siglo XX.

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27.4.12

TODD LEVIN:
"Ride the planet"

Algunos de los músicos contemporáneos más considerados de la segunda mitad del siglo XX parecían apostar por una ruptura con el pasado. Aún más, muchos de ellos miraron decididamente hacia el futuro a través de nuevos instrumentos, ritmos y fusiones. El nombre de Todd Levin apareció entre la vanguardia de los años 90, si bien unos años antes ya presentaba una cara irónica y desafiante al comentar en la presentación de una composición aislada ("Turn", que acabó publicada en su segundo disco): "debemos aceptar la banalidad de la música". Intentando huir de la misma, Levin viajó a Nueva York y acabó siendo apadrinado por Philip Glass, que publicó su álbum de debut, "Ride the planet", en su sello de músicas dificilmente clasificables, Point Music. En él, una fuerza primitiva, acaso deudora de su interés por la percusión, mueve muchas de las composiciones, claramente imbuidas de conceptos artísticos, como su pasión por la pintura contemporánea (alguien le llamó el Warhol de la música), la fotografía (la portada de "Ride the planet" es obra de la prestigiosa fotógrafa Joyce Tenneson), la literatura (textos de la artista abstracta Jenny Holzer acompañan el álbum) y el cine (adora a Tarantino y las series de televisión): "No puedo olvidar que he nacido en una cultura marcada por el rock y la imagen". Así, Levin construye pasajes de apabullante fuerza en los que se vislumbran unas intenciones que oscilan entre la clásica, el rock, un toque electrónico y la música para películas, en un recogimiento académico que no se sabe si es fruto de su propio gusto estético, o una maniobra que le permitiera destacar como el transgresor de una nueva faceta estilística: "Mi objetivo final es hacer una música sinfónica tan potente como pueda, que sea fácilmente reconocible por el oyente, como una patada en el estómago".

Todd Bennett Levin nació en Detroit en mayo del 61, y estudió composición en la universidad de Michigan y en la Eastman School of Music. Con unos intereses musicales diversos, desde la música medieval a las vanguardias, asegura que "me traen sin cuidado las etiquetas y las clasificaciones, quiero que mi música sea recibida como una posibilidad más de ampliar fronteras". "Ride the planet" sorprende de inicio por un primer corte rockero, un comienzo ruidoso, excitante y sobrecargado por la sonoridad de la guitarra eléctrica, cuyo título, "Heaven" -cielo-, es difícil de entender salvo por la pasión extrema a la que refiere el subtítulo ('You must have one grand passion'). Estas frases que complementan los títulos de los cinco cortes son invenciones poéticas de Jenny Holzer, la misma autora del texto sobre la libertad que recoge ese extraño libreto en el que, al ser desplegado, destaca poderosamente la fotografía completa del músico en actitud mesiánica. La épica parece formar parte del brillante segundo corte, "Anthem", también amparado por una fenomenal y penetrante guitarra y por una voz que define la acertada melodía en un éxtasis de locura que alcanza su momento álgido en el momento en que ambos, voz y guitarra, se encuentran. La obra continúa en su incierto caotismo, huyendo de la calma y de la melodía fácil para entrar en un juego de barroquismo difícil de comprender pero, una vez asimilado, difícil también de dejar atrás. "Jungle" parece representar una lucha, algo confusa, entre lo viejo y lo nuevo, un viaje por el bien y el mal, el cielo y el infierno, un corte frenético y absolutamente particular, que navega más entre el rock sinfónico y la electrónica que por mares clásicos. Divaga, se sumerge, y en la superficie arremete contra lo establecido, logrando imponer un forzado equilibrio, una calma tensa de final abrupto. "Prayer" es, según su subtítulo, un sueño en el que buscar el camino a la felicidad, largo y repetitivo pero intenso, repleto de fuerza y en su atmósfera opresiva y luminosa guitarra se pueden encontrar ecos de las gloriosas colaboraciones entre David Bedford y Mike Oldfield en los 70. El marcado carácter e imponente resolución técnica continúan en su tramo final, de título "Marine", con el sonido marca de la casa que ineludiblemente impone la producción de Philip Glass (junto a sus habituales Kurt Munkacsi y, en este corte, Michael Riesman), esos ambientes ondulantes que se pueden respirar en practicamente todo el trabajo, un álbum en el que a los teclados de Todd Levin se unen el bajo de Jeffrey Allen, las guitarras de Stephen Gabriel y Ben Sher, la voz de Tony Moore y los teclados del propio Riesman. "Ride the planet" parece toda una aventura, una entrada aguerrida, una oda, una pasaje movido, otro que explora más en el interior y un final obstinado, bizarro y decidido. Los furiosos guitarreos son como relámpagos de magia en una tormenta contínua, un torbellino de insolente creatividad que aporta influencias artísticas y elementos rockeros al servicio de la música clásica moderna.

"Ride the planet" fue una de las cinco referencias que Point Music lanzó en 1992, su primer año de actividad. Philip Glass y Michael Riesman fueron los encargados de dar forma a este sello norteamericano dependiente de Philips Classics, que comenzó publicando "Mapa" del grupo brasileño Uakti, el interesante "Music fron the screens" de Philip Glass y Foday Musa Suso (interprete de kora procedente de Gambia), la ópera de John Moran "The Manson family", y "In good company" de Jon Gibson. Todd Levin completó el quinteto, pero las buenas intenciones de la compañía y del músico no bastaron, y la dificultad para clasificar su música hizo que "Ride the planet" no alcanzara las ventas deseadas y constituyera la única referencia del de Michigan en Point Music. Aún así, la arrogancia de Levin despertó más de una pasión, puesto que la todopoderosa Deutsche Grammophon fichó al artista y publicó la que definitivamente fuera su última obra, "Deluxe", en 1995, un álbum peliculero, de dinamita percusiva y sonoros metales, otro trabajo joven y rabioso, distinto al primero pero también dificilmente vendible, puesto que la música contemporánea, opina Levin, es la más impotente de las artes para impactar en un entorno cultural, salvo raras excepciones. Su carrera musical dejó entonces de interesarle, y prefirió ganar dinero en el mundo del arte contemporáneo. El paisaje musical del siglo XX, ese 'delta' del que hablaba Cage, estaba en contínuo cambio, una metamorfosis que admitía todo tipo de atrevimientos, pero a pesar de la osadía, practicamente ningún libro menciona a Todd Levin, que se encuentra en una desagradecida tierra de nadie, ninguneo inmerecido dada la fuerza y belleza de un trabajo como "Ride the planet".

2.12.07

GAVIN BRYARS:
"The Sinking of the Titanic"

La aleatoriedad en la música -uno de cuyos mayores ejemplos podría darse con el eterno John Cage- se puede lograr desde diferentes frentes, tanto en la ejecución de los músicos (permitiendo ciertas libertades), en las propias partituras (incluyendo elementos azarosos) o en la interacción con el público. En todo caso es importante no perder el control de la obra, de la idea que el autor pretende transmitir. El compositor británico Gavin Bryars, que había declarado que "la música, a diferencia de otras artes, es la más sociable porque depende de los intérpretes y del público", introdujo ciertos elementos aleatorios en su primera obra importante, "The Sinking of the Titanic", pero Bryars había tenido anteriormente una importancia capital en la constitución de una de las agrupaciones más extrañas que la música clásica pudo ofrecer: la Portsmouth Sinfonia fue una orquesta fundada en 1970 en Portsmouth (Inglaterra), una especie de experimento artístico que permitía la inclusión en sus filas de músicos sin formación ni, por supuesto, experiencia, y que llegó a ver publicados varios sencillos (el primero fue su particular interpretación de "William Tell Overture", de Rossini) y LP's. Curiosamente, esta agrupación cobró una cierta fama en los 70, incluso otros músicos posteriormente famosos llegaron a participar en la misma, como Michael Nyman -que emocionado entre el público de uno de sus primeros conciertos, pidió tocar tras el descanso un violonchelo que tenían de repuesto- o un Brian Eno que interpretó el clarinete -instrumento que no sabía tocar-, y produjo sus dos primeros discos, auténticos ejemplos de aleatoriedad en la música clásica.

Fue precisamente Brian Eno el músico visionario que fundó el mítico sello Obscure Records en 1975, y en tres años publicó diez discos de música contemporánea, ambiental y experimental, entre los que destacaron su propia obra "Discreet Music", "Music from the Penguin Cafe" de la primaria Penguin Cafe Orchestra, "Decay Music" de Michael Nyman o, como primera referencia del sello, "The Sinking of the Titanic / Jesus' Blood Never Failed me Yet" de Gavin Bryars, uno de los artistas que mejor se acopla a la idea de 'reducción a lo esencial' que predica el minimalismo, un británico que podría jugar con un puñado de notas prácticamente hasta el infinito otorgando no sólo coherencia y continuidad estructural sino además una estupenda y atrayente calidez, y por supuesto calidad para el que sepa apreciar este otro lado de la música contemporánea. Más conocido que Bryars, el transatlántico Titanic se hundió al quinto día de su viaje inaugural, el 14 de abril de 1912. Una de las leyendas más sugerentes sobre su hundimiento es el hecho de que durante el mismo, los ocho miembros de su banda de música continuaron tocando en la popa, concretamente el himno episcopaliano "Autumn" (un dato no contrastado totalmente, que proviene de un superviviente, el operador inalámbrico Harold Bride). En esta tragicómica circunstancia y en ese himno se basa "The Sinking of the Titanic", una obra viva -incluso periodística-, tanto como los datos y teorías que se han ido interpretando acerca del Titanic. La idea de reelaborar la pieza con el tiempo (concordante en cierto modo con el concepto de aleatoriedad) es base en la música de Bryars, al menos en obras como esta o como "Jesus' Blood Never Failed me Yet", concebidas como algo abierto, tanto como que desde su creación en 1969 ("The Sinking of the Titanic" se originó como apoyo a una exposición de estudiantes de arte) ha contado con distintas interpretaciones en directo, y grabaciones diferentes en compañías como Obscure Records (la original, en 1975, reeditada posteriormente por EG Records, Venture, Virgin y GB Records -el sello de Bryars-), Les disques du crépuscule (en 1990, con una espléndida fotografía de portada), Touch Records (un directo de 2005 publicado en 2007, una edición limitada de 2000 copias), GB Records (un nuevo directo de 2012, publicado en 2014) y la que nos ocupa, la de Point Music en 1994 (sello de corrientes inclasificables apadrinado por un Philip Glass que además coproduce este trabajo junto a Kurt Munkacsi y Rory Johnston), con enorme cuidado no sólo en la cuestión musical sino además en lo que se refiere al diseño gráfico, si bien se puede criticar la difícil lectura del texto adjunto. Como curiosidad, y acorde con ese modernizado diseño, una edición japonesa del disco incluía un interesante corte remezclado por el músico electrónico Aphex Twin titulado "Raising the Titanic" (que fue publicado en CDsingle). Retornando a la obra íntegra, esta nueva reinterpretación incorpora un coro de niños (The Wenhaston Bys) y un cuarteto infantil femenino de cuerda en el que tocaban el chelo dos hijas del propio Gavin Bryars, Ziella y Orlanda, recordando que la tragedia afectó también a un buen número de niños, que crecieron marcados por el naufragio. En la música de Bryars viene claramente definido ese matiz depresivo que envuelve todo lo referente al Titanic, es una impresión del triste sino del barco y sus ocupantes, los mismos cuyas almas se esconden en la oscuridad de esa música sobria, decadente y sin embargo tristemente hermosa. Las violas (al mando de Alexander Balanescu, famoso por sus colaboraciones con Michael Nyman) y los violonchelos dominan la atmósfera, completada por el clarinete, el bajo, el coro y unas curiosas percusiones y sonidos de ambiente muy realistas. Sencilla, melosa y envolvente, la sutil melodía dibuja como una pátina de tristeza en el recuerdo del famoso barco, y buscando un lento acomodo, casi místico, en nuestras mentes, se desarrolla pausada con una innegable fuerza expresiva a lo largo de los 11 cortes de que consta el CD (uno de ellos, "The Titanic Lament", fue publicado en el recopilatorio español "Música sin fronteras vol. II"), en los que presenta leves variaciones. Las cuerdas se muestran como vehículos del lamento en sus rasgados sones, y la lenta letanía es precisamente como un presagio del amargo final. Qué surrealista tuvo que ser, inmersos en la magnitud de la tragedia, que tanto supervivientes como víctimas escucharan, entre gritos y chapoteos, la solemnidad de esa pequeña y noble orquesta.

"Una de las cosas que aprendí trabajando con John Cage es que estaba en contra de los discos, y es que la gente confunde lo que es un proceso con lo que es un producto"; por ejemplo, la demostración de que esta obra es claramente un proceso abierto es que hay diferencias tan grandes entre el momento en que se compuso y las versiones de los años noventa, como que se ha encontrado el propio barco. Antes o después de ese rescate, dejarse mecer por cualquier versión de este clásico de la música contemporánea es una experiencia gratificante y placentera, que despliega una tormenta de emociones, la pieza fluye sin estridencias, es también como un buen ejemplo de música ambiental, de la que Eno acuñó el termino años después (de hecho, como productor de aquella primera versión, bien podría haberse inspirado en ella para su "Ambient 1"). "The Sinking of the Titanic" constituye un homenaje y un documento desgarrador del final del lujoso transatlántico, una obra hermosa y trágica a partes iguales, que en su simplificación de las formas se disfruta lentamente (una sola melodía desarrollada durante una hora) y puede llegar a enganchar, si bien muchos la pueden encontrar aburrida, incluso soporífera. Como decía José Ramon Pardo sobre Gavin Bryars: "Escuchar un disco suyo es un ejercicio de voluntad que suele verse recompensado con una experiencia gratificante". Por tanto, olvidaos de Leonardo di Caprio, incluso de la estupenda banda sonora de James Horner para la película de James Cameron, y naufragad con Gavin Bryars.