28.4.21

SHAUN DAVEY:
"The Brendan voyage"

Cada vez se escuchan más teorías que sostienen que los primeros europeos en arribar a las costas de América fueron los vikingos, teorías avaladas por ciertos descubrimientos arqueológicos en el territorio canadiense de Terranova. Otro tipo de historias hablan de que, antes que los propios vikingos, fueron los polinesios los que llegaron a las costas americanas. Incluso los chinos pretenden alcanzar esa gloria, pero uno de los viajes más míticos que presentan a personajes adelantados en mucho tiempo a Cristóbal Colón es el periplo del Abad San Brendan buscando la mítica Isla de los Benditos o Isla de San Borondón, conocida desde entonces como la Isla de Saint Brendan. Junto a otros dieciséis monjes, este religioso irlandés emprendió este viaje entre el año 512 y el 530 d. C., y si bien no hay evidencias de la llegada a las costas de la futura América, existe la creencia de que pudo ser así. El explorador británico Timothy Severin construyó en 1976 a mano y con herramientas tradicionales una réplica del currach que utilizó Brendan y demostró que ese viaje puso ser posible al llegar en esas condiciones en 1977 a la isla de Peckford, en Terranova. Una película reflejó en 1978 dicha hazaña, con el título de 'The Brendan voyage', inspiración definitiva para que el compositor irlandés Shaun Davey creara una sinfonía muy especial y novedosa con ese mismo título, "The Brendan voyage".

Nacido en la ciudad irlandesa de Belfast en 1948, Shaun Davey es en la actualidad un reputado compositor, pero su fructífera carrera comenzó trabajosamente en el campo de la publicidad, donde se labró con sorprendente facilidad una buena fama como arreglista. Teatro, televisión y cine acabarán reclamando sus servicios con los años, mas su primer paso hacia la fama llegó de la mano del grandísimo gaitero irlandés Liam O'Flynn, intérprete principal de la suite orquestal para uilleann pipes "The Brendan voyage", hermosa sinfonía irlandesa compuesta y publicada por Tara Records en 1980 que partía de esa innovación y atrevimiento, juntar a una orquesta sinfónica con una gaita irlandesa. En la estupenda portada del álbum (obra de la ilustradora Pat Musick) se puede leer 'suite orquestal para uilleann pipes'. Partituras como esta cubren además un posible vacío cultural en bastantes oyentes que no tienen por qué conocer la historia de San Brendan, igual que pasará años después, concretamente en 1992, con la también orquestal "The Seville Suite" de Bill Whelan, que nos contará la historia de la llegada a España de Hugh O'Donnell buscando la ayuda de Felipe III en su rebelión irlandesa contra los ingleses. Aunque este tipo de obras se parezcan un poco al estar formadas por patrones similares, hay que saber apreciar los matices que las distinguen y hacen de ellas pequeños hitos de la música celta orquestal. Otras bandas y artistas se han hecho eco de la gesta de San Brendan, como los británicos Iona en su disco "Beyond these shores", el arpista alemán Rüdiger Oppermann en "The Brendan voyage", y aunque realmente poco se acerquen en cuanto a su tratamiento musical, no hay que dejar de mencionar el trabajo de 1998 del estadounidense Jeff Johnson "Prayers of St. Brendan", que trata el viaje de San Brendan en un estilo melódico ambiental con varios temas cantados. Ejerciendo de pionero en este interesante mestizaje, Shaun Davey compone y produce la obra, Noel Kelehan conduce la orquesta, y aparte de las uilleann pipes de Liam O'Flynn, Paul McAteer se encarga de la batería, Tommy Hayes del bodhrán y Garvan Gallagher del bajo eléctrico, muy acertadas interpretaciones con las que, en su sobrada calidad, los instrumentistas logran un clima auténtico, pasional, donde no son necesarias melodías para el recuerdo sino que es el conjunto el que prevalece, el gran sabor de boca de una partitura completa. La sublime y completa instrumentación se eleva, eufórica, desde el corto tema de apertura ("Introduction", punto de partida del viaje desde Brandon Creek), pero enseguida es la gaita, representando al barco, la protagonista en "The Brendan theme", con su característico quejido, tañido en esta ocasión por uno de los maestros de esa uilleann pipe, el gran Liam O'Flynn. "The Brendan theme" es de hecho una pieza enorme, exultante, una de esas joyas ocultas del sinfonismo celta. "Jig: Water under the keel" se abre de nuevo con un ritmo de gaita más vivo, una jiga a la que, como en un bravío ejército, se unen al instante toda la orquesta y la aguerrida percusión. Un barroquismo aflautado mueve los hilos del comienzo de "Journey to the Faroes", obviando al poco la vertiente melódica por mor de un sinfonismo más atento a crear una cierta tensión, la de la niebla que atrapa al barco llegando a las islas Feroe. Continuando con la angustia, "The cliffs of Mykines" es una especie de suite que forma parte eficiente de la banda sonora de esta historia -pasando el barco muy cerca de los peligrosos acantilados-, que desemboca en otra excepcional demostración de gaita en "Mykines sound". A continuación, "Journey to Iceland" es un corte fantasioso en su comienzo, que retoma enseguida la melodía de "The Brendan theme", pero mimetizada en un estilo libre y abierto -momentos más calmados donde el navío está acompañado de ballenas y delfines-, que continúa en "The gale" de manera rabiosa y elegante, lidiando con las peligrosas tormentas. La orquesta se eleva entre lo aventurero y lo dramático cuando en "Labrador" los icebergs se ceban con el barco. Por último llega "Newfoundland", nombre de la isla canadiense de Terranova, final del viaje y llegada así al Nuevo Mundo, que los músicos celebran con una completa pieza que acomete una nueva variación del tema de Brendan. Las suites orquestales de Shaun Davey precisan de una visión total, escucharlas íntegras para comprender su significado, la historia que pretende contar este autor consagrado. Y como una representación en directo es lo ideal, la partitura fue estrenada en vivo dos años después en Bretaña, concretamente en Rennes y Lorient, y posteriormente en Irlanda en el Dublin Folk Festival en 1983, contando desde entonces con numerosas interpretaciones mundiales, y con una representación anual en el National Concert Hall dublinés con Mark Redmond haciéndose cargo de las uilleann pipes. Davey continuará en los años siguietes con sus despliegues orquestales, que originarán álbumes tan plenos como "The Pilgrim" o "Granuaile", ambos con la voz de su esposa, la también irlandesa Rita Connolly.

Davey nos cuenta lo siguiente en el libreto: "Aprovecho los hechos e imágenes del viaje de Severin para convertirlos en términos musicales, y de la misma manera que su libro describe varios puntos de encuentro entre la cultura medieval y moderna, he tratado de encontrar también algunos encuentros entre las formas de música antigua y contemporánea". Las uilleann pipes fueron las elegidas para representar el barco, y no fue fácil aunar la orquestalidad con la sonoridad de este glorioso instrumento, que el autor describe así: "El linaje de las gaitas irlandesas o uilleann se remonta a lo largo de los siglos en toda Europa. Se diferencian de las gaitas escocesas en primer lugar en que su viento es suministrado por fuelles asegurados al brazo del músico en lugar de en una bolsa en la que sopla, y en segundo lugar en que tienen un sistema mucho más sofisticado de teclas y cánticos con los que producir notas. Están diseñados para tocar sentados, preferiblemente en lugares protegidos como salones o salas de estar, y no son el tipo de instrumento para pasear por las montañas". De este modo, y teniendo en cuenta la dificultad de incorporar esta gaita a la orquesta, Shaun acaba agradeciendo su labor a Liam O'Flynn, que "no solo hizo accesible el funcionamiento interno de la gaita, sino que fue él quien encontró las soluciones a los muchos problemas contenidos en las melodías desnudas que le di. Su disposición a explorar nuevas vías hizo posible toda la empresa". El primer borrador de la suite fue grabada en el canal irlandés RTÉ para el programa de radio 'The living bridge', y Tara publicó el álbum en 1980, una completísima obra que presenta momentos de muchos colores y sin respiro a lo largo de sus poco más de 40 extasiantes minutos, de la aventura al bucolismo, del recogimiento a la exaltación. Un trabajo pionero y recordado con entusiasmo por crítica y público, que marcó un nuevo camino en la música irlandesa.

ANTERIORES CRÍTICAS RELACIONADAS:







19.4.21

STEPHAN MICUS:
"Athos"

Los viajes musicales de Stephan Micus no tienen nada que ver con los que impone la actualidad, lo que la industria dicta que se tiene que escuchar, que pinchar o que fusionar. La música de este artista de espíritu nómada está, además, muy influida por el paisaje, muy unida al esplendor de los grandes espacios abiertos que visita en sus devenires vitales. Este trotamundos alemán nunca decepciona a cada nuevo paso de su trayectoria, logrando continuamente trabajos de una extraordinaria cohesión y fortaleza espiritual, y aunque constituya la piedra base de su existencia musical (sin que él mismo pueda explicar realmente por qué), no siempre es oriente el destino elegido en su imaginario interior, ni siquiera África, otro continente libre en el que gusta de explorar y de cuyas gentes, decía, los occidentales deberíamos realizar un ejercicio de aprendizaje. Sin ir más lejos, Mallorca es su lugar de residencia habitual, y tanto él como su compañía de discos son alemanes, pero el viaje que nos proponía en 1994, como siempre fiel a ECM Records, era a una montaña y península griegas, un enclave religioso lleno de monasterios ortodoxos llamado Monte Athos, conocido también en griego como Agion Oros, 'Montaña Sagrada'.

En la mitología griega, Athos es el nombre de uno de los gigantes que se enfrentó a los dioses durante la batalla conocida como Gigantomachia. Lejos sin embargo de la bravía de la lucha o del furor que despertaba la mítica contienda entre dioses y gigantes, el "Athos" de Stephan Micus está poseído por el sentimiento espiritual de la montaña, y continúa explorando su eterna capacidad de conectar mundos, de unir culturas, de fundirlas con su benigna música en una sola. Y también con su voz: "A mi particularmente no me interesan los idiomas, apenas es posible decir la verdad con ellos. Con la música, sin embargo, uno puede aproximarse mucho". Sin idiomas, pero con voces, con la universalidad de la voz tarareada, la propia garganta de Stephan duplicada un sinnúmero de veces. Y es que la naturalidad no exige la huida de la tecnología, siempre que no la altere: "No es difícil apreciar los matices de experimentación y vanguardia que yo aporto a cada cosa que hago", dijo el maestro. La historia de este disco comienza en uno de los continuos peregrinajes de Stephan, una visita de tres días a la montaña, en la que experimentó un rico contacto con la liturgia ortodoxa griega, originando uno de sus discos más introspectivos: "Hice el primero de mis numerosos viajes allí en 1988 y me quedé durante tres días y tres noches. Pasé las noches en los monasterios y participé en la liturgia y la vida de los monjes. Durante los días caminé por el paisaje virgen. Al principio, estos dos mundos parecen ser dos oposiciones irreconciliables. Por un lado los monasterios, que a veces se sienten oscuros, lúgubres y severos, y por otro lado la naturaleza encantadora y serena, llena de luz y color. Más tarde uno se da cuenta de que son dos aspectos de un mismo movimiento que se complementan e intensifican de una manera ideal". Como parte de la enseñanza alemana en la escuela primaria, Stephan estudió flauta, si bien afirma entre risas que "yo era el único niño de mi clase que lo disfrutaba". Muchos años después, fue cautivado por la guitarra española (que estudió durante un tiempo en Granada) y por la flauta que utilizaba Ian Anderson en la banda Jethro Tull, y tras conocer a Ravi Shankar en Munich, viajó a la India para aprender sitar, un instrumento que sólo ha grabado en su época temprana (en los 70) y a partir de 2006. Fascinado especialmente por oriente, no dejó de interesarse por otras culturas, tanto por sus costumbres como por su folclore, hasta el punto de dominar un gran arsenal de instrumentos del mundo, un amplio museo que se pasea por todos los continentes y que intenta desgranar, según sus necesidades, en cada uno de sus trabajos. En "Athos", por ejemplo, utiliza tres tipos de flautas (shakuhachi -japonesa, de bambú-, suling -balinesa, de caña- y nay -de caña, de Oriente Medio-) para reflejar cada uno de los días, dos instrumentos de cuerda (el sattar -de arco, con diez cuerdas, usado por el pueblo turcomano pero resiente en China Uigur- y la cítara bávara) rememorando los caminos de ida y de vuelta, percusiones (macetas) en el segundo día y muchas voces sampleadas, hasta 22, que suenan en cada pieza nocturna del viaje que representa este álbum (de naturaleza gloriosa, tan místicos cantos no requieren acompañamiento instrumental, de hecho nos hablan de los servicios ortodoxos que se celebran entre las 3 y las 4 de la madrugada en el interior de los monasterios, que son un lugar de gratitud y silencio donde no se usan los instrumentos musicales). En muchas ocasiones, Stephan no utiliza títulos concretos para las pistas de sus trabajos, simplemente su numeración, al considerar el trabajo como una historia completa; en "Athos" sucede algo parecido, y este viaje real viene expresado en los títulos como un diario musical que refleja el camino de ida, cada día, cada noche, y el regreso. "On the Way" es ese periplo hacia la montaña, un comienzo muy sentido, de generosa intensidad y alma oracional, que casi expresa dolor. Enseguida llega su voz, una celebración privada a 22 voces, un trabajo ímprobo para un resultado espectacular, emocionante salmo de profundidad insondable titulado "The First Night". Un viento solitario, emocionante flauta shakuhachi, aporta su personalidad en "The First Day", otro corte más celestial que terrenal, como lo es todo el álbum. Posiblemente sea una pieza altamente disfrutable en vivo, más que plasmada en CD, para entender mejor el recogimiento que engendra la soledad del músico y la turbación de los silencios. De nuevo las voces solitarias son las protagonistas en otro alarde oracional que va ganando en fuerza conforme avanza la segunda noche, "The Second Night", si bien el momento más especial del álbum llega a continuación con "The Second Day", genial melodía con esa dulce y melódica flauta balinesa (suling) y tímida percusión, que engendra un instante mundano y esencial, una sencilla parada en el viaje, un divertimento en el que disfrutar del paisaje, del apacible clima o del mero hecho de descansar. Lo inefable de composiciones como ésta invita a guardar silencio y volverla a disfrutar una vez tras otra, si no fuera porque la proposición del bucle eterno no dejaría escuchar otras joyas contenidas en el disco. En "The Third Day" toca el turno de volver a embelesarnos con las cuerdas vocales de Stephan, de nuevo en 22 planos y sin otro acompañamiento, mientras que en "The Third Day" es un nuevo viento, el ney, algo más grave, el que trata de describir las vivencias del viaje que la estancia va acabando. Se antojan entornos polvorientos, soledad y reflexión, y el espíritu es colmado notablemente por la pureza de la música. Para acabar, la siempre hermosa cítara es la base sobre la que flota la melancolía de otra cuerda, el sattar, sublime conjunción que se completa con la entrada de las voces (11 en esta ocasión) en esa eterna banda sonora del caminante que suele ser imaginario leitmotiv del músico alemán, cuya etiqueta más acertada para su música, contestaba en esta época, fuera posiblemente la de músicas del mundo, "la que mejor se ajusta a mi actividad", decía.

Micus plantea, busca y en definitiva defiende la belleza del sonido más simple, la hermosura de esos instrumentos que no han necesitado evolucionar y asemejarse a máquinas (una de sus comparaciones favoritas es la de la flauta shakuhachi -de bambú y con cinco agujeros- con las complejas y frías flautas de concierto europeas) para conectar con lo espiritual, aunque para ello se prescinda de frases complejas, centrándose el artista en ambientes recogidos o notas aisladas pero sencillamente perfectas. La combinación de instrumentos y culturas, más allá de disonar, 'construyen puentes' (uno de los grandes objetivos del músico alemán) y encuentran una afinidad natural al ser tratadas casi como seres humanos por sus manos, en este álbum que rebosa espiritualidad. Stephan Micus traslada la soledad del nómada a la música, plasmando en sus muy personales piezas una realidad inherente de cielos abiertos y tradiciones artesanales, construyendo en muchas ocasiones auténticas oraciones de profundo respeto y mágica intangibilidad, mantras que suelen provenir del contacto con la naturaleza y las gentes, pero que en casos como el de "Athos" tienen un origen realmente religioso, reflejando perfectamente -como en cada uno de sus trabajos- lo que es y los que vive Stephan Micus a cada momento, en este caso un recogimiento profundo en comunión con la 'montaña sagrada' griega, país al que regresará, casi dos décadas después, en el álbum "Panagia".

ANTERIORES CRÍTICAS RELACIONADAS:



9.4.21

THE CORRS:
"Forgiven, not forgotten"

Fenómenos como el de The Corrs evidencian que una buena campaña de marketing puede convencer a una gran cantidad de público para ir en la misma dirección y querer escuchar de repente el mismo tipo de música, tal vez sin tener previo conocimiento sobre la misma ni capacidad de comparación o análisis, y no es que se pueda hablar mal, ni mucho menos, del producto asociado a dicho grupo irlandés, si bien su pulcritud parece tener un marcado carácter de laboratorio, una realidad preparada al detalle para que dé numerosos y rentables frutos. Sí que hay, no obstante, características auténticas y esenciales en su música y en las personas involucradas en la misma, por lo que al final nos encontramos con un fenómeno muy exitoso que, aderezado por la moderna producción (siguiendo el camino de otras bandas irlandesas como U2 o The Cramberries, aunque con un mayor componente folclórico) está a medio camino entre la comercialidad más preparada y una deliciosa naturalidad. Lo celta estaba decididamente de moda en los 90 y el productor de The Corrs, David Foster (que había trabajado en multitud de producciones y con figuras internacionales como Kenny G, Michael Bolton, Celine Dion, Kenny Rogers o los grupos Chicago o Wolfstone), vio enseguida las inmensas posibilidades de este conjunto cuando se entrevistó con ellos tras actuar en Boston en la época del mundial de fútbol de EEUU. De hecho, más que un grupo de música celta modernizado, conforme avanzaba su trayectoria ellos mismos se tenían por "un grupo de pop rock que utiliza la herencia musical de su país". 

Dudalk es una pequeña ciudad situada al norte de Dublín. De ella provienen The Corrs. Jim, Andrea, Sharon y Caroline son los cuatro hermanos, de apellido Corr y provenientes de una familia de músicos, que componen el grupo, y cuyo magnetismo natural (poseían todos ellos una gran belleza y una exultante juventud) posibilitó gran parte de su repercusión, como si se tratara de una nueva banda para adolescentes pero con la seriedad de lo tradicional en la mochila, de tal forma que su público abarcó una gran gama de edades. Aunque Sharon y Jim solían tocar juntos en pubs, las circunstancias de cómo los hermanos formaron el grupo denominado con sus apellidos vinieron empujadas por el cineasta inglés Alan Parker y su renombrado proyecto The Commitments, en el que Andrea logró un papel (como Sharon Rabbitte) y Jim, Sharon y Caroline aparecían como músicos. John Hughes, que había trabajado anteriormente con Jim, era el coordinador musical de la película, y decidió convertirse en su manager. En su primer paso se involucraron varias compañías (143 Records -sello del productor, David Foster-, Lava Records), si bien la que lo distribuyó mundialmente en 1995 fue Atlantic Records: "Forgiven, not forgotten" es un trabajo ultraproducido, repleto de canciones de pegadiza energía, sencillos exitosos como "Runaway", "The right time" o la pieza que da título al disco, en el que las voces son elementos dominantes entre una instrumentalidad propia de la música tradicional irlandesa, pero convenientemente modernizada. Además, cinco son los temas instrumentales del álbum, breves piezas de la tradición irlandesa que comienzan con la entradilla instrumental ("Erin shore" se desarrollará más y mejor en el último corte del álbum), una pequeña declaración de intenciones, esa modernización folclórica que enseguida despierta con la primera de las bellas canciones del trabajo, "Forgiven, not forgotten", que se convirtió en un pegadizo segundo sencillo del mismo (su video-clip, rodado en una plataforma giratoria, hizo que alguno de los miembros sintieran mareos durante el rodaje). "Runaway" fue la elección como sencillo principal del disco, una especie de interesante balada que sólo fue un primer paso para la banda, pues tardó un poco en alcanzar el éxito. El tercer single, "The right time", es una pieza más animada y con mejor aprovechamiento de las cuerdas del violín. El poker de bellas canciones lanzadas promocionalmente se completa con la tal vez demasiado suave "Love to love you", y con la balada "Closer", aunque esta última sólo en Australia y Nueva Zelanda. Si bien no fue otro single del álbum, "Heaven knows" es otra canción muy agradable y evocativa de su Irlanda natal, otra pieza destacada en el conjunto de una obra a la que otros títulos como "Someday" o "Secret life" contribuyen a que se complementaran sus intenciones de pop celta. El poso tradicional se respira en otros interludios instrumentales como "Along wih the girls" o "Carraroe jig", se desarrolla algo mejor en "The minstrel boy" (melodía clásica irlandesa escrita por el poeta irlandés Thomas Moore), y con una mayor contundencia de la batería del gran Simon Phillips en "Toss the feathers" (un tradicional muy adaptado por numerosas bandas folclóricas), para concluir con el desarrollo íntegro de la soñadora pieza de entrada, "Erin shore", con la participación de Bill Whelan, otro de los aciertos del disco. Además de la conjunción de la banda (no en vano llevaban juntos toda su vida), la voz de Andrea Corr (que también interpreta el tin whistle) y el violín de Sharon Corr son, posiblemente, los elementos que más destacan en el álbum, pero no hay que dejar atrás a Caroline Corr con batería y bodhran, y la guitarra y teclados de Jim Corr. Además, la contribución en instrumentaciones adicionales de otros nombres como Simon Phillips, Des Reynolds, Noel Eccles, Michael Thompson, Neil Steubenhaus, Tal Herzberg o David Foster. "Forgiven, not forgotten" alcanzó una ventas espectaculares en todo el mundo, de más de 6 millones de ejemplares, originando además una gira mundial de dos años que provocó también una edición especial del disco con pistas en vivo en un segundo CD. En España, aunque le costó arrancar, ocupó el puesto número 4 en 1997 -ese año estuvo 33 semanas en listas mientras se publicaba su siguiente disco, "Talk on corners"- y aún seguía vendiendo en 1999, cuando llegó al puesto 23. Ese mismo año 1999 fue calificado como triple platino (300.000 copias vendidas), aunque para comprobar el enorme tirón que tenía el conjunto entre nosotros es necesario saber que las ventas del mencionado "Talk on corners" ascendieron a más de 600.000 (6 platinos), la mayor cifra alcanzada por un disco irlandés en España (un platino más que el enorme "Watermark" de Enya y el doble que el mítico "The Joshua tree" de U2), de tal manera que, a día de hoy, "Talk on corners" aún se encuentra entre los 50 trabajos más vendidos de la historia en nuestro país. 

The Corrs llegaron para revitalizar la herencia celta en la última década del siglo anterior, dando un paso adelante hacia el pop/rock a las canciones de grupos como Clannad o cantantes como Mary Black. Tal vez fuera por la moda celta, por la espectacular imagen del elenco femenino del conjunto, por la agresiva promoción de la compañía, por la calidad natural de las canciones o por todo ello junto, el caso es que la euforia apareció de súbito con los primeros discos de esta banda irlandesa. A tenor de las cifras de ventas y la popularidad que estaban alcanzando, The Corrs eran un producto de marketing sin parangón, un muy atractivo escaparate musical en el mundo celta como Vanessa Mae, por ejemplo, lo sería en el clásico. La sinceridad era sin embargo la base de la banda, unas auténticas raíces irlandesas y una trayectoria pausada y estudiosa. La belleza de sus miembros y su condición de hermanos llamaba poderosamente la atención y remitía a otros grupos formados por hermanos o miembros de una misma familia, algo tan común en Irlanda (Clannad o Nightnoise, por ejemplo). No es que The Corrs aportaran nada nuevo a la música irlandesa, de hecho su éxito fue criticado y hoy en día no es especialmente recordado, pero hicieron que mucha gente se interesara por el poso tradicional que residía en sus melodías, y por una instrumentación, eso sí, auténtica y bien interpretada, que se ha extendido durante muchos años en siete discos de estudio y exitosas giras, además de otras obras de algunos de los hermanos en solitario, como Andrea o Sharon, aunque sin la enorme repercusión de los primeros álbumes firmados por The Corrs.














2.4.21

CESARIA EVORA:
"Miss Perfumado"

En 1996 apareció en el panorama musical español, de la noche a la mañana, la figura esbelta de Cesaria Evora. Hasta nuestro país (y posiblemente a gran parte del globo) llegó cuando la señora tenía algo más de 50 años, gracias a su creciente repercusión en Francia, y al acierto y cada vez más extendido éxito de su álbum "Miss Perfumado", pero en Cabo Verde (su país de origen) desde hacía décadas y en la propia Francia pocos años atrás (desde que José Da Silva, su productor y manager, la llevó a grabar en París en 1988), Cesaria era todo un mito. No en vano la llamaban 'la diva de los pies descalzos' (gustaba de actuar sin calzado, dicen que en solidaridad con las mujeres y niños pobres de su país), una mujer luchadora que cantaba en los clubes y las tabernas de la vida nocturna de Mindelo (capital de San Vicente, la segunda isla más poblada de Cabo Verde) desde que aún no era ni siquiera mayor de edad. Gracias a ella, la morna (un tipo de lamento cantado, propio de Cabo Verde) fue un estilo de canción que llegó al conocimiento de los interesados en las músicas tradicionales y folclóricas, y es que en la voz de Cesaria esa nostalgia cantada en criollo en temas que se hicieron tan populares como "Sodade", sonaba profunda y auténtica, regalándonos una colorida postal de aquel estado situado el océano Atlántico, frente a las costas de Senegal.

Cize (como la llamaban sus amigos) estuvo siempre segura de las posibilidades de su música, de que si le daban la mínima oportunidad de ser escuchada, sus discos llevarían lejos los sones caboverdianos. Hay en Cabo Verde tres ritmos principalmente, la morna como ejemplo de balada melancólica que refleja el amor por la tierra -limítrofe entre el fado de Portugal, el blues y las herencias africanas y brasileñas- (Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 2019, se acompaña de clarinete, violín, guitarra y cavaquinho), la coladera para bailar -más alegre y satírica, en un modo lento- y el más africano y basado en el acordeón, el funaná -al que llaman el pop de los campesinos-. Al final, adaptada a uno u otro ritmo, todo el mundo acabo conociendo a esta dama triste, que fue la abanderada de la riqueza musical caboverdiana, país en el que era admirada por un buen número de fieles, pero no tan reconocida (a ello se debió que, tras la independencia de Cabo Verde de Portugal, en 1975, ella dejó de cantar durante diez largos años, que denominó como 'años oscuros') como después, cuando salió de allí y fue saboreada en Francia primero (donde quisieron compararla con Edith Piaf y Billie Holiday), y en toda Europa después, antes de llegar a una Norteamérica donde fue nominada a tres premios grammy. Publicado por Lusafrica en 1992, "Miss perfumado" es un completo álbum, en el que no faltan creaciones de uno de los más grandes compositores de Cabo Verde, B. Leza, primo del padre de Cesaria, que era violinista. Leza falleció cuando ella tenía 7 años, y en este álbum su influencia aporta, además de otras tres canciones, el mismo título, esa buena melodía tan parecida a un fado portugués que es "Miss Perfumado". "Sodade" es una canción muy especial y auténtica, un fabuloso tema compuesto por Armando Zeferino Soares, que evoca unos sentimientos auténticos, reconfortantes, es fácil imaginarse a la diva descalza rodeada de amigos y disfrutando con el mero hecho de cantar, sin presión mediática alguna. "Bia" presenta, a continuación, un comienzo tanguero o al menos muy sudamericano, esta hermosa canción no es especialmente triste, aunque sí que parece recrearse, mirando al mar, en la nostalgia. Más alegre, "Cumpade ciznone" tiene un ritmo bailable, aunque el mayor exponente de esas coladeras es la exitosa "Angola", grandísimo tema firmado por Ramiro Mendes, con el que Cesaria acabó de encontrar el camino del éxito internacional. Por poco que guste la dura voz de la diva, es imposible no reconocer el mérito y la belleza en interpretaciones como esta. A medio camino entre el recuerdo y el olvido, "Direito di nasce" parece una alegre remembranza. "Vida tem um so vida" refleja una nueva alegría, como en la algo más acertada "Morabeza" y en la aún más interesante "Recordaï", otro de los mejores temas de un disco en el que aún queda espacio para más grandes canciones, especialmente "Barbincor". En vez de la orquesta, es muy especial la sonoridad obtenida en los discos de Cesaria por guitarra, piano, violín, clarinete y cavaquinhos (pequeñas guitarras de cuatro cuerdas que imponen el ritmo). Toy Vieira, Paulino Vieira, Escabês y Malaquias Costa fueron los músicos que la acompañaban en este disco que, en 2012 contó con una edición especial por su 20 aniversario, con un primer CD remasterizado y un segundo poblado por 17 bonus, una edición que Cesaria ya no pudo contemplar, aunque le hubiera hecho tan feliz como lo era realmente toda su música ("no creo que la morna en sí sea triste porque es un género bailable y el carácter caboverdiano es alegre, lo que pasa es que le gusta recordar el pasado").

Esta cantante caboverdiana no poseía la sensualidad de Teresa Salgueiro, el glamour de Eleftheria Arvanitaki o el exotismo de Noa, su carisma iba a residir totalmente en una voz especial, un torbellino anímico que iba mucho más allá del espacio. Cesaria mantenía la ilusión por seguir trabajando a pesar de que notaba el paso del tiempo por sus castigados huesos. De hecho tuvo que anunciar su retirada pocos meses antes de fallecer por una insuficiencia respiratoria en 2011 a los 70 años. Ya no bebía -el alcoholismo también fue uno de sus problemas durante un tiempo-, pero nunca había dejado de fumar, y eso, entre otras cosas, le pasó factura a esta mujer que, en Cabo Verde, decían, era tan importante con la propia bandera. Su importancia también en Francia hizo que fuera galardonada en 2007 con la medalla de la Legión de Honor. Su muerte llenó de tristeza a una multitud de admiradores, pero ellos sabían que la diva había logrado la felicidad con su éxito tardío. En su momento de mayor apogeo, Cesaria llenó dos noches seguidas en el teatro Olympia de París, actuando por primera vez en España en 1993, tras la repercusión mundial de "Miss Perfumado", que vendió más de 300.000 copias en todo el mundo. "La noche es la escuela de la vida, he aprendido mucho de la vida gracias a la noche -decía-. No me enseñó a cantar como en las academias, pero sí a definir un estilo propio. Me fue de gran ayuda", decía esta reina de la noche caboverdiana que disfrutó toda su vida cantando y bailando y cuya voz, inolvidable, era pura emoción. 








22.3.21

KRAFTWERK:
"Autobahn"

La popularización de la música electrónica en la década de los 70 comenzó a ofrecer al público un mundo de nuevos sonidos y ritmos en la vertiente más popular y por lo tanto comercial del entretenimiento musical. Enseguida aparecieron bandas legendarias e influyentes para animar dicho panorama, nombres ilustres cuyas canciones han permanecido en la historia (de la electrónica y de la música en general), y que de hecho, por su carácter pionero y sus acertados tratamientos, han llegado a marcar decisivamente en todo tipo de artistas, estilos y tendencias, incluso muchos años después de su explosión. Kraftwerk es posiblemente el nombre más legendario de ese panorama, y hablar de ellos en la actualidad es hacerlo sobre el grupo insignia de la música electrónica. Pocos son los músicos de éxito en este género que no mencionan a esta banda alemana entre sus referentes e influencias, y la historia se ha encargado de subirles y no sacarles ya de ese pedestal merced a trabajos inmortales como el que les lanzó definitivamente a la fama, la obra seminal "Autobahn", inspirada en el sistema alemán de autopistas, publicada originalmente en Alemania por el sello Philips en 1974, y reeditada en numerosas ocasiones por Vertigo, Mercury, Parlophone, EMI o cualquier compañía que el negocio discográfico y sus tejemanejes permitieran su comercialización. Además, en 2009 se editó una versión convenientemente remasterizada de la misma.

Düsseldorf era la cuna de los miembros originales de la banda, Ralf Hütter y Florian Schneider, provenientes de familias acomodadas y por lo tanto de fácil acopio de instrumentos musicales de última generación. El conservatorio de Düsseldorf (donde Ralf había estudiado piano clásico y órgano, y Florian flauta) fue la institución en la que ambos se conocieron, durante un curso de jazz e improvisación. Muy al contrario que esa disciplina, su música iba a acabar siendo profundamente estudiada, totalmente creada en el estudio, en esa Düsseldorf industrializada que también provocó, junto a los deseos de afianzar sus orígenes, que el nombre del grupo fuera Central Eléctrica ('kraftwerk'). Enseguida congeniaron, entraron en contacto con la vanguardia y crearon un primer proyecto llamado Organisation, que cambiaron casi inmediatamente por el definitivo Kraftwerk. Su primer trabajo, el chirriante "Kraftwerk", sin melodías definidas, fue un poco atractivo pistoletazo de salida en 1970. Difícilmente se podía atisbar el gran futuro del conjunto, aunque su siguiente trabajo, "Kraftwerk 2" (en 1972) agradece algo más de coherencia, en un tono curiosamente demasiado suave, al menos teniendo en cuenta aquel frío debut. Más melodioso es "Ralf & Florian" en 1973, incluso algo folclórico (llegaron a decir que hacían 'música étnica de la Alemania industrial'). Aun así, sigue sin haber temas estrella, pero el salto sólo iba a tardar un año en llegar, con su primera melodía de mérito en el tema largo de "Autobahn", un progreso tan enorme que mitifica a una banda hasta entonces anodina. Adictiva, potente, y extendida de manera inteligente, con idas y venidas al motivo principal durante más de 20 minutos, la pieza homónima, que ocupaba la cara A del plástico, escarba en caminos tanto rítmicos (la excitante línea de bajo construida con el Moog es un detalle característico de la banda) como de un pasajero folclor no exento de frialdad, sonando mas naturales que forzados. Ralf y Florian dijeron en cierta ocasión que querían ser los nuevos Beach Boys, y no escapó al público de la época la similitud del "fahren fahren fahren (auf der Autobahn)" ('conducimos, conducimos, conducimos por la autopista') con el conocido "fun fun fun" del grupo californiano, un parecido que sin embargo se encargaron de desmentir. Acertado es el tono oscuro, algo lúgubre, de la atmósfera (sutilmente) opresiva de "Kometenmelodie 1" -más que en la carretera parece que estemos en el interior de un submarino-, mientras que "Kometenmelodie 2" es amena y desenfadada, una felicidad electrónica que inunda el ambiente por medio de una melodia tan altiva como el ritmo que la acompaña. La electrónica es aplicada definitivamente a la música popular y a los ritmos bailables, y esta "Kometenmelodie 2" es otra melodía de potencial éxito muy a lo que pocos años después lograría Jean Michel Jarre. Restan dos cortes de plausible experimentalidad, lejana a la de su álbum de debut, a años luz de este inteligente y gozoso divertimento, que puso a Ralf y Florian, junto a sus dos "empleados", al frente de la electrónica de masas. "Mitternacht" es el primero de ellos, repleto de efectos que continúan en el corte de cierre, "Morgenspaziergang", pero con la flauta de Florian anunciando que el viajero ha llegado a su destino y puede relajarse. Los créditos del álbum, según la edición remasterizada de 2009, fueron los siguientes: Ralf Hütter (voz, sintetizador, órgano, piano, guitarra, batería electrónica), Florian Schneider (voz, vocoder, electrónica, sintetizador, flauta, batería electrónica), Klaus Röder (violín eléctrico en "Mitternacht") y Wolfgang Flür (batería electrónica en "Kometenmelodie 1–2"). Karl Bartos conformará el cuarteto mítico del grupo (en sustitución de Röder) a partir de su siguiente trabajo, pero también hay que nombrar al quinto miembro en la sombra, el artista gráfico Emil Schult, que se encargó de la portada y colaboró en la letra del corte "Autobahn", mientras que la música de todos los temas estaba acreditada a Ralf y Florian. El salto de originalidad en "Autobahn" vino provocado por las percusiones electrónicas, un componente rítmico muy especial que venía secundado por los sintetizadores, vocoder y demás instrumentos característicos de la música electrónica antes mencionados, pero también de otros acústicos como guitarra o flauta. Envuelto en polémica, es maravilloso el relato de Wolfgang Flür, en su libro 'Yo fui un robot', sobre cómo construyó prácticamente con piezas metálicas de chatarrería soldadas sobre una caja de ritmos, la primera batería electrónica, que más tarde llamarían drumpad, y que -siempre según Flür- Ralf y Florian patentaron sin conocimiento del que se autodenomina como verdadero inventor. Mucho se ha hablado al respecto y mucho se seguirá diciendo. Atendiendo estrictamente a la música ofrecida, las nuevas soluciones percusivas se unieron a una conciencia especial para dar el salto definitivo de la banda, de la experimentación a la excelencia. Conny Plank fue el productor e ingeniero de los tres primeros álbumes de Kraftwerk, y apareció por última vez en este "Autobahn", aunque no fue acreditado. Tampoco Wolfgang ni Karl, tras la polémica del libro del primero, fueron acreditados en las reediciones de los discos en los que participaron. 

Huyendo del sustrato cósmico que irradiaban otros grupos alemanes de éxito, Kraftwerk optaron por lo terrenal, por la energía eléctrica, directamente en el nombre del grupo. "Autobahn" (que sin ser su primer disco es 'su primer disco reconocido e inspirado') activa un resorte que incita a un movimiento impulsivo. Un clásico del conjunto, que les permitió tener una estabilidad económica con la que tomarse tranquilamente sus futuros proyectos, también es un comienzo aceptado popularmente de movimientos como el pop electrónico o el synth pop, un referente en los recuerdos setenteros de este tipo de música. El sencillo del tema principal fue un éxito sorpresivo, especialmente en el Reino Unido y los Países Bajos, y originó una gira del grupo por Estados Unidos, que provocaron en Alemania titulares como 'Kraftwerk electriza América'. Tal vez la música de estos jóvenes de Düsseldorf era ingenua, tal vez el ingenuo era el público en general, que asistía ante un nuevo fenómeno sin nada con qué compararlo, lo que no cabe ninguna duda es de la influencia posterior de la banda, en los 70 era el suyo un sonido distinto y auténtico, en parte por las nuevas búsquedas, en parte por tener que improvisar sus propios instrumentos electrónicos. Pocos años después, la buscada superficialidad de ese sonido se vulgarizó de verdad, la facilidad de acceder a la tecnología hizo que casi cualquiera pudiera publicar un trabajo digno, y sólo unos pocos destacaran, haciendo de pioneros como Kraftwerk figuras mitificadas.






15.3.21

TIM STORY:
"The perfect flaw"

Aparte de unas escasas clases de guitarra cuando era pequeño y de investigar por su cuenta en el piano familiar, el interés por la música de Tim Story aumentó cuando fue contratado por John Thompson para trabajar en su tienda de discos, a la que Tim acudía a menudo desde muy joven. Stravinsky, Debussy, Bartok o Reich se unían sin prejuicios a Can, Robert Wyatt, Miles Davis o la Velvet Underground en el hilo musical de la tienda, así como en casa de Tim, hasta que se decidió a grabar sus propias ideas y publicarlas en el sello noruego Uniton Records. Su sonido de profunda ambientalidad impresionista quedó definido desde bien pronto, y en su benevolencia hay algo emocionante, un componente especial de sublime belleza. La propia imagen de portada de "The perfect flaw" ('Fatima', del fotógrafo Wernher Krutein, artista que ya había aparecido en portadas de Steve Roach, Robert Rich o Constance Demby, así como en el anterior disco de Tim, "Beguiled"), hermoso rostro en tonos cálidos, refleja lo idílico de la música contenida en este trabajo publicado por Hearts of Space en 1994, que presenta momentos en los que el tiempo parece haberse detenido.

Había una confesa inocencia en los primeros trabajos de Tim, esos cuya publicación tuvo que sudar, enviando casetes de demostración a varias compañías. De Klaus Schulze obtuvo, señala, "un dulce y elogioso rechazo", y de Atem la decepción de ver el hundimiento de la compañía cuando ya habían sido firmados los contratos. El nuevo sello de Oslo Uniton Records recogió, afortunadamente, el testigo, logrando Story la recompensa definitiva, el comienzo de un camino que le llevó de vuelta a Estados Unidos de mano de Windham Hill, y de ahí a Hearts of Space, cuyo sonido general era más acorde con el de el teclista. Allí publicó "Beguiled" en 1991, en cuyo interior se destacaba que el compositor "se las arregla para combinar una elegante sencillez de medios con una apabullante resonancia que se niega a ser resuelta en una sola escucha o en un conjunto de ellas. Uno crece con esa música. Revela sus secretos lentamente y cambia milagrosamente a medida que cambia el ritmo de la vida. Siempre es la música la que invita -a menudo exige- que el oyente ponga algo de sí mismo en el proceso, que de alguna manera tanto el oyente como el compositor sean responsables de la creación activa de la música". Tres años después de "Beguiled", con su lógica maduración, apareció "The perfect flaw", y un hecho destacaba especialmente para que este trabajo resultara de novedosa factura en su discografía: la presencia contundente de los instrumentos de viento, que se unían a los teclados de Tim (piano, sintetizadores, sampler y efectos de sonido) y al violonchelo, para que el todo fuera más completo y reconfortante, una especie de luminoso equilibrio entre lo acústico y lo electrónico. Eran concretamente dos féminas esas intérpretes principales, Kimberly Bryden con el oboe (en 6 de los temas) y el corno inglés (en otros 3), y Martha Reikow con el violonchelo (que ya había aparecido en "Beguiled") -con ellas afirma haberse sentido muy cómodo, así como haber vencido sus miedos iniciales-, además del asomo del clarinete de Ron Samuels en otro de los temas del disco. "The perfect flaw (intro)" es la obertura nos introduce en un mundo pausado y armonioso, una realidad en la que la música es lo que tú quieras que sea, como el recuerdo de un plácido sueño. A continuación, y con la firma indeleble de su autor, "A broken alphabet" es posiblemente el tema estrella del álbum, una pieza perfecta en su carácter relajante y evocador, en la que teclados y oboe se hacen uno. "Lydia" es un destello de amor, una nueva pieza flotante en la que es necesario pararse a escuchar la deliciosa conjunción de elementos relajados que no obstante saben invocar una cierta tensión, eso sí, evanescente. Y en un soberano poker inicial, la celestial "After 4 o'clock" es puro Satie, una remozada 'gymnopédie' con clarinete, única composición del álbum en la que aparece este instrumento, junto a teclados muy blancos (si ese es el color de la pureza) y otro gran invitado como es el violonchelo, aunque su aportación es más especial en piezas como la primorosa "Terzetto", por ejemplo. El resto del disco se debate entre atmósferas sencillas como "Liquid shadow night", paisajes donde se refleja una calma cristalina ("Sister of the flood", "Riverine") o una nueva construcción sugerente titulada "Rill" donde el piano da paso a un viento que planea muy alto y muy lejos, hasta llegar al tema homónimo y continuación de la intro del disco, un acompasado "The perfect flaw", paseo dominado por el piano y los sintetizadores que en su tranquilidad transmite de maravilla la paz que Tim Story busca en su música, con esas pequeñas ideas que tan bie sabe extender en el tiempo de forma repetitiva y atmosférica, buscando más el ambiente que la melodía. 

Muchos años llevaba Tim Story desarrollando una música ambiental melodiosa y lumínica cuando le llegó la oportunidad de una buena distribución, una salida definitiva al mundo. En su concepción neoimpresionista, Story posee la vaporosidad de Debussy junto a la melodiosa búsqueda de Satie, pero en su conjunción con elementos modernos logra una sonoridad única y pasmosa, líneas melódicas de teclado a las que se superponen atmósferas con presencia de vientos y una sencillez envolvente, encantadora y embriagadora ("la simplicidad no tiene que ser sinónimo de pobreza, todo lo contrario, es en ella donde se oculta la belleza", decía el artista). No hay anarquía ni experimentación, todo parece debidamente planeado antes de entrar en el estudio, donde Tim Story compone, graba, mezcla y produce este "The perfect flaw", que con los vientos auténticos gana en intensidad, aunque es curioso que no los comenzara a utilizar cuando grabó "Glass green" en Windham Hill -sí que aflorarán a partir de aquí para las canciones que grabará en recopilatorios de ese sello como "In search of angels"-, con su especial elenco de windplayers.










7.3.21

SARAH BRIGHTMAN:
"Eden"

En música, un crossover es un cruce, una fusión de diferentes estilos que originan un producto de relativo interés, ya que lo mismo puede derivar en una olvidable actualización de conceptos ampliamente usados o desgastados, como en una interesante investigación de formas musicales que se retroalimentan, originando un producto fresco y novedoso que, aunque sea brevemente, tiene su profundo interés como experimento, y su cabida en la industria. El crossover clásico es el más difundido y exitoso. Al menos partiendo de ese apelativo, y en el conjunto de este tipo de cruces, destaca también la importancia a nivel público, llegando incluso a gozar de buenas ventas y una cierta inclusión en radiofórmulas, del pop operístico, la mezcla de sonidos típicos del pop y el rock con cantantes líricas (especialmente femeninas), entre las que la soprano y multiartista Sarah Brightman fue una adelantada a su tiempo, afamada desde que protagonizara musicales como 'Cats' o 'El fantasma de la ópera' en Broadway, a las órdenes musicales y escénicas de su entonces marido Andrew Lloyd Webber. Con una voz entrenada en el Royal College of Music, su imagen internacional comenzó a ascender cuando cantó "Amigos para siempre" junto a José Carreras en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992. Frank Peterson, ex miembro del grupo Enigma, fue quien la impulsó desde entonces al estrellato en el classical crossover.

Dejando atrás varios trabajos de canciones teatrales y populares a finales de los 80, "Dive" fue el primer disco firmado por Sarah en 1993 en esta nueva etapa de su carrera, con la producción de Frank Peterson, que componía junto a muchos otros nombres implicados varios de los temas, y con una imagen sofisticada que pretendía impactar tanto por lo visual como por lo musical. El nombre y la figura de Sarah Brightman comenzó a hacerse muy popular gracias a esas avanzadas baladas poperas ("Captain Nemo", "Seven seas") que continuaron en su siguiente disco en 1995, "Fly" ("The fly" o la muy operística "A question of honour", por ejemplo), junto a interesantes colaboraciones (Chris Thompson -de la Manfred Mann's Earth Band-, Tom Jones). Fue sin embargo Andrea Bocelli el que proporcionara su voz para alcanzar el gran éxito en "Time to say goodbye", para su trabajo de igual título de 1997 (también llamado "Timeless" en Europa) con la Orquesta Sinfónica de Londres, un álbum superventas -especialmente en los Estados Unidos y Alemania- que volvía a reclamar la seriedad clásica junto a la voz de soprano de la diva, con la colaboración también del tenor argentino José Cura ("Just show me how to love you") y versiones de todo tipo de música, desde Mozart, Joaquín Rodrigo o Carl Orff a los Gipsy Kings, Queen o Mecano -"Naturaleza muerta", cantada en español-. Ese es, precisamente, uno de los giros importantes en la carrera de Sarah Brightman, ya que mientras que "Dive" como "Fly" poseían mucho repertorio propio, a partir de "Timeless" aparecieron canciones ajenas, concretamente grandes éxitos de varios campos (también clásicos, aunque entraron en juego el pop, el rock o el folclore) con nuevos tratamientos, que daban mucho que pensar en cuanto a la originalidad del producto, mientras que aumentaban considerablemente las ventas del mismo. Esa dicotomía seguirá estando presente cada vez más en los discos de la soprano por medio de versiones de todo tipo de artistas, de hoy y de siempre, y obras como "Eden" no se iban a quedar atrás en esa actitud que bien podría ser acusada por muchos de aprovechamiento. Sin embargo, siempre que las versiones sean atrevidas, aporten algo, y estén englobadas en un entorno audaz, trabajos como éste no sólo pueden salvarse de la quema sino que, con sus lógicas reservas pero atendiendo a la interpretación y a una producción de lujo, ganan puntos en el conjunto del panorama musical de finales de siglo. "Eden" fue publicado por el sello británico EastWest en 1998 (en su portada, un gran telón rojo de aires teatrales muestra descansando a esta especie de muñeca de porcelana), y cualquier buen aficionado a la música puede identificar en él varios de los covers incluidos, canciones de compositores muy conocidos, así como de grupos de reciente creación. El comienzo, atmosférico ("In paradisum"), parece conducirnos a la India más que a los grandes teatros de ópera, y en cualquier caso, a su visión del paraíso, del jardín del edén, con una letra escasa en latín. Como continuación del espíritu divino del álbum, cantos a modo gregoriano (no hay que olvidar que Frank Peterson es el máximo artífice del grupo Gregorian, que comenzará su andadura un año después de este disco) se funden con efectos y percusión para establecer la línea melódica del gran tema que llegó a todas partes ese año por radios o por publicidad. Con el mismo título que el disco, "Eden" golpea con su hiperproducción y traspasa la línea de lo que esperamos en una canción de este tipo de artista, aunque realmente llevara unos cuantos años avanzando en este camino. Esta canción es la primera de las versiones en el disco, pues ese mismo año veía su publicación también en el álbum "Blue wonder power milk" del grupo del belga Alex Callier -el firmante de la pieza- Hooverphonic, y sin desmerecer esa interpretación original, la producción de Peterson, junto a la traspasante voz de Sarah, logran un conjunto más poderoso. Lo tradicional acudió a continuación en ayuda de la soprano con la nueva versión del conocidísimo "Women of Ireland", con cambio de título ("So many things") y tratamiento correcto, si bien no es la canción que antaño, con otro enfoque pop, traspasara fronteras en la versión de The Christians, dejando aparte las versiones instrumentales de auténticas bandas folclóricas, comenzando por The Chieftains. Sarah llega aquí por fin al terreno clásico para reelaborar el "Adagio" de Albinoni, compositor italiano del barroco, con el título de "Anytime, anywhere". Su voz desborda, objetivamente es maravillosa. También dentro del classical crossover propiamente dicho -aunque algo más reciente- estaría la siguiente pieza, "Bailero", del compositor francés Joseph Canteloube, sencilla y natural, y ya hacia el final del disco otros dos ejemplos operísticos: el aria "Lascia ch'io pianga", de la ópera 'Rinaldo' de Georg Friedrich Händel y "Nessun dorma", otro aria, en este caso de 'Turandot' de Giacomo Puccini, con una particularidad, y es que siendo una pieza escrita para tenor (muy recordada es la interpretación de Luciano Pavarotti), ella la canta con su voz de soprano. Pero otros estilos iban a ser referenciados en el álbum, por ejemplo el rock progresivo con toques de folk de la banda estadounidense Kansas en su gran éxito "Dust in the wind", otro éxito de un disco cuya producción, no cabe duda, seguía siendo elegante. No iban a quedar atrás grandes éxitos del momento, como la canción de James Horner que interpretó Céline Dion para la película 'Titanic', "My heart will go on", reescrita en italiano y rebautizada como "Il mio cuore va". Los idiomas no son obstáculo para Sarah Brightman, que retorna al italiano con la estupenda "Nella fantasia" (versión de la excepcional "Gabriel's oboe" de Ennio Morricone para la película 'La misión', para la cual la cantante escribió repetidamente al compositor italiano consiguiendo por perseverancia tornar su negativa inicial), intenta con el tema en francés "Un jour il viendra" un nuevo acercamiento popular con tintes clásicos también procedente del cine (compuesta por Gabriel Yared, formaba parte de 'El paciente inglés'), y canta en español, volviendo a demostrar su pasión por Mecano en la versión de "Tú". Es sin embargo "Deliver me" el segundo tema verdaderamente interesante del álbum, un continuo clímax con aroma a gospel, que el grupo británico The Beloved había grabado en 1996. Una vez más, la versión de "Eden" es muy acertada, perdiendo su carácter de experimento de pop electrónico en beneficio de la grandilocuencia vocal y el espíritu fusionador del álbum. Ya en el final del disco, Per Andréason y Don Black firman el bien hilvanado pop de "Only an ocean away", "Scéne d'amour" es una nueva incursión, esta vez tarareada, en el cine ("Eden" es sin duda un álbum muy cinéfilo) pues proviene de la sensual música de Francis Lai para el film 'Bilitis', y "The last words you said" es un extra de la edición americana del álbum, a dúo con el otrora exitoso Richard Marx. "Eden" dio paso a una gira mundial llamada 'One nigh in Eden', con grandes incorporaciones técnicas y escenográficas, y la grabación y publicación de uno de esos conciertos. 

Ávidos de ventas, y por tanto de radiofórmulas, los crossover clásicos acercaban la ópera al pop, y los resultados eran buenos debido a la sobreproducción y a los bien pagados arreglos. Qué curioso que comenzaran a aflorar de repente este tipo de sopranos interpretando canciones de corte operístico como si salieran de un laboratorio fusionador, Emma Shapplin, Charlotte Church, Katherine Jenkins, Hayley Westenra... incluso en España contamos con Sonia Terol, sin olvidar al curioso grupo Chafino, producción de Julián Ruiz con la voz del soprano José Ramírez Ruíz. Y es que no sólo las mujeres dominaban el arte del pop operístico, ¿quién no conoce a Andrea Bocelli, Paul Potts o Il Divo? Cientos de nombres aparecerán con sólo investigar un poco (The King Singers, Tony Henry, Il Volo, The Priests, The Tenors, The Celtic Tenors, Aled Jones, Susan Boyle o incluso Mónica Naranjo), algunos más interesantes que otros, pero hay que saber distinguir entre diferentes grados de calidad y el componente de simple oportunidad que aparece inherente a muchas de las verdaderas propuestas atrevidas, auténticas o tan exuberantes como fue en su momento la de Sarah Brightman.












26.2.21

DAVID BEDFORD:
"The Odyssey"

Aparte de los elementos propios del campo clásico como la orquesta y el coro, el completo músico británico David Bedford recurrió a otros artificios sonoros en sus primeros trabajos grabados para el sello de Richard Branson, Virgin Records, entre ellos la percusión y la guitarra eléctrica de su joven y ya famoso amigo Mike Oldfield. La grata sorpresa que supuso "Star's End" en 1974 -uno de los primeros álbumes que aportaba la electrificación a una orquesta sinfónica-, y los grandes momentos que deparó un año después el intento de ópera escolar "The Rime of the Ancient Mariner" -"The Rio Grande" es una de las grandes canciones grabadas por Bedford- tenían que ser refrendados en una nueva obra, un disco lo suficientemente atractivo y distinto a los anteriores como para sorprender de nuevo al abierto público de los años setenta. Así, David añadió un guiño comercial al nuevo proyecto, una cierta facilidad melódica, suavizando su afán experimental (de difícil escucha fueron otras obras compuestas en la época como "Nurses Song With Elephants", "Star Clusters, Nebulae & Places in Devon" o "The Song of the White Horse") y aprovechando las posibilidades comerciales del rock sinfónico y la psicodelia, especialmente centrado en los sintetizadores. Bedford hurgó además en la literatura, una de sus pasiones, como ya lo hizo musicando el poema de Samuel Taylor Colleridge 'The Rime of the Ancient Mariner' un año atrás, y se entretuvo con una de las historias más legendarias de la literatura universal, 'La Odisea' de Homero.

Publicado por Virgin Records en 1976, parece como si Bedford confeccionara "The Odyssey" con la intención de agradar a la casa de discos, pues es un trabajo más asequible, con varios cortes de claras posibilidades comerciales en la época (dentro de la anti-comercialidad de su autor), y pensados algunos de ellos durante su creación, posiblemente, para la guitarra de Mike Oldfield. Y es que "The Odyssey" huye del concepto orquestal de las obras anteriores para inscribirse en las cercanías del rock progresivo más centrado en aprovechar la sonoridad de los teclados. Bedford fue inteligente, dividió la obra en temas cortos para agradar a Richard Branson, y mantuvo la cualidad de álbum conceptual con temática literaria para contentarse a sí mismo, que por cierto aparecía en primer plano en la portada, como si fuera el mismísimo Odiseo (Ulises). Para asomar la vertiente épica en la partitura decidió acometer 'La Odisea' de Homero, poema griego del siglo VIII a. C. que narra el regreso del héroe mitológico Ulises a su casa en la isla de Ítaca tras la guerra de Troya, veinte años después de su partida. Durante este período, su hijo Telémaco y su esposa Penélope, tras creerle muerto, reciben en su palacio a numerosos pretendientes que buscan desposarla, a pesar de la reticencia de ambos. Un leitmotiv se muestra intermitentemente en el disco ("Penelope's Shroud", tema recurrente que se divide en cinco partes muy cortas intercaladas entre los demás), sencillo pero efectivo en la familiaridad que logra con el oyente. Como si de una película se tratara, identificamos a Penélope con dicha melodía hipnótica y asumimos su desesperada condición (ella teje durante veinte años un sudario para el rey Laertes, padre de Ulises, pero deshace por las noches lo construido durante el día) en su carácter repetitivo. Mientras tanto, la melodía, la dimensión épica, aventurera, viene denotada por piezas tal vez no profundas pero tan acertadas melódicamente como "King Aeolus" (sobre un fondo sugestivo se alzan los teclados simbolizando los vientos con los que Eolo intenta ayudar a Ulises en su regreso a Ítaca) o "Scylla and Charybdis" (más fácilmente melódica incluso, toma realmente la misma melodía de "King Aeolus" aunque se muestra afable, heroica, envalentonada en sus cambios continuos y en su atmósfera tétrica central, que ayuda a representar el peligro de los dos monstruos marinos Escila y Caribdis). La pasional participación de Mike Oldfield en la obra desata la locura oculta en el pragmático Bedford, originando los dos cortes más radiados del trabajo, y posiblemente también los dos más destacados en su conjunto: "The Phaeacian Games" refleja realmente la última etapa de este periplo, aunque Bedford prefiere situarla en una posición anterior en el disco; Ulises, que está muy cerca de regresar a Ítaca, por invitación del rey Alcínoo acaba presenciando e incluso participando en los juegos feacios (un pueblo mítico de la Isla de Esqueria), donde lanza el disco de bronce más lejos que ninguno de los participantes habían logrado nunca. "The Phaeacian Games" es por tanto prácticamente una recreación del espíritu olímpico, un tema jubiloso, magnífico, donde aparece majestuosa la inconfundible guitarra de Oldfield en una extendida conjunción con los teclados. Algo distinta es "The Sirens", donde aparece mágicamente el encanto coral característico del compositor británico (por medio del coro de chicas Queen's College, que ya se escuchaba en "The Rime of the Ancient Mariner"), en una pieza intensa y alumbrada que parece tener vida propia desarrollándose de manera seductora, como no podía ser menos tratándose de esas criaturas mitológicas que intentaron atraer a un desesperado Ulises atado en el mástil de su barco. "The Sirens" es uno de los mayores aciertos del disco, además de incluir una nueva interpretación de Oldfield a la guitarra, ésta más texturada, muy diferente a la de "The Phaeacian Games". Otro guitarrista se asoma en "Circe's Island", el futuro miembro de The Police Andy Summers, con una guitarra psicodélica junto a percusión de copas de cristal, la voz de Sophie Dickson y el poso minimalista de los teclados, conformando un tímido carácter vanguardista del que David difícilmente puede evadirse, haciendo de esta pieza un esfuerzo postrero (aunque el trabajo no concluye aún) por retomar intereses propios, incluida esa voz femenina que posee un nuevo aire hipnótico como ya sucediera en "The Sirens" (no en vano representa a Circe, una diosa bruja que intenta atrapar a Ulises y sus hombres en la isla de Ea). Para concluir el trabajo, "The Battle in the Hall" representa el pasaje en el que una vez en Ítaca, Ulises -transmutado en mendigo- mata en el gran salón con su arco a los demás pretendientes de Penélope. La pieza prolonga una constante tensión hasta que surge, aunque más lenta, la misma melodía de "The Phaeacian Games" conduciendo al oyente hasta un final feliz. "The Odyssey" es un disco sencillo, con un puñado de melodías Bedford supo construir toda una obra que, en su conjunto, no deja de representar una avanzada muestra de sinfonismo épico donde late una tensión evanescente. Los teclados utilizados por el propio Bedford en la obra incluyen el sintetizador Arp 2600, sintetizador de cuerdas Stringman, piano eléctrico Fender Rhodes, piano de cola Steinway, clavinet (un clavicordio amplificado electrónicamente) y órgano Hammond, además de interpretar percusiones por medio de vibráfono, timbales, platillos, gong y copas de vino. La demostración de la presumible grandiosidad del proyecto se dejó notar especialmente en su presentación en el Royal Albert Hall londinense el 25 de enero de 1977, espectáculo definido como 'El mayor evento de teclados de todos los tiempos', que contó con la presencia de grandes figuras como Mike Oldfield, Jon Lord, Mike Ratledge, Peter Lemer o Dave Stewart, mientras que otros como Vangelis o Peter Bardens no pudieron estar a pesar de ser invitados. Gonzo Multimedia publicó "The Odyssey Live" en CD en 2011.

David Bedford se muestra aquí rotundo y directo, alejado de la vanguardia que había hecho de sus anteriores obras experimentos de difícil escucha. No se pretende evaluar la calidad o importancia de las obras de esta etapa, sino destacar su variedad de miras y capacidad de adaptación a todo tipo de estilos clásicos y populares, de un autor completo e injustamente olvidado. Si bien en ciertos momentos de su carrera más conocida (con "Star's End", por ejemplo) se habló de que Bedford estaba explorando áreas de composición descuidadas en Gran Bretaña, con "The Odyssey" y su asomo a la comercialidad, el crítico y musicólogo Richard Witts asoció este plástico a ciertos retazos del rock de Canterbury, y el público en general iba más allá, emparejándolo con un rock progresivo más certero. Desde luego, hace décadas que dejaron de hacerse obras como éstas, partituras que forman parte de la historia de la música, pero "The Odyssey" permanece en la memoria para aquel que desee acercarse a su estela y contagiarse de su epicidad, la de un trabajo conceptual que, como las grandes obras de David Bedford grabadas en la década de los 70 para Virgin Records, resuena en nuestra cabeza tiempo después de su escucha. Y continuarán haciéndolo, porque las rescataremos de vez en cuando como prueba de un estilo auténtico y excitante, que difícilmente se desvanecerá.





20.2.21

GEORGE WINSTON:
"Restless wind"

Personajes tan admirados como los grandes músicos, esos que además pueden llegar a ser un espejo en el que mirarse, pueden tener en ocasiones conductas o caracteres poco ejemplarizantes. Dejando aparte posibles delitos fiscales (Montserrat Caballé, Shakira), sexuales (muchos han sido denunciados, como David Bowie, Mick Jagger o Elton John, pero el mayor escándalo lo protagonizó Michael Jackson), acusaciones de nazismo (Karajan), episodios de violencia (James Brown, Axl Rose, los hermanos Gallagher), comportamientos racistas (Lou Reed, Miles Davis), misóginos (Ike Turner), homófobos (John Lennon, Bob Marley), accidentes en estado ebrio (Bruce Springsteen, Pete Doherty), problemas con las drogas (Keith Richards, Iggy Pop, Eric Clapton) o patologías como miedo escénico (Anthony Phillips, Adele), depresión (George Michael, Kurt Cobain) o introversión (Mike Oldfield), que pueden llegar a confundirse con mal carácter, hay que reconocer -cuando se habla tanto de ello algo de razón habrá- que muchos personajes musicales tienen simplemente una personalidad difícil o evidente mal humor, incluso llegando a ser definidos en ocasiones como, presumiblemente, malas personas. En ese poco apetecible racimo se encontrarían músicos adorados por muchos como Van Morrison, Bob Dylan, Keith Jarrett, Morrisey, Madonna, Jennifer López y muchas figuras de los últimos tiempos de escaso interés musical como Britney Spears, Justin Bieber o Rihanna. Algunos músicos de renombre clásico como Beethoven o Chopin tampoco se libraron de malas anécdotas con sus alumnos o con su público, así como un pianista genial pero absolutamente excéntrico que ayudó a fortalecer las virtudes instrumentales del sello Windham Hill con sus altas cifras de ventas en las últimas décadas del siglo XX. Su nombre, George Winston, y su pecado según algunos periodistas que intentaron entrevistarle, una actitud indiferente, de evidente dejadez hacia las cuestiones planteadas por los profesionales, con una desgana y pasotismo extremos. 

Evidentemente, conviene saber distinguir las cualidades musicales que nos ofrece cada artista, más allá de su carácter agrio o extravagante, siempre y cuando no se llegue al insulto o la agresión. De Winston siempre se ha sabido que posee una personalidad difícil, su mismo comienzo en Windham Hill llegó precedido de una insistencia cansina para que William Ackerman publicara discos de Bola Sete, luego se dejó querer por su estilo de guitarra hawaiana, y al final Ackerman tuvo que rendirse ante sus virtudes pianísticas y convencerle para explorar una carrera en ese sentido. Anécdotas como esa demuestran su excentricidad, pero su apatía o incluso mal humor vienen dictados por periodistas o por parte de su público. Mientras podamos seguir escuchando sus trabajos, a nosotros no nos debería importar en exceso, y de hecho el pianista no sólo se ha comportado así solamente en ciertas ocasiones, sino que ha demostrado, además, tener virtudes caritativas al solicitar incentivos monetarios para luchar contra causas como el covid-19, o publicando discos benéficos ("Remembrance" para los familiares de los fallecidos el 11-S, "Spring carousel" a favor de la lucha contra el cáncer en el Hospital City of Hope -él mismo tuvo que recuperarse de un trasplante de médula ósea-, o el single "Silent night" para la red nacional de bancos de alimentos). Publicado en 2019 por RCA, "Restless wind" es un trabajo que revela la buena forma de sus manos a los 70 años. En los homenajes a sus músicos favoritos, que Winston se empeña en versionar a conciencia, el pianista se convierte en un folclorista de su realidad sonora, que puede llegar a ser la de buena parte del pueblo americano. James Booker es una de esas musas musicales de George (junto a otros como Fats Waler o Henry Butler, referencias ineludibles en su obra), un reconocido pianista negro de Nueva Orleans (fallecido en 1983) que interpretaba jazz y rhythm and blues con un parche en el ojo izquierdo, que perdió en una pelea (cada vez que le preguntaban al respecto se inventaba una historia distinta). Booker es mencionado como influencia en tres de las composiciones del álbum: "Autumn Wind (Pixie # 11)" se inspira en su canción "Pixie", un tema que ya fue versionado por Winston en su disco "Gulf coast blues & Impressions - A hurricane relief benefit", si bien la pieza, espléndida y amena, viene firmada -avisando de la influencia- por George Winston. La segunda en la que aplica las técnicas ragtime de Booker es "Judge, judge", acreditada realmente a George Brooks, aunque fuera la 'emperatriz del blues', Bessie Smith, la que la hiciera famosa en 1927; también llamada "Send me to the 'Lectric Chair", mantiene muy alto el nivel del comienzo del disco. Para encontrar la tercera pieza influida por Booker hay que llegar al octavo corte, "Muskrat ramble / I feel like i'm fixin' to die rag / Stop the bleeding", un medley compuesto por tres tonadas -no se encuentra excesiva diferenciación entre ellas, realmente-, del trombonista Edward (Kid) Ory la primera, de Joseph Allen 'Country Joe' McDonald (fundador de la banda de rock psicodélico Country Joe and the Fish) la segunda, y del propio Winston la última, en la que se deja llevar en un frenesí rítmico. No hay más composiciones de George Winston en el álbum, que se limita a deslumbrar con su interpretación -que no es poco- haciendo suyas piezas de otros, algo habitual en una discografía que no pierde fuerza por esta circunstancia. El cantante de soul Sam Cook es el siguiente implicado, por medio de su canción "A change is gonna come", una especie de himno por los derechos civiles, avanzadilla social -en los 60, pero tan de actualidad actualmente- que encuentra fácil acomodo a las teclas blanquinegras. No es la única canción desprovista de letra en el disco, de hecho son bastantes los ejemplos: a continuación llega "Summertime" -el clásico de George Gershwin, Ira Gershwin y Dubose Edwin Heyward para la ópera 'Porgy and Bess'-, luego el folclore mexicano con "Cancion mixteca (Immigrant’s lament)" -de José López Alavez-, al final otro clásico country americano, "The wayward wind" -de Stanley Lebowsky y Herb Newman-, y enmedio dos ejemplos de música rock, la canción de Stephen Stills "For what it’s worth" y el retorno al universo del grupo The Doors -un icono para George, al que dedicó todo un disco en 2002, "Night divides the day"- con "The unknown soldier". Cada una en su estilo, desvelan las múltiples facetas del pianista. Dos piezas importantes restan por comentar, en esta ocasión de nuevo de origen instrumental: "The times of Harvey Milk" es una sencilla y relajante reconstrucción de la parte final del tema que Mark Isham -al que Winston había acudido con anterioridad en un par de ocasiones- creó para dicho documental que ganó el Oscar en 1985, y la sonoridad pianística de Winston no desmerece a la marcialidad acompañada de electrónica de Isham en este tema publicado originalmente por Windham Hill en su álbum "Film music", de hecho "The times of Harvey Milk" se convierte en una de las grandes sorpresas de "Restless wind", como también lo es "The good Earth", original del pianista estadounidense Jimmy Wisner, conocido así mismo por el pseudónimo de Kokomo. Así, a comienzos de los 60, tras su hit instrumental "Asia minor" de 1961 (adaptando a Edvard Grieg) publicó entre otros títulos, también como Kokomo, "The good Earth", que Winston simplifica y dulcifica de manera prodigiosa. 

Hubo un tiempo en que cada nueva obra de George Winston era esperada con impaciencia, y se convertía en un nuevo clásico, especialmente cuando las estaciones del año generaron sus grandes plásticos en la compañía Windham Hill. Décadas después se ha perdido parte de esa expectación, pero sus destellos de genialidad continúan en cada trabajo, como este "Restless wind" que se beneficia de un comienzo fabuloso y de una selección de canciones perfectamente arregladas que, como suele ser habitual en el pianista de Montana, suponen todo un viaje por la cultura norteamericana del siglo XX, adaptada al 'piano folk' del extravagante pero también extraordinario teclista, y es que los grandes discos de Winston portan una categórica perfección técnica, pero lo más importante, una enorme capacidad de seguimiento en sus melodías y armonías, completas filigranas de notas tremendamente adictivas, que en el caso de "Restless wind" fueron grabadas en el Studio Trilogy de San Francisco y producidas por George Winston junto a Howard Johnston y Cathy Econom, dos personajes de total confianza, que le acompañan en esta faceta desde décadas atrás. Él se limita a arreglar sus piezas favoritas y a tocarlas ("sólo soy un trabajador de la música", decía), nosotros a disfrutar de discos como éste.








11.2.21

W.G. SNUFFY WALDEN:
"Music by..."

Aunque bien entrado el nuevo siglo, el rumbo de la compañía Windham Hill llevara más de un lustro en claro decaimiento, aún supo ofrecer a su público algunos sorprendentes estertores de interés. Tan suculentos, de hecho, como el artista que grabó con ellos un estupendo trabajo en el año 2001, y no precisamente uno de esos músicos de siempre que aún seguían en la compañía (los únicos artistas importantes que permanecían en la misma eran los pianistas George Winston y Jim Brickman), sino un nuevo nombre, el del guitarrista americano William Garrett Walden, conocido artísticamente como W.G. 'Snuffy' Walden, cuya mayor contribución al recuerdo colectivo había tenido lugar diez años antes, cuando compuso junto a Stewart Levin en 1987 la banda sonora de la aclamada serie televisiva 'Thirtysomething' ('Treinta y tantos' en España), sobre las andanzas vitales de varios matrimonios de treintañeros en Philadelphia. Aquella música, publicada por Geffen Records, era una acertada sucesión de piezas de ambos músicos por separado (que al año siguiente repitieron la fórmula en otra serie tan mítica como 'The wonder years' -'Aquellos maravillosos años'-), uniendo sus fuerzas en la sintonía, ese maravilloso corte principal que muchos podrían recordar y tararear fácilmente. En "Music by...", Snuffy Walden guiña el ojo a esa melodía junto a otras trece, entre las que también se encuentra su merecido premio Emmy por 'The west wing' ('El ala oeste de la Casa Blanca').

Este músico apasionado por la forma de tocar de Eric Clapton fue realmente un guitarrista eléctrico durante su juventud (también podía tocar piano, saxo o trombón), pero él siempre dice que a raíz de "Thirtysomething" la gente empezó a tomarle como un guitarrista acústico. En su disco en solitario, este oriundo de Lousiana que estudió matemáticas y ciencias en la Universidad y tocó la guitarra durante esos años en un club de striptease llamado "The Cellar" ("si una chica se levantaba y empezaba a desnudarse y tú dejabas de tocar, te despedían"), donde ganaba 12 dólares por noche, parece adentrarse en terrenos algo más poperos, con aires además de blues, que los frentes folclóricos frecuentados por el creador de Windham Hill, Will Ackerman. Esto no resta interés al trabajo, Walden no necesita referencias ni espejos para desgranar una serie de piezas mágicas, algunas de las cuales provienen sin lugar a dudas de series en las que había trabajado (aparte de su Emmy por 'The west wing', Snuffy ha estado nominado en otras doce ocasiones a ese relevante premio, por músicas para otras series, incluidas 'Treinta y tantos' y 'Felicity'). Por ejemplo, el propio comienzo del álbum, "Angela smiled", se refiere a Angela Chase, la protagonista de 'My so-called life' ('Es mi vida' en España) a la que daba vida Claire Danes, aunque no se trataba del tema principal de la misma. En ella, una luminosa melodía con aires country demuestra un soberano trabajo con las cuerdas de la guitarra (Snuffy y Weldon Dean Parks), que destacan en una compleja pero sumisa instrumentación, que incluye piano, violín, viola, violonchelo, bajo y percusiones. Un comienzo inmejorable, ciertamente, para el buscador de armonías acústicas con el sello Windham Hill. "Once & again" ('Una vez más' fue la traducción en nuestro país), tras su comienzo sereno va a más, y guitarra voz (un tarareo femenino) llenan todo el espacio de una pieza deslumbrante, de gran fuerza merced también a la contundente batería desplegada en el mismo. De 'Boy meets world' ('Yo y el mundo') proviene "Sketches of Topanga" (Topanga Lawrence era su protagonista femenina), una pieza con espíritu flamenco y un cierto toque clásico (por sus arreglos orquestales) que es pura sensibilidad a las seis cuerdas, y deja clara la maestría de este veterano pero aún así desconocido compositor e intérprete. Esta pieza posee verdadera 'alma', una intensidad sorprendente en su maravillosa interpretación. "Felicity's theme" no es un tema tan recordado aunque provenga de esa serie de cierto renombre, sin embargo es un puro disfrute en sus sensuales rasgueos (guitarras de Snuffy y Parks, que colabora en nueve de los cortes del plástico) y pequeños elementos añadidos. Y como un recuerdo remanente en una generación, la entradilla de 'Treinta y tantos' fue de una conexión especial con un público que luego tal vez no se enganchó a la trama, pero que sin embargo se quedó con esa melodía que aquí ("Thirtysomething (revisited)") Snuffy ralentiza, juega con ella, sorprendiendo la primera vez (cuando te esperas aquella tonada rápida y juguetona con protagonismo también de los vientos), si bien enamorando irremediablemente al oyente al volver a escucharla una y otra vez. Por último, denominados como 'bonus tracks', las dos piezas de 'El ala oeste de la Casa Blanca', "West wing suite" y "West wing main title", con un tipo de sonido marcial a la orquesta, muy de himno norteamericano. No quedan atrás sin embargo en "Music by... W.G. Snuffy Walden" las piezas presumiblemente ajenas a series, ofreciendo algunas de ellas más momentos inolvidables: por ejemplo, es un violonchelo el que nos recibe en la más introspectiva "Love unspoken", reveladora de un mundo interior taciturno que aflora de vez en cuando en el disco. Los vientos se unen a la fiesta más adelante, en otro ejemplo de pieza completa con elementos orquestales que se conjugan con la sempiterna guitarra. De acierto en acierto, llegamos a una de las sorpresas del disco, "Turtle bay" (que es un barrio de Nueva York), tonada grácil pero de gran rotundidad, que posee una cierta familiaridad. Sencillamente deslumbrante, su luz descubre a un músico fantástico. En "Eugenes ragtop", de nuevo las guitarras nos acercan al country norteamericano y al bluegrass. Acto seguido, "New York/Melting Pot" combina la acústica con la eléctrica, así como orquesta, flauta y batería, con buen resultado y más fuerza, y viene a demostrar que no hay temas de relleno en un disco muy completo, en el que incluso disfrutamos de un cierto asomo a un estilo mediterráneo en "Room with a view". "Big city" es otra melodía potente con mucho de blues y rock, buena música con aspecto de sintonía, al estilo tanto de las suyas propias como de aquellas inolvidables de Mike Post. Y antes de los 'bonus tracks', "Alone" es una nueva interpretación magistral, única pieza en el disco en la que Snuffy interpreta la guitarra de manera desnuda y auténtica, recordando a aquellas inolvidables muestras que en esta misma compañía, 25 años atrás, registró aquel visionario llamado William Ackerman. Este tema formará parte del sampler de Windham Hill "Ambient acoustic", y "Angela smiled" del promocional "A Windham Hill Sampler (25 Years Windham Hill)". "Music by... W.G. Snuffy Walden" es un disco enorme, este músico toma sus melodías y realiza una suerte de recuerdo de sus mejores momentos en esta fabulosa semi-compilación en la que no se limita a hacer una simple limpieza del producto, sino que lo reestructura, lo vuelve a interpretar de una manera más íntima con su instrumento primordial, aflorando una especie de sentimiento primario, el verdadero espíritu de esas guitarras que colecciona ("probablemente tengo unas 40 guitarras y me siento culpable por no tocarlas lo suficiente").

"Music by..." no era realmente la primera incursión de Snuffy Walden en la compañía de Palo Alto, ya que dado el interés de la misma, había aparecido en los últimos años en alguna de las típicas compilaciones del sello, especialmente en las de temática navideña, como "A winter's solstice VI" (con la melancólica "Yesterday's rain"), "Celtic christmas III" ("Sails of Galway", de aspecto antiguo), "Celtic christmas IV", "The carols of christmas II", "A celtic christmas: Peace on Earth" o "A jazz christmas". "The ultimate mood collection" y "Here, there & everywhere - The songs of The Beatles" también acogieron melodías de este guitarrista, pero animada y sorprendente es su participación en "Summer solstice 2" ("Crusin' Negril"), así como la pieza de estupenda interpretación "Who lives up there" presente en el muy interesante "Sounds of Wood & Steel". "Music by... W.G. Snuffy Walden" es sin embargo toda una tentación, un trabajo completo y maravilloso que demuestra la valía de un guitarrista en plena forma que lamentablemente no contó con continuación en una Windham Hill a la baja, pudiendo publicar al menos la banda sonora de 'The west wing' en Varèse Sarabande. "Mi trabajo principal es apoyar la naturaleza dramática de la película y crear una atmósfera de credibilidad e implicación, para que el espectador pueda sumergirse en sus propias emociones sobre lo que está sucediendo en la pantalla. Si mi música te saca de la película, lo he hecho mal". Sin duda, a lo largo de su carrera, y parte de ella se disfruta en este disco, William Garrett Walden lo ha hecho de manera inmejorable.