17.8.06

JOËL FAJERMAN:
"La aventura de las plantas"

Pocos músicos pueden ser tan recordados casi exclusivamente por una canción como en el caso aquí expuesto, un tema absolutamente mágico que ha llegado básicamente a todos los hogares a través de radio y televisión. Merced a diversos factores que implican calidad y oportunidad, esta situación se da en la persona del sintesista francés Joël Fajerman y su composición "Flowers Love", memorable y tarareable hito de los teclados que en 1979 sirvió de sintonía a la conocida serie documental francesa "L'aventure des Plantes" ("La aventura de las plantas" en la lógica traducción española), que contó con dos temporadas de trece capítulos cada una. Puede que aquellos antiguos documentales nos interesaran más o menos, pero en esos tiempos de dos únicas cadenas de televisión todos acabaron fascinados por aquel comienzo de dibujos animados y por esa sintonía que, a pesar de estar interpretada con máquinas, rezumaba vida natural por los cuatro costados. El botánico Jean-Marie Pelt y el realizador Jean-Pierre Cuny fueron los creadores de estos documentales, que nacieron cuando este último pudo constatar el desconocimiento de la mayoría de la población francesa sobre el mundo vegetal; el programa piloto sobre las orquídeas, que nació con 300.000 francos de presupuesto, fue sólo el comienzo de un éxito que se extendió por toda Europa y el resto del mundo, y al que sin duda contribuyó ese "Flowers Love" que comenzaba con unos efectos muy propios de sintesistas consagrados como el griego Vangelis, otro que curiosamente comenzó a mostrarse al mundo unos años atrás gracias a otra serie de documentales franceses.

Joël Fajerman es un parisino que desde muy pequeñito destacó con el piano, pero en su adolescencia se mostró más interesado por el rock y las posibilidades de la electrónica que por su formación clásica en el conservatorio. Efectivamente, la seducción de los sintetizadores le convirtió en una especie de pionero en Francia en el mundo de la electrónica aplicada a la música (llegó a fundar junto a Dominique Alas la primera tienda en París especializada en instrumentos electrónicos, Phonorgan Musique). Pasados los treinta años y después de destacar como músico de estudio y programador, Fajerman vio publicada esta banda sonora mítica en la que a pesar de destacar sobremanera los románticos sones del ya mencionado "Flowers Love", hay mucha más música que comentar, una música que como veremos luego -y contradiciendo lo que se muestra y lo que todo el mundo cree- no pertenece originalmente al documental de Jean-Pierre Cuny, aunque presente una buena cohesión y no tan maravillosa, aunque correcta, producción. Se da la curiosa circunstancia de que Fajerman nació en el mismo año que su compatriota Jean-Michel Jarre, 1948, y este disco tiene mucho del sonido Jarre (que había alcanzado un gran éxito con "Oxigene" y "Equinoxe"), sólo hay que escuchar temas como "Racines Sinthetiques", "Levantines", "Incantation" o "Strings", melodías de sintetizador adornadas por brumosos fondos y rítmicas secuencias pero que en muchas ocasiones suenan a música clásica, revelando los orígenes de conservatorio y las influencias adquiridas en la juventud. Otro sonido sospechosamente presente es el que nos recuerda a Vangelis y sus documentales antes mencionados, pues en composiciones como "Painted Desert" parece evocar algunos pasajes de "L'apocalypse des Animaux". Ahuyentando cualquier duda, Fajerman demuestra sus capacidades como creador -aunque en su ausencia de riesgos, no acabará de alcanzar el tremendo nivel de los grandes- en otros buenos momentos misteriosos ("Ma Forêt"), poéticos ("Reminiscences"), melancólicos ("Rose des Sables") o rítmicos ("Racines Synthetiques"). Eso sí, la increíble fuerza expresiva de la melodía de los títulos de crédito, ese "Flowers Love" convertido por méritos propios en todo un clásico de la electrónica más melódica en aquellos comienzos tan experimentales y faltos de prejuicios (Fajerman utilizó diversos sintetizadores Prophet, Korg, Moog y Oberheim, secuenciadores, cajas de ritmos y otros teclados como el Clavinet), es prácticamente inigualable, constituyendo por sí sola la verdadera razón de ser de este trabajo, construido a su alrededor basado en piezas ya existentes del autor. A pesar de que la serie vio la luz en 1979, la publicación del mismo no llegó hasta 1982, a cargo de Carrere -RCA en España, con el título en castellano-, logrando un gran éxito de ventas y popularidad. Destacar que, tanto en Francia como en España o Alemania, el single de dicha pieza, único que se comercializó del álbum con varias portadas distintas, incluía un tema inédito en la cara B, de título "Holiday Village".

Fajerman había dado muestras de una sorprendente inquietud en esos años, publicando diversos discos de 'library music' en solitario o junto a otros músicos como Jan Yrssen, que realmente fueron la base de "L'aventure des Plantes", a todas luces -y a excepción de la sintonía- una suerte de disco recopilatorio de los mejores momentos de Joël en trabajos como "Musique pour L'image" (que contenía "Racines Synthetiques" y "Ma Forêt") Prisme" ("Incantation" y "Strings"), "Painted Desert" ("Painted Desert", "Rose des Sables" y "Sirocco") o "Azimuts" ("Levantines", "Reminiscences" y "Plage de Lune"). Tal vez su carácter compilatorio haga que el trabajo sea más inspirado que una banda sonora al uso, puede incluso que esta circunstancia desmitifique un poco la figura de Joël Fajerman. Sea como sea, este parisino siguió componiendo esporádicamente para documentales ("Les Inventions de la Vie" tenía también grandes momentos), pero nunca alcanzó los niveles de "Flowers Love", una semilla que se convirtió en el árbol que le viene dando sombra desde entonces.





VANGELIS:
"Heaven and Hell"

Por momentos, la producción discográfica del griego Vangelis durante cerca de 30 años -décadas de los 70, 80 y 90- fue más digna de los dioses del Olimpo que de un simple mortal; de su talento natural surgieron composiciones magistrales conocidas, en muchos casos sin saber que son suyas, por absolutamente todos, tanto en proyectos para imagen (películas o documentales -así llegó su primer álbum, el sugerente "L'apocalypse des Animaux" en 1973-), como trabajos particulares, apuestas personales del teclista como "Earth" -un no muy agraciado experimento de rock progresivo publicado en 1974- o especialmente "Heaven and Hell". Este apoteósico álbum conceptual con la temática dual del cielo y el infierno, publicado por RCA en 1975, es un ejemplo de por qué Evangelos Papathanassiou ha estado por lo general a otro nivel en la historia de la música instrumental, formando sin duda una terna inigualable desde los 70 junto al británico Mike Oldfield y al francés Jean Michel Jarre, y es que "Heaven and Hell" es sin duda un exponente eterno del arte sonoro, "una obra maestra de la música clásica con sintetizadores", sentenció el crítico Julián Ruiz.

La concepción de este primer disco de Vangelis para RCA tuvo algo de caótico, ya que los estudios Nemo, donde fue grabado, estaban aún en obras en esos meses de 1975. Sin embargo esto no contuvo la inspiración del compositor sino que posiblemente contribuyó a crear atmósferas más extrañas para según qué momentos de la obra, la cual aunque esté dividida en dos partes de gloriosa continuidad, en realidad presenta nueve temas con títulos propios, aunque éstos sólo fueran mencionados en algunas versiones del LP. Evangelos, que ya había abordado una temática diabólica en su último álbum con el grupo Aphrodites Child, el polémico "666", logró en este poema sinfónico de doble cara atrapar el sonido en una densa telaraña de tintes épicos, forjando una obra espectacular e innovadora para la época, una sinfonía de fusión clásica y electrónica (con elementos vanguardistas e incluso jazzísticos), donde no sólo aprovechaba su capacidad con los teclados sino que se ayudó de una manera grandilocuente de los acompañamientos vocales (coros y voces solistas del English Chamber Choir) y de ciertos instrumentos y arreglos sinfónicos a lo Carl Orff, que contribuyeron a que la obra tomara tintes épicos. "Heaven and Hell" no es en absoluto un disco lineal, sus diferentes variantes rítmicas a ambos lados del vinilo representan las ideas de cielo e infierno que nos quiso mostrar el autor, siendo las celestes más tranquilas, corales y luminosas, mientras que las infernales son sombrías, lúgubres y caóticas. Con su latente orquestalidad, todo el disco es digno de elogio, comienza en "Bacchanale" con lo que parecen las trompetas del apocalipsis, y una penetrante parte coral de ritmo endiablado; un pasaje más amable, también repleto de coros épicos y sugestivos teclados en cadencias ascendentes y descendentes ("Symphony to the Powers B"), conducen como en un ensoñador remolino, hacia la parte final del primer acto y gran momento destacable del mismo, una auténtica maravilla identificada como "Movement 3", una pieza en la que se puede escuchar la primera idea de lo que luego sería la melodía principal de su oscarizada "Chariots of Fire", pero en tan sublime mezcla de sinfonismo con la electrónica que incluso el gran astrónomo Carl Sagan no dudó en incluirla en la conocida banda sonora de la excepcional serie documental "Cosmos", unas imágenes con las que la música de Vangelis casa a la perfección (su música iba a ser compilada junto a temas de Bach, Pachelbel, Vivaldi, Shostakovich o Tomita en el álbum "The Music of Cosmos"). Tras ese "Movement 3" aparece la canción que sirvió para radiar con una mayor facilidad el álbum, interpretada por el inconfundible vocalista de Yes, Jon Anderson, que había escuchado con interés "L'apocalypse des Animaux" y visitó a Vangelis en Paris: "So Long a Go, so Clear" es una grandísima canción que nadie debe dejar de admirar, edificante y plena de efectismo, todo un clásico con que estos dos amigos comenzaron sus interesantes colaboraciones. En el segundo acto, la que se supone que es la cara infernal, y tras un comienzo algo atonal ("Intestinal Bates"), es misteriosamente fascinante la fuerza rítmica del segundo movimiento, de título "Needles and Bones", pero sin duda una de las composiciones 'tapadas' del álbum es la siguiente, la expresivamente caótica "12 O'clock", una dantesca sucesión de sonidos en falsa entropía que parecen enmascarar los sufrimientos del infierno, acompañados por la voz de Vana Veroutis, que también se puede escuchar en "Cosmos". La animosa "Aries" y la laxitud de "A Way" concluyen tan fenomenal plástico, que contó con un concierto de presentación el 11 de febrero de 1976 en el Royal Albert Hall, con la presencia de un buen número de músicos invitados, entre los que se encontraba David Bedford, ilustre colaborador de Kevin Ayers y Mike Oldfield.

Está claro que Vangelis era un artista único cuyas ideas sólo podían salir a flote trabajando en solitario, de hecho la producción de este trabajo, así como los arreglos y por supuesto la interpretación, fueron propios, algo que iba a convertirse en habitual en este admirado artista total. Antes de la creación de "Heaven and Hell", y por mediación del mencionado Jon Anderson, apasionado con la dimensión que el griego podía otorgar a su banda, los ingleses Yes, Vangelis estuvo a punto de unirse a este influyente grupo de rock sinfónico como teclista sustituyendo a Rick Wakeman, con lo cual pudiera ser que ahora no estuviéramos hablando de "Heaven and Hell", un disco palpitante, un trabajo único en el que Vangelis interpreta sintetizadores, piano Bösendorfer y percusión. Puede que nuestra fe y los conceptos de cielo e infierno que podamos tener cada uno de nosotros no cambien con este plástico, pero sin duda faltaría algo esencial en la historia de la música, una obra necesaria, atrevida e inconfundible.







9.8.06

JERRY GOODMAN:
"On the Future of Aviation"

En los años 70 la fusión entre rock y jazz contaba con un nutrido número de seguidores, y concretamente en una de sus vertientes más instrumentales, el jazz fusión inspirado especialmente por Miles Davis, destacaban bandas como Return to Forever (con Chick Corea), Weather Report o la Mahavishnu Orchestra. Este glorioso grupo liderado por el guitarrista inglés John McLaughlin gozó de un gran éxito en sus comienzos, y en ellos, de 1971 a 1973, estaba presente un eficaz violinista llamado Jerry Goodman, conocido anteriormente por su destacada estancia en otro recordado grupo de jazz rock, The Flock. Tras abandonar la primera formación de la Mahavishnu (no sin un cierto clima de tensión), y después de una ausencia de diez años en el panorama musical, Jerry iba a sorprender a todos con un agradable álbum de portada fantasiosa, que si bien no se puede calificar en su conjunto como una obra inmensa, sí que será siempre alabado por incluir una de las grandes composiciones de la música instrumental de los años 80, una experiencia auditiva sin igual que ha trascendido en el tiempo y que también daba título al disco que la contenía: "On the Future of Aviation", publicado por Private Music en 1985.

Es de admirar la cantidad de grandes artistas que se juntaron en Private Music en los 80, a la sombra de la popularidad de Windham Hill o Narada Productions pero destacando por un estilo algo más avanzado y de enorme elegancia. Precisamente la combinación de la tenue electrónica (asociada al término new age, del que no huyó Goodman en ese momento) del sello de Peter Baumann, con el jazz rock de sus épocas pasadas fue un desafío para el músico, el reto que Jerry Goodman necesitaba para salir de su retiro: "Yo había estado tocando música desde que tenía 8 años, mucho tiempo durante el cual habían sucedido muchas cosas. Tuve que solucionar algunos problemas de motivación... pero no esperaba que me llevara tanto tiempo". El momento era idóneo, y esa motivación fue tan grande que este trabajo sigue siendo recordado hoy en día por los seguidores de este estilo de música, además de por los que el músico pudiera arrastrar desde la época en la que revolucionó la sonoridad del jazz-rock con el violín eléctrico. Este disco se abre con un sugerente tañer de campanas y los épicos compases del tema principal, "On the Future of Aviation", motivadísima composición que combina un fenomenal lirismo con un frenético ritmo constante de violines emulando idílicos vuelos. Son siete minutos que por sí solos ya merecen un disco que los arrope, y en los que Goodman consigue extraer del violín la sonoridad de una guitarra eléctrica (hay un fantástico solo a mitad de la pieza) pero con las cualidades sonoras de un instrumento de arco. Goodman, que compone las seis canciones del álbum, también lo produce junto a su tío, el pianista de jazz Martin Rubenstein. Ritmos cálidos (la aterciopelada y climática melodía de "Endless November", la esencia tropical de "Orangutango"), secuencias pegadizas que se mueven entre jazz, folk, rock y electrónica ("Outcast Islands" -de alocados vaivenes-, "Sarah's Lullaby" -tema de apariencia personal, casi privada, con una furiosa guitarra eléctrica a cargo del propio Goodman-) o la estimulante ambientalidad de otra composición destacada, la enérgica y atractiva "Waltz of the Windmills", completan una obra que Jerry Goodman asegura no lo grabó para vender sino para disfrutar, haciendo además disfrutar con su trabajo a mucha gente, como por ejemplo un Ramón Trecet que en el segundo volumen de la recopilación "Diálogos con la música" afirmaba sobre este trabajo que "es la más perfecta síntesis de la música de la Nueva Era, su frescura actual es la mejor garantía de su calidad". One Way Records reeditó el CD en el año 2000, mientras que ese mismo año 1985, Private Music lanzó un maxi titulado "Selections from On the Future of Aviation", una pieza de colección que contenía los mismos tres cortes en ambas caras: "On the Future of Aviation", "Sarah's Lullaby" y "Endless November". Mención especial requiere el videoclip de la canción principal, un maravilloso vuelo en tonos pastel que sirvió para publicitar el álbum en televisión.

Goodman nació en Chicago en 1949 y y de muy joven fue preparado en la interpretación clásica del violín, ya que sus padres tocaban en la Orquesta Sinfónica de Chicago. Fue sin embargo el contacto con los grupos de fusión lo que acabó llevándole irremediablemente hasta una cierta fama, sobre todo en esa Mahavishnu Orchestra de comienzos de los 70 en la que coincidió con el teclista Jan Hammer (de hecho se hicieron buenos amigos, y publicaron un disco juntos en 1974, "Like Children"), que obtuvo un gran éxito con la música de "Miami Vice" justo un año antes de la publicación de "On the Future of Aviation". Quizás Goodman quiso demostrar que él también podía pasar a la historia de la música instrumental, y realmente lo hizo con este disco, aunque posteriores trabajos no llegaron al nivel de este pequeño gran clásico de la new age. Por ejemplo, "Ariel", publicado en 1986 por la misma Private Music, sigue la estela de "On the Future of Aviation" pero en un grado menor de inspiración, a pesar del innegable fervor del violín (así como alguna guitarra resonante), y de varios cortes destacables (especialmente el primero, "Going On 17"), si bien acusa la ausencia del gran single que sí lucía en su primer álbum, una pieza de tan hermosa naturaleza que es capaz de conmover a cualquiera, y que supuso un auténtico hito de la música instrumental contemporánea. Tantos años después, sigue sonando fresco y auténtico.





CRAIG CHAQUICO:
"Acoustic highway

Este trabajo es fruto del paso natural de la vida y de la evolución de un músico que vivió en la cresta de la ola. Aún así, no todos los que tomaron en sus manos "Acoustic highway" en 1993 sabían quién era Craig Chaquico, en especial los pertenecientes a una nueva generación de consumidores de música instrumental. El pequeño libreto del CD ofrece detalles que nos dan algunas pistas, una foto impagable nos presenta a un no muy joven melenas con aspecto de rockero (cazadora de cuero, botas en punta, camiseta negra, vaqueros ajustados) y una enorme Harley Davidson a sus espaldas. Sencillamente, así era Chaquico (léase Chaquiso, por obra y gracia de sus abuelos portugueses), un californiano enamorado de las rutas en moto por las extensas y polvorientas carreteras del medio oeste de los Estados Unidos (el título del disco es significativo) y, aunque esa nueva generación no lo supiera, un conocido guitarrista en el mundillo del rock, donde conoció el éxito merced a su paso de quince años por la mítica banda Jefferson Starship.
 
La pregunta es evidente: ¿cómo se convierte un rockero como éste en superventas de nueva música instrumental? En gran medida se lo debemos al embarazo de su mujer, Kimberly, que requería un silencio en la casa que la escandalosa guitarra eléctrica no era capaz de otorgar. Chaquico pasó así a entretenerse con la (un poco más calmada) guitarra acústica, y pareció encontrar en ella un sorprendente estímulo para su creatividad, tanto rememorando sus años rock como improvisando con jazz o blues, para lo que contó con la ayuda de un viejo amigo, Ozzie Ahlers. La fructífera amistad de Chaquico y Ahlers se remonta a muchos años atrás, así que acometieron juntos un proyecto acústico que, presentado a numerosas compañías, parecía no tener salida fácil por esa mezcla de estilos, las compañías de rock querían que sonara más rockero, las de jazz exigían un sonido más jazzístico y lo mismo con las de blues o incluso alguna de new age, todas consideraban esta música difícil de encajar y daban algún nombre específico sobre cómo debería sonar para ser publicada; la propia Windham Hill aclaró que para su edición debería sonar 'más new age'. Afortunadamente, y tras un cierto desánimo, apareció Higher Octave Music que, curiosamente y con mucho criterio, pensó que Chaquico, con sus muchas e interesantes influencias, sonaba a algo nuevo y podía tener su mercado. Esta compañía californiana acertó de pleno confiando en Craig, y esencialmente durante los años 90 su guitarra se hizo tan conocida en los círculos de la new age (nunca le ha importado que se llame así a su música) como años antes lo había sido en el rock. Este disco, que llegó al número 1 de las listas de new age del Billboard, demuestra por qué fue así, sencillas melodías se adornan de forma rotunda con un estilo personal (al parecer este guitarrista utiliza la parte redondeada de la púa en lugar de la puntiaguda, obteniendo un tono más grave para los solos) que muy pronto se iba a convertir en un sonido muy familiar y característico. Así, los nueve cortes de esta producción de Ozzie Ahlers, William Aura y el propio Chaquico, están inspirados en las carreteras, la naturaleza, y en las leyendas ancestrales de los indios americanos, como en el caso de la monumental pieza que abre el trabajo, "Mountain in the mist", o la espectacular "Sacred ground", incluída en el recopilatorio motero "Harley Davidson Road songs". Entre tanta melodía deliciosa es difícil destacar alguna en particular, si bien una canción sentida y auténtica, tal vez el corte estrella del álbum, es "Gypsy nights", muy elaborada, con guitarras superpuestas creando efectos acústicos magistrales. Esas 'noches gitanas' de tarot, amor y lobos se acercan más a la calma que al poderoso ritmo que domina gran parte del álbum, por ejemplo las contundentes "Return to the eagle" o "Acoustic highway", otros pequeños clásicos de la nueva música instrumental de guitarra, y es que al menos 5 o 6 composiciones de este trabajo han sonado hasta la saciedad en emisoras alternativas de radio y se han incluído en recopilatorios de todo tipo, contribuyendo al afianzamiento del sonido de cuerdas de Chaquico, y por supuesto a que sus discos fueran superventas en Estados Unidos y tuvieran una espectacular acogida en el resto del planeta. Incluso composiciones de menor importancia en la totalidad del álbum como una animada "Angel tears" o la melancólica "Summers end", presentan una magia especial, totalmente fascinante, en un conjunto más que recomendable con un acabado potente pero muy sensual, en el que Chaquico toca guitarras y efectos, y Ozzie Ahlers teclados y percusión.
 
La de Chaquico también es una historia de superación: cuando tenía doce años fue atropellado por un conductor borracho, con el triste resultado de brazos y piernas rotos por varios sitios. Desde entonces, animado por su médico y por su padre (que le contó que Les Paul tuvo también un terrible accidente y tocar la guitarra le ayudó a superarlo), no paró de ensayar con la guitarra en la misma silla de ruedas hasta volver a encontrar una gran movilidad en sus dedos. En los 90 intentaba devolver el favor acudiendo a hospitales en nombre de la American Music Therapy Association, dando pequeños conciertos para los pacientes, convencido del poder de la musicoterapia. Su evolución hacia otro tipo de música también supuso una prueba para Craig, y gracias a su constancia actualmente es reconocido como uno de los grandes guitarristas de la new age. La publicidad de la compañía afirmaba que este debut instrumental en solitario introduce una excitante nueva dimensión en su música, así nos lo contaban sus dos primeros trabajos, "Acoustic highway" y "Acoustic planet", sendas muestras de sonidos vivos, placenteros y estimulantes.









7.8.06

HENRYK GÓRECKI:
"Symphony No.3"

Aunque no tenga nada que ver con las víctimas de los campos de concentración, la inmensa fotografía de portada de este álbum ('A maiden at prayer', obra de la influyente fotógrafa estadounidense Gertrude Käsebier en 1899) posee una extraordinaria fuerza que casa perfectamente con el contenido de la obra a la que ilustra. La tercera sinfonía del compositor Henryk Górecki no sólo posee unas características dramáticas totalmente intencionadas sino que la propia historia de la pieza comienza con un injusto tratamiento de la crítica, afortunadamente resuelto años después, cuando el gran público pudo conocer una obra comprometida capaz de llenar cualquier alma. Eso sucedió cuando, merced a la convicción de una buena casa discográfica (Elektra Nonesuch), que puso los medios necesarios a disposición de dicha partitura y una hábil maniobra publicitaria, esta grabación llegó a los oídos de miles de personas que, embelesados, la auparon en el año 1992 a los primeros puestos de las listas de ventas inglesa (sexto puesto en la lista general) y americana (número 2 en la lista de clásica, en la que permaneció 158 semanas), superando en la actualidad el millón de ejemplares vendidos, algo impensable en la música contemporánea. Este dato es aún más interesante por el hecho de que la sinfonía fue compuesta a finales de 1976, diecisiete años antes de su éxito, y publicada por otras casas discográficas que sin embargo no creyeron en sus posibilidades y no actuaron en consecuencia (Polskie Nagrania Muza, Schwann Musica Mundi, Olympia). Fue el disco de esa maravillosa portada en blanco y negro el que dió a este compositor polaco nacido en 1933 en Katowice el merecido reconocimiento popular, después de las durísimas críticas recibidas en el estreno de esta composición. La compañía americana Elektra Nonesuch fue la encargada de grabar y comercializar esta versión antológica en 1992, interpretada por la cantante americana Dawn Upshaw y por la London Sinfonietta, conducida por David Zinman. Tal cúmulo de nombres prestigiosos dieron el empujón definitivo para la radiodifusión del trabajo y el resto lo hizo el público, que emocionado llamaba a las emisoras y escribía cartas para expresar su admiración, fueran o no consumidores de música clásica.

Y es que emoción es precisamente la palabra que mejor define esta obra maestra de la música, llámese clásica, contemporánea, religiosa, ambiental o new age, términos estos últimos que aunque parezcan lejanos a la propuesta de Górecki, acogen en ocasiones a artistas que nada tienen que ver con ellos, descontextualizando el espíritu de sus composiciones, utilizándolas como simple música de relajación. Los que ven el vaso medio lleno opinan que así es más fácil llegar a todos los públicos, incluídos esos que jamás sintonizarían una emisora de música contemporánea o se pararían a consultar revistas de clásica. Esta majestuosa obra que Henryk Górecki dedicó a su esposa es conocida como la "Sinfonía de las lamentaciones", y en ella el autor supo captar de una forma impresionante el sufrimiento de los presos de campos de concentración en la Segunda Guerra Mundial. Se podría hablar, en música, de lo que "La lista de Schindler" supuso en cine. Sin embargo, la intención real de Górecki no fue la creación de una sinfonía sobre la guerra, ni siquiera una obra religiosa, sino una canción de amor, y oracional o no, la gente realmente se enamoró de ella, incluso para muchos supuso una especie de consuelo, una catarsis (un milagro, llegó a decir también el compositor polaco). Dividida en tres movimientos para orquesta y soprano, goza de una aparente sencillez que la hace cómoda de escuchar, de hecho, casi imposible de detener. El primer movimiento ("Lento - Sostenuto tranquillo ma cantabile") es un crescendo de sensaciones, un canon en el que las inofensivas cuerdas que lo conducen transmiten una tensión fuera de lugar, acrecentada con la entrada de la soprano en el minuto 13; la pieza (un lamento de la Virgen María hacia su hijo crucificado, basado en un texto anónimo) decrece posteriormente hasta morir a los 27 minutos. El segundo movimiento ("Lento e largo - tranquillissimo") es el más popular (de hecho, y como parte de su estrategia comercial, un extracto fue distribuído en CDsingle de manera promocional por Elektra para su radiodifusión en 1993), y donde más se hace notar la admirable voz de Dawn Upshaw, así como el que constituye un emotivo recuerdo a los presos judíos, al estar inspirado en la plegaria que una prisionera de 18 años, Helena Blazusiak, inscribió en el muro de su celda de una prisión de la Gestapo en Zakopane. Esta especie de letanía a Nuestra Señora de los Siete Dolores, virgen adorada en Polonia, es una de las piezas más emocionantes con las que cualquier oyente se puede encontrar, un clímax contínuo y fantasmal sobre el cual Górecki dice: "Quería que el monólogo de la muchacha pareciera como canturreado (...) por un lado casi irreal, pero por otro dominando a la orquesta". Los 17 minutos del tercer movimiento ("Lento - cantabile semplice"), algo más folclórico (se basa en una melodía popular de la región de Silesia -aportada por el folclorista polaco Adolf Dygacz- que describe el dolor de una madre por su hijo, caído durante la guerra), concluyen el disco con la eficacia de quien tenía mucho que decir, aunque tardáramos tantos años en escucharle. De hecho esa fama tardía le confundió en un primer momento y le persiguió (gratamente, aunque trastocando su cotidianeidad) hasta el momento de su muerte en el año 2011.

Tras unos comienzos más vanguardistas, Górecki comenzó a trasladar con adoración el catolicismo a la simpleza de sus obras, hasta el punto de encontrar la denominación de 'minimalismo sacro', compartida con otros importantes nombres de la escena contemporánea como Arvo Pärt o John Tavener. La adoración tardía hacia este compositor le ha llevado a la primera línea de popularidad y a que sus discos se puedan adquirir en casi cualquier sello importante de música clásica, incluída esta famosa tercera sinfonía dotada de un sentimiento si cabe más sincero al provenir su autor de un país tan castigado en la Segunda Guerra Mundial como Polonia (incluso parte de su familia murió en Dachau y Auschwitz). A raíz del éxito de esta tercera sinfonía, multitud de ediciones se acumularon en el mercado discográfico en años posteriores, entre ellas las de compañías importantes como Naxos, Philips Classics, Arte Nova Classics, BMG, EMI Classics, Naïve o Decca. También se encuentra a la venta un DVD del año 2005 de Polskie Radio. Al respecto aseguraba el compositor: "Ni yo mismo sé explicarme el cómo y el por qué de este fenómeno, del mismo modo que no sé explicarme cómo sale el sol cada mañana". El crítico Norman Lebrecht escribió que la imparable ascensión del polaco desafiaba cualquier dogma de fe de la industria del disco. Si aún no has escuchado la tercera sinfonía de Henryk Górecki hazte con una copia cuanto antes, apaga la luz, cierra los ojos e indaga en la frase de este genial músico: "en nuestra sociedad tenemos todas las necesidades cubiertas (...) en realidad no nos queda más camino que ir hacia lo espiritual". No te arrepentirás.




4.8.06

JEAN MICHEL JARRE:
"Oxygène"

mediados de la década de los 70 un enorme volcán iba a estallar en tierras francesas con el nombre de Jean Michel Jarre, un joven pero experimentado músico cuyo apellido estaba directamente ligado a la música de cine pero que se estaba forjando una carrera por sí mismo entre instrumentos muy distintos a los que utilizaba su padre, el oscarizado compositor ("Lawrence de Arabia", "Doctor Zhivago", "Pasaje a la India") Maurice Jarre. Aunque llevaba años destacando en la producción y composición de música para otros autores y algunas bandas sonoras (a destacar la del film "Les Granges Broulées"), el disco que iba a encumbrar a este nativo de Lyon (nacido en 1948) llegaría en 1976 de la mano de Disques Dreyfus y con el título de "Oxygène", un trabajo sorprendente de música instrumental avanzada cuya temática general era el aire, una obra mítica que tenía numerosas virtudes, en especial la de impactar a la audiencia por su parafernalia electrónica, un cúmulo de nuevas sensaciones que asombraron a un público que comenzaba a apreciar sin temores las virtudes de esa extraña música electrónica que llevaba toda la década de los 70 sorprendiendo desde Alemania, Japón, Estados Unidos o la propia Francia.

La primera imagen del disco es la de una cuidada portada, impactante obra del artista gráfico Michel Granger, anunciadora de un inminente desastre ecológico para nuestro planeta. Las dimensiones del vinilo permitían apreciarla en su auténtica grandeza. En cuanto al contenido, destacaba sobremanera el hecho de que se tratara de un 'continuum' musical, imaginariamente dividido en seis cortes, y es que, como la música no deja de ser una manifestación artística, Jean Michel utilizó para sus títulos la opción que Piet Mondrian y otros habían usado en la pintura, denominando a sus cuadros 'composición + número', algo que iba a ser típico desde entonces en los trabajos más conocidos y valorados de este sintesista galo. Sin embargo, la verdadera revolución se produce en el momento en que comienza a sonar la música, y es que con "Oxygène", Jarre busca agradar sin miramientos, reclama el reconocimiento popular para la música electrónica y, por supuesto, para sí mismo. Lo consiguió de sobras, la obra es absorbente, única, desde los efectos burbujeantes de su volátil comienzo, "Oxygène Part 1", una primera parte que parece posarnos en la superficie de un planeta inhóspito, sintetizadores que comienzan a tejer una red de sonoridad inigualable en la época. Y ante todo, el conjunto parece estar dominado por una madurez intangible, una invisible maestría que conduce a cada una de las seis composiciones hacia un sublime destino. Cualquier duda sobre la calidad de este plástico queda disipada con la escucha de la magnética, exultante, emocionante segunda parte del trabajo, sin duda una de las grandes composiciones no sólo de Jarre sino de la música electrónica en general: "Oxygène Part 2" es un prodigio de efectos que conducen a la explosión de una grandiosa sucesión de teclas, que activan resortes ocultos en nuestras cabezas, por los que quedamos atrapados inevitablemente en su embrujo melódico-ambiental. El director australiano Peter Weir supo utilizar con acierto esta melodía en la parte culminante de su film "Gallipoli", protagonizado por un jovencísimo Mel Gibson. La tercera parte, de sones lentos y contundentes, como la banda sonora de un documental, parece querer ayudarnos a despertar del éxtasis, y conduce con ventosos teclados hacia la amable, simpática y gratamente recordada "Oxygène Part 4", melodía vital y pegadiza de merecido éxito, repetida y tarareada hasta la saciedad (que contaba también con un divertido y ecologista videoclip protagonizado por simpáticos pingüinos), con la que Jean Michel se hizo un nombre y una comodidad económica. Y aunque no despunten como los anteriores, los últimos coletazos del disco se mueven por terrenos poco acomodaticios de ambientalidad (la atmósfera casi eclesiástica al comienzo de "Oxygène Part 5" es un pequeño homenaje a Maurice Ravel) y experimentalidad con la mesa de mezclas, acabando con el rumor de las olas, uno de los muchos efectos de sonido presentes en un disco imprescindible, un maravilloso despertar electrónico a una nueva era de tecnología e imaginación, con el que la música electrónica entraba en todos los hogares por obra y gracia de un Jean Michel Jarre que, aunque ya tenía un par de poco conocidos discos en el mercado, se convertía en estrella de la noche a la mañana. A medio camino entre la renovación y el puro negocio, Jarre decidió que en los 90 había que ejecutar una continuación, adaptada convenientemente a los tiempos, de su obra más emblemática (siguiendo la estela de la continuación de "Tubular Bells" que en el 92 había presentado Mike Oldfield), así que en 1997 apareció un interesante y realmente acertado "Oxygène 7-13", muy aconsejable como complemento y adecuación a ritmos más modernos, y aún más en un tercer disco de 2016, un "Oxygène 3" no tan recomendable.

Quizás una de las cosas que más me sorprenden de "Oxygène" (y de la mayoría de las primeras grandes obras de Jarre, en general) es lo bien que se adaptan al paso del tiempo, al escucharlas en la actualidad se aceptan perfectamente y no parecen excesivamente artificiales ni obsoletas (como puede suceder con otras obras de la época), si bien es cierto que están adornadas por un aire retro, y ciertos sonidos y secuenciadores nos recuerdan a esa época de avances tecnológico-musicales. En su búsqueda de la melodía, se trata además de una música más fácil de escuchar que la de otros ejemplos electrónicos punteros de la época (Tangerine Dream, Klaus Schulze, los primeros trabajos de Kraftwerk...), por lo que multitud de programas de radio y televisión o spots comerciales se aprovecharon de su tirón, como le sucedía también a otro enorme teclista, el griego Vangelis. En el año 2007, más de cuatro décadas después de la aparición del disco original -y como ya había hecho, una vez más, Mike Oldfield con su "Tubular Bells 2003"- se puso a la venta una poco necesaria regrabación del álbum con el título de "Oxygène (New Master Recording)", sin cambios respecto a la versión original, por sí mismo aún totalmente válida, y seguirá siéndolo por mucho que pase el tiempo, pues no hay que olvidar que donde realmente respiramos la originalidad, la genialidad y por qué no, la insolencia del joven Jean Michel es en el auténtico "Oxygène", pionero de muchas causas que aún continúan.









GEORGE WINSTON:
"Autumn"

Al poco tiempo de que Will Ackerman fundara Windham Hill y de paso una nueva categoría musical que la revista Billboard no tardaría en denominar como New Age, quedó claro que dicho sello no podía quedarse en los discos de guitarra de su fundador o los de su primo, el también guitarrista Alex de Grassi. Bill Quist fue el primero que, inspirado en el gran compositor impresionista Erik Satie, intercaló un disco de piano en el catálogo de la compañía. Sin embargo habría que esperar un poco más para encontrar al músico que, con ese instrumento, iba a acabar de romper con muchas ideas establecidas. El personaje que iba a revalorizar el mercado de la música instrumental iba a ser George Winston, un repartidor de Montana que contactó con enfermiza insistencia con Ackerman para aconsejar al guitarrista Bola Sete para la nómina del sello. Sete no iba a tener cabida en el mismo, pero después de no poder quitarse de encima de ninguna manera al tal George Winston, el mandamás de Windham Hill accedió a publicarle un disco de guitarra. Afortunadamente la situación cambió cuando de casualidad Ackerman escuchó a Winston tocar el piano, así que este extravagante artista acabó publicando en 1980 un trabajo de solos de piano titulado "Autumn", revolucionando de paso la forma de entender este instrumento, aunque a través de multitud de influencias de los músicos de su vida.

La mayor de esas influencias venía de Fats Waller, pianista de principios del siglo XX que interpretaba en el estilo 'jumper walk' del que, en una nota que no se llegó a publicar, se señalaba Winston como eterno deudor. El piano de George Winston sabe ser pausado pero lleno de pequeños matices que le dan un especial colorido a las composiciones, que acaban reflejando perfectamente lo que desea el pianista, es decir, una música "estacional" y paisajística, de aires bucólicos con inspiración en el rhythm and blues, jazz, ragtime, country y sobre todo en los paisajes de Montana (cuna del también pianista Philip Aaberg), lo que la ha llevado a autodenominar como 'piano folk rural', desentendiéndose incluso del sonido Windham Hill. A George, de hecho, le molestó mucho que le golpeara de lleno la moda de la new age, que consideraba un término poco menos que nefando, y él se la sacudió de un plumazo: "lo mio es piano folk". "Autumn" fue un plástico tan importante para la compañía como aquel inolvidable "In search of turtles navel" de un Ackerman que, por cierto, produce este trabajo. Sus tres primeras composiciones estaban dedicadas al mes de Septiembre, comenzando con "Colors/Dance", un tema largo y bien estructurado con un buen número de inspiraciones reconocidas, tanto paisajísticas (siempre Montana) como musicales (The Doors especialmente, el grupo de rock adorado por Winston), que parecía ser sin embargo un simple preludio para una de las grandes canciones del disco, las inolvidable "Woods", delicada melodía compuesta seis años antes, que perdura en la memoria como las fotografías de un viaje (concretamente por los arbolados alrededores de la ciudad que vio crecer a George, Miles City). "Longing/Love", de hermosa melodía juguetona que supone otro punto fuerte del disco, completa el mes y da paso a un Octubre en el que se desarrolla el resto de la obra. "Road" es su comienzo, una pieza caminante de casi una decada atrás, que da paso a la segunda gran partitura del plástico, "Moon", otro clásico del pianista por su completa y embelesadora melodía principal, complementada por otra inspirada en la música koto japonesa. "Sea" es otra espectacular interpretación (la inspiración aquí es de John Fahey y de nuevo The Doors) que embellece el otoño de este virtuoso autodidacta, en el cual las hojas secas caen a su paso marcando un camino que iba a continuar -eso sí, con grandes intervalos de tiempo entre disco y disco, salvo en sus primeras referencias- durante muchos años (con "Winter into spring", "December" y "Summer", para luego encontrar otro tipo de inspiraciones y perdiendo de paso algo de la esencia del éxito). El disco acaba con "Stars", una mirada al cielo otoñal y un recuerdo de las músicas de Dominic Frontiere para la serie de televisión 'The outer limits'. El resultado es una obra encantadora, muy cohesionada y, merced a sencillas melodías de base folclórica, difícil de no escuchar en su totalidad a pesar de tratarse de casi cincuenta minutos de piano en solitario. Que cada uno de los discos de esta primera época de la discografía de George Winston esté asociado a una estación del año significa que sus composiciones reflejan momentos muy específicos de su vida, pertenecen a ese momento, están inspirados por algo que ha pasado, aunque vuelva de nuevo al año siguiente. Por eso el pianista prefería evolucionar a cada paso y no escuchar sus trabajos anteriores, aunque muchas de sus piezas las recuerde, convenientemente adaptadas, en sus conciertos, eventos que difícilmente salen de los Estados Unidos. 

Ni Bola Sete, ni Fats Waller, ni otros de sus ídolos que recuerda y enaltece en cada uno de sus trabajos, como John Fahey, Vince Guaraldi, James Booker o el organista de los Doors Ray Manzarek. No, el que logró que la gente deseara escuchar discos de un instrumento virtuoso, concretamente solos de piano de estilos presumiblemente poco modernos o duraciones inusuales, fue el propio George Winston, un personaje extraño y tímido pero muy seguro de su camino, enamorado de la música (le encanta también el flamenco), de la slack key guitar (guitarra hawaiana) y de sus gatos, un pianista influyente (al menos en los 80, cuando nadie podía etiquetar su música pero logró cifras de ventas inusuales y asombrosas, elevando a la gloria al sello Windham Hill) que sale a actuar descalzo y en vaqueros y lo primero que hace es aplaudir al público. Los amantes de la música aplauden este "Autumn".

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2.8.06

EDDIE JOBSON:
"Theme of Secrets"

El caso de Eddie Jobson se asemeja en cierto modo al del bajista y multiinstrumentista Patrick O'Hearn en los 80. Misma compañía (Private Music), colaboración anterior con Frank Zappa (de hecho coincidieron en su grupo, y se les puede ver junto al propio Zappa y Terry Bozzio en la portada del trabajo "Zoot Allures", en el que curiosamente ninguno de los dos llegó a tocar) y un parecido estilo musical, libre e innovador. Pocos meses después de que O'Hearn publicara "Ancient Dreams" en el mencionado sello de Peter Baumann, "Piano One" fue la primera referencia de Eddie Jobson en el mismo, aunque no era un disco exclusivo, sino un cuaderno de piezas para piano de cuatro grandes músicos, dos del mundo del jazz (Joachim Kuhn y Eric Watson), Ryuichi Sakamoto (que aporta el sensacional tema principal de la película "Merry Christmas Mr. Lawrence"), y el propio Jobson, del que se recogen tres composiciones: "The Dark Room", una pieza sencilla y recogida, de notas luminosas; "Ballooning Over Texas", donde se muestra más cercano al jazz; y "Disturbance in Vienna", que anticipaba al piano solo el tema "Memories of Vienna", de su avanzado trabajo "Theme of Secrets", quinta referencia de Private Music, que vio la luz en 1985 con la producción del propio Peter Baumann, que fue el que, tras escuchar "Zinc", el anterior disco de Jobson, quiso tenerle en su compañía en ciernes.

Afamado teclista y violinista británico, activo desde corta edad, Jobson se cansó de ser un nombre más en un grupo (Curved Air, Roxy Music, King Crimson, UK o Jethro Tull son parte de sus credenciales), y se lanzó a la aventura en solitario. Su primera referencia fue "Zinc - The Green Album" (publicada por Capitol Records en 1983), cuyo rock sinfónico presentaba un estilo psicodélico bastante grandilocuente, vocal en su totalidad, y que tuvo incluso un apoyo en forma de videoclip de la canción "Turn it Over" en la MTV. Sin embargo, necesitaba hacer algo distinto, desafiante, y tras unirse a Yes y dejarles a los dos meses, decidió fichar por una compañía presuntamente sin presiones comerciales. Peter Baumann lo cuenta así en el libreto: "el sonido y el estado de ánimo (de "Zinc") eran exactamente lo que estaba buscando para publicar en Private Music. Eddie Jobson, votado constantemente como uno de los mejores teclistas en las encuestas de todo el mundo, tenía más que ofrecer que una magnífica técnica y una interpretación virtuosa. Eso se hizo aún más evidente después de su contribución al disco "Piano One". La música no es técnica, no es escritura, no es actuación o trucos de estudio; es la combinación, la química, la interacción de todos los elementos que cuando se juntan crean la magia de la que está hecha la verdadera música". "Theme of Secrets" fue un cambio de rumbo muy interesante, y más allá del violín por el que se podía conocer a este polivalente músico, se benefició del sonido fresco y novedoso para la época de la primera synclavier polifónica de Nueva York ("como ya hice con el primer CS-80 de Inglaterra", recalcaba Eddie). La synclavier, que también utilizó eficazmente su admirado Zappa, no era realmente un sintetizador, era -en sus propias palabras- una máquina de muestreo de alta calidad, un sampler, a la par que el famoso fairlight. En "Inner Secrets" se escuchan los primeros efectos de sonido, y primera aparición (calmada, para empezar) de la melodía principal de teclado, soberbia, eufórica, de una personalidad entusiasta y romántica. "Spheres of Influence" presenta un estilo sinfónico plagado de más efectismo, en una onda pseudoexperimental bastante atractiva. Conectada con su final, la entradilla de "The Sojourn" conduce a una rítmica composición muy estimulante, que se puede acercar por igual a determinados títulos de Jean Michel Jarre como a bandas sonoras tipo 'Miami Vice'. "Ice Festival" es algo más abrupta, con diferentes ambientes y ritmos en su corta duración que conduce, ya en la cara B del vinilo, al tema principal, "Theme of Secrets", ese leitmotiv grandioso, refinado y de extraordinaria ambientación, un todo formidable de obligada reverencia. Jobson continúa entretenido en dotar al conjunto de estimulantes juegos de sonido que ayudan a embellecer melodías como "Memories of Vienna" composición en la que una percusión electrónica obra del synclavier cobra importancia bajo otra espléndida melodía que no desentona con la que da título al disco, y que de hecho fue seleccionada -por delante de la propia "Theme of Secrets"- como merecedora de un elegante videoclip promocional. Realmente "Theme of Secrets" también tuvo un intento fallido de videoclip, jugando con las formas geométricas que pueblan la portada del álbum como si fuera grandes edificios, ciudades futuristas o pirámides egipcias, pero nunca vio la luz. Como últimos temas del trabajo, "Lakemist" es otro corte activo, de luminosos teclados y sonoridades explosivas, mientras que la melodía principal es tratada de otra manera, también agradable, en "Outer Secrets", que cierra esta obra única y mítica. El trabajo, de clara orientación electrónica ochentera, tiene unas cualidades dignas de admiración de principio a fin y se hace corto (aunque es intenso y no presenta momentos de desperdicio) y no es para nada enrevesado, sino de fácil escucha. Jobson disfrutó de las posibilidades del estudio de grabación, y eso se notó en la cantidad de efectos utilizados en este trabajo infestado de la magia que pretendía Baumann, que matiza: "El estilo de Eddie al escribir e interpretar este disco es a veces extremadamente complejo, rítmica, armónica y sonoramente: pero hay una cierta facilidad y placer al escuchar el álbum que atrae al oyente a su propio mundo surrealista". "Theme of Secrets" fue un álbum que combinaba lo mítico con lo místico (en ocasiones los efectos y sonidos hacen que escuchemos una música perfecta para el ilusionismo), cuya rutilancia era prácticamente imposible de plasmar en vivo, si bien algunas de aquellas piezas fueron interpretadas en directo por el artista en sus giras, de hecho "Spheres Of Influence" y "Inner Secrets" venían recogidas en el trabajo de 2015 "Four Decades Special Concert", y "Ice Festival" y "Theme of Secrets" en el doble CD de 2020 "Live". En 2019, Globe Music reeditó en un mismo digipack "The Green Album" y "Theme of Secrets" remasterizados, junto a un audio blu-ray de alta fidelidad.

Entre el rock progresivo que practicaba con Roxy Music, King Crimson o Jethro Tull, y la new age, existe un terreno en el que Jobson demostró que se podía desenvolver a la perfección con sus teclados, dejando un poco atrás su faceta de violinista eléctrico. Efectivamente, el violín no suena en "Theme of Secrets" porque quiso un nuevo comienzo, experimentar con nuevos estilos dejando de lado su faceta progresiva. Private Music parecía una salida excelente para esta serie de músicos un tanto oscuros y misteriosos como él mismo, el mencionado Patrick O'hearn, Jerry Goodman o David van Tieghem, pero la música New Age pareció colonizar la compañía con nombres como Yanni, Suzanne Ciani o John Tesh, algo que precipitó la salida del sello de Eddie, que había aceptado la oferta de Baumann tras una gran pérdida de interés en la industria, llena de presiones comerciales que no favorecen la creatividad. Cuando Private aumentó sus necesidades de comercialidad, Eddie no compartió sus pretensiones, y el nuevo trabajo que este honesto artista había preparado desde la isla caribeña de Montserrat (un proyecto denominado "Theme of Mystery", continuación de "Theme of Secrets", que era, según sus palabras, "más profundo, cinematográfico y oscuro"), nunca se publicó. Eddie se embarcó entonces en el mundo de la música para la publicidad (ganó el prestigioso premio Clio) y televisión, con lo que ganó más dinero que en cualquier banda tocando teclados o el violín, a pesar de su reconocimiento, ya que los royalties hasta entonces se lo habían llevado los agentes y las compañías discográficas. Razón de más, lastimosamente, para dejar de publicar discos, con lo que grandes obras como "Theme of Secrets" quedan para el recuerdo emocionado.





PETER DE HAVILLAND:
"Bois de Boulogne"

El 
anonimato es una cualidad muy apreciada por muchos músicos, artistas que por humildad, puro pasotismo o introversión (incluso fobia social) acaban escudándose en alias o cambios de nombre cuando trabajan en solitario. El summum lo constituyen personajes como Buckethead, que se inventan una imagen extravagante y una historia digna de psiquiátrico para esconder totalmente su verdadera identidad. Sin llegar a esos extremos, pero con un pasado enigmático, enrevesado y bastante escondido, el británico Peter de Havilland es uno de esos compositores de los que se hace difícil encontrar imágenes y referencias de garantías, incluso en la era de internet. Este Thomas Pynchon de la música sólo tiene además publicado un disco en solitario pero se trata de una referencia mágica y apasionante, al menos en su largo tema principal, el que titula a la obra: "Bois de Boulogne" fue editado en 1987 por el sello Venture, división de Virgin Records que acababa de crearse para artistas new age, experimentales y clásicos modernos, en el que grabaron músicos de renombre como Hans-Joaquim Roedelius, Mícheál Ó Súilleabháin, Durutti column, Klaus Schulze, Michael Nyman, Philip Glass, Adiemus o Gavin Bryars. De Havilland fue uno de sus primeros moradores junto a Lester Bowie's Brass Fantasy ("Twilight Dreams"), Mícheál Ó Súilleabháin ("The Dolphin's Way"), Hans-Joachim Roedelius ("Momenti Felici") y Klaus Schulze & Andreas Grosser ("Babel"), como se puede comprobar en recopilatorios primerizos como el EP "A Venture Sampler" o el álbum "Music Without Frontiers", ambos con temas de este "Bois de Boulogne".

Peter de Havilland creó presumiblemente "Bois de Boulogne" a los 16 años, un dato prodigioso si se escucha una obra que parece madura y llena de experiencias, y que parece ser que realmente encontró la publicación a los 19 años del artista. Más adelante trabajaría entre otros con Boy George o con Oasis, y se hizo amigo del malogrado Jeff Buckley. También militó en diversos grupos de rock o de house, como The Mau-Maus, D:ream y FoolBoyz, pero este todoterreno (productor, teclista, compositor) también parece haberse labrado una carrera importante en la música para cine (ayudando a algunos de los grandes durante su estancia en Los Angeles) y como DJ en varias ciudades americanas y europeas, y fuera de la música, como modelo para Vivienne Westwood. En este ajetreado y siempre oficioso currículum, incluso se menciona una búsqueda por parte del KGB, para completar un conjunto demasiado artificial, como un guion de alguna superproducción, de esas que protagonizan Brad Pitt o Leo DiCaprio. Verdadero, falso, ilusorio en parte o no, lo que queda con total seguridad es la música de este 'disco fantasma', una extraña mezcla electrónica entre clasicismo y modernidad (o al menos lo que en los ochenta podía ser considerado moderno y avanzado), con un alto componente romántico. Visto así, el álbum parece ser el curioso experimento de un joven genio (se dice que firmó su primer contrato a los 14 años, y que su madre tuvo que firmar por él), al menos en su primera parte, donde nos encontramos con "Escher" (una fulminante, vertiginosa pieza minimalista en homenaje al gran grabador holandés M.C.Escher, que surge del microsurco como de un órgano de las catacumbas de la ópera), "Myoho" (simple y pura canción de piano en una línea íntima y melodiosa) y "Shaku", composición dividida en cuatro partes a lo largo de la obra, que va evolucionando y complementándose, partiendo de una interesante relajación con tintes japoneses -donde el etnicismo de la flauta shakuhachi se anticipa en varios años al 'sonido Enigma'-, pasando por un momento espiritual con voces sampleadas, para culminar en una deshumanizada pieza de percusión que parece destinada a alguna performance con ínfulas culturetas. Hasta aquí este disco se podría calificar como más que aceptable, interesante pero sin llegar a un estado atemporal y de culto. Lo que lo distingue de otros trabajos parecidos es el tema que le da título, una enorme composición de teclado (con sones de arpa y un cierto aire retro fascinante) que desarrolla durante 19 minutos la misma melodía con diferentes tempos y matices, basándose en un sonido muy artificial y electrónico, en una falsa onda sinfónica presumiblemente improvisada (de hecho su título completo es "Bois de Boulogne (Theme and Improvisation)". Precisa y seductora, dicha melodía provoca una cierta catarsis y un deseo creciente de su llegada, como la ansiosa espera de una necesaria dosis de alguna sustancia prohibida. Así, sus intervalos, a veces calmados, otras alocados, siempre acordes con un propósito purificador, se disfrutan en su totalidad con el ansia de lo que está por llegar, y cuando llega lo hace con un curioso efecto alucinógeno totalmente plausible y absorbente. El mismo año 1987, en el mencionado recopilatorio "Music Without Frontiers" del propio sello Venture, estaba incluído el tema "Myoho", el mismo que aparecía en el EP de edición limitada "A Venture Sampler", mientras que en "Add Venture to your Collection" se podían escuchar dos de las partes de "Shaku".

Esotérica e intrigante, la vida de Peter de Havilland (si es que ese es su verdadero nombre) está envuelta en una nebulosa tan tupida como los glissandos de presunta arpa con los que nos recibe el corte estrella de este su único álbum. Real o ficticio, un nombre tan aristocrático como ese merecía un producto elegante. "Bois de Boulogne" lo era, su tropel de supuestas vivencias se iniciaron con este hito palpable y audible, un debut brillante cuyo resplandor no fue suficientemente aclamado, pasando el disco sin pena ni gloria por los estantes de las tiendas. Esto, aparte del misterio que rodea a su autor, posibilita su inclusión en una categoría que oscila entre el culto y el malditismo. Tal vez la industria no le acogió correctamente, no llegó al oyente adecuado, o al que llegó no le entendió; puede que sencillamente "Bois de Boulogne" se anticipara demasiado a las modas, siguiendo la estela de su autor que, difícil de seguir, parecía ir siempre varios pasos por delante de su público. El caso es que esta es la única referencia en solitario del teclista inglés, un avanzado y entretenido plástico publicado en la madurez de los años ochenta, cuya huella no ha desaparecido, su encanto permanece en los reproductores de audio de los que, buscando una chispa en los sonidos de antaño, encuentran una verdadera llama.

1.8.06

CHRIS SPHEERIS & PAUL VOUDOURIS:
"Enchantment"

Aunque la mayoría de la gente piense que "Enchantment" es la segunda (o incluso la primera) colaboración entre los estadounidenses de ascendencia griega Chris Spheeris y Paul Voudouris, nada más lejos de la realidad, puesto que se trata del quinto disco que ambos artistas publicaron juntos. Eso sí, no intentéis conseguir los tres primeros, totalmente descatalogados, plásticos en los que el dúo realizaba un pop sencillo con aires folk, enteramente vocal, a lo Cat Stevens o James Taylor, dos de las influencias de Spheeris en su estilo de guitarra: "Spheeris and Voudouris" en 1978, "Points of View" en 1980 o, más avanzada que el folk de sus inicios (un gran cambio, de hecho), "Primal Trech Music (Live)", vocal pero más experimental, entrando de lleno en el tecno-pop y la new wave. "Passage" fue en 1982 un punto extraño en su evolución, música meditativa, relajante, con predominio de los teclados a lo Brian Eno o el Vangelis más meditativo. Sin embargo, y tras años de parón y carreras en solitario, su nueva unión artística, "Enchantment", fue un trabajo tan redondo e importante en la realidad de las Nuevas Músicas de los 90 (llegó seguramente en el mejor momento, comercialmente pero también cualitativamente hablando, de este estilo de música) que, efectivamente, ha pasado a la historia como el gran disco de Spheeris y Voudouris, guitarrista y teclista (se complementaban así en sus reuniones, aunque ambos pueden utilizar una gran gama de instrumentos), un dúo esencial e imaginativo que comenzaron su amistad en Grecia y volvieron a coincidir años después en los Estados Unidos para legarnos varios discos mágicos.

Sorprende cómo la historia de un trabajo tan hermoso como "Enchantment" puede ser algo turbulenta. Publicado en 1991 por la discográfica de San Rafael (California) Music West Records, y cuando comenzaba a sonar en radios y a funcionar el boca a boca, este trabajo tuvo la mala fortuna de encontrarse con la quiebra de dicha compañía a los pocos meses de su publicación ("no fue culpa nuestra", decía Chris entre risas). Ambos artistas, sabiéndose poseedores de una pequeña joya, consiguieron rápidamente los derechos sobre el master de "Enchantment" para su propia compañía, Epiphany Records, a cambio de no cobrar los royalties que les debían. Lanzado de nuevo con Epiphany, vendieron bastante, sobre todo en España. Sin embargo sus búsquedas musicales en solitario acabaron por clausurar Epiphany, por lo que las posteriores reediciones de "Enchantment" serían en Essence Records -sello de Spheeris, en el que iba a continuar su exitosa trayectoria- y Hit Records -sello de Voudouris, de discreta repercusión-. Sólo un ligero rediseño de portada delataba el cambio de ubicación, la música seguía siendo la misma, intangible y maravillosa. Cuenta la historia que Chris, que ya tenía perfilada una carrera en solitario en la que "Enchantment" iba a ser su siguiente paso, cuando empezó a planificarlo tuvo un accidente, se cortó en la mano y no pudo tocar la guitarra, así que sin dudarlo le dijo a Paul "vamos a hacer un disco con tres manos, las dos tuyas y la mía", una gloriosa casualidad. ¿Pero por qué este álbum llegó a ser un pequeño éxito, sobre todo en España y Grecia? En primer lugar, hay que tener en cuenta el origen de los artistas, su ascendencia griega y la influencia que eso ha tenido en una música cálida, melódica, esencialmente mediterránea. Además, la difusión del disco en Radio 3 y su utilización en televisión y en determinados momentos de los Juegos Olímpicos de Barcelona también aportaron su granito de arena. Pero es al escucharlo cuando se aprecian las verdaderas razones de ese éxito. Realmente el tema homónimo, "Enchantment", es una pequeña obra maestra, de esas que han sonado en radios y televisiones hasta la saciedad y que, merced a una bella melodía de oboe que destila una extrema sensibilidad, ha contribuido a vender miles de ejemplares en medio mundo. Como su título indica, un auténtico encantamiento. Esa sensibilidad se puede respirar en cada tema del disco, especialmente en deliciosas melodías que también se favorecen de los vientos, clarinete, oboe o saxo (la plácida "Golden Days" o "Across Frontiers", que sorprende en su delicioso final), como en esos momentos en los que sale a relucir la guitarra mediterránea de Spheeris ("Through the Wall" es una fiesta privada entre Chris y el oyente, "First Kiss" un recuerdo nostálgico), un sonido más eléctrico ("Love and Understanding", que parece un pequeño himno al amor y la amistad) o los teclados ambientales de Voudouris ("Many Heavens" recuerda a ciertas composiciones del Vangelis de los documentales de fauna), en un poderoso conjunto que si bien parece más deudor, o por lo menos eso se deduce de sus trayectorias, de los trabajos en solitario de Chris Spheeris, a buen seguro forma parte de las experiencias conjuntas de estos dos grandes amigos que, en esos momentos, compartían casa en Sedona (Arizona). Dentro de este aire místico, uno de los grandes momentos del álbum, posiblemente el mejor junto a "Enchantment", se da cuando la guitarra rítmica llama al movimiento junto a sorprendentes flautas andinas en esa otra bendición de aires sudamericanos titulada "Pura vida", vitalista e imprescindible composición recogida además en el eficaz recopilatorio "Polar Shift", lo que supuso realmente el primer éxito del disco.

Precisamente 'pura vida' es una expresión con la que en Costa Rica se denomina a las cosas que salen bien, así que nada mejor que utilizarla para recordar este maravilloso disco, sin duda uno de los mejores de las Nuevas Músicas de los 90, que tuvo su continuación cuatro largos años después con un último trabajo de colaboración ("Europe") entre dos colegas, amigos desde los trece años, de gran éxito conjunto pero cuyas trayectorias en solitario son extremadamente distintas, exitosa la de Spheeris (con grandes obras como "Desires of the Heart" -anterior en varios años a este "Enchantment"- o "Culture"), casi desconocida la de Voudouris ("It Takes Two" tal vez sea su álbum más conocido, pop con una cierta proyección). Sus éxitos conjuntos fueron parte de "un periodo de renacimiento, exploración y fraternidad", dijo Paul. Mientras seguimos esperando, décadas después, un reencuentro, saboreamos esas composiciones en solitario o en dúo, y nada mejor que comenzar con la magia de "Enchantment". Un trabajo magistral, hecho a tres manos.