30.9.19

WILLIAM ORBIT:
"Strange cargo III"

Sin hacer mucho ruido pero con las dosis necesarias de interés y calidad para fijarnos en él, un extraño cargamento musical aterrizó desde Londres en 1987 y lleva dejando su carga paulatinamente desde entonces. Creada por el entonces poco conocido William Orbit, la saga 'Strange cargo' ha pasado por varios momentos y acercamientos a diversas tendencias electrónicas en sus cinco volúmenes, y aunque cada entrega posea momentos álgidos para el recuerdo, se reivindica unánimemente la tercera, una reconocida -aunque no tan recordada- rara avis, adelantada en el tiempo, fronteriza entre estilos avanzados pero sin desprenderse del poso de cercanía a lo comercial, a ciertas corrientes de la nueva era, que ya poseían -en mayor medida- sus dos precedentes. Publicado en 1993 por Virgin Records y I.R.S. Records (el sello de Miles Copeland, que había publicado las anteriores entregas), "Strange cargo III" gozó de una mayor popularidad y ventas que sus predecesores gracias en parte al tirón de su sencillo principal, el impactante "Water from a vine leaf", aunque Orbit se lamentaba en la época de que no despertara un mayor interés en su propia compañía, cuya promoción no fue todo lo entusiasta que, visto el resultado, debería.

Después de desarrollar multitud de trabajos desde su adolescencia, William Mark Wainwright (antes de ser conocido como William Orbit) se hizo con un puesto de asistente en los estudios Basing Street de Portobello Road, algo que marcaría su carrera futura. Torch Song fue su primer grupo electrónico, en una época en la que él estaba interesado también en la moda y el arte, que era lo que realmente le daba dinero y le permitió construir Guerrilla Studios, también gracias al contrato con IRS Records que les facilitó Miles Copeland, hermano de Stewart, batería de The Police. En los estudios Guerrilla, William comenzó a practicar sus habilidades como productor (por allí pasaron en sus inicios, entre otros, Belinda Carlisle, Etienne Daho, Erasure, Martin Gore, Gary Numan o Sting), y en los 90 fundó una nueva banda de música house, llamada Bassomatic. Mientras tanto fundó Guerrilla Records, y fue en esa época cuando comenzó a desarrollar su proyecto 'Strange Cargo', mientras seguía produciendo a Madonna-su mayor éxito, con el álbum "Ray of light"-, Lenny Kravitz, Prince, Depeche Mode, Peter Gabriel, U2, Britney Spears, Robbie Williams y un largo etcétera. Orbit quería cambiar las reglas del juego, pero paulatinamente y a su modo, a la par lúcido y chocante, y en ocasiones un tanto inocente. "Strange cargo" recogía en 1987 un sonido potente y tecnológico, entre synthpop y disco, música electrónica de baile en definitiva, pero tan orientada a ser bailada como a ser simplemente escuchada ("Fire and mercy" era el más claro ejemplo); otros ambientes plácidos ("Silent signals") y la aparición de bastantes guitarras, que fluctúan entre un sonido cercano al pop-rock, incluso al rock instrumental ("Out of the ice") y otro más new age ("Via caliente"), acababan por conformar un valiente experimento, que continuó en 1990 con "Strange cargo 2", donde destacaban ligeros toques étnicos sobre ritmos urbanos muy bailables (por momentos parece un antecedente del etno-tecno de los Deep Forest, como en "Dark eyed kid"), pero manteniendo la estética de su predecesor, aunque con menos toques new age; tras el único corte de guitarra ("Dia del muerto"), acaba derivando en un experimento atmosférico indefinido. IRS Records se había ocupado de la comercialización de estas dos primeras entregas, pero en 1993, de nuevo con tres años de descanso, apareció en escena Virgin Records para publicar "Strange cargo III". Mezclando los conceptos desarrollados en los dos anteriores, y intentando luchar contra la pérdida de la originalidad (el segundo volumen acababa algo perdido), Orbit concibe aquí el 'Strange cargo' definitivo, un posible precedente del conocido como 'chill out' -si no lo fueron ya los anteriores, con sus momentos ibicencos- por su esencia popera (inclusion de voces) enclavada en un contexto rítmico y ambiental en las dosis precisas, olvidándose casi definitivamente de lo acústico, y en su totalidad de los toques étnicos o de guitarras new age. Y aunque el trabajo en su totalidad sea exultante, es su comienzo, "Water from a vine leaf", su gran acierto, un tema principal pegadizo, bien construido y tremendamente adictivo, en el que aparece también el elemento sorpresa de la voz, en este caso de la que fuera pareja de Orbit, Beth Orton, que se deja ver en el video-clip de la canción. Las voces no habían formado parte de los anteriores 'Strange cargo', pero aquí se iban a ocupar de dar a las composiciones un formato de canciones más radiables que hasta la fecha, con las aportaciones de Baby B., Cleo Torres, Laurie Mayer o la citada Beth Orton. Las reglas del juego dictaban que de la canción principal del álbum se editaran numerosos remixes, y así fue, bajo la supervisión de William. Mientras tanto, se adivinan técnicas de productor exclusivo y refinado, jugando en el estudio con voces, instrumentos y multitud de efectos ("Into the paradise"). Tratamientos elegantes de los que pudieron tomar buena nota futuros rompepistas como Moby ("Time to get wize", con un semi-rapeado triphopero muy atractivo acreditado a Divine Bashim) se unen a propuestas atmosféricas de salón ("Harry flowers", "The monkey king") o estados movidos de innegable clase como "The story of light", donde un comienzo ambiental deviene en una pauta rítmica muy acertada con voz incidental, otro corte decididamente interesante. Orbit elabora, construye, incluye alguna guitarra y voces sensuales junto a ritmos que huyen de lo machacón ("Gringatcho demento", amenizado por voces house), que se unen a algún ambiente extraño en su fase final ("Best friend, paranoia" o "Deus ex machina" -lo que parece una balsa de apariencia new age se abre a otro campo de experimentación, con voces y sonidos como de película-) y un tono general exultante. Aunque no presenta una carga étnica muy evidente, este trabajo viene presentado por una portada exótica, procedente con bastante probabilidad de un viaje en moto que Orbit realizó por el sudeste asiático, Tailandia, Vietnam, Laos y los templos de Angkor en Camboya. En 1993 fue comercializado un VHS que contenía siete video-clips, dirigidos por Simon Hilton, de las canciones más importantes del trabajo, esencialmente la primera parte del mismo. 1996 fue el año elegido para que IRS Records publicara una recopilación de los tres primeros volúmenes de la saga, titulada simplemente "The best of Strange Cargos". No contenía nada esta compilación del volumen IV, titulado "Strange cargo Hinterland", publicado en 1995 por N-Gram Recordings, mientras que "Strange cargo 5" no llegó hasta 2014.  

Grabada en Guerrilla Studios, la parte 3 de 'Strange cargo' es la más homogénea de todas, y puntualmente la más acertada, en las anteriores lo acústico y lo eléctrico se acoplaban rítmicamente, como en un baile minuciosamente planeado, pero la madurez llega definitivamente en esta tercera entrega, donde la electrónica se adueña definitivamente de la situación, e incorpora voces con inusual clase. Tal vez le falte, únicamente, el pegamento que todo lo compacte, pero en su afán avanzado resulta, cuanto menos, fascinante. Orbit parece adelantarse al mencionado Moby, pero sin los característicos y carismáticos samples de aquel ("Into the paradise", "Time to get wize"), y no se olvida de otras construcciones distnguidas en un plan más tranquilo ("Harry flowers") o no tanto ("The story of light"). Los ambientes de esta trilogía inicial de la saga 'Strange cargo' están claramente orientados a la música electrónica de baile, por lo que aún necesitarán una profunda depuración para derivar en el sonido genuino y fantasmagórico con el que Orbit consiguió su mayor éxito, el definitivo "Pieces in a modern style". Sin embargo aparece algún antecedente, como el hermoso comienzo de "A hazy sahde of random" o el tema final, "Water babies", luminoso cierre de este gran album cuyo sonido no se ha quedado desfasado, sino que sigue siendo perfectamente válido décadas después.













2.9.19

TANGERINE DREAM:
"Force majeure"

A finales de los años 70 del pasado siglo, Tangerine Dream eran ya una banda veterana, totalmente curtida en el panorama musical electrónico, si bien necesitaban un cambio en su modelo de trance secuenciado que, por otra parte, tan buenos resultados había ofrecido hasta entonces. Sólo unos pocos años atrás los Tangerine Dream no eran tarareables, incluso difícilmente radiables (al menos en la radio pública y comercial), pero en "Stratosfear" mandaba ya una pauta melódica en desarrollos muy asequibles, más allá de las semi-improvisaciones cósmicas y ambientales, con o sin secuenciador, de obras anteriores. Ese camino iba a tomar un nuevo rumbo en 1979, cuando Virgin Records publicó "Force majeure", un trabajo grabado en Berlín durante siete semanas de ese año. La música electrónica no permite que sus estrellas se estanquen, aunque la evolución técnica y la personal no van siempre de la mano en cuanto a las exigencias cualitativas. En este caso, y después de entrar de lleno en el rock progresivo con un álbum que no se llegó a entender titulado "Cyclone", Edgar Froese y Christopher Franke, con la ayuda de Klaus Krieger y Eduard Meyer, gestaron una obra maestra, de hecho uno de sus álbumes más vendidos y mejor valorados por sus fans de siempre.

A finales de 1977, tras mezclar el álbum en vivo "Encore", Peter Baumann había abandonado Tangerine Dream para centrarse en su carrera en solitario y, poco después, en su aventura con Private Music. Baumann fue valiente, porque se fue en el momento de mayor popularidad de una banda en la que, posiblemente, había demasiadas estrellas. El flautista Steve Joliffe (que había pertenecido brevemente al grupo en 1969) y el batería Klaus Krieger entraron en su lugar y el cuarteto publicó el mencionado "Cyclone", que no fue aceptado demasiado bien por la crítica. La banda renació de sus cenizas, sin embargo, cuando un año después, y tras la nueva marcha de Joliffe, publicó "Force majeure", donde continuaba Krieger a la batería, Ervard Meyer interpretaba un poco destacable violonchelo, y las dos efes se ocupaban del resto de teclados y guitarras, estas últimas a cargo de Froese. Su mujer, Monique, diseñó la portada, tal vez inspirada -como la de "Stratosfear"- en la película "2001: Una odisea del espacio". Poseedor de una innegable fuerza y carisma, su estilo directo -en parte por esa inclusión de batería y potente guitarra- conecta con el sonido de los 80, y en su minutaje no se echa de menos la carga ambiental de trabajos anteriores, agradeciendo totalmente ciertos momentos de ritmo frenético y guitarras agonizantes, en la obra más cercana al rock de la banda naranja. Tras un notable inicio fantasmal y un interludio voluble y vaporoso (un comienzo atractivo pero que no alcanza a vislumbrar por qué caminos va a continuar el trabajo), la obra parece entrar en los derroteros de fuerza y rotundidad por los que va a ser recordada especialmente, merced a teclados, batería y guitarras que introducen un pasaje de pasicodelia electrónica muy asequible. Acto seguido, una atractiva y enérgica melodía, agraciado leitmotiv, acaba por enganchar definitivamente a cualquier indeciso en este tramo temprano del disco, una autentica maravilla, hito de los Dream más comerciales, que raramente no es más recordado por critica y público, suponiendo una cierta injusticia en su larga carrera. Un tren nos recoge y nos conduce despacio, tras una nueva guitarra ambiental y atmósfera onírica, hacia otro pasaje sinfónico de gran belleza (variación del principal) y, sin dejar respirar, a un final movido y abierto, también atractivo. El conjunto de esta suite de 18 minutos titulados igual que el álbum es espectacular, ciertamente redondo. De apariencia más reposada pero sobrada contundencia es la cara B del álbum, con nuevos pasajes repletos de vida que se alejan completamente de la oscuridad de años atrás, como es el caso del segundo corte, "Cloudburst flight", un duelo al sol -el ambiente es cálido y el sonido silbante traslada a ciertos spaghetti western- de teclado y guitarra, una intensa guitarra eléctrica que ruge especialmente en ese segundo corte y en el comienzo del tercero, "Thru metamorphic rocks", anterior a un largo pasaje de ritmo urbano aguerrido, pequeña suite rítmica muy llevadera, últimos coletazos de este aconsejable (aún más, sin duda imprescindible) plástico. Como si fuera algo normal, hubo problemas con los aparatos técnicos -un clásico en la banda- durante la grabación de esta última composición, aunque volvieron a salir airosos no eliminando una extraña distorsión en los instrumentos, de hecho aprovechándola para mantener un tono chocante, misterioso. En el album de 2003 "DM4" hay una versión muy cambiada de este último corte titulada "Meta Morph magic". El preámbulo del disco constituía una intriga que enseguida desarrollaba una historia de enorme intensidad, si bien no se trataba ésta de una de las bandas sonoras de películas que les fueron encargadas desde entonces, tal vez por ese paso hacia lo comercial ('Risky business', 'Thief', 'Legend', 'Firestarter'..); de hecho, y visiblemente satisfechos (no es para menos) de lo conseguido en el album, Froese y Franke rescataron extractos, convenientemente retocados, para los soundtracks de 'Risky business' ("Lana" proviene del corte "Force majeure" y "Guido the killer pimp" de "Cloudburst flight") y 'Thief' ("Igneous" presenta el final de "Thriu metamorphic rocks" remezclado). Virgin Records no supo aprovechar la vis comercial del álbum, publicando únicamente un extraño single promocional con una sola cara impresa, titulado "Excerpts from Force majeure". Publicado en CD desde 1984, una edición remasterizada de 2019 presentaba un cuarto tema, "Chimes and chains", pieza rítmica de intento pegadizo, compuesta y grabada por Christopher Franke en 1979. Aunque la experiencia fue apabullante y el resultado fue de lo más convincente (de hecho, Edgar Froese llamó 'Force majeure' a su autobiografía de 2017), Froese y Franke decidieron prescindir de la batería real en los siguientes discos de Tangerine Dream, por lo que Krieger dejó también el grupo (se fue a tocar con la iguana, Iggy Pop) y entró en el mismo un nuevo teclista, Johannes Schmoelling, que tenía la papeleta de suplir el sonido que antaño desempeñaba Peter Baumann, ahí es nada.

Paisajes oníricos cuyas brumas se abren a paraísos del ritmo, encrucijadas de estilos en las que rebosan mares de rock y electrónica, "Force majeure" es un disco frontera -marcando el final de la que sin duda fue su mejor década- que gozó de lo mejor de la banda alemana, adoptando en mayor medida que en obras anteriores una estética comercial (para esa gozosa época), cercana al producto que podían ofrecer superventas como Mike Oldfield o Jean Michel Jarre. Aun así, tuvieron difícil la aceptación de este nuevo sonido que, realmente, había nacido años atrás, su público de la época oscura les dio la espalda y el nuevo llegaba con dificultad, aunque estableciendo una extraordinaria fidelidad hacia este longevo conjunto. La crítica más feroz les achacó que desde "Stratosfear" los Dream dejaron de estar sumidos en las vanguardias para acabar convirtiendo su música en un producto de consumo fácil. ¿No es acaso la música para consumirla y deleitarse?, ¿no se disfruta también con la esplendorosa sucesión de hits melódicos de este álbum, sin dejar de hacerlo con la oscura ambientalidad de "Phaedra", por ejemplo? Seminal por momentos, de carácter pionero en otros, hay que reivindicar y ponderar en su justa medida el trabajo de esta banda pionera, de tantos altibajos como entradas y salidas de miembros, pero en definitiva espectaculares, adictivos y, especialmente en los 70, verdaderamente míticos.

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