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17.11.21

BRENDAN PERRY:
"Ark"

La esencia de la admirable banda Dead Can Dance está incrustada, con toda lógica, en los trabajos en solitario de sus dos miembros, Lisa Gerrard y Brendan Perry. Es algo inevitable, aunque cada uno tenga su estilo personal, también perfectamente identificable. Concretamente el irlandés, sin desdeñar un tratamiento musical que camina entre el folk y el rock, se deja llevar por la poesía en sus letras, accediendo a terrenos introspectivos que en la mayoría de las ocasiones están poseídos por una bendita locura. El primer trabajo en solitario de este vocalista y multi-intérprete de enorme personalidad fue en 1999 un atrevido desvío, extraño pero placentero, hacia un folk más americano que británico, un disco de título "Eye of the hunter", donde su propia voz intentaba encontrar su sitio y acoplarse al country en piezas tan satisfactorias como "Voyage of Bran". Tuvo que pasar más de una década para que Brendan continuara esa interesante andadura. 

Fue esta una etapa en la que Dead can Dance, aunque sí que se les pudo ver en vivo en 2005, tampoco publicaron obras nuevas, que retornarían con enorme eficacia a partir de 2012. En el listado de canciones de aquella gira había algunos temas nuevos que Brendan utilizó en 2010 para su segundo álbum, "Ark", publicado por la independiente británica Cooking Vinyl, plausible intento de mantener alto el nivel de ambientalidad global de la banda, aunque se note la ausencia del punto étnico de su compañera, por cierto mucho más activa en cuanto a sus discos y colaboraciones, alcanzando una enorme fama gracias a su participación en la banda sonora del film de Ridley Scott 'Gladiator'. La tranquilidad del irlandés le condujo por otros caminos, también admirables, como lo es el impulso creador de Brendan Perry, las atmósferas que sabe crear con cuerdas, teclados y ritmos, transportadoras a épocas lejanas y lugares sagrados. Este Leonard Cohen de lo ignoto comienza el disco con el tono épico de "Babylon", un majestuoso paseo casi apocalíptico con sonidos de metales contundentes en el climax final. "The bogus man" es una canción muy personal, azotada por un oleaje de sutil electrónica. En tercer lugar del álbum aparece "Wintersun", un temazo por los cuatro costados, la voz, los arreglos que combinan lo moderno y lo antiguo, los cambios de ritmo..., en definitiva una pieza inolvidable con el sello auténtico de Brendan Perry y de Dead can Dance, guitarras, teclados y percusión al servicio de un druida del siglo XXI. "Utopia" fue sin embargo el sencillo del trabajo, la base trip hop y los arreglos con un toque del estilo de Craig Armstrong nos conducen por momentos cerca de Bristol, pero la garganta retorna al conjunto a la iglesia donde están instalados los Quivvy Studios, que Brendan había renovado convenientemente para grabar este álbum. A continuación, un sugerente comienzo para una pieza onírica como es "Inferno" (donde el Infierno de Dante le sirve para ejecutar una comparación con la generación que vive pegada a la televisión), marcada por un ritmo de bajo, y una composición sugerente y delicada, también muy personal o interior, titulada "This boy", modificando otra anterior del autor titulada "Can you fee it?". Es el momento de otra pequeña joya escondida al final del disco, una maravilla de esas por las que deseas dejarte atrapar durante muchos minutos, con un título tan maravilloso como "The devil and the deep blue sea". Aunque es difícil igualar ese nivel, la calma tensa de la despedida ("Crescent") no desmerece en el conjunto de un disco fabuloso, del que lo primero que se puede ver es una espectacular portada (fotografía de Dan van Winkle). Los problemas del mundo y ecológicos, así como reflexiones sobre el amor ("todos los aspectos del amor, material, humano, naturaleza, vida, esencia y espíritu") fueron una cierta inspiración para este disco en que Perry lo hace todo, y advierte del uso conveniente de samplers y sintetizadores como material principal de instrumentación, sin que por ello se pierda la esencia poética; más aún, queriendo reflejar aspectos sobre la alienación en un mundo cada vez más dependiente de las máquinas para realizar cualquier tarea sencilla. "A pesar de los temas distópicos que impregnan estas ocho composiciones -explica Brendan-, también hay expresiones de gran esperanza y optimismo por un mundo mejor en el subtexto de las canciones, porque un 'Arca', además de ser un refugio de las realidades más duras del mundo, es también un vehículo de regeneración y renovación". En cuanto al proceso de trabajo, "por lo general, la música es lo primero (...) Una vez que se escuchan las letras, el tema se vuelve más claro. La música se articula en torno al lirismo y la poesía. Hay un cambio de énfasis en el proceso de composición".

En "Ark", que contó con una edición limitada autografiada de 2000 copias (vendidas en conciertos de presentación), es el tono depresivo que tan buen resultado le otorga a las piezas firmadas por Brendan Perry en Dead can Dance el cauce natural de un disco sólido y equilibrado que consigue atraer el interés en su primer tramo con composiciones radiantes ("Babylon"), personales ("The bogus man", "Utopia", "This boy") o en terrenos algo más oscuros e intensos ("Inferno"), con los puntos álgidos de "The devil and the deep blue sea" y de la enorme "Wintersun", con la que podemos cerrar los ojos y soñar con que irlandés y australiana volvían a colaborar. Ciertamente, sólo hubo que esperar dos años para poder disfrutar del fenomenal "Anastasis", pero "Ark" fue sin duda el detalle perfecto para hacer ver al mundo que seguía muy en forma este cantautor sombrío y avanzado, mitad masculina de uno de los conjuntos más admirados de los últimos tiempos, esos que hacen que los muertos bailen.

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18.1.19

DEAD CAN DANCE:
"Dionysus"

En su palpable madurez, el dúo Dead Can Dance vive en la segunda década del siglo XXI una nueva juventud, y no especialmente por la cantidad de su producción, sino por su especial calidad, su deseado retorno a los escenarios y el consecuente seguimiento entusiasta de público y crítica, que responde fervorosamente a la renovada propuesta de su inconfundible estilo, que vivifica lo inanimado y colorea una contundente fusión de músicas del mundo, rock alternativo y electrónica. Si entre "Spiritchaser" y "Anastasis" habían transcurrido dieciséis largos años, sus seguidores tuvieron que poder soportar fácilmente los seis que discurrieron entre aquel gran trabajo y la novedad publicada en 2018 nuevamente por el sello PIAS (del que valoran la libertad artística que les proporciona), una obra titulada "Dionysus" que fue precedida de una larga gira del anterior álbum y que anunciaba otra nueva, presentación mundial de este disco del incombustible conjunto formado por Lisa Gerrard y Brendan Perry, que firman ex-aequo los siete cortes de que consta el trabajo, que pensando especialmente en el formato vinilo fueron agrupados en dos actos (tres en el primero y cuatro en el segundo).

Dioniso, en la rica mitología griega, es el dios del vino y consecuentemente de la fiesta y el exceso. Conocido como Baco entre los romanos, este hijo de Zeus y Sémele (de Perséfone según otras versiones) enseñó a los hombres a cultivar la vid, y cada primavera renacía su culto en forma de teatro y fiestas en las que la locura y la abundancia se apoderaba de sus seguidores. Siglos después, Lisa y Brendan consiguen trasladar ese desenfreno a esta suerte de moderno ditirambo, en el que lo primero que impacta es la colorida portada, en la que podemos contemplar una máscara del pueblo mexicano de los huicholes, que Brendan compró veinte años atrás en Mexico. Aunque parece no tener nada que ver con el culto a Dioniso, el artista matiza: "el dios griego siempre se representa a través de máscaras; y Dioniso siempre se asocia con ser el liberador de mentes a través del trance, la danza o las drogas psicotrópicas. Y si te das cuenta, la máscara lleva esa reinterpretación del tercer ojo, que en este caso se encuentra en la frente, rodeado por flores de peyote". Perry se había dado cuenta mucho tiempo atrás de que las celebraciones paganas dionisíacas siguen celebrándose en todo el mundo, con o sin máscaras, especialmente en el mundo rural, festivales de primavera, de las estaciones, las cosechas, la siembra... Una experiencia especial la vivió en los 90 junto a su hermano cuando visitaron la Semana Santa de Calanda, el pueblo turolense -lugar de nacimiento de Luis Buñuel- donde el Viernes Santo se celebra la larga y ruidosa 'rompida de la hora': "Parte de la celebración dionisíaca es lograr el éxtasis (...) Es en los festivales de primavera como ese, donde se ven los verdaderos restos de los festivales de Dioniso. Están por todo el Mediterráneo en lugares remotos donde la influencia cristiana no ha sido tan grande, como Cerdeña o las regiones montañosas de los Balcanes en Bulgaria. La gente usa máscaras y baila en círculos casi como el tiempo se hubiera detenido en sus celebraciones. Hay uno en particular llamado Kukeri en Bulgaria que es realmente hermoso". Pero no sólo en la intención se recuerdan a esos festivales paganos que aún perduran por el mundo, también la instrumentación utilizada (sobre la que no existen datos en el libreto del álbum) hace más auténtico al álbum al incluir utensilios tradicionales de esas regiones, como la fujara -una gran flauta eslovaca utilizada por los pastores-, el daf -un tambor de marco de Irán y el Medio Oriente en general-, la zurna -una especie de oboe de países musulmanes-, la gadulka -instrumento búlgaro de cuerda frotada con arco-, la gaida -una gaita de los balcanes- o el birimbao -de cuerda percutida, brasileño-, además del inevitable salterio y otro tipo de cuerdas, vientos y percusiones que nos acercan al Mediterráneo, Oriente Medio y los Balcanes ("el álbum lleva implícito un contexto narrativo que envuelve la naturaleza de esas zonas -montañas, ovejas, pastores-, aludiendo al aislamiento de dichas regiones de la cristiandad y civilizaciones urbanizadas occidentales). "Dionysus" es más una obra de Brendan que de Lisa (él se considera instigador de los últimos álbumes), que literalmente renunció al control y se dejó llevar en la aventura. El acicate definitivo del proyecto fue el libro de Friedrich Nietzsche "The Birth of Tragedy Out of the Spirit of Music" ('El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música'), en el que cuenta entusiasmado Perry que se exponen dos líneas principales en la creación griega, un pensamiento apolíneo (analítico, basado en la razón), y otro dionisíaco (caótico, impredecible, derivado de los sueños y la naturaleza). Obsesionado con el tema, la investigación continuó y Brendan decidió construir este álbum como un puente entre épocas. "Sea borne" es un comienzo excitante en el que Dioniso llega en barco desde el este, una danza pasional de acertada melodía con algo de místicismo en los coros y esa instrumentación con sabores antiguos que tan bien acopla siempre el dúo a sus canciones. Más sensual es "Liberator of minds", baile atrayente con envites orientales lleno de erotismo, que incita por igual al baile y a la lujuria ("implica el uso de alucinógenos y drogas que se asocian con el dios, además de liberarse de las limitaciones de la vida social"). Espejismos de orgías de los dioses se asoman en "Dance of the bacchantes" (las bacantes eran mujeres griegas adoradoras de Dioniso), tramo final de este atractivo primer acto que pasa como un suspiro, y en el que la voz de Lisa es testimonial, un instrumento más de este ritual que deambula por un camino de exceso étnico. Algo mas brumoso se presenta el segundo, esta vez sí, con la voz de Brendan Perry ejecutando el canto de "The mountain", con la ayuda de Lisa; esta visita al Monte Nysa (montaña donde nació Dioniso y fue criado por el centauro Quirón) fue escogida como primer sencillo del álbum -y tuvo su colorido y muy bien realizado videoclip-, posiblemente por su acercamiento a un patrón más claro de canción propiamente dicho, si bien no parece tratarse de los cortes más extasiantes. El ambiente pastoril (se escuchan sonidos de un rebaño) cobra vida antes de un momento importante al salterio en "The invocation", con arremetidas de cuerdas y la declamación sin sentido, como es habitual, de Lisa, en un nuevo delirio étnico que inaugura posiblemente la mejor parte del álbum, penetrante, apasionante. "The forest" (la 'partida al bosque' se considera la etapa final del desarrollo espiritual humano en algunas tradiciones) es el regreso de voz solista de Brendan, si bien en las 'canciones' del disco, y como la propia Lisa ha hecho en otros de sus trabajos, Brendan desarrolló un lenguaje inventado con la ayuda de un programa llamado Syllabuilder, dándole más importancia a los coros -como en las propias ceremonias antiguas- que a lo que se dice. El final, "Psychopomp", de ambiente muy natural con las voces de los dos protagonistas, trata del descenso de Dioniso al Hades y su encuentro con Psicopompo, el ser mitológico que conduce las almas de los difuntos al otro mundo, cielo o infierno; posiblemente se podía haber cuidado un poco más esta despedida (quién sabe hasta cuando), que suena algo brusca.

A estas alturas, la aparición de cualquier trabajo de un grupo como Dead Can Dance es una bendición, sea o no una obra inspirada. Sin embargo es difícil que no lo sea. "Dionysus" es un todo, una obra conceptual creada, según Brendan, "para ser apreciada como experiencia, sentado, de principio a fin", y se aparta de "Anastasis" en el tono oscuro de aquel y especialmente en la ausencia del ritmo de canciones, que en el anterior trabajo era de una maravillosa intensidad, mientras que aquí adquieren una concepción más folclórica de la realidad intentando revivir la esencia, el sabor y los pláceres de aquellas antiguas fiestas en esta suerte de crónica ditirámbica, consiguiendo retroceder en el tiempo con una obra fresca y entretenida que, en su concepción en dos actos, se hace corta. Todo un trotamundos, Perry lleva tres años viviendo en Francia -donde se grabó el disco, en los Ker Landelle Studios de Bretaña-, tras dejar atrás Irlanda y muy lejos su anterior periplo australiano. Sin excesos pero sin restricciones, Lisa y Brendan despliegan en "Dionysus" esa música basada en la emoción que siempre han sabido presentar, una nueva obra absorbente que gustará sin duda a los múltiples seguidores de la banda (las entradas de su gira se agotaron en cuestión de horas), si bien disfrutaran más los que prefieran las celebraciones cercanas a ancestrales músicas del mundo que los cantos algo más profundos y oscuros.

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12.4.16

LISA GERRARD:
"The mirror pool"

Resultaba extraño en la década de los 90 que el éxito imparable de la banda Dead Can Dance (con el momento culminante del excelso "Into the labyrinth" en 1993) no hubiera derivado en álbumes en solitario de sus dos carismáticos componentes, Lisa Gerrard y Brendan Perry, teniendo en cuenta su separación geográfica. El irlandés se iba a hacer de rogar un poco más, alargando su debut hasta 1999, sin embargo la australiana de prodigiosas cuerdas vocales y no menos talla creativa no iba a pasar de la mitad de la década para explayarse con sus ideas propias, algo tremendamente deseado por sus fans, cuyo resultado iba a cumplir con todas las expectativas generadas. Ese paso adelante se tituló "The mirror pool", y la compañía encargada de su publicación en 1995 iba a ser la misma que sacaba a la luz los plásticos de su grupo, la independiente inglesa 4AD. El CD, producido por la propia Lisa y con un fantasmal diseño gráfico de Chris Bigg (presente en numerosos productos de 4AD, incluídos los de Dead Can Dance) y el arte de portada de otro habitual de Lisa, Jacek Tuschewski (también ingeniero de sonido en el álbum), contó 14 años después, en 2009, con una necesaria reedición en vinilo doble (por la exitosa vuelta de este formato) por el sello inglés Vinyl 180, que también disponía de varios vinilos de Dead Can Dance en esos 180 gramos. Con un ligero cambio en la portada, esta jugosa edición estaba "remasterizada de las cintas originales y empaquetada en una portada desplegable".

"A quien pueda interesar: me llamo Lisa Gerrard. Es por amor a la exactitud por lo que he escogido comunicar directamente el perfil de mi proyecto solista recientemente finalizado y que he titulado 'The mirror pool'. Permitidme comenzar con una breve historia. Durante los últimos 15 años he trabajado con Brendan Perry bajo el nombre artístico de Dead Can Dance, título escogido para describir nuestro proceso creativo. Brendan y yo hemos editado 8 discos durante cuyo proceso normalmente sobra una cantidad de trabajo que traspasa la naturaleza continua de un disco de Dead Can Dance. Algunas de estas piezas han sido recuperadas ahora con arreglos orquestales o como música vocal. También hay temas acústicos creados a partir del bouzouki griego, yang chin (dulcimer chino) y percusiones como darbukas, palmas, tambor de camello, tablas bajas, campanillas de elefante hindú, tambores, panderetas y platillos de mano. Junto a estas obras he incluido otras realizadas a partir de muestras instrumentales". Esa era la explicación al disco en palabras de la autora, un trabajo que, como contaba, se grabó en parte (más o menos la mitad del álbum, especialmente -por el impacto que suponen- los cuatro primeros temas) con la Victorian Philharmonic Orchestra en Melbourne. Como en algunos momentos perpetuos de la discografia de Dead Can Dance, el oyente puede acabar presa de un inusitado arrobamiento ante la excelencia de algunas de las composiciones, por ejemplo "Sanvean", el corte más difundido y espectacular del trabajo, impresionante llanto compuesto en colaboración con Andrew Claxton (y cantado en el característico lenguaje inventado por nuestra protagonista) que ha trascendido de este disco para alcanzar un mayor estátus, siendo utilizado en anuncios, documentales, películas, o versionado por artistas importantes como Paul Oakenfold o Sarah Brightman. "Violina (The Last Embrace)" es el comienzo del álbum, una pequeña sinfonía privada (una pieza muy personal, un requiem que Lisa compuso para su madre) que, con la entrada de tan particular voz y su oratoria declamación, no se sabe bien si se humaniza o se diviniza, y es que la garganta de la de Melbourne engloba registros tanto celestiales como demoníacos, llenando cada pieza de intensidad y carga dramática. Así, "The mirror pool" podría tenerse en cuenta como una ópera muy particular en la que "La Bas (Song of the drowned)" ejerceria de larga overtura, además de intensisima y quejumbrosa misa inspirada en la novela de finales del XIX del francés Joris Karl Huysmans, sobre el satanismo en Francia (Lisa pensaba hacer la banda sonora de la película, un proyecto que al final no se realizó, si bien la canción perduró). Como de costumbre en ella, lo folclórico -de tintes oscuros- también tiene presencia en la obra, como este "Persian Love Song (The Silver Gun)" que, al igual que "La Bas", se podía escuchar en la anterior gira mundial de Dead Can Dance y el consiguiente álbum que la recogía, "Toward the within". Similar es el caso de la gran joya del disco, esa mencionada celebración (con esplendoroso acompañamiento orquestal) de excepcional fulgor titulada "Sanvean", donde la voz surge como de un amable éxtasis, declamando algún ritual ancestral: "'Sanvean' lo hice en el disco en solitario porque tenía acceso a una orquesta (...) Estas obras crecen fuera de Dead Can Dance", decía, apelando a un cierto equilibrio y al supuesto carácter documental, según sus palabras, del álbum, que continúa con nuevos ritos paganos, pregonando una cierta confusión ("The rite" es un fragmento de la música de la Gerrard para la obra de teatro Edipo Rey) o buscando algo más la alegría ("Ajhon", ambiente con sonidos naturales y reminiscencias de la Europa del este), antes de acoger el segundo gran corte de la obra, "Glorafin", de letanía casi pegadiza. Aunque la voz sea elemento primordial (aquí lo sigue siendo, y de qué manera), las canciones que presentan intensos acompañamientos o acercamientos folclóricos de calidad, ganan muchos enteros en el contexto del álbum; de este modo, "Glorafin" contiene todo lo necesario para ser una de las composiciones mas recordadas del trabajo, solo un peldaño por detrás de "Sanvean". "Majhnavea's Music Box" es un bonito interludio instrumental, activo e interesante, que merecía sin duda un mayor desarrollo, de hecho, en minuto y medio dice muchas cosas. De similares características son "Werd" y "Celon" (compuesta poco antes del nacimiento de su hija, toma el nombre de un río imaginado por Tolkien), mientras que "Laurelei" y "Venteles" no acuden a desvarios folcloricos, más bien parecen cuentos susurrados por la Gerrard, el primero cantado de manera dulce, acercándose a una nana, con las hipnotizantes cuerdas percutidas del yang chin tomando las riendas rítmicas en su tramo central, el segundo más meditativo, prácticamente a cappella. También el yang chin brilla y se compenetra con la voz en "Nilleshna", escrita para un documental de naturaleza, con aspecto de folclore oriental de buen acabado. Antes del final ("Gloradin") y de una oscura pista extra sin acreditar, es preciso hablar del único corte no compuesto por Lisa (aria perteneciente a la ópera de Handel 'Xerxes', "Largo" es la única pieza sobre la que realmente se dudó si debía ser incluída o no en el álbum, aunque acabó logrando su intención de 'hacerla suya') y del tercero de los temas destacados, "Swans", otra leyenda de aspecto medieval pero de magia intemporal contada por esta adictiva juglar, un sueño que se hace realmente corto. A pesar de no colaborar Brendan Perry, "The mirror pool" tiene que ser tenido en cuenta como otra referencia indispensable para los seguidores del grupo australiano-irlandés, a la par que alguna de sus grandes obras. Este fascinante álbum, que reflejaba el universo propio de la vocalista, vió cómo dos CDsingles eran publicados únicamente en Francia ese año, "Sanvean (I Am Your Shadow)" / "Ajhon" y el promocional titulado "Deux titres live", grabado en 1994 con "La Bas (Song of the drowned) (Live)" y "Lament (Live)", que no estaba incluído en "The mirror pool". Además, las canciones "La bas", "Celon" y "Gloradin" se utilizaron en la estupenda película "Heat", de un Michael Mann que repitió con Lisa Gerrard en "The insider".

"The mirror pool" es una obra mística en la que canciones como "Sanvean", "Glorafin" o "Swans" pueden llevar de la fascinación a la locura. El título hacía referencia a la creencia africana de que este mundo es un espejo y que durante el proceso de hacer música se entra en contacto con los espíritus del otro lado. Los efluvios de magna antiguedad que incorpora la voz de Lisa hacen que este trabajo se sitúe, no sólo temporalmente, entre las ensoñaciones medievales de Dead Can Dance y populares bandas sonoras históricas del epílogo del siglo XX, como la inolvidable "Gladiator", obra de la propia Lisa Gerrard y el afamado compositor alemán Hans Zimmer, así como otras obras con el también australiano Pieter Bourke (como la mencionada "The insider"), que aparece por primera vez colaborando con Lisa en "The mirror pool", interpretando percusiones (tabla, tambores, darbukka, palmas) y algunas voces; además, y obviando el acompañamiento orquestal, Dimitry Kyryakou toca el bouzouki, John Bonnar algunos teclados y la propia Lisa se encarga del yang ch'in y llena el espacio -su propio universo, de hecho- con su fascinante voz: sonidos fantasmales emergen de sus cuerdas vocales y levitan sobre sustanciosas composiciones como "Violina"; las andanzas medievales rezuman tribalidad al menor descuido, disfraces de música antigua revisten atmósferas como "La bas" o "Largo", pero si en algo destaca esta diva oscura es en sus delirios étnicos, momentos de auténtica conexión con lugares, paisajes o tradiciones ("Persian Love Song", "Nilleshna"), hurgando en ritos olvidados ("The rite") o recreándose en trances exóticos ("Glorafin"); los pequeños instrumentales son simples interludios a la espera de la llegada, de nuevo, de la voz, un embrujo que volvería a llegar en nuevos trabajos en solitario, como The silver tree", "The black opal" o "Twilight Kingdom".

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25.10.12

DEAD CAN DANCE:
"Anastasis"

Como la legendaria Ave Fénix, que cada 500 años renacía de sus cenizas, en 2012 resurgió también el hechizo de Dead Can Dance, un dúo esencial, simbólico y enormemente atractivo para los amantes del arte hecho música. Inéditos en el estudio desde 1996, afortunadamente no tuvieron que pasar los 500 años del Fénix sino 'solamente' 16, para que Lisa Gerrard y Brendan Perry volvieran a conectar en la preparación de un nuevo plástico, que iba a suponer a su vez el gozoso despertar de su directo (algo que ya ocurrió en 2005, pero que no trajo consigo nuevo álbum). Una vez más, tras componer en la lejanía, Brendan en Irlanda y Lisa en Australia, estas dos almas gemelas que se conocieron a los 17 años se juntaron en el estudio privado de Perry (instalado en la iglesia de Quivvy, en el condado de Cavan, Irlanda) para completar una nueva pieza del críptico puzzle que supone su trayectoria, una música de otro tiempo, que ha sabido mantener su marcado carácter al margen de modas y devaneos, algunos de los cuales han incorporado a sus canciones. El resultado, tan esperado por sus numerosos seguidores, lleva por título "Anastasis" y lo ha publicado en 2012 el sello europeo PIAS Recordings, tomando el testigo de su compañía de siempre, 4AD.

Como los girasoles de la portada, Dead Can Dance levantan sus cabezas de nuevo hacia el sol década y media después, un eclipse musical cuyo final ha supuesto todo un acontecimiento mundial. De hecho, "Anastasis" es un término griego (la eterna influencia griega en su música, títulos y letras) que significa 'resurrección', así que ambos pensaron que sería un título inmejorable para su vuelta. Parece que, en su regreso al estudio, el dúo retome la ilusión de sus comienzos, el sonido que surge del álbum es seguro y potente, se respira confianza, sin olvidarse del calor y la intensidad que el cálido envoltorio de músicas del mundo pinta en una paleta manchada de tonos oscuros. De inicio, los primeros compases de "Children of the sun" parecen devolvernos al Brendan Perry de la época de "Within the realm of a dying sun", aunque con algo más de optimismo, como el cambio de ese sol moribundo a engendrador. La voz se alza sobre la inquietante instrumentación en un resultado vistoso, exultante, climático, un resurgir del cantautor que encandilaba en los mejores momentos del grupo. No está solo, ya que la mejor versión de Lisa también retorna en el segundo corte, "Anabasis", sugerente y misterioso con la ayuda del hang, ese fascinante instrumento de percusión creado recientemente por Felix Rohner y Sabina Schärer, de nuevo a la altura de sus mejores momentos ("Cantara", sin ir más lejos), para continuar occidentalizando una magia oriental en la excepcional "Agape". Como es habitual, y al contrario que su poético compañero, la australiana utiliza la técnica de la glosolalia, cantando palabras sin sentido de un lenguaje místico absolutamente propio. El buen sabor de boca del comienzo del álbum no se diluye en su desarrollo posterior, Perry deslumbra con la enorme instrumentación de "Amnesia" y especialmente con lo que fue el primer sencillo del álbum, la imaginativa "Opium", canción de fácil escucha y seguro disfrute, que cuenta con la única colaboración del disco, la de David Kuckhermann interpretando ese tambor persa de nombre daf. Por su parte, la australiana vuelve a acongojar con su portentosa garganta en "Kiko" (haciendo real su autodefinición de 'emocional') y una "Return of the She-king" algo más sacralizada, en la que escuchamos las voces de los dos componentes del grupo. En el folleto de la gira, así como en la web oficial, Brendan Perry revela ciertos detalles interesantes: "para este álbum he estado fascinado por los elementos clásicos inmutables de la cultura griega, la profundidad de su música y su amor por la canción, la forma en que se combinan filosofía y canciones de amor. Me encanta la influencia oriental que viene a ser un cruce de caminos entre el este y el oeste, un mosaico caleidoscópico de esas culturas fusionadas". Esa orientalidad, que no es en absoluto nueva en el grupo, es más que evidente, especialmente en canciones como "Anabasis", "Agape" (con un sublime comienzo de cuerdas), "Kiko", o más camuflada en "Opium", con su ritmo 6/8 sufi marroquí en la búsqueda de un estado de trance. Otra característica del dúo, el medievalismo, también se puede respirar en composiciones como "Return of the She-king" o la propia "Anabasis", mientras que una ambientalidad más gótica impregna el resto del inspirado trabajo. En sus letras, Brendan Perry habla sobre el devenir de la humanidad, desde su evolución y la memoria colectiva de nuestro código genético ("Children of the sun"), hasta los errores del hombre y la amnesia colectiva social de una humanidad en la que son los vencedores los que escriben la historia ("Amnesia"), pasando por la perdición y el desconcierto de las adicciones ("Opium"), para culminar con "All In Good Time", según el londinense un final positivo, que asegura que "las cosas buenas vienen a aquellos que esperan". Más abstracta, Lisa Gerrard aporta un mayor nivel folclórico y transcultural en la composición de un álbum que se puede encontrar en digipack con las letras de las canciones en el folleto, en un bonito vinilo transparente o en una exclusiva edición limitada que incluía en un estuche rígido el CD, un libro con las letras e imágenes del diseño, una litografía de la portada autografíada y un USB con el álbum en formato digital.

"Anastasis" devuelve a Dead Can Dance a los ambientes misteriosos, místicos incluso, de sus trabajos más oscuros, sin desdeñar esa incierta tribalidad que tan buen resultado otorgaba en "Into the labyrinth", pero sin adentrarse tan profundamente como en "Spiritchaser", donde el dúo perdió parte de su identidad, de sus intenciones primigenias. Casi daba la impresión en aquel álbum de ruptura de que Perry se desentendiera en parte del proyecto, dada la ausencia de las típicas canciones que llevaban su firma en anteriores entregas del grupo (con su atractivo estilo más cercano al pop-rock que a las músicas del mundo, pero distinto, sombrío e hipnótico) y que, en "Anastasis", vuelven en todo su esplendor, de tal forma que tal vez los productores de las películas de James Bond deberían fijarse en algunas de ellas. En su nueva reunión, estos dos músicos se compenetran a la perfección, aportando al conjunto su propia interpretación musical del mundo, incluso es posible que parte de su enorme éxito se deba a sus distintas visiones de la realidad en una misma intención estética, lo que no se puede negar es la conexión que les une a pesar de la distancia que les separa, y que ha hecho que estas dos mentes vuelvan a estar juntas, sin motivaciones económicas, para explorar por el mediterráneo, oriente y el norte de Africa en un viaje que nadie debería perderse pues la música de este grupo, más que a disfrutarla, invita a fundirse con su propia esencia.








16.8.09

DEAD CAN DANCE:
"The serpent's egg"

Cuando un grupo, merced a la calidad y grandeza de sus componentes, encuentra el camino para convertir sus discos en auténticos actos litúrgicos, entra inmediatamente en la categoría de mito. Dead Can Dance es efectivamente un grupo mítico, un oasis de frescura en la cultura popular de finales del siglo XX basado en una concepción ancestral y gótica de la música, con una carga poética distinguida y una instrumentación oscura y nada convencional. Más allá de todo lo expuesto, uno de los mayores toque de esa distinción lo brindan las voces de los protagonistas, Lisa Gerrard y Brendan Perry, auténticos sacerdotes de un culto sin igual, cuyo sugerente nombre no sólo es una metáfora de cómo lo antiguo, lo que parece muerto, puede estar vivo e interactuar con lo más actual, sino también un sinónimo de calidad, que se trasladará por igual a las futuras trayectorias de Gerrard y Perry en solitario. Entre tanto, sus andanzas dejaban por el camino joyas como la que aquí tratamos.

"The serpent's egg", publicado por 4AD en 1988, es el cuarto disco de este grupo que en un determinado momento de su discografía campaba entre Australia e Irlanda (en sus comienzos se trasladaron a Londres por lo limitado de Australia y 4AD confió en ellos enmedio del panorama electrónico que se respiraba en la capital británica), y uno de los más valorados de la banda por el complemento perfecto entre las polifonías de Lisa y la sobriedad vocal e instrumental de Brendan, pero sobre todo por encontrar aquí su sonido más característico, de apariencia tribal, con esencias medievales, pero de una extraña modernidad y un intenso encanto hipnótico. El resultado, como proveniente de un rito chamánico, es de una fascinación que nos lleva a conectar con la madre Tierra. La acertadísima portada -fotografía del Amazonas vista desde el cielo, en la que se asemeja a una serpiente o a unas viscosas entrañas- ya advierte esa comparación del planeta con un enorme ser vivo, y nos acerca a otros planteamientos e intereses más vitales que los de las portadas anteriores. Con una instrumentación astutamente austera, Brendan Perry sigue siendo igual de tajante que en el disco anterior, "Within the realm of a dying sun", aunque sin llegar a sus cotas de eficiencia, que sí alcanzará en el colosal "Into the labyrinth", su siguiente trabajo, pero "The serpent's egg" no es ni mucho menos un disco de transición, sino una curva en los planteamientos que iban a llevar al grupo de lleno hacia la world music, en una de las fusiones más interesantes de la escena. Sin ir más lejos, la canción de inicio podría considerarse como uno de los temas cumbre de Dead Can Dance: guiado por el lenguaje inventado que brota de la prodigiosa garganta de Lisa Gerrard, "The host of Seraphim" es un salmo prodigioso, a la par elegante y desgarrador, para el cual no existen las palabras; si todo el disco fuera así nos encontraríamos con una obra única. "The host of Seraphim" fue incluído en la banda sonora de la película documental de 1992 'Baraka' ("con 'Baraka' hubo un matrimonio hermoso, esa poesía encaja con nuestra música"), así como en la inolvidable escena final de la adaptaciónn de la novela de Stephen King "La niebla". No vamos a descubrir a estas alturas las cualidades de la voz de Lisa Gerrard, pero el nivel exhibido aquí es ciertamente impresionante, ella misma continúa en "Orbis de Ignis" con un estilo antiguo, medieval, polifonía sólo con una campana que sobrecoge sin necesidad de más acompañamiento. En "Severance" entra en juego Brendan Perry, con su estilo predicativo que brama sobre una instrumentalidad distinta, original y quejumbrosa. Hay que preguntarse por qué este tema es tan corto, ya que como el propio disco -que ni se acerca a los cuarenta minutos totales- deja con la miel en los labios. "Severance" parece una continuación de sus canciones del anterior trabajo, con un original fondo de teclados chirriantes y vientos que reclaman sin remedio toda la atención, al igual que en sus otras dos composiciones del álbum, la genial conclusión de título "Ullyses", y la también corta pero completísima "In the kingdom of the blind the one-eyed are kings", cuyo salmo intrigante sobre cadencia somnolienta acaba explotando como un Dios enfadado en una orgía de metales; ese clímax logra un momento tremendamente místico, abrumador y gozoso, sin nada que envidiar a una Lisa Gerrard que acapara el protagonismo en lo que resta de álbum: en "The writting on my father's hand" con sus armonías vocales (que son realmente la base del disco), abrazada al folclore y a ese ser humano al que llamamos Tierra, sobre un compás hipnótico del que sobresale su garganta; en "Chant of the paladin" con ecos indígenas, que a pesar de ser muy intensa y de no llegar a los cuatro minutos se hace un poco larga por su ausencia de desarrollo; por último en una sucesión de tres canciones de ritmo in crescendo, comenzando a capella ("Song of Sophia", que parece ser continuación del brutal tema de inicio), uniéndose la voz de Brendan en un cortísimo ritual ("Echolalia") y acabando con un percusivo pero suave clímax en esta especie de misteriosa ceremonia iniciática. Para acabar, Brendan Perry en lo que mejor sabe hacer, en este caso su genial y estimulante "Ullyses".

A pesar de su corta duración, "The serpent's egg" (que coincide en título con una película de Ingmar Bergman) no sólo deja satisfecho al oyente sino que le transporta a un tiempo y espacio sorprendente, y es que la música de Dead Can Dance no sólo es atemporal, sino que tampoco tiene un territorio propio. Su éxito se mueve entre las celebraciones paganas de Lisa Gerrard, llenas de luz y vitalismo, y la oscura decadencia de Brendan Perry, un dúo que tras este trabajo culminaron su romance para concentrarse exclusivamente en su unión artística. Esa es la clave, juntos eran la oscuridad y la luz, los opuestos que se necesitan, el yin y el yang, la fuerza que hace bailar a los muertos. En "The serpent's egg", a finales de los 80 y sólo un año después del impagable "Within the realm of a dying sun", se nota el gran momento de la banda, la música surge por sí misma y se muestra grandiosa y evocativa, explorando mundos sonoros, derribando fronteras musicales, en definitiva, reinventando la world music a su modo.

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29.3.08

DEAD CAN DANCE:
"Into the labyrinth"

Con extrema convicción afirmaba Brendan Perry, hace de ello bastantes años, que las canciones de Dead Can Dance son como sueños que fluyen. A veces toman la forma de descansos placenteros, en otras ocasiones de pesadillas salidas de los cuadros de El Bosco, y en este caso que nos ocupa son caminos placenteros que conectan las leyendas griegas con la poesía irlandesa. Lejos de todo y cerca de nada, ajenos a modas o cifras de nuestro mundo insomne, en el paraíso de sueños de este inclasificable dúo destaca siempre una cuidada y surrealista iconografía, por lo general en tonos sombríos, que es lo que nos recibe en las portadas de muchos de sus discos: desde la máscara ritual de Papúa (con la que expresaban en su primer trabajo la esencia del grupo, lo animado a partir de lo inanimado) hasta la genial e impactante instantánea del fotógrafo marroquí Touhami Ennadre que nos recibe en "Into the labyrinth", el completo trabajo que les abrió definitivamente la puerta del merecido reconocimiento mundial.

Posiblemente el éxito de esta banda tan inusual se deba al desencasillamiento de la envoltura convencional de pop y rock, adaptando, dentro de un corsé esencialmente vocal y una estética gótica (no en vano el sello inglés que les acogió al emigrar de Australia fue el oscuro 4AD), una fusión de estilos metida de lleno en un viaje por las culturas de medio mundo, enriqueciendo notablemente una propuesta única y -aunque muchos lo hayan intentado- dificilmente igualable. Por si fuera poco, el complemento entre los dos miembros del grupo, Lisa Gerrard y Brendan Perry, era semejante a un puzzle en el que la imagen resultante es de una atemporal fantasmalidad. Y fue así a pesar de que en 1993, año de la publicación de "Into the labyrinth", hacía ya tiempo que estos dos personajes grababan por separado tras comprender que la libertad creativa entre ellos era esencial para nutrir de contrastes su obra (y merced además a unos pareceres diferentes respecto al camino a seguir por el grupo). En sus investigaciones separadas, Brendan se imbuye de poesía irlandesa mientras Lisa lo hace del folclore, y el detalle perfecto, la melodía atrayente, la percusión adecuada, son elementos comunes que acaban de encontrar cuando se reunen para grabar en la vieja iglesia de Quivvy, propiedad de Brendan en Irlanda. De hecho, en esta nueva reunión, iban a interpretar ellos mismos por vez primera todos los instrumentos del álbum. Escuchar trabajos como "Into the labyrinth" es una introducción en un mundo propio pero a la vez en una universalidad, "Yulunga (Spirit dance)" es el primer contacto con esa tribalidad tan característica del grupo (de hecho, es un término aborigen australiano), y evidencia al menos dos cosas: la importancia y calidad de las percusiones en una producción de lujo, y que la voz de Lisa ha evolucionado hasta alcanzar una plenitud que ella misma no puede definir sino comparándola con la grandeza de un poema perfecto, cantando -como confiesa en el video-álbum "Towards the whitin"- sin que un lenguaje le atrape, más bien creando ella misma el lenguaje que se adapta a su voz, usándola como un instrumento más. Lo hace a capella en "The wind that shakes the barley", de manera misteriosa en "Towards the within" o imitando las sonoridades vocales de la europa del este en "Saldek" o incluso más orientales en "The spider's stratagem", para despedir su gran actuación con "Emmeleia" (la danza griega de la tragedia), otra pequeña delicia a capella a dúo con Perry. Sin embargo hay que admitir que, en el conjunto del álbum, las apariciones de Brendan Perry parecen ir un poco más allá que las de Lisa, ya que sus cuatro canciones son de lo mejor del mismo: "The carnival is over", "Tell me about the forest (You once called home)" y en especial "The ubiquitous Mr. Lovegrove" (un lamento por el amor perdido y la inminencia de la muerte) y "How fortunate the man with none" (musicación de un poema del dramaturgo alemán Bertol Brecht dotado de una espectacular solemnidad). Usados de manera inteligente, los fondos electrónicos no trasgreden el espíritu ancestral (tribal, medieval, bárdico...) de la genuina esencia de Dead Can Dance, esa donde los muertos pueden bailar. "Into the labyrinth" recogía en su edición de vinilo dos cortes más que ya habían sido recogidos en el recopilatorio "A passage in time", unos "Bird" y "Spirit" que no aportaban nada especial al conjunto. Curiosamente, este mismo año 1993 apareció un CDsingle que, con el diseño gráfico que caracteriza este trabajo, recogía una canción antigua, del álbum "The serpent's egg": "The host of Seraphim" es ese glorioso tema, revitalizado por su inclusión en la banda sonora de la película "Baraka", que contaba con "Yulunga" como acompañamiento. Como segundo y tercer sencillo del álbum, "The ubiquitous Mr. Lovegrove" y "The carnival is over". En 2016 una nueva portada (algo estrictamente innecesario, dada la enorme belleza de la original) ilustró una nueva edición del álbum.

Decía Lisa que el silencio era la esencia de su música. Durante muchos años (hasta la segunda década del siglo XXI) ese silencio parecía definitivo, provocando que sólo los respectivos trabajos en solitario de Lisa Gerrard y Brendan Perry (numerosos los de aquella, escasos los de éste), saciaran parcialmente el interés de sus numerosos seguidores, ya que la calidad de esa unión alquímica entre ambos es dificilmente repetible, una sensación mágica, posiblemente una simple ilusión que, al menos por unos instantes, enmascara la cotidianeidad, la alienación a la que estamos sometidos. Aunque sea dentro de esa bola de cristal, muchos kilómetros más allá de cualquier frontera, tenemos esta válvula de escape llamada Dead Can Dance a la que acudimos sin remedio, como en un viaje imaginario, cada poco tiempo.

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29.4.07

DEAD CAN DANCE:
"Within the realm of a dying sun"

Dead Can Dance son uno de esos extraños ejemplos de grupos a los que el paso del tiempo, lejos de sumirlos en un triste olvido, ha revitalizado y continúa elevándolos al lugar que merecen en el panorama musical, aún habiendo vivido un letargo del que despertaron tras muchos años de silencio. La esencia de su música procede de un inframundo donde los muertos pueden bailar, es decir, donde pasado y presente se funden en una comunión perfecta, desafiando, con sus voces heréticas, a la esencia misma de la naturaleza humana. De tan particular, extraño y cambiante que resulta, este sonido es casi inclasificable, constituyendo su propio estilo, que antes de tomar elementos de las músicas del mundo se acercaba a lo gótico, como sucede en el disco aquí comentado. Sin embargo, una ligera escucha de su música desvela los elementos decisivos que la acercan a un público numeroso y variopinto: la escogida instrumentación, el uso especial de las voces, el halo de misterio que desprenden, y sobre todo la búsqueda estética, la huida de los convencionalismos del rock y el pop para innovar hacia caminos que en esa época estaban totalmente abiertos ("desde nuestra creación en 1981 hemos rechazado englobarnos dentro de las tendencias musicales menos exigentes, adoptando tradiciones musicales diversas y adaptándolas a nuestras propias necesidades, causando a menudo la consternación a aquellos que intentan clasificar nuestra música").

Pesimista, tenebrosa, incluso apocalíptica, así se percibe esta grandiosa música destilada por Brendan Perry y Lisa Gerrard. El primero, anglo-irlandés criado en Australia, aporta la esencia folk derivada hacia la electrónica y una gloriosa poesía romántica. La segunda, nacida en Melbourne, se nutrió de la multiculturalidad desde su infancia por su familia -también emigrantes irlandeses- y entorno, influencias celtas, árabes y mediterráneas que a la larga ha aportado a su música, tanto en Dead Can Dance como en solitario. Las canciones de este disco, publicado en 1987 por 4AD, el sello de rock alternativo que les acogió cuando emigraron a Londres, van más allá de la letra o de la música, parecen conectar con otra realidad, de tal manera que definitivamente, al final es inevitable quedarse atrapado en su sonido, de hecho la capacidad hipnótica de algunas de las piezas hace que su duración se antoje realmente corta. La nueva mentalidad de un grupo que firmó su homónimo álbum de debut tres años atrás provino de una concienciación de cambio estético, a partir de la cual se trabajó casi de manera experimental en base a formas clásicas y folclóricas, así como una instrumentación distinta a la habitual de guitarra, bajo y batería, con la incorporación de cuerdas y metales. "Within the realm of a dying sun" contiene en su escasa duración un desarrollo específico, totalmente buscado por Lisa y Brendan, por el cual nos encontramos con una primera parte dominada por la voz de Brendan Perry, para que Lisa Gerrard tome el relevo en la segunda. En cierto modo parece existir un camino que nos conduce de la oscuridad hacia la luz, con un seguro significado de renacimiento. La parte de Brendan es misteriosa, inquietante, dominada por los teclados, fondos de violines y chelos, y unos fabulosos vientos entre los que destacan, en esa búsqueda de distinta instrumentación, el trombón, la tuba y la trompeta. Aparte del místico corte instrumental, "Windfall", tres son esos soberbios temas cantados por Perry: "Anywhere out of the world", "In the wake of adversity" y la excepcional "Xavier", una de las cumbres del disco. A partir de aquí, y con la entrada de una fanfarria, le llega el turno a la terrenalidad de la voz de Lisa Gerrard marcando el camino venidero de la banda, pues estos cuatro temas restantes se desarrollan entre lo medieval ("Dawn of the iconoclast"), oriental ("Cantara"), religioso ("Summoning of the muse") y étnico ("Persephone"), en un total eclecticismo. "Cantara" es, junto con la mencionada "Xavier", lo mejor del trabajo, una genial base instrumental de cuerda (el salterio, vistoso y de sonoridad medieval) que acaba siendo acomodo de un hipnótico ritmo típicamente oriental, constituyendo una de las grandes canciones del grupo y plato fuerte de sus directos. Varias de las canciones de este disco han sido versionadas o algunos de sus extractos sampleados por grupos de rock gótico, folk o música electrónica.

El aire tétrico que le otorgan los metales, el romanticismo de su primera parte, lo enigmático de sus voces, incluso el panteón de la portada del álbum (de la familia del naturalista François-Vincent Raspail, en el cementerio parisino de Père-Lachaise), van en concordancia con el nombre del grupo, aunque como éste, sólo son instrumentos para encubrir una forma única de asociar música y emociones. Ellos marcaron un camino a seguir, y no son pocos los grupos que los reverencian y que intentan imitar su experimentación y ese camino hacia un mundo interior que curiosamente es también universal. Así son Dead Can Dance, un grupo atrapado en otro tiempo, anclado musicalmente en un pasado entre medieval y tribal, en una polivalencia que roza lo mágico. Si desconocéis su trabajo, es inevitable que tarde o temprano caigáis en su exclusivo mundo, y aunque cualquiera de sus discos es recomendable, tal vez un buen comienzo sería este colosal "Within the realm of a dying sun".