29.1.18

DAVID LANZ:
"Cristofori's dream"

Se suele considerar al piano como el rey de los instrumentos musicales. Mozart, Beethoven, Liszt o Chopin son algunos de los grandes maestros clásicos de su utilización como instrumento solista. Bartolomeo Cristofori consiguió en los albores del siglo XVIII un diseño que suavizara el sonido metálico del clavicordio, y aunque ha contado con evidentes mejoras desde entonces, el piano actual aún conserva mucho de aquella idea de 1700. Tenía que ser un gran interprete de ese maravilloso instrumento como David Lanz el que lanzara al mundo un homenaje musical al inventor italiano, en forma de álbum delicioso e inmutable, "Cristofori's dream", publicado en uno de los grandes momentos de cambio de mentalidad espiritual, cuando la música new age se abrió su propio hueco en el mercado estadounidense y mundial. El gérmen, la chispa que originó la idea del álbum, partió del libro 'Passion for the piano' de Judith Oringer, que le regaló un amigo, que incluía una dedicatoria muy especial a Bartolomeo Cristofori. Ahí descubrió a este contemporáneo de Bach y se obsesionó con la idea de dedicarle un disco. Dos sueños convivían en el trabajo, el de David Lanz y el de Cristofori, y es que, decía el estadounidense, "de alguna manera, la melodía puede arrastrarnos a fantasías oníricas", así como "la música en sí misma es casi un estado de sueño", asociando de manera muy benevolente ambas vertientes.

En su búsqueda de ventas importantes que mantuvieran a flote a la compañía discográfica que le acogía, en este caso Narada Productions, fue David Lanz el pianista que más hizo por el sello de Milwaukee. El canadiense Michael Jones tuvo sin duda parte de culpa, y una calidad innegable en su rol casi romántico de pionero en Narada, pero fue Lanz el que consiguió conectar con el público, logrando así espectaculares cifras de ventas y un carismático número 1 en la categoría new age de la revista Billboard con este trabajo dedicado al inventor del piano. "Heartsounds" y "Nightfall" habían sido dos deliciosas referencias de solo piano en Narada, sin embargo la carrera de este siatelita llegó a lo más alto con "Cristofori’s dream" en 1988. El corte de apertura del álbum sólo podía titularse así, "Cristofori's dream", y se trata de un temazo sin discusión, una pieza sencilla pero bellísima, de una elegante perfección, que engancha a la primera escucha; violines, violas, chelos y el oboe de Nancy Rumbel complementan la partitura, y es que Lanz abrió en este trabajo el abanico de instrumentos, lo cual contribuyó a popularizar su música más allá de los solos de piano. "Woodlands" había sido un primer paso en este sentido, un trabajo muy bucólico de 1987 en colaboración con Eric Tingstad y Nancy Rumbel, el origen de una apertura que le hizo contemplar la posibilidad de trabajar con una orquesta, algo que acabó consiguiendo en "Skyline firedance" en 1990. Mientras tanto, "Spiral dance" es una melodía agradable, muy fluida y natural, que conecta con las estupendas obras de David Lanz con Paul Speer, productor además del álbum; los vientos que en la anterior solamente acompañaban aquí son primordiales, mientas que la guitarra del propio Speer se muestra en un segundo plano. "Green into gold" mantiene esa estela amena, muy visual, incluso la agudiza creando otro tipo de atmósfera mas extensa (diez minutos que no se hacen largos, incluso se van tornando adictivos), constante e impulsiva (con la marcada percusión de Luis Peralta y valientes acometidas de las cuerdas y un bajo susurrante a cargo de Steve Allen), no tan melódica. Con "Wings to Altair" -un vuelo hacia la constelación de 'El águila' que comienza con un ambiente de flauta y sintetizador, que interpretan en este tema James Reynolds y Jonn Serrie- vuelve el Lanz romántico, de notas pausadas y remembranzas, que acabará por despuntar notablemente en el corte dedicado a su hijo de tres años, "Summer's child", con un suave fondo jazz (una percusión constante y delicada y el elegante bajo) que marca una pieza ligera y cálida -especialmente disfrutable en momentos de absoluto relax-, muy popera, de tal modo que con letra hubiera resultado una buena canción, por ejemplo para alguna película de amor con pretensiones. En "Free fall" -que fue algo así como un tercer sencillo del disco- regresa de nuevo la vertiente algo más movida, paisajista (en concordancia -como en "Spiral dance" o "Gree into gold"- con su música a dúo con Speer) aunque también de melodía grácil en la que, eso sí, no es el piano el instrumento principal, sino que por primera vez actúa escondido, cediendo terreno a los protagonistas secundarios de la obra. El álbum necesitaba un cierre emocional y absoluto que lo acabara de redondear, y Lanz decidió, con buen criterio, grabar una versión de una de esas canciones inmortales del mundo del rock, un enorme éxito de los 60 que él mismo tocaba en su trabajo de piano-bar en Seattle, la prístina "A whiter shade of pale", de Procol Harum: "Para crear mis versiones, únicamente selecciono las canciones que realmente me gustan, mi proceso consiste en reducir el original a su esencia para luego tratar de reorganizar todo el material como si yo mismo lo hubiera compuesto. En otras palabras, trato de hacer mía la canción". Si bien muchos oyentes del trabajo quedaron subyugados por el tema principal del álbum, descubrieron además un conjunto esplendoroso (cuerdas, vientos, órgano, la activa batería de Neal Speer) en esta versión intensa, auténtica, definitivamente un genial homenaje a la emocionante canción sesentera del grupo británico, realmente el primer sencillo del álbum en radios, en el que colaboraba al órgano Matthew Fisher, miembro original de la banda. No será ésta la única incursión en la discografía de Procol Harum de David, ya que en su trabajo de 1998 "Songs from an english garden" versiona también su canción "Conquistador", junto a otro puñado de piezas de otros conjuntos británicos como The Hollies, The Rolling Stones o The Beatles (no hay que olvidar tampoco su esplendorosa versión de "Nights in white satin", de The Moddy Blues, en el posterior disco "Skyline firedance"). Un single -en vinilo y en CD- de "A whiter shade of pale" fue comercializado por la compañía, con dos versiones de la canción, la del disco, algo recortada, y el solo de piano. Cada composición tiene su encanto en esta pequeña fiesta pianística, además, la conjunción instrumental, el añadido de otros sonidos aparte de las teclas, complementa de manera exquisita partituras tan míticas como "Cristofori's dream" o "A whiter shade of pale" (con el grandilocuente culmen de las cuerdas), contribuyen con dulzura en "Wings to Altair" o "Summer's child", o se hacen imprescindibles en ambientes hipnóticos como "Green into gold". Cuando Lanz escuchó la mezcla definitiva junto a Speer pensó "este es un buen disco", pero su tremendo éxito le sorprendió: "El momento fue correcto, ya que la radio estaba muy abierta para el álbum. La versión de 'A whiter shade of pale' fue un gran puente entre el pop instrumental y la música new age, y el hecho de que había aprovechado la historia y el nombre de Cristofori, llegó a los corazones, mentes y oídos del público". En esta época, Lanz comenzó a dar pequeños conciertos en librerías y tiendas de nueva era, que empezaron a quedarse pequeñas conforme el artista cobraba fama, obligándole a buscar otros recintos más amplios, aunque siguiera intentando mantener ese cercano contacto con el público.

La definición más clara de lo que es "Cristofori's dream" la realiza el propio David Lanz en las notas del disco: "No me puedo imaginar el mundo sin el piano. En mi opinión, es el instrumento más divinamente inspirado de la Tierra, y el trabajo de Cristofori produjo avances de un salto cuántico en su desarrollo. Para la primera pieza de este álbum, imaginé a Cristofori en su taller a altas horas de la noche, guardando sus herramientas y apagando las velas después de un largo día de trabajo, preguntándose cómo sonaría su nuevo instrumento. Se duerme profundamente y en un sueño finalmente escucha la profundidad y belleza de nuestro piano moderno. Todos le debemos a Cristofori una deuda de gratitud, y este álbum está dedicado a él, un gran inventor a quien la historia ha pasado por alto. Que su 'sueño' viva para siempre". En 1999, se relanzó "Cristofi's dream" remasterizado, con nueva portada y un tema extra, "Madre de la Tierra", un solo de piano en vivo que venía incluido originalmente en el trabajo de 1991 "Return to the heart" (un álbum que también contaba con las versiones en directo de "Cristofori's dream" y de "A whiter shade of pale"). Mucho más adelante, en 2013, "Cristofori’s Dream... Re-Envisioned" fue un nuevo regreso al sueño de Cristofori, con el motivo de su 25 aniversario. Lanz lo regrabó con su piano en solitario, nuevas interpretaciones donde algunas piezas pierden intensidad ("Green into gold", por ejemplo), otras retoman su autentica esencia pianística ("Free fall"), y vienen incluidas dos nuevas pistas en vivo, "Cristofori's dream" con orquesta y "Seoul improvisation", una afortunada improvisación en la capital coreana. Lanz lo vendió con un folleto de 16 páginas, junto a un DVD con entrevistas, fotos y documentales.

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15.1.18

JORGE REYES Y ANTONIO ZEPEDA:
"A la izquierda del colibrí"

Chac Mool fue una banda inovadora en el México de los años 80, un conjunto que fusionó el rock progresivo (King Crimson, Pink Floyd o Jethro Tull fueron algunas de sus influencias) y su instrumentación típica, con elementos prehispánicos de la cultura mexicana, originando una especie de aguerrido folk progresivo. Parte importante del mismo fue el flautista uruapense Jorge Reyes, un músico inquieto desde muy joven, que completó su formación (en músicas tradicionales, jazz, electrónica o clásica) en Alemania, el Tíbet y la India, llegando su nombre posteriormente a prácticamente cualquier rincón del mundo, merced a su paso adelante hacia lo que algunos calificaron como 'nueva música ritual', una excitante fusión de sus influencias -principalmente rock y electrónica- con la herencia de su pueblo, el folclore prehispánico. Con su nueva inventiva y un complicado Korg MS 20 como primer sintetizador, recreando escenas olvidadas, Reyes se convirtió en un chamán de tiempos pasados, un poderoso etnomúsico enamorado de su cultura primitiva, paisajes, costumbres y ritos que acabaron participando en su original obra, un extraordinario legado que comenzó cuando, tras desencantarse con el camino que -obligados por la discográfica- estaban tomando, abandonó Chac Mool.

Una característica extraordinaria en la trayectoria de este músico, y de otros grupos mexicanos de la época, fue la capacidad de evolucionar mirando hacia atrás, de hacer música nueva y avanzada utilizando no solo las posibilidades electrónicas sino rescatando a su vez instrumentos antiguos, en una apabullante fusión de siglos y de historias. Ese concepto de vuelta a la raíz fue clave en la trayectoria de Jorge Reyes, y tras su poderoso primer álbum en solitario en 1983, el autoproducido "Ek-Tunkul" (aún con una musicalidad propia del rock sinfónico), se alió con Antonio Zepeda en 1986 para crear, también autoproducido pero ya con la distribución de Philips, una obra mágica y absorbente como "A la izquierda del colibrí". Zepeda, especialista en instrumentación prehispánica y pionero en la publicación de climáticos álbumes de este género ("Templo mayor", 1982), complementó con su instrumentación antigua (ocarinas, cántaros, silbatos, tubos, rascadores, flautas, tambores, caparazón de tortuga...) la electrónica, guitarras y flautas de Reyes. El resultado es sugerente hasta límites insospechados, ya sea en uno u otro espacio temporal, en las recreaciones precolombinas o en las ambientaciones electrónicas, o más bien en una eficaz unión de ambas. "A la izquierda del colibrí" se abre con el apasionante corte titulado "Caña", que con el subtítulo de 'Ce acatl' se refiere a un personaje histórico del México antiguo; el comienzo tenebroso se suaviza con la entrada de la percusión, enérgica y entusiasta, para acabar fundiendo de manera brutal rastros sinfónicos y tendencias electrónicas con la música prehispánica. El ritmo es contagioso, surgen de la nada coros de ritos arcaicos -voces de ambos músicos-, y la flauta se alza majestuosa en un cálido clímax final. En el tema que da título al disco, "A la izquierda del colibrí", se suaviza la carga electrónica para colonizar un nicho etnomusical, una pieza loca y maravillosa cuya declamación y coro son absolutamente tétricos, haciendo visual el rito del sacrificio, con tintes de rock sinfónico en un acabado excepcional, adictivo; la narración, a cargo del actor Alejandro Camacho, es de un texto de Jorge Reyes que comienza así: 'Estoy tan acostumbrado a estar vivo, que ni cuenta me di cuando me volví zopilote. Cuando vuelo no tengo miedo, nadie me ha podido alcanzar. En la casa del colibrí no se ha escuchado la última palabra'; también incluye un texto en náhuatl, la lengua nativa con mayor número de hablantes en México. "El hacedor de lluvia" es una demostración percusiva de alto nivel con añadido de flauta étnica, para seguir retrocediendo en el tiempo. "Wawaki" presenta un suave trance muy ligado a la Tierra, conducido por la flauta y aderezado por percusión folclórica y sonidos naturales, mientras que "Lejos te llevas el espejo de tu rostro" es un ejemplo ceremonial, como un tema puente hacia un final algo más esotérico llamado "Managua", de mantos de teclados y una secuencia repetitiva en una nueva onda sinfónica que marcan un final que se eleva a las alturas. La parafernalia de Reyes, aparte de flautas, ocarina y guitarra -en Chac Mool tocó también guitarra eléctrica, aunque le faltaba un trozo de dedo, lo que le limitaba un poco- incluía sintetizadores y secuenciadores Yamaha, Korg y Roland. Como sucedía en "Ek-Tunkul" y continuará en futuros trabajos, la portada original (existe una segunda versión) es una pequeña obra de arte de Hugo López González, que en este caso presentaba a los dos músicos, con sus instrumentos, acercándose a antiguas ruinas mayas. En 2001, una nueva versión de la canción que da título al álbum, "A la izquierda del colibrí (Remake '98)" fue incluida en el recopilatorio de la carrera de Jorge Reyes "El camino del jaguar".

Más allá de las modas musicales y de cualquier estereotipo existente sobre la música mexicana, son imprescindibles artistas como Jorge Reyes para marcar nuevos caminos y encontrar expresiones profundas, auténticas, de sus propias raíces. No hay que olvidarse de Antonio Zepeda en esa búsqueda, y juntos, Jorge y Antonio, elaboraron un fascinante cuaderno de esencias antiguas prehispánicas parcialmente modernizadas. Hasta los temas más ambientales como "El hacedor de lluvia" o "Lejos te llevas el espejo de tu rostro" (las dos colaboraciones en la composición de Antonio Zepeda), presentan un enorme interés en su notable pulcritud. Los sonidos selváticos se funden con la magia de los instrumentos autóctonos para deslumbrar en piezas serenas como "Wawaki". Representan estas tres últimas un parón en la dinámica inicial del disco, un vendaval con influencias de bandas electrónicas como Tangerine Dream, con su sorprendente rugido sinfónico, retomado en la pieza final. Hay que tener en cuenta, sin embargo, lo que Jorge Reyes denominaba una evolución a la inversa, es decir, los grupos y artistas electrónicos europeos acudían a lo étnico como complemento de su labor con sintetizadores y secuenciadores, mientras que él acudía a esa electrónica como complemento de su tarea étnica. El conjunto es afortunado, limpio y estimulante, un sonido espectacular que atrapa a quien lo escucha, ritmos y ambientes que Jorge continuaría ofreciendo a lo largo de su carrera.