28.12.11

CÉSAR FORNÉS:
"Retorno a la fantasía"

Música Sin-Fin era el nombre del sello discográfico independiente que Juan Alberto Arteche creó en 1989 para difundir la música de su grupo, Finis africae, y de otros artistas españoles que circulaban por caminos pedregosos y de difícil difusión como son los de la World Music y las reconocidas como Nuevas Músicas. En su estudio de grabación, conocido como 'El Agujero', y con el sentido de "experimentar con nuevos conceptos musicales", se grabaron la mayoría de las referencias del sello, como "Interface" de Zyklus, "Copa de veneno" de Clónicos, "Amazonia" de Finis africae o "Pangea" de Javier Paxariño, sus cuatro primeros lanzamientos. Mención aparte merecen los dos siguientes, que fueron grabados casi en su totalidad en los estudios de sus autores: un excepcional "Cautiva" de Alberto Iglesias, que Pedro Almodóvar rescató con muy buen ojo para su film "La piel que habito", y un disco intimista y aventurero, una pequeña joya de título "Retorno a la fantasía" creada y servida por el guitarrista César Fornés. Desde un punto de partida humilde pero tremendamente entusiasta, Fornés y Juan Alberto Arteche presentaron en 1992 esta encantadora obra que encajaría perfectamente en el catálogo de un sello especializado en músicos artesanos como Windham Hill, y cuyo mensaje está encerrado en la reseña que publicó la propia compañía: "Historias intensamente vividas por todas las personas que tienen un arco iris en algún rincón de su cabeza. Cuentos y leyendas caballerescas, observaciones y sensaciones de un entorno casi olvidado y utópico. Fábulas sonoras que te transportan a otro tiempo, a un tiempo feliz y aventurero de la infancia, donde todo es posible".

César fornés es un contador de cuentos, un músico auténtico cuyo reto es "llegar a hacer una música de la que estar orgulloso", y más allá, "llegar directamente al corazón". Con el tirón de las músicas instrumentales de finales de siglo tuvo su pequeño momento de gloria, suficiente para hacernos llegar este delicioso trabajo producido por Juan Alberto Arteche con la mujer de Fornés, Mora Amaro -que aparece en algunas de las imágenes promocionales del álbum-, como ingeniero de sonido. Nacido en 1952, comenzó a los 11 años a estudiar música, vocación heredada: "Mi padre era trompetista profesional, y muy bueno. Yo poco a poco me fui decantando por la guitarra, porque era un instrumento más íntimo, y más fácil". "Retorno a la fantasía" fue su primer trabajo en solitario, si bien tenía una gran experiencia en numerosos grupos de rock y jazz, en musicales como "Jesucristo superstar" o "Evita", y tocando para Camilo Sesto, Raphael, Miguel Ríos, José Luis Perales, Rocío Jurado y muchos más artistas españoles de primera fila. "Retorno a la fantasía" consta de dieciocho canciones, aunque muchas de ellas son de duraciones muy cortas, como pequeños experimentos que ilustran los poemas de César, esos escuetos textos que podemos leer en el libreto del álbum y que son inseparables de la propia música. Por ejemplo, el de "Muy adentro": "Aquellos botones de la camisa/ eran imposibles de abrochar,/ tanto,/ que me di cuenta que mi cuerpo/ quería decirme algo,/ pues yo/ mantenía con él un intercambio:/ yo le cuidaba lo mejor que podía,/ y él me avisaba cuando alguna bonita melodía/ estaba pasando por los alrededores". En un estilo sencillo ("he preferido la pureza de una ilusión sonora y no la complejidad de escalas y virtuosismos"), Fornés intenta escarbar en lo imaginario y devolvernos la fantasía perdida con el paso del tiempo, con aires medievales en los que no faltan caballeros, damas, palacios o bufones. "El molino de agua", haciendo honor al título del disco, es una fantasía para cuerdas, una oda musical tan simple como hermosa y bien ejecutada, el recuerdo de un tiempo pasado y feliz. Sin ir más lejos el segundo corte, "La promesa de una dama" -otra de las valiosas joyas de un trabajo de escucha entusiasta-, explora en la propia portada del disco, una viñeta de la histórica aventura gráfica "El príncipe valiente" de Harold Foster. Esas guitarras aventureras (Ovation, Martin, Contreras y Gibson) se detienen en paisajes, ciudades, pensamientos y leyendas, con la única ayuda de un emulador Proteus y del secuenciador Atari Notator. Una cierta ingenuidad se suple con técnica y astucia, encontrando con facilidad la melodía o el desarrollo adecuado a momentos más calmados ("Bochorno sobre el lago" -auténtico intimismo maravillosamente construido-, "El caballero andante"), meditabundos ("Los pensamientos de Güordek", "La casa de los sueños"), alegres ("Las andanzas de Yermín", "La carreta de cristal"), festivos incluso ("Carnaval en palacio"). "Todo es muy sencillo y a veces repetitivo, igual que la ola sigue a la ola... Yo cuando voy y vengo también puedo ser el mismo, pero la verdad es que eso no lo consigo".

La carrera de César Fornés no fue nunca un camino de rosas, ni en su época trabajando para otros, donde cosechó alguna mala experiencia por el encorsetamiento que esto suponía y la falta de permisibilidad por parte de alguna estrella, ni por supuesto cuando dejó todo de golpe y tuvo que tocar en el metro de Madrid, si bien aprendió mucho y acabó dando clases en conservatorios. En cuanto a su estilo de música asegura: "Yo siempre he hecho fusión, y a raiz de que saliera Vollenweider he tenido que llamarlo new age porque, siendo español, jazz no molaba". Es el gran problema de las etiquetas, unido al sempiterno de la cerrazón del mercado español (definitiva la frase de Juan A. Arteche: "Me he pasado toda la vida intentando ser más o menos libre dentro de la música y siempre me he encontrado con el muro impenetrable de las compañías discográficas"). Con artistas como César Fornés, Alberto Iglesias o Javier Paxariño, Música Sin-Fin logró al menos ofrecer esa calidad que sólo unos pocos saben reconocer, pero que es ciertamente indiscutible e injustamente olvidada salvo en círculos muy recónditos. "Retorno a la fantasía" es una de esas sorpresas que merecen ser rescatadas del olvido, un guiño a la literatura épica, al cine de aventuras, a los sueños infantiles. En esa temática legendaria, y aunque la portada sea un homenaje a "El príncipe valiente", Fornés bien podría haber elegido algún grabado o cuadro de los que recuerdan a nuestro ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, retratado en este disco desde la cordura del guitarrista formado en el conservatorio y la locura del músico callejero.



14.12.11

WIM MERTENS:
"A man of no fortune and with a name to come"

En la música contemporánea de los últimos tiempos se han impuesto fácilmente, con el beneplácito de la crítica, obras por lo general de audición complicada para el gran público. No se pueden negar sus cualidades, pero sí admitir la dificultad para despertar interés y ampliar el número de seguidores. Otro tipo de compositores han intentado abrir las fronteras para facilitar su música, topándose así con el desprecio del sector más retrógrado de la crítica, pero accediendo a un mercado entusiasta como el de las nuevas músicas (con todo lo despectivo o atractivo que el nombre pueda conllevar), sin olvidar por ello sus convicciones y prioridades. El estirado compositor belga Wim Mertens es uno de los ejemplos más claros de ese acercamiento a estructuras más sencillas (cuidado, también es preciso investigar en sus series más complejas, intercaladas entre sus éxitos) que encuentran difícil acomodo en cuanto a su definición estilística. Una de las muchas líneas de actuación de este dinámico artista consiste en la interpretación en solitario utilizando solamente piano y voz, con la peculiaridad de cantar en falsete versos sin ningún tipo de significado. Así, diciendo prácticamente nada, Mertens dice realmente mucho, algo además distinto y único, directo y sincero. "A man of no fortune and with a name to come" fue su primera referencia de piano y voz, publicada por Les disques du crépuscule en 1986 con una artística portada que refleja la soledad del intérprete.

"Toda mi música, incluso la instrumental, viene de una inspiración vocal", afirma Mertens. Así se puede entender mejor que engalane sus piezas con tan extraño canto, que aunque al principio pueda resultar chocante, incluso algo absurdo o histriónico, acaba atrapando, convenciendo y esperando más de esa manera tan peculiar de entender la música de piano, en la que lo popular y lo clásico se dan la mano. "A man of no fortune and with a name to come" fue grabado en dos días sin ningún tipo de manipulación adicional y estaba dedicado a su padre, Henri, que también era músico. Presenta por lo general una marcada emoción en seis piezas inspiradas, placenteras y de duraciones amplias, si bien su único 'single' se sale de la norma general al tratarse de un riff movido de menos de tres minutos, con un tratamiento vocal más intenso; "Hirose", así se titula, toma el nombre de una antigua novia japonesa de Wim, Rika Hirose, cuya única acreditación en su obra es de fotógrafa en "Educes me" y como vocalista en "If i can", trabajos ambos de esta misma época. "Casting no shadow" es un comienzo bonito y melódico, en el que la voz se presenta tímida al minuto y medio, intentando equilibrar la belleza clásica del instrumento con un toque personal y extravagante por lo distinto e inesperado; este inicio, además de sereno y hermoso es ciertamente largo (once minutos y medio), pero se trata de una de esas melodías que podrían ocupar sin temor una mayor extensión. Así lo hace "You see", única de las canciones en la que parece escucharse una frase con sentido (la que le da título), en un entorno de quince minutos alegres y desenfadados en los que también hay tiempo para una calma tensa. También tranquilas son "A tiels leis" (de melodía bella y sustanciosa, aunque de menos matices hasta su cambio de registro hacia la mitad de su extensión, que deja ver a un Mertens más exultante) y "Naviamente" (reposada, envolvente y plástica, cuya expresividad viene dada tanto en lo rotundo de las notas del piano como en la acongojante interpretación vocal). Es sin embargo el corte número cinco uno de los más acertados del álbum, un clásico en el repertorio de este enorme músico (de hecho se trata de una composición anterior, grabada con distinto tratamiento para el álbum "Vergessen"), de título "Multiple 12", en el que, él tendrá sus motivos, no utiliza la voz; de cadencia lenta y agradable, continúa con una cierta incertidumbre general sobre si el propósito del álbum se nutre de celebración o de duelo contenido. En su reedición de 2008, "A man of no fortune and with a name to come" incluía un anecdótico (su duración es inferior a un minuto) séptimo corte, "Noli me tangere", que era en realidad cara B del single de "Hirose". El éxito de este trabajo y la creciente fama de Wim Mertens fueron motivo suficiente para acometer una larga gira que, aparte de pasar por España y demás países europeos, también llegó a Estados Unidos, en concreto a New York, Houston y Los Angeles; su éxito provocó la rápida respuesta de Windham Hill, que publicó dos recopilatorios del artista, "Close cover" en 1986 y "Whisper me" en 1988, si bien ninguno de los dos incluía canciones de "A man of no fortune and with a name to come". El film franco-belga "Between the devil and the deep blue sea", conocido en España como "Entre dos mares - Li", contó con este disco como banda sonora, y es es que al parecer su directora, Marion Hänsel, trabajó durante varios años en el guión mientras lo escuchaba compulsivamente; la BSO, que es el mismo disco con el mismo listado de temas, añade en su portada 'Basada en "A man of no fortune, and with a name to come'.

La 'generación perdida' fue el nombre con el que se conoció a una serie de escritores norteamericanos residentes en Europa en los años 20 del pasado siglo. Tal vez los más conocidos de todos ellos fueran John Dos Passos, Francis Scott Fitzgerald, John Steinbeck y Ernest Hemingway, sin embargo para nosotros es destacable la influencia de otro de ellos, Ezra Pound, en la obra de Wim Mertens, en especial en los títulos de muchas de sus composiciones, como el del trabajo que nos ocupa, "A man of no fortune and with a name to come", perteneciente a su 'Canto I'. Pound fue clave en una cierta revolución poética de su época con el empleo del verso libre en composiciones largas, del mismo modo que Mertens capitaneó su propia revolución vocal en la música contemporánea con sus extravagantes composiciones para piano y voz, trabajos llenos de vida y energía intercalados entre otros en conjunto, sinfónicos, o complicados juegos vanguardistas. Mertens, junto a Michael Nyman y Philip Glass, capitanea otra generación, pero no 'perdida', sino populosa y reconocida, la de los minimalistas del último cuarto del siglo XX. Bravo por Wim y por compartir con el mundo sus múltiples expresiones de talento.

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2.12.11

STEVE ROACH & KEVIN BRAHENY:
"Western spaces"

La soledad y el silencio de los desiertos o los mares son amigos de la inspiración de muchos músicos ambientales, siendo habitual el hecho de que grandes nombres de la música electrónica más atmosférica establezcan su residencia en pequeñas ciudades o pueblos alejados de las grandes ciudades. Es así como artistas como Steve Roach conectan con una realidad que se nos escapa a la mayoría, un mundo natural conectado con la conciencia mágica y antigua del planeta Tierra. Roach, que creció al sur de California, muy cerca de esos estímulos enfrentados como son el desierto y el océano, siempre ha intentado acceder a lo que él llama 'el santuario de los sonidos primordiales', y sus primeros intentos los publicó en Fortuna Records, una pequeña compañía creada por Ethan Edgecombe en California. Celestial harmonies, una de las grandes en el floreciente mercado de las nuevas músicas, comenzó a distribuir el catálogo de Fortuna Records a mediados de los 80, con lo que artistas como David Parsons, Patrick Ball, William Aura o el propio Steve Roach se vieron beneficiados.

"Western spaces" es un ejemplo soberano de lo expuesto en el párrafo anterior. En colaboración con el también sintesista estadounidense Kevin Braheny, que ya había trabajado con Roach en el meditativo "Structures from silence", este disco es toda una celebración de las sensaciones que produce la inmensidad desértica en el espíritu humano. Linda Kohanov, escritora, crítica y a la sazón esposa de Steve Roach, explica maravillosamente en el libreto del disco cómo, a tu alrededor, florecen sonidos y sensaciones milenarios provenientes del propio comienzo de los tiempos, y perdido en paisajes infinitos, desolados, con capacidad para matar en cuestión de horas, se acaba sintiendo una especial fuerza, renovación y finalmente gratitud, para concluir que ya nunca vuelves a ser el mismo. Roach también describía así sus sensaciones: "Desde mis más lejanos recuerdos siempre he estado atraído por el desierto. Adoro el carácter expansivo, el calor intenso, el hecho de poder ver y en mi caso oir el interior del acto dramático de la fuerza creativa a todo tu alrededor en las primeras formaciones rocosas, montañas, cañones, etc...". Eso es precisamente lo que podemos encontrar en "Western spaces", no asistimos a una demostración de calidez o alegría ni a una fiesta de ritmos pegadizos, sino a invocaciones de tonos místicos, relajantes y atrapativas, cuyas justas duraciones no llaman al posible aburrimiento sino a pequeños y prudentes momentos de éxtasis. Junto a estos instantes de relajación, otros pueden calificarse a la vez de poderosos ("In the heat of Venus"), verdaderos ritos electrónicos de bucles místicos, huyendo de la serenidad, para acabar activando al oyente, atrapado en un juego de raíz y desconcierto. Por momentos parecemos asistir a una sinfonía electrónica con toques étnicos ("Desert walkabout"), en otras ocasiones -y al hilo con el afán globalizador de un Braheny que también interpreta flautas de pan, kalimba y percusiones acústicas, y que gusta de incorporar sonidos de instrumentos de viento en su sintetizador- parece invadirnos una melancolía de formas orientales ("Desert prayer"). Pero es en el propio comienzo del disco donde nos topamos con la muestra más evidente de esa arqueología sonora buscada por el firmante de la pieza, Steve Roach; con su impetuoso clímax constante, "The breathing stone" resalta más su énfasis anímico y poderío rítmico que otros temas de sus primeros trabajos repletos de momentos secuenciados que suben y bajan en ciclos inconstantes, y refuerza esa sensación, maravillosamente atrapativa, de encontrarse entre dos mundos. El concepto y la producción de este disco (en el que no hay que dejar de mencionar la colaboración de otro sintesista, Thom Brennan) corre a cargo de Steve Roach, pero su historia es más movida que la propia música que presenta: "Western spaces" tuvo una primera edición en CD firmada por Steve Roach, Kevin Braheny y Richard Burmer en 1987 en el sello alemán Innovative Communication (un subsello de esta compañía, Chameleon Records, publicó poco antes la cassette), con dos canciones distintas creadas por Richard Burmer, "A story from the rain" y la excepcional "Across the view". Ese mismo año Fortuna Records se encargó de la reedición aquí glosada, con portada y diseño general diferente, y la firma de Steve Roach y Kevin Braheny, dada la sustitución de los temas de Burmer por otros dos nuevos, si bien la composición que cierra el disco, titulada propiamente "Western spaces", sigue siendo de autoría conjunta de Roach, Braheny y Burmer. Por último, Innovative Communication incorporó una nueva reedición en 1989, con otra portada y los temas originales, incluído un "Across the view" que parece tener su propia historia.

La música puede producir sentimientos evocativos. Acrecentado por su título y su portada, lo que podemos escuchar en este álbum puede ayudarnos a imaginar, incluso a sentir, amplios territorios desérticos. La sugestión del epígrafe puede ser la ayuda definitiva para confundir a nuestra imaginación, pero no deja de ser cierto que determinadas atmósferas provocadas por sugerentes notas elongadas de sintetizadores, percusiones rítmicas o acompasadas, sosegados efectos de sonido y ciertos acompañamientos de cuerdas o instrumentos de siempre, en una adecuación a la ambientalidad imperante, pueden lograr una conexión casi mística con la Madre Tierra, estimulando en nuestras mentes la comparación de esos paisajes sonoros con estimulantes espacios naturales. Las hipnóticas cadencias de la electrónica de estos dos músicos norteamericanos consiguen en gran parte de este trabajo que sintamos el calor y la esencia de los desiertos del suroeste estadounidense, recreando para nosotros vistas que hacen pensar en el principio de los tiempos, y que tendrán una especie de continuación en "Desert solitaire", de estos mismos dos artistas junto a Michael Stearns.


21.11.11

MADREDEUS:
"Existir"

Cuando el potencial de ciertas melodías es capaz de hacernos soñar despiertos es que se ha alcanzado un grado de empatía difícil de lograr. Uno de esos milagros se titula "As ilhas dos Açores", composición dedicada a dichas islas atlánticas portuguesas, que emana impresiones celestiales en cada uno de sus trescientos segundos. Comienza como una obra clásica, contemporánea, de bella ambientalidad, para entroncarse con el folclore en una genuina muestra de deliciosa atemporalidad en la que se pueden paladear teclado (Rodrigo Leao), guitarra clásica (Pedro Ayres Magalhaes), violonchelo (Francisco Ribeiro) y acordeón (Gabriel Gomes), curiosa conjunción de instrumentos que junto a la voz de Teresa Salgueiro formaban un grupo mítico de nombre Madredeus, cuyo primer fruto, "Os dias da Madredeus", a pesar de una rudimentaria grabación, fue un auténtico éxito no sólo en Portugal sino también en lugares tan dispersos como Bélgica, Japón, Francia, Grecia o España. No era de extrañar, pues los Madredeus de aquella época eran una fusión celestial de cuerdas, teclados y voz. Encontrar su sonido fue algo lento pero natural, como encontrar a la propia vocalista. Cada miembro aportaba su experiencia y maestría tanto en la interpretación como en la composición, llegando a un público muy variado por su ecléctico planteamiento. Su segunda obra, "Existir", es un remanso de paz y armonía en la que la producción es compartida por Pedro Ayres Magalhaes y Antonio Pinheiro da Silva.

Tras escuchar "Matinal" es impredecible qué nos puede deparar el disco de un grupo cuya única referencia fue grabada tan furtivamente como nos cuenta la historia de "Os dias da Madredeus". Ese comienzo vocal, de reminiscencias antiguas, nos recuerda que no estamos ante un conjunto cualquiera, que se ampare en la tradición portuguesa o que se acoja al rumbo predeterminado hacia la música comercial, sino ante un delicioso experimento basado en la búsqueda entre la música tradicional y la de cámara. Algo de todo ello hay sin embargo en el siguiente corte, sin duda el más famoso del grupo en toda su trayectoria. "O pastor" es un pequeño sueño, una canción completa e inolvidable en la que guitarras y violines se conjugan dotando a la pieza de un ritmo de fondo rápido y atrayente sobre el que emerge, como una ubícua deidad, la inconfundible voz de Teresa Salgueiro. Más serenas son composiciones como "O navio" (deliciosa melodía de aroma portugués), "A vontade de mudar" o un pequeño clásico como "O pomar das laranjeiras", que suena a canción tradicional a pesar de estar compuesta por un Pedro Ayres Magalhaes que toma claramente el rumbo del grupo (sobre todo en el apartado vocal), como ya hiciera en su álbum de debut. Con sólo dos discos, se podía hablar de Madredeus como un conjunto exitoso de estilo propio y con poso popular, esa forma reconocible de entretener y emocionar con canciones como "O ladrao" o "Cuidado", en la que destaca el estupendo acordeón de Gabriel Gomes. En cuanto a las piezas instrumentales, tres son las que se entremezclan en el disco, y aunque las otras dos estén eclipsadas por la grandeza de "As ilhas dos Açores", no sólo no desmerecen sino que anticipan una grandiosa aparición, la de Rodrigo Leao como artista en solitario unos años después, pues "Solsticio" y en especial "Tardes de Bolonha", con su juego de vientos y cuerdas, suenan irremediablemente a esa exitosa trayectoria por su cuenta del teclista lisboeta (con la producción del propio Antonio Pinheiro da Silva). Sólo unos años tardará en dar ese paso, mientras tanto Rodrigo contribuye como los demás miembros del grupo en la creación de melodías tan maravillosas como "O pastor" o "As ilhas dos Açores", las dos claras cumbres de este álbum de anaranjada portada. Celebrando sus 25 años de carrera discográfica, Madredeus publicó "Essencia", donde versioneaban temas propios con la nueva vocalista, Beatriz Nunes, y una formación distinta bajo la batuta de Magalhaes: "O pomar das laranjeiras", "Confissao" y "O navio" fueron las canciones elegidas de "Existir".

Es imprescindible destacar la poética puesta en escena de este impresionante consorcio: guitarra, chelo, acordeón y teclado al aire libre, en un cuidado jardín o en una playa de fina arena, de negro riguroso, arropando a una bellísima Teresa Salguiero, con un chal que le protege del viento. Pedro Ayres lo definía así: "Toda nuestra obra es como una fantasía sobre un mundo poético, de origen portugués, pero que no corresponde a ningún aspecto particular de nuestro país". EMI publicó "Existir" en la primavera de 1990, y tres semanas después alcanzó en número 1 de las listas portuguesas, llegando a disco de platino, y permitiendo al grupo realizar su primera gira por Bélgica, Francia, España o Brasil. Precisamente en vivo fue su siguiente plástico, pues "Lisboa" era un doble en directo grabado el 30 de abril de 1991 en el Coliseo dos Recreios de Lisboa (un CDsingle de este álbum incluía los directos de "As ilhas dos Açores", "A vaca de fogo" y "O pastor"). En "Existir" repetían formación, ese quinteto tan maravilloso en el que no falta ni un solo detalle, en una 'saudade' modernizada de realidad hermosa y catártica.




8.11.11

PATRICK O'HEARN:
"Indigo"

Desde sus comienzos en Private Music, el músico angelino Patrick O'Hearn mostró una especial fascinación por las culturas más antiguas y reminiscencias mitológicas, esos pueblos misteriosos, incluso olvidados que, por ejemplo, constituyeron la inspiración principal de discos como "Ancient dreams" o "Eldorado". Partiendo de este último, las selvas centroamericanas que albergan viejos enigmas de la humanidad parecen formar parte del gérmen de "Indigo", ciertamente hermosa denominación del color añil, el mismo que domina la portada de este trabajo publicado por Private Music en 1991, definitivamente el último álbum original de nuestro protagonista en aquella compañía. Dicha portada, diseñada por Norman Moore con ciertas semejanzas a tenebrosos grabados de Goya, anticipa el misterio que domina un álbum brumoso, donde texturas y melodías conviven en fascinante armonía. En compensación, una virgen con niño, 'La madonna della sedia' de Raphael, se muestra en la contraportada, acabando de confirmar que "Indigo" es una amalgama de influencias en la mente de O'Hearn. Por ejemplo, sobre su traslado de residencia desde Los Angeles a Houston, O'Hearn comentaba en alguna entrevista que algunas ruinas (en concreto las de un molino) de la guerra civil americana situadas en un enorme parque cercano a su casa también habían sido importantes en la concepción del disco, al tratarse de un lugar de retiro y tranquilidad para nuestro músico ("tal vez parte de la historia dolorosa de la zona influyó en la realización de Indigo").

La evolución de O'Hearn implica que esta es la música que realmente él deseaba siempre hacer: "Ancient dreams" fue como un despertar a otro tipo de conciencia musical en la mente del músico, su concepción privada de la música instrumental fue abriéndose a nuevos públicos desde "Between two worlds", más suave en sus ritmos aunque igual de profundo, y es a partir de aquí cuando se conjugan emoción y maestría en trabajos sublimes como "Rivers gonna rise" y "Eldorado". Desde el propio diseño se puede percibir que "Indigo" es un nuevo paso adelante, un juego de luces y sombras donde estas últimas ganan terreno en ambientes algo más oscuros cargados de magia ancestral. El poderoso recibimiento, una pieza atmosférica, magistral, cargada de estímulos e inequívocas señales sensitivas, de título "Devils lake", constituye la demostración de que viejos espíritus se habían adueñado de la inspiración de O'Hearn, tal vez esos sanguinarios dioses prehispánicos a los que parece ir dirigido ese ceremonioso cuadro sonoro llamado "Sacrifice" y que en "Coba" (espectacular yacimiento maya situado en el sureste de Mexico) encuentran la mejor de las melodías del trabajo, una redonda demostración de clase que caló muy hondo en la época. De nuevo Mark Isham contribuye a crear una atmósfera de otro plano temporal con la trompa -o cuerno francés- en la etérea "Upon the wings of night", si bien desgraciadamente se trata de la única colaboración de Isham en el álbum, y de hecho del último apoyo del trompetista en los discos de un O'Hearn que en "Indigo" cuenta con la colaboración de Warren Cuccurullo en las guitarras. Más delicados, incluso luminosos, son los siguientes cortes, entre los que destaca poderosamente el suave hipnotismo de "The ringmasters dream", donde la percusión juega un importante papel sobre los teclados, las guitarras texturadas y el sempiterno bajo, en un juego tan atractivo como aquel que practicaban los antiguos mayas, en los que los guerreros tenían que introducir la pelota por un anillo de piedra. Un tema que podía haberse extendido en su duración, y que deja paso a la última composición del álbum, una "España" (así, con 'ñ') atmosférica de innegable sutileza. Las percusiones acústicas tan animadas de "Eldorado" tornan en más electrónicas, en combinación con las guitarras texturadas, conformando ambientes tan estimulantes como para que el oyente entre a formar parte del propio disco viviendo momentos tan mágicos, incluso tenebrosos, como "Devils lake", "Coba", "The ringmasters dream" o "Upon the wings of night", ecos de esos tiempos remotos que tanto intrigan a músicos electrónicos como Steve Roach o el propio O'Hearn.

Decir O'Hearn es hablar de cuidados fondos de bajo y guitarras, teclados profundos y ritmos asombrosos, así como ambientalidades palpables, como las sensaciones que desprenden composiciones como "Devils lake", en la que se puede captar la vida animal, la niebla, la caída de la noche e incluso una presencia extraña. Aprovechando el tirón del que aún gozaba el artista, en 1992 Private Music lanzó un eficaz recopilatorio titulado "The private music of Patrick O'Hearn", muy completo salvo por el olvido de "Coba" o "Amazon waltz". Como los catálogos de Windham Hill y Private Music fueron en esta época adquiridos por BMG, el sello californiano publicó en 1997, "Patrick O'Hearn: A Windham Hill retrospective", otra compilación del músico, curiosamente bastante distinta en su selección de las canciones a la citada anteriormente (coincidían tan sólo en un tema) y posiblemente algo inferior en la calidad de las mismas (no incluía algunas de sus composiciones más emblemáticas, como "Homeward bound", "April's fool" o la mencionada "Amazon waltz", olvidada también en el anterior). "Indigo", así como "Ancient dreams", fue relanzado por One Way Records en 2001, nueva oportunidad de conseguir un trabajo excitante y sorprendente que se promocionó con la frase 'en la tradición antigua de los sueños'.

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21.10.11

MIKE OLDFIELD:
"Five miles out"

A falta de un año para cumplirse una década de la aparición del exitoso "Tubular bells", un Mike Oldfield que aún no había llegado a la treintena consiguió de nuevo encauzar su carrera después de un infructuoso intento de triunfar en los Estados Unidos (con el muy americano "Platinum") y de un agradable pero algo irregular "QE2". No eran buenos tiempos en la relación de Oldfield y su jefe, Richard Branson, pero este último -acusado de estafar a nuestro protagonista por los pingües beneficios de "Tubular bells"- se podía frotar las manos ante el nuevo idilio que iban a entablar artista y público gracias a la sencillez de lo que hasta la fecha más se le había resistido a Oldfield, las canciones. El primer ejemplo lo encontramos en un álbum grandioso publicado por Virgin Records en 1982, un plástico titulado "Five miles out" en el que, sin embargo, abruma el nivel de los temas instrumentales (o semiinstrumentales, ya que pequeñas cancioncillas se deslizan en los cortes más largos). La combinación de ambas tendencias, canciones e instrumentales, va a ser marca de la casa durante la década de los 80 y el éxito, por lo general, mayúsculo.

"Five miles out" recrea en su portada -una soberbia pintura de Gerald Coulson- la tensa experiencia que Oldfield y su banda sufrieron cuando volaban sobre los Pirineos en su pequeño avión privado durante la gira europea de 1980, que pasó en septiembre por España. Ese momento traumático en el que el bimotor era zarandeado sin piedad por una tormenta generó a buen seguró bastante de la inspiración para "Five miles out", en especial en su canción homónima, un tenso relato de los hechos con sonidos aéreos, mensajes de socorro, un clímax agónico, guitarreos desaforados y las voces de Mike Oldfield y una Maggie Reilly que ya había participado brevemente en "QE2" y que iba a ser sustituída en el video-clip de la canción por una modelo. Como primer sencillo, "Five miles out" iba a contar extrañamente en la cara b con una canción rescatada de "Platinum" pero en una versión en directo, "Live Punkadiddle", mientras que el rol de segundo sencillo del álbum iba a recaer en el segundo corte vocal del mismo, "Family man", otra espléndida canción de ritmo pegadizo que se rumorea está inspirada en uno de los miembros de la banda, el guitarrista Rick Fenn, y su manera de eludir las proposiciones de numerosas fans diciendo que él era un 'hombre de familia'. Un inmenso instrumental -tanto por su duración como por su calidad- ocupa íntegra la cara A del vinilo: "Taurus II" sigue la estela del "Taurus I" de "QE2" pero de forma más completa y rabiosa; esta larga composición (casi 25 minutos) se desarrolla con una clase innegable en su sucesión de tonadas sin estribillo, moviéndose por caminos donde conviven gratamente rock y folk, y aun sin encontrarnos con impresionantes solos de guitarra, el dominio de este instrumento por parte de Oldfield es claramente abrumador, integrándolo con teclados, bajo, percusiones, voces, incluso la gaita de un Paddy Moloney que repite con Mike siete años después de "Ommadawn". También el vocoder (ese sintetizador de voz tan robótico) y el Fairlight (teclado considerado como el primer sampler de la historia) toman protagonismo por su novedad en la época. Oldfield se vale de su pericia en el estudio de grabación para construir con muros firmes un título emblemático, coherente y con varios momentos mágicos que nos pueden remontar unos años en el tiempo. La inspiración continuaba intacta, y nuevas demostraciones estaban contenidas en la segunda cara del disco. El delicado comienzo de "Orabidoo", por ejemplo, así como su delirio final de guitarra y en definitiva toda esta magna composición, es susceptible por sí sola de reivindicar la figura de Oldfield en toda la década de los 80. Y si "Orabidoo" es auténtica magia dificilmente superable, "Mount Teide" es energía, la misma que impactó a Oldfield cuando visitó el volcán tinerfeño, la que queda plasmada en esta pieza dominada por la percusión de Carl Palmer. Tim Cross (teclados), Rick Fenn (guitarras), Mike Frye (percusión), Maggie Reilly (voz) y Morris Pert (percusión y teclados) habían sido los integrantes de la banda que acompañó a Oldfield en la gira europea de 1981, y volverán a hacerlo -excepto Frye, sustituido por Pierre Moerlen- en la gira mundial de este año 1982; todos ellos repitieron protagonismo en el disco y aparecen como coautores de dos de los temas, "Family man" y "Orabidoo". Como curiosidad, en sus interesantes juegos de autoreferencias, Oldfield intercala los primeros compases de "Tubular bells" en el comienzo de "Five miles out", una melodía de "Taurus I" suena en "Taurus II", y a su vez, algunos de los riffs de "Taurus II" se escuchan en "Orabidoo y otros forman parte de la canción "Five miles out".

El año en que Michael Jackson deslumbró con "Thriller" (el mismo que poco después se dice que intentó contactar con Oldfield sin éxito) y que en España triunfaba "Mecano", el primer álbum del conocido grupo madrileño, Mike Oldfield retornó con "Five miles out" a su particular rock sinfónico que le había visto triunfar años atrás, sin olvidarse de conjugar su música con elementos del folk, música celta o pop elegante. Sin estridencias ni efectos excesivos, demuestra su capacidad en un disco completo, grandioso, exponente de una visión musical de difícil parangón en esa época. Elementos ahora arcaicos como el vocoder se compenetran con los instrumentos de siempre, con el 'novedoso' fairlight y la ausencia de temores en el uso de la batería. Los estudiados cambios de ritmo y estructura se sostienen por la capacidad multiinstrumentista y como compositor de un Oldfield muy madurado respecto a sus primeras y muy populares entregas, y remonta en cuanto a ventas y popularidad, alcanzando el número 7 en las listas británicas. Con los años y las innovaciones técnicas, el estudio de grabación se convierte en el arma definitiva para consolidar a un artista único que, como Cid Campeador, podría haber sido el vasallo ideal de tener buen Señor, ya que los años 80, buenos para él, podrían haber sido inmensos en una compañía más permisiva o acorde al género musical propuesto años atrás. En cuanto a "Five miles out", el por qué este álbum no es referenciado en las enciclopedias del rock como uno de los grandes es y seguirá siendo un misterio.








29.9.11

ACHILLEA:
"The nine worlds"

Tan acostumbrados como estamos a las leyendas celtas en la vertiente más popular de las nuevas músicas, habían llegado hasta nosotros pocos artistas cuya inspiración fuera la rica mitología escandinava, las leyendas de los pueblos nórdicos para los que el universo estaba dividido en nueve mundos: Asgard (mundo de los Ases, dioses principales), Vanaheim (mundo de los Vanes, dioses secundarios), Alfheim (mundo de los elfos de la luz), Svartalfheim (mundo de los elfos oscuros) Midgard (mundo de los hombres), Nidavellir (mundo de los enanos), Jotunheim (mundo de los gigantes de hielo), Muspellheim (mundo de los gigantes de fuego) y Niflheim (mundo de los muertos). Cómics y películas como "Thor", o literatura fantástica de todo tipo han popularizado algunos de esos mundos y personajes como Odín o Loki. Tuvo que ser un productor y guitarrista de nombre Jens Gad el que elaborara en 2005 un estupendo disco dedicado a los nueve mundos: "The nine worlds", firmado con el alias de Achillea, fue publicado en Europa por BSC/Prudence Records y en Estados Unidos por Sequoia Records, y su responsable no era un desconocido en el negocio musical, ya que Jens Gad llevaba varios años colaborando en labores de producción, composición e interpretación en los discos de Michael Cretu, más conocido como Enigma.

Alemán de padres daneses y residente desde los 90 en la isla de Ibiza, Gad tenía en 2005 una gran experiencia como productor no sólo de Cretu sino de Fancy, Sandra o los innombrables Milli Vanilli. Él podía llevar a cabo gran labor de estudio, y por lo tanto crear un álbum especial a poco que la inspiración acompañase, así que se dejó atraer por leyendas y poemas de sus ancestros y se unió musicalmente a la cantante clásica danesa Helene Horlyck. La temática de los mitos de los pueblos vikingos, unida a la condición autóctona de los artistas y el sello Enigma (ya de por sí antiguo y misterioso) que acompaña al autor, coloca a este disco en la antesala de lo épico, que si bien no es garantía de calidad, sí que proporciona un aura de emoción y aventura. Sin embargo acompaña al disco una hermosa portada que parece ahondar más en terrenos new age y románticos, lo que siempre puede ayudar a su comercialización. Así pues, el conjunto presume de conectar la energía mitológoca con la espiritualidad romántica. Una corta entradilla ("Prelude"), tan eficaz como las de Enigma, nos introduce en un mundo a la par lírico y tecnológico, más agradable que original pero sin duda bien construido y producido, así como altamente atractivo. Imitando a Michael Cretu, bases rítmicas elegantes se funden con brillantes atmósferas en las que la voz femenina juega un papel decisivo. El efecto es grato y afortunado en especial en "Ragnarok - Twilight of the gods" y "The seeress prophecy (Daydreaming)", indudables cortes estrella del álbum, mientras que en alguna de las canciones emula el estilo 'classical crossover' que popularizó la soprano británica Sarah Brightman, es decir, la fusión de una voz operística con ritmos electrónicos, que podemos escuchar en "Odin's hill" o "Cape Porcupine", en un acomodo ideal junto a la luminosa guitarra del propio Gad. Por su parte, "The monks of Lindisfarne" recoge un muestreo de cantos gregorianos adornados de nuevo con esos armoniosos guitarreos, serenos e inconfundibles por sus sempiternos discos con Cretu, parecidos en ocasiones a los de un Mike Oldfield que también residió en la isla de Ibiza durante los años anteriores a "The nine worlds", en el que se podrían encontrar ciertos parecidos con álbumes de Oldfield como "Tres lunas". Esta abrumante primera mitad del álbum continúa por el camino marcado hasta completar sus doce cortes, encontrando también tiempo para momentos ambientales muy relajantes, de los que "Land of the Elves" es una estupenda muestra. Es importante la contribución de Helene al trabajo, no sólo por aportar tan bella voz sino por hacerlo de una manera especial, casi obsesiva, improvisando hasta la extenuación para encontrar la chispa perfecta, en latín o incluso en un idioma inventado por ella -inspirado en el sueco antiguo- que aporta una extraordinaria originalidad y frescura.

Desde el principio Jens Gad vió muchas posibilidades en los mitos vikingos. Así, la batalla del fin del mundo entre los dioses (Ragnarok), el castillo monasterio de Lindisfarme (al norte de Gran Bretaña), cuyo ataque significó el inicio de la Era vikinga, la runa Othila (con forma de lazo, que simboliza la unión por causas comunes) o la ciudad rusa de Staraja Ladoga, son sólo algunos de los lugares o momentos rememorados en esta grata aventura, para deleitarse conjugando suaves ritmos avanzados con un lirismo que puede ser a la vez relajante y estimulante. El propio Gad lo expresa así: "La música evoca emociones: euforia, amor, agresividad y melancolía. Yo no sobreviría ni un sólo día sin música".

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13.9.11

MASTRETTA:
"Melodías de Rayos-X"

Entre todas las denominaciones musicales que, por obra y gracia de la mezcolanza de estilos y, por supuesto, de la mercadotecnia, han surgido en los últimos años, la de 'lounge music' es la que implica una música más divertida y animada, ritmos cálidos y sensuales con efluvios de bossa nova, jazz y música para orquesta que también se pueden encontrar bajo denominaciones como 'easy listening' o 'música ligera'. La compañía Subterfuge Records apostó por un acercamiento a ese tipo de música con recordatorio a décadas en blanco y negro en su antología 'Música para un guateque sideral', que se presentaba como "una colección 'retrofuturista' dedicada a rescatar el glamour de la música de cóctel de los 60 y los 70, con reminiscencias cinematográficas y de espíritu hedonista, chic y frívolo". Podemos sentirnos afortunados, ya que, después de continuas negativas, este fue el sello que le publicó en 1998 a Nacho Mastretta su primer álbum en solitario, el sorprendente "Melodías de Rayos-X".

Nacido en Barcelona pero cántabro de adopción y afincado en Madrid desde los 90, Mastretta es un nombre a tener en cuenta en el panorama hispano de las últimas décadas, como músico, compositor, productor y técnico de sonido. Con el grupo 'Las manos de Orlac' incorporó ritmos caribeños a su música a finales de los 80, pero su enfoque posterior en solitario fue de difícil salida comercial hasta que Subterfuge Records se atrevió con su publicación en esa nueva gama de sonido cuya denominación, 'Música para un guateque sideral', es absolutamente idónea para lo que podemos escuchar en su primer largo, "Melodías de Rayos-X", elegido por el diario El País como mejor álbum electrónico español de la década de los 90, si bien la electrónica es tan sólo un envoltorio, una manera de poder amasar una música con sabor acústico, aromas de world music, recuerdos de viejo tocadiscos y resonancia a metales y a serie b: "El disco no estaba planteado en principio para ser editado por una compañía discográfica. No encajaba en las habituales clasificaciones. Por eso cuando Subterfuge aceptó grabarlo me alegré porque podía hacer lo que quisiera". No es de extrañar que en diversas entrevistas Nacho aporte los nombres de Porter, Mancini, Gershwin, Rota, Ellington, Chaplin o Jobim al hablar de influencias, pues la gracia y el desenfado de tales maestros se pueden encontrar en las dosis justas en temas como "Laguna seca" o "Sábanas blancas, cama estrecha", tan deliciosos y evocadores que parecen llevar sonando desde hace mucho tiempo en nuestra cabeza. Mastretta, que también se nutre de rock, de ritmos urbanos y de electrónica, no olvida su ascendencia mexicana por parte de madre y todo lo absorbido en sus viajes, creando un cocktail asombroso cuya primera parte es, sencillamente, maravillosa, pues aparte de las dos composiciones antes mencionadas ahí están el revival jazzero de "Mi cuarto de hora" o "Muñeca rusa", la incitación a la bossa nova de "El último habitante del planeta" o las sintonías en el limbo que suponen "Kid chocolate" o "Mosley". Ana Belén contribuye al éxtasis con la susurrante "Andrea Doria", en una segunda parte del disco donde destacan "Dolor de crooner" (que repite sones con aroma a bolero en "Latin lover") o "Tragahierros". El diseño de portada y los particulares dibujos interiores, a cargo de Fernando Mastretta, hermano de Nacho, como también lo es el autor de las fotografías, Marcos Mastretta.

Al escuchar "Melodías de Rayos-X" me viene a la cabeza el título de una antigua referencia de Luis Lozano
para 'El cometa de Madrid': "Bandas sonoras en busca de película", y es que este trabajo es una continua banda sonora de ciencia ficción de serie b, de spaguetti western rodado en Almería, de film de Fellini o de comedia de Woody Allen. Títulos tan sugerentes como "Sábanas blancas, cama estrecha", "Mi cuarto de hora" o "El último habitante del planeta" nos revelan una música viva, animosa, encantadora. piezas muy elaboradas, de apabullante gracia y mucho colorido. La instrumentación juega un papel fundamental en esa lucha de estilos que no es tal, sino más bien un baile de influencias con diversa inspiración y un fabuloso saber hacer. Notable y meritoria es la circunstancia de que Mastretta haya compuesto, interpretado, grabado y producido todas las canciones en su estudio doméstico, interpretando clarinete, saxo, armónica, sintetizador moog, piano, órgano, acordeón, guitarras, cítara, bajo, flauta, marimba, silbidos, percusiones, sampler y mezclador digital. Puntualmente Ricardo Moreno aporta batería y otras percusiones, Plinio Migliorini guitarra brasileña, Santiago Mauriño bajo, Pablo Novoa guitarra eléctrica y Ana Belén la voz en "Andrea Doria", completando un álbum importante, incluso indispensable, en la música española de cambio de siglo.



27.8.11

MICHAEL MANRING:
"Drastic measures"

Algunos músicos de innegable clase y facultades elevan muchos enteros la categoría de instrumentos menos vistosos aunque siempre importantes, como por ejemplo el bajo. Una de las posibilidades del mismo, creada por el bajista de los Rolling Stones Bill Wyman en 1961, consiste en eliminar los trastes que, como en una guitarra, separan el diapasón en divisiones de semitono. Nace así el bajo sin trastes o fretless, el instrumento de uno de los artistas primordiales de la compañía Windham Hill, Michael Manring. Aunque su infancia se desarrolló en Washington DC y sus primeros estudios en Boston, fue en California donde se creó un nombre, si bien su depurado estilo no llegó por casualidad, a sus cualidades innatas hay que añadir un exhaustivo trabajo y un legendario maestro, Jaco Pastorius, pionero estadounidense del fretless que falleció a los 35 años en trágicas circunstancias. "Unusual wheater" fue el primer disco de Manring para Windhan Hill en 1986, un trabajo que contenía el maravilloso "Welcoming" pero que en general fue superado por álbumes posteriores, como "Toward the center of the night" en 1989 (con melodías atrayentes y soberbios solos de bajo) y en especial "Drastic measures" en 1991, para el que Manring no sólo compuso grandes canciones sino que adaptó otros clásicos de la música moderna con enorme solvencia.
 
El fretless permite realizar con el bajo efectos sorprendentes con afinaciones distintas, pero a la vez es más complicado de utilizar que el bajo eléctrico tradicional, es un instrumento muy preciso en el que el margen de error es escasísimo. Manring ejerce un gran dominio sobre el mismo en base a mucha práctica diaria, y el resultado es sorprendente. Joseph Zon (el fundador de Bajos Zon) le dió su confianza y libertad para diseñar en 1990 su propio modelo de fretless de 4 cuerdas, al que llamaron Hyperbass, que es el que se puede escuchar en "Drastic measures", álbum que comienza con una conocida pieza de otro famoso bajista que traspasó los límites de ese instrumento al convertirse también en el vocalista del grupo Police; "Spirits in the material world" es una composición de Sting llevada inteligentemente al terreno de Manring en una estupenda descontextualización para empezar el disco. Dos tipos de canciones nos encontramos en el álbum, por un lado llamativas muestras melódicas en las que se conjuntan bajo, piano, percusión y, destacando en la generalidad, unos estupendos vientos (saxo, oboe, clarinete) a cargo de otro genial amigo de Windham Hill, Paul McCandless; así suenan la llamativa "Hopeful" (en la que McCandless ejecuta la melodía principal, aunque el peso de la pieza lo lleva Manring con sus líneas majestuosas de fretless), la colorida "Gizmo" (rítmica y alegre, una fiesta con saxo en una melodía fácil y atrayente muy al estilo del Paul Winter Consort -con el que colabora habitualmente el propio Paul McCandless-) o la agradable "Deja voodoo", todas ellas muestras de suave smooth jazz con elementos folclóricos. Por otro lado, enormes demostraciones de virtuosismo con el fretless en solitario, pequeñas joyas repletas de overdubs, arpegios y demás efectos que no hacen el disco más fácil de escuchar pero sí mejor: "Red right returning" es la genuina expresión de la melancolía en un enorme solo de bajo, un tema increible donde se puede comprobar cómo este músico transmite más allá de su técnica, el júbilo de su música conecta con el público; "Purple haze" es la versión, de extraordinaria clase y maestría, de la canción de Jimi Hendrix; y de Chick Corea es "500 miles high", que Manring convierte en una gozosa reflexión en soledad. Y entre medio, retomando al grupo al completo, otra de las razones por las que considerar a este trabajo una pequeña joya, una obra maestra sin palabras de título "Wide asleep", una conjunción sobresaliente en una canción que lo tiene todo, gran viento, gran batería, gran teclado, increibles entradillas del bajo, animada y reposada en su justa medida hasta llegar a un inmenso clímax final difícil de superar. "When last we spoke" cierra el disco con un bajo sonando como un instrumento de viento, y nos deja con ganas de más, si bien hemos asistido a un completo espectáculo con el que cerró su etapa en Windham Hill, ya que discos posteriores aparecerán en sellos como High street -en realidad, subsello de Windham Hill- ("Thonk"), Alchemy Records ("The book of flame") o Manthing Music ("Soliloquy").
 
Como 'bajista residente' de Windham Hill muchos otros músicos del sello se aprovecharon del talento de Michael Manring. Además formó parte del grupo Montreux junto a Darol Anger (violín), Mike Marshall (guitarras) y Bargara Higbie (teclados). Sin embargo fue con Michael Hedges con quien le unió una especial relación de amistad, ya que llevaban tocando juntos desde los 18 años; la muerte de éste en 1997 fue un momento especialmente duro para un Manring que había colaborado en casi todos los trabajos del malogrado guitarrista. En "Drastic measures" nos encontramos a un Michael Manring en plenitud de forma, si bien una de sus metas es el trabajo y aprendizaje contínuo, puesto que el bajo es un instrumento tan especial, tan pasional, que jamás le aburre. Tanto con sus discos como con sus directos, en los que es capaz de tocar varios bajos a la vez y donde mejor se puede apreciar su enorme capacidad, todos salimos ganando.



30.7.11

SCHILLER:
"Zeitgeist"

No es difícil que ciertos músicos de prestigio asociados sin temor a etiquetas como nuevas músicas, new age o música cósmica utilicen para sus obras una cierta dosis de electrónica, que en ocasiones conlleva una carga rítmica superior a lo que muchos oyentes esperan encontrar en sus discos. Jarre, Oldfield o Enigma bien pueden formar parte del repertorio de determinados DJ's que busquen otro tipo de sonidos, más centrados en la fusión con elementos de world music y con una indudable línea de calidad que se mantiene en cualquiera de sus propuestas, algunas de las cuales han podido entrar en terrenos que se pueden denominar con otras etiquetas, por ejemplo la música dance o algo más allá, la música trance. Christopher von Deylen es uno de los nombres de calidad en cuanto a este tipo de música, un alemán que junto a Mirko von Schlieffen creó el grupo Schiller en 1998. Hay que matizar que el de Schiller es un trance étnico (con claros ecos del sonido de Enigma), incluso melódico (al estilo de Robert Miles), y bastante suave en sus composiciones más rotundas, en absoluto progresivo. Tecno, house, ambient y, por qué no, new age, han acabado marcando una línea electrónica de calidad que por momentos relaja y en otros enciende los ánimos. Como ya lo fuera del krautrock, Alemania -el país de origen de otras potentes bandas electrónicas como Kraftwerk y Tangerine Dream, por no hablar del ultrareferenciado Klaus Schulze- fue la cuna principal de este estilo, que ha evolucionado -generalmente mal- con el tiempo, pero que ha dejado pequeños ejemplos, como el de Schiller, de grupos que pueden derribar fronteras y gustar por igual a los que buscan relax o diversión.

"Die glockenspiel" fue la canción que, incluso antes de completar un primer álbum, dió comienzo a esta historia, e incluso originó el nombre del grupo, ya que "Die glocke" (la campana) es un poema del dramaturgo alemán Friedrich Schiller. Intentando inventar una nueva música electrónica, estos dos artistas fundaron el sello Zeitgeist y publicaron con ese mismo título su primer disco en 1999, con un éxito que no se hizo esperar. El inicio es atrayente, con una voz sugerente como surgida de un método para aprender alemán, algo que va a convertirse en un clásico en los discos de Schiller. "Der anfang" nos plantea un viaje que parece más relajante de lo que realmente va a acabar resultando, si bien el planteamiento del siguiente corte, "Glück und erfüllung", con su ritmo percusivo constante y notas alargadas evocativas de guitarra, de carácter desértico, invita a cerrar los ojos y dejarse llevar hacia otros territorios. Ante las atmósferas presentadas, indudablemente viene a la cabeza el grupo Enigma, impresión que se ve reforzada con la voz de presentación, el teclado simulando una flauta y la entrada de la percusión. Es en "Liebesschmerz" -segundo sencillo del trabajo- donde las intenciones se aclaran, los espíritus se abren al movimiento y el ritmo de las nuevas tendencias de baile electrónicas domina la mayor parte de esta impresionante primera obra del dúo, una verdadera demostración de que tecno, world music y new age pueden conjuntarse con éxito y acallar el eterno dilema de las fronteras de lo viejo y lo nuevo, lo antiguo y lo moderno, lo acústico y lo electrónico. Huyendo además de las facilidades, coexisten en el disco pasajes abstractos, ambientales ("Freiheit", en el que sonidos naturales y un teclado más relajante preceden a un bucle percusivo que vuelve a recordar claramente al que Enigma utilizó en su impactante primer trabajo, influencia a la que hay que unir el sonido aflautado, étnico, del teclado que marca la pieza) con momentos destinados a la cultura de club: tras la mencionada "Liebesschmerz" y una hipnótica muestra de sampleo de una voz melodiosa junto a una melodía movida, con atrevidos cambios de orientación y fondo machacón que no llega a molestar, de título "Das unbekannte reich", comienza la parte estrella del álbum, englobada en la tendencia discotequera que se respira desde el principio y que aquí encuentra su Everest, en especial con el primer sencillo del álbum, el mítico "Das glockenspiel". Enmascarada en las nuevas tendencias, "Körperbewegung" es una pieza delicada y romántica, más cercana a Robert Miles que a Paul Oakenfold, en un tono general impetuoso, pero siempre elegante. "Ruhe" -tercer sencillo- es otro de los temas estrella, conducido por un marcado bajo y notas repetitivas de guitarra (interpretados ambos por Thissy Thiers, curiosamente un antiguo colaborador de Michael Cretu, es decir, Enigma) que juegan con dos tipos de voces de acompañamiento, masculina y femenina. En este sentido, y aunque se escuchen interesantes voces, el trabajo es mayoritariamente instrumental, no así los álbumes posteriores, que incorporarán numerosos vocalistas invitados como Kim Sanders, Maya Saban, Sarah Brightman, Moya Brennan o incluso ana Torroja, que también había colaborado unos años antes con otro dúo de interesante interacción étnico-electrónica como Deep Forest.

"Zeitgeist" inaugura un particular mundo de magia en movimiento, de ritmo impulsado por las nuevas tendencias, el afán tecnológico que, bien encauzado, también puede decir mucho y atraer no sólo por el movimiento que inspira sino por lo que contiene, el encanto de la buena música de baile. Dejando aparte la música, es destacable lo cuidado de la presentación y diseño gráfico de toda la discografía de Schiller, cuyas portadas se basan siempre en pictogramas, lo cual no sólo los hace interesantes estilísticamente sino además fácilmente distinguibles. El pictograma seleccionado en "Zeitgeist" es un reloj (zeit en alemán significa tiempo), holográfico en algunas de las ediciones del álbum, que por lo general son numerosas. Por ejemplo, "Zeitgeist" podía encontrarse en su edición simple, doble (con un segundo CD de música non-stop titulado "Chill out mix") o triple (en una edición de Singapur con video-clips), y además dos años después se comercializó por parte de Radikal Records la edición norteamericana, con traducción de los títulos de las canciones y título general "Spirit of the age". Tras un segundo trabajo de título "Weltreise" el grupo se rompió, quedándose con el nombre de Schiller Christopher von Deylen, un tipo sencillo y discreto a pesar de ser, musicalmente hablando, una gran estrella. Desde Berlín continúa con esta propuesta que a pesar de su estética algo más dura de lo habitual para las nuevas músicas, tiene puntos en común dignos de ser escuchados y, por qué no, disfrutados.





17.7.11

SCOTT COSSU:
"Wind dance"

Gran parte de los aficionados a la música del sello Windham Hill recordarán con admiración los nombres de Will Ackerman, Alex de Grassi, George Winston o Michael Hedges, entre muchos otros. No serán tantos los seguidores de un pianista llamado Scott Cossu, un músico al que la mala suerte le visitó cuando, en el momento más álgido de su carrera, con sus discos cobrando importancia en el mundillo de la new age y el smooth jazz, buenas críticas y una gira mundial preparada, sufrió un lamentable accidente, un coche le atropelló en Los Angeles y sólo la cercanía a un centro médico salvó su vida tras un traumatismo craneoencefálico grave. Tras varios años de lucha, incluso con una cierta pérdida de memoria, al final Scott Cossu logró una maravillosa rehabilitación y continuó con su carrera, o más bien tuvo que labrarse un nuevo comienzo, en especial cuando la venta de Windham Hill le hizo acomodarse -tras un pequeño paso por Miramar- en el sello de Portland Alula Records.

Años antes, Cossu había recogido sus influencias en un trabajo titulado "Still moments", un disco íntimo para sus amigos y familiares que acabó publicado en 1980 por el sello de Seattle Music is Medicine (subsello de First American Records), que tuvo una calurosa acogida en la costa oeste y le hizo ser requerido para una buena cantidad de conciertos. Will Ackerman conoció a Cossu durante un evento en la universidad de Washington, y enseguida le propuso unirse a Windham Hill, lo que ocurrió el mismo día que también firmó el guitarrista Michael Hedges. Sin embargo fue el otro gran pianista de la compañía, George Winston, el que hizo buenas migas con Cossu, tanto como para realizar alguna gira juntos, e incluso para que solicitara producir el primer álbum de Scott para Windham Hill, el que supuso el disco número 16 de la compañía y que llevaba por título "Wind dance". 1981 fue su año de publicación, y enseguida se convirtió no sólo en una grata sorpresa sino incluso en un pequeño clásico, por su frescura, colorido y júbilo, con una importante base de un jazz muy ligero y melodioso, en combinación con pequeños rítmos étnicos, folkies y una lógica -por su formación- influencia clásica. El ingeniero de sonido iba a ser un Russell Bond que colaboraría años después en los mejores trabajos de Chris Spheeris. Al ser tan cercano a la etiqueta 'new age', nos encontramos ante un disco fácil de escuchar y muy agradable, compuesto en su mayoría por solos de piano, si bien el primer corte del disco, "Jamaica", es una rítmica y subyugante composición de inspiración caribeña, donde la base del atrayente piano se conjuga con la guitarra de Alex de Grassi y una interesante percusión de ida y venida, a cargo de Michael spiro y Paul Dunn, para conformar otra de las canciones emblema de Windham Hill. El chelo de Dan Reiter es el otro instrumento invitado, por ejemplo su quejido acompaña al piano en "Freija", una pieza más intimista, menos agradecida pero muy sentida, un alto en el camino que se sale por un momento del espíritu vitalista del resto del trabajo, esa alegría que se muestra también en la conjunción de instrumentos que lo culmina bajo el título de "Wind dance", piano, chelo y percusión en un entorno jovial y distendido, bailando con el viento cálido de tierras tropicales, una pieza bien construida en la que el chelo reclama momentos más tranquilos en una emocionante pugna con el piano rítmico. Es el colofón a un álbum sobresaliente y fácil de seguir en el que, como ya se ha dicho, predominan los solos de piano: "Demeter - Rejoicing" es una espléndida muestra en dos partes bien diferenciadas, pues tras un comienzo más bucólico, a los dos minutos torna en un pequeño remolino rítmico de fácil asimilación por su semejanza con el estilo de George Winston, en una tierra de nadie lejos de etiquetas. Y sin solución de continuidad, otro enorme clásico del autor y de la compañía, "Kinsa", un solo de piano de aparente complicación por su ritmo frenético, lo que consolida la enorme capacidad del Cossu intérprete. Más sencillos y calmados se presentan las dos composiciones restantes, en cierto modo románticas ("Purple mountain"), incluso cargadas de una cierta espiritualidad ("Almost like heaven"), para una sensación general cálida y acogedora, en aboluto neutra, más bien de un especial regocijo a lo largo de su escaso minutaje, lo cual no le impide recoger varios cortes de cierta enjundia, incluso algunos de ellos ejemplos ilustrativos de la new age más cercana al smooth jazz, el mismo estilo que siguió cultivando en sus próximas entregas, como un "Islands" publicado tres años después que contenía su gran éxito "Oristano sojourn".

Will Ackerman y Anne Robinson aseguraban que la música que editaban en Windham Hill era la que les gustaría escuchar en el salón de su casa. Su buen gusto, que ha perdurado durante décadas, era notable, y el nombre de Scott Cossu fue de los destacados en esa primera época de la compañía californiana. Gran nadador además de excepcional pianista, este músico que lucía en la fotografría de contraportada una frondosa melena y bigote, también aporta a sus composiciones un cierto tono divertido, hasta el punto de llamar a su música 'Heavy mental' o 'National Geographic cósmico'. Y aunque su carrera ha continuado por derroteros de reconocimiento, da que pensar que si aquel desafortunado accidente no hubiera cortado su progresión, tal vez estuviéramos hablando de otro mito de Windham Hill, a la altura de George Winston. No en vano, ahí estaban las comparaciones con Keith Jarrett y algunas críticas entusiastas que definían a este pianista de Ohio como "una de las luminarias del jazz del futuro". Vale la pena, con discos como "Wind dance", comprobar si tenían razón.