Mostrando entradas con la etiqueta Relajación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relajación. Mostrar todas las entradas

21.2.26

SHEILA CHANDRA:
"Weaving my Ancestor's Voices"

Nacida en Londres de padres indios, y tras una breve experiencia como actriz en la serie Grange Hill, la cantante Sheila Chandra fue durante muchos años un referente en la incorporación de elementos asiáticos a la música pop occidental, tanto en la banda Monsoon que fundó a los 16 años junto a Steve Coe y Martin Smith, como en su trabajo en solitario en el sello Indipop del propio Coe, y posteriormente en Real World Records. "Ever so Lonely" fue el gran éxito de Monsoon en su único álbum, "Third Eye", en 1982, y esa emblemática canción ha sido adaptada con posterioridad por Sheila, por ejemplo en el trabajo que nos ocupa, "Weaving my Ancestor's Voices". Con su enfoque indio, esta interprete que durante su adolescencia cantaba como una forma de catarsis, ha sido calificada como una pionera en su campo de actuación, abriendo sus propios caminos, experimentando en ocasiones en facetas sonoras y vocales (generalmente buscando la experiencia de sus cantos en solitario) que trasladaban al oyente muy lejos, no sólo al subcontinente indio sino incluso a mundos de fantasía, por ejemplo a las tierras imaginadas por J.R.R. Tolkien, tras la participación de Chandra en el tema "Breath of Life", de la banda sonora de "The Two Towers", la segunda película de la trilogía de "The Lord of the Rings".

La música de Sheila Chandra se define así en su web oficial: "Fusión mundial con influencia asiática. Voz fuertemente melódica y elaborada, a menudo sin letra, que comienza en el pop y evoluciona álbum tras álbum, pasando por voces solistas y drones basados en la fusión, hasta paisajes sonoros más vanguardistas y laterales." Tras la experiencia de Monsoon, y su final debido a discrepancias con la discográfica, que se centraba en la faceta lucrativa de los sencillos y no en la capacidad puramente creativa de la banda, "Out of my Own" fue su debut en solitario en 1984, y tabla, sitar y voces se unían a elementos occidentales. Sin sencillos, fue la decisión de Sheila y su productor y también pareja, Steve Coe. Más atmosférico es "Quiet", su segunda referencia, toda una experiencia en la frontera de lo relajante, lo étnico y lo místico. En este oleaje de sensaciones, "The Struggle" vuelve a la fusión asiática más comercial en 1985 (una época donde no existía el término world music) para retornar cinco años después a una espiritualidad muy india en "Roots and Wings", un entusiasta viaje entre pasado y presente, un gran disco de conexión entre mundos, no sólo físicos sino también espirituales. Es en este momento cuando aparece Peter Gabriel, que ficha a la prometedora cantante para los festivales WOMAD y para Real World, que publicó en 1992 "Weaving my Ancestor's Voices", sólo sabiendo, en un gesto de honestidad, que su trabajo iba a ser respetado y protegido: "Considero mis álbumes como entidades vivas, como personalidades con pleno derecho. Así que no voy a quedarme de brazos cruzados y dejar que algo tan inocente e indefenso como mis grabaciones salga a la luz y sea manipulado para despojarlo de todo su potencial sólo por ganar dinero." Este disco es la confirmación del trabajo pausado de unos músicos con miras avanzadas, con una elegante capacidad para incorporar las raíces indias en otras latitudes, en otros folclores que no tienen nada que ver con el origen de la firmante y principal protagonista del disco. Ella incorpora el elemento más chocante del mismo, una asombrosa y portentosa manera de cantar a cappella sílabas rítmicas, un estilo de 'percusión hablada' conocida como Konnakol (en el sur de la India) o Bol (en el norte), que ya había aparecido en sus discos pero de manera más controlada. "Speaking In Tongues I" es ese sorprendente comienzo del álbum, en él la voz es la de un súcubo que pretende no dejarnos marchar, y a pesar de la extrañeza que produce, lo consigue, es difícil detener la escucha de esas sílabas relacionadas con la tabla y el mrdingam (o mridangam, un instrumento indio de percusión de madera), que se inspiran en los patrones rítmicos de la danza del sur de la India, portándose la vocalista como una canalizadora de lo divino. Más adelante llegará "Speaking In Tongues II", intentando innovar con esa técnica y sus cambios de ritmo. El trabajo continúa sin acompañamiento musical pero en un estilo muy distinto al anterior, ya que escuchamos una hermosa canción, "Dhyana and Donalogue", que recuerda a ciertos modos gaélicos. En efecto, se trata de una antigua balada irlandesa a la que Sheila añade una estrofa nueva, modifica algunas letras y ejecuta algún giro propio, especialmente al final de la pieza; el estilo vocal ajeno a la tradición irlandesa, pero sin modificar el sentimiento que conlleva la canción, hace pensar lo siguiente a la cantante: "La incorporación de una voz de estilo musulmán en la pieza nos deja preguntándonos dónde empiezan y terminan los adornos de cada tradición." Es este un campo difícil, el de la aparición de ciertas semejanzas, no sólo melódicas sino de adornos vocales, en culturas y tradiciones musicales geográficamente muy separadas, lo que nos hace pensar en tiempos muy antiguos en los que las fronteras no eran tales. A Sheila le interesa entrelazar esas similitudes y asimilarlas en un estilo propio. La situación es incluso más emocionante en el siguiente tema, la nana escrita por Manuel de Falla "The Dreaming", cantada en español, a la que por la pasión desplegada en su interpretación se le perdona cualquier atisbo de diferencia con cualquier posible cantante patria. La base instrumental es claramente sobre escalas indias, y el tema acaba tarareado con la esencia folclórica de sus raíces. Llega entonces "Ever so Lonely", la gran canción del disco y de la carrera de Sheila Chandra, de hecho una de las grandes canciones étnicas de su época, la demostración de la clase de esta exótica vocalista. Este tema proviene de su época en Monsoon, aunque en aquel disco el acabado era mucho más indio (con el sonido del sitar como estandarte), para centrarse aquí en un tratamiento más atmosférico muy acertado, que une en un mismo raga (o serie de tonos) a los versos de otro tema de Monsoon, "Eyes" (de Martin Smith), y de la nueva composición de Steve Coe "Ocean", haciendo que esta completa canción se acabe titulando "Ever So Lonely / Eyes / Ocean". En nuevos cantos transglobales, "The Enchantment" retorna al folclore británico a través de un fondo instrumental que es siempre hermosamente simple junto a la evocadora voz oriental, "The Call" es una tonada islámica, muy cercana de nuevo a lo andaluz, a modo de los muecines que llaman a la oración desde los minaretes, y "Sacred Stones" acude a la liturgia de la iglesia católica, ejecutando una fusión rompedora y maravillosa de lo indio con el canto gregoriano. "Bhajan" significa himno, y se basa en el zumbido de la guitarra (interpretada por Stuart Bruce) que acompaña a la canción. Como última pieza de este gran disco, "Om Namaha Shiva" es un canto antiguo, un mantra repetitivo y sólo con voz, con el que ella pretende que esta música se comparta, que todos participemos en estos versos. En efecto, es necesario entrar en el juego de esta gran artista y disfrutar de esta sorprendente unificación de estilos ("la fusión de diferentes músicas en una misma línea vocal"), con o sin música, que permitían a la cantante actuar sola con su voz en el escenario, motivo por el cual este trabajo goza de una extraordinaria sencillez, ya que el material está pensado para utilizar únicamente la voz y algún drone (o nota pedal, una técnica donde una nota o acorde se sostiene constantemente como fondo, creando una base armónica, atmosférica y meditativa): "A veces mi propia espera consciente y activa en una actuación se ve recompensada con una sensación increíble. Es como si una influencia externa me hubiera penetrado, el sonido se canaliza por mi cuerpo como una flauta y no hay sensación en mi garganta."

Esa misma garganta otrora afortunada, sufrió desde 2009 muy malas sensaciones, dolores derivados de una enfermedad llamada glosodinia o síndrome de la boca ardiente, caracterizada por por ardor, escozor o picor en la cavidad bucal, especialmente en la lengua, que (junto a otras cicatrices en las cuerdas vocales derivadas de una mala intubación durante una operación de emergencia en 1992) obligaron a esta excepcional cantante a retirarse de la vida musical, para dedicarse a una labor de asesoramiento a artistas, o a escribir libros de autoayuda como "Banish Clutter Forever" ('Desterrar el desorden para siempre') o "Organizing your Creative Career" ('Cómo organizar tu carrera creativa'). Cuando su garganta estaba en plenas condiciones, demostró una fabulosa capacidad de adaptación a canciones de otros folclores, partiendo de una misma línea vocal, en discos como este debut en Real World, "Weaving my Ancestor's Voices", sobre el cual Sheila declaró: "Los ancestros de este álbum son espirituales: esos cantantes que me precedieron y me inspiran. Curiosamente, ningún miembro de mi familia en la India era cantante profesional y, aunque en esa cultura la gente cantaba con más libertad en la vida cotidiana, ¡los ancestros aquí no podían ser genéticos!" Esa es la explicación del título de este álbum producido por Steve Coe, tras el cual llegarían en Real World "The Zen Kiss" (1994) y "ABoneCroneDrone" (1996), así como importantes colaboraciones, como con el grupo The Imagined Village, o la aparición en recopilatorios, destacando "Gifted (Women Of The World)", que no sólo incluía un remix de "Ever so Lonely / Eyes / Ocean" sino una fabulosa versión de la canción de Tim Buckley "Song to The Siren".












20.3.25

STEPHAN MICUS:
"To the Rising Moon"

En estos tiempos de odio, guerras y conflictos (en cualquier tiempo y lugar, realmente, así es la condición humana), qué bonito y relajante resulta escuchar sonidos como los que nos propone Stephan Micus, un embajador de la paz y de la concordia en el más injusto anonimato, a través de una música propia, de un sonido que propone la comunión entre las tradiciones de oriente y occidente, y que lleva ofreciendo desde los años setenta a todo el que quiera escucharlo. Cada álbum de Stephan Micus es una osadía instrumental, una investigación en las músicas de muchos rincones del mundo que demuestran el amor de este alemán por los sonidos puros que emanan de instrumentos tradicionales. "To the Rising Moon", grabado de 2021 a 2023 pero publicado en 2024, hace su disco número 26 para ECM, compañía en la que se mantiene con una extraña fidelidad mutua, un caso extraño en la música de las últimas décadas. Hay sin duda razones para ello, principalmente que cada trabajo firmado por Stephan Micus es un ejemplo de búsqueda, de entrega, de pleno disfrute, y aun precedido por una serie de títulos de enorme relevancia, "To the Rising Moon" es posiblemente una de sus mejores obras, la culminación de un modo de vida y de trabajo. Es necesario encontrar un instante de serenidad en nuestro ajetreo diario para dejarse llevar por la placentera serenidad de este álbum.

El tiple es una especie de guitarra o vihuela colombiana de doce cuerdas metálicas, que Stephan utiliza con especial protagonismo en este trabajo (por primera vez en su discografía), por ejemplo por partida doble en la pieza que lo abre, "To the Rising Sun", casi como una danza medieval (aunque con un toque indio) de fabulosa melodiosidad, sencilla pero poderosa, un tema con una capacidad melódica como pocas veces se le ha visto a este autor, que demuestra aquí que hace en cada disco lo que quiere según su momento y sus necesidades. Lo mismo sucede más adelante en "Unexpected Joy", otra especie de danza entre griega y medieval con dos tiples, que vuelve a conectar de algún modo con lo popular, y "To the Lilies in the Fields" (un nuevo paseo mediterráneo, extrañamente con dos tiples colombianos, de nuevo), mientras que en "The Silver Fan" suena un único tiple, por lo que el tema parece más personal y solitario. En otro de los temas destacados, "In Your Eyes", son tres los tiples ejecutando una base instrumental nuevamente con aires griegos, junto a la voz del músico, un elemento poderoso que suele utilizar como pequeñas oraciones en sus discos, a modo de un trovador étnico. "Para mí, el tiple tiene la cualidad de la luz, de algo brillante (...) Las piezas de tiple tienen una energía muy positiva", comenta Stephan, que combina en esta obra las piezas que utilizan el tiple con las que atrapan la esencia de otros instrumentos del mundo. Así, la poética y penetrante melodía de "Dream Within Dream" se nutre de la seriedad de una cuerda de arco, la de seis dirubas indias superpuestas, cuyo sonido profundo ("siempre tiendo a preferir los sonidos más graves", confiesa) se ubica entre el violonchelo y el violín. También son tres los sattar chinos (otro instrumento de cuerda frotada) presentes en "The Veil", donde dos planos distintos de cuerdas desarrollan una nueva melodía emocionante, plena de romanticismo, con un sonido algo más oriental, como una leyenda abierta a otras corrientes unificadoras, por ejemplo junto a tres arpas de mesa en "The Flame", un instrumento que retorna a la obra de Micus junto al sattar, dos tipos de cuerdas, pulsada y frotada, creando un ambiente casi eclesiástico, aunque el músico advertía en algún momento de su carrera: "Hay palabras con las que creo que hay que tener mucho cuidado, como meditación, religión, etc, porque cada persona tiene su propio significado asignado a cada una de ellas. Me resulta difícil hablar de ello, porque hay muchas posibilidades de que mis palabras sean malinterpretadas. No soy miembro de ninguna religión, iglesia o secta, aunque respeto a aquellas personas que buscan de verdad algo dentro de sí, una vida más auténtica y más sensible respecto a ellos mismos y al exterior (...) No importa el encuadre, sino la pureza que tenga la persona, su sinceridad, la honestidad". También está presente en el disco el sapeh malayo, que aunque sea habitualmente de cuerda pulsada, aquí lo utiliza arqueado, concretamente en "Embracing Mysteries", junto de nuevo a la diruba y a la voz, que se une al misterioso quejido de las cuerdas de una manera un tanto aflamencada. Por último, dos son los cortes con muchos instrumentos implicados: "Waiting for the Nightingale" es una excitante canción viajera por el mundo con voces dobladas y un fondo ceremonial compuesto por cinco sattar chinos, dos dirubas indias, tres flautas camboyanas y dos cítaras de Baviera, una especie de oración con algo de pagano en la que las gráciles flautas complementan la seriedad de las cuerdas. Otra gran composición en la parte intermedia de un disco que culmina con la pieza que le da título, "To the Rising Moon", un final crepuscular, un encantamiento lleno de detalles que flota hacia la luna creciente, con una gran variedad instrumental de cuerdas pulsadas (dos tiples), cuerdas frotadas (dos sattar y una diruba) y el viento (dos ney, una flauta egipcia), sobre el que la publicidad de ECM escribía así: "Es solo en la última canción, 'To the Rising Moon', que los dos mundos del tiple punteado y las cuerdas frotadas finalmente se unen. Es como un himno a algo que está eternamente allá arriba en el cielo nocturno, algo constante mientras hay tanta turbulencia en el mundo de abajo". 

Lo extraño de la portada de "To the Rising Moon" no permite aventurarse en la temática del trabajo (poca información porta el libreto del álbum, salvo la fotografía de un paisaje nevado), el autor se deja llevar por sus inspiraciones pasajeras y seguramente, dado el título, por el influjo de la luna creciente. Tras una serie de discos tan extraordinarios como "Nomad Songs", "Inland Sea", "White Night" o "Winter's End", con "Thunder" como una última obra algo más ambiental, este disco vuelve a sorprender al panorama de las músicas del mundo, pero es que después de más de 50 años dedicado a la música hay que constatar que prácticamente cualquier disco de Stephan Micus es recomendable, todos contienen las vivencias de un alma musical pura, sólo hay que dejarse llevar y disfrutar de los sonidos mundanos. Ahora bien, es cierto que cada oyente, personalmente, encuentra sus instantes gozosos, sus discos favoritos, en determinados planteamientos del músico. Esta subjetividad traslada las dudas razonables al que tiene que aconsejar, así como la vasta discografía de este alemán nómada ofusca al crítico de turno. Al final el consejo más lógico es escuchar todas y cada una de las obras de Stephan Micus y quedarse con las que más llenen el espíritu. Cuidado, pueden ser todas.

ANTERIORES CRÍTICAS RELACIONADAS:

14.1.25

PETER KATER & R. CARLOS NAKAI:
"Natives"

Pianista nacido en Alemania y criado en los Estados Unidos, Peter Kater es una de las figuras más relevantes de la música new age con elementos folclóricos y de jazz. Fue en Nueva Jersey donde comenzó a tomar clases de piano a los siete años, y una década después se llevó su conocimiento y su mochila de viaje por todo el país, tocando en cafeterías y restaurantes a cambio de propinas y comida. Instalado en Boulder, Colorado, y con inspiraciones tan vitales como las de Paul Winter, Keith Jarrett o Ralph Towner, Peter Kater lanzó en 1983 "Spirit", un primer disco de piano solo algo bisoño, entre influencias clásicas, jazz, románticas o de un folk cercano al de George Winston, como en el caso del tema que lo titula, "Spirit". A pesar del auge de la new age y del apoyo de nombres tan importantes como el actor Robert Redford, Peter quiso encontrar su camino entre desarrollos centrados en el mundo del jazz, así llegaron sus siguientes obras, "Coming Home" o "Two Hearts", discos con los que el artista iba ganando experiencia mientras saltaba de compañías de discos. Algo más interesante, por su elaboración de bellos paisajes y atmósferas, es su retorno al piano solo en "Anthem", siempre en clave de jazz pero con una mayor seguridad. Con su fichaje por Silver Wave Records llega una etapa interesante, la inspiración alcanza unos cauces más naturales y su smooth jazz abandona el alto componente rítmico para adaptarse a la música instrumental para adultos que imperaba a finales de los 80. "The Fool and the Hummingbird" es su interesante debut en esa compañía que le vio crecer definitivamente, y en la que, tras un disco de villancicos a piano solo -luego llegarán más, también con otra instrumentación- y un "Gatheway" demasiado urbano (bastante más interesante en su faceta de conjunto de jazz es su posterior "Moments, Dreams and Visions", banda sonora del documental 'Greenpeace: Greatest Hits'), comenzó su idilio con los indios nativos americanos en el disco "Homage", prácticamente en el cambio de década.

De ascendencia ute y navajo, Raymond Carlos Nakai es un consumado intérprete de flauta nativo americana que lleva desde comienzos de los años 80 publicando su música en el sello Canyon Records, comercializada generalmente como new age aunque se trate de una muestra viva del folclore autóctono de su país. Cómo llegaron a fundirse ese folclore y el jazz lo contaba así Peter Kater: "Allá por el año 1987, estaba de compras en una tienda del suroeste. Nunca había oído hablar de Carlos, pero compré uno de sus casetes para regalárselo a un amigo como regalo de cumpleaños. Le gustó tanto el casete que me envió una copia. Empecé a tocarlo al piano y luego llamé a R. Carlos y le dije: 'Oye, creo que esto suena muy bien. ¿Quieres probar algo?'. Estaba dispuesto a hacerlo y eso me llevó al trabajo que he hecho con él". En "Homage", un buen trabajo de 1989, hay una primera colaboración en la canción "Shaman's Call", pero fue en 1990 cuando ambos músicos pusieron en práctica su fusión de conceptos en el álbum "Natives", publicado por Silver Wave Records, sobre el que Kater comentó: "Nací en una familia alemana en Múnich, a unas 5.000 millas del lugar de nacimiento de Carlos, en el suroeste de Estados Unidos. Pero cuando él y yo entramos al estudio y comenzamos a tocar, todos los kilómetros que nos separaban, todas nuestras divisiones tradicionales y culturales, desaparecieron. Parecía que a través de nuestra música empezábamos a recordar nuestro origen común, nuestro terreno común. Que todos somos 'nativos' de la Tierra". No se trata este de un trabajo poblado exclusivamente por cantos rituales, ni por danzas del fuego, este disco no es sino una colaboración improvisada, de tú a tú, entre dos ciudadanos del mundo y dos grandes músicos, el pianista proveniente del jazz y de la new age, y el indio nativo que encandila con su flauta al estilo tradicional. El piano marca el camino de cada pieza, y el espíritu de la flauta aporta la sensibilidad nativa, de tal manera que la combinación de los esfuerzos de ambos músicos otorga un resultado verdaderamente reconfortante. Una hermosa portada, aunque de difícil definición, nos recibe, y este texto en el interior nos aclara las intenciones de los artistas: 'Este álbum es una exploración y expresión improvisada de las siete direcciones. Fue grabado digitalmente, en vivo, directamente en cinta, sin sobregrabaciones ni remezclas'. La flauta comienza en "Centering" como una llamada a la naturaleza, a la que enseguida se une el piano, hermanados ambos en una causa común. El diálogo es verdaderamente hermoso, como si estos dos músicos hubieran estado llamados a encontrarse, su pureza se disfruta a cada minuto. En la bellísima "East" el piano comienza somnoliento, sus notas despiertan a una flauta que suena como un cachorro de coyote. La voz se une, con una adusta pero ardiente gravedad, para desarrollar una clara conciencia ecológica. "South" es otra pieza hermosa, plena de coloristas florituras, para una pareja que parecen haber estado tocando juntos toda la vida. Más o menos largas, el tiempo no parece pasar por este río de notas puras, más ambiental en unos temas ("Day Sky - Night Sky"), algo más melódico en otros como "West", una de las más primorosas improvisaciones de este trabajo, o como en la despedida del mismo, "Within (Recentering)". Entre medio, en "North", el piano parece animarse recobrando antiguas andanzas de Peter en el mundo del jazz, si bien la flauta emerge de sus entrañas para regresar a la calma desértica. Además, "Earth" es una emotiva plegaria para la Madre Tierra, como las dos oraciones que acompañan el disco, la Oración del Este (hacia el sol, que es luz, calor y vida) y la Oración del Oeste ('Llevo dentro de mí el poder de la creación, pero aquellas cosas sobre las que no tengo control me permitirán ver más allá de mi lamentable yo y volverme verdaderamente uno con toda la vida aquí en mi hogar. Volveré a ser Uno con mi poder y veré todo lo que soy'). Silver Wave lo anunciaba así en su publicidad: "Tras su lanzamiento, Natives permaneció en la lista New Age de Billboard durante casi un año, allanando el camino para el renacimiento actual de la flauta nativa. Una vez más, la música es totalmente improvisada, con las melodías románticas de Kater y los grupos de acordes gruesos de la mano izquierda en el piano de cola, lo que proporciona un entorno fértil para los vuelos de improvisación de Nakai. Y aunque Kater es un impresionante estilista del piano, este es claramente el espectáculo de Nakai; los tonos frágiles de su silbato de hueso de águila y su canto medido con el acompañamiento de un sonajero de tortuga algonquina siempre llevan la música a un plano superior". Efectivamente, además de su inconfundible flauta nativo americana, Nakai incorporaba en el disco las voces, el silbato de hueso de águila, la flauta hawaiana de nariz y algunas percusiones.

Parte de los beneficios de "Natives" iban destinados al Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, responsable de coordinar las respuestas a los problemas ambientales. De hecho Kater, que se iba a embarcar ese año 1990 en una gran gira organizada por dicho Programa, fue galardonado con el Premio al Liderazgo Ambiental de las Naciones Unidas. Él afirma en su página web que "al grabar con Nakai, sentí que me estaba embarcando en una pequeña indulgencia 'personal', desviándome temporalmente de mi próspera carrera en el jazz contemporáneo convencional". Para su sorpresa, las grabaciones con R. Carlos Nakai se volvieron incluso más populares que las suyas de jazz en solitario, alcanzando unas ventas generosas y una necesidad de crecimiento en lo que Peter denomina música curativa, de sanación y transformación personal. "Natives" fue el primer trabajo íntegro de colaboración entre Peter Kater y R. Carlos Nakai, pero sus caminos se han vuelto a encontrar en muchas otras ocasiones, álbumes como "Migration", "Honorable Sky" (ambos con la ayuda de más instrumentación) o la banda sonora del documental "How the West Was Lost", donde los pueblos nativos americanos narraban la pérdida paulatina de su territorio durante la segunda mitad del siglo XIX. 








8.4.24

PAUL HORN:
"Inside"

"Hay otros mundos, pero están en este", es una conocida frase del poeta francés Paul Éluard, una de esas sentencias que últimamente se han encargado de hacernos llegar a nuestros sentidos en diversos medios, libros o documentales. El rescate de esta máxima no es baladí, y le va cono anillo al dedo a ciertas músicas instrumentales que, bien asentadas en nuestro mundo, pretenden alcanzar una espiritualidad divina o incluso conectar con otras dimensiones sonoras, cercanas o lejanas, quién sabe. Paul Horn es uno de los baluartes de esas músicas esotéricas que enseguida fueron asociadas con la llegada de la era de acuario. Nacido en Nueva York, desde muy joven aprendió a tocar piano, clarinete, flauta y saxo alto, y se buscó la vida en el mundo del jazz, en el que se curtió durante varias décadas y alcanzó todos sus objetivos. En 1961 afirmaba en una entrevista que quería experimentar más y encontrar nuevas vías de expresión, por ejemplo en las escalas orientales, así que tras una separación matrimonial que le dejó muy confuso mentalmente, descubrió la meditación trascendental del Maharishi Mahesh Yogi (con el que se convirtió en maestro de meditación en su ashram) y viajó a la India, donde grabó con Ravi Shankar. El 25 de abril de 1968 se adentró en el más popular de los mausoleos de Agra, el Taj Mahal, y perpetró el primer volumen de una serie de discos en los que penetraba en lugares mágicos únicamente con sus instrumentos, y grababa lo que le dictaban la mente y el corazón: "Inside".

El sello estadounidense Epic Records publicó "Inside" en 1968, pero la portada inicial no incluía la fotografía del Taj Mahal que sí aparecía en versiones posteriores (en las de Kuckuck de 1983) como reclamo de espiritualidad new age, y con el título modificado a "Inside the Taj Mahal", sino que contaba únicamente con la efigie de Paul y las letras rodeando uno de sus ojos, como si el secreto de esta espiritualidad estuviera en viajar hacia el interior, pues como él mismo decía: "yo soy sólo un canal para esa música que fluye a través de mí". Oriente estaba de moda, los Beatles acababan de llegar a la India, pero Epic no trataba de aprovecharse de esa situación en la cubierta de la obra. Horn ya había visitado el Taj Mahal en varias ocasiones: "La majestuosidad del lugar asombra la imaginación y la atmósfera silenciosa en todo el recinto hace que el alma comience a brillar profundamente en su interior", afirmaba. El músico continuaba en las notas interiores del álbum contando lo excepcional de la acústica de la cúpula de mármol, lo que demostraba cada día un hombre del personal del mausoleo (descendiente de la familia que hizo los trabajos de incrustación de piedras semipreciosas que adornan toda la estructura) que cada varios minutos lanzaba una 'llamada vocal', que es la que se escucha al comienzo del disco. "Nunca escuché algo tan hermoso, cada tono quedó suspendido en el espacio durante 28 segundos, la acústica es perfecta", relataba Horn, que en una de sus visitas al lugar tocó delante de varios turistas embelesados. Fue en su siguiente llegada cuando consiguió, en la última hora de visita y en una atmósfera nocturna perfecta y tranquila, tocar su flauta dorada durante una hora, delante de numerosos y enormes mosquitos, de Earl Barton, John Archer (técnico de sonido que grabó la sesión), Sankar (un niño indio de catorce años que había conocido en el Himalaya y le servía de recadero) y el guardia del mausoleo, que parecía realmente complacido de lo que escuchaba en ese lugar sagrado, tanto que permitió a la comitiva continuar grabando tras la hora de cierre. "Inside" no se trata únicamente de un músico improvisando de manera aburrida, hay que sentir la conexión del hombre y el instrumento con la espiritualidad, con la fuerza terrenal que emana de un lugar mágico. Horn se deja llevar por lo insólito del enclave, y él y su flauta se funden con los elementos, con la atmósfera, con el mármol. Vale la pena dejarse atrapar por la increíble resonancia: "Podía tocar acordes enteros y volvían sonando como un coro de ángeles". "Prologue / Inside", con la introducción vocal del guarda original, es un bello diálogo con el silencio, respetuoso pero distendido. Parece que la conexión sea con la propia naturaleza, como más adelante hará otro vital músico e intérprete de vientos como Paul Winter. Los temas en los que Horn declama un canto sin palabras son los que encierran una mayor espiritualidad, pequeñas oraciones como "Mantra I / Meditation" o "Vibrations", mientras que en otras ocasiones aparece el idioma autóctono en la voz de un amigo cercano del guarda (tal y como lo recuerda Horn en las notas del álbum), como en "Jumna" o en la hermosa "Unity", título proveniente de la conexión entre esas dos personas tan distintas: "La música es realmente ese lenguaje universal que une el espíritu de la humanidad". Además de lo puramente espiritual, Horn acude a veces a terrenos fantasiosos. El viento continúa fundiéndose con el entorno con diferentes melodiosidades y trinos en "Mumtaz Mahal", "Agra" (el único tema en el que suena uno de los mosquitos que asediaron a Horn, concretamente en el segundo 42) o "Akasha". El tramo final del disco continúa con la improvisación del viento en "Shah Jahan" y en el tema de cierre, "Ustad Isa / Mantra III", con una conversación intercalada entre el salmo y el viento, titulada "Mantra II / Duality". Los temas de este "Inside" no son fácilmente distinguibles, no hay melodías, no hay un hit, vocal o instrumental, que apoye al disco, pero no los necesita, es simplemente una muestra de música improvisada para la relajación en un lugar mágico de esos a los que hay que acudir al menos una vez en la vida. Y aunque Horn fuera hasta unos años antes y realmente durante toda su carrera un músico de jazz de cámara, o eso afirmaba, no le importaba que su música meditativa fuera conocida como new age, en esa época en la que el término todavía era puro: "Yo no sé qué es la música new age, pero soy yo, y Kitaro, y Constance Demby, y Suzanne Ciani, y mucha gente distinta con un modo diferente de hacer música. Supongo que es un nuevo tipo de fusión (...) La palabra clave para la música del futuro es fusión, fusión, fusión". A diferencia de la mayoría de los músicos, que graban en estudios o en conciertos, Horn hizo álbumes en los lugares más exóticos imaginables, y sus discos 'inside' incluyen, además del Taj Mahal, la gran pirámide de Keops ("Inside the Great Pyramid"), la catedral de Vilnius en Lituania ("Inside the Cathedral"), el Valle de los Monumentos junto a R. Carlos Nakai ("Inside Monument Valley"), un par de temas en el Templo del Cielo de Pekín (incluidos en el álbum "China") o un regreso al Taj Mahal en 1990 titulado "Inside the Taj Mahal II".

"Un sueño sin estrellas es un sueño olvidado" es otra recordada frase de Paul Éluard. Cuando salían del Taj Mahal, y a la débil luz de las estrellas, Paul Horn pensaba que ese sueño que había conseguido desarrollar junto a su instrumento aquella noche de 1968 jamás se olvidaría, gracias a la colaboración de los guardias del mausoleo y a la grabación que llevaban bajo el brazo. Recordando así mismo las viejas y apasionantes hazañas escritas por el viajero Richard Halliburton, algunas de ellas en aquel mismo enclave donde pasó una noche escondido y se bañó en su piscina de alabastro, el músico divagó: "No pude evitar sentir que en ese momento, unos 45 años después, ¡había hecho algo aún más especial!". Que no se haya olvidado tantos años después, lo demuestra. La experiencia de este músico que falleció en 2014 a los 84 años, su buen hacer e implicación con la meditación y la espiritualidad, y sus ojos de apertura hacia la música de la nueva era, posibilitaron la publicación de un trabajo pionero en su concepto, con un aura de leyenda, que siempre se ha considerado como un clásico de la new age, que abrió un nuevo y apasionante camino por el que han circulado posteriormente muchos otros músicos, entre los que se podrían destacar nombres como Deuter, Paul Winter, Terry Oldfield, Luis Paniagua o especialmente, por vías más étnicas, Stephan Micus.










7.10.22

DEUTER:
"Call of the Unknown"

Las dos primeras décadas de la obra musical del artista alemán Georg Deuter, fueron de una clase extraordinaria, entrando siempre en el terreno, en muchas ocasiones denostado o al menos poco tenido en cuenta, de la espiritualidad y la ecología. El término new age no siempre fue un muestrario de calidad, y los muchos músicos simplones o compañías fútiles que quisieron aprovechar la bonanza de los grandes años del género, hicieron mucho daño al término. El público exigente o bien informado supo encontrar, sin embargo, la excelencia en unos sonidos naturales, sencillos y bien construidos, provenientes de una serie de artistas que sentaron las bases de una música instrumental destinada tanto a disfrutar de bellas melodías como a relajar el cuerpo y la mente. Entre estos pioneros de la auténtica new age se encontraba Deuter, que encontró acomodo en la compañía alemana Kuckuck, y en su fundador, Eckart Rahn, un aliado para difundir a los cuatro vientos su mensaje de paz y amor.

Rahn cuenta en varias entrevistas que en noviembre de 1974, Deutsche Grammophon rescindió el contrato de distribución con Kuckuck sin previo aviso, lo que le dejó absolutamente perdido. Deuter acudió a él en el verano de 1976 con su disco "Celebration" y le sugirió que hiciera él mismo la distribución. Con la modesta cifra de 500 copias en LP con portadas de poco coste, el plástico cobró noriedad tras la recomendación de un programa navideño de televisión, momento en que los distribuidores regresaron y aceptaron las propuestas de la compañía, esa música que iba a cobrar gran notoriedad con la denominación new age. Así, tras fichajes como los de Kitaro o Paul Horn, Kuckuck se convirtió en un sello millonario. Continuando con la trayectoria de Deuter, el calmado "Haleakala" fue su siguiente paso, mejorado en "Ecstasy", que retoma la línea musical pacífica de "Celebration", muy floreada y relajante, aunque la sonoridad de los teclados favorece la aparición de algunos ambientes trascendentales primarios que muy pronto deslumbrarán en su música, convenientemente desarrollados. Ya en la década de los 80 llegó un paso adelante, pues "Silence Is the Answer" es caso aparte, una gran obra tanto si se busca melodía, ambiente, relajación o profundidad. Muy animado y placentero, "Cicada" es otro buen trabajo del alemán, que a estas alturas era ya un artista muy reconocido en el panorama de esa new age en alza, y que continuó su trayectoria con "Nirvana Road", melódico y espiritual a partes iguales, con un buen número de animadas tonadas orientalizadas que aseguran una estupenda conexión con el espíritu. Basado en los trabajos antes mencionados y en el anterior y muy meditativo "Aum" (1972), Kuckuck publicó en 1986 una gran compilación de este gran músico con el título de "Call of the Unknown (Selected Pieces 1972-1986)", 17 temas en un doble LP que acabó contando con dos ediciones diferentes en su edición en CD, una sencilla recortada a 13 temas y la más completa con los 17 en dos compact discs. Todos los cortes pertenecen a los discos antes mencionados excepto los dos primeros, nuevas composiciones grabadas ese mismo año 1986 en Santa Fe (Nuevo Mexico). "Starchild" es la primera de ellas, pieza de comienzo relajante a la que se acaba añadiendo movimiento con intensas notas de teclado sobre la melodía aflautada; "Peru le Peru" es la segunda, más melódica, adentrándose su autor en el tipo de sonidos característicos del folclore andino. Buen título el del álbum, esa llamada a lo desconocido que se personifica en esa misma composición, "Call of the Unknown", que parece como un viaje fuera del propio cuerpo. Siempre se echan de menos determinados títulos, pero la compilación expone las facetas musicales de Georg Deuter de manera clara y variada, desde la serenidad melódica de "Sky Beyond Clouds" o "Pacifica" hasta la profundidad de "Alchemy", "Solitary Bird" o "Back to a Planet". Dentro de una variedad siempre cercana a lo meditativo, no faltan pasajes más interiores, relajantes ("Cathedral", "Silence is the Answer", "Haleakala Mystery"), ambientes con sonidos naturales ("Aum") o por el contrario momentos terrenales, danzarines ("From Here to Here", "The High Road"), pero ante todo hay que saber disfrutar de todas esas vertientes, que en el fondo revelan las mismas intenciones pacíficas y espirituales. 

Georg Deuter continuó su relación contractual con Kuckuck hasta 1992, con álbumes tan atractivos como "Land of Enchantment" (plagado de melodías muy disfrutables, relajantes por lo general, que acabó incluyendo además el tema "Peru le Peru", aquí todavía inédito) y especialmente "Henon", un trabajo muy completo y elaborado. New Earth Records ha sido desde entonces el destino de este veterano multiinstrumentista (guitarras, bouzouki, banjo, sitar, flautas, piano, violonchelo, viola de gamba o una gran gama de percusiones étnicas son algunos de los instrumentos que interpreta en sus discos), pionero reconocido de la música new age, que continúa explorando en una agradable diversidad de sonidos relajantes que nos ayudan a disfrutar de la calma de la naturaleza desde cualquier lugar donde le escuchemos. Recopilaciones como "Call of the Unknown" son perfectas para entrar en su mundo y dejarse llevar.

ANTERIORES CRÍTICAS RELACIONADAS:









27.8.22

LUIS PANIAGUA:
"Árbol de cenizas"

Harto de la descatalogación de sus trabajos, aunque haya que afirmar acerca de muchos de ellos que están más allá del tiempo y de las modas, el músico madrileño Luis Paniagua creó Silentium Records en 1999 para, además, obtener unos beneficios que siempre acababa acaparando la discográfica de turno. Varias fueron las que publicaron sus discos en los comienzos de su trayectoria, entre ellas algunas tan ilustres como Grabaciones Accidentales o RTVE Música, y más específicas de estilos 'selectos' como Hyades Arts o NO-CD Rekords, compañía donostiarra que publicó "Árbol de cenizas" en el año 1994, en esa década de locura, expansión y finalmente hartazgo, de las conocidas como nuevas músicas. Los trabajos de Luis se adherieron a esa filosofía, y discos como este se beneficiaron de esa moda, pero por supuesto también del gran momento de su creador, que compuso esta música para un espectáculo de danza y la grabó y produjo durante el mes de abril de ese año 1994 en Pallarès de Baix, la masía de Luis en Olius (Lleida).

La Compañía Ferroviaria de Danza de Paco Maciá fue la responsable de este 'Árbol de cenizas', un trío de tres hombres (Juan Antonio Saorín, Diego Leiva y el propio Paco Maciá) que acudieron a Luis Paniagua para la musicalización del espectáculo: "Toda la música de este disco está compuesta desde la danza. Unos bailarines me invitaron a hacer la música para un espectáculo. Nos pusimos a trabajar, pero de repente los presupuestos de la compañía se rebajaron. Pasaron cuatro o cinco meses de no tener contacto otra vez, pero un día me llamaron con un poco de urgencia para acabarlo. Todo el disco, excepto un trocito pequeño, fue prácticamente compuesto y grabado en quince días. En ese tiempo me estaba cambiando de casa, y fue fregar un suelo donde iba a meter el estudio, extender una cama, y meterme quince días a grabarlo. Tenía un video, de manera que podía verles a ellos para recordar momentos". Música y danza hermanados y compaginados a la perfección. Utilizando para su grabación sitar, dilruba, ud, teclados, chirimías, tubófonos, cuenco, cántaros, teja, rascadores, semillas y cañas, la música para 'Árbol de cenizas' es maravillosa en su faceta reflexiva, sorprendente en la rítmica, siempre agradable. Y especialmente recordado es el comienzo del disco, la pieza que le da título: en "Árbol de cenizas", algo hasta entonces desconocido e inerte cobra vida y ocupa íntegramente el tiempo y el espacio. Ritmo, armonía y melodía son un todo perfecto, las notas transportan a lugares lejanos, pero la atmósfera hace que el viaje sea relajante y reparador. Inolvidable, esta pieza es uno de los grandes ejemplos de la capacidad de Luis Paniagua para crear una especie de personales mantras que engancharon al público de la new age y le acarrearon una gran popularidad en los años 90, gracias especialmente a lo exótico de ese pausado sitar superpuesto aquí a unos teclados igual de relajantes que las cuerdas. El conjunto ni aburre ni empalaga, más bien se desarrolla con encanto, fluyendo con soltura a lo largo de 8 minutos memorables, y la melodía de las cuerdas de origen indio aporta la fuerza necesaria al conjunto para lograr una pieza única. Al escuchar el resto del disco, se puede comprobar que, si bien no llega al nivel del corte inicial, no decepciona en absoluto. En "Homo Sapiens" algo tan simple como un viento juguetón (un tubófono) y un ritmo cíclico se bastan, con una pequeña ayuda final, para detener el tiempo durante siete relajantes minutos de ambiente primitivo, asociado sin duda, en un éxtasis repetitivo, al movimiento corporal de los actores de la compañía. También tranquila pero mas melódica y animada es "En marcha hacia el sol", en la que música y danza se convierten en un todo, elementos unidos que logran una bella comunión, aunque la música pueda vivir como una expresión en solitario, concretamente una suave melodía aflautada que torna aguerrida y se mantiene altiva y firme, algo minimalista, durante los 8 minutos que dura la pieza. "Vuela, vuela" vuelve a la vertiente meditativa, y cuenta con el regreso del sitar, ausente en los dos cortes anteriores, accediendo así a un nuevo océano de espiritualidad basado en esas cuerdas tan idílicas y un suave ambiente de teclados. Al contrario que la anterior, "La oportunidad disfrazada" comienza de manera épica, con un belicoso riff de cuerdas sobre el que se asienta una sencilla sucesión de notas de teclado, más cuerdas y posterior viento, estilo minimalista que recuerda poderosamente al Wim Mertens de la época, pero con una resolución muy personal del madrileño. "De lo mundano, lo sacro y lo divino" culmina el disco recuperando sensaciones pacificas y meditativas, con la melodía de "Árbol de cenizas" algo más pausada, y con gran importancia de armonías meditativas de voces y percusiones, entre otros instrumentos, aunque echando de menos la presencia del sitar. Así, combinando los cortes movidos con los relajantes, este final es de nuevo una invitación a la paz, que Luis recordaba así: "Hay una parte muy tranquila, que tiene voz con mucha reverberación. Cuando lo hice, lo grabé en casa y dije 'jo, esto es muy fuerte'. Sonaba como si yo fuera un budista, o un gurú, y me dije 'pero si es precioso y me gusta muchísimo, ¿por qué no incluirlo?'".

Luis Paniagua se nutrió de influencias en su infancia y juventud, la música clásica de su padre, la música antigua de su hermano mayor, Gregorio, las músicas orientales que estudió en la India... El cóctel originó una manera de expresión única y asombrosa, no exenta de evoluciones, y nos envuelve en su obra de una serenidad mágica, espiritualizando melodías y armonías tan cercanas a nosotros por lo hispano del autor como lejanas por la integración del sitar y de ritmos orientales en las mismas. Luis supo moverse con valentía y profesionalidad en el mundo de la música espiritual con detalles étnicos, dedicación con la que ha logrado reconocimientos y una interesante discografía, que en algún momento se detuvo en el mundo del teatro (adaptaciones del `Salomé' de Oscar Wilde, 'Peer Gynt' de Henry Ibsen, 'La isla del tesoro' de R. L. Stevenson, así como otras de Federico García Lorca o Calderón de la Barca), del cine ('Amaneció de golpe', de Carlos Azpúrua, y numerosos documentales) y de la danza, trabajando con varias compañías y coreógrafos, entre los que destacó la Compañía Ferroviaria de Danza de Paco Maciá, y su espectáculo 'Árbol de cenizas', una obra variada y suntuosa, donde la mayoría de las piezas alcanzan un nivel superior de relajación. No importa la definición, música étnica, músicas del mundo, música espiritual, nuevas músicas ancestrales, sólo son palabras, lo importante es saber degustar e interactuar con las atmósferas bienintencionadas de este buscador de la paz y de la belleza.

ANTERIORES CRÍTICAS RELACIONADAS:







21.7.22

BILL DOUGLAS:
"Deep Peace"

Aparte de un compositor sensible y luminoso, el canadiense Bill Douglas ha sido un artista polifacético durante toda su carrera, larga trayectoria en la cual ha estudiado y cultivado desde la música clásica hasta el rock, con grandes intereses también en otros campos, especialmente en el del jazz. No es de extrañar que en sus obras se conjuguen numerosos estilos, aunque derivaran con el tiempo en una eficaz y muy agradable reunión de músicas antigua, ambiental, celta, coral o new age, y que su fama en el creciente panorama de las conocidas como nuevas músicas cobrara un especial auge desde finales de los años 80, cuando Stephen Hill le dio la impagable oportunidad de publicar sus discos en solitario en la populosa compañía norteamericana Hearts of Space Records.

Bill Douglas llegó a hacerse muy popular en los años 90, también en una España que acogió favorablemente su estillo. Si el público buscaba naturalidad y espiritualidad en un entorno acústico con teclados y vientos, ahí estaban "Jewel Lake" y "Cantilena", dos obras de una magistral melodiosidad, plagadas de poesía, publicadas en un sello que, como Hearts of Space, estaba más dedicado a lo espacial que a lo terrenal. Pocos años después, para complementar sus nuevas composiciones, Bill decidió contar con la ayuda de los Ars Nova Singers, un reconocido conjunto coral de Colorado que iba a aparecer en varios de los discos del músico canadiense. "La voz humana es el instrumento más perfecto y expresivo que existe", decía Bill, y fue en "Deep Peace" en 1996 cuando esta eficaz colaboración explotó definitivamente, un trabajo para Hearts of Space que tradujo y distribuyó en España Resistencia. Inspirado por la poesía y la naturaleza, Bill Douglas afirmaba que su música era una combinación de alegría y tristeza, y que "como budista, una de las filosofías que seguimos con respecto al arte es crear para transmitir, y lo que queremos es que las gente esté contenta con aquella música que le hace sentir y recrear en su mente diferentes lugares y sentimientos". La entrada, con el tema principal del disco, es excepcional. "Deep Peace" es una bendición tradicional gaélica que proviene de su primer disco, "Jewel Lake", para el que grabó una primera versión, que regaló a su padre por su 71 cumpleaños. Tanto le gustó que en vida se convirtió en la pieza favorita de su hijo, y fue interpretada en su funeral. No es de extrañar la obsesión de Bill por esta hermosa canción, que cuenta aquí con esta versión coral, y que incluso titula el álbum. Profundamente navideño, "Flow Gently, Sweet Afton" no necesita más que de una introducción y final de piano para dar el punto al coro a cappella, que consigue un resultado perfecto con la letra de Robert Burns. A continuación, un característico clarinete (instrumento importante en la carrera de Bill, a través de su amigo Richard Stoltzman) da comienzo a "Piping Down the Valleys Wild", pero en vez de dialogar con el piano, surge de nuevo el coro para cantar este poema de William Blake, uno de sus poetas favoritos, que repite en esta obra en el muy religioso "O Earth, O Earth, Return" y en otra pieza que puede recordar a un villancico, "The Voices of Children". "The Wandering Moon" o "The Secret Forest" son dos hermosos instrumentales basados en piano y clarinete, que hacen la escucha más amena, mientras que en "The Hills of Glencar" hay una mayor musicalidad y el coro es un instrumento más. Otros célebres poetas que hacen su aparición en el disco son William Butler Yeats ("Red Rose, Sad Rose") o Alfred Graves ("Irish Lullaby"), mientras que el encanto instrumental continúa también con el aspecto medieval de "Return to Inishmore" o "Evening Star", antes de que el trabajo concluya con el inevitable "Deep Peace (Reprise)". La voz reviste de imponente seriedad la obra de un músico hasta entonces prioritariamente instrumental como Bill Douglas. cuyo trabajo anterior, "Circle of moons", estába inspirado por la música celta con un tratamiento clásico. Su primer tema, "Heaven in a Wild Flower, fue una muestra celestial de música coral (William Blake y los Ars Nova Singers, como precedente) qué gozó de un cierto éxito que le condujo hacia este delicioso "Deep Peace": "La espiritualidad y lo que encuentro en la poesía de William Blake es la inocencia infantil, que es lo que intento encontrar a la hora de crear mi música. El sentimiento puro". Su predilección por el Renacimiento, además, hace que el resultado de su escucha sea de una fabulosa calma envuelta en un velo atemporal.

En la familia de Bill Douglas había importantes antecedentes musicales que sin duda le condujeron a comenzar su próspera carrera musical. Su padre tocaba el trombón en una banda y su madre el órgano en la iglesia, pero a él le cautivó desde pequeño, sin embargo, el rock de mitos como Elvis Presley o como Jerry Lee Lewis. Es difícil de entender el cambio experimentado por su música décadas después, salvo comprendiendo que lo que mueve definitivamente a este fantástico personaje es el verdadero amor por la música, amor que seguirá profesando hasta que el cuerpo le permita, porque ya entrado en la ochentena continúa publicando discos, seguramente por satisfacción propia y ganas de seguir compartiendo su extraordinario talento.

ANTERIORES CRÍTICAS RELACIONADAS:





25.2.22

TIM WHEATER:
"Heart Land"

Aunque los primeros pasos del flautista inglés Tim Wheater en el mundo de la música parecían ir encaminados en el mundo del pop, ayudando a que ciertas bandas como Bronsky Beat y Eurythmics engalanaran su sonido con la presencia de los vientos, este artista se dio cuenta en un determinado momento de que no era ese el camino que quería recorrer. De repente, Tim se vio envuelto en una vorágine de calmada inspiración que le llevó hasta el camino de su carrera futura, lo que él definió en su momento como música curativa. Compositor curtido, reconocido y de extrema sensibilidad, Wheater también podía haber seguido los pasos de su maestro James Galway en el campo folclórico, incluso en el clásico (también estudió con Peter Lloyd, Marcel Moyse o Roger Bourdin), pero el camino de la relajación entró de lleno en su vida, y él lo vio como una oportunidad única: "La música es algo que viene de una fuerza más grande que nosotros -decía-, esa fuerza que gobierna las leyes de la naturaleza y nuestros destinos y que le hace ser por tanto algo sagrado".

Tim Wheater tomó la decisión de cambiar de golpe el rumbo de su carrera, como él dice, sin saber bien por qué, cuando algunos psicólogos estadounidenses escucharon su new age primeriza y le convencieron de que ayudaba a la gente a relajarse y facilitaba la concentración en sus sesiones. La 'curación' llegó después, cuando Tim ahondó en los principios de vibración de los cuerpos y de estimulación del sistema nervioso central: "Todo vibra en el universo, nuestro propio cuerpo lo hace continuamente, la vibración nos rodea como un aura alrededor nuestro... y la vibración es sonido, o sea, que a través suyo yo puedo actuar sobre todo eso". Así nacieron "Awakenings" ("una notable grabación de música de flauta que trasciende todos los límites musicales para conjurar una atmósfera de total armonía", rezaba la publicidad de New World, que lo publicó en 1985 ampliando y mejorando un proyecto publicado en 1977) y "A Calmer Panorama" en 1986, una atmósfera pacífica bastante definitoria de una calma sin posibilidad de interrupción. Wheater busca la naturalidad en su música, el correr del agua, los pájaros, o la interactuación con ballenas en "Whalesong" (un testimonio sonoro de la armonía oceánica), y con ciertas dosis de romanticismo, especialmente en sus trabajos a dúo con Michael Hoppé, con el punto álgido de "The Yearning: Romances for Alto Flute". Wheater continuó publicando también en solitario, como el eficaz "Green Dream" en 1989. Y en 1995, publicado por Almo Sounds (con una conveniente edición traducida al español en 1997 por parte del sello Resistencia), llegó un paso adelante en sus pretensiones titulado "Heart Land". La vida es un largo viaje. Hay ocasiones en las que la literatura utiliza la metáfora del viaje como reflejo de la propia vida, pero también en la música podemos encontrar algún resquicio de esa comparación. Y asociado a una cuarteta de Nostradamus, este disco evoca un viaje del 'guerrero' al reino del amor, a la 'Tierra del corazón'. Dividido en cuatro movimientos, "Heart Land" es un poderoso oratorio que combina la flauta y otros instrumentos como la guitarra flamenca, la trompa o tambores étnicos con una completa orquesta sintetizada y numerosas voces masculinas y femeninas en un rango operístico, ya que el origen de la obra era una grabación simple de cantos armónicos, que acabó provocando este vendaval sinfónico. Tim Wheater no es solamente flautista, él es un eficaz percusionista, cómo se plasma en el disco, donde además toca el armonio e interpreta algunas voces. La flauta, sin embargo, presenta ciertas conexiones mediúmnicas en las que este artista cree profundamente, y la magia brota y se expande en el ambiente cuando se conectan los espíritus del instrumento y del intérprete. Puede llegar a ser algo religioso, pero la religión podría ser cualquiera que esté dominada por la paz, lo importante es esa espiritualidad tan natural que hace de su obra un refugio pacífico con intenciones relajantes y curativas. La obra consta de cuatro movimientos: "1st Movement - The Warrior's Return" ('El retorno del guerrero') es un bello y reflexivo canto interior que, tras su comienzo tarareado, introduce voces operísticas y folclóricas, excitantes por momentos, a lo largo de 25 minutos, prácticamente la mitad de la obra. Es una especie de acertado crossover que engloba varias disciplinas. La flauta es la compañía melódica y verdadera conductora del poema, la guitarra también aporta su belleza y la percusión marca la bravura de la historia. Tanto por duración como por tratamiento, "2nd Movement - The Warrior's Prayer" ('La oración del guerrero') posee estructura de canción que se adentra en un terreno más propio del pop o de un crossover radiable. Su melodiosidad es indudable, las interpretaciones enamoran, y no falta el interesante interludio de viento. "3rd Movement - The Inner Battle" ('La batalla interior') presenta un comienzo enérgico, con las graves voces y la cadencia de violines que hablan de esa batalla interior reflejada en el título. Para finalizar, "4th Movement - In Love's Domain" ('En los dominios del amor') es un largo y acertado pasaje calmado de gran duración, trece disfrutables minutos. No está solo Tim Wheater en este proyecto, David Lord compone junto a él la música, Stuart Wilde los textos, y entre las voces destaca poderosamente la de la soprano Sarah Leonard, mientras que Robert Powell ejerce de narrador. La producción corre a cago de David Lord y Tim Wheater.

"Heart Land" es una obra hermosa y muy trabajada, con gran utilización de las voces, un trabajo de difícil definición y clasificación, por sus diversos caminos entre la relajación, el poema épico, el crossover operístico y la propia new age. Durante sus más de 50 minutos, Tim Wheater nos acompaña por territorios de gran bravura basados en un espectacular uso de las voces, coprotagonista de la historia junto a los vientos de este profundo artista. Sus composiciones suelen estar construidas con tejidos cálidos, y lo mismo obedecen a inspiraciones rítmicas, bastante terrenales, que a ensoñaciones de la mente del autor, algo mas atmosféricas. "Heart Land" es una rareza en su producción, más dispuesta a la relajación o a una instrumentalidad presa de pequeños destellos rítmicos, por lo que constituye una celebrada sorpresa entre la mucha buena música que a mediados de los 90 se movía por los terrenos de las nuevas músicas, flotando entre lo culto, lo étnico y lo meditativo. "Que se recuerde a quienes partieron y despierten los que duermen, que compartan los soñadores una única visión y los sabios el misterio. Que, unidos, tengamos fuerza y paz en los tiempos venideros".

ANTERIORES CRÍTICAS RELACIONADAS:

19.4.21

STEPHAN MICUS:
"Athos"

Los viajes musicales de Stephan Micus no tienen nada que ver con los que impone la actualidad, lo que la industria dicta que se tiene que escuchar, que pinchar o que fusionar. La música de este artista de espíritu nómada está, además, muy influida por el paisaje, muy unida al esplendor de los grandes espacios abiertos que visita en sus devenires vitales. Este trotamundos alemán nunca decepciona a cada nuevo paso de su trayectoria, logrando continuamente trabajos de una extraordinaria cohesión y fortaleza espiritual, y aunque constituya la piedra base de su existencia musical (sin que él mismo pueda explicar realmente por qué), no siempre es oriente el destino elegido en su imaginario interior, ni siquiera África, otro continente libre en el que gusta de explorar y de cuyas gentes, decía, los occidentales deberíamos realizar un ejercicio de aprendizaje. Sin ir más lejos, Mallorca es su lugar de residencia habitual, y tanto él como su compañía de discos son alemanes, pero el viaje que nos proponía en 1994, como siempre fiel a ECM Records, era a una montaña y península griegas, un enclave religioso lleno de monasterios ortodoxos llamado Monte Athos, conocido también en griego como Agion Oros, 'Montaña Sagrada'.

En la mitología griega, Athos es el nombre de uno de los gigantes que se enfrentó a los dioses durante la batalla conocida como Gigantomachia. Lejos sin embargo de la bravía de la lucha o del furor que despertaba la mítica contienda entre dioses y gigantes, el "Athos" de Stephan Micus está poseído por el sentimiento espiritual de la montaña, y continúa explorando su eterna capacidad de conectar mundos, de unir culturas, de fundirlas con su benigna música en una sola. Y también con su voz: "A mi particularmente no me interesan los idiomas, apenas es posible decir la verdad con ellos. Con la música, sin embargo, uno puede aproximarse mucho". Sin idiomas, pero con voces, con la universalidad de la voz tarareada, la propia garganta de Stephan duplicada un sinnúmero de veces. Y es que la naturalidad no exige la huida de la tecnología, siempre que no la altere: "No es difícil apreciar los matices de experimentación y vanguardia que yo aporto a cada cosa que hago", dijo el maestro. La historia de este disco comienza en uno de los continuos peregrinajes de Stephan, una visita de tres días a la montaña, en la que experimentó un rico contacto con la liturgia ortodoxa griega, originando uno de sus discos más introspectivos: "Hice el primero de mis numerosos viajes allí en 1988 y me quedé durante tres días y tres noches. Pasé las noches en los monasterios y participé en la liturgia y la vida de los monjes. Durante los días caminé por el paisaje virgen. Al principio, estos dos mundos parecen ser dos oposiciones irreconciliables. Por un lado los monasterios, que a veces se sienten oscuros, lúgubres y severos, y por otro lado la naturaleza encantadora y serena, llena de luz y color. Más tarde uno se da cuenta de que son dos aspectos de un mismo movimiento que se complementan e intensifican de una manera ideal". Como parte de la enseñanza alemana en la escuela primaria, Stephan estudió flauta, si bien afirma entre risas que "yo era el único niño de mi clase que lo disfrutaba". Muchos años después, fue cautivado por la guitarra española (que estudió durante un tiempo en Granada) y por la flauta que utilizaba Ian Anderson en la banda Jethro Tull, y tras conocer a Ravi Shankar en Munich, viajó a la India para aprender sitar, un instrumento que sólo ha grabado en su época temprana (en los 70) y a partir de 2006. Fascinado especialmente por oriente, no dejó de interesarse por otras culturas, tanto por sus costumbres como por su folclore, hasta el punto de dominar un gran arsenal de instrumentos del mundo, un amplio museo que se pasea por todos los continentes y que intenta desgranar, según sus necesidades, en cada uno de sus trabajos. En "Athos", por ejemplo, utiliza tres tipos de flautas (shakuhachi -japonesa, de bambú-, suling -balinesa, de caña- y nay -de caña, de Oriente Medio-) para reflejar cada uno de los días, dos instrumentos de cuerda (el sattar -de arco, con diez cuerdas, usado por el pueblo turcomano pero resiente en China Uigur- y la cítara bávara) rememorando los caminos de ida y de vuelta, percusiones (macetas) en el segundo día y muchas voces sampleadas, hasta 22, que suenan en cada pieza nocturna del viaje que representa este álbum (de naturaleza gloriosa, tan místicos cantos no requieren acompañamiento instrumental, de hecho nos hablan de los servicios ortodoxos que se celebran entre las 3 y las 4 de la madrugada en el interior de los monasterios, que son un lugar de gratitud y silencio donde no se usan los instrumentos musicales). En muchas ocasiones, Stephan no utiliza títulos concretos para las pistas de sus trabajos, simplemente su numeración, al considerar el trabajo como una historia completa; en "Athos" sucede algo parecido, y este viaje real viene expresado en los títulos como un diario musical que refleja el camino de ida, cada día, cada noche, y el regreso. "On the Way" es ese periplo hacia la montaña, un comienzo muy sentido, de generosa intensidad y alma oracional, que casi expresa dolor. Enseguida llega su voz, una celebración privada a 22 voces, un trabajo ímprobo para un resultado espectacular, emocionante salmo de profundidad insondable titulado "The First Night". Un viento solitario, emocionante flauta shakuhachi, aporta su personalidad en "The First Day", otro corte más celestial que terrenal, como lo es todo el álbum. Posiblemente sea una pieza altamente disfrutable en vivo, más que plasmada en CD, para entender mejor el recogimiento que engendra la soledad del músico y la turbación de los silencios. De nuevo las voces solitarias son las protagonistas en otro alarde oracional que va ganando en fuerza conforme avanza la segunda noche, "The Second Night", si bien el momento más especial del álbum llega a continuación con "The Second Day", genial melodía con esa dulce y melódica flauta balinesa (suling) y tímida percusión, que engendra un instante mundano y esencial, una sencilla parada en el viaje, un divertimento en el que disfrutar del paisaje, del apacible clima o del mero hecho de descansar. Lo inefable de composiciones como ésta invita a guardar silencio y volverla a disfrutar una vez tras otra, si no fuera porque la proposición del bucle eterno no dejaría escuchar otras joyas contenidas en el disco. En "The Third Day" toca el turno de volver a embelesarnos con las cuerdas vocales de Stephan, de nuevo en 22 planos y sin otro acompañamiento, mientras que en "The Third Day" es un nuevo viento, el ney, algo más grave, el que trata de describir las vivencias del viaje que la estancia va acabando. Se antojan entornos polvorientos, soledad y reflexión, y el espíritu es colmado notablemente por la pureza de la música. Para acabar, la siempre hermosa cítara es la base sobre la que flota la melancolía de otra cuerda, el sattar, sublime conjunción que se completa con la entrada de las voces (11 en esta ocasión) en esa eterna banda sonora del caminante que suele ser imaginario leitmotiv del músico alemán, cuya etiqueta más acertada para su música, contestaba en esta época, fuera posiblemente la de músicas del mundo, "la que mejor se ajusta a mi actividad", decía.

Micus plantea, busca y en definitiva defiende la belleza del sonido más simple, la hermosura de esos instrumentos que no han necesitado evolucionar y asemejarse a máquinas (una de sus comparaciones favoritas es la de la flauta shakuhachi -de bambú y con cinco agujeros- con las complejas y frías flautas de concierto europeas) para conectar con lo espiritual, aunque para ello se prescinda de frases complejas, centrándose el artista en ambientes recogidos o notas aisladas pero sencillamente perfectas. La combinación de instrumentos y culturas, más allá de disonar, 'construyen puentes' (uno de los grandes objetivos del músico alemán) y encuentran una afinidad natural al ser tratadas casi como seres humanos por sus manos, en este álbum que rebosa espiritualidad. Stephan Micus traslada la soledad del nómada a la música, plasmando en sus muy personales piezas una realidad inherente de cielos abiertos y tradiciones artesanales, construyendo en muchas ocasiones auténticas oraciones de profundo respeto y mágica intangibilidad, mantras que suelen provenir del contacto con la naturaleza y las gentes, pero que en casos como el de "Athos" tienen un origen realmente religioso, reflejando perfectamente -como en cada uno de sus trabajos- lo que es y los que vive Stephan Micus a cada momento, en este caso un recogimiento profundo en comunión con la 'montaña sagrada' griega, país al que regresará, casi dos décadas después, en el álbum "Panagia".

ANTERIORES CRÍTICAS RELACIONADAS:



13.12.20

STEVE ROACH:
"Dreamtime return"

La de los aborígenes australianos es posiblemente la cultura viva más primitiva del mundo (de hecho, la palabra 'aborigen' significa 'el primero'), de hasta 40.000 años de antigüedad según algunos estudios. Nuestra estúpida capacidad para destruir el planeta ha hecho mella en la humanidad, especialmente en las culturas indígenas, que han ido perdiendo paulatinamente su identidad a la vez que el mundo presuntamente desarrollado, avanzando tecnológicamente a pasos agigantados, se acercaba peligrosamente a su cultura y a su territorio. Conciencia primaria y tecnología no tienen por qué estar, sin embargo, enfrentadas, y así lo han intentado demostrar ciertos artistas con un tipo de sonido que fusiona lo tribal y lo electrónico, donde los sintetizadores se dan la mano con instrumentos primarios, autóctonos. Bien ejecutada, la simbiosis puede resultar excitante, como la que el sintesista estadounidense Steve Roach comenzó a proponer en 1988 en "Dreamtime return", reverenciado álbum concebido en un viaje a Australia, primera piedra de la llegada de la tribalidad a su música ambiental que, tras la influencia de la conocida como 'escuela de Berlín' de la música electrónica (que se dejó ver notablemente en sus primeros trabajos, "Now" y "Traveller"), ya había generado importantes referencias, como "Structures from silence" o "Western spaces" (este último en colaboración con Kevin Braheny y Richard Burmer), distintos enfoques para una música que pocos saben elaborar de una manera tan fascinante como Roach, que mantiene esa inquietud impoluta a pesar del paso del tiempo, ese concepto tan distinto según desde dónde se mire: "Las músicas étnicas reflejan otras formas de percibir el tiempo, las ideas y las costumbres que las sociedades regidas por el reloj, europeas, como la nuestra, han adoptado como verdaderas, ni siquiera existen en las culturas aborígenes tradicionales. Para entender tu propio concepto del tiempo, debes estar dispuesto a profundizar en aquellas áreas de la experiencia humana que normalmente permanecen inconscientes, es decir, oscuras (...) La sensación es como si te quitaran la alfombra de debajo de los pies, y entonces te quedas abandonado contemplando ese inmenso vacío donde los entresijos del tiempo y el espacio son construcciones hechas por el hombre y no verdades absolutas", decía el autor, que llamó a su estudio, precisamente, 'la habitación del tiempo'. 

Fue la llamada del fotógrafo David Stahl la que llevó a Steve Roach a Australia, donde ambos visitaron los lugares emblemáticos de la cultura aborigen, en cuya mitología el 'tiempo del sueño' (o Altjeringa) es el momento de la creación por parte de los seres totémicos espirituales ancestrales. Publicado por Fortuna Records en 1988, "Dreamtime return" explora en esos antiquísimos mitos y, por momentos, Steve Roach se convierte en un folclorista del tiempo y el espacio, este artista se sujeta a una realidad física y sobre ella construye su propia idea de realidad, atrevida y vigorosa. Hay incluso en algunos de estos ambientes ciertas influencias minimalistas (Roach escuchaba a compositores como Philip Glass o Steve Reich) combinadas con las propias de Klaus Schulze, Tangerine Dream y la escuela de Berlín en general. Atmósferas sobrenaturales, sueños del inicio de los tiempos, pueblan el minutaje de "Dreamtime return", doble disco que recoge una enorme energía, como la propia capacidad de crear la vida: "Siento que el proceso de crear esta música es equivalente al del nacimiento de la vida. Crear algo desde la nada, desde el silencio, traer lo inconsciente a la vida diaria". Así, paisajes presuntamente yermos cobran alma por medio de una música regeneradora, creadora de un pulso atávico que conecta la espiritualidad milenaria con los sonidos actuales, un encuentro espiritual difícil de describir. Atrapa la manera de usar percusiones en apariencia arcaicas o un instrumento rudimentario como el didgeridoo junto a paisajes sintéticos, incluso cósmicos, que acaban remitiendo a su vez a una humanidad primitiva, a los instantes del salto evolutivo mas importante, el de la toma de conciencia. Una enorme carga emocional puebla el corte de inicio, una tormenta musical con alto aparataje eléctrico; "Towards the dream" es el título de esta pieza, excitante encuentro de elementos electrónicos y acústicos separados por miles de años. Numerosas capas texturales y acertados cambios de ritmo logran una atmósfera mágica y profunda, en la que los teclados interactúan con la percusión en bucles místicos de rabiosa energía. Es fascinante dejarse atrapar por sonidos que parecen naturales, camuflados, tratados con absoluta delicadeza, para conformar una suerte de trance neoprimitivo, un delirio mental del chamán que previamente ha utilizado los elementos naturales transmitidos de generación en generación para entrar en un nuevo estado de conciencia con el que puede, él lo siente así, volar. Acompañando ese vuelo, estos 7 minutos se consumen como la llama de una cerilla, dejando ganas de más en la audiencia. Esta situación se puede solucionar acudiendo a la regrabación del CD en 2018, pues la duración de una nueva versión ahí recogida de esta pieza alcanza los (tal vez excesivos en esta ocasión) 40 minutos. Vaporosa, planeadora y rotunda es "The continent", otra composición destacada dotada de una magia envolvente muy natural (efectos sonoros de tormenta y percusiones auténticas) que combina dos tendencias, la rítmica y la sedante. Son esas percusiones tribales las que toman todo el protagonismo en "Songline", un rito poco ruidoso, contenido, con sonoridades dignas del inframundo basadas en el didgeridoo del aborigen australiano David Hudson. Más sosegado es "Airtribe meets the dream ghost", un ambiente natural donde una percusión muy suave se alza casi en solitario durante 7 reflexivos minutos de manera muy relajante, aportando más que otros momentos sintéticos a pesar de no contener ni melodía ni estructura. Estas dos piezas estaban compuestas por el sintesista amigo de Roach, Robert Rich. En "A circular ceremony" los modernos teclados se inundan de la magia de un elemento tan sencillo y antiguo como un palo de lluvia, lo actual y lo de hace miles de años se hermanan en una nueva atmósfera placentera que incluye un bucle de voces sirénidas, y un ritmo sincopado que va creciendo en intensidad con su desarrollo, lo que se potencia con una duración superior a los 11 minutos para introducir al oyente en un fresco remolino. Llega entonces otro de esos instantes para perderse en el tiempo, lo que realmente fue un anticipo del álbum dos largos años antes de su publicación, una colaboración entre Roach y Kevin Braheny (que toca el Steiner EWI, un instrumento electrónico de viento de madera) llamada "The other side", que con sus celestiales sonoridades sintetizadas de belleza epatante cercana tanto a dichos vientos como a violines o chelos, mantiene el espíritu relajante del disco, pero añade ese elemento melódico tan preciosista, logrando un efecto cautivador del que es difícil de escapar. El resultado se mueve entre una realidad fantasiosa y un sueño lúcido, trece minutos para dejarse llevar al dreamtime. Aunque parece que estemos introduciéndonos en ambientes similares, cada corte presenta sus características propias, por ejemplo "Magnificent gallery" es otro maravilloso ambiente sereno, oleaje electrónico de acústica burbujeante, aunque con la intranquilidad de la nocturnidad, y en "Truth in passing" notas más definidas, como de piano, se unen a una estructura atmosférica igual de relajante pero que ayuda a romper la linealidad con golpes melódicos al estilo Eno, o emulando las inquietudes neoimpresionistas de Tim Story. "Australian dawn" culmina el disco 1 con un nuevo ambiente profundo pero abierto a los cielos. El segundo CD se abre con "Looking for safety", muy larga composición (aunque depende de la edición puede pasar de los 31 a los 10 minutos), un largo y relajante planeo de carácter puramente atmosférico, sencillo pero intenso y misterioso, mantos de teclados ambientales sin apenas aporte de percusión que, asimilada su repetitiva ligereza, pueden hacer flotar a la mente. Música ambiental de calidad, cuya larga duración posibilita la meditación, incluso estados de trance, y que en la ilógica búsqueda de parecidos podría asemejarse al dos años posterior "Waiting for Cousteau" de Jean Michel Jarre. Es esta la pieza más destacada del disco 2, que se completa con "Through a strong eye" (puro ambiente con fantasmales efectos de sonido en una onda mas cósmica), "The ancient day" (con un poco más de protagonismo del elemento percutivo), "Red twilight with the old ones" (nuevo ambiente natural con canto aborigen) y la celestial "The return". En 2018, el sello Projekt publicó una edición especial remasterizada de esta obra icónica conmemorando su 30 aniversario, aunque la verdadera novedad fue la publicación ese mismo año, por parte de Timeroom Editions (sello creado por el propio Roach), de "Return to the dreamtime", la regrabación en vivo desde el Galactic Center de Tucson (Arizona), de varias de las piezas del álbum original, con duraciones extendidas. Cada una en su terreno, "Towards the dream", "The continent", "A circular ceremony", "The other side", "Magnificent gallery" y "Looking for safety" son composiciones especialmente apabullantes en esta fantástica obra, en la que Steve Roach interpreta sintetizadores analógicos y digitales, secuenciadores, sampler y batería digital, y se hace acompañar puntualmente por Kevin Braheny (Steiner EWI), David Hudson (didjeridu), Chuck Oken Jr (palo de lluvia) y Robert Rich (tambor de calabaza, dumbek). 

Médium de la antigüedad, músico concienciado o artista apasionado por los tiempos remotos, el caso es que la fama de Steve Roach es grande y duradera. Volando por el desierto y por el tiempo, en "Dreamtime return" construye ambientes de todo tipo, más o menos relajantes, con o sin percusiones, adornados de elementos naturales o presas de una profundidad exclusiva de los sintetizadores, de cuya electrónica surgen impulsos primitivos, que parecen conectados con energías telúricas, y es que, decía, "lo 'subterráneo' es una metáfora que representa la morada del inconsciente colectivo y, para mí, es de donde mana la música". La clase de público que accede a su música, su estado físico y anímico, y su disposición a la hora de abordar el disco, es algo a tener en cuenta para saber si las mismas atmósferas, por lo general abstractas, largas y ambientales, aburren o apasionan. La problemática es aún mayor cuando se trata de un disco doble repleto de paisajes atmosféricos que, en una primera escucha, pueden solaparse e indistinguirse totalmente, si bien una vez dentro de su juego y con la mente abierta, es indudable que "Dreamtime return" contiene altas dosis de lirismo electrónico, un hipnotismo neoprimitivo que puede llegar a encandilar durante las más de dos horas que dura la obra, en las que es necesario prestar atención y entrar en el juego del sintesista, y sentirse protagonista de una aventura maravillosa que se ha convertido en un disco innovador y mítico, incluido en varios listados de los mejores discos de la historia.

ANTERIORES CRÍTICAS RELACIONADAS: