4.8.06

JEAN MICHEL JARRE:
"Oxygène"

mediados de la década de los 70 un enorme volcán iba a estallar en tierras francesas con el nombre de Jean Michel Jarre, un joven pero experimentado músico cuyo apellido estaba directamente ligado a la música de cine pero que se estaba forjando una carrera por sí mismo entre instrumentos muy distintos a los que utilizaba su padre, el oscarizado compositor ("Lawrence de Arabia", "Doctor Zhivago", "Pasaje a la India") Maurice Jarre. Aunque llevaba años destacando en la producción y composición de música para otros autores y algunas bandas sonoras (a destacar la del film "Les Granges Broulées"), el disco que iba a encumbrar a este nativo de Lyon (nacido en 1948) llegaría en 1976 de la mano de Disques Dreyfus y con el título de "Oxygène", un trabajo sorprendente de música instrumental avanzada cuya temática general era el aire, una obra mítica que tenía numerosas virtudes, en especial la de impactar a la audiencia por su parafernalia electrónica, un cúmulo de nuevas sensaciones que asombraron a un público que comenzaba a apreciar sin temores las virtudes de esa extraña música electrónica que llevaba toda la década de los 70 sorprendiendo desde Alemania, Japón, Estados Unidos o la propia Francia.

La primera imagen del disco es la de una cuidada portada, impactante obra del artista gráfico Michel Granger, anunciadora de un inminente desastre ecológico para nuestro planeta. Las dimensiones del vinilo permitían apreciarla en su auténtica grandeza. En cuanto al contenido, destacaba sobremanera el hecho de que se tratara de un 'continuum' musical, imaginariamente dividido en seis cortes, y es que, como la música no deja de ser una manifestación artística, Jean Michel utilizó para sus títulos la opción que Piet Mondrian y otros habían usado en la pintura, denominando a sus cuadros 'composición + número', algo que iba a ser típico desde entonces en los trabajos más conocidos y valorados de este sintesista galo. Sin embargo, la verdadera revolución se produce en el momento en que comienza a sonar la música, y es que con "Oxygène", Jarre busca agradar sin miramientos, reclama el reconocimiento popular para la música electrónica y, por supuesto, para sí mismo. Lo consiguió de sobras, la obra es absorbente, única, desde los efectos burbujeantes de su volátil comienzo, "Oxygène Part 1", una primera parte que parece posarnos en la superficie de un planeta inhóspito, sintetizadores que comienzan a tejer una red de sonoridad inigualable en la época. Y ante todo, el conjunto parece estar dominado por una madurez intangible, una invisible maestría que conduce a cada una de las seis composiciones hacia un sublime destino. Cualquier duda sobre la calidad de este plástico queda disipada con la escucha de la magnética, exultante, emocionante segunda parte del trabajo, sin duda una de las grandes composiciones no sólo de Jarre sino de la música electrónica en general: "Oxygène Part 2" es un prodigio de efectos que conducen a la explosión de una grandiosa sucesión de teclas, que activan resortes ocultos en nuestras cabezas, por los que quedamos atrapados inevitablemente en su embrujo melódico-ambiental. El director australiano Peter Weir supo utilizar con acierto esta melodía en la parte culminante de su film "Gallipoli", protagonizado por un jovencísimo Mel Gibson. La tercera parte, de sones lentos y contundentes, como la banda sonora de un documental, parece querer ayudarnos a despertar del éxtasis, y conduce con ventosos teclados hacia la amable, simpática y gratamente recordada "Oxygène Part 4", melodía vital y pegadiza de merecido éxito, repetida y tarareada hasta la saciedad (que contaba también con un divertido y ecologista videoclip protagonizado por simpáticos pingüinos), con la que Jean Michel se hizo un nombre y una comodidad económica. Y aunque no despunten como los anteriores, los últimos coletazos del disco se mueven por terrenos poco acomodaticios de ambientalidad (la atmósfera casi eclesiástica al comienzo de "Oxygène Part 5" es un pequeño homenaje a Maurice Ravel) y experimentalidad con la mesa de mezclas, acabando con el rumor de las olas, uno de los muchos efectos de sonido presentes en un disco imprescindible, un maravilloso despertar electrónico a una nueva era de tecnología e imaginación, con el que la música electrónica entraba en todos los hogares por obra y gracia de un Jean Michel Jarre que, aunque ya tenía un par de poco conocidos discos en el mercado, se convertía en estrella de la noche a la mañana. A medio camino entre la renovación y el puro negocio, Jarre decidió que en los 90 había que ejecutar una continuación, adaptada convenientemente a los tiempos, de su obra más emblemática (siguiendo la estela de la continuación de "Tubular Bells" que en el 92 había presentado Mike Oldfield), así que en 1997 apareció un interesante y realmente acertado "Oxygène 7-13", muy aconsejable como complemento y adecuación a ritmos más modernos, y aún más en un tercer disco de 2016, un "Oxygène 3" no tan recomendable.

Quizás una de las cosas que más me sorprenden de "Oxygène" (y de la mayoría de las primeras grandes obras de Jarre, en general) es lo bien que se adaptan al paso del tiempo, al escucharlas en la actualidad se aceptan perfectamente y no parecen excesivamente artificiales ni obsoletas (como puede suceder con otras obras de la época), si bien es cierto que están adornadas por un aire retro, y ciertos sonidos y secuenciadores nos recuerdan a esa época de avances tecnológico-musicales. En su búsqueda de la melodía, se trata además de una música más fácil de escuchar que la de otros ejemplos electrónicos punteros de la época (Tangerine Dream, Klaus Schulze, los primeros trabajos de Kraftwerk...), por lo que multitud de programas de radio y televisión o spots comerciales se aprovecharon de su tirón, como le sucedía también a otro enorme teclista, el griego Vangelis. En el año 2007, más de cuatro décadas después de la aparición del disco original -y como ya había hecho, una vez más, Mike Oldfield con su "Tubular Bells 2003"- se puso a la venta una poco necesaria regrabación del álbum con el título de "Oxygène (New Master Recording)", sin cambios respecto a la versión original, por sí mismo aún totalmente válida, y seguirá siéndolo por mucho que pase el tiempo, pues no hay que olvidar que donde realmente respiramos la originalidad, la genialidad y por qué no, la insolencia del joven Jean Michel es en el auténtico "Oxygène", pionero de muchas causas que aún continúan.









GEORGE WINSTON:
"Autumn"

Al poco tiempo de que Will Ackerman fundara Windham Hill y de paso una nueva categoría musical que la revista Billboard no tardaría en denominar como New Age, quedó claro que dicho sello no podía quedarse en los discos de guitarra de su fundador o los de su primo, el también guitarrista Alex de Grassi. Bill Quist fue el primero que, inspirado en el gran compositor impresionista Erik Satie, intercaló un disco de piano en el catálogo de la compañía. Sin embargo habría que esperar un poco más para encontrar al músico que, con ese instrumento, iba a acabar de romper con muchas ideas establecidas. El personaje que iba a revalorizar el mercado de la música instrumental iba a ser George Winston, un repartidor de Montana que contactó con enfermiza insistencia con Ackerman para aconsejar al guitarrista Bola Sete para la nómina del sello. Sete no iba a tener cabida en el mismo, pero después de no poder quitarse de encima de ninguna manera al tal George Winston, el mandamás de Windham Hill accedió a publicarle un disco de guitarra. Afortunadamente la situación cambió cuando de casualidad Ackerman escuchó a Winston tocar el piano, así que este extravagante artista acabó publicando en 1980 un trabajo de solos de piano titulado "Autumn", revolucionando de paso la forma de entender este instrumento, aunque a través de multitud de influencias de los músicos de su vida.

La mayor de esas influencias venía de Fats Waller, pianista de principios del siglo XX que interpretaba en el estilo 'jumper walk' del que, en una nota que no se llegó a publicar, se señalaba Winston como eterno deudor. El piano de George Winston sabe ser pausado pero lleno de pequeños matices que le dan un especial colorido a las composiciones, que acaban reflejando perfectamente lo que desea el pianista, es decir, una música "estacional" y paisajística, de aires bucólicos con inspiración en el rhythm and blues, jazz, ragtime, country y sobre todo en los paisajes de Montana (cuna del también pianista Philip Aaberg), lo que la ha llevado a autodenominar como 'piano folk rural', desentendiéndose incluso del sonido Windham Hill. A George, de hecho, le molestó mucho que le golpeara de lleno la moda de la new age, que consideraba un término poco menos que nefando, y él se la sacudió de un plumazo: "lo mio es piano folk". "Autumn" fue un plástico tan importante para la compañía como aquel inolvidable "In search of turtles navel" de un Ackerman que, por cierto, produce este trabajo. Sus tres primeras composiciones estaban dedicadas al mes de Septiembre, comenzando con "Colors/Dance", un tema largo y bien estructurado con un buen número de inspiraciones reconocidas, tanto paisajísticas (siempre Montana) como musicales (The Doors especialmente, el grupo de rock adorado por Winston), que parecía ser sin embargo un simple preludio para una de las grandes canciones del disco, las inolvidable "Woods", delicada melodía compuesta seis años antes, que perdura en la memoria como las fotografías de un viaje (concretamente por los arbolados alrededores de la ciudad que vio crecer a George, Miles City). "Longing/Love", de hermosa melodía juguetona que supone otro punto fuerte del disco, completa el mes y da paso a un Octubre en el que se desarrolla el resto de la obra. "Road" es su comienzo, una pieza caminante de casi una decada atrás, que da paso a la segunda gran partitura del plástico, "Moon", otro clásico del pianista por su completa y embelesadora melodía principal, complementada por otra inspirada en la música koto japonesa. "Sea" es otra espectacular interpretación (la inspiración aquí es de John Fahey y de nuevo The Doors) que embellece el otoño de este virtuoso autodidacta, en el cual las hojas secas caen a su paso marcando un camino que iba a continuar -eso sí, con grandes intervalos de tiempo entre disco y disco, salvo en sus primeras referencias- durante muchos años (con "Winter into spring", "December" y "Summer", para luego encontrar otro tipo de inspiraciones y perdiendo de paso algo de la esencia del éxito). El disco acaba con "Stars", una mirada al cielo otoñal y un recuerdo de las músicas de Dominic Frontiere para la serie de televisión 'The outer limits'. El resultado es una obra encantadora, muy cohesionada y, merced a sencillas melodías de base folclórica, difícil de no escuchar en su totalidad a pesar de tratarse de casi cincuenta minutos de piano en solitario. Que cada uno de los discos de esta primera época de la discografía de George Winston esté asociado a una estación del año significa que sus composiciones reflejan momentos muy específicos de su vida, pertenecen a ese momento, están inspirados por algo que ha pasado, aunque vuelva de nuevo al año siguiente. Por eso el pianista prefería evolucionar a cada paso y no escuchar sus trabajos anteriores, aunque muchas de sus piezas las recuerde, convenientemente adaptadas, en sus conciertos, eventos que difícilmente salen de los Estados Unidos. 

Ni Bola Sete, ni Fats Waller, ni otros de sus ídolos que recuerda y enaltece en cada uno de sus trabajos, como John Fahey, Vince Guaraldi, James Booker o el organista de los Doors Ray Manzarek. No, el que logró que la gente deseara escuchar discos de un instrumento virtuoso, concretamente solos de piano de estilos presumiblemente poco modernos o duraciones inusuales, fue el propio George Winston, un personaje extraño y tímido pero muy seguro de su camino, enamorado de la música (le encanta también el flamenco), de la slack key guitar (guitarra hawaiana) y de sus gatos, un pianista influyente (al menos en los 80, cuando nadie podía etiquetar su música pero logró cifras de ventas inusuales y asombrosas, elevando a la gloria al sello Windham Hill) que sale a actuar descalzo y en vaqueros y lo primero que hace es aplaudir al público. Los amantes de la música aplauden este "Autumn".

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2.8.06

EDDIE JOBSON:
"Theme of Secrets"

El caso de Eddie Jobson se asemeja en cierto modo al del bajista y multiinstrumentista Patrick O'Hearn en los 80. Misma compañía (Private Music), colaboración anterior con Frank Zappa (de hecho coincidieron en su grupo, y se les puede ver junto al propio Zappa y Terry Bozzio en la portada del trabajo "Zoot Allures", en el que curiosamente ninguno de los dos llegó a tocar) y un parecido estilo musical, libre e innovador. Pocos meses después de que O'Hearn publicara "Ancient Dreams" en el mencionado sello de Peter Baumann, "Piano One" fue la primera referencia de Eddie Jobson en el mismo, aunque no era un disco exclusivo, sino un cuaderno de piezas para piano de cuatro grandes músicos, dos del mundo del jazz (Joachim Kuhn y Eric Watson), Ryuichi Sakamoto (que aporta el sensacional tema principal de la película "Merry Christmas Mr. Lawrence"), y el propio Jobson, del que se recogen tres composiciones: "The Dark Room", una pieza sencilla y recogida, de notas luminosas; "Ballooning Over Texas", donde se muestra más cercano al jazz; y "Disturbance in Vienna", que anticipaba al piano solo el tema "Memories of Vienna", de su avanzado trabajo "Theme of Secrets", quinta referencia de Private Music, que vio la luz en 1985 con la producción del propio Peter Baumann, que fue el que, tras escuchar "Zinc", el anterior disco de Jobson, quiso tenerle en su compañía en ciernes.

Afamado teclista y violinista británico, activo desde corta edad, Jobson se cansó de ser un nombre más en un grupo (Curved Air, Roxy Music, King Crimson, UK o Jethro Tull son parte de sus credenciales), y se lanzó a la aventura en solitario. Su primera referencia fue "Zinc - The Green Album" (publicada por Capitol Records en 1983), cuyo rock sinfónico presentaba un estilo psicodélico bastante grandilocuente, vocal en su totalidad, y que tuvo incluso un apoyo en forma de videoclip de la canción "Turn it Over" en la MTV. Sin embargo, necesitaba hacer algo distinto, desafiante, y tras unirse a Yes y dejarles a los dos meses, decidió fichar por una compañía presuntamente sin presiones comerciales. Peter Baumann lo cuenta así en el libreto: "el sonido y el estado de ánimo (de "Zinc") eran exactamente lo que estaba buscando para publicar en Private Music. Eddie Jobson, votado constantemente como uno de los mejores teclistas en las encuestas de todo el mundo, tenía más que ofrecer que una magnífica técnica y una interpretación virtuosa. Eso se hizo aún más evidente después de su contribución al disco "Piano One". La música no es técnica, no es escritura, no es actuación o trucos de estudio; es la combinación, la química, la interacción de todos los elementos que cuando se juntan crean la magia de la que está hecha la verdadera música". "Theme of Secrets" fue un cambio de rumbo muy interesante, y más allá del violín por el que se podía conocer a este polivalente músico, se benefició del sonido fresco y novedoso para la época de la primera synclavier polifónica de Nueva York ("como ya hice con el primer CS-80 de Inglaterra", recalcaba Eddie). La synclavier, que también utilizó eficazmente su admirado Zappa, no era realmente un sintetizador, era -en sus propias palabras- una máquina de muestreo de alta calidad, un sampler, a la par que el famoso fairlight. En "Inner Secrets" se escuchan los primeros efectos de sonido, y primera aparición (calmada, para empezar) de la melodía principal de teclado, soberbia, eufórica, de una personalidad entusiasta y romántica. "Spheres of Influence" presenta un estilo sinfónico plagado de más efectismo, en una onda pseudoexperimental bastante atractiva. Conectada con su final, la entradilla de "The Sojourn" conduce a una rítmica composición muy estimulante, que se puede acercar por igual a determinados títulos de Jean Michel Jarre como a bandas sonoras tipo 'Miami Vice'. "Ice Festival" es algo más abrupta, con diferentes ambientes y ritmos en su corta duración que conduce, ya en la cara B del vinilo, al tema principal, "Theme of Secrets", ese leitmotiv grandioso, refinado y de extraordinaria ambientación, un todo formidable de obligada reverencia. Jobson continúa entretenido en dotar al conjunto de estimulantes juegos de sonido que ayudan a embellecer melodías como "Memories of Vienna" composición en la que una percusión electrónica obra del synclavier cobra importancia bajo otra espléndida melodía que no desentona con la que da título al disco, y que de hecho fue seleccionada -por delante de la propia "Theme of Secrets"- como merecedora de un elegante videoclip promocional. Realmente "Theme of Secrets" también tuvo un intento fallido de videoclip, jugando con las formas geométricas que pueblan la portada del álbum como si fuera grandes edificios, ciudades futuristas o pirámides egipcias, pero nunca vio la luz. Como últimos temas del trabajo, "Lakemist" es otro corte activo, de luminosos teclados y sonoridades explosivas, mientras que la melodía principal es tratada de otra manera, también agradable, en "Outer Secrets", que cierra esta obra única y mítica. El trabajo, de clara orientación electrónica ochentera, tiene unas cualidades dignas de admiración de principio a fin y se hace corto (aunque es intenso y no presenta momentos de desperdicio) y no es para nada enrevesado, sino de fácil escucha. Jobson disfrutó de las posibilidades del estudio de grabación, y eso se notó en la cantidad de efectos utilizados en este trabajo infestado de la magia que pretendía Baumann, que matiza: "El estilo de Eddie al escribir e interpretar este disco es a veces extremadamente complejo, rítmica, armónica y sonoramente: pero hay una cierta facilidad y placer al escuchar el álbum que atrae al oyente a su propio mundo surrealista". "Theme of Secrets" fue un álbum que combinaba lo mítico con lo místico (en ocasiones los efectos y sonidos hacen que escuchemos una música perfecta para el ilusionismo), cuya rutilancia era prácticamente imposible de plasmar en vivo, si bien algunas de aquellas piezas fueron interpretadas en directo por el artista en sus giras, de hecho "Spheres Of Influence" y "Inner Secrets" venían recogidas en el trabajo de 2015 "Four Decades Special Concert", y "Ice Festival" y "Theme of Secrets" en el doble CD de 2020 "Live". En 2019, Globe Music reeditó en un mismo digipack "The Green Album" y "Theme of Secrets" remasterizados, junto a un audio blu-ray de alta fidelidad.

Entre el rock progresivo que practicaba con Roxy Music, King Crimson o Jethro Tull, y la new age, existe un terreno en el que Jobson demostró que se podía desenvolver a la perfección con sus teclados, dejando un poco atrás su faceta de violinista eléctrico. Efectivamente, el violín no suena en "Theme of Secrets" porque quiso un nuevo comienzo, experimentar con nuevos estilos dejando de lado su faceta progresiva. Private Music parecía una salida excelente para esta serie de músicos un tanto oscuros y misteriosos como él mismo, el mencionado Patrick O'hearn, Jerry Goodman o David van Tieghem, pero la música New Age pareció colonizar la compañía con nombres como Yanni, Suzanne Ciani o John Tesh, algo que precipitó la salida del sello de Eddie, que había aceptado la oferta de Baumann tras una gran pérdida de interés en la industria, llena de presiones comerciales que no favorecen la creatividad. Cuando Private aumentó sus necesidades de comercialidad, Eddie no compartió sus pretensiones, y el nuevo trabajo que este honesto artista había preparado desde la isla caribeña de Montserrat (un proyecto denominado "Theme of Mystery", continuación de "Theme of Secrets", que era, según sus palabras, "más profundo, cinematográfico y oscuro"), nunca se publicó. Eddie se embarcó entonces en el mundo de la música para la publicidad (ganó el prestigioso premio Clio) y televisión, con lo que ganó más dinero que en cualquier banda tocando teclados o el violín, a pesar de su reconocimiento, ya que los royalties hasta entonces se lo habían llevado los agentes y las compañías discográficas. Razón de más, lastimosamente, para dejar de publicar discos, con lo que grandes obras como "Theme of Secrets" quedan para el recuerdo emocionado.





PETER DE HAVILLAND:
"Bois de Boulogne"

El 
anonimato es una cualidad muy apreciada por muchos músicos, artistas que por humildad, puro pasotismo o introversión (incluso fobia social) acaban escudándose en alias o cambios de nombre cuando trabajan en solitario. El summum lo constituyen personajes como Buckethead, que se inventan una imagen extravagante y una historia digna de psiquiátrico para esconder totalmente su verdadera identidad. Sin llegar a esos extremos, pero con un pasado enigmático, enrevesado y bastante escondido, el británico Peter de Havilland es uno de esos compositores de los que se hace difícil encontrar imágenes y referencias de garantías, incluso en la era de internet. Este Thomas Pynchon de la música sólo tiene además publicado un disco en solitario pero se trata de una referencia mágica y apasionante, al menos en su largo tema principal, el que titula a la obra: "Bois de Boulogne" fue editado en 1987 por el sello Venture, división de Virgin Records que acababa de crearse para artistas new age, experimentales y clásicos modernos, en el que grabaron músicos de renombre como Hans-Joaquim Roedelius, Mícheál Ó Súilleabháin, Durutti column, Klaus Schulze, Michael Nyman, Philip Glass, Adiemus o Gavin Bryars. De Havilland fue uno de sus primeros moradores junto a Lester Bowie's Brass Fantasy ("Twilight Dreams"), Mícheál Ó Súilleabháin ("The Dolphin's Way"), Hans-Joachim Roedelius ("Momenti Felici") y Klaus Schulze & Andreas Grosser ("Babel"), como se puede comprobar en recopilatorios primerizos como el EP "A Venture Sampler" o el álbum "Music Without Frontiers", ambos con temas de este "Bois de Boulogne".

Peter de Havilland creó presumiblemente "Bois de Boulogne" a los 16 años, un dato prodigioso si se escucha una obra que parece madura y llena de experiencias, y que parece ser que realmente encontró la publicación a los 19 años del artista. Más adelante trabajaría entre otros con Boy George o con Oasis, y se hizo amigo del malogrado Jeff Buckley. También militó en diversos grupos de rock o de house, como The Mau-Maus, D:ream y FoolBoyz, pero este todoterreno (productor, teclista, compositor) también parece haberse labrado una carrera importante en la música para cine (ayudando a algunos de los grandes durante su estancia en Los Angeles) y como DJ en varias ciudades americanas y europeas, y fuera de la música, como modelo para Vivienne Westwood. En este ajetreado y siempre oficioso currículum, incluso se menciona una búsqueda por parte del KGB, para completar un conjunto demasiado artificial, como un guion de alguna superproducción, de esas que protagonizan Brad Pitt o Leo DiCaprio. Verdadero, falso, ilusorio en parte o no, lo que queda con total seguridad es la música de este 'disco fantasma', una extraña mezcla electrónica entre clasicismo y modernidad (o al menos lo que en los ochenta podía ser considerado moderno y avanzado), con un alto componente romántico. Visto así, el álbum parece ser el curioso experimento de un joven genio (se dice que firmó su primer contrato a los 14 años, y que su madre tuvo que firmar por él), al menos en su primera parte, donde nos encontramos con "Escher" (una fulminante, vertiginosa pieza minimalista en homenaje al gran grabador holandés M.C.Escher, que surge del microsurco como de un órgano de las catacumbas de la ópera), "Myoho" (simple y pura canción de piano en una línea íntima y melodiosa) y "Shaku", composición dividida en cuatro partes a lo largo de la obra, que va evolucionando y complementándose, partiendo de una interesante relajación con tintes japoneses -donde el etnicismo de la flauta shakuhachi se anticipa en varios años al 'sonido Enigma'-, pasando por un momento espiritual con voces sampleadas, para culminar en una deshumanizada pieza de percusión que parece destinada a alguna performance con ínfulas culturetas. Hasta aquí este disco se podría calificar como más que aceptable, interesante pero sin llegar a un estado atemporal y de culto. Lo que lo distingue de otros trabajos parecidos es el tema que le da título, una enorme composición de teclado (con sones de arpa y un cierto aire retro fascinante) que desarrolla durante 19 minutos la misma melodía con diferentes tempos y matices, basándose en un sonido muy artificial y electrónico, en una falsa onda sinfónica presumiblemente improvisada (de hecho su título completo es "Bois de Boulogne (Theme and Improvisation)". Precisa y seductora, dicha melodía provoca una cierta catarsis y un deseo creciente de su llegada, como la ansiosa espera de una necesaria dosis de alguna sustancia prohibida. Así, sus intervalos, a veces calmados, otras alocados, siempre acordes con un propósito purificador, se disfrutan en su totalidad con el ansia de lo que está por llegar, y cuando llega lo hace con un curioso efecto alucinógeno totalmente plausible y absorbente. El mismo año 1987, en el mencionado recopilatorio "Music Without Frontiers" del propio sello Venture, estaba incluído el tema "Myoho", el mismo que aparecía en el EP de edición limitada "A Venture Sampler", mientras que en "Add Venture to your Collection" se podían escuchar dos de las partes de "Shaku".

Esotérica e intrigante, la vida de Peter de Havilland (si es que ese es su verdadero nombre) está envuelta en una nebulosa tan tupida como los glissandos de presunta arpa con los que nos recibe el corte estrella de este su único álbum. Real o ficticio, un nombre tan aristocrático como ese merecía un producto elegante. "Bois de Boulogne" lo era, su tropel de supuestas vivencias se iniciaron con este hito palpable y audible, un debut brillante cuyo resplandor no fue suficientemente aclamado, pasando el disco sin pena ni gloria por los estantes de las tiendas. Esto, aparte del misterio que rodea a su autor, posibilita su inclusión en una categoría que oscila entre el culto y el malditismo. Tal vez la industria no le acogió correctamente, no llegó al oyente adecuado, o al que llegó no le entendió; puede que sencillamente "Bois de Boulogne" se anticipara demasiado a las modas, siguiendo la estela de su autor que, difícil de seguir, parecía ir siempre varios pasos por delante de su público. El caso es que esta es la única referencia en solitario del teclista inglés, un avanzado y entretenido plástico publicado en la madurez de los años ochenta, cuya huella no ha desaparecido, su encanto permanece en los reproductores de audio de los que, buscando una chispa en los sonidos de antaño, encuentran una verdadera llama.

1.8.06

CHRIS SPHEERIS & PAUL VOUDOURIS:
"Enchantment"

Aunque la mayoría de la gente piense que "Enchantment" es la segunda (o incluso la primera) colaboración entre los estadounidenses de ascendencia griega Chris Spheeris y Paul Voudouris, nada más lejos de la realidad, puesto que se trata del quinto disco que ambos artistas publicaron juntos. Eso sí, no intentéis conseguir los tres primeros, totalmente descatalogados, plásticos en los que el dúo realizaba un pop sencillo con aires folk, enteramente vocal, a lo Cat Stevens o James Taylor, dos de las influencias de Spheeris en su estilo de guitarra: "Spheeris and Voudouris" en 1978, "Points of View" en 1980 o, más avanzada que el folk de sus inicios (un gran cambio, de hecho), "Primal Trech Music (Live)", vocal pero más experimental, entrando de lleno en el tecno-pop y la new wave. "Passage" fue en 1982 un punto extraño en su evolución, música meditativa, relajante, con predominio de los teclados a lo Brian Eno o el Vangelis más meditativo. Sin embargo, y tras años de parón y carreras en solitario, su nueva unión artística, "Enchantment", fue un trabajo tan redondo e importante en la realidad de las Nuevas Músicas de los 90 (llegó seguramente en el mejor momento, comercialmente pero también cualitativamente hablando, de este estilo de música) que, efectivamente, ha pasado a la historia como el gran disco de Spheeris y Voudouris, guitarrista y teclista (se complementaban así en sus reuniones, aunque ambos pueden utilizar una gran gama de instrumentos), un dúo esencial e imaginativo que comenzaron su amistad en Grecia y volvieron a coincidir años después en los Estados Unidos para legarnos varios discos mágicos.

Sorprende cómo la historia de un trabajo tan hermoso como "Enchantment" puede ser algo turbulenta. Publicado en 1991 por la discográfica de San Rafael (California) Music West Records, y cuando comenzaba a sonar en radios y a funcionar el boca a boca, este trabajo tuvo la mala fortuna de encontrarse con la quiebra de dicha compañía a los pocos meses de su publicación ("no fue culpa nuestra", decía Chris entre risas). Ambos artistas, sabiéndose poseedores de una pequeña joya, consiguieron rápidamente los derechos sobre el master de "Enchantment" para su propia compañía, Epiphany Records, a cambio de no cobrar los royalties que les debían. Lanzado de nuevo con Epiphany, vendieron bastante, sobre todo en España. Sin embargo sus búsquedas musicales en solitario acabaron por clausurar Epiphany, por lo que las posteriores reediciones de "Enchantment" serían en Essence Records -sello de Spheeris, en el que iba a continuar su exitosa trayectoria- y Hit Records -sello de Voudouris, de discreta repercusión-. Sólo un ligero rediseño de portada delataba el cambio de ubicación, la música seguía siendo la misma, intangible y maravillosa. Cuenta la historia que Chris, que ya tenía perfilada una carrera en solitario en la que "Enchantment" iba a ser su siguiente paso, cuando empezó a planificarlo tuvo un accidente, se cortó en la mano y no pudo tocar la guitarra, así que sin dudarlo le dijo a Paul "vamos a hacer un disco con tres manos, las dos tuyas y la mía", una gloriosa casualidad. ¿Pero por qué este álbum llegó a ser un pequeño éxito, sobre todo en España y Grecia? En primer lugar, hay que tener en cuenta el origen de los artistas, su ascendencia griega y la influencia que eso ha tenido en una música cálida, melódica, esencialmente mediterránea. Además, la difusión del disco en Radio 3 y su utilización en televisión y en determinados momentos de los Juegos Olímpicos de Barcelona también aportaron su granito de arena. Pero es al escucharlo cuando se aprecian las verdaderas razones de ese éxito. Realmente el tema homónimo, "Enchantment", es una pequeña obra maestra, de esas que han sonado en radios y televisiones hasta la saciedad y que, merced a una bella melodía de oboe que destila una extrema sensibilidad, ha contribuido a vender miles de ejemplares en medio mundo. Como su título indica, un auténtico encantamiento. Esa sensibilidad se puede respirar en cada tema del disco, especialmente en deliciosas melodías que también se favorecen de los vientos, clarinete, oboe o saxo (la plácida "Golden Days" o "Across Frontiers", que sorprende en su delicioso final), como en esos momentos en los que sale a relucir la guitarra mediterránea de Spheeris ("Through the Wall" es una fiesta privada entre Chris y el oyente, "First Kiss" un recuerdo nostálgico), un sonido más eléctrico ("Love and Understanding", que parece un pequeño himno al amor y la amistad) o los teclados ambientales de Voudouris ("Many Heavens" recuerda a ciertas composiciones del Vangelis de los documentales de fauna), en un poderoso conjunto que si bien parece más deudor, o por lo menos eso se deduce de sus trayectorias, de los trabajos en solitario de Chris Spheeris, a buen seguro forma parte de las experiencias conjuntas de estos dos grandes amigos que, en esos momentos, compartían casa en Sedona (Arizona). Dentro de este aire místico, uno de los grandes momentos del álbum, posiblemente el mejor junto a "Enchantment", se da cuando la guitarra rítmica llama al movimiento junto a sorprendentes flautas andinas en esa otra bendición de aires sudamericanos titulada "Pura vida", vitalista e imprescindible composición recogida además en el eficaz recopilatorio "Polar Shift", lo que supuso realmente el primer éxito del disco.

Precisamente 'pura vida' es una expresión con la que en Costa Rica se denomina a las cosas que salen bien, así que nada mejor que utilizarla para recordar este maravilloso disco, sin duda uno de los mejores de las Nuevas Músicas de los 90, que tuvo su continuación cuatro largos años después con un último trabajo de colaboración ("Europe") entre dos colegas, amigos desde los trece años, de gran éxito conjunto pero cuyas trayectorias en solitario son extremadamente distintas, exitosa la de Spheeris (con grandes obras como "Desires of the Heart" -anterior en varios años a este "Enchantment"- o "Culture"), casi desconocida la de Voudouris ("It Takes Two" tal vez sea su álbum más conocido, pop con una cierta proyección). Sus éxitos conjuntos fueron parte de "un periodo de renacimiento, exploración y fraternidad", dijo Paul. Mientras seguimos esperando, décadas después, un reencuentro, saboreamos esas composiciones en solitario o en dúo, y nada mejor que comenzar con la magia de "Enchantment". Un trabajo magistral, hecho a tres manos.





28.7.06

PATRICK O'HEARN:
"Rivers Gonna Rise"

mediados de los 80 un treintañero Patrick O'Hearn (Los Angeles, 1954) tenía ya una interesante trayectoria en el mundo de la música. Había tocado el bajo dos años y medio para el gran Frank Zappa y posteriormente en dos grupos, Group 87 (donde coincidió con el trompetista Mark Isham y el guitarrista Peter Maunu) y el más conocido, Missing Persons (junto al batería Terry Bozzio y el guitarrista Warren Cuccurullo, aunque su techno-pop de plástico estaba basado especialmente en la imagen de la vocalista y esposa de Terry, Dale Bozzio). También había destacado como músico de sesión, especialmente en el mundo del jazz, antes de comenzar una interesante carrera en solitario en el sello de Peter Baumann, Private Music, donde echó mano no sólo de su feroz inventiva sino de esos amigos que iba dejando atrás. Ahí demostró ser un maestro creando atmósferas y utilizando los ritmos, centrándose en la composición y los arreglos más que en la improvisación jazzística en la que había crecido. Baumann y O’Hearn se conocieron en 1984, cuando este último aún militaba en Missing Persons y cuando el ex-Tangerine Dream ya estaba masticando su visión de un sello de música instrumental de calidad para adultos exigentes, lo que enseguida se convertiría en Private Music. Ambos congeniaron y O’Hearn envió al productor alemán unas maquetas que, a pesar de ciertas dudas iniciales del bajista, acabaron convirtiéndose en "Ancient Dreams", su debut en Private Music y segunda referencia del sello. "Con Zappa toqué el bajo, pero Frank me permitió pasar las tardes en su casa, donde tenía un arsenal de sintetizadores. Tengo que reconocerlo: fue gracias a su laboratorio secreto que me adentré en la música electrónica". Eso y una cierta admiración por Brian Eno, acabaron de originar el giro estilístico definitivo del artista. En busca de la alquimia perfecta con la que lograr un sonido misterioso de ambientes oscuros y ritmos animados, a este prometedor inicio (incluso Zappa le dio su visto bueno) le siguió el completo "Between Two Worlds" (álbum nominado al Grammy), pero O'Hearn siguió investigando infatigable hasta llegar a la magia definitiva, la que nos encontrábamos en este trabajo publicado por Private Music en 1988, "Rivers Gonna Rise".

"Cuando grabé 'Ancient Dreams', no estaba seguro de que a alguien le interesara. Mis amigos músicos lo disfrutaron, pero ¿alguien más? Era tal la belleza de aquellos días, que nada me podría haber importado menos, aunque fue muy bien recibido por los fans y la industria por igual". O’Hearn vivía en Los Angeles pero trabajaba para una compañía con sede en Nueva York. Tras el inesperado éxito de una música nueva, estimulante, afianzado por el hecho de las nuevas tecnologías de grabación digital (eran los inicios comerciales del Compact Disc), su casa se convirtió en un estudio de grabación, para lo cual incluso tuvo que realizar cambios estructurales en la misma. En el universo de Patrick O'Hearn la atmósfera estaba dominada por las percusiones -electrónicas y acústicas-, los teclados y por un inmenso bajo -todos ellos interpretados por él mismo, aunque éste último sea su instrumento básico, con el que mejor expresa sus emociones-, con la ayuda de sus amigos de Group 87 y Missing Persons: la trompeta de Mark Isham, las guitarras de Peter Maunu y Warren Cuccurullo, y las percusiones adicionales de Terry Bozzio y John Valen, bajo la producción del propio O'Hearn. En estas condiciones, con la experiencia de muchos años, la confianza de una compañía de discos joven y en alza, y la ayuda de estos extraordinarios músicos, sólo se podía cocer una obra maestra, y "Rivers Gonna Rise" lo fue, por su frescura, su iluminación y su homogeneidad, además de una chispa de creatividad por la cual O'Hearn pasó de ser un buen músico a un artista primordial durante bastante años. El disco comienza con uno de los clásicos de las Nuevas Músicas, un pequeño y bailable hit titulado "Homeward Bound", pleno de gracilidad y ritmo contagioso cercano a tendencias más comerciales, un título que no pasa nunca de moda. Pero es esa una característica básica en esta época de O'Hearn, sus melodías ambientales eludían la oscuridad anterior para buscar -y de hecho encontrar- la complicidad del oyente, logrando auténticos éxitos como la mencionada "Homeward Bound" o una monumental "April Fool", otra de esas manidas sintonías televisivas (en España fue utilizada en un conocido espacio deportivo de Canal+), prodigio de imaginación, una chispa burlona (el ‘april fool’ anglosajón es nuestro día de los inocentes y se celebra cada 1 de abril) y un acabado soberbio a la par acústico y electrónico, de los que lamentablemente ya no se estilan. No menos agraciadas son "The Stroll" (una pequeña orgía de sonidos y movimientos), la fresca melodía de "Acadia" o la completísima -segundo sencillo del álbum- "Reunion" (Acadia y Reunion son colonias francesas, si bien kilométricamente muy distantes), mientras que Mark Isham deja huella con su inconfundible trompeta en otras composiciones impagables y alentadoras como "Glory for Tomorrow" o “A Brief Repose”. El bajo es un instrumento que Patrick nunca ha dejado de tocar (fundiéndolo con su nuevo camino de una manera especial) a pesar de su creciente interés por los instrumentos electrónicos en los 70, como se ha dicho antes influido especialmente por Frank Zappa ("en 1978 comencé a coleccionar algunos y en poco tiempo me fascinó y me sumergió en la creación de música electrónica"). Aquí se yergue como solista principal en "Forgiveness", y "Portobello Locks" es un marcado final para un álbum completísimo. Afortunadamente, O'Hearn parecía haberse cortado esa extravagante melena ochentera que lucía en la contraportada de "Between Two Worlds" -aunque mantenía un horrible tupé-, para una imagen más sofisticada y elegante, acorde con la época.

Entre trabajo y trabajo para Private Music, Patrick O'Hearn aceptó varias ofertas para componer algunas bandas sonoras, en especial -por su carácter más comercial y publicación en CD- las de 'Crying Freeman', 'White Sands' ('Arenas blancas') o, como curiosidad, la última temporada de la conocida serie televisiva Falcon Crest, para la cual versionó la conocida sintonía original del estadounidense de ascendencia italiana Bill Conti, dándole un acabado un poco más moderno. Evidentemente, el trabajo en solitario de O'Hearn ha evolucionado por caminos más atrevidos, derivando con los años en una ambientalidad cada vez más profunda y buscadamente anticomercial, hasta el punto de encontrarnos con un artista recordado y muy admirado, un punto de referencia de la generación que cambió el panorama de las Nuevas Músicas en los años ochenta.







24.7.06

WILLIAM ACKERMAN:
"In Search of the Turtle's Navel"

La historia de la creación del sello Windham Hill es parte fundamental en la definición de la etiqueta new age music, y en consecuencia de mucho de lo que se puede denominar nueva música instrumental contemporánea, en este caso enfocada especialmente al entorno acústico americano. William Ackerman era un carpintero de origen alemán, adoptado por Robert W. Ackerman y su esposa cuando era muy pequeño, que vivía en 1975 en Palo Alto (California). Will destacaba entre sus amigos por ser un gran guitarrista aficionado, que amenizaba muchas de sus reuniones. Como una especie de apuesta y ante la presión de éstos, se comprometió a confeccionar un disco si dichos colegas le conseguían que 60 personas pagaran cinco dólares por él... ¡antes de grabarlo! De esta forma tan aparentemente banal nació Windham Hill Records, con un prensaje de 500 copias de su primera referencia, "In Search of the Turtle's Navel", que poco a poco, entre el boca a boca y una distribución bastante casera en radios y periódicos, acabaron resultando escasas. Durante los siguientes meses Will Ackerman y su esposa (y futura presidenta de Windham Hill), Anne Robinson, compaginaron sus trabajos con la tarea de sacar adelante a la compañía, logrando finalmente entre los dos no sólo eso, sino conseguir los fichajes de artistas de una calidad impresionante, y popularizar una música para la que la prestigiosa revista Billboard tuvo que buscar una denominación ante su creciente expectación, naciendo así la etiqueta New Age Music.

Ese folk de guitarra tan genuinamente americano que los amigos de Will Ackerman escuchaban en los setenta ha pasado a la historia como uno de los sonidos míticos de la música instrumental, y no sólo por ser el detonante de una 'nueva era' musical sino también por contar con una calidad fuera de toda duda. De hecho Scott Saxon, el dueño de los estudios Mantra de San Mateo, California, en los que Ackerman grabó "In Search of the Turtle's Navel", decidió con muy buen ojo no cobrarle dicha grabación y participar en su elaboración, con lo que acabó convirtiéndose en el productor, ingeniero y mezclador de los dos primeros discos de nuestro admirado guitarrista. El sonido de guitarra de Will Ackerman no es espectacular, no destaca por su originalidad, más bien por su buscada simplicidad, (él mismo dice que, escuchándolo varias décadas después, se sorprende ante un disco sencillo pero sincero, y sorprendente por su propia inocencia, que es lo que hace que se mantenga fresco y adictivo en la actualidad) pero tiene algo que lo diferencia de los demás guitarristas, una especial espiritualidad que no ha sido totalmente reconocida por lo recóndito de su estilo y el mal nombre que acompaña al movimiento new age entre la crítica. Sin embargo no había nacido aún esa etiqueta en los setenta, y son grandes maestros de la guitarra folk americana los que influenciaron a Ackerman en este su primer álbum: John Fahey (en "What the Buzzard Told Suzanne"), Leo Kottke (en "The Pink Chiffon Tricycle Queen" y "Second Great Tortion Bar Overland of West Townshend, Vermont, Jose Pepsi Attending") y Robbie Basho (en "Ely"). En el primer trabajo de este virtuoso y de la compañía Windham Hill, publicado en 1976 con piezas compuestas entre 1970 y 1974, podemos encontrar auténticas joyas a las cuerdas con cierto aire de country que no hay que dejar escapar, en especial en las canciones influidas por Kottke, destacando ese comienzo completo y animado de título "The Pink Chiffon Tricycle Queen" -con ella se puede uno imaginar aquellas reuniones de amigos en las que Ackerman tañía su guitarra despreocupado, sin saber lo que se le venia encima-, y una "Second Great Tortion Bar Overland of West Townshend, Vermont, Jose Pepsi Attending" muy destacable, aun sin ser de las canciones emblemáticas del álbum. En la escucha del disco enseguida aparecen títulos tan importantes en la memoria de las nuevas músicas como la sensual "Ely" (preciosa y reflexiva tonada inspirada por la catedral de Ely, en Inglaterra), la romántica "Barbara's Song" (con un tono más serio, Will despliega una melodía contundente y maravillosa, "una canción de amor y sus sufrimientos miserables", decía) o la admirada y repetida hasta la saciedad en samplers "Windham Mary" (dedicada a Mary Folsom, una de las fundadoras del Windham Hill Inn, en Vermont), una de las creaciones maestras de este fenomenal artista, de grandísima calidad en su composición e interpretación, capaz por sí sola de cambiar la perspectiva de cualquier oyente y caer rendido a los pies de Ackerman. Más calmada es la influencia de Fahey ("What the Buzzard Told Suzanne"), o la interior "Dance for the Death of a Bird", basada en la música japonesa de koto -instrumento de madera de trece cuerdas-, pero en esta selección de temas que Ackerman había compuesto desde 1970, ante todo deslumbra el corte más conocido y poderoso del disco, con el que más se puede entender el auge de Windham Hill, la mítica y prodigiosa "Processional", sin duda una de las piezas clave de la música del siglo XX, un momento emocionante a las seis cuerdas y un regalo para cualquier amante de la música, que iba a ser reinventada en discos posteriores, y se iba a convertir en punto fundamental en los conciertos de su autor. Will hablaba así de humilde y taxativo sobre la grabación de "In Search of the Turtle's Navel" veinte años después: "Grabé un sencillo registro de guitarra solista en Mantra Studios en San Mateo, California, con un tipo llamado Scott Saxon. Creo que todo el proyecto tuvo lugar en tres sesiones de dos horas. Es imposible describir la inocencia de la experiencia".

"In Search of the Turtle's Navel" contó con otros dos títulos en las primeras ediciones del mismo, comenzó llamándose simplemente "Turtle's Navel" en las maquetas, pasando a "The Search for the Turtle's Navel" en su primera edición en Windham Hill, con una portada de fondo negro y tipografía muy del oeste (carpeta desplegable y una canción, "Woman She Raids", que desapareció en la reedición). Dicha portada se suavizó en las nuevas ediciones, mantuvo la imagen de esa niñita que es realmente Eleanor, la hermana de Will, pero con gran cantidad de color blanco y el tipo de letra más sencillo. Como única nota discordante, la compañía alemana Pastels publicó una edición en 1978 con cambio total de portada e incluso de canciones. La artesanía de este trabajo era el espíritu original de la compañía, pero también es destacable el aire inocente, cómico incluso, en algunos títulos y explicaciones ("Second Great Tortion Bar Overland of West Townshend, Vermont, Jose Pepsi Attending", "Slow Motion Roast Beef Restaurant Seduction"), si bien se encuadra en una adecuada madurez general por la que los cortes más inspirados se presentan en una sorprendente, atractiva y genuina cara A en la que Will Ackerman hace fácil lo difícil con su guitarra folk. El propio título del álbum, 'En busca del ombligo de la tortuga', da fe de esa genuina comicidad, e influyó en el primer logotipo de Windham Hill, ni más ni menos que una tortuga buscándose el ombligo, sustituido muy pronto por el ya clásico bosque rayado con una enorme luna de fondo, creado por Jay Durgan. Es conveniente rescatar a la mínima ocasión los discos de este guitarrista que se hizo a sí mismo llamado William Ackerman, en especial, y con gran añoranza, "In Search of the Turtle's Navel", un vendaval folclórico de soberana maestría, un disco seminal donde los haya.





21.7.06

MIKE OLDFIELD:
"Amarok"

"'Amarok' es un disco hecho simplemente por el placer de la música", dijo en cierta ocasión Mike Oldfield sobre este soberano y poco valorado álbum (sin duda, uno de los discos más infravalorados de la historia de la música) publicado por Virgin Records en 1990. Su mitificación es tal entre los seguidores del multiinstrumentista británico que sobre él se han llegado a plantear cuestiones como "¿La pieza más importante de la música instrumental en la historia de la música moderna?" (Peter Evans en el nº5 del magazine Dark Star). Puede parecer una cuestión algo exagerada, especialmente proveniendo de la cabeza de un músico que había firmado, en los 70, sinfonías rock tan sublimes como "Tubular bells", "Hergest Ridge" o "Ommadawn", en una época en la que Oldfield se ganó a pulso no sólo la admiración,  sino el derecho a ser escuchado. Sin embargo tal vez se trate este del disco con el que Oldfield, que siempre se ha encontrado más cómodo en el estudio que sobre el escenario, más ha disfrutado en su elaboración, y eso se nota en la frescura del resultado final, todo en él -creación, difusión, intenciones- fue irreverencia pura, sus 60 minutos sin parón presentaban la belleza del caos, un aluvión de ideas sin igual en una obra detallista como ninguna, que difícilmente pasará de moda. En definitiva, se puede amar u odiar "Amarok", pero desde luego se trata de un trabajo que no deja indiferente a nadie.

La historia de "Amarok" surgió mucho antes de su publicación, ya que recogía influencias y sonidos de, prácticamente, toda la carrera de Mike Oldfield (incluso en demos anteriores a "Tubular bells" se pueden escuchar fragmentos recuperados en "Amarok"), si bien resulta evidente encontrar bastantes similitudes con otro de sus trabajos más admirados, "Ommadawn", publicado quince años atrás. Después de una década, la de los 80, de presión por parte de Virgin Records para vender más y más discos, y componer hits vocales exitosos como "Moonlight shadow", Oldfield decidió hacer 'su disco', demostrando que era una roca ante sus exigencias (I'm a rock = Amarok): como desquite ante su jefe, Richard Branson, la confusión melódica de "Amarok" no proporcionaba ningún single claro a la compañía (sólo algunos extractos se publicaron como samplers promocionales, y como cara B de los sencillos de su siguiente disco, "Heaven's open"), a pesar de contener momentos de un nivel altísimo, grandiosos retales entrelazados y aderezados con todo tipo de sonidos extraños, mensajes ocultos y subidas y bajadas de volumen. Aun así, y vislumbrando sus posibilidades, Virgin intentó titular al disco "Tubular bells 2", pero Oldfield se negó en redondo, obteniendo de este modo una nula campaña de promoción y unas ventas muy bajas para lo que él consideraba como "una de las mejoras cosas que he hecho nunca". Su enfado derivó en demostración de sus posibilidades de composición, uso del estudio e interpretación: Oldfield toca un sinnúmero de instrumentos y aparatos extraños -juguetes, zapatos, aspiradora, martillo, silbato...- a excepción de varios elementos que ya estaban presentes en "Ommadawn", como los tambores africanos de Jabula, la gaita de Paddy Moloney, y las voces de Clodagh Simonds y Bridget St. John; además, William Murray escribe el cuento del libreto y Tom Newman regresa a la co-producción, mientras que la cómica escocesa Janet Brown imita la voz de Margaret Thatcher. Oldfield se salta las reglas a cada paso, a cada minuto, y como si fuera un joven insolente -evidentemente ya no lo era-, va elaborando una pegajosa tela de cuyo desconcierto, curiosamente, es difícil despegarse, un vigoroso cuaderno de notas ensambladas con sapiencia en un todo adictivo que bien puede parecer una obra privada para el fan, distinta, fresca, prodigiosa, imbuida de bendita locura, un homenaje de Oldfield a sus seguidores cuyo único problema -aparte de la difícil radiodifusión- podría ser que está tan infestado de melodías que no te puedes identificar con ninguna en particular. En esta metonimia de la obra de Oldfield se respira frescura desde la propia cubierta -homenaje evidente a la de "Ommadawn"-, y una originalidad que comienza en la advertencia médica de la contraportada ("esta grabación puede ser peligrosa para la salud de los mentecatos 'oreja de trapo'"), hasta el último minuto de un disco que nunca se ha interpretado en directo -sería un espectáculo grandioso pero casi imposible de realizar- y que es conveniente escuchar de un tirón, sin interrupciones, y abiertos a todo. Aún así tranquilo, si aún no lo has escuchado, es de asegurar que prácticamente todo el mundo ha exclamado un '¿pero ésto que es?' tras su primera audición. Y no te engañes, unas cuantas décadas después... seguimos pensando lo mismo!!!


Si realizamos un tamizado musical, bastantes álbumes de Oldfield podrían situarse entre los mejores del rock instrumental. No es una suerte de aforismo, es una realidad contrastada, aunque el fenómeno no se extienda al mayor de los mercados, y también el más retroalimentado, el norteamericano. No iba a ser "Amarok" el disco que derribara esa barrera, ni tan siquiera iba a contar con espectaculares ventas en Europa, pero si atendemos a la crítica popular, y más concretamente a la de los grandes seguidores del propio artista, se trata de uno de sus trabajos más originales, respetados y reverenciados, incluso por encima -para muchos- de algunas de sus obras más aplaudidas y recordadas de los 70. 'Lo nuevo de Mike Oldfield es más Oldfield que nunca', decía una de las escasas publicidades que realizó Virgin Records, y algo tenía de razón, Mike debería repetir de cuando en cuando esas sensaciones que le llevaron a crear una obra tan loca y atrevida, volverían a disfrutarlo él mismo y su público. Peter Evans acababa su artículo arriba mencionado con esta frase lapidaria: "Es una pena que pocas personas conozcan la riqueza que da al oyente el álbum instrumental más genial de la historia de la música moderna. No sería extraño que dentro de cientos de años este álbum pudiera tener la aclamación que hoy se da a trabajos del siglo XVII o XVIII. Es una pena que no estaré allí para decir... ¡os lo dije!".






20.7.06

RELATIVITY:
"Gathering Pace"

En 
un continuo proceso de evolución y renovación, la música celta (como cualquier otra disciplina artística) ha visto con los años emerger nuevas figuras, desaparecer otras importantes, y ha sufrido la aparición y la eclosión de nuevos y viejos valores y formas de expresión, en concordancia con el devenir de los tiempos. Relativity es un ejemplo ilustre con el que valorar estas afirmaciones y circunstancias, ya que se trató de un conjunto que, partiendo de una profunda tradición, consiguió que su música sonara de un tiempo actual sin necesidad de recurrir a más efectos que las voces e instrumentos de siempre, con la única incorporación 'extraña' de un elemental sintetizador o una guitarra eléctrica que aportan un pequeño asomo a la música rock. En este grupo convivían dos formas hermanas de concebir la música celta, desde la tradición irlandesa y desde la escocesa. Emplear el término 'hermano' no tiene desperdicio, pues esta maravillosa banda estaba compuesta por dos parejas fraternales de excepción, por la vertiente escocesa los Cunningham (Phil y Johnny) y por la irlandesa los Ó Domhnaill (Mícheál y Tríona). Silly Wizard y The Bothy Band fueron los nombres de los dos míticos grupos en los que, dejando aparte importantísimos álbumes en solitario o en colaboración con primeras figuras, habían militado estos personajes, y así continuarían durante más años, sin acompañamiento o con formaciones espectaculares como Nightnoise, en la que años después volverán a coincidir Mícheál, Tríona y Johnny.

Buscando nuevas y mejores oportunidades, los Ó Domhnaill habían emigrado a los Estados Unidos en 1980, concretamente a Portland (estado de Oregon). Aunque con Nightnoise, unos años después, sintiera la necesidad de escribir e interpretar canciones propias, originales, distintas de la tradición (si bien dotadas de un significativo encanto celta), Mícheál no pudo por momentos desembarazarse de lo que había supuesto su vida hasta entonces, y con Relativity no sólo supo retomar esas tonadas tradicionales, sino además interpretarlas junto a su hermana Tríona y a esos dos monstruos escoceses que eran los hermanos Cunningham. Tras un estupendo disco homónimo de debut en 1986 (una delicia que estableció las bases de su sonido), un año después, en 1987, llegó "Gathering Pace" también de la mano de Green Linnet Records, con el que dieron una nueva vuelta de tuerca basada en gran medida en una sublime producción a cargo de los propios miembros del grupo. John Cunningham aporta su violín, Phil Cunningham acordeón, flautas y sintetizadores, Mícheál Ó Domhnaill las guitarras y Tríona Ní Dhomhnaill clavinet (un clavicordio electrónico), sintetizadores y voz, con la contribución en este último apartado de los otros tres miembros, logrando cotas de un lirismo sorprendente que los dos hermanos Ó Domhnaill mantendrán en los varias veces mencionados y siempre recordados Nightnoise. Este grupo bien pudo significar un paso adelante en la evolución de la música folk de las naciones celtas, y "Gathering Pace" en particular es un disco elegante y casi perfecto, en el que se podría destacar cada uno de los temas, tanto las canciones como los instrumentales. Todos sus miembros se encontraban en estado de gracia compositivo: Phil maravillaba, al mando de su esplendoroso acordeón, con los ritmos acertados y contagiosos que abrían el trabajo, la barndance, polka y jigas "Blackwell Court / Highland Laddies / Gillies' Taxis / The Double Rise", para regresar con otros reels de su autoría cerca del final ("The Monday Morning / Cutting A Slide / Robert The Minnow / Hogties’"). Johnny también aportaba tunas animadas como "Miss Tara MacAdam / The First Train to Kyle" (la segunda está dedicada al embelesador trayecto del primer tren que bien de mañana parte hacia Kyle of Lochalsh, muy cerca de la escocesa isla de Skye), pero especialmente nos legaba una joya tan abrumadora como "When she Sleeps" (monumental composición plena de amor, auténtica y enternecedora, dedicada a su esposa Karin). Tríona y su voz nos deleitaban con su típico toque personal en "Gathering Pace" (cálida canción que anticipaba futuros éxitos en Nightnoise, y que Tríona compuso a los doce años, no sólo rescatándola para esta ocasión sino además dándole título al disco), y Mícheál ayudaba en todos los terrenos con su guitarra rítmica, esa que marcaba el paso a cada momento. Para complementar un todo privilegiado, el cuarteto no se olvidó de arreglar temas tradicionales con gran acierto: "Rosc Catha na Mumhan" es una espectacular marcha con letra del poeta irlandés Piaras Mac Gearailt, en la que sorprende el uso de la guitarra eléctrica sobre las voces grandiosamente conjuntadas de los dos Ó Domhnaill, sin duda un tema en el que se evidencia el paso adelante respecto al anterior disco; "Má Théid Tú Ún Aonaigh" es un bonito recuerdo de la niñez de estos mismos hermanos, puesto que su padre solía cantarla en casa; "Said Johnny to Molly" encandila con la voz de Tríona en solitario, y destaca especialmente la deliciosa "Siún ni Dhuibhir", una de esas canciones interpretadas de nuevo a dúo por los hermanos Ó Domhnaill con tal vehemencia que son capaces de erizar el vello, cuyos arreglos son a su vez magistrales, acercando la tradición a sones que podrían conectar con otras audiencias (mejora notablemente en instrumentación y modernidad a otras versiones, como la de Clannad en su álbum de 1973 "Clannad", o la de Alan Stivell un año antes en "Chemins de Terre" -donde traducía el nombre a "Susy Mac Guire"-), resultando uno de los cortes más fácilmente recordados del álbum. Aunque fuera publicada por Green Linnet, y siendo algunos miembros de la banda parte activa de Windham Hill, esta canción fue incluida en la recopilación de Narada "Celtic Odyssey". Todos los tradicionales mencionados hasta aquí fueron cantados en gaélico irlandés, pero el gaélico escocés también encontró su pequeño hueco por medio del evocador tradicional que cierra el disco, "A Rìbhinn óg Bheil Cuimhn'agad", fundido junto al impresionante aire lento de Phil Cunnigham "Ceol Anna", otra de las piezas inolvidables del trabajo, con un comienzo de acordeón magistral.

Relativity se gestó cuando Phil Cunningham, en una visita a los Estados Unidos, habló firmemente con los hermanos Ó Domhnaill sobre la necesidad de grabar algo juntos a la mínima ocasión en que estos viajaran a Europa. "Gathering Pace" fue grabado en Edimburgo, y fue la última referencia de Relativity, es fácil de imaginar que la distancia kilométrica que separaba a sus miembros, así como sus apretadas agendas, fueron circunstancias que imposibilitaron nuevas reuniones, especialmente con Phil Cunningham, ya que Johnny se unió al grupo Nightnoise del 93 al 97. Adelantándose a su tiempo y anticipando propuestas musicales de marcado cariz tradicional en envoltorio actual, este supergrupo no sólo elaboró dos discos maravillosos y atemporales sino además un sonido propio y de referencia obligada en sucesivas generaciones. "Siún ni Dhuibhir", "Rosc Catha na Mumhan", "When she Sleeps", "Ceol Anna" o la conjunción de reels que abre el disco son sólo unos pocos ejemplos de maestría componiendo y ejecutando música celta de manera vocal o instrumental. Relativity es sin duda una banda irrepetible, tanto que lamentablemente es imposible una nueva reunión, ya que mientras Tríona y Phil continúan sus pasos musicales, Mícheál Ó Domhnaill y Johnny Cunningham descansan en paz en su Irlanda y Escocia natales, las tierras que amaron y a las que ensalzaron con su música.