31.5.18

LOREENA McKENNITT:
"Lost souls"

Una voz tan talentosa, arcana y excitante como la de Loreena McKennitt no podía dejar pasar más tiempo sin volver a ser escuchada. Doce años después de su última muestra de composiciones propias, que llevaba por título "An ancient muse" (aparte quedan otros trabajos que profundizaban en los carols -"A midwinter night's dream"-, o adaptaciones de composiciones tradicionales -"The wind that shakes the barley"- o creadas por la propia Loreena para trabajos anteriores -"Troubadours on the rhine"-), la cantautora canadiense reaparece en 2018 y despliega una nueva gama de canciones en un álbum pleno de magia y emocionales viajes, en esta ocasión más lejanos temporal que geográficamente, como si su alma hubiera quedado perdida hacia un destino desconocido, ese que encierra la inevitable pregunta de quiénes somos o hacia dónde vamos, que se hace en su nuevo trabajo, titulado así precisamente, "Lost souls" ('el océano abre sus brazos a las almas perdidas', dice también un verso del primer tema del disco). Publicado por Quinlan Road (ella es su propio jefe), distribuido por Universal Music y autoproducido por Loreena McKennitt, la expectación hacia esta nueva entrega se tornó enseguida en un cierto y sorpresivo éxito, que viene a confirmar el número de seguidores que apostaban con seguridad por un retorno cualitativo de la cantante canadiense. Escucha tras escucha de este disco de impoluto diseño y portada fantasmal, se puede afirmar con rotundidad que no quedaron decepcionados ante un producto muy estudiado, muy cuidado y producido con esmero, pero eso es precisamente lo que se espera y desea de Loreena McKennitt, su sello propio, el regreso de un estilo inconfundible, el de la calidad innegable sin excesiva alharaca. 

"Lost souls" es una obra menos aventurera, más poética y de esencia medieval, que nos acerca a la Loreena de la época de "Parallel dreams" o, con todas las reservas hacia la que puede ser posibleente su mejor obra, de "The visit". Hay excepciones, claro esta, como ese maravilloso tema de inicio que se acerca a nuestro país, a la España de guitarras y ambiente nocturno (concretamente recuerda su primera visita a Granada en 1981), en un corte destacado, "Spanish guitars and night plazas", en el que, entre una ambientación monumental que incluye la guitarra flamenca de Daniel Casares y la percusión y palmas de Miguel Ortiz Ruvira, la voz de la McKennit es la de siempre, tumultuosa y evocadora, un encanto que perdura a lo largo del disco y que se nutre a su vez de una instrumentación tan lograda como familiar, ya que el grueso de la banda que la acompaña desde casi siempre se mantiene en "Lost souls", especialmente Brian Hughes (guitarra, bouzouki, sintetizador), Rick Lazar (percusión, aunque aquí se restringe a un solo tema), Hugh Marsh (violín), Nigel Eaton (hurdy gurdy) y Caroline Lavelle (violonchelo). Aparte de la voz, Loreena interpreta piano, teclado, acordeón y arpa. A esas "noches sensuales grabadas en mi mente, enriquecidas con el aroma del jazmín" le siguen los acordes de otro de los cortes importantes del trabajo, "A hundred wishes", una preciosa balada sobre el deseo de estar con la persona amada y recordar los grandes momentos vividos, en este caso en Francia, en España o en Irlanda. Loreena recita este poema como en los viejos tiempos, en los que esta contadora de historias alcanzó la fama mundial por recitaciones opulentas como "The lady of Shalot" o "The bonny swans". Retorna aquí el encanto de ese estribillo perpetuo que no queremos que se acabe nunca, con sus giros vocales caracteristicos, si bien una mayor duración hubiese beneficiado al conjunto del tema, por lo demás fantástico y rotundo. El regreso a épocas pasadas queda claramente reflejado en estas dos primeras canciones del álbum, escritas en la época de "The visit" -casi tres décadas antes- y guardadas en lo más profundo de un maravilloso baúl en la mente de Loreena; el rumbo viajero que tomaron sus discos desde entonces hicieron de esta espera una lógica, llegando el momento apropiado en esta vuelta a las raíces. Anteriores incluso son "The ballad of the fox hunter" (otra balada sencilla pero tierna y agradable, sobre su especial relación con los animales, basada en el poema de William Butler Yeats), el instrumental "Manx Ayre", proveniente de un set de tonadas de la época anterior a "Elemental" -titulada entonces "Port ui mhuirfheasa"-, cuando ella hacía busking (actuación de artistas callejeros) o "Ages past, ages hence", una canción inspirada esta vez por los árboles y su importancia en los pueblos antiguos, contundente, vibrante, con éxtasis instrumental, en la que se escucha por primera vez en el disco, en la propia introducción del tema, la nyckelarpa (o viola de teclas) de Ana Alcaide; esta madrileña residente en Toledo, una especie de Loreena McKennitt española, estudió este instrumento tradicional sueco de cuerda frotada en Malmö, y basados en él, ha grabado con éxito varios discos como "Viola de teclas", "Leyenda" o el exitoso "La cantiga del fuego", basado en la tradición sefardí. Ana sustituye en los trabajos de Loreena a la afamada artista noruega Annbjørg Lien. "La belle dame sans merci" es otra nueva balada con aire de inocencia, más acunante que las demás canciones del disco, con un arrullo de voz y cuerdas y teclas en su justa medida, y la elegancia habitual; proveniente de la época de "An ancient muse", la letra es un arreglo de un poema de John Keats. "Breaking of the sword" fue la primera canción que se pudo escuchar y adquirir de "Lost souls", el single de anticipo del disco en noviembre de 2017; de ritmo marcial, sin ser lo mejor del trabajo, fue la demostración de que la canadiense estaba despierta y seguía reflexionando sobre la vida y la humanidad, pues este tema está dedicado a las familias que lloran la pérdida de un ser querido, viniendo su inspiración en una visita en Vimy (al norte de Francia) al Monumento Conmemorativo Nacional Canadiense, dedicado a los canadienses que dieron sus vidas en la Primera Guerra Mundial. Continuando con sus causas humanitarias, las ganancias de la descarga del single fueron donadas al Fondo de apoyo a las Tropas de las Fuerzas Armadas Canadienses. Como última de las canciones, "Lost souls" es un final sencillo, la vuelta a casa de las almas perdidas ("tal vez no estamos perdidos, simplemente nos lleva mucho tiempo regresar a casa", dice), a la altura de un buen trabajo que es también la vuelta de Loreena McKennitt. Mantenido con nota alta el carisma de la voz, restaba por ver cómo cuajaban los esperados temas instrumentales: el primero de ellos, "Manx Ayre" (mencionado anteriormente), accede sin deslumbrar a territorios lejanos con una sencillez repetitiva y costumbrista, envuelta en una cierta inocencia folkie, como la de los coletazos celtas de Gwendal o Alan Stivell (una de sus influencias) en los 70. El segundo instrumental, que supone la vuelta -ellos han estado en los últimos proyectos étnicos de Loreena- de músicos griegos como Sokratis Sinopoulos (lira), Panos Dimitrakopoulos (kanun) o el sirio Haig Yazdjian (oud), es "Sun, moon and stars", más atrayente y rotundo, inspirado en una melodía popular moldava que logra enganchar con su compás danzante y su ritmo mediterráneo que entraña un periplo hacia el conocimiento antiguo, con el exotismo del otro lado del mare nostrum, o incluso más allá, y es que todo trabajo de esta artista supone algún tipo de viaje, ya sea interior, hacia la tradición, o en una búsqueda del origen de lo celta desde Occidente hasta Oriente. "Lost souls" es más bien un camino de vuelta a casa, aunque sin profundizar en la herencia celta, no necesita Loreena ese artificio que tal vez redunde en próximos trabajos, y aposenta su inspiración en lo medieval y en la poesía, así como en otro tipo de literatura ("A short history of progress", de Ronald Wright), sin dejar de disfrutar de las noches de fiesta españolas o de homenajear a sus compatriotas caídos en combate. "Lost souls" suena a la Loreena autentica, pero no a ya escuchada a pesar del rescate de gran parte de las canciones, más bien se vuelve a respirar un repertorio nuevo, cálido y vibrante. Tal vez carezca de ese single que engancha sin remedio, pero si le otorgamos ese papel simbólico a "A hundred wishes" o "Spanish guitars and night plazas" y admiramos la cohesión general con sus toques folclóricos, celtas, medievales y mediterráneos, solo resta disfrutar y aplaudir el regreso de la pelirroja, preocupada en esta época tanto por su entorno (personas, animales, plantas) como por las ventas de su música (su nuevo trabajo entró al puesto número 15 de ventas en España).

La influencia de la poesía en las letras de las canciones de Loreena McKennitt es digna de ser estudiada a fondo, es grande e ilustre la nómina de bardos y dramaturgos que han desfilado por sus discos, en su mayoría poetas británicos que desarrollaron su obra durante el siglo XIX o principios del XX (algunos a finales del XVIII) como William Blake, Padraic Collum, Alfred Lord Tennyson, Alfred Noyes, Sir Walter Scott o Robert Dwyer Joyce. Las mayores excepciones en cuanto a la localización geográfica, fueron el canadiense Archibald Lampman y el español San Juan de la Cruz, y temporalmente el propio San Juan de la Cruz y el célebre William Shakespeare, ambos del siglo XVI. Sin embargo, un autor destaca entre todos, el dublinés William Butler Yeats; este Premio Nobel de Literatura alcanza en "Lost souls" su cuarta participación en la obra de Loreena McKennitt. Por el contrario, la segunda aparición poética en el álbum viene dada por la inclusión de un texto del londinense John Keats, que inaugura de este modo su particular inspiración hacia la canadiense. Pasados los 60 años, Loreena ha compuesto, grabado y producido un nuevo plástico (sí, también existe versión en vinilo) de ensueño, una puerta abierta a la excelencia, a un viaje sonoro y sensorial cuyos únicos precedentes son de la propia artista, muchos años antes, cuando ejercía de trovadora de su mágico universo. Su sonido es actual sabiendo sonar a antiguo, y a buen seguro que, tras este retorno a sus inicios folclóricos, pronto nos deparará nuevos viajes exóticos, tal como avanzan sus últimas visitas a la India, buscando conexiones entre lo hindú y lo celta. Su nombre es una garantía aunque pasen las décadas, y es que ella es autentica, su música es poesía, su poesía es música. 

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18.5.18

DAVID ARKENSTONE & ANDREW WHITE:
"Island"

Uno de los artistas más claramente asociados a la música new age, que encontró una gran aceptación y popularidad en la época de mayor auge del género, es David Arkenstone, un todoterreno de nombre e imagen carismáticos que, tras unos coletazos en el mundo del rock con, entre otras, una banda llamada simplemente Arkenstone -donde tocaba guitarra y teclados-, encontró su verdadero camino entre un caudal sinfónico de magia y aventura, una personalidad musical a la que se ha mantenido fiel durante décadas. Nacido en 1952 en Chicago, donde permaneció hasta los 10 años cuando se trasladó con su familia a California, fue en 1985 cuando se convenció, tras varios intentos infructuosos de publicación de su material, de que el rock no era su camino, y envió a varias compañías otro tipo de composiciones instrumentales, más melódicas pero directas y estimulantes, que acabaron encontrando acomodo en Narada Productions. La compañía de Milwaukee inauguraba así, con "Valley in the clouds" en 1987, su división Narada Mystique, de interacción entre lo acústico y lo electrónico, en la que Arkenstone iba a publicar sus trabajos en solitario hasta su salida del sello. Sin embargo, no sería Mystique la división de Narada que publicara "Island" en 1989, sino Equinox, considerando este trabajo de una gama más suave, especialmente por la aportación del guitarrista Andrew White, digna de esa 'fusión contemporánea con otros estilos' de la que hablaba la compañía.

Fantasioso y altamente interesante, "Valley in the clouds" había sido una entrada rotunda en el mundo de la new age épica -especialmente en su tramo inicial, ya que al conjunto le acababa faltando una cierta consistencia- por pàrte de David Arkenstone. Preguntado sobre sus primeros recuerdos musicales, David habla recurrentemente de su impresión a los cuatro años al escuchar la suite de Chaikovski "El cascanueces": "Estaba llena de imágenes, especialmente de tierras lejanas, que se ha convertido en un tema mío. Luego, mientras escuchaba más de cerca, creo que fue el contenido emocional de la música lo que me atrapó". Efectivamente, la imaginería exótica y lejana es un tema recurrente en la mente de Arkenstone, y él mismo afirma que sus comienzos fueron una especie de combinación de Chaikovski y The Beatles, con el apoyo de sus padres y fatigosas clases de piano, que se ampliaron más adelante con, según dice, "todas las clases de música posibles", así como nociones de orquestación ("a medida que pasaron los años y comencé a buscar mi propia voz musical, anhelaba crear mi propia interpretación del poder y la versatilidad de una orquesta"). La llegada de la tecnología complementó toda esa formación y logró conformar un estilo auténtico y personal: "Una vez que los sintetizadores y las computadoras comenzaron a comunicarse, me lancé a ese mundo y nunca miré hacia atrás, pude escuchar cosas que anteriormente sólo imaginaba". Pero electrónica y acústica son dos materias que, bien utilizadas, pueden producir buenos frutos, y en esta exitosa fusión tuvo gran parte de culpa el guitarrista Andrew White, un excelente intérprete que pasaba también por un momento lleno de ideas; la conjunción, que incluye una lograda fusión emocional, fue buena para ambos artistas, y es que este trabajo -su única colaboración, de hecho-, es un todo de suntuosa belleza, una música muy fácil de escuchar, para huir de cualquier estrés o preocupación. "Hay una parte de mí", decía Arkenstone, "que siempre le gustaría vivir en los trópicos", y "Island", que posee aromas de tierra y mar, no hace sino avanzar en la idea aventurera de "Valley in the clouds" y anticipar el conseguido trabajo "Citizen of time", un afortunado camino de new age épica de poso sencillo y entretenido. "Nantucket" es una obertura juguetona de fácil escucha, amenizada por las flautas, una especie de himno de carácter desenfadado. "Ballet" es una pieza dinámica, amena, mas seria que la anterior, y acto seguido llega uno de los mejores cortes del trabajo, "The island road", por su combinación de ritmo llevadero, grata melodía y ambiente general desenfadado, hecho desde y para el disfrute. Ambas son composiones de Arkenstone, como "Caravan", "The palace" (movidas pero algo vacías) y "Passage" (sencilla y ambiental, su calma le viene bien al trabajo para reorganizarse en su parte media, pues se trata de una pieza luminosa y destacada en el álbum, altiva, distendida y bien construida, que deja inmejorables sensaciones para afrontar el final con garantías). Las aportaciones de White son "Along the shoreline" (melodía conseguida, en un ambiente placentero, sin sobresaltos) y especialmente un estupendo final de título "Carnation Lily Lily Rose", un corte delicado y reflexivo en el que la guitarra, presa de motivos folkies, hace cobrar vida al oboe, para juntos culminar gratamente este supuesto cuento. Entre medio quedan las composiciones conjuntas, donde destaca la dinámica, aventurera "Desert ride" (en la que mejor se escucha la guitarra en la primera parte del álbum, aportando suaves compases folclóricos), si bien no hay que dejar de escuchar la llevadera "Hindu Holiday" (en la que abundan los clichés -típicos en Arkenstone- del estilo new age épico, con una guitarra eléctrica entre un desarrollo algo blando y previsible) y las tímidas cuerdas de la agradable "Nullarbor". David Arkenstone interpreta piano, teclados, guitarra y flautas, y Andrew White guitarra acústica, bajo y teclados; como músicos invitados, las percusiones de Daniel Chase y John Seydewitz, el violín de Bruce Bowers, el bajo de Roger Fiets, y los vientos de Jay Leslie (flauta y saxofón) y de Nancy Rumbel (oboe, cuerno inglés).

"Mi segundo álbum, 'Island', fue una colaboración con Andrew White, un guitarrista increíble. Fue una sugerencia de la compañía discográfica que funcionó bastante bien". Como segundo trabajo de Arkenstone en Narada, el multiinstrumentista aún no se había creado el populoso nombre que iba a tener en breve, pero ya se intuían sus enormes posibilidades y su exitosa conexión con la audiencia. Aunque más o menos ambos músicos se reparten las composiciones del álbum (cuatro son de Arkenstone, dos de White y las demás ex aequo), el 'sonido Arkenstone' -al menos lo que nos ofreció posteriormente- parece bastante presente dominando el conjunto, un estilo que él mismo calificaba como un reflejo directo de su propio espíritu. No hay que desdeñar sin embargo la labor de White, que ya había publicado el interesante "Conversations" en 1982 con Sona Gaia, la filial de Narada, y que hasta el cambio de siglo iba a publicar varios CDs sobre guitarra celta -y más adelante en un estilo de cantautor- en compañías como White Cloud, Linn Records o Vertical Records (producido aquí por Donald Shaw). Este inglés afincado desde los 16 años en Nueva Zelanda siempre se ha considerado un trovador, y su guitarra embellecía notablemente las composiciones de esta colaboración, algunas de cuyas canciones se utilizaron en diversos samplers de Narada como "Narada Equinox Sampler 1" ("Nantucket", "Ballet"), "The Narada collection 2 ("The island road", "Carnation Lily Lily Rose") o "Narada decade, the anniversary collection" ("Carnation Lily Lily Rose").

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3.5.18

WILLIAM ACKERMAN:
"It takes a year"

William Ackerman y Anne Robinson habían sido los artífices de un nombre mítico en el panorama musical instrumental, un fenómeno que desde California iba a extenderse paulatinamente, primero por Estados Unidos, hasta alcanzar un nivel mundial conforme mejoraban los sistemas de distribución y marketing. Windham Hill, el sello discográfico en cuestión, era una 'gallina de los huevos de oro', pero primero había que cuidarla y alimentarla, antes de recibir los dorados beneficios. Del 76 al 80 destacaban los protagonistas de esta aventura que tuvieron muy buena prensa pero no ganancias, y aunque su propósito no fuera lucrarse sino disfrutar trabajando con su propio potencial musical, al fin y al cabo había que comer, y pagar a sus músicos: "Se trataba de un puñado de artistas -destaca Will- cuya música cayó fuera de las categorías comerciales de su tiempo, y se convirtió en un pequeño movimiento". Robinson y Ackerman vendían álbumes por correo y acudían con su vieja furgoneta Volvo a tiendas de alimentos saludables y librerías metafísicas, donde dejaban sus discos, pero ambos seguían con sus trabajos, Will de carpintero en Windham Hill Builders y Anne en la librería The plowshare. Ya llegaría George Winston para que todo explotara definitivamente, y de paso para que la vida en común de William y Anne llegara a un punto sin retorno, pero mientras tanto, el talento de Ackerman continuaba intacto, casi virginal y maravilloso, como acabó demostrando en su segundo plástico y tercera referencia de la compañía, publicado en 1977 con el título de "It takes a year".

Según sus palabras, Ackerman quiso intentar un sonido diferente para su segundo disco, "intenté algo retirado deliberadamente del lenguaje folk y blues. Yo no iría tan lejos como para llamarlo cualquier tipo de clasicismo, no soy un intelectual". "It takes a year" no se separa excesivamente, sin embargo, del lenguaje musical de "In search of the turtle's navel", aquel primer plástico de Windham Hill en 1976. "The bricklayer's beautiful daughter" es el emblemático comienzo de la obra, un suave lirismo impregna la canción de poesía, un ímpetu entusiasta que se desplaza enseguida al oyente, atrapado en la jaula de metal de las cinco cuerdas. Este maravilloso inicio, posiblemente la composición más conocida del guitarrista, tal vez suene más complaciente que en la generalidad del álbum de debut de Ackerman, pero su aparente sencillez no es tal, su técnica de interpretación hace honor a unas piezas para guitarra acústica verdaderamente inspiradas, que acaparan totalmente el espacio y el tiempo de un oyente fascinado. Su título, tan folclórico ('La bella hija del albañil'), parece recrear viejas trovadas celtas. A este respecto, las cuerdas de metal también pueden sonar tan dulces como un arpa y viajar hasta esas lejanas aldeas irlandesas, sólo hay que escuchar la estilosa "Balancing" para realizar el viaje. Es sin embargo un desplazamiento ficticio, ya que las impresiones generales del trabajo son puramente norteamericanas. La segunda tonada destacada del trabajo es "The impending death of the Virgin spirit", otro título extravagante para otra bellísima composición con la que Will sigue contando historias, camufladas en notas musicales con evidente gracia; en esta ocasión la historia es tan emotiva como rendir memoria a su madre, que se suicidó cuando él tenía doce años. La canción que titula al álbum ("It takes a year") es otra pieza reflexiva, como un paseo en barca por un río calmado pero con un pequeño oleaje, suficiente como para no bajar la guardia, como no se puede bajar ante el aluvión de buen gusto que presentaba Ackerman en esta su obra de confirmación. Por ejemplo en la movida "The townshend shuffle", con sus aires sureños, una alegre y cuidada melodía fingerstyle, la primera en un trabajo dominado por un sentimiento general de melancolía; la segunda muestra de este acercamiento al bluegrass llegará al final de todo con "The rediscovery of Big Bug Creek Arizona", un sonido muy metálico para acabar de forma explosiva. Entre tanto, el álbum disfruta de la calma folclórica de "Tribute to the philosophy of James Estell Bradley" -otra tonada con aromas de campo y espacios abiertos-, justo antes del tema que de mítico título, "The search for the turtle's navel", soleada, vacacional, como si la estuviera tocando despreocupado a los pies del gran árbol que ilustra la portada. Es difícil comprender por qué esta composición, originaria de 1970 (una de sus primeras creaciones, de hecho), no fue incluida en su debut discográfico. Como ya había sucedido con su primer trabajo, "It takes a year" también contó con un curioso cambio de portada en una edición alemana por parte de la compañía Pastels. En las demás, ese enorme y frondoso árbol. Aparte de en los típicos samplers del sello ("Windham Hill Records sampler 81", por ejemplo), "The bricklayer's beautiful daughter" fue incluida en el recopilatorio "Jane Fonda's Workout Record", una especie de banda sonora para las posturas de entrenamiento, música para ponerse en forma con la conocida actriz norteamericana.

"It takes a year" fue producido de nuevo por Scott Saxon y grabado en Mantra Studios (San Mateo). Construido acto seguido de "In search of the turtle's navel" con piezas compuestas entre 1970 y 1976, este disco y aquel parecen hermanos, ambos exploran en un folk americano sin palabras, donde la guitarra es más que la protagonista, es el vehículo por medio del cual surge una nueva ideología, la cultura del sello que popularizó en todo el mundo la nueva música instrumental acústica, solos de guitarra, piano o variados conjuntos en los que convivían folclore, jazz, blues y una pizca de clasicismo. El rabioso ímpetu del punk y la eclosión de la música disco, lejos de frenar la progresión y el crecimiento de Windham Hill, provocó mas bien el efecto contrario, una reacción de la audiencia tradicionalista, una acuciante necesidad de reivindicar lo artesanal, lo acústico. William Ackerman, como Manfred Eicher en Europa con ECM Records, han hecho más por la música (y han entrado por ella en la historia) que cualquier banda de punk o disco, aunque no sean recordados por el gran público y multitud de libros como aquellos. Vale la pena dejarse atrapar por este genio de la guitarra cuyo importante papel, aunque distante en el tiempo, hay que reconocer en su justa medida.

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