30.8.09

AIR:
"Moon safari"

El 'retrofuturo' es un extraño concepto consistente en rescatar el futuro visto desde el pasado, es decir, esa imagen que a mediados de siglo se tenía de cómo podía ser el nuevo milenio, con naves espaciales, coches voladores, rayos láser, ciudades en cúpulas, incluso alienígenas conviviendo con nosotros. Desde el punto de vista artístico es muy interesante rescatar los trabajos de ilustradores de la época en aquellas revistas de fantasía y ciencia-ficción que por su bajo coste se hacían en papel de pulpa de celulosa, lo que derivó en el término 'pulp'. En la música, varios grupos o artistas se pueden asociar en cierto modo a esa definición, por su estética o características musicales, aunque quizás encontremos uno de los más claros ejemplos en la electrónica francesa de los 90. Efectivamente, ese tipo de música que la crítica inglesa llamó 'french touch' (toque francés), es de una impoluta originalidad y cuenta con una visión bidireccional, lo mismo podemos encontrar en ella ecos del pasado que sonidos más propios de una novela de ciencia-ficción. Sin embargo, anclado en nuestro tiempo, ese sonido tan típicamente francés (diferenciado del inglés o el alemán) se nutre de diversas influencias (pop, funk, soul, jazz...) y se evidencia en una serie de músicos y grupos punteros entre los que destacan Laurent Garnier, St Germain, Daft Punk y por supuesto Air.
Aunque hayan sido comparados con Jean Michel Jarre, Vangelis o Tangerine Dream, este dúo de Versalles compuesto por Nicolas Godin y Jean Benoit Dunckel presenta un sonido algo distinto al de aquellos monstruos de la electrónica; si bien se acercan por su concepción retro, el estilo de Air es más ambiental, con esencias de rock, soul y funky, para conformar así una música delicada, sugestiva, de fuerza inapelable y producción exquisita, que se demuestra especialmente en el álbum que les dió a conocer y que a la larga constituye su mayor éxito, "Moon safari", publicado en 1998 por Source y distribuido por Virgin. Aunque otras de las canciones del álbum gozaran de más éxito, para el que ésto escribe no hay ninguna duda de que el primer corte de este disco es una de las más grandiosas y sugerentes formas de disfrutar con la música eletrónica, Godin y Dunckel destilan en este tema una música verdaderamente sensual, un sutil oleaje de alma y pasión melódica con esencia retro de título "La femme d'argent", cuya escucha calmada es una auténtica experiencia. Otras dos fueron las canciones estrella: "Sexy boy", con una estructura de canción synth-pop muy apropiada para la radiodifusión, y "Kelly, watch the stars!", una burbujeante composición de sonido rotundo y efectista en la que brilla con luz propia la presencia fantasmal del vocoder, ese distorsionador de voz que consigue que Air se apropien gratamente en este safari lunar de la etiqueta kitsch: lo pasado de moda está de moda. En su estilo vaporoso, y en contraste con múltiples efectos de sonido y sintéticos, algunas guitarras y lineas de bajo (a cargo de Godin) tienden a humanizar levemente el conjunto, así como la breve presencia de una orquesta de cuerda -grabada en los estudios Abbey Road- en tres de los temas, entre los que hay que mencionar la dulce "Talisman". Por último, y complementando un trabajo ya de por sí redondo, se une en dos de los cortes, "All i need" y "You make it easy", la voz de la cantante norteamericana -pero afincada en París en esa época- Beth Hirsch.
Por su estética que bordea varias tendencias como ambient, disco, downtempo o música cósmica, se suelen considerar como uno de los puntales de la correosa etiqueta chill out, y por supuesto han encontrado numerosos detractores entre la crítica y los amantes de la electrónica más dura, que califican su música de vacía y sin riesgo alguno. Sin embargo, álbumes como "Moon safari", "Talkie walkie" o la banda sonora de la película de Sofía Coppola "Las vírgenes suicidas", demuestran no sólo que tienen la complicidad del público sino que son reverenciados y sutilmente copiados por otros artistas. "Moon safari", trabajo de bello diseño gráfico (muy bien adaptado al estilo musical que acompaña) que tuvo su edición mejorada diez años después de su publicación (editada por EMI, con un CD de remezclas y un DVD), es un disco grato y luminoso cuyo sonido, por sus características, puede ser compartido por varias generaciones.

23.8.09

ACETRE:
"Dehesario"

Si en el siempre interesante campo de la música folclórica y étnica admiramos a grupos de procedencias tan diversas como Värttinä, Hedningarna, Capercaillie, Le Mystère des Voix Bulgares, La Bottine Souriante o Madredeus, todos ellos de asombrosas cualidades tanto vocales como instrumentales, deberíamos sin duda rendirnos ante un grupo patrio como Acetre, que presenta rasgos de los arriba expuestos junto a raíces folclóricas hispanas y aromas lusitanos, gracias a su posición geográfica, en esa Extremadura confluyente de influencias. El acabado de su música tiene un enganche inusual, absorbente, la riqueza cromática de sus piezas les otorga tan precisa belleza que la entrega de cualquier oyente debería ser total desde el primer momento. Si no, se estaría perdiendo una de las perlas de la música española. Como suena.

El impacto de Acetre comenzó en la comunidad extremeña; al sur de Badajoz y cerca de la frontera con Portugal -lo que dota a sus habitantes de un cierto bilingüismo y de una doble identidad cultural- se encuentra Olivenza, pueblo natural de este grupo creado en 1976 para "abrir nuevos horizontes a la música folk". Aunque lógicamente centrados en Extremadura, Acetre consigue, cada vez mejor, reunir elementos musicales ibéricos en un producto de calidad, sentimiento ancestral y profundo júbilo. También se dejan entrever en su obra influencias árabes, para completar una riqueza de aromas y sabores difícil de encontrar en cualquier producto actual. Una vez escuchadas a fondo, sorprende en Acetre que la revitalización de su acervo cultural suene a la vez antigua y moderna, agazapados en un folclorismo atractivo y sincero. Tal vez por eso mismo ganen el favor de la crítica pero les seamás difícil llegar al gran público, desconocedor en gran medida de lo que hábilmente se prepara, cual salmorejo, al oeste de nuestro territorio. Sin embargo, nuestros amigos no necesitan del carisma de un Carlos Núñez o de los contactos de un Kepa Junkera para desbordar el tarro de las esencias, gracias en gran medida a la labor de investigación, composición y dirección musical de José Tomás Sousa, auténtico alma máter del conjunto, gracias al que demuestran ser mucho más que un legajo de fiestas y tradiciones fronterizas, recogidas en pueblos extremeños como Cedillo, La Vera, Montehermoso, La Fuente del Maestre o Frenegal de la Sierra. Con un buen puñado de discos a sus espaldas desde que en 1985 publicaran "Extremadura en la frontera", la experiencia fue aumentando la calidad de sus plásticos hasta llegar en 2007 a un excepcional "Dehesario", en el que el trabajo de investigación se deja ver desde el tema de inicio, "La danza del mostrenco", una brutal demostración de intenciones, de ritmo desenfadado, aguerrido y muy ibérico, donde la voz de increíble personalidad de Ana Márquez ("Ya viene mugiendo el toro, entre los jarales verdes / con el cuerno ensangrentado, que da lástima de verle") sólo es el anticipo de una atractiva y bailable melodía con dominio de vientos y violín. "Mae bruxa", tradicional de Cedillo -la población extremeña más occidental-, bien podría ser la canción de presentación del álbum, por su agradable estilo vocal, al que sigue "Hierba loba", una divertida demostración instrumental de un José Tomás Sousa que firma con excelentes resultados las tres composiciones del trabajo que no están basadas en la tradición. Es necesario constar que el disco apenas presenta altibajos, su escucha es más bien sorprendente y demuestra el impresionante estado de forma de un grupo formado por José Tomás Sousa (guitarra, teclados), Víctor Asensio (flauta, clarinete, gaita extremeña), Antonio Leyras (bajo acústico), Raquel Sandes (voz y flauta travesera), Paquito Croche (percusiones), Fran González (batería), Diana Vara (violín), Ana Márquez (voz) e Inés Romero (acordeón), con importantes colaboraciones, como la del violinista de Gwendal Robert Le Gall. En este pequeño homenaje al ecosistema dehesario, en el que ciertamente se respira naturaleza, no hay que desdeñar el sabor a fado de "Amores corridiños", los dos tradicionales de Montehermoso ("La rueda de la fortuna" y "Al-Zerandeo"), "La dama coruja - Vals", del omnipresente Sousa o el bucolismo de "Latifundia".

Si se pudiera seguir al milímetro la variedad de nombres e identidades que pululan por el folclore de la península ibérica, no se puede dudar que Acetre sería, con elevada probabilidad, uno de los grupos a tener en cuenta (no en vano ha cosechado numerosos premios y menciones), sobre todo desde su salto de calidad con la publicación en 1999 de "Canto de gamusinos" (impresionante su "Alborada de Jarramplas"), al que siguieron "Barrunto" en 2003 (con un gran comienzo neofolk de título "El paso del Zajorí") y este soberbio "Dehesario", editado por Galileo MC en 2007 con una presentación y diseño gráfico de lujo. Aunque deba su nombre a un caldero o vasija pequeña, la importancia y calidad de Acetre es muy grande, un conjunto fenomenal al que aconsejo fervientemente seguir la pista, tanto de lo que lleva publicado hasta hoy como de lo que pueda depararnos en el futuro.







16.8.09

DEAD CAN DANCE:
"The serpent's egg"

Cuando un grupo, merced a la calidad y grandeza de sus componentes, encuentra el camino para convertir sus discos en auténticos actos litúrgicos, entra inmediatamente en la categoría de mito. Dead Can Dance es efectivamente un grupo mítico, un oasis de frescura en la cultura popular de finales del siglo XX basado en una concepción ancestral y gótica de la música, con una carga poética distinguida y una instrumentación oscura y nada convencional. Más allá de todo lo expuesto, uno de los mayores toque de esa distinción lo brindan las voces de los protagonistas, Lisa Gerrard y Brendan Perry, auténticos sacerdotes de un culto sin igual, cuyo sugerente nombre no sólo es una metáfora de cómo lo antiguo, lo que parece muerto, puede estar vivo e interactuar con lo más actual, sino también un sinónimo de calidad, que se trasladará por igual a las futuras trayectorias de Gerrard y Perry en solitario. Entre tanto, sus andanzas dejaban por el camino joyas como la que aquí tratamos.

"The serpent's egg", publicado por 4AD en 1988, es el cuarto disco de este grupo que en un determinado momento de su discografía campaba entre Australia e Irlanda (en sus comienzos se trasladaron a Londres por lo limitado de Australia y 4AD confió en ellos enmedio del panorama electrónico que se respiraba en la capital británica), y uno de los más valorados de la banda por el complemento perfecto entre las polifonías de Lisa y la sobriedad vocal e instrumental de Brendan, pero sobre todo por encontrar aquí su sonido más característico, de apariencia tribal, con esencias medievales, pero de una extraña modernidad y un intenso encanto hipnótico. El resultado, como proveniente de un rito chamánico, es de una fascinación que nos lleva a conectar con la madre Tierra. La acertadísima portada -fotografía del Amazonas vista desde el cielo, en la que se asemeja a una serpiente o a unas viscosas entrañas- ya advierte esa comparación del planeta con un enorme ser vivo, y nos acerca a otros planteamientos e intereses más vitales que los de las portadas anteriores. Con una instrumentación astutamente austera, Brendan Perry sigue siendo igual de tajante que en el disco anterior, "Within the realm of a dying sun", aunque sin llegar a sus cotas de eficiencia, que sí alcanzará en el colosal "Into the labyrinth", su siguiente trabajo, pero "The serpent's egg" no es ni mucho menos un disco de transición, sino una curva en los planteamientos que iban a llevar al grupo de lleno hacia la world music, en una de las fusiones más interesantes de la escena. Sin ir más lejos, la canción de inicio podría considerarse como uno de los temas cumbre de Dead Can Dance: guiado por el lenguaje inventado que brota de la prodigiosa garganta de Lisa Gerrard, "The host of Seraphim" es un salmo prodigioso, a la par elegante y desgarrador, para el cual no existen las palabras; si todo el disco fuera así nos encontraríamos con una obra única. "The host of Seraphim" fue incluído en la banda sonora de la película documental de 1992 'Baraka' ("con 'Baraka' hubo un matrimonio hermoso, esa poesía encaja con nuestra música"), así como en la inolvidable escena final de la adaptaciónn de la novela de Stephen King "La niebla". No vamos a descubrir a estas alturas las cualidades de la voz de Lisa Gerrard, pero el nivel exhibido aquí es ciertamente impresionante, ella misma continúa en "Orbis de Ignis" con un estilo antiguo, medieval, polifonía sólo con una campana que sobrecoge sin necesidad de más acompañamiento. En "Severance" entra en juego Brendan Perry, con su estilo predicativo que brama sobre una instrumentalidad distinta, original y quejumbrosa. Hay que preguntarse por qué este tema es tan corto, ya que como el propio disco -que ni se acerca a los cuarenta minutos totales- deja con la miel en los labios. "Severance" parece una continuación de sus canciones del anterior trabajo, con un original fondo de teclados chirriantes y vientos que reclaman sin remedio toda la atención, al igual que en sus otras dos composiciones del álbum, la genial conclusión de título "Ullyses", y la también corta pero completísima "In the kingdom of the blind the one-eyed are kings", cuyo salmo intrigante sobre cadencia somnolienta acaba explotando como un Dios enfadado en una orgía de metales; ese clímax logra un momento tremendamente místico, abrumador y gozoso, sin nada que envidiar a una Lisa Gerrard que acapara el protagonismo en lo que resta de álbum: en "The writting on my father's hand" con sus armonías vocales (que son realmente la base del disco), abrazada al folclore y a ese ser humano al que llamamos Tierra, sobre un compás hipnótico del que sobresale su garganta; en "Chant of the paladin" con ecos indígenas, que a pesar de ser muy intensa y de no llegar a los cuatro minutos se hace un poco larga por su ausencia de desarrollo; por último en una sucesión de tres canciones de ritmo in crescendo, comenzando a capella ("Song of Sophia", que parece ser continuación del brutal tema de inicio), uniéndose la voz de Brendan en un cortísimo ritual ("Echolalia") y acabando con un percusivo pero suave clímax en esta especie de misteriosa ceremonia iniciática. Para acabar, Brendan Perry en lo que mejor sabe hacer, en este caso su genial y estimulante "Ullyses".

A pesar de su corta duración, "The serpent's egg" (que coincide en título con una película de Ingmar Bergman) no sólo deja satisfecho al oyente sino que le transporta a un tiempo y espacio sorprendente, y es que la música de Dead Can Dance no sólo es atemporal, sino que tampoco tiene un territorio propio. Su éxito se mueve entre las celebraciones paganas de Lisa Gerrard, llenas de luz y vitalismo, y la oscura decadencia de Brendan Perry, un dúo que tras este trabajo culminaron su romance para concentrarse exclusivamente en su unión artística. Esa es la clave, juntos eran la oscuridad y la luz, los opuestos que se necesitan, el yin y el yang, la fuerza que hace bailar a los muertos. En "The serpent's egg", a finales de los 80 y sólo un año después del impagable "Within the realm of a dying sun", se nota el gran momento de la banda, la música surge por sí misma y se muestra grandiosa y evocativa, explorando mundos sonoros, derribando fronteras musicales, en definitiva, reinventando la world music a su modo.

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18.7.09

MICHAEL ATKINSON:
"Gaelic Heart"

No es de extrañar que en un país tan inmensamente grande como Australia (el sexto más grande del mundo y por contra el de menor densidad de población por kilómetro cuadrado) haya una importante diversidad cultural. La colonización británica que desplazó a los aborígenes, auténticos pobladores autóctonos del país, provocó también que la cultura celta estuviera presente en esta tierra hasta nuestros días, e incluso que exista una categoría, la anglo-celta, que describa a la población descendiente de ciudadanos de Inglaterra, Irlanda, Escocia y Gales. En esta categoría se encuadraría la inmensa mayoría de la población australiana, y por supuesto el músico que nos ocupa, Michael Atkinson, un residente de la seca Ceduna, en el sur del país, que aprendió a tocar la guitarra por el aburrimiento en la escuela secundaria; tras una banda de gran éxito local, Redgum, estudió en el conservatorio de Adelaida. Michael deja claro su 'corazón gaélico' en el título de su segundo álbum, publicado en 1999 por White Cloud, el sello de otro músico de orígenes celtas, el inglés Jon Mark.

Tres años antes de "Gaelic Heart", White Cloud había editado "To the Shores of an Ancient Sea", un evocador primer trabajo -inspirado por el agua y la ausencia de ella- de este afamado compositor de bandas sonoras en su continente de origen (aunque ninguna de ellas sea relevante, consta en el libreto de "Gaelic Heart" que ha ganado varios premios en dicha categoría). El disco que nos ocupa es una obra más madurada y tematizada, que habla del espíritu y la mitología celta, y se nutre no sólo del momento de gracia de un talentoso compositor sino además de unas gloriosas interpretaciones de músicos practicamente desconocidos, australianos en su mayoría, de cuya profesionalidad se aprovecha nuestro protagonista. Dominado por sus raíces celtas -literalmente, obligado a responder al sentimiento nostálgico de las mismas-, e inspirado por "el pozo profundo del espíritu celta, donde se encuentran las raíces de todos los sueños, el romance y el anhelo de la civilización occidental", Atkinson desarrolla un estilo sinfónico muy acorde con las características fílmicas de sus partituras, de hecho algunos de los pasajes pueden recordar momentos de películas míticas como "Braveheart" o "Rob Roy", en especial los tres temas en los que colabora la Orquesta del Estado de Victoria, el bello comienzo de título "Morning of the World", la suite "Gaelic Heart" y la composición más destacada del disco, una lírica y embriagadora maravilla de título "Land of Gold", evocadora de paisajes gaélicos, en la que la flauta irlandesa desarrolla su melodía sobre arpa y orquesta, con la inmensa contribución del violín. Son esos tres instrumentos tan típicamente celtas, arpa, flauta y violín, los que mantienen una serena conversación en otro tema importante, "Danu Mother of the Celts", dedicado a la figura de la diosa celta Dana, lo que resalta los aires mitológicos de la obra. Una segunda característica del álbum es la utilización de la guitarra clásica en dos de las composiciones ("Curragh on the Loch" y "Legend of the Enchanted Lovers"), en un estilo folclórico muy similar al de la conocida "Cavatina" de otro gran compositor de música para cine, Stanley Myers. Dejando acabar su minutaje nos abandonamos ante un álbum imprescindible, pulcro y revestido de plácida hermosura en su calmado sinfonismo, sobre cuyo fondo comenta el propio Atkinson: "Sería poco humano ignorar el espíritu irresistible de la música celta, abunda en un rico sentido de la historia de la gente y llega mucho más atrás en el tiempo. Como músico, me resulta imposible no responder a su fuerte impulso melódico, e influencias emotivas". En cuanto a la calidad del sonido, "Gaelic Heart" se aprovecha de la masterización digital del genial músico neozelandés David Antony Clark en los estudios UCA, de su propiedad. La producción, como viene siendo habitual en White Cloud, corre a cargo del 'jefe', Jon Mark. 


Nuestras antípodas suponen un enorme territorio de increíble riqueza, variedad y belleza. Músicos como Michael Atkinson consiguen trasladar esa exuberancia a la música, y como otros de sus colegas del sello White Cloud -David Antony Clark, Philip Riley o Jon Mark-, imprimen sus sensaciones en obras que lamentablemente gozan de escasa trascendencia (desde luego no tanta como la de sus compatriotas AC/DC o INXS), pero que a los que saben encontrarlas les acaban colmando generosamente, desde su humildad, de paz, armonía y bienestar. Ediciones Resistencia contribuyó a ello con el detalle de difundir y publicar en España sus propias ediciones de varios trabajos de White Cloud, entre ellos de este sosegado y evocador "Gaelic Heart", del que se ha dicho: "El arpa etérea, la voz y la elocuencia del violín y el silbido despiertan el corazón dormido del romance".





11.7.09

CLANNAD:
"Magical Ring"

Desde un punto de vista actual, se puede decir que para muchos Clannad es el grupo de los hermanos y tíos de Enya, tal es la importancia y magnitud de esta artista irlandesa desde que a finales de los 80 publicara "The Celts" y "Watermark". Por contra, a principios de esa década y durante toda la anterior, Clannad era una formación inquieta, belicosa y en continua alza en Irlanda por su revitalización de la música tradicional del escarpado condado de Donegal. Fue tras ganar un prestigioso concurso en 1970 cuando Clannad se formó definitivamente como banda y pudo grabar sus primeros álbumes, en los que abordaban de manera algo inocente canciones tradicionales del folclore irlandés, tanto en inglés como en gaélico, algunas de las cuales hemos escuchado posteriormente interpretadas por otros artistas con sus toques personales, como "Siobhan Ni Dhuibhir" (colosal la versión del supergrupo Relativity), la conocida "Brian Boru's March" (inolvidable en manos de James Galway, por ejemplo), "Dulaman" (por Altan o Anúna) o "Morning Dew" (numerosas las versiones de este gran tema folclórico pero en ningún modo celta desde que lo compusiera el canadiense Bonnie Dobson en 1962). Acertados en sus tratamientos vocales e instrumentales, Pól, Ciarán y Máire Brennan, junto a Noel y Padraig Duggan formaban este grupo (un auténtico 'clan', como queda evidente) que tuvo el don de la oportunidad y se forjó un nombre en la escena irlandesa, si bien su mayor éxito llegó en el momento en que abrieron las puertas a nuevas influencias (pop, rock, jazz) y a una mejor producción. Su mayor hito, melodía conocida de sobras, se titulaba "Theme from Harry's Game".

Compuesta por Pól y Ciarán para una conocida serie de televisión -e incluida años más tarde en la banda sonora del conocido film 'Juego de patriotas'-, "Theme from Harry's Game" era una pieza sencilla, de sonoridad atmosférica y un trabajo vocal de enorme intensidad; fueron sin duda esos coros y la voz de Máire Brennan los que provocaron el éxito (sigue siendo el único número 1 en las listas de singles del Reino Unido cantado en gaélico irlandés) y el posterior fichaje por RCA, despegue definitivo de un grupo que comenzó a experimentar con nuevos sonidos. "Magical Ring" fue de hecho su primera clara incursión en el pop con tintes irlandeses, si bien en este trabajo sólo se atisba esa querencia (especialmente en temas como "I See Red", o la instrumentación por momentos roquera de "Thíos Fá'n Chósta"). Como dijo años más tarde Máire, "algo del anterior sonido Clannad se quedó en el camino", y de hecho, una vez fuera de su contexto natural, donde eran unos consumados intérpretes y difusores de una tradición vocal ancestral y maravillosa, la fusión con nuevas formas musicales y conceptos modernos tropezó con una capacidad atractiva pero limitada, de tal forma que, dándolo todo en los primeros discos de la nueva etapa, hubo un importante bajón de calidad que acabó con la marcha de Pól. "Magical ring" y "Macalla" quedan como dos discos de escucha obligada, si bien podemos considerar al primero como el gran álbum del grupo. 1983 fue su año de publicación por parte de RCA, y sus intenciones vocales deslumbran por la voz de Máire, hermosa y de difícil confusión, que provoca que sólo una de las composiciones sea instrumental, la melodía de O'Carolan "The Fairy Queen", que aún porta todo el espíritu celta especialmente por el protagonismo del arpa. Enseguida nos encontramos con una cierta dicotomía entre la profunda emoción que emerge de la sinceridad de acervo tradicional de "Theme from Harry's Game" o la evocadora balada "Coinleach Glas an Fhómhair" -que de hecho es un rescate del álbum "Clannad II"-, y la clara intención comercial, aunque con personalidad y respeto, de "Thíos Fá'n Chósta", que cierra el disco en gaélico pero con el contraste que significa unir la voz sensual y conectada con la tradición de Maire con una música digna de bandas de rock sinfónico. En un término medio, un puñado de bellas canciones -alternando tradicionales y propias- con calidad en su propósito folclórico, sensualidad y sobriedad instrumental y un personal tratamiento de las voces, como en "Seachrán Charn Tsiail", "I See Red" o la excepción de la voz masculina en "Tower Hill"; son estas últimas un par de buenas canciones cantadas en inglés, de hecho "I See Red" fue el segundo sencillo del álbum, destinado a las radios por su producción popera pero aún accesible para todo tipo de público. "Newgrange" es una animosa pieza sobre ese importante monumento funerario irlandés, en cuya letra se habla del anillo mágico del título del álbum. En su modernización de la cultura celta, hay que reconocer grandes méritos en el álbum: sólo un peldaño por detrás de "Theme from Harry's Game" podemos encontrar otras dos joyas, por parte de los hermanos Brennan la danzarina y muy gratificante "Passing Time", y del repertorio tradicional la sobria y sincera "Tá' mé Mo Shui".

A pesar de su imagen sofisticada, concesión a la nueva compañía discográfica, Clannad seguía siendo un grupo accesible, unos poéticos contadores de historias que actuaban como eslabón entre el folk y el pop/rock, pero que acabaron perdiéndose en su búsqueda con los años de un nuevo "Theme from Harry's Game". Por momentos la discografía del conjunto parece sonreir ante las eficientes reediciones de sus trabajos. Sin embargo, sigue siendo la prueba de un tiempo pasado, la evidencia de la ausencia actual de un grupo que tuvo su momento de gloria en el nuevo impulso de la música celta, y que logró hacer cálido el idioma gaélico fuera de su contexto. En la actualidad, la encantadora Moya Brennan (así hace llamarse ahora Máire, al estilo del cambio de Eithne a Enya) sigue deslumbrando con su voz en solitario, y "Theme from Harry's Game" ha entrado en la historia de la radio en España como la inolvidable cabecera durante muchos años del legendario programa de Ramón Trecet en Radio 3 'Diálogos 3'.









2.7.09

STOMU YAMASHTA:
"Sea & sky"

A mediados de los 70, en pleno apogeo de la electrónica mezclada con psicodelia, el prolífico Klaus Schulze -sin duda, uno de los grandes de la época- grabó un interesante disco de rock sinfónico junto a grandes instrumentistas como Steve Winwood, Al Di Meola y Michael Shrieve. Un pilar de ese grupo de nombre Go, era el percusionista y sintesista japonés Stomu Yamashta, que alcanzó así su mayor éxito con una música que se acercaba por igual al rock de Pink Floyd (escuchad "Crossing the line") como al jazz de Weather Report, al sonido Canterbury o a la propia experimentalidad electrónica de Klaus Schulze. Desde sus inicios como percusionista en Japón, y gracias a su formación musical en Estados Unidos e Inglaterra, Yamashta ha deambulado por numerosos caminos estilísticos, como colaboraciones en discos de música contemporánea, trabajos únicamente de percusión, jazz experimental, bandas sonoras, o en un estilo electrónico que es el que más nos interesa aquí, el de un trabajo publicado en 1984 por la compañía alemana Kuckuck (y distribuido en norteamérica por su filial, Celestial Harmonies) titulado "Sea & Sky".
Esa ambigüedad estilística de Stomu Yamashta es el preludio de una grata sorpresa, un disco ambiental, imaginativo y con multitud de estímulos auditivos. Ecos adormecidos de un sinfonismo impresionista y de otros músicos más contemporáneos (por ejemplo, su compatriota Takemitsu) se entremezclan con música meditativa y con vagos rumores de un posible futuro post-apocalíptico (retazos de música para cine, como del Jerry Goldsmith de "El planeta de los simios" o "Alien"). Pero más que un futuro, se puede apostar a que el germen de "Sea & sky" es un pasado remoto, una visión musical de la creación del mundo, cuyo lema viene recogido en la extraña conjunción de los títulos de los ocho temas: "Un fotón apareció y tocó! Ah... Tiempo para ver, para conocer". Original en su comunión de formas orquestales y electrónicas occidentales con espiritualidad oriental, la música que Yamashta presenta en este disco, como resultado de su temática, ahonda en una particular concepción del espacio-tiempo musical, donde no sólo los instrumentos musicales, sino los sonidos naturales y los silencios, tienen su protagonismo. Los invitados: La Muse Orchestra dirigida por Paul Buckmaster, Stomu Yamashta, Takashi Kokubo y Sen Izumi a los sintetizadores, y el propio Yamashta a la percusión.
"A photon" es el comienzo de todo, la partícula primordial, y como tal la composición es misteriosa, alquímica, con un aire pulp algo retro pero muy efectivo, de intensidad creciente hasta llegar a un sugerente clímax final. La obra se va 'creando' como el propio mundo y la manera de expresar ese proceso es una gradual pacificación de la propia música, en un largo puente que va de lo inquietante y fantasmal a lo ordenado y melódico. Este primer tema y todo el trabajo en general se beneficia de una estupenda percusión de variado origen, como no podía ser menos en un ínclito percusionista como Yamashta. En "Appeared" es donde se llega al momento más enigmático, donde más cabe la comparación con ciertas bandas sonoras amelódicas como 'El planeta de los simios'; la genial obra de Goldsmith impactó por conseguir expresar el sentimiento de desconcierto y peligro de aquellos astronautas que se encontraron con un tiempo y lugar equivocados, mientras que aquí acompañamos a un espacio extraño cuya creación se intenta expresar mediante sonidos atonales y confusos. Dicha confusión desemboca sin embargo en la composición posiblemente más comercial del trabajo, "And", donde parece acompañarnos una extraña intención melódica (y algo psicodélica) contraria a esa cierta disonancia dominante hasta el momento. El sublime fondo burbujeante que acompaña toda la pieza se queda solo como puente hacia "Touched!", el tema más orquestal y puramente neoclásico del álbum, aunque se acabe rematando con un acompañamiento electrónico en su parte final, deudora de sueños orientales. "Ah..." es claramente ambiental, cuajado de sonidos naturales y electrónicos, mientras que "Time", que comienza como una sinfonía electrónica, se acaba fusionando con la orquesta en una forma de expresión tremendamente visual, de gran esplendor y atractivos detalles. Merece la pena fundirse con ella y acabar salpicado por las olas que conducen a "To see". Se confirma que esta particular creación del mundo provoca un ambiente más puro, composiciones más paisajísticas, lejos de la entropía inicial. Sin embargo "To know", tema de cierre, se permite remitirnos por momentos a pasajes que combinan aquella confusión con la cobrada belleza, en una cruenta lucha semejante a la de un volcán cuyo magma pugna por salir a la superficie. La victoria, representada por un final sinfónico, es de la belleza y la armonía natural.
No hay que dejar caer en el olvido la excepcional ilustración de portada, obra del gran diseñador Saul Bass, autor de carteles de películas tan legendarios como los de "Vértigo", "West side story" o "Anatomía de un asesinato", y de títulos de crédito para directores como Hitchcock, Kubrick, Ridley Scott o Scorsese. Con ese niño que camina hacia un enorme sol rojo de cabecera, más de uno apostaría por la influencia de "2001: Una odisea en el espacio", pero fuera de más referencias, lo que sí nos podemos encontrar aquí es un trabajo maravilloso y efectista de un músico que, aunque poco conocido, se prodigó bastante en las tres últimas décadas del siglo pasado, y aunque en su carrera se puedan encontrar obras muy difíciles, de verdad, ésta vale la pena escucharla.

26.6.09

CHRIS SPHEERIS & PAUL VOUDOURIS:
"Europa"


Pocas veces un disco alcanza tales cotas de emoción y reúne composiciones de tal calidad como lo logró el conocido y justamente valorado "Enchantment". Después del gran éxito conseguido, muchos ojos estaban puestos en el siguiente paso a dar por este dúo de orígenes griegos formado por Chris Spheeris y Paul Voudouris. Mientras tanto, y tras la extraña desaparición de Music West Records, los dos artistas habían logrado rápidamente los derechos de "Enchantment" y con ellos aumentaron considerablemente su ánimo, su nivel de vida y su currículum, como decía Paul: "cuando Chris y yo vendimos tantas y tantas copias del disco “Enchantment” fue algo memorable, porque el dinero que yo había ganado escribiendo canciones en el pasado había sido modesto, en el mejor de los casos". Claro que aclara también que sus intenciones eran artísticas: "Si el dinero fuera mi objetivo, hubiera elegido definitivamente otra carrera. Elegí la música porque crear, para mí, es tan fundamental para la existencia como respirar". Mientras Chris Spheeris demostraba una extraordinaria facilidad para la composición de melodías instrumentales a la guitarra en su carrera en solitario, Voudouris se recogió en un pop atrevido que pasó bastante desapercibido. Tuvieron que pasar cuatro años para que ambos volvieran a reunirse en la desértica Sedona (Arizona) y crearan un trabajo más personal, algo diferente a su disco anterior pero de nuevo de gran calidad. Su título, "Europa".

Amigos desde la adolescencia y con las vidas cruzadas en Atenas y en Estados Unidos, estos dos músicos de demostrada calidad recordaron el continente de sus ancestros en este cuidado álbum, de impecable producción e innegable inspiración en sus nueve temas de parecida factura compuestos a dúo, en los que continuaron desarrollando la misma fórmula de su anterior éxito, una música plácida de melodías sencillas, agradables y fácilmente tarareables, si bien esta vez de forma posiblemente más sincera, centrados casi en exclusiva en sus instrumentos primordiales, la guitarra de Spheeris y los teclados de Voudouris. En efecto, en las primeras escuchas de "Europa" se pueden echar en falta los instrumentos de viento, clarinetes, flautas, saxos y oboes que embellecieron composiciones como "Enchantment", "Across frontiers" o "Pura vida", pudiéndose escuchar aquí solamente un tímido saxofón. Otros instrumentos adicionales que no interpretan los dos protagonistas del álbum son el bajo y numerosas percusiones. Otra circunstancia destacable es el dominio de las guitarras sobre los teclados (de hecho, la estupenda portada del disco ya deja claro quién es la protagonista de la historia), presentando canciones por lo general tranquilas, y es que, por mor de la recuperación de la accidentada mano de Spheeris en "Enchantment", hay una mayor carga de guitarra que en aquel. Las piezas más movidas, conjunciones además de una estupenda instrumentación, aparecen al comienzo del álbum: "Orlando" y "Seveness" son dos pequeñas maravillas inmersas en estupendas atmósferas que recrean pequeños y blancos pueblos bañados por el mar Mediterráneo -pero destacando por supuesto la gran melodía de guitarra-, o más adelante una "Bellaire" también abierta a la fiesta y a la alegría. Más ambientales, recreando amplios paisajes, son "Laguna" (de guitarra adormecida sonando entre la bruma) o "Taiku", mientras que en "Aqualuna" (otra pieza de melodía especial, de las que se recuerdan con el paso del tiempo) o "Lanotte" escuchamos esas cuerdas sosegadas, en un estilo dulce, romántico. A los teclados, "Pavane" da una impresión más fría, mientras que "Maya" es un tema puramente ambiental bastante interesante, el único sin guitarras, en un conjunto que da que pensar cómo hubiera acabado con la presencia de los vientos. Sin ellos, nos encontramos ante un disco precioso (no hay más que escuchar "Orlando", "Seveness", "Laguna", "Aqualuna" o casi cualquier composición del mismo para disfrutar) pero tal vez un peldaño por debajo de lo esperado en esta colaboración. El sello de ambos colegas, Epiphany Records, fue el encargado de publicar el álbum en 1995, Chris se ocupaba de las relaciones públicas y Paul de la contabilidad, mientras ambos trabajaban en sus proyectos individuales.

La obsesión por la perfección y los diferentes puntos de vista en cuanto a detalles como la producción de algunas de las canciones, llevaron a que se creara una cierta tensión entre los dos artistas a la conclusión de este álbum. Así fue como, tras haberse grabado el disco en casa de Paul, Spheeris se encargó en la suya -a dos manzanas de distancia una de otra- de la post-producción y mezcla, y Voudouris se perdió en un largo viaje por Balí y otros rincones de la lejana Asia, tras cuya vuelta recalaría en Mexico, donde fundó Hit Records. Puede parecer evidente que, si bien la amistad es fuerte, el trabajo conjunto se haya visto tan afectado que posiblemente -y lamentablemente- "Europa" sea la última colaboración entre estos dos músicos. El tiempo, con su paso lento pero seguro, da la razón a este hecho y nos proviene al menos de las obras en solitario de estos artistas que nos dejaron momentos de tan bello recuerdo.

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22.6.09

WIND MACHINE:
"Rain maiden"

En su búsqueda de una nueva y más completa forma de expresión musical, o queriendo llegar a otro tipo de límites técnicos o puramente sonoros no alcanzados con anterioridad, algunos grupos o solistas se convierten en improvisados luthiers y nos ofrecen nuevos sonidos surgidos de instrumentos como el arpa electroacústica (Andreas Vollenweider), el violín eléctrico de cinco cuerdas (Ed-Alleyne Johnson), el lyricon (Chuck Greenberg, el malogrado líder de Shadowfax) o la Shakti harp y la snake guitar (de un consumado inventor de instrumentos como es Bruce Becvar). El guitjo es otro de estos extraños artefactos musicales, y aunque nació con ese nombre en el jazz de los años 20 como un híbrido de guitarra y banjo, la banda Wind Machine se apropió del término en los 80 para continuar con esa idea y designar así a una guitarra de 6, 7 u 8 cuerdas con las más graves modificadas hacia el estilo del banjo para conseguir un sonido particular cercano al de un arpa. Fue en concreto Joe Scott el que concibió este instrumento y el que en la actualidad sigue utilizándolo, incluso con alguna mejora (el guitjo de doble mástil), en el grupo Acoustic Eidolon junto a su esposa Hannah Alkire.

Wind Machine comenzó su andadura a principios de los 80 desde Colorado como un dúo de guitarras acústicas entre Steve Mesplé y Joe Scott, si bien la búsqueda de nuevas sonoridades les hicieron acompañarse enseguida de una amplia banda con teclados y percusión. Publicado en 1989 por Silver Wave Records (compañía estadounidense que entre otros tipos de música ha desarrollado una especial actividad entre los nativos norteamericanos como Carlos Nakai, Robert Mirabal o Joanne Shenandoah), "Rain maiden" es posiblemente su mejor disco, repleto de canciones de notable profundidad y estupenda factura, cuyas no muy altas pretensiones encuentran un fácil acomodo en cada escucha. Silver Wave lo promocionaba como "texturas acústicas relucientes y melodías inspiradas, con sabores musicales que abarcan jazz y folk". Blake Eberhard al bajo, Tom Capek y Taylor Mesplé a los teclados, y Larry Thompson, Gary Sosias y Ethan Mesplé en las percusiones, son los miembros de acompañamiento de Steve Mesplé (guitarras acústicas de 6 y 12 cuerdas) y Joe Scott (guitarras acústicas y guitjos de 6 y 7 cuerdas), en 14 composiciones firmadas por Steve Mesplé (sólo la titulada "Rain maiden" la comparte con Joe Scott), que parece ser el cerebro del grupo en esa faceta, además de productor del trabajo. Las suaves texturas esenciales que nos envuelven llenan el aire de una sugerente mezcla de aromas a folk, jazz y country -concretamente bluegrass-. La animada "Mailbox suite" y una más calmada "The christmas soldier" son el antecedente de una de las gratas sorpresas del álbum, "Nuestros hermanos de El Salvador" -así, en castellano-, estupenda composición dedicada a los miembros del grupo popular salvadoreño Yolocamba I Ta, conjunto prohibido durante muchos años en su país sobre los que los miembros de Wind Machine hablaban de manera cómplice y entrañable. "Daybreak", "Taylor made" o "Rain maiden" son otros agradables ejemplos del melodioso sonido de las cuerdas, hasta llegar a las otras dos grandes excusas (aunque pequeñas en duración) para escuchar este exquisito trabajo: la risueña "High noon" -un ejemplo de contagiosa alegría acústica- y "Sand Harbor", dedicada a uno de sus lugares favoritos para tocar, a orillas del lago Tahoe. "Voices in the wind" fue en 1991 otro de los trabajos más valorados de este conjunto, y en él, "inspirados por las voces que buscan la verdad y se atreven a decirla", rescataban la excepcional pieza de "Wind machine" titulada "Nuestros hermanos de El Salvador", esta vez en inglés, "Our salvadoran brothers".

La bonita portada de este álbum refleja uno de los intereses principales de la banda, la preservación de los espacios naturales (una de las canciones, "Land of the redwoods", está inspirada en el bosque californiano Redwood National). Mesplé, que dedica otras de las composiciones a varios miembros de su familia y amigos (sus hijos Taylor -que se ha forjado posteriormente una carrera en solitario como cantante y pianista- y Ethan tocan en el álbum), formó junto a Joe Scott un grupo de sonido genuinamente americano basado casi exclusivamente en las cuerdas, variada influencia y un cierto reconocimiento en los círculos norteamericanos de la música instrumental de guitarra, con elementos folclóricos, jazz y bluegrass. Si la música de guitarra es lo tuyo, prueba a escuchar este "Rain maiden" de 'La máquina del viento', un recogido deleite acústico con esencia americana.





8.6.09

MAX RICHTER:
"The blue notebooks"

A principios de los noventa se adivinaba la más que probable progresión del original grupo Piano Circus en la escena de la música contemporánea, si bien era más difícil augurar que el nivel alcanzado por uno de sus miembros fundadores, el británico Max Richter, iba a ser de la magnitud expuesta en obras como "Memoryhouse" o "The blue notebooks". Con la base de pianos acústicos y eléctricos, los seis miembros (cambiantes, en la actualidad no queda ninguno de los originales) de Piano Circus desarrollaban principalmente obras de minimalistas americanos y británicos como Steve Reich, Graham Fitkin, Michael Nyman, Robert Moran o Terry Riley para el sello Decca. Antes de abandonar el grupo, y como avanzadilla de su futura actividad, Max Richter compuso algunos temas para el conjunto. Posteriormente colaboró brevemente con una banda electrónica como The future sound of London, lo que expone además una interesante apertura de miras en este compositor nacido en 1966, que explora en la frontera que separa musicalmente el pasado y el presente del clasicismo y se coloca en puestos importantes de una nueva horda de minimalistas, jóvenes, voraces, y sin miedo a fusionar estilos y conceptos, no sólo musicales sino además artísticos, literarios y cinematográficos.

"Memoryhouse", proyecto para la BBC del año 2002 que derrochaba una moderna elegancia en su concepto minimalista de la música contemporánea, caló muy hondo en la crítica especializada, creando una gran esperanza en los futuros proyectos de Richter. La consagración llegó en 2004 con "The blue notebooks" (publicado por 130701, filial de FatCat Records), donde Max volvió a encontrar la clave de la sensibilidad, consiguiendo una obra sentida, dotada de una sorprendente carga dramática, una eficaz tensión lograda conjuntamente por teclados y cuerdas, aunque eficazmente sostenida en estas últimas, dos violines, dos cellos y una viola. Nos recibe sin embargo el piano de Richter, tenues notas distanciadas que se apagan entre una voz y una máquina de escribir, hilos conductores de una trama que toma el nombre de la obra de Franz Kafka 'The blue octavo notebooks', así como pequeños textos de este mismo autor checo y del polaco Czeslaw Milosz. Ese primer tema, "The blue notebooks", con el recitado de la conocida actriz Tilda Swinton, es el preludio de una historia apasionante, cuyo auténtico primer episodio es el emocionante segundo tema, "On the nature of daylight", una delicia imbuída de una eficaz atmósfera de tensión al compás de las cuerdas, mientras que el piano deja hacer sin interrumpir su magnetismo. A cambio, acapara todo el protagonismo en pequeños solos como "Horizon variations" o "Vladimir's blues". El disco presenta grandes descubrimientos, como la mencionada "On the nature of daylight" o como "Shadow journal", que mantiene un extraordinario suspense en su fantasmagórica cadencia. Siempre a modo de lamento, en algunos de los capítulos de este diario, el nebuloso piano se complementa con dolientes violines en emocionantes composiciones como "The trees". Es inevitable hablar de posibles influencias, ciertas similitudes estilísticas con músicos como Philip Glass ("Shadow journal", "Iconography"), la vena folclórica de Yann Tiersen o el piano contemporáneo de Ludovico Einaudi, si bien hay que destacar el descubrimiento no sólo de un extraordinario compositor e intérprete sino de un artista fresco, innovador, que sabe lo quiere hacer y se autoproduce de manera extraordinaria ("Arboretum", "Organum"). Un single se comercializó de "On the nature of daylight" en StudioRichter con dos versiones del tema, si bien llegó en 2017, dos años después de la reedición del álbum por parte de Deutsche Grammophon con portada diferente. Una de las versiones del mismo, ya en 2018, fue un doble CD en caja de lujo (que incluía un auténtico diario azul) y doble LP con diferentes portadas (una vez más), y varios temas nuevos y remixes. 

En la mente de Max Richter se concentraron influencias clásicas y populares por igual, desde Bach a Kraftwerk pasando por Stravinsky o Cage, y por supuesto los minimalistas. Con ese inquieto cóctel en la cabeza, y bien recibido por la crítica, Max Richter ha sabido abandonar la inocencia de Piano Circus y asumir un papel de avanzadilla de jóvenes autores del siglo XXI con trabajos de apariencia cinematográfica como este "The blue notebooks" (de hecho, el corte "On the nature of daylight" se pudo escuchar en alguna serie de la BBC ('Dive') y de la HBO ('Luck'), y una remezcla del mismo tema fue utilizada en el film de Martin Scorsese "Shutter Island"), el posterior "24 postcards in full colour" o la banda sonora del aclamado film de animación documental "Vals con Bashir". No se puede dejar de alabar el diseño grafico de sus trabajos, una marca de la casa donde la fotografía en blanco y negro nos sumerge en los tiempos de Franz Kafka y en las amarillentas páginas de viejos diarios.





1.6.09

MIKE OLDFIELD:
"Incantations"

Si preguntaramos a los seguidores de Mike Oldfield por sus obras favoritas entre la copiosa producción de su ídolo, sería de esperar que ninguno de ellos incluyera "Incantations" entre sus tres primeras elecciones. Sin embargo, es más que probable que este trabajo estuviera entre los diez primeros en todas las encuestas. Así es este disco publicado por Virgin Records en 1978, indeciso (Oldfield tardó tres años en crear este nuevo trabajo tras la publicación del excelente "Ommadawn" en 1975), situado cronológicamente en el punto exacto en que tanto el propio Mike Oldfield como su música cambiaron definitivamente, por lo que algunos lo unen a sus primeras e irrepetibles obras maestras ("Tubular bells", "Hergest Ridge" y "Ommadawn") y otros lo bajan del pedestal de esa gloria setentera, esa época en la que Oldfield aparte de sus trabajos de larga duración, ofrecía maravillosas tonadas folclóricas en sus singles: no había estado del todo quieto el de Reading, ya que aparte de unas cuantas colaboraciones y las remezclas que Virgin publicó en la caja titulada "Boxed", entre "Ommadawn" e "Incantations" desfilaron por las tiendas y las radios deliciosos títulos tan recordados como "Portsmouth", "Argiers" (ambos tradicionales, grabados junto al flautista Leslie Penning), "The William Tell overture" (de Rossini), "First excursion" (firmada junto a David Bedford), y los más cercanos a "Incantations", "Cuckoo song" (de Michael Praetorius) y un "Pipe tune" que ya deja entrever el sonido del nuevo álbum. 

Como las obras de M.C.Escher que acompañaron algunas de sus giras o inspiraron las portadas de trabajos de la época como "Boxed" o "Airborne", la música de Mike Oldfield en los 70 era influyente y paradójica, incluso con atrevimientos ocasionales, como la presencia en este disco de una melodía que se puede escuchar en un sentido (en la parte uno) o en otro (al comienzo de la dos). Desde luego, no podía negarse el ansia de investigación de Oldfield y su variedad de registros e influencias: una obra de esencias clásicas en un ambiente ruidoso y urbano, otra bucólica y campestre, una tercera folclórica en un estilo celta, y ahora un cuarto álbum más ambiental con esencias medievales y minimalistas. Pero "Incantations" tiene más historia que la de un simple disco, ya que su conclusión obedece a las circunstancias que acompañaron a la gravísima situación personal de Mike Oldfield, a cuyos problemas de personalidad se unieron los que acarrea la popularidad, hasta que llegó un momento de giro radical gracias a una terapia psicológica creada por Robert Fuller, de nombre Exégesis, que ha sido considerada incluso como una secta, pero que consiguió el nacimiento de un nuevo Mike Oldfield, un personaje que de repente hablaba, reía, concedía entrevistas y llegó a casarse con la hermana de su gurú, Diana Fuller, de la que se divorció apenas un mes más tarde. Este curso provocó que se diera la vuelta a la tortilla de la racanería mediática de Oldfield, pero también tuvo destacados efectos secundarios. El más importante, la pérdida de la inspiración, esa chispa de genialidad que indudablemente provenía del carácter depresivo y maníaco del de Reading. El primer escollo supuso la vuelta al estudio para acabar "Incantations", una obra que a duras penas consiguió terminar a tiempo para su publicación. "Incantations" presenta en su larga duración una serie de ambientes que de idílicos se tornan fácilmente en confusos -aunque nunca opresivos-, entornos mágicos en los que destacan especialmente guitarreos monumentales y grandes acompañamientos de flautas, voces y una sonora trompeta. Pasajes repetitivos -que muchas veces suenan al Philip Glass más popular- y atmósferas épicas recrean un mundo de 'encantamientos', un disco doble (aunque CD simple) con cuatro largos sortilegios entre los que se incluyen las musicaciones de dos poemas, 'The song of Hiawatha' del poeta estadounidense Henry Wadsworth Longfellow y "Hymn to Diana" del inglés Ben Jonson, con los que quizás quería expresar Oldfield la seriedad de su música, con ínfulas de nuevo clásico. Ambos son bellos en su concepción coral (en la que tuvo mucho que ver, y se nota, su amigo David Bedford), si bien 'Hiawatha' consigue su objetivo y despliega una increible hermosura (no puede ser menos con las voces de Maddy Pryor y Sally Oldfield), mientras que 'Hymn to Diana', como otros extractos del disco sin duda posteriores a la exégesis, presenta momentos un poco turbios (en concreto en una descafeinada parte dos), como si Oldfield de repente no tuviera las cosas tan claras y dudara del camino a seguir. Efectivamente, a partir de aquí va a producirse un gran cambio y numerosos saltos en la perspectiva de la obra de Oldfield estilísticamente hablando. Sin embargo no se puede hablar mal de "Incantations", de hecho, más allá de situaciones extrañas y conductas anómalas, el gran problema de este trabajo para no ser recordado de mayor manera es la importancia y calidad de los tres discos anteriores. Pasajes como los comienzos de las partes primera (bonitas flautas a cargo de Sebastian Bell y Terry Oldfield) y tercera (rítmica entradilla que engalana el mejor de los cortes del disco), una especie de amanecer musical en la parte dos (del minuto tres y medio al seis), o la conocida sección de vibráfono (a cargo de un gran Pierre Moerlen), bajo y guitarra que antecede el extracto de "Hiawatha" en la parte cuatro, revelan la capacidad de este joven inadaptado, aunque son otros dos los momentos más impactantes de la obra: uno se sitúa en la parte 3 de la misma, un hipnótico clímax de guitarras desbocadas -del minuto dos al ocho y medio-, culminado por una festiva y original fanfarria; el segundo llega en la parte 4, del minuto ocho al doce, y presenta uno de los mejores solos de guitarra de la carrera del británico, de una fuerza magistral, que fue elegido como extracto del disco en la cara B del posterior single discotequero "Guilty".

Este obsesivo trabajo, cuya portada fue inmortalizada en las Islas Baleares (la reedición de 2011 la cambió por una fotografía más de diseño sin la presencia de Oldfield), no tuvo mayor repercusión a pesar de esa nueva cara de Mike Oldfield, pero para muchos lo peor, la consecuencia, fue que después de este seminario de renovación espiritual se ganó una persona pero se perdió un músico. Un músico genial, se entiende. En su ansia de reconocimiento, el siguiente paso a dar iba a ser una gira mundial y un primer asalto al mercado americano, a la sazón infructuoso, que le llevó a grabar en Nueva York y a entrar en contacto con la música disco y con la obra de un compositor en ciernes como Philip Glass (del que parecía haber escuchado algunas de sus obras, por su etérea presencia en "Incantations") y de otro idolatrado como George Gershwin. Mientras tanto, "Gulty" -un tema de ritmo disco y funky bastante movido y muy acertado, que fue publicado en single junto a un extracto de "Incantations" en la cara B- fue un paso adelante para cambiar musicalmente y volver a ganarse a un público cuyos gustos musicales estaban cambiando radicalmente.

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