25.7.21

MANNHEIM STEAMROLLER:
"Fresh aire 7"

La saga 'Fresh aire' de la Mannheim Steamroller se ha convertido con el tiempo en una de las más longevas de la historia de la música, con numerosas entregas (ocho volúmenes, además de otros temáticos -especialmente navideños-) desde su debut en 1975, aparte de recopilatorios, directos y cualquier ardid que se le pudiera ocurrir a Chip Davis, su creador y único artífice, con tal de mantener tensa la cuerda de la comercialidad (más de 40 millones de discos vendidos) de un producto muy americano, pero que también ha llegado fácilmente al resto del mundo, principalmente por el ímpetu que cobró en los 90 el estilo new age, al que se adhirió enseguida este rock clásico del siglo XVIII, denominación adoptada por Chip para su música. American Gramaphone Records fue el sello discográfico que el artista creó en 1974 tras la ceguera de varias compañías, que sólo veían la comercialidad en los productos típicos. Desde entonces, muchas décadas después, Davis continúa ofreciendo su lucrativa música desde Omaha (Nebraska), en el mismo centro de los Estados Unidos.

"Fresh aire" (1975) se benefició para su éxito de una conocida campaña de publicidad de la firma Old Home Bread, y enseguida Chip Davis y la Mannheim Steamroller giraron con gran éxito por todo el país. Cada dos años más o menos llegaba una nueva entrega de la saga: "Fresh aire II" (1977) no aportaba nada especial a la misma, fue una continuación honrosa pero de aprovechamiento, que tras el tratamiento barroco del primero adoptaba una temática general medieval. Más intrépido y acertado era "Toccata", el comienzo de "Fresh aire III" (1979), aunque el conjunto se diluía en un neoclasicismo de texturas fáciles con inspiración renacentista. No es que "Fresh aire 4" (1981) fuera un cambio notable de estilo, pero es cierto que el crossover cobraba vida por una especial agilidad instrumental que alcanzaba el siglo XX y las vanguardias, y sobre todo se beneficiaba de una composición de órdago, posiblemente la mejor de la saga hasta el momento, "Red wine". "Fresh aire V" (1983), a pesar de su comienzo vocal, olvidaba el barroquismo que siempre había envuelto la serie en favor de una épica muy del estilo de Andrew Powell, pero aunque se trataba de una buena audición, no es un trabajo imprescindible. Dedicado a los mitos de la antigua Grecia, "Fresh aire VI" (1986) era evolucionado, extraño y no muy afortunado salvo por el tema "Nephente". Inaugurada la década de los 90, y ya en una dinámica totalmente distinta a la del inicio del proyecto, "Fresh aire 7" es un gran trabajo, para el que Chip Davis se tomó un tiempo de reflexión muy adecuado. Publicado en 1990, evidentemente por American Gramaphone, esta séptima entrega está dedicada precisamente a ese número mágico y místico por excelencia, el 7, considerado un número de poder en todas las religiones (Dios descansó y sacralizó el séptimo día, por ejemplo, pero no podemos olvidar los 7 dioses japoneses de la fortuna, las 7 maravillas del mundo, los 7 colores del arco iris, las 7 colinas sobre las que se asentó Roma, los 7 mares de Eurafrasia, las 7 notas musicales, las 7 vidas del gato y muchas más situaciones sobre este número que simboliza la perfección). Por eso y por mucho más, "Fresh aire 7" no necesitaba otra temática que su numeración, sobre cuyo misterio se había preguntado Chip Davis -así lo cuenta en el libreto del álbum- desde que estaba en la universidad. Además, comparte con el público su facilidad para componer: "Mi música fluye a través de mí más rápido de lo que puedo pensar en ese momento y cuando la escucho al día siguiente, me sorprende lo que he compuesto". Este trabajo dedicado a su esposa Sharon y a sus padres, se inicia con "Conjuring the number 7", un comienzo inmejorable, una pieza acertada, vital, en la onda alegre a la que Chip nos tiene acostumbrados pero con un estupendo toque pegadizo y popular, popularidad acrecentada en España por su carácter de sintonía de los conocidos programas sobre caza y pesca titulados 'Jara y sedal'. La estructura del tema es de rondó dividido, cómo no, en 7 partes. Más formas clásicas, evidentemente barrocas, brindan un segundo recibimiento a esta séptima entrega, en la que el séptimo día de la semana, "Sunday the 7th day", no es un tema especial, aunque sí agradable. Sin abandonar las sensaciones clásicas, estas se acomodan en unos instantes de cierta relajación para conformar un tema tan impregnado de naturaleza como para titularse "The 7 colours of the rainbow", ese fenómeno tan bello como inalcanzable, el arco iris, en el que Chip encuentra una nueva inspiración acerca del número 7, y para el cual pensó (como Newton muchos años antes, siguiendo los pasos de Aristóteles) en la lógica de tratar de corresponder las frecuencias de los 7 colores con frecuencias de 7 notas, aunque no exactamente, para evitar momentos desafinados. "The 7 C's", dedicado a las notas musicales, es casi un tema puente, como si fuera una pista escondida. Al contrario, "The 7 metals of alchemy" es otra pieza bien construida y de recuerdo en un disco muy completo, que aborda con un cierto tono de magia el tema de la alquimia y la búsqueda de la piedra filosofal. El mundo de los chacras divide las siguientes siete piezas, y Davis lo cuenta así: "Los siete chakras se basan en una antigua filosofía oriental y se utilizan como descripción de siete centros psíquicos del deseo que se correlacionan con siete posiciones físicas del cuerpo. La palabra chakra proviene del sánscrito y significa círculo y movimiento. Representan líneas de fuerza". Cada chakra tiene su color y sus características, "Chakra 1" (rojo y pasional) es una corta intro que entra de nuevo en terrenos relajantes, acrecentados en "Chakra 2" (naranja, el de los juegos, deportes, la fantasía y el sexo), bonita melodía no exenta de un cierto misterio en un encuadre bastante dulcificado. Totalmente distinto es "Chakra 3" (amarillo, el de la fuerza), más popular, al estilo de música de cabecera de sitcom. "Chakra 4" (el del amor incondicional, de color verde) es la vuelta al estilo meditativo al modo de Chip Davis, que va acelerando sus intenciones conforme avanza la pieza. La música coral es la inspiración para "Chakra 5" (azul y artístico), en la que el compositor estadounidense utiliza una balada del poeta inglés Geoffrey Chaucer titulada 'Truth' -un cambio de rumbo interesante que demuestra que Chip puede ser un artista variado y sus discos muestras de música entretenida-, para continuar con el calmado "Chakra 6" (azul oscuro, que porta la capacidad para ver más allá) y finalizar con "Chakra 7" (morado, el de la serenidad y el intelecto), que parece estar imbuido en su comienzo de una electrónica de estilo retro, que sin embargo muta enseguida hacia unas sonoridades orientales algo forzadas pero, en definitiva, perfectamente válidas. No sería lo mismo este trabajo, sin embargo, si su auténtico final no fuera una composición gratamente recordada, un "The 7 stars of the big dipper" dedicado al asterismo llamado popularmente 'el cazo' o 'el carro', formado por las siete estrellas visibles de la Osa Mayor, que concluye el disco de manera bellísima, apabullante. Un gran número de músicos acompañan al protagonista del trabajo con sus violines, violas, violonchelos, arpa, bajos y trompas, así como las voces de The Cambridge Sisters, y sus habituales colaboradores Jackson Berkey al harpsichord (el clavecín de sonido barroco) y Bobby Jenkins al oboe y corno inglés. 

Mannheim es una ciudad alemana del estado de Baden-Wurtemberg, al suroeste del país, que tuvo una cierta vinculación con Wolfgang Amadeus Mozart. Así, el extraño nombre Mannheim Steamroller proviene de una técnica musical del siglo XVIII conocida como crescendo, que utilizaban especialmente los músicos de la denominada Escuela de Mannheim. De haber nacido dos siglos antes, tal vez Louis F. 'Chip' Davis Jr. hubiera pertenecido a ese movimiento musical, pues desde muy pequeño se encontró cómodo con el piano y la música en general, graduándose en la Escuela de Música de la Universidad de Michigan, especializado en fagot y percusión. Posteriormente, la historia le condujo a una gran popularidad gracias a su particular conjunción de música clásica y moderna en ese grupo compuesto por él mismo que no hay que olvidar, la Mannheim Steamroller, con el que ganó en 1991 el premio Grammy al mejor álbum de música new age por este "Fresh aire 7".

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10.7.21

JON MARK:
"The Standing Stones of Callanish"

Después de unos años en bandas efímeras y de acompañar a John Mayall y a Marianne Faithfull en sus discos y conciertos, el músico inglés Jon Mark formó el dúo de jazz/rock Mark-Almond junto a Johnny Almond, alcanzando una cierta repercusión en la década de los 70 a pesar de que en 1972​ perdiera parte del dedo anular de su mano izquierda en un accidente. Años después, era importante no confundir el nombre de este dúo con el del floreciente cantante y miembro del grupo Soft Cell, Marc Almond. Entrados los 80, Jon se trasladó a la lejana Nueva Zelanda, donde fundaría el sello White Cloud la década siguiente, dando a conocer una serie de músicas instrumentales, neoclásicas y étnicas muy distintas a las de sus inicios. El propio Mark, que había seguido grabando en solitario, tornó en un periodo de cinco años (desde la publicación de "The Lady and the Artist") su faceta de cantautor a la de músico instrumental basado inicialmente en la antigüedad de la humanidad, intereses que originaron una especie de trilogía que comprendía los títulos "The Standing Stones of Callanish" en 1988, "Land of Merlin" en 1992, y "Alhambra" ese mismo año, publicados por Kuckuck al ser todos ellos anteriores a White Cloud.

De nombre auténtico John Michael Burchell, ganador de un premio Grammy en 2003 por su grabación y producción de los monjes del monasterio de Sherab Ling en su álbum "Sacred Tibetan Chant", Jon Mark falleció en febrero de 2021 tras una larga y variada carrera. Una bellísima música ambiental melódica nos recibía muy acertadamente en el primero de los trabajos de la terna mencionada anteriormente, un "The Standing Stones of Callanish" de impecable presentación, diseño con tonos dorados repleto de imaginería celta y una fotografía en la portada de las piedras de Callanish, ese conjunto de menhires prehistóricos levantados por la temprana humanidad hace casi 5.000 años cerca de la actual población de Callanish en la isla de Lewis -Hébridas Exteriores escocesas-. ¿Qué gran conocimiento se esconde en estos centinelas silenciosos, envueltos en las brumas del tiempo, tallados por manos desconocidas?, se pregunta Jon, que habla sobradamente de esta construcción en el libreto del disco, unos megalitos erigidos hace milenios por los antiguos celtas, conocidos como el Stonehenge escocés, aunque mucho menos distinguidos que la construcción inglesa. Presa de antiguas leyendas celtas, el álbum es sólido en su sonido, no presenta apenas altibajos, su tono general es calmado, basado totalmente en capas de teclados Roland. Abriendo el disco, "Chloe's Day" se mantiene en su melodía inalterable durante más de 6 placenteros minutos, idílico estilo ambiental que continúa con la adoración a esa 'tierra bendita' en "Blessed Land", y que continúa con apacibles variaciones en "The Eye of the Hawk", con celestiales reflejos épicos. "Mist on the Morning Hills" no difiere en demasía de la primera muestra del disco salvo por su tono algo más alegre, mientras que "The Standing Stones of Callanish", la pieza que da título al álbum, adopta un motivo atmosférico algo más misterioso. El trabajo se mueve en todo momento por terrenos suaves, muy agradables y bien construidos por el teclista inglés, que por momentos se acerca a los intentos meditativos de otro grande de Kuckuck como Deuter, especialmente en intentos aflautados como "The Raven in the Oak Tree". La obra presenta una clara continuidad mística hasta su final, envolturas de sensación celestial, vaporosa, con retazos de antigüedad, alzando la voz de nuevo de manera más épica en los momentos finales, "Journey Across the Crystal Sea" y esa despedida que no es sino un hasta luego titulada "Remembering". "The Standing Stones of Callanish" es un recuerdo y tributo de Jon Mark a sus raíces celtas, algo que más adelante intentará engrandecer en uno de sus trabajos más recordados para White Cloud, "A Celtic Story", un buen álbum que, sin embargo, no llega al nivel de afecto y de atracción de esta obra instrumental primeriza, en la que enfocó sus ideas básicas con gran fortuna y sobrado encanto. 

Intentando mantener la esencia ambientalmente esotérica de "The Standing Stones of Callanish", Jon Mark continúo en esa misma línea cuatro años después con dos trabajos rezumantes de misterio antiguo, "Land of Merlin" como homenaje artúrico y "Alhambra" en una visita muy especial a la cultura árabe que floreció en el sur de España. Más interesante que el dedicado al poderoso mago es el inspirado por el gran complejo granadino, en el que además se hace acompañar de una mayor gama de instrumentación. Y si algo no se le puede negar a los álbumes de Jon Mark en solitario es la preocupación constante por que el diseño gráfico acompañe perfectamente a la música, que cada trabajo explique perfectamente su origen tanto en sus fotografías o ilustraciones, como en la conveniente explicación de su inspiración en el interior de la obra. Es precisamente el caso de "Alhambra", un CD de cuidado folleto, aunque su agradable intento arabizante se sumerja en sonoridades fáciles, así como imitaciones de estilos españoles e impresionistas (Ravel, por ejemplo). El tiempo ha mantenido con mayor frescura las atmósferas celtas primigenias de "The Standing Stones of Callanish", el debut en la instrumentalidad del siempre interesante Jon Mark.

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30.6.21

WILLIAM ORBIT:
"Pieces in a modern style"

En 1995 William Orbit había desempeñado multitud de funciones laborales, tanto dentro como fuera del negocio musical. Desde 1980 fue un artista visual junto a Hamish Bowles, editor de la revista Vogue en Estados Unidos. Tras una serie de álbumes de escasa repercusión, Orbit creó Guerilla Studios, estudio independiente donde inició su eficaz labor como productor. Ubicado en diferentes lugares durante los años, fue en el norte de Londres, en Crouch End, donde William grabó las primeras y más importantes entregas de su serie Strange Cargo (la trilogía inicial porta momentos de gran fulgor), así como la versión primaria de "Pieces in a modern style", una reconstrucción muy de finales de siglo de piezas clásicas publicada bajo el nombre de The Electric Chamber en 1995 por su propio sello, N-GRAM Recordings- Eso fue tres años antes de la edición de una de sus producciones más reconocidas, la del "Ray of light" de Madonna, con la que el incansable William ganó dos premios Grammy y elevó definitivamente su cotización. 

No fue sencilla sin embargo la comercialización del primario "Pieces in a modern style", varias cosas pasaron desde que Orbit comenzara a dar forma a su universo de clásicos en clave de ambiente, hasta que vio la definitiva publicación -en tirada masiva y correcta distribución- de sus ideas. Lo principal, la marcha atrás del proyecto seminal, que había sido ya publicado en 1995 por el mencionado grupo ficticio The Electric Chamber, por la negativa del compositor estonio Arvo Pärt a que sus piezas "Cantus" y "Fratres" fueran utilizadas por el productor británico, tanto en el disco como en el concierto de presentación. Retirado de la circulación, tuvo que pasar un lustro para escuchar la completa edición definitiva, pues aunque Maverick -el sello fundado por Madonna- publicara una edición promocional del álbum en 1999, fue WEA Records la que se encargó definitivamente de su puesta a la venta en el año 2000, con cambios significativos en su listado de pistas. ¿Qué diferenciaba este disco de aquellos terribles trabajos de versiones de sintetizador que poblaron el mercado, con nulo sentimiento, durante la década de los 90? Esencialmente, la calidad del ejecutante, que aseguraba un tipo de sonido a la altura de las circunstancias, y una serie de tratamientos distinguidos y plenos de interés, desde el respeto y la admiración, puesto que la jugada de versionar clásicos puede resultar ruinosa si no se trata adecuadamente (puede acabar sonando igual que el original, sin aportar nada especial o ser una excesiva deconstrucción sin relación alguna). Orbit consigue imprimir un sello añejo a sus creaciones, y en este caso a sus recreaciones, sinfonías ambientales de producción impoluta, algunas de las piezas más memorables de los siglos XIX y XX que fueron situadas de golpe entre el ambient de Brian Eno y lo retro de las deliciosas versiones de sintetizador Moog de Tomita. Para la notación, contó con la ayuda de Damian le Gassick ("él puede leer música pero yo no"). William mantuvo al "Adagio for strings" de Samuel Barber como recibimiento del disco en las dos ediciones del mismo, y de hecho se trató de su primer sencillo, aunque la versión radiodifundida y con videoclip fue el remix realizado por el DJ holandés Ferry Corsten. Barber podría estar orgulloso de la emoción con la que Orbit inunda su inmortal pieza, los acordes se elevan hacia las alturas y el tratamiento sintético envuelve al oyente con elegancia, mitigando un poco la sensación de escuchar la denominada como 'obra clásica más triste'. Otra de las piezas originales es "Ogive Number 1" de Erik Satie, aunque se trata realmente de la versión de la segunda de estas ojivas que el francés publicó originalmente en 1889. Acorde con su medievalismo inspirado en el canto eclesiástico, el arreglo es más bien efectista, buscando posiblemente la sonoridad de un órgano en la melodía principal. Entre medio, el productor inglés rescató para la nueva edición una pieza para piano (o arpa) del ya fallecido en esa época John Cage, "In a landscape". La adaptación libre encandila y alegra el espíritu tras la sublime tristeza de Barber. Otras tres son las piezas que se mantienen de la compilación original: "Pavane pour une infante defunte" es una extraordinaria partitura para piano de Maurice Ravel con la que William juega desde los ritmos y las texturas -aunque suaviza su aporte rítmico en la segunda edición-, abordando una deconstrucción que supuso el segundo sencillo del álbum, en una versión recortada -esta vez realizada por el propio Orbit- bastante más urbana en las percusiones que la del álbum, con su correspondiente videoclip. Las otras dos composiciones que derivaban de 5 años atrás son las dos muestras en el disco del polaco Henryk Górecki, las etéreas y muy disfrutables en su enfermiza belleza "Piece in the old style 1" y "Piece in the old style 3". Otras cinco fueron las novedades del álbum: "Cavalleria rusticana" es la obra más conocida del italiano Pietro Mascagni, un pequeño deleite escrito para ópera, que Orbit conduce hacia un terreno retro muy vaporoso, con un cierto toque circense. No queda muy lejos la juguetona melodía de "L'inverno" de otro italiano, Antonio Vivaldi, aunque tal vez el ser tan conocido le resta algo de interés. Dos compositores clásicos alemanes restan por comentar, de Georg Friedrich Händel -nacionalizado inglés, realmente- es "Xerxes", tratado de manera más ambiental, mientras que dos son los cortes rescatados de la mente de Ludwig van Beethoven, un modernizado "Triple concerto" y el cuarteto de cuerda "Opus 132", que cierra el álbum de manera relajante y atmosférica. No hay que olvidarse de aquellas partituras que Arvo Pärt impidió, afortunadamente a destiempo, que fueran comercializadas, la atrevida modernización de "Cantus" y especialmente "Fratres", que mantiene en vilo con su profundo y misterioso tono sagrado que anticipa futuras propuestas post minimalistas. La versión de esta pieza inmortal es maravillosa, intensa, descarnada. En "Pieces in a modern style", Orbit exploraba un sonido más liquido que en otros de sus proyectos, que luego trasladaría a trabajos como "Hello waveforms" o "Strange cargo 4", Orbit sabía con qué material estaba tratando, deconstruye las piezas con un ágil tono electrónico, ambiental en la mayoría de las ocasiones, e introduce en las mismas un alto componente respetuoso y un tono melancólico que no portaba, por ejemplo, la versión que pocos años después hizo DJ Tiesto del "Adagio" de Barber. Algunos críticos definieron este trabajo como "un asombroso y extraño puente entre el pop y la música clásica", y Orbit no engañaba en el titulo, lo que aquí podemos disfrutar son piezas clásicas en un estilo moderno, posiblemente inaceptables en su mayoría bajo el punto de vista académico, pero poseedoras algunas de ellas de auténticos encantamientos auditivos en bellos requiebros atmosféricos, de aspecto sintético y retro en ocasiones, que pueden atraer a nuevos oyentes al mundo clásico o al menos hacia una instrumentalidad no necesariamente orientada a las pistas de baile o a las corrientes más tristemente machaconas de la música moderna. De hecho, la dificultad de que los jóvenes se acerquen a la música clásica hace de obras como estas un meritorio intento de primaria incursión en unas melodías que, aunque modernizadas, dejan constancia del acerbo milenario a uno y otro lado del planeta. No es tan fácil de observar el guiño que efectúa Orbit con esa palabra, moderno, pues su propia definición ha quedado posiblemente obsoleta, como el aspecto buscado en algunas de las versiones, vestigios añorantes de una visión retrofuturista.

Difícilmente se puede obviar el dato de que en casa del pequeño William se escuchaba música clásica y contemporánea, esos grandes compositores que se podían apreciar en ciertos matices de sus trabajos de laboratorio, pulcros y avanzados, y que acabaron conformando esta fusión tan efectiva como para alcanzar el puesto número 2 en el Reino Unido y ser nominado al premio Grammy en la confusa categoría 'Mejor álbum de pop instrumental'. El éxito de este trabajo, cuya publicación fue alentada por el visionario director de Warner Music UK Rob Dickins, llevó a que 10 años después, en 2010, apareciera bajo el auspicio del sello Decca, una continuación en el mismo estilo con partituras de Camille Saint-Saëns, William Elgar, Edvard Grieg, Vaughan Williams, Gabriel Fauré, Tchaikovsky o Johann Sebastian Bach entre otros, titulada "Pieces in a modern style 2", cuyo single de lanzamiento fue "Nimrod", de Elgar. Además, Deutsche Grammophon publicó ese mismo año 2000 la versión del disco con los temas originales interpretados por importantes orquestas y con nombres como Yo-Yo Ma, Gidon Kremer o Anne Sophie Mutter. "Este proyecto surgió como un divertimento, algo muy gratificante; también como unas vacaciones, porque es un respiro a toda la música dance que había hecho", dijo William Orbit al respecto de este álbum, antes de añadir sobre su larga espera: "Creo que este álbum tiene muchas más posibilidades ahora que hace cinco años". Aunque la ausencia de "Fratres" le restó uno de los grandes motivos para su adquisición, la escucha de este disco no es en ningún caso una pérdida de tiempo, sino más bien una decisión acertada y relajante para escuchar grandes piezas clásicas en un estilo respetuoso y, cómo no, 'moderno'.

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19.6.21

VARIOS ARTISTAS:
"Piano one"

La presentación oficial del sello Private Music se dio en 1985, con una caja de cuatro casetes con sus primeras referencias, las de Sanford Ponder ("Etosha"), Patrick O'Hearn ("Ancient dreams"), Jerry Goodman ("On the future of aviation") y la recopilación "Piano one". Enseguida llegarían nuevas obras de Eddie Jobson, Lucia Hwong, Leo Kottke o Yanni, pero en aquellos comienzos Peter Baumann, el famoso creador del sello, había grabado varios videoclips de esos trabajos pioneros, que aparte de poder verse en los canales interesados, se editaron en 1986 en forma de VHS en los Estados Unidos y como Laserdisc únicamente en Japón. Los vídeos musicales incluídos fueron el legendario "On the future of aviation" de Jerry Goodman, "Beauty in darkness" de Patrick O'Hearn, "Memories of Vienna" de Eddie Jobson, "Water garden" de Sanford Ponder y "Dragon dance" de Lucia Hwong. Private Music era una compañía tecnológica, y el mundo del videoclip se adecuaba especialmente a su propuesta avanzada, un AOR de etiqueta impulsado por el auge del formato compact disc. Sin embargo, y jugando bien sus bazas, Baumann también dejó sitio en su catálogo al instrumento más carismático del mundo acústico, el piano, y su antes mencionada cuarta referencia así lo atestiguaba, una compilación de temas de cuatro artistas, de los que sólo uno iba a grabar un nuevo plástico para el sello de Baumann.

El libreto del álbum destaca al piano como el mayor de los inventos musicales: "una orquesta en sí misma, de insuperable profundidad emocional y flexibilidad expresiva. No hay estilo de música que no se haya tocado en sus teclas. No hay rincón del mundo donde no se haya escuchado. Trueno, percusivo, audaz, introspectivo, conmovedor, curioso, inquisitivo, peculiar... el piano lo ha sido todo para todos los oyentes; la voz perfecta de compositores tan diferentes como Beethoven y Satie, Gershwin y Mozart, Franz Liszt y Jerry Lee Lewis". No son ellos los que aquí aparecían, evidentemente, y si algo se observaba en cuanto a estos protagonistas del disco, los pianistas, era la variedad de sus procedencias, tanto musicales como geográficas, el rock progresivo del inglés Eddie Jobson, el jazz del estadounidense Eric Watson y del alemán Joachim Kuhn (que comenzó en el campo clásico), y el eclecticismo de Ryuichi Sakamoto, japonés que ha unificado sin pudor en su mundo musical lo étnico, lo electrónico y lo clásico. Comienza el álbum con "New feelings", una pieza tranquila y soñadora, de un Joachim Kuhn que repite al final de la cara A del plástico con "Housewife's song", un tema paisajístico, más movido y tarareable que el que la abría. Ryuichi Sakamoto, tal vez por mediación de un Baumann que, inevitablemente, tenía que vender discos, rescata una de las más grandes piezas para cine de la época, ese "Merry christmas Mr. Lawrence" que fue más allá de la película británica-japonesa de igual título en la que venía recogida, para convertirse en un pequeño hito de la instrumentalidad melódica de los 80 (pocos han visto la película y muchos han escuchado la canción) y por supuesto en el gran recuerdo popular de su autor, cuya vitalidad artística le ha llevado, mucho antes y mucho después, por otros caminos más audaces, aunque por lo general no haya conectado tanto con el público como con esta acertada tonada que, en el conjunto de todo el soundtrack, obtuvo el premio Bafta a mejor banda sonora en 1984. En la cara B (o en séptima posición en el CD), Sakamoto aporta una segunda pieza, "Last regrets", no excesivamente elaborada pero que hay que escuchar, y que va alzando poco a poco la cara de este segundo lado, que se afianza en su final con la tercera pieza firmada por Eddie Jobson. Precisamente el británico (que aporta tres composiciones al disco) fue el músico que iba a hipnotizar al público con el siguiente álbum prensado por Private Music, el imprescindible "Theme of secrets". Los amantes del rock progresivo admiran sin duda la discografía de este multiartista, sus grandes momentos en Roxy Music, UK, King Crimson, Yes, Jethro Tull, Frank Zappa y Curved Air, pero los seguidores de la new age o de una música más tranquila y sofisticada, recuerdan especialmente "Theme of secrets" como el refugio especial de la faceta más intimista de Jobson. Mientras tanto, "Piano one" fue su vehículo de avanzadilla en la compañía, y para él aporta tres composiciones: "The dark room" (tema transparente y cristalino, muy en la onda de "Theme of secrets" aunque más a cielo abierto, sin el misterioso velo que cubría aquel maravilloso trabajo), "Balooning over Texas" (que aunque no sea de lo mejor de Jobson, otorga un poco de movimiento a la segunda parte del disco, con algo de jazz en su interior) y "Disturbance in Vienna" (anticipando el tema que estará presente en su propio disco para Private). Por último mencionar que, abriendo la cara B sin hacer mucho ruido, sonaba la pieza de Eric Watson "Puppet flower", un solo recogido, tal vez demasiado para el espíritu de Private, por lo que no es un tema a recordar en un conjunto, eso sí, bastante interesante y asequible.

Tendencias avanzadas, novedosas, que circulaban entre el piano o teclados planeadores, electrónicas palpitantes, violines que iban más allá de su papel de acompañamiento para convertirse en instrumentos rugientes, guitarras atmosféricas... Las músicas privadas escapaban de los estereotipos y jugaban un papel primordial en una serie de trabajos únicos y frescos, distintos y vivificantes, flamantes y descarados. Entre una serie de propuestas en las que la electrónica tomaba una clara preponderancia, el más grande de los instrumentos acústicos se coló decididamente en el título y desarrollo de un trabajo conjunto entre cuatro músicos, un recopilatorio de temas inéditos (al menos en sus versiones pianísticas) titulado "Piano one", que contó con una segunda entrega de lógico título "Piano two" en 1987, de nuevo formada por cuatro nombres, algo más conocidos que los del primer volumen: repite Joachim Kuhn en uno de los temas, y se incorporan Michael Riesman (famoso por sus colaboraciones con Philip Glass, y de hecho el solo de piano que propone es obra de Glass, un aria de su ópera "Satyagraha") y los afamados Yanni y Suzanne Ciani, que aportan tres piezas cada uno, alguna ya conocida ("Nostalgia", presente en el trabajo de Yanni "Keys to imagination", y las muy recordadas de Suzanne "The Fifth Wave: Water Lullaby" -de "Seven waves"- y "The velocity of love" -del trabajo homónimo-) y otras que iban a aparecer, en sus versiones completas, en futuros álbumes de estos dos artistas superventas, que mantuvieron su estancia en Private Music hasta comienzos de la década de los 90. 

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7.6.21

KITARO:
"Mandala"

Se suele afirmar que en Japón el tiempo transcurre de modo distinto que en occidente, y esa cualidad exótica también puede afectar a la manera nipona de hacer música. En la obra del japonés Kitaro se refleja la dualidad de lo eterno y lo que se evapora en un instante, esos 40 o 50 minutos de música que en ocasiones, depende de la disposición del oyente, lo mismo pueden pasar desapercibidos como ser considerados como sones celestiales. Eso sí, él mismo se ha encargado de matizar en alguna ocasión que su música no es oriental u occidental, sino que más bien es universal. Tras sus inconmensurables inicios, el camino de la nueva etapa del músico en los años 90 se asomaba perfectamente al término medio entre los dos extremos del mundo, y hacia sones bien producidos y de sobrada agradabilidad cuyo consumo rápido no deja de evocar el respeto por lo bien hecho, y el agradecimiento por mantener la cara bien alta en la consecución de un sonido único y maravilloso, emblema e icono de la música new age desde finales de los años 70.

Después de muchos años editando sus discos en Canyon Records y unos pocos en Geffen Records, Kitaro cambió de compañía en los 90, convencido por un manager y productor japonés afincado en los Estados Unidos, Eiichi Naito. Publicado en agosto de 1994, "Mandala" fue el primer álbum de estudio de Kitaro para el sello Domo, creado por Naito en norteamérica en 1993, un sello del que Kitaro ha sido insignia durante los años ("desde que comenzamos a trabajar juntos, Domo Records y yo mantenemos una buena relación laboral, porque ambos tenemos el mismo propósito: nuestro futuro espiritual"). Polydor se encargó de la distribución y publicación en algunos países. De intenciones espirituales y relajantes, y utilizados especialmente por el budismo y el hinduismo, los mandalas son dibujos simbólicos (representaciones del espacio sagrado) que presentan una forma circular (mandala significa círculo en sánscrito) inscrita en otra cuadrangular. Kitaro se muestra contundente en la obertura de la obra, de título también "Mandala", cuando unos remolinos sinuosos y efectos de sonido de un misterio cercano al de algunos álbumes de su admirado Klaus Schulze, dan paso a la definitiva entrada en escena de una furiosa guitarra eléctrica más característica del rock sinfónico que de la new age meditativa. Pero Kitaro se ha mostrado siempre contundente en su trabajo, sabiendo llevar a su terreno cualquier influencia, interés y conexión. Por ejemplo, la de "Dance of Sarasvati" con Sudamérica, merced a la aparición de una flauta que suena muy andina, aunque Sarasvati sea la diosa hindú del conocimiento. A pesar de su estilo directo, bien construido y perfectamente audible, hay que afirmar que se antoja un tanto innecesario y fuera de lugar, no es este un tema original, ni vibrante, Kitaro se aleja de sus referentes de manera un tanto peligrosa (el culmen será su disco navideño, "Peace on Earth"), pero al menos está interpretado con respeto y pasión. Antes de ella, "Planet" es, este sí, un espléndido ambiente casual, muy agradable y característico del sintesista de Toyohashi, culminado por un sutil y caprichoso burbujeo. La parte central del disco es también altamente interesante: en ella "Scope" es un nuevo ambiente cósmico, cercano a los de su primera época salvo por la aportación importante, de nuevo, de la guitarra. Aunque no llega a aquellos niveles de emoción, es sugerente y adictivo. Y a continuación, una contundente percusión apoya al ambiente, sinfónico de nuevo, de "Chant from the heart" que de repente se crece con la inclusión de una voraz melodía épica. El interés desciende de nuevo con la calmada "Crystal tears" y "Winds of youth", donde el viaje parece rendir tributo a los indios americanos, por mor de un sonido de flautas y percusión de lluvia muy característicos; solo al final aparece el inconfundible toque oriental. Afortunadamente, para cerrar el álbum Masanori Takahashi (es decir, Kitaro) recurre nuevamente a una melodia con su sello personal, "Kokoro", tema destacado en la promoción de álbum, con un cierto sabor folclórico japonés, y esa guitarra que occidentaliza (de manera un tanto ruidosa pero bien construida, basada en rock o blues) gran parte del trabajo, y que el propio Kitaro sorprende cuando la utiliza pasionalmente en sus directos. Kitaro colaboró en 1992 en el álbum "Scenes" del ex-guitarrista de Megadeth Marty Friedman, y la sonoridad de esas guitarras en canciones como "Valley of eternity" tuvo que convencer al japonés para endurecer un tanto su sonido. A pesar de lo, en ocasiones, artificial de los teclados y la tecnología, Kitaro siempre ha presentado un enorme respeto por las tradiciones y folclore de cualquier rincón de la Tierra: "He viajado por muchos países y colecciono muchos instrumentos musicales tradicionales. Y todavía estoy tratando de tocar y hacer hermosos sonidos de estos instrumentos. Como cada instrumento tiene una profunda influencia cultural en cada país, es un proceso atemporal para mí". En "Mandala", este multiinstrumentista se rodea de percusiones (Jonathan Goldman, Keiko Matsubara, la tabla de Ty Burhoe, los tambores de Yoshi Shimada), guitarras (Angus Clark, John DeFaria), flautas (Nawang Khechog, o la shakuhachi de Seiho Miyazaki) y la biwa (una especie de laúd japonés, interpretado por Ryusuje Seto).

Luminoso y vibrante por naturaleza desde que quiso imitar a su modo la electrónica de su ídolo Klaus Schulze o de bandas como Tangerine Dream, algunas atmósferas de Kitaro dibujan teatros de luz negra, en los que las secuencias repetitivas son explosiones de luz y cada melodía una sobreexposición luminosa que destaca en el oscuro remolino cósmico. Aunque "Mandala" no apabulla, mantiene un intento de codearse con la grandiosidad de su primera época que hay, cuanto menos, que agradecer. Es además un amago de retorno de este músico inconfundible al rock sinfónico de su antiguo grupo, la Far East Family Band, especialmente en su recuperación de la guitarra eléctrica. buscando un mayor acercamiento a occidente que le otorgó en aquella época aún más popularidad y respeto mundial, así como nominaciones y premios. "Mandala", por ejemplo, estuvo nominado al premio Grammy en la categoría new age, que como en las ocasiones anteriores ("The field" y "Dream") y otras muchas posteriores (a excepción del que consiguió con "Thinking of you" en 2001), no ganó, llevándose ese año el galardón Paul Winter con "Prayer for the wild things". 

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27.5.21

IDAN RAICHEL:
"At the edge of the beginning"

Si algo caracteriza a la música del israelí Idan Raichel en la ultima década es una total apertura al mundo. Camuflados entre sones hebreos modernos, sus populosas canciones se han sabido nutrir indistintamente de ritmos africanos (de Etiopía y Yemen, principalmente), de esencias árabes o incluso del son cubano, y sus colaboraciones fuera de Israel han pasado por nombres como Alicia Keys, Patrick Bruel, Adriano Celentano o la portuguesa Ana Moura. Además, el acercamiento al pop más comercial hace definitivamente de este artista un firme candidato a llegar a muchos hogares, a hacer disfrutar al público y a triunfar en cualquier sitio con su música sencilla y cercana. Habiendo concebido The Idan Raichel Project como un plan colaborativo de un gran número de artistas bajo sus ideas y producción, el final del mismo le permitió concentrarse en unas ideas más básicas, tiñendo de melancolía a su obra con la especial ayuda del piano, y en un momento de bendita madurez creó una colección de canciones auténtica, que conformó su trabajo "At the edge of the beginning", publicado por Cumbancha en enero 2016, tras una primera edición un mes antes en Israel ('Ha'yad ha'chama').

Cerrando un ciclo y abriendo uno nuevo, Idan había comenzado a trabajar con sus nuevas ideas en el estudio de casa de su padres, donde había concebido años atrás los primeros éxitos del Project, y él habla de este nuevo trabajo como de una obra reflexiva sobre la vida y la familia (especialmente su pareja, Damaris Duval, y sus dos hijas juntos). Este sentimiento se plasma profundamente en el disco, que si bien no es excesivamente largo -sus once composiciones abarcan poco más de media hora-, acaba llenando y reconfortando totalmente. Con "Le'chakot (To wait)" Idan vuela libre con el piano (aunque la pieza incluye también contrabajo y violonchelo, bien podría haber sido una muestra de piano en solitario) en un instrumental delicado en el que eleva sus prestaciones como compositor e intérprete, un comienzo magistral que deriva en una canción sugerente, "Ha'yad ha'chama (The warm hand)", una historia pequeña y de apariencia privada (está inspirada en el nacimiento de la segunda hija del artista) que enamora sin necesidad de los esquemas habituales del pop. De hecho, no hay batería ni percusión, sólo piano, contrabajo, saxo, trompeta y voz. Más directa al éxito popular se orienta "Be'yeshimon (In the wilderness)", donde encuentra acomodo el Idan Raichel que recuerda más al Project, con más variedad de instrumentación, incluyendo una suave percusión, guitarra y una gran línea de bajo. En el vaivén del álbum, el sosiego de las piezas más reposadas se combina con otras más movidas. Entre las primeras tenemos "Mabitim ba'yare'ach (Looking at the moon)" -poesía en hebreo para todos los públicos-, "Ei boded (Lonely island)" o "Yalda shelli ktana (Little girl of mine)" -con las que Idan hace de la delicadeza su bandera, aunque en su sencillez parezcan bocetos, cuadernos de notas-. Por otro lado, piezas rítmicas como "Ma'agalim (Circles)" -ejemplo de sencillo con vistas a la comercialidad en Israel, con un espléndido acordeón-, "Delet mistovevet (Revolving door)" -otra canción que entra directa sin necesidad de poderío instrumental- o "Be'camesh shniyot (In five seconds)" -atención a los metales y a utensilios inusuales como el baglamá (instrumento turco de cuerda) o el sintir (laúd árabe de tres cuerdas) en esta canción que, como otras del álbum, es un sencillo en potencia, y que estaba inspirada por el militar israelí Emmanuel Moreno, caído en combate en la Segunda Guerra del Libano-. Hay que acabar destacando dos de los mejores temas del disco, uno cantado por la israelí Dana Zalah, hurgando de nuevo en la melancolía, fantástica canción titulada "Ga'agua (Longing)", y un cierre inmejorable que parece un disfrute privado entre Idan y la notas que emanan de sus instrumentos, "Lifney she'yigamer (Before it ends)" -la canción favorita de Idan en su álbum, la que recoge más claramente lo que quería transmitir con él-, final de un trabajo que no tiene desperdicio alguno y que volvió a ser un gran éxito, especialmente en Israel. El disco, que en su versión israelí se tituló realmente, traducido, algo así como 'The warm hand' (la mano cálida, título de la segunda de las canciones del álbum y una de las más emocionantes), contó también con una edición exclusivamente instrumental, y Idan Raichel comenzó una gira intimista en la que el verdadero protagonista era él con su piano.

'Al borde del comienzo' es el oportuno título del primer trabajo de Idan Raichel en solitario, y más allá de cualquier conflicto que lamentablemente tiña de rojo a su país (él aboga por 'construir puentes' para intentar vivir en paz algún día), lo que queda definitivamente del nombre de Idan Raichel es su música, ahí es donde hay que concentrar la audición, en trabajos sensibles como "At the edge of the beginning", donde Idan se desmarca como un poeta del dolor y del renacer, de la vida y de la muerte, un festival del espíritu en el que el Raichel más intimo también presta atención a momentos animados. De este modo, Idan Raichel se rebela contra los pensamientos establecidos sobre su música en el Project, y se abre totalmente a un nuevo mundo de sonidos, sin dejar de sonar a él mismo, lo que siguió consiguiendo con sus siguientes canciones, por ejemplo en el trabajo de 2019, también publicado internacionalmente por Cumbancha, "And if you will come to me", que contenía la canción en español (cantada por la cubana Danay Suárez) "La eternidad que se perdió".

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16.5.21

VARIOS ARTISTAS:
·"Lágrimas de arpa y luna"

El boom de la música new age en España (en todo Occidente, realmente) afectó a muchos tipos de música que, inevitablemente, se asociaron a la filosofía musical que huía de los arquetipos habituales y hurgaba por igual en la tradición y en la modernidad, con enfoques por lo general de una elevada espiritualidad. Fue común en esta época la aparición de recopilaciones que, con el cebo de tres o cuatro nombres importantes o piezas emblemáticas, completaban el producto con bastantes canciones de relleno. Tampoco eran malas propuestas esas "Relax", "Al otro lado", "Paraísos", "Entre hoy y mañana", "Pure Moods" o "No Stress", donde se podían hacer algunos descubrimientos importantes entre la gran cantidad de producciones de la época, pero tal vez pretendían abarcar demasiado, a la par de tener unas expectativas comerciales bastante altas. Algo antes, en momentos de cierto desconcierto, otras compilaciones supieron dar con la tecla y ofrecieron las referencias más importantes de catálogos que empezaban a llegar a nuestro país, surgiendo así "Música sin fronteras" (de GASA) o "Música para desaparecer dentro" (de Sonifolk), dos recopilatorios de sobrada calidad y un número ingente de joyas en su interior. De parecida factura al segundo, y con otro poético título, "Lágrimas de arpa y luna" fue en 1995 la segunda referencia del sello Resistencia.

Este tipo de discos recopilatorios han sido siempre una manera más de conocer (y reconocer) a una serie de artistas que posiblemente se nos podrían llegar a escapar en sus discos particulares, y no necesariamente por falta de calidad, sino más bien por casualidad, mala distribución, o por no poder abarcar una producción que, de repente y visto el éxito del momento, dio un salto importante en número. Lo que hay que destacar de "Lágrimas de arpa y luna" es que no hacía concesiones a la pura comercialidad, sino que todos sus ingredientes pertenecen al tipo de música que engalanaba Ediciones Resistencia, esas que conocimos en aquellos momentos como Nuevas Músicas, sin otro tipo de aderezos de renombre o carácter superventas. Otra hermosa portada, como la de las otras compilaciones de calidad antes mencionadas, evocaba además músicas conectadas con la naturaleza y la espiritualidad. Nada mejor que iniciar el recorrido, por tanto, que con el neozelandés David Antony Clark y su concepción natural y neoprimitiva del sonido ("Flight of the Giant Eagle" es una de las piezas importantes de su primer trabajo, "Terra Inhabitata"). También proveniente del sello White Cloud, David Downes es de esos desconocidos que no desentonan en la compilación, por medio de una canción, "Ana Faerina", presa de un encanto antiguo. Chip Davis es otro de los destacados en este primer CD, gracias al enorme "Red Wine", todo un himno contenido en el cuarto volumen de la saga 'Fresh Air' de su exitosa banda, la Mannheim Steamroller, que repite algo más adelante con "Nepenthe", otra estupenda composición para teclado y orquesta incluida en el sexto volumen de la populosa serie. Más músicos de renombre se agolpan en este disco 1, tales como Paul Machlis (grandioso su álbum "The Magic Horse", al que pertenece el tema "Patshiva", exponente de su collage de influencias), Jon Serrie (aunque el ambiente espacial de "Remembrance" no sea de los más recordados del norteamericano) o el excelso violinista escocés Alasdair Fraser (que unió fuerzas en 1991 con el percusionista Tommy Hayes en el disco de este último "An Rás", del que escuchamos "Nathaniel Gow's Lament for his Brother"), si bien encontramos también ilustres desconocidos como Eko (el guitarrista John O'Connor, con "Mirage à Trois"), Áine Minogue (arpista irlandesa, que se muestra pura y sensible en "Rí na Sidhóga") o Khenany (grupo de raíces andinas que incluye al guitarrista Brian Keane, y que participa con la pieza "Bonita"). Muy especial es el comienzo del disco 2, por tratarse de un grupo español que nació con Resistencia (fue la primera referencia del sello, dejando el segundo lugar a esta recopilación), esa conjunción de Jesús Vela y Manuel Sutil que se hizo llamar V.S. Unión y que sorprendió al público con la excelencia de su álbum "Zureo", del que queda aquí recogido "La mar por medio". Esta segunda tanda presentaba en general nombres más conocidos en aquel lejano presente de las nuevas músicas, como Chris Spheeris (tanto junto a Paul Voudouris -¿quién no recuerda su aclamado disco "Enchantment" en el que venía recogida la luminosa "Pura vida"?- como en solitario -"Aria" abría su excepcional trabajo "Culture"-), Jon Mark (un velo celta nos envuelve en "So Fair a Land"), Craig Chaquico (impactante guitarrista de herencia roquera que nos envuelve con la sensual "Gypsy Nights"), David Darling (chelista de renombre del que escuchamos "Sweet River"), Deuter (que presenta dos canciones, destacando especialmente esa delicia llamada "Ari", incluida en el disco "Henon" de este artista tan espiritual) o un Peter Kater que ya estaba en el primer disco junto a su esposa Chris White en el proyecto Flesh and Bone, y del que escuchamos en el segundo una pequeña muestra, titulada "The Death of Dull Knife", de la banda sonora para la serie documental televisiva "How the West Was Lost", que compuso junto al flautista navajo Carlos Nakai. El lado femenino lo cubren Savourna Stevenson (otra arpista escocesa que ofrecía aquí el tema de Echlin Ó Catháin "Aeolian"), Radhika Miller (una primorosa flautista norteamericana de la que escuchamos "I Once Loved a Lass") y el conjunto finlandés Niekku (que representa el folclore del norte de Europa por medio de la sugerente "Aamulla Varhain"), pero es necesario detenerse, en aquellos años de fragor de las guitarras flamencas, en el dúo de músicos de origen iraní Shahin & Sepehr, que despliegan la magia de las cuerdas en "One Thousand and One Nights", así como en los fantasiosos y aventureros sones de "The Enduring Story", que formaba parte de "Songs from Albion", esa especie de soundtrack de las novelas de Stephen Lawhead compuesto por el teclista estadounidense Jeff Johnson y el flautista irlandés Brian Dunning, antiguo miembro de Nightnoise. Destacable es también, y se trataba de algo habitual en Resistencia, el esmerado diseño gráfico del producto y la cantidad de información que le acompañaba.

En la declaración de intenciones que presenta el cuadernillo interior, se advierte que no se trata este disco "de una de tantas publicaciones oportunistas, sino que pretende ir más allá de lo trillado y superficial para adentramos en terrenos vírgenes y zonas no cartografiadas, siguiendo zigzagueantes vericuetos en pos de la belleza. Evocadoras planicies electrónicas salpicadas de voces que cantan en idiomas inexistentes, de instrumentos que nos traen resonancias de culturas ancestrales del planeta, de otras épocas de la cultura, de lamentos por la pérdida de la inocencia, de hechizos druídicos, de eclipses astrales, de expediciones al universo y a los más recónditos adentros del alma. Reconfortantes sonidos celebratorios que elevan el espíritu e inducen a la danza y, más tarde, al sosiego y la calma. Vuelos de mandolinas entre tañer de arpas. Todo eso es este doble álbum insondable, repleto de profundidades sónicas desde las que se elevan gráciles melodías universales, satélites que rotan presentando innúmeras facetas clandestinas, perennes marfiles óseos sepultados en carnes grávidas y efímeras que resurgen, como ave fénix, liberados por el fuego y los tambores de la percusión para asumir caprichosas y artísticas formas". Ni más ni menos. Indudablemente, un homenaje a la belleza de una época en la que esa característica de lo más placentero se veía personificada en este tipo de música tan válida y tan reconfortante.

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7.5.21

JORGE REYES:
"Comala"

Una figura tan importante en la música mexicana - y en la electroacústica en general - como la de Jorge Reyes, nunca caerá en el olvido por muchos años que pasen de su ausencia (Jorge falleció en febrero de 2009 a los 57 años). Referencia ineludible, recuerdo constante, espíritu flotante... su legado está presente en muchos artistas de las nuevas generaciones, y mucho más sus trabajos más míticos. A la cabeza de ellos, posiblemente, la misteriosa energía que irradiaba "Comala", y en la portada de su primera edición, reinaba la poesía visual del ilustrador mexicano Viktor Hugo López González, que ya había reflejado en las portadas de "Ek tunkul" y "A la izquierda del colibrí", los trabajos anteriores de Jorge Reyes, el encuentro mágico y poderoso de este artista con la cultura prehispánica, y que aquí se hace eco de lo yermo, de lo inhóspito, de lo decididamente solitario y desamparado, para evocar las ideas musicales de Jorge Reyes, basadas a su vez en las literarias de Juan Rulfo.

"Comala" se editó en Mexico, con la portada original antes mencionada, en 1987 por parte de Producciones Exilio (sello del propio Jorge Reyes, que publicaba ahí sus trabajos, así como otros de amigos españoles, como la Orquesta de las Nubes, Javier Paxariño o alguna referencia de El Cometa de Madrid), si bien la edición en CD llegó en 1989 de la mano de  Paramúsica. Mundo Music cambió drásticamente la portada (aún más tenebrosa que la original) y su edición alemana de 1989 presentaba tres temas extra, mientras que ese mismo año, con las seis canciones originales, la portada de la edición española, a cargo de Grabaciones Accidentales, era geométrica, deslucida y muy inferior a la original. No queda ahí la historia, pues Grabaciones Lejos del Paraíso reeditaba en 1993 el álbum en CD con otro tema nuevo, distinto a los tres citados anteriormente. Para culminar la historia (aunque en 2005 Mexican Records publicó el disco con una quinta portada), entró en escena Andrés Noabe, miembro fundador de Aviador Dro y manager de Esplendor Geométrico, que se encargó de confeccionar una edición española definitiva para su sello experimental Geometrik, que publicaba de nuevo "Comala" en 1993 con todos los extras (es decir, diez temas) y una espléndida imagen de cubierta, muy distinta a la original pero ciertamente sombría y muy acertada. Además, una edición limitada de 50 ejemplares venía recogida en una caja de madera y firmada por Jorge Reyes. Explorando en el mundo de los muertos pero mas allá de lo prehispánico, Reyes alcanza aquí su cumbre creativa, de una electrónica oscura y vanguardista. Para ello se inspiró en la novela 'Pedro Páramo' del escritor mexicano Juan Rulfo, que acababa de morir en enero de 1986 en Ciudad de México. "Comala" es la música de ese pueblo fantasma, inhóspito, sin ruidos, al que Juan Preciado llegó buscando a su padre, Pedro Páramo. El realismo mágico de esta novela de difícil lectura publicada en 1955, se traduce en una música impregnada de soledad y desánimo, que parece surgir de esa frontera donde la oscuridad empieza a imponerse sobre la luz. No es sin embargo una música pesimista, siguiendo la tradición del culto a la muerte y ese diálogo con el más allá que se estableció en estas tierras desde los tiempos prehispánicos, y Jorge Reyes se convierte en una especie de febril hechicero de tiempos remotos, que en el interior del álbum habla de "el collage musical como propuesta para viajar por rutas desconocidas al umbral del tiempo (...) un collage de sonidos, instrumentos, épocas, ritmos, voces, danzas, poemas y los medios de grabación como un instrumento más". "Comala" es, continúa Jorge, "la recreación del mito del eterno retorno, tomado a partir de la novela 'Pedro Páramo', de Juan Rulfo". El título original de la obra de Rulfo era 'Los murmullos', y terrorífico es sin duda el murmullo que impregna los primeros segundos del disco, amortiguados enseguida por las flautas. Lo de un lado y lo del otro se aúnan en un enclave fronterizo en "Comala (el lugar de la ruptura de los vientos)", y esta grandiosa atmósfera es la oscura obertura de una locura auditiva, el preludio de un mar de sensaciones, sonidos limpios en ambientes de enorme profundidad que transmiten miedos y desamparo. Sus más de once minutos culminan con una procesión de difuntos con canto ritual y versos tenebrosos. Todas las piezas del álbum son composiciones de Jorge Reyes excepto "Adiós mi acompañamiento", de Humberto Álvarez, un ambiente corto pero verdaderamente profundo e inspirado, alucinógeno, que da paso a otro algo más tenebroso, "Hekura", que contiene efectos de voces como las de los espíritus que dejan escuchar sus pisadas huecas. A continuación, tras una sedante introducción, aparece un compás estimulante y original de título "Nadie se libra en Tamohuanchan" (palabra olmeca que significa 'montaña de la serpiente'). En "La diosa de las águilas" al ambiente de ritual arcaico se une la fusión hipnótica de instrumentación moderna y antigua. Y el disco original culminaba con "El ánima sola (Ya se llegó la hora y tiempo)", una pieza extraordinaria -especialmente en su primer tramo- que demuestra la capacidad de Jorge Reyes (que se autoproduce) para manejar atmósferas en las que se pueden conjuntar voces e instrumentos, hermanados por sus cualidades orgánicas, con la larga sombra de Jean Michel Jarre y su "Zoolook" en algunos de sus ambientes. En cuanto a los bonus de las distintas ediciones, el chamán retorna en un sencillísimo "Mi sombra empolvada", añadido de la época de lanzamiento de la primera edición del álbum, mientras que de una época anterior, de 1983, se rescataba "Nadie supo de dónde venía", algo desentonante por la presencia de un lamento de guitarras en un tono más rockero que lo antes escuchado. "El hechicero de la dicha tranquila", fechado en 1987, regresa a los ecos nebulosos de las flautas junto a otros efectos misteriosos. Si bien estos tres bonus no son descartes sin alma, tampoco ayudan a mejorar ni comprender el álbum original, resultando un añadido para completistas. "El arrullo de la mujer día, mujer luz" es el último corte a mencionar, otro ritual con voz indígena (Jorge sampleó -la primera vez que lo hizo- una antigua grabación de María Sabina, una auténtica curandera mexicana que falleció antes de la publicación del álbum, en noviembre de 1985) acompañada de percusión primitiva y un fondo de atmosféricos teclados. La escucha de obras tan profundas como esta se mueve del interés a la expectación, y de ahí a la pura admiración por este músico especial, este chamán de tiempos remotos cuyas atmósferas están dominadas por tonalidades oscuras, planteando un cara a cara entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Jorge Reyes interpreta en este trabajo un gran número de instrumentos de viento (flautas, ocarinas, silbatos, chicahuastle) y de percusión (tambor, bongos, botellas), así como guitarra, bajo, vocoder, sintetizador, secuenciador, analizador de frecuencia y voces. No está tan solo como Juan Preciado, ya que colaboran un buen número de amigos, entre los que hay que destacar al grupo La Tribu (especialmente en numerosas percusiones), a Arturo Meza, Humberto Álvarez, Héctor Riverol o Saide Sesín, que se une en las voces a María Sabina. 

Lo étnico se funde con lo ambiental, lo prehispánico con lo industrial, o simplemente lo auditivo con lo visual, en este lúgubre álbum que ha tenido, como se ve por sus múltiples ediciones, varias vidas. El proceso musical de Jorge Reyes, afirmaba él, había sido inverso a las de muchas figuras ambientales de la época, la mayoría amigos o conocidos suyos (Steve Reich podría ser un claro ejemplo), que llegaron a lo étnico tras haber comenzado en lo puramente electrónico. Él provenía de las músicas folclóricas de la zona, prehispánicas principalmente, y de ahí dio el salto hacia la tecnología, con esa base en la mochila y la combinación de lo moderno con los instrumentos tradicionales, ese collage musical antes referido que originaba unas atmósferas enormemente inquietantes en sus trabajos y, por supuesto, en sus directos, eventos de sonidos puros y auténticos donde el artista pretendía crear conexiones especiales, casi religiosas, con el público. Con las piezas de "Comala" llegaba más allá de la religiosidad, prácticamente hasta las fronteras del inframundo.

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28.4.21

SHAUN DAVEY:
"The Brendan voyage"

Cada vez se escuchan más teorías que sostienen que los primeros europeos en arribar a las costas de América fueron los vikingos, teorías avaladas por ciertos descubrimientos arqueológicos en el territorio canadiense de Terranova. Otro tipo de historias hablan de que, antes que los propios vikingos, fueron los polinesios los que llegaron a las costas americanas. Incluso los chinos pretenden alcanzar esa gloria, pero uno de los viajes más míticos que presentan a personajes adelantados en mucho tiempo a Cristóbal Colón es el periplo del Abad San Brendan buscando la mítica Isla de los Benditos o Isla de San Borondón, conocida desde entonces como la Isla de Saint Brendan. Junto a otros dieciséis monjes, este religioso irlandés emprendió este viaje entre el año 512 y el 530 d. C., y si bien no hay evidencias de la llegada a las costas de la futura América, existe la creencia de que pudo ser así. El explorador británico Timothy Severin construyó en 1976 a mano y con herramientas tradicionales una réplica del currach que utilizó Brendan y demostró que ese viaje puso ser posible al llegar en esas condiciones en 1977 a la isla de Peckford, en Terranova. Una película reflejó en 1978 dicha hazaña, con el título de 'The Brendan voyage', inspiración definitiva para que el compositor irlandés Shaun Davey creara una sinfonía muy especial y novedosa con ese mismo título, "The Brendan voyage".

Nacido en la ciudad irlandesa de Belfast en 1948, Shaun Davey es en la actualidad un reputado compositor, pero su fructífera carrera comenzó trabajosamente en el campo de la publicidad, donde se labró con sorprendente facilidad una buena fama como arreglista. Teatro, televisión y cine acabarán reclamando sus servicios con los años, mas su primer paso hacia la fama llegó de la mano del grandísimo gaitero irlandés Liam O'Flynn, intérprete principal de la suite orquestal para uilleann pipes "The Brendan voyage", hermosa sinfonía irlandesa compuesta y publicada por Tara Records en 1980 que partía de esa innovación y atrevimiento, juntar a una orquesta sinfónica con una gaita irlandesa. En la estupenda portada del álbum (obra de la ilustradora Pat Musick) se puede leer 'suite orquestal para uilleann pipes'. Partituras como esta cubren además un posible vacío cultural en bastantes oyentes que no tienen por qué conocer la historia de San Brendan, igual que pasará años después, concretamente en 1992, con la también orquestal "The Seville Suite" de Bill Whelan, que nos contará la historia de la llegada a España de Hugh O'Donnell buscando la ayuda de Felipe III en su rebelión irlandesa contra los ingleses. Aunque este tipo de obras se parezcan un poco al estar formadas por patrones similares, hay que saber apreciar los matices que las distinguen y hacen de ellas pequeños hitos de la música celta orquestal. Otras bandas y artistas se han hecho eco de la gesta de San Brendan, como los británicos Iona en su disco "Beyond these shores", el arpista alemán Rüdiger Oppermann en "The Brendan voyage", y aunque realmente poco se acerquen en cuanto a su tratamiento musical, no hay que dejar de mencionar el trabajo de 1998 del estadounidense Jeff Johnson "Prayers of St. Brendan", que trata el viaje de San Brendan en un estilo melódico ambiental con varios temas cantados. Ejerciendo de pionero en este interesante mestizaje, Shaun Davey compone y produce la obra, Noel Kelehan conduce la orquesta, y aparte de las uilleann pipes de Liam O'Flynn, Paul McAteer se encarga de la batería, Tommy Hayes del bodhrán y Garvan Gallagher del bajo eléctrico, muy acertadas interpretaciones con las que, en su sobrada calidad, los instrumentistas logran un clima auténtico, pasional, donde no son necesarias melodías para el recuerdo sino que es el conjunto el que prevalece, el gran sabor de boca de una partitura completa. La sublime y completa instrumentación se eleva, eufórica, desde el corto tema de apertura ("Introduction", punto de partida del viaje desde Brandon Creek), pero enseguida es la gaita, representando al barco, la protagonista en "The Brendan theme", con su característico quejido, tañido en esta ocasión por uno de los maestros de esa uilleann pipe, el gran Liam O'Flynn. "The Brendan theme" es de hecho una pieza enorme, exultante, una de esas joyas ocultas del sinfonismo celta. "Jig: Water under the keel" se abre de nuevo con un ritmo de gaita más vivo, una jiga a la que, como en un bravío ejército, se unen al instante toda la orquesta y la aguerrida percusión. Un barroquismo aflautado mueve los hilos del comienzo de "Journey to the Faroes", obviando al poco la vertiente melódica por mor de un sinfonismo más atento a crear una cierta tensión, la de la niebla que atrapa al barco llegando a las islas Feroe. Continuando con la angustia, "The cliffs of Mykines" es una especie de suite que forma parte eficiente de la banda sonora de esta historia -pasando el barco muy cerca de los peligrosos acantilados-, que desemboca en otra excepcional demostración de gaita en "Mykines sound". A continuación, "Journey to Iceland" es un corte fantasioso en su comienzo, que retoma enseguida la melodía de "The Brendan theme", pero mimetizada en un estilo libre y abierto -momentos más calmados donde el navío está acompañado de ballenas y delfines-, que continúa en "The gale" de manera rabiosa y elegante, lidiando con las peligrosas tormentas. La orquesta se eleva entre lo aventurero y lo dramático cuando en "Labrador" los icebergs se ceban con el barco. Por último llega "Newfoundland", nombre de la isla canadiense de Terranova, final del viaje y llegada así al Nuevo Mundo, que los músicos celebran con una completa pieza que acomete una nueva variación del tema de Brendan. Las suites orquestales de Shaun Davey precisan de una visión total, escucharlas íntegras para comprender su significado, la historia que pretende contar este autor consagrado. Y como una representación en directo es lo ideal, la partitura fue estrenada en vivo dos años después en Bretaña, concretamente en Rennes y Lorient, y posteriormente en Irlanda en el Dublin Folk Festival en 1983, contando desde entonces con numerosas interpretaciones mundiales, y con una representación anual en el National Concert Hall dublinés con Mark Redmond haciéndose cargo de las uilleann pipes. Davey continuará en los años siguietes con sus despliegues orquestales, que originarán álbumes tan plenos como "The Pilgrim" o "Granuaile", ambos con la voz de su esposa, la también irlandesa Rita Connolly.

Davey nos cuenta lo siguiente en el libreto: "Aprovecho los hechos e imágenes del viaje de Severin para convertirlos en términos musicales, y de la misma manera que su libro describe varios puntos de encuentro entre la cultura medieval y moderna, he tratado de encontrar también algunos encuentros entre las formas de música antigua y contemporánea". Las uilleann pipes fueron las elegidas para representar el barco, y no fue fácil aunar la orquestalidad con la sonoridad de este glorioso instrumento, que el autor describe así: "El linaje de las gaitas irlandesas o uilleann se remonta a lo largo de los siglos en toda Europa. Se diferencian de las gaitas escocesas en primer lugar en que su viento es suministrado por fuelles asegurados al brazo del músico en lugar de en una bolsa en la que sopla, y en segundo lugar en que tienen un sistema mucho más sofisticado de teclas y cánticos con los que producir notas. Están diseñados para tocar sentados, preferiblemente en lugares protegidos como salones o salas de estar, y no son el tipo de instrumento para pasear por las montañas". De este modo, y teniendo en cuenta la dificultad de incorporar esta gaita a la orquesta, Shaun acaba agradeciendo su labor a Liam O'Flynn, que "no solo hizo accesible el funcionamiento interno de la gaita, sino que fue él quien encontró las soluciones a los muchos problemas contenidos en las melodías desnudas que le di. Su disposición a explorar nuevas vías hizo posible toda la empresa". El primer borrador de la suite fue grabada en el canal irlandés RTÉ para el programa de radio 'The living bridge', y Tara publicó el álbum en 1980, una completísima obra que presenta momentos de muchos colores y sin respiro a lo largo de sus poco más de 40 extasiantes minutos, de la aventura al bucolismo, del recogimiento a la exaltación. Un trabajo pionero y recordado con entusiasmo por crítica y público, que marcó un nuevo camino en la música irlandesa.

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19.4.21

STEPHAN MICUS:
"Athos"

Los viajes musicales de Stephan Micus no tienen nada que ver con los que impone la actualidad, lo que la industria dicta que se tiene que escuchar, que pinchar o que fusionar. La música de este artista de espíritu nómada está, además, muy influida por el paisaje, muy unida al esplendor de los grandes espacios abiertos que visita en sus devenires vitales. Este trotamundos alemán nunca decepciona a cada nuevo paso de su trayectoria, logrando continuamente trabajos de una extraordinaria cohesión y fortaleza espiritual, y aunque constituya la piedra base de su existencia musical (sin que él mismo pueda explicar realmente por qué), no siempre es oriente el destino elegido en su imaginario interior, ni siquiera África, otro continente libre en el que gusta de explorar y de cuyas gentes, decía, los occidentales deberíamos realizar un ejercicio de aprendizaje. Sin ir más lejos, Mallorca es su lugar de residencia habitual, y tanto él como su compañía de discos son alemanes, pero el viaje que nos proponía en 1994, como siempre fiel a ECM Records, era a una montaña y península griegas, un enclave religioso lleno de monasterios ortodoxos llamado Monte Athos, conocido también en griego como Agion Oros, 'Montaña Sagrada'.

En la mitología griega, Athos es el nombre de uno de los gigantes que se enfrentó a los dioses durante la batalla conocida como Gigantomachia. Lejos sin embargo de la bravía de la lucha o del furor que despertaba la mítica contienda entre dioses y gigantes, el "Athos" de Stephan Micus está poseído por el sentimiento espiritual de la montaña, y continúa explorando su eterna capacidad de conectar mundos, de unir culturas, de fundirlas con su benigna música en una sola. Y también con su voz: "A mi particularmente no me interesan los idiomas, apenas es posible decir la verdad con ellos. Con la música, sin embargo, uno puede aproximarse mucho". Sin idiomas, pero con voces, con la universalidad de la voz tarareada, la propia garganta de Stephan duplicada un sinnúmero de veces. Y es que la naturalidad no exige la huida de la tecnología, siempre que no la altere: "No es difícil apreciar los matices de experimentación y vanguardia que yo aporto a cada cosa que hago", dijo el maestro. La historia de este disco comienza en uno de los continuos peregrinajes de Stephan, una visita de tres días a la montaña, en la que experimentó un rico contacto con la liturgia ortodoxa griega, originando uno de sus discos más introspectivos: "Hice el primero de mis numerosos viajes allí en 1988 y me quedé durante tres días y tres noches. Pasé las noches en los monasterios y participé en la liturgia y la vida de los monjes. Durante los días caminé por el paisaje virgen. Al principio, estos dos mundos parecen ser dos oposiciones irreconciliables. Por un lado los monasterios, que a veces se sienten oscuros, lúgubres y severos, y por otro lado la naturaleza encantadora y serena, llena de luz y color. Más tarde uno se da cuenta de que son dos aspectos de un mismo movimiento que se complementan e intensifican de una manera ideal". Como parte de la enseñanza alemana en la escuela primaria, Stephan estudió flauta, si bien afirma entre risas que "yo era el único niño de mi clase que lo disfrutaba". Muchos años después, fue cautivado por la guitarra española (que estudió durante un tiempo en Granada) y por la flauta que utilizaba Ian Anderson en la banda Jethro Tull, y tras conocer a Ravi Shankar en Munich, viajó a la India para aprender sitar, un instrumento que sólo ha grabado en su época temprana (en los 70) y a partir de 2006. Fascinado especialmente por oriente, no dejó de interesarse por otras culturas, tanto por sus costumbres como por su folclore, hasta el punto de dominar un gran arsenal de instrumentos del mundo, un amplio museo que se pasea por todos los continentes y que intenta desgranar, según sus necesidades, en cada uno de sus trabajos. En "Athos", por ejemplo, utiliza tres tipos de flautas (shakuhachi -japonesa, de bambú-, suling -balinesa, de caña- y nay -de caña, de Oriente Medio-) para reflejar cada uno de los días, dos instrumentos de cuerda (el sattar -de arco, con diez cuerdas, usado por el pueblo turcomano pero resiente en China Uigur- y la cítara bávara) rememorando los caminos de ida y de vuelta, percusiones (macetas) en el segundo día y muchas voces sampleadas, hasta 22, que suenan en cada pieza nocturna del viaje que representa este álbum (de naturaleza gloriosa, tan místicos cantos no requieren acompañamiento instrumental, de hecho nos hablan de los servicios ortodoxos que se celebran entre las 3 y las 4 de la madrugada en el interior de los monasterios, que son un lugar de gratitud y silencio donde no se usan los instrumentos musicales). En muchas ocasiones, Stephan no utiliza títulos concretos para las pistas de sus trabajos, simplemente su numeración, al considerar el trabajo como una historia completa; en "Athos" sucede algo parecido, y este viaje real viene expresado en los títulos como un diario musical que refleja el camino de ida, cada día, cada noche, y el regreso. "On the Way" es ese periplo hacia la montaña, un comienzo muy sentido, de generosa intensidad y alma oracional, que casi expresa dolor. Enseguida llega su voz, una celebración privada a 22 voces, un trabajo ímprobo para un resultado espectacular, emocionante salmo de profundidad insondable titulado "The First Night". Un viento solitario, emocionante flauta shakuhachi, aporta su personalidad en "The First Day", otro corte más celestial que terrenal, como lo es todo el álbum. Posiblemente sea una pieza altamente disfrutable en vivo, más que plasmada en CD, para entender mejor el recogimiento que engendra la soledad del músico y la turbación de los silencios. De nuevo las voces solitarias son las protagonistas en otro alarde oracional que va ganando en fuerza conforme avanza la segunda noche, "The Second Night", si bien el momento más especial del álbum llega a continuación con "The Second Day", genial melodía con esa dulce y melódica flauta balinesa (suling) y tímida percusión, que engendra un instante mundano y esencial, una sencilla parada en el viaje, un divertimento en el que disfrutar del paisaje, del apacible clima o del mero hecho de descansar. Lo inefable de composiciones como ésta invita a guardar silencio y volverla a disfrutar una vez tras otra, si no fuera porque la proposición del bucle eterno no dejaría escuchar otras joyas contenidas en el disco. En "The Third Day" toca el turno de volver a embelesarnos con las cuerdas vocales de Stephan, de nuevo en 22 planos y sin otro acompañamiento, mientras que en "The Third Day" es un nuevo viento, el ney, algo más grave, el que trata de describir las vivencias del viaje que la estancia va acabando. Se antojan entornos polvorientos, soledad y reflexión, y el espíritu es colmado notablemente por la pureza de la música. Para acabar, la siempre hermosa cítara es la base sobre la que flota la melancolía de otra cuerda, el sattar, sublime conjunción que se completa con la entrada de las voces (11 en esta ocasión) en esa eterna banda sonora del caminante que suele ser imaginario leitmotiv del músico alemán, cuya etiqueta más acertada para su música, contestaba en esta época, fuera posiblemente la de músicas del mundo, "la que mejor se ajusta a mi actividad", decía.

Micus plantea, busca y en definitiva defiende la belleza del sonido más simple, la hermosura de esos instrumentos que no han necesitado evolucionar y asemejarse a máquinas (una de sus comparaciones favoritas es la de la flauta shakuhachi -de bambú y con cinco agujeros- con las complejas y frías flautas de concierto europeas) para conectar con lo espiritual, aunque para ello se prescinda de frases complejas, centrándose el artista en ambientes recogidos o notas aisladas pero sencillamente perfectas. La combinación de instrumentos y culturas, más allá de disonar, 'construyen puentes' (uno de los grandes objetivos del músico alemán) y encuentran una afinidad natural al ser tratadas casi como seres humanos por sus manos, en este álbum que rebosa espiritualidad. Stephan Micus traslada la soledad del nómada a la música, plasmando en sus muy personales piezas una realidad inherente de cielos abiertos y tradiciones artesanales, construyendo en muchas ocasiones auténticas oraciones de profundo respeto y mágica intangibilidad, mantras que suelen provenir del contacto con la naturaleza y las gentes, pero que en casos como el de "Athos" tienen un origen realmente religioso, reflejando perfectamente -como en cada uno de sus trabajos- lo que es y los que vive Stephan Micus a cada momento, en este caso un recogimiento profundo en comunión con la 'montaña sagrada' griega, país al que regresará, casi dos décadas después, en el álbum "Panagia".

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