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20.3.25

STEPHAN MICUS:
"To the Rising Moon"

En estos tiempos de odio, guerras y conflictos (en cualquier tiempo y lugar, realmente, así es la condición humana), qué bonito y relajante resulta escuchar sonidos como los que nos propone Stephan Micus, un embajador de la paz y de la concordia en el más injusto anonimato, a través de una música propia, de un sonido que propone la comunión entre las tradiciones de oriente y occidente, y que lleva ofreciendo desde los años setenta a todo el que quiera escucharlo. Cada álbum de Stephan Micus es una osadía instrumental, una investigación en las músicas de muchos rincones del mundo que demuestran el amor de este alemán por los sonidos puros que emanan de instrumentos tradicionales. "To the Rising Moon", grabado de 2021 a 2023 pero publicado en 2024, hace su disco número 26 para ECM, compañía en la que se mantiene con una extraña fidelidad mutua, un caso extraño en la música de las últimas décadas. Hay sin duda razones para ello, principalmente que cada trabajo firmado por Stephan Micus es un ejemplo de búsqueda, de entrega, de pleno disfrute, y aun precedido por una serie de títulos de enorme relevancia, "To the Rising Moon" es posiblemente una de sus mejores obras, la culminación de un modo de vida y de trabajo. Es necesario encontrar un instante de serenidad en nuestro ajetreo diario para dejarse llevar por la placentera serenidad de este álbum.

El tiple es una especie de guitarra o vihuela colombiana de doce cuerdas metálicas, que Stephan utiliza con especial protagonismo en este trabajo (por primera vez en su discografía), por ejemplo por partida doble en la pieza que lo abre, "To the Rising Sun", casi como una danza medieval (aunque con un toque indio) de fabulosa melodiosidad, sencilla pero poderosa, un tema con una capacidad melódica como pocas veces se le ha visto a este autor, que demuestra aquí que hace en cada disco lo que quiere según su momento y sus necesidades. Lo mismo sucede más adelante en "Unexpected Joy", otra especie de danza entre griega y medieval con dos tiples, que vuelve a conectar de algún modo con lo popular, y "To the Lilies in the Fields" (un nuevo paseo mediterráneo, extrañamente con dos tiples colombianos, de nuevo), mientras que en "The Silver Fan" suena un único tiple, por lo que el tema parece más personal y solitario. En otro de los temas destacados, "In Your Eyes", son tres los tiples ejecutando una base instrumental nuevamente con aires griegos, junto a la voz del músico, un elemento poderoso que suele utilizar como pequeñas oraciones en sus discos, a modo de un trovador étnico. "Para mí, el tiple tiene la cualidad de la luz, de algo brillante (...) Las piezas de tiple tienen una energía muy positiva", comenta Stephan, que combina en esta obra las piezas que utilizan el tiple con las que atrapan la esencia de otros instrumentos del mundo. Así, la poética y penetrante melodía de "Dream Within Dream" se nutre de la seriedad de una cuerda de arco, la de seis dirubas indias superpuestas, cuyo sonido profundo ("siempre tiendo a preferir los sonidos más graves", confiesa) se ubica entre el violonchelo y el violín. También son tres los sattar chinos (otro instrumento de cuerda frotada) presentes en "The Veil", donde dos planos distintos de cuerdas desarrollan una nueva melodía emocionante, plena de romanticismo, con un sonido algo más oriental, como una leyenda abierta a otras corrientes unificadoras, por ejemplo junto a tres arpas de mesa en "The Flame", un instrumento que retorna a la obra de Micus junto al sattar, dos tipos de cuerdas, pulsada y frotada, creando un ambiente casi eclesiástico, aunque el músico advertía en algún momento de su carrera: "Hay palabras con las que creo que hay que tener mucho cuidado, como meditación, religión, etc, porque cada persona tiene su propio significado asignado a cada una de ellas. Me resulta difícil hablar de ello, porque hay muchas posibilidades de que mis palabras sean malinterpretadas. No soy miembro de ninguna religión, iglesia o secta, aunque respeto a aquellas personas que buscan de verdad algo dentro de sí, una vida más auténtica y más sensible respecto a ellos mismos y al exterior (...) No importa el encuadre, sino la pureza que tenga la persona, su sinceridad, la honestidad". También está presente en el disco el sapeh malayo, que aunque sea habitualmente de cuerda pulsada, aquí lo utiliza arqueado, concretamente en "Embracing Mysteries", junto de nuevo a la diruba y a la voz, que se une al misterioso quejido de las cuerdas de una manera un tanto aflamencada. Por último, dos son los cortes con muchos instrumentos implicados: "Waiting for the Nightingale" es una excitante canción viajera por el mundo con voces dobladas y un fondo ceremonial compuesto por cinco sattar chinos, dos dirubas indias, tres flautas camboyanas y dos cítaras de Baviera, una especie de oración con algo de pagano en la que las gráciles flautas complementan la seriedad de las cuerdas. Otra gran composición en la parte intermedia de un disco que culmina con la pieza que le da título, "To the Rising Moon", un final crepuscular, un encantamiento lleno de detalles que flota hacia la luna creciente, con una gran variedad instrumental de cuerdas pulsadas (dos tiples), cuerdas frotadas (dos sattar y una diruba) y el viento (dos ney, una flauta egipcia), sobre el que la publicidad de ECM escribía así: "Es solo en la última canción, 'To the Rising Moon', que los dos mundos del tiple punteado y las cuerdas frotadas finalmente se unen. Es como un himno a algo que está eternamente allá arriba en el cielo nocturno, algo constante mientras hay tanta turbulencia en el mundo de abajo". 

Lo extraño de la portada de "To the Rising Moon" no permite aventurarse en la temática del trabajo (poca información porta el libreto del álbum, salvo la fotografía de un paisaje nevado), el autor se deja llevar por sus inspiraciones pasajeras y seguramente, dado el título, por el influjo de la luna creciente. Tras una serie de discos tan extraordinarios como "Nomad Songs", "Inland Sea", "White Night" o "Winter's End", con "Thunder" como una última obra algo más ambiental, este disco vuelve a sorprender al panorama de las músicas del mundo, pero es que después de más de 50 años dedicado a la música hay que constatar que prácticamente cualquier disco de Stephan Micus es recomendable, todos contienen las vivencias de un alma musical pura, sólo hay que dejarse llevar y disfrutar de los sonidos mundanos. Ahora bien, es cierto que cada oyente, personalmente, encuentra sus instantes gozosos, sus discos favoritos, en determinados planteamientos del músico. Esta subjetividad traslada las dudas razonables al que tiene que aconsejar, así como la vasta discografía de este alemán nómada ofusca al crítico de turno. Al final el consejo más lógico es escuchar todas y cada una de las obras de Stephan Micus y quedarse con las que más llenen el espíritu. Cuidado, pueden ser todas.

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19.4.21

STEPHAN MICUS:
"Athos"

Los viajes musicales de Stephan Micus no tienen nada que ver con los que impone la actualidad, lo que la industria dicta que se tiene que escuchar, que pinchar o que fusionar. La música de este artista de espíritu nómada está, además, muy influida por el paisaje, muy unida al esplendor de los grandes espacios abiertos que visita en sus devenires vitales. Este trotamundos alemán nunca decepciona a cada nuevo paso de su trayectoria, logrando continuamente trabajos de una extraordinaria cohesión y fortaleza espiritual, y aunque constituya la piedra base de su existencia musical (sin que él mismo pueda explicar realmente por qué), no siempre es oriente el destino elegido en su imaginario interior, ni siquiera África, otro continente libre en el que gusta de explorar y de cuyas gentes, decía, los occidentales deberíamos realizar un ejercicio de aprendizaje. Sin ir más lejos, Mallorca es su lugar de residencia habitual, y tanto él como su compañía de discos son alemanes, pero el viaje que nos proponía en 1994, como siempre fiel a ECM Records, era a una montaña y península griegas, un enclave religioso lleno de monasterios ortodoxos llamado Monte Athos, conocido también en griego como Agion Oros, 'Montaña Sagrada'.

En la mitología griega, Athos es el nombre de uno de los gigantes que se enfrentó a los dioses durante la batalla conocida como Gigantomachia. Lejos sin embargo de la bravía de la lucha o del furor que despertaba la mítica contienda entre dioses y gigantes, el "Athos" de Stephan Micus está poseído por el sentimiento espiritual de la montaña, y continúa explorando su eterna capacidad de conectar mundos, de unir culturas, de fundirlas con su benigna música en una sola. Y también con su voz: "A mi particularmente no me interesan los idiomas, apenas es posible decir la verdad con ellos. Con la música, sin embargo, uno puede aproximarse mucho". Sin idiomas, pero con voces, con la universalidad de la voz tarareada, la propia garganta de Stephan duplicada un sinnúmero de veces. Y es que la naturalidad no exige la huida de la tecnología, siempre que no la altere: "No es difícil apreciar los matices de experimentación y vanguardia que yo aporto a cada cosa que hago", dijo el maestro. La historia de este disco comienza en uno de los continuos peregrinajes de Stephan, una visita de tres días a la montaña, en la que experimentó un rico contacto con la liturgia ortodoxa griega, originando uno de sus discos más introspectivos: "Hice el primero de mis numerosos viajes allí en 1988 y me quedé durante tres días y tres noches. Pasé las noches en los monasterios y participé en la liturgia y la vida de los monjes. Durante los días caminé por el paisaje virgen. Al principio, estos dos mundos parecen ser dos oposiciones irreconciliables. Por un lado los monasterios, que a veces se sienten oscuros, lúgubres y severos, y por otro lado la naturaleza encantadora y serena, llena de luz y color. Más tarde uno se da cuenta de que son dos aspectos de un mismo movimiento que se complementan e intensifican de una manera ideal". Como parte de la enseñanza alemana en la escuela primaria, Stephan estudió flauta, si bien afirma entre risas que "yo era el único niño de mi clase que lo disfrutaba". Muchos años después, fue cautivado por la guitarra española (que estudió durante un tiempo en Granada) y por la flauta que utilizaba Ian Anderson en la banda Jethro Tull, y tras conocer a Ravi Shankar en Munich, viajó a la India para aprender sitar, un instrumento que sólo ha grabado en su época temprana (en los 70) y a partir de 2006. Fascinado especialmente por oriente, no dejó de interesarse por otras culturas, tanto por sus costumbres como por su folclore, hasta el punto de dominar un gran arsenal de instrumentos del mundo, un amplio museo que se pasea por todos los continentes y que intenta desgranar, según sus necesidades, en cada uno de sus trabajos. En "Athos", por ejemplo, utiliza tres tipos de flautas (shakuhachi -japonesa, de bambú-, suling -balinesa, de caña- y nay -de caña, de Oriente Medio-) para reflejar cada uno de los días, dos instrumentos de cuerda (el sattar -de arco, con diez cuerdas, usado por el pueblo turcomano pero resiente en China Uigur- y la cítara bávara) rememorando los caminos de ida y de vuelta, percusiones (macetas) en el segundo día y muchas voces sampleadas, hasta 22, que suenan en cada pieza nocturna del viaje que representa este álbum (de naturaleza gloriosa, tan místicos cantos no requieren acompañamiento instrumental, de hecho nos hablan de los servicios ortodoxos que se celebran entre las 3 y las 4 de la madrugada en el interior de los monasterios, que son un lugar de gratitud y silencio donde no se usan los instrumentos musicales). En muchas ocasiones, Stephan no utiliza títulos concretos para las pistas de sus trabajos, simplemente su numeración, al considerar el trabajo como una historia completa; en "Athos" sucede algo parecido, y este viaje real viene expresado en los títulos como un diario musical que refleja el camino de ida, cada día, cada noche, y el regreso. "On the Way" es ese periplo hacia la montaña, un comienzo muy sentido, de generosa intensidad y alma oracional, que casi expresa dolor. Enseguida llega su voz, una celebración privada a 22 voces, un trabajo ímprobo para un resultado espectacular, emocionante salmo de profundidad insondable titulado "The First Night". Un viento solitario, emocionante flauta shakuhachi, aporta su personalidad en "The First Day", otro corte más celestial que terrenal, como lo es todo el álbum. Posiblemente sea una pieza altamente disfrutable en vivo, más que plasmada en CD, para entender mejor el recogimiento que engendra la soledad del músico y la turbación de los silencios. De nuevo las voces solitarias son las protagonistas en otro alarde oracional que va ganando en fuerza conforme avanza la segunda noche, "The Second Night", si bien el momento más especial del álbum llega a continuación con "The Second Day", genial melodía con esa dulce y melódica flauta balinesa (suling) y tímida percusión, que engendra un instante mundano y esencial, una sencilla parada en el viaje, un divertimento en el que disfrutar del paisaje, del apacible clima o del mero hecho de descansar. Lo inefable de composiciones como ésta invita a guardar silencio y volverla a disfrutar una vez tras otra, si no fuera porque la proposición del bucle eterno no dejaría escuchar otras joyas contenidas en el disco. En "The Third Day" toca el turno de volver a embelesarnos con las cuerdas vocales de Stephan, de nuevo en 22 planos y sin otro acompañamiento, mientras que en "The Third Day" es un nuevo viento, el ney, algo más grave, el que trata de describir las vivencias del viaje que la estancia va acabando. Se antojan entornos polvorientos, soledad y reflexión, y el espíritu es colmado notablemente por la pureza de la música. Para acabar, la siempre hermosa cítara es la base sobre la que flota la melancolía de otra cuerda, el sattar, sublime conjunción que se completa con la entrada de las voces (11 en esta ocasión) en esa eterna banda sonora del caminante que suele ser imaginario leitmotiv del músico alemán, cuya etiqueta más acertada para su música, contestaba en esta época, fuera posiblemente la de músicas del mundo, "la que mejor se ajusta a mi actividad", decía.

Micus plantea, busca y en definitiva defiende la belleza del sonido más simple, la hermosura de esos instrumentos que no han necesitado evolucionar y asemejarse a máquinas (una de sus comparaciones favoritas es la de la flauta shakuhachi -de bambú y con cinco agujeros- con las complejas y frías flautas de concierto europeas) para conectar con lo espiritual, aunque para ello se prescinda de frases complejas, centrándose el artista en ambientes recogidos o notas aisladas pero sencillamente perfectas. La combinación de instrumentos y culturas, más allá de disonar, 'construyen puentes' (uno de los grandes objetivos del músico alemán) y encuentran una afinidad natural al ser tratadas casi como seres humanos por sus manos, en este álbum que rebosa espiritualidad. Stephan Micus traslada la soledad del nómada a la música, plasmando en sus muy personales piezas una realidad inherente de cielos abiertos y tradiciones artesanales, construyendo en muchas ocasiones auténticas oraciones de profundo respeto y mágica intangibilidad, mantras que suelen provenir del contacto con la naturaleza y las gentes, pero que en casos como el de "Athos" tienen un origen realmente religioso, reflejando perfectamente -como en cada uno de sus trabajos- lo que es y los que vive Stephan Micus a cada momento, en este caso un recogimiento profundo en comunión con la 'montaña sagrada' griega, país al que regresará, casi dos décadas después, en el álbum "Panagia".

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20.11.18

STEPHAN MICUS:
"Wings Over Water"

La de Manfred Eicher es una historia parecida a la de Richard Branson con Virgin Records o a la de Wesley Van Linda y John Morey con Narada Productions, ya que unos años antes de fundar ECM Records, Eicher había comenzado un negocio de venta por correo de discos de jazz, llamado Jazz by Post (JAPO). Al contrario que los ejemplos anteriores, este avispado hombre de negocios se convirtió también en productor de muchas de las referencias de su compañía, gracias a sus conocimientos musicales como bajista. A la par que ECM, JAPO también actuó como sello de jazz hasta los 80, y en sus filas tuvo acogida uno de los músicos más universales que podemos conocer, un Stephan Micus que conoció a Eicher en 1975 en Nueva York, aunque no fue hasta un año después cuando decidió publicarle "Implosions", tras una efímera relación con Caroline Records (filial de Virgin) que dio origen a "Archaic Concerts". "Implosions" y "Till the End of Time" fueron los dos primeros trabajos de Micus en JAPO Records, y estaban producidos por Manfred Eicher, si bien a partir de entonces la labor de producción iba a correr a cargo del propio Stephan. Tras la publicación de "Koan" iba a llegar una de sus primeras muestras de genialidad, una hermosa obra titulada "Wings Over Water", revelada al mundo en 1982.

Alemán de nacimiento, Stephan iba a convertirse con el tiempo en un ciudadano del mundo. Afincado durante las vacaciones con sus padres en Ibiza, se manifestó desde muy joven como un contumaz viajero, pero antes de conocer a fondo varios países, pisar cada continente y enamorarse especialmente de oriente, viajó a Granada a los catorce años para estudiar guitarra flamenca, un estilo que, decía, "es ya una mezcla de música árabe, africana y europea". Al poco tiempo, con el dinero que ganó trapicheando con productos hechos a mano en Marruecos que vendía en Ibiza, viajó a la India para aprender sitar durante tres años. Era evidente la inquietud del muchacho, que no se quedó sólo en las cuerdas, adoptando más bien la capacidad de tocar con desparpajo un completo universo de instrumentos de muchos otros países que visitaba. Micus siempre sorprende y encandila con ese arsenal de instrumentos del mundo y una música que, bebiendo en cierta cantidad de las impresiones que sus viajes por el globo le han transmitido, es absolutamente personal y tiene vida propia. Se puede decir que este veterano artista es un investigador musical, un etnomusicólogo que, en 1982 ya poseía algo de ese aspecto de ermitaño, de viajero errante en busca de raíces musicales. En "Wings Over Water", Micus encontraba chispas de vida en maderas, cuerdas y barro cocido, ya que la percusión del álbum está ejecutada con macetas. Cada instrumento tiene su momento y su protagonismo. Juntos, enarbolan un canto admirable. Como muchos otros de sus trabajos en esta época, los cortes de "Wings Over Water" no presentan títulos sino su numeración (de la parte 1 a la parte 6), pues el artista entiende los discos como una entidad. Así, "Part 1" presenta un continuo y espiritual clímax, sumamente elegante y atractivo, que inspira una paz humilde y sincera, un objetivo conseguido por medio de un gran calor e intensidad en la interpretación de la elevadora melodía de ney (flauta oriental hecha de caña) sobre un repetitivo y pasional fondo de guitarra acústica, dos instrumentos con los que se basta para deleitar. Una gran pieza, posiblemente de las diez mejores en la discografía del alemán. "Part 2" es una interesante salmodia con el toque exacto de ritmo, muy intimista y natural; es precisamente una percusión mas abierta y primitiva la que nos recibe y llena la pieza, que tiene a la voz como meditativo acompañante, dos elementos opuestos (lo rítmico de las macetas y lo espiritual de la voz) que Stephan logra conjuntar, añadiendo además un poco audible sarangui (primitivo violín indio). Las seis cuerdas se alzan hermosas como protagonistas de la mágica "Part 3", 13 minutos que pasan como un suspiro, en los que Micus se reivindica como el poeta de la naturaleza por antonomasia. La guitarra española, auténtica, serenísima, brota del interior del artista derrochando amor y humildad, dos cualidades que le acompañan en su periplo por el mundo; conforme avanza la pieza, de corte clásico y carácter meditativo, te envuelve poco a poco, va cobrando vigor sin perder la honestidad, para retornar a la calma interior en los minutos finales. "Part 4" es sencillísima y relajante, casi ínfimo corte de flauta -ney de nuevo- de estilo ceremonial, que parece comunicarse con el propio viento. "Part 5" es una construcción algo inconsistente pero dinámica, una pieza muy terrenal en la que el protagonismo viene marcado al comienzo por la batiente percusión de atisbos primitivos, y enseguida por el ney, que va tomando posesión del espacio, explayándose, para coactuar ambas en un final fragoroso. Por último, en "Part 6" hay una gran interpretación de guitarra española, con pasión andaluza, en un tono clásico sin dejar de lado la parte enraizada en la tierra, enredándose en un baile de cítara con ecos mediterráneos, para consumirse junto a una relajante flauta, que esta vez es un suling (flauta indonesia de bambú). La clave de este trabajo es la conexión natural y espiritual, el sentimiento impregnado en cada corte y la viveza de los utensilios musicales utilizados, es fácil entrar en una suerte de trance conforme avanzan los desarrollos de varias de las piezas del disco (el magnético fondo de cuerdas de la primera parte, la voz elevadora de la segunda sobre el ritmo percusivo in crescendo, la profunda guitarra de la tercera o la mencionada pasión de la sexta).

"Wings Over Water" es un trabajo intenso, sin titubeos, con un delicioso trasfondo esotérico (se respira especialmente en el primer corte), una instrumentación estudiada, profunda pero no pomposa, y una serenidad inmutable, que acompaña especialmente las notas de las inspiradas guitarras (acústica o española) en una búsqueda espiritual, relajante, con la ayuda de las flautas (ney y suling), percusiones (macetas), sarangui, cítara y voz. Stephan Micus ejecuta bellos y serenos pasajes de lo que podríamos llamar pomposamente 'música transfolclórica contemporánea', el sonido de las cuerdas es de todas partes en general y de ninguna en particular, conformando la poética y particular visión del alemán de la música del mundo. Flotando, en su mundo propio, alejado de endiosamientos y de los dictados de la fama, Stephan es de los que aprenden y nos hacen aprender en cada paso dado, él no pretende ser más que cada instrumento, que cada nota que desprende de sus entrañas, sino que siempre son las maderas, los metales, las cuerdas o las voces los elementos importantes en las grabaciones, de ahí su glorioso anonimato, que le permite ser admirado y respetado por una minoría encantada que reconoce su marchamo, su marca de agua, en cada nueva armonía, por ejemplo en las seis espléndidas composiciones de estas 'Alas sobre el agua'.

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9.5.15

STEPHAN MICUS:
"Ocean"

La de Stephan Micus es posiblemente la música mas pacífica que pudiera existir. Desde su primer viaje a oriente en la adolescencia, este alemán sintió algo que le hizo absorber la esencia primera de lo tradicional, de lo auténtico de cada rincón del mundo que visita: "A los 16 años quedé fascinado con oriente, su cultura, su música, su gastronomía, sus mujeres, sus gentes... todo. Lo más paradójico es que continúo sin saber realmente cual es la naturaleza de esa atracción". Su discografía, distinta, auténtica, profundamente sincera y espiritual, está plagada de obras minoritarias para el gran público y posiblemente legendarias para esa pequeña pero gracias a Dios existente minoría que sabe dejarse atrapar por la pureza de un sonido primigenio, conducido a un terreno particular, un estilo de vida en sí mismo, aventurero y en continua búsqueda ("mi música tiene mucha influencia de las tradiciones, pero ese sólo es el origen del que arrancan mis composiciones. De conocer mínimamente las raíces de la música popular, no es difícil apreciar los matices de experimentación y vanguardia que aporto en cada cosa que hago"). Sus obras son la banda sonora de las grandes llanuras, los paisajes montañosos, la inmensidad oceánica o los hielos eternos, pero todo acentuado con un poso de humildad y devoción que hace su escucha más personal, casi como si acompañáramos al artista en sus viajes. Uno de los más acertados lo publicó ECM Records en 1986 (fue su primer álbum directamente en ECM tras años grabando para su sello subsidiario JAPO Records) y llevaba por título "Ocean".

La trayectoria artística de Stephan Micus comenzó realmente en Ibiza, donde vivía su padre, con unas grabaciones caseras que, tras su presentación en la emisora neoyorquina WBAI, le condujeron (con un paso previo por Virgin Records, en una época maravillosa en la que podían convivir en dicho sello Mike Oldfield con Tangerine Dream, Peter Gabriel o el propio Micus -aunque este grabó realmente para su filial, Caroline Records-) hasta Manfred Eicher y su compañía ECM. Allí ha publicado no sólo su música sino que ha plasmado realmente su vida, una obra amplia y siempre interesante que abarca desde serenidades inmutables, personales, hasta gozosos pasajes rítmicos, casi siempre en una onda meditativa de carácter oracional. A tener en cuenta son los instrumentos utilizados en cada álbum, con los que Stephan desarrolla sus historias: "Elijo dos o tres instrumentos que en ese momento me gusta tocar e investigo, luego miro qué otros instrumentos pueden acompañar a los protagonistas. Siempre hay algún instrumento que en ese momento me interesa mucho y con el que tengo deseo de hacer música, entonces empiezo tocándolo, improvisando muchas veces y grabándolo todo hasta que encuentro unas frases que me parezcan interesantes. Después desarrollo estas frases que eran como semillas y trabajo sobre esas ideas". En "Ocean" el protagonismo pasaba por la voz, las cuerdas (hammered dulcimer -instrumento de cuerda percutida de la familia del salterio- y zither -cítara alemana-), los vientos (nay -antigua flauta de caña egipcia- y Shakuhachi -flauta de bambú japonesa-) y un órgano de boca procedente de China pero interpretado en Japón, de nombre sho, que Micus modificó para conseguir en esta grabación notas más graves ("su sonido es de un inmenso valor para mí", dijo). "Ocean" está dividido en cuatro partes simplemente numeradas, algo habitual en su autor: "Para mí los discos son una entidad, por eso siempre titulo a los temas parte primera, segunda..., lo veo como una historia (...), un movimiento entero de principio a fin, como un viaje". El comienzo es ya de por sí digno de elogios, "Ocean Part I" es una soberbia combinación de melodía reiterativa percutida (salterio) y voz oracional con el importante elemento añadido del ney. Un tema magistral, un acertado canto con auténtico gancho, que atrae sin remedio hacia "Ocean Part II"; sobre el fondo reverberante del sho emerge el susurro de la flauta shakuhachi, como un canto bajo la luz lunar, animado más adelante con las cuerdas de la cítara y del inefable dulcimer, que acaban tomando las riendas rítmicas de esta espléndida pieza de 20 minutos agradables e intensos, que acaban en una suerte de trance inmemorial. De nuevo aparece la magia del dulcimer, como un dulce oleaje en un océano más calmado y nocturno, el de "Ocean Part III", navegando mansamente hacia un amanecer simbolizado por la gloriosa monotonía de la shakuhachi, que conforme avanza la composición va fundiéndose con el ambiente en una comunión espiritual; muy del estilo de Micus, la repetitividad le confiere un cierto aura hipnótica. Un solo de sho culmina el trabajo, "Ocean Part IV" es una pieza más atmosférica, menos mundana aunque ciertamente profunda, en un ambiente sacro, tan sagrado como la propia naturaleza que inspira álbumes como este, un trabajo sentido, trascendental por momentos, especialmente en su primer tramo, dos primeros paisajes acústicos de enorme magnitud, que posiblemente pretendían reflejar impresiones de inmensidad, de lo grandioso de la naturaleza más impenetrable, de ahí que la relajación del segundo corte sea tan tensa, imbuida de un cierto miedo a lo desconocido. A pesar de su oceánico título, no utiliza Stephan sonidos de agua, no precisa llenar minutaje con grabaciones facilonas, se limita a observar desde bien cerca y a describir la belleza con su deslumbrante concepto musical.

Una historia dentro de la historia cuenta que la oficina de Manfred Eicher se encontraba a tan sólo 20 kilómetros de la casa del joven Stephan en Alemania. Tuvo que viajar a Oriente, a España, a Estados Unidos, y comenzar a publicar en una compañía británica, para acabar regresando a su lugar de origen, como un destino marcado. Su música refleja un estilo de vida y un tipo de conducta dictaminada por las leyes de la naturaleza y el contacto con los pueblos y las culturas mundiales ("si mi amor por la naturaleza se percibe en mi música, es que todo va bien"). Su encomiable capacidad de adaptación a dichas situaciones da lugar a una música plena de fuerza y conectada con la energía telúrica. Todo el mundo debería dejarse atrapar en alguna ocasión por plegarias como "Ocean Part 1" y en general por cualquier creación de Stephan Micus, un compositor brillante, lamentablemente poco conocido (está muy lejos del 'star system`', tanto por estilo como por voluntad propia, si bien su casi anonimato es una delicia para nosotros, pues así mantiene intacta su pureza y sus intenciones), que siempre transmite optimismo y cuya acogida crítica suele ser espectacular, aunque su fama sea tan limitada como la de la mayoría de los músicos que conviven en ECM Records.

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24.11.12

ARVO PÄRT:
"Tabula rasa"

Aunque queramos ser conscientes de que la música clásica no es ni mucho menos una música muerta, el término encierra verdaderamente un doble juego que aparta a muchos compositores del consumidor, en especial del público joven. Y aunque la contemporánea sea más cercana en el tiempo, no lo tiene precisamente más fácil que aquella, siendo la propia calidad intrínseca de los músicos la que marque su éxito. Nombres como Glass, Nyman, Mertens, Bryars, Richter o Jenkins han encontrado un público joven en su acercamiento a músicas del mundo, música para películas o vanguardias de aceptación popular, pero otros como Pärt, Tavener o Górecki han tenido que labrarse el camino acudiendo a sus convicciones religiosas, lo que lejos de perjudicarles, les ha abierto las puertas del cielo en el panorama contemporáneo, del que ya son por méritos propios nombres ilustres bajo la denominación de 'minimalistas sacros'. Algunos críticos afirman sin embargo al respecto del estonio Arvo Pärt que su música no es reflejo de ninguna fe profunda, sólo es religiosa en apariencia, su inspiración es más cultural y estética. Pärt, nacido en 1935 en Paide, cerca de Tallin, es un creador de una música elemental, de moderna espiritualidad (lo que le acerca también a un nuevo público, buscador de alquimias sonoras en la frontera), cuyo mayor reconocimiento popular llegó con "Fratres", composición de 1977 que parece estar inspirada en el amor fraternal de los monjes medievales y comunidades cristianas en general ('hermanos'). Las primeras obras de Arvo Pärt son conocidas como 'obras de sufrimiento', al estar escritas en unas condiciones extremas de control religioso en la antigua Unión Soviética. Por ejemplo, la inclusión en su "Credo" de la frase 'Creo en Jesucristo' fue objeto de la censura estalinista, y tras la composición de un sinnúmero de bandas sonoras y un concienciudo estudio sobre polifonía europea, se instaló en Berlín tras adquirir la nacionalidad austriaca.
 
Pärt busca la hermosura en los juegos con los silencios o con las construcciones sencillas ("he descubierto que es suficiente una sola nota cuando está muy bien tocada"), y de ese interés o necesidad nació a mediados de los 70 el concepto de 'tintinnabula' (o tintineo), una técnica tonal tomada de los armónicos de las campanas, base de sus obras más conocidas. "For Alina" marcó un despertar en su conciencia musical, que encontró la recompensa del reconocimiento pleno por composiciones como las que vienen reunidas en este CD, "Fratres", "Cantus en memoria de Benjamin Britten" y "Tabula rasa". La excelsa compañía ECM lo editó en 1984, si bien se trata de creaciones anteriores a los 80. La extraordinaria humildad de este trabajo reluce desde la propia portada, en la que no es necesario un bello paisaje o un eficaz diseño fotográfico, sino que basta con encuadrar nombre del autor y el título, sin más florituras, la música suena y el oyente juzga, y la opinión suele ser sencillamente excepcional. El comienzo de "Fratres" es un estallido de espiritualidad, y la pieza completa, en sus más de diez minutos, parece evocar la propia eternidad a través de un humilde piano y de fogosas entradillas del violín, que en esta versión cuentan con la esplendorosa interpretación de dos músicos de renombre de ECM: Gidon Kremer y Keith Jarrett. Kremer, violinista letón de extenso repertorio (de Vivaldi a Piazzolla), es parte fundamental en el disco, no sólo por la emocionante interpretación de "Fratres" sino por su implicación en el corte que lo titula, mientras que Jarrett, considerado intérprete de jazz, demuestra su capacidad en este terreno, en el cual ha profundizado en numerosas ocasiones. Una segunda versión de "Fratres" se recoge en el álbum, en esta ocasión para los doce chelistas de la Berlin Philharmonic Orchestra, en una interpretación quejumbrosa, menos agradecida que la anterior, pero igual de firme y deliciosamente austera. "Cantus in memory of Benjamin Britten" es otra intensa, triste y gloriosa composición, un solemne panegírico para orquesta (la de Stuttgart en este caso), firme reflejo de la admiración del músico estonio hacia el inglés, fallecido en 1976 antes de poder llegar a conocerse, un lamento uniforme de una sola melodía que se repite mientras va cayendo hacia la fría tierra. Como se puede leer en el libreto, "Tabula rasa" tuvo mucho de sugerencia de Gidon Kremer (está dedicada y compuesta para él, que la interpretó por primera vez en Estonia en 1977), y en sus 26 minutos, dos violines, piano preparado (a cargo de Alfred Schnittke) y la orquesta de cámara lituana van y vienen en unas pocas melodías simples que interactúan con los silencios en un fervoroso juego minimalista acertado y agradable, por momentos misterioso (su segundo movimiento, "Silentium", adormecido, en el que cada cierto tiempo unas tímidas campanas -el piano preparado- parecen anunciar la llegada de algo inesperado) e incluso hipnótico (la sonoridad del violín en el primer movimiento, "Ludus"). Pärt no experimenta con la música como otros contemporáneos suyos, prefiere construir plegarias dotadas de misticismo, si bien lo que aquí nos encontramos es un trabajo digno de cualquier lugar, credo o condición, de cualidades excepcionales y abierto a cualquier interpretación, en el que es fácil quedar literalmente atrapado, seas oyente de música clásica, amante de la música sacra, devorador de cualquier corriente contenida en las nuevas músicas o, simplemente, melómano.
 
Como suele ser habitual en el mundillo clásico, otras compañías discográficas han grabado estas mismas piezas con importantes intérpretes y directores (EMI, Deutsche Grammophon, Naxos, Telarc), cada una con su propia personalidad, pero hay que acabar ensalzando la categoría de esta primera edición para ECM, el sello de Munich en el que Pärt nos ha legado sus obras desde los 80 dentro de su categoría ECM New Series, que recoge trabajos más clásicos que los del jazz con el que nació la compañía. Apostando por Pärt, ECM fue fundamental en el éxito de un músico que parecía 'fuera de sitio', pero que logró imponer su humilde espiritualidad en un momento de auge electrónico posiblemente cansino. Destacable es el hecho de que, con motivo del 75 aniversario del autor, fuera comercializada una edición especial de "Tabula rasa" que incluía el CD, partituras, fotografías, facsímiles y un extenso libro de tapa dura, una ocasión única para gozar plenamente de un álbum primordial de la música contemporánea, y de un músico de imagen desaliñada cuyas obras están por igual ancladas en un tiempo pasado como sugieren un tiempo futuro.



2.12.08

STEPHAN MICUS:
"To the Evening Child"

En el característico sonido del sello alemán ECM tiene mucho que ver su fundador, Manfred Eicher, antiguo contrabajista de jazz que desde 1969 quiso dedicarse por completo a la búsqueda y producción de una serie de talentos entre los que no sólo podemos encontrar músicos de jazz sino también de música antigua, bandas sonoras o músicas del mundo. Precisamente en esta categoría se encuadra como ninguna la obra del alemán Stephan Micus, un ciudadano del mundo enamorado de oriente desde su primera visita a los dieciséis años, que está vinculado a ECM desde 1977. Numerosas y enormemente bellas son las obras que Micus entrega ya acabadas a la compañía, constituyendo un caso distinto al de la mayoría de los artistas del sello, que Manfred Eicher se encarga de producir personalmente. Micus, sin embargo, es su propio productor (salvo en sus dos primeros trabajos, en los que Eicher tomó esa batuta), y su sensibilidad se encarga de otorgar una extrema calidad a sus trabajos: "Wings Over Water", "Listen to the Rain", "Ocean" o "Darkness and Light" son algunas de sus obras destacadas entre numerosos títulos sin desperdicio, y poco después de esas inmaculadas obras es preciso detenerse especialmente en un disco publicado en 1992 bajo el poético título de "To the Evening Child".

Stephan recuerda que los momentos más felices de su vida han ocurrido en Nepal, siempre cuenta que allí fue donde descubrió cómo debía ser la música perfecta, mientras atravesaba en autobús un fértil valle dominado por los arrozales, con niños, búfalos y el color de los pueblos llenos de vida; en contraste, como telón de fondo se podían admirar inmensas montañas nevadas, en una zona inhóspita deshabitada, un símbolo de eternidad y pureza. Ese equilibrio de opuestos reflejó para él la imagen ideal de la música, una combinación 'paradisiaca' de elementos distantes con los que une culturas, con todo lo que ello conlleva: "Me interesa explorar, descubrir mundos a los que mucha gente no tiene acceso, sonidos que no han escuchado, y combinar instrumentos que jamás han sonado juntos por proceder de culturas diferentes". Sorprenden dos cosas en "To the Evening Child", en primer lugar la paz y pureza de un canto de palabras inventadas, y en segundo la gama de sonidos que se pueden extraer de un instrumento como los steeldrums del oeste de la india (no confundir con sus más famosos parientes caribeños), viejos bidones de aceite que adquieren una personalidad que va mucho más allá de sus características percusivas. Aunque en la mayor parte de la discografía de Micus desde los 80 los nombres de las canciones sean numerales, aquí vuelve a ofrecer títulos que nos pueden dar pistas sobre el origen o la inspiración de cada corte. Así, este inspirado trabajo comienza con "Nomad Song", una deliciosa canción de desarrollo lento y sugestivo, que pretende reflejar el itinerante mundo personal del artista, su propio espíritu nómada. Stephan, que nunca se sintió alemán, tiene una hija oriental y una pareja sudamericana (Adela es argentina), con la que vive en Mallorca. Precisamente a su hija Yuko, de hermosos ojos orientales, está dedicada "Yukos Eyes", emotiva pieza de sones rasgados (merced a la dilruba, otro instrumento indio de cuerda que se toca con arco) como esa mirada de niña pequeña que provoca en Stephan una alegría exultante, convertida aquí en una danza interior que se hace corta. "Young Moon" vuelve a abrir una ventana a la atemporalidad, pues aparte de la voz, los steeldrums y la dilruba se pueden apreciar dos tipos de flautas antiguas, una balinesa (suling) y otra alemana, pero del medievo (kortholt). Llegamos aquí a la parte central del álbum, que recoge su canción posiblemente más destacada: el encanto de esta pieza que da título al disco es edificante y puede contribuir a la liberación de las cargas diarias que corrompen cuerpo y mente, por su estética luminosa y optimista; al escuchar "To the Evening Child" (donde aparecen steeldrums, dilruba, nay -antigua flauta de caña egipcia-, sinding -arpa del África occidental cuyo cuerpo de resonancia es una calabaza- y voz), no hay que dejar de preguntarse por qué, si parece tan fácil, hay tan pocos que conmuevan de esta forma explorando en la conciencia global. "Morgenstern" (de percusión meditativa), "Equinox" (donde los sones de ocho dilrubas consiguen un efecto de falso dramatismo, que curiosamente destila una intensa alegría) y "Desert Poem" son otros ejemplos de esta música que no necesita vestirse ni adecuarse a nada que implique modernidad, mercados o promoción.

Aunque su nombre no aparezca en los renglones de los grandes libros, Stephan Micus podría considerarse como el músico del mundo por antonomasia. Este trovador de Pangea une musicalmente cinco continentes como si fuera uno, y lo hace con una solvencia, imaginación, sinceridad y entrega dignos de destacarle como un abanderado de la unión entre los pueblos. Su manera de tocar y combinar instrumentos con siglos de historia ("para mí, tener un instrumento entre las manos es como sostener la cultura a la que pertenece"- dice) les hace cobrar una nueva realidad, un papel virginal para ellos en la historia de la música, creando una soberbia y casi única transculturalidad. Si bien su discografía es de obligada escucha para los que buscan una comunicación entre el cuerpo, la mente y los elementos que nos rodean, su música es tan sincera que necesita del contacto con el público, ese especial vínculo que se establece en sus conciertos, pequeños y discretos encuentros con un personaje que, aunque hable varias lenguas y un español casi perfecto, su idioma es y será siempre la música.



5.7.07

JAN GARBAREK & THE HILLIARD ENSEMBLE:
"Officium"

Crítica y público se han rendido en todo momento ante las cualidades del saxofonista noruego Jan Garbarek. Su estilo propio, de amplio espectro cultural (donde predominan sus raíces escandinavas), responde a la belleza de lo natural hasta alcanzar la pura magia en sus grabaciones. En 1992 declaraba su curiosidad por la electrónica aplicada a su música, pero sin embargo en 1994 realizaba una de las fusiones más extrañas en su obra, en claro contraste con aquellas declaraciones. La otra parte de la colaboración era el conjunto The Hilliard Ensemble, un cuarteto vocal británico dedicado a la interpretación de música antigua. Su especialidad, la música de las épocas medieval y renacentista, aunque también haya interpretado música contemporánea, de Arvo Pärt, John Cage, Gavin Bryars o Heinz Holliger, entre otros. A la lista se uniría ahora la curiosidad del nombre de Jan Garbarek.

El canto gregoriano estaba absolutamente de moda en aquella época, sólo hay que recordar la grabación del coro de monjes de Santo Domingo de Silos que alcanzó los primeros puestos de las listas de ventas en España y otros países, como por ejemplo los Estados Unidos. Tamaña sorpresa pudo ser el acicate de una nueva gama de expresiones musicales utilizando como lenguaje vocal el latín, tanto en el campo del jazz, como el folk o la más pura new age, uniéndose a los que siempre habían estado allí, los intérpretes de música antigua. Esta grabación, titulada "Officium", se sitúa en un territorio inexplorado entre ellas, y su mentor fue el conocido productor de ECM Manfred Eicher, el cual decidió superar ciertos prejuicios -por los cuales la descontextualización podría resultar desde malsonante hasta simplemente abominable- y desmarcarse en esta propuesta novedosa y ante todo atrevida y criticable por los puristas. Eicher propuso la unión y los músicos escogieron el repertorio, polifonía religiosa medieval donde destacaba profundamente "Parce mihi domine", del principal representante de la escuela polifonista andaluza, Cristóbal de Morales, que suena tres veces en el disco, destacando sobre interesantes anónimos checos, húngaros, ingleses y gregorianos. Es esa una entrada monumental a un crossover diferente, bendita fusión de jazz y música antigua que goza aquí de la calidad de sus dos vertientes, y fue la canción cuya difusión enganchó a miles de oyentes que no se hubieran interesado simplemente por la polifonía de la Hilliard o por el saxo de Garbarek, sino que fue su atractiva y novedosa reunión la que consiguió esa reacción anímica que Manfred Eicher buscaba, un placer auditivo que más allá de conseguir el conocimiento y admiración hacia los artistas, provoca además una maravillosa sensación de relax, como un bálsamo para el que busca una cura ante el estrés. Ciertamente, por momentos la música fluye, y el tiempo se detiene, cuando el saxo tiende en acompañamiento ambiental, para nada impetuoso, nos vemos sumergidos en océanos de paz de la talla de "Primo tempore". Otras piezas, como es el caso de "O salutaris hostia", parecen seguir la estela de "Parce mihi domine", y "Sanctus" o "Ave Maris stella" son también de parecida factura, se disfruta con sorpresa de unas resonancias mágicas, sonidos de una catedral abierta a un nuevo estilo, si bien el saxo y las grandes iglesias llevaban tiempo siendo importantes en la música de otro gran saxofonista proveniente del jazz como Paul Winter. Aunque este fabuloso conjunto vocal tenía ya una enorme experiencia a cappella, sin precisar acompañamiento instrumental, las voces y el saxo tienen a conjuntarse como si este último fuera un miembro más de ese coro británico. Esto se paladea especialmente en piezas como "Pulcherrima rosa". También se sabe mostrar danzarín sobre polifonías medievales como "Credo", demostrando su capacidad de adaptación a esta fusión tan extraña en su concepto como enriquecedora en su escucha.

Grabado en el monasterio austriaco de St. Gerold en septiembre del 93 (en una impresionante reafirmación de las características envolventes de la conjunción entre voces y atmósfera religiosa, "Officium" pudo disfrutarse también en vivo en numerosas iglesias en sucesivas giras) con la formación de la Hilliard de David James (contratenor), Rogers Covey-Crump (tenor), Steven Harrold (tenor) y John Potter (barítono), ECM publicó "Officium" en 1994 con una espectacular portada en blanco y negro, alcanzando enseguida importantes puestos en las listas de ventas y popularidad, especialmente en Europa, tratándose incluso de uno de los álbumes más vendidos del sello. En un contexto en el que nadie destacaba sobre nadie sino que las dos diferentes formas musicales se funden en una, lo conseguido fue doble, superar por parte de The Hilliard Ensemble el aislamiento de la vanguardia, y consolidar la seriedad del saxo de Garbarek, en estos tiempos en que parecía que se intentaban reescribir ciertas historias, a veces con acierto y otras no tanto. Esta lo fue, y su calidad y uniformidad la hace merecedora de este recuerdo, que se mantenía vivo por medio de otros dos discos de esta alabada reunión de estilos: "Mnemosyne" en 1999 y "Officium novum" en 2010.