25.12.09

LOREENA McKENNITT:
"The mask and mirror"


Si cualquier viaje lejano puede suscitar un cúmulo de experiencias y anécdotas, el que ha llevado a Loreena McKennitt por medio mundo ha generado una cuantiosa legión de influencias y de ideas para desentrañar una música que, desde una herencia celta, se ha transfigurado en global, multicultural y riquísima en detalles. Esta historia de amor entre una arpista y su público, que comenzó en los 80 en una granja canadiense, ha transitado por caminos de inusitada calidad en sucesivas grabaciones de títulos tan importantes como "Elemental", "Parallel dreams" o "The visit", para continuar por caminos más abiertos, en base a una labor de estudio en el origen de lo celta. La investigación realizada en culturas milenarias no sólo supuso un ejercicio fascinante para Loreena, sino que fue el origen de una nueva forma de concebir su música más allá de la tradición celta. En efecto, al ir conociendo detalles sobre la expansión y antecedentes de dicho pueblo, aumentó su interés por las músicas del este de Europa y del Oriente próximo. Sin embargo un paso importante en esta apasionante historia estaba mucho más cerca de lo que podíamos imaginar, ya que se detuvo en nuestra propia tierra.

Todo lo que confluía en la Loreena McKennitt de esta época era garantía de éxito, así que Warner Music continuó distribuyendo sus discos, grabados en su propia compañía, Quinlan Road. "The mask and mirror" llegó en 1994 y siguió aunando los componentes que habían llevado a "The visit" a vender cientos de miles de copias: un trabajo de estudio sin par en la temática elegida, una labor de composición brillante, donde la comercialidad y la calidad se dan la mano, y un proceso de grabación en el que no se habían escatimado medios, y en el que la McKennitt, a la sazón productora, estaba arropada por nombres de confianza como Brian Hughes (guitarras, balalaika, sitar), Rick Lazar (percusiones), Hugh Marsh (violín) -estos tres le acompañarían en su nueva gira-, Anne Bourne (cello, voces), Patrick Hutchinson (Uillean pipes) o, por vez primera, el mítico Dónal Lunny (bouzouki, bodhran), entre otros. La rica instrumentación escogida no impedía que la voz de Loreena McKennitt, por encima de su arpa o acordeón, fuera por lógica el punto más importante de la grabación: la canadiense es una contadora de historias, su cálido estilo nos es muy cercano porque en "The mask and mirror" bebe por igual de fuentes mediterráneas que de las suyas propias, las celtas. Una joven Loreena McKennitt, de incansable espíritu viajero, había visitado España y concretamente la Alhambra de Granada antes de publicarse "Elemental", su primer disco. Años después volvió para inspirarse y, entre España y Marruecos, nació "The mask and mirror", un trabajo pleno de referencias a nuestra cultura, y con una elevada vena mística cuyo origen se debe a determinadas lecturas sobre el sufismo, ese 'islam esotérico' que busca llegar hasta Dios. Sin ir más lejos, el tema de inicio del álbum, "The mystic's dream", explora en esa búsqueda por medio del amor, si bien es a través de dos poetas donde encuentra unas referencias tan claras en su conexión mística como lejanas en su origen: del irlandés William Butler Yeats son los románticos versos de "Cé hé mise le ulaingt? (The two trees)", y el visionario de Ávila San Juan de la Cruz inspira una de las maravillas del disco, "The dark night of the soul", un cautivador poema de amor entre el místico y el propio Dios que -destaca Loreena- puede pasar perfectamente como una historia entre dos amantes de cualquier época ("¡Oh, noche que guiaste!, ¡oh, noche amable más que la alborada!, ¡oh, noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada!"). La música de Loreena parecía querer alcanzar un nivel superior de espiritualidad, si bien la canción estrella del álbum, y precisamente la más alejada (junto a la última del mismo) de la inspiración de Al-Ándalus, era una continuación de las ideas más comerciales que vistieron "All souls night", el primer sencillo de su anterior álbum, "The visit". Titulada "The bonny swans", con letra tradicional y música de Loreena, esta pegadiza canción que tuvo su correspondiente CDsingle y un hermoso videoclip, trataba sobre la historia de dos hermanas en la Edad Media, una de las cuales ahoga por celos a la otra; ésta regresa en forma de cisne para transformarse definitivamente en un arpa, ese instrumento tan evocador que puede considerarse como el primordial de Loreena McKennitt. Un tema magistral, pleno de simbolismo, en un tono medieval que también se respira en otras de las canciones, que ayudó a acrecentar la fama de la cantante. "Prospero's speech" es ese mencionado cierre del disco, una canción cálida arropada por una voz más susurrante, y un recuerdo de sus experiencias teatrales, en concreto con "La tempestad" de William Shakespeare, a la que pertenece este discurso. El 'Bardo de Avon' ya había aparecido en el anterior trabajo de la McKennitt, pero de un modo más mundano, el disco está impregnado de otras vivencias personales importantísimas: Loreena actuó en enero de 1992 en Santiago, enamorándose al instante de esa ciudad gallega, tanto que volvió en mayo de ese mismo año y se empapó de la historia de dicha urbe mágica; cuenta nuestra protagonista que compró un disco del grupo Els Trobadors y le encantó, y que tras seguir estudiando este cruce cultural de comunidades cristianas, judías y musulmanas, encontró al final esta música tradicional, que utilizó en el disco con el título lógico de "Santiago", otra de las canciones (la única sin letra definida) destacadas por su encantador estribillo tarareado y su ritmo multicultural. Marruecos inspira notablemente el cuarto y quinto tema del disco, un animado y colorido "Marrakesh night market" que nace de la sorprendente visión y experiencia de la primera noche de nuestra artista en Marrakesh durante el ramadán de 1993 ("miles de personas concentradas en círculos (...) con su música particular, una poesía directamente relacionada con ritmos de tambores, encantadores de serpientes, monos y pociones mágicas"), y "Full circle", un emocionante recuerdo de la impresión del amanecer en el desierto y los cantos de las mezquitas en pleno ramadán, que supusieron para la McKennitt de esa época dos de las tres experiencias más fuertes de su vida (junto a la visita a un monasterio de monjes benedictinos en Quebec).

Parecía increíble a estas alturas de la carrera de Loreena McKennitt que su interés primario una década antes fuera simplemente viajar a Irlanda para investigar su cultura. Ese fue tan sólo el origen de una búsqueda mayor, más profunda y mucho más extensa, temporal y kilométricamente. Es altamente destacable el tirón emocional de una música que en ocasiones parece unida por un cordón umbilical con lo divino, especialmente en los momentos en que el eterno estribillo transmite efectos hipnóticos en un oyente embelesado. En "The mask and mirror" (el álbum de Loreena McKennitt que mejor ha funcionado en España, llegando a alcanzar el número 6 en las listas de ventas) dicho oyente puede asistir, precisamente, a un sincero relato musical sobre varias maneras de encontrarse con Dios, un tema recurrente y posiblemente primordial en este disco que inquiere preguntas y respuestas desde su propio título, "The mask and mirror", puesto que Loreena se plantea definitivamente: "¿Quién fue Dios?, ¿qué es la religión?, ¿qué es la espiritualidad?, ¿qué fue máscara y qué fue espejo?".

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19.12.09

JONN SERRIE:
"Planetary chronicles vol.1"

Una teoría de tan hermoso apelativo como 'música de las esferas' debería de haber sido tomada como cierta desde siempre, pero el pragmatismo en este caso siempre pudo con la poesía y la confirmación ha tenido que llegar siglos después de que los griegos la enunciaran. Los cuerpos celestes, según esta creencia, emiten sonidos armónicos (cantan, como dijo un astrónomo), ondas de frecuencias generalmente imperceptibles para nuestros oídos pero que alteradas artificialmente nos suenan como vibraciones, zumbidos, púlsares, silbidos o ruidos tormentosos. Aparte de servir para comprender mejor el universo o simplemente incitar al misterio, la demostrada 'música de las esferas' permite un acercamiento con mayor interés a ciertas formas de 'música cósmica' que desde hace décadas se están interpretando en los entornos de la new age, el rock sinfónico o la música contemporánea, en especial (y sin olvidar a muchos otros como Vangelis, Jarre, Tangerine Dream, Steve Roach, Constance Demby, Neuronium o en otros sentidos menos electrónicos Gustav Holst, Terry Riley o Jeff Oster) la música compuesta para planetarios, donde entra de lleno el sintesista estadounidense Jonn Serrie. Jonn entró en contacto con los sintetizadores en los 70 y sus músicas, gracias a amistades, sonaron en el planetario de Hartford (Connecticut), impresionando de inmediato y expandiendo su estela hacia otros planetarios; en el de Nueva York grabó cassetes para venderlas allí mismo, y el sello Miramar se interesó hasta el punto de hacerle un suculento contrato.

Serrie despuntó en 1987 con un interesante trabajo, "And the stars go with you", cuya inspiración vino de la tragedia del transbordador espacial Challenger (él iba a colaborar con la NASA, en concreto con Christa MacAuliffe, que iba a impartir clases con la música de Jonn desde el espacio). En ese primer disco asentó las bases de un estilo cósmico ambiental en el que la inmensidad y oscuridad espacial está especialmente lograda, en base a fondos languidecientes, notas alargadas y graves, en un clima romántico aletargado, como de un apagado atardecer. No fue sino cinco años después, en 1992, cuando Miramar publicó un compendió de aquellas antiguas melodías de planetario bajo el título de "Planetary chronicles vol.1", un disco que fue repescado en 2002 por la compañía estadounidense New World Music con un acertado cambio de portada (la que ilustra esta crítica). Aunque predomine un estilo muy relajado, el inicio del álbum ("Mystery road") es sugerentemente rítmico, cobrando de inmediato una extraordinaria ambientalidad, de onirismo cósmico muy inspirado. "Dawn trader" presenta un comienzo majestuoso y aventurero, al que sigue un desarrollo sosegado, meditativo, donde mantos de sintetizadores, en continuidad con el tema anterior, elaboran una atmósfera espacial, ideal para viajar por la pantalla de un planetario. Realmente tuvo que ser un espectáculo contemplar las imágenes del planetario de Hartford con la música de Serrie, composiciones tan ingrávidas y majestuosas como las dos que abren este trabajo. "The straits of Madigann" viene salpicada de multitud de efectos sonoros, pero no es una composición lineal como puede ser el resto del disco, sino que tiene varias caras y un desarrollo sinuoso, con diversas entradas y salidas como de agujero de gusano, y un final que presenta apagadas voces futuristas. Más calmada es "Starmoods", dieciseis minutos de tranquilo viaje por el espacio, parecido al que después haría Jarre por el mar en "Waiting for Cousteau" (aunque de menor profundidad que aquella genial inmersión en lo más profundo del océano). El disco acaba con "The auran vector", inquieta música planeadora en un estilo más movido y confuso que en el tema anterior. 'Crónicas planetarias' es un título lo suficientemente sugerente como para ejercer un cierto interés en la franja de público que busca nuevas experiencias sonoras con los sintetizadores, si bien en general nos encontramos con una música que a pesar de estar destinada a la contemplación del espacio, supone tanto una exploración exterior como interior, pues incita a la relajación y posee una extraña huella romántica (incluso un cierto componente erótico).

Otros músicos de planetario, como Mychael Danna, Michael Stearns o nuestro Luis Delgado, parecieron acabar influenciados por músicas del mundo o al menos otras instrumentaciones más terrenales. Serrie continúa fiel a una música dedicada por igual al espacio y la aviación, pero sus intentos más comerciales, emulando al propio Danna y en líneas estilísticas cercanas a artistas atmosféricos como Constance Demby, Steve Roach, Yanni o Tangerine dream, no han llegado a dar los frutos de los puramente planeadores, ábumes como "And the stars go with you" o "Planetary chronicles" (cuyo segundo volumen salió a la luz en 1994) donde los teclados marcaban un estilo marcial, de ritmo fácilmente llevadero por una muy agradable ambientalidad que en ningún modo caía en el aburrimiento o en la nulidad, con mucho que decir y una forma de decirlo clara, estricta, cómoda, de producción pulcra y de maravillosa evocación espacial. La música del infinito, para escuchar camino de otra galaxia.

13.12.09

PHIL CUNNINGHAM:
"The Palomino waltz"

Silly Wizard era el nombre de una mítica banda escocesa de música tradicional, que encontró un cálido acomodo y un cierto éxito desde comienzo de los años 70 y durante los 80. Johnny Cunningham estuvo involucrado desde su origen, y enseguida atrajo también a Andy M. Stewart, vocalista carismático, y a su propio hermano pequeño Phil, un vibrante acordeonista que iba a dejar huella en la música escocesa de finales de siglo no sólo como músico sino además como productor. No había fines nacionalistas en Silly Wizard -comenta Phil Cunningham-, sólo era una manera de mantener viva una cultura y una identidad musical. Durante esta etapa, Phil publicó además su primer álbum en solitario, un interesante "Airs and graces", y no sería hasta cinco años después cuando vería la luz su segundo trabajo, un lustro en el que no sólo terminó la aventura de Silly Wizard sino que además dió origen a los dos álbumes del supergrupo Relativity, formado por dos parejas de hermanos sin igual, los irlandeses O'Dhomhnaill (Micheal y Triona) y los escoceses Cunningham (Johhny y Phil). Con semejante rodaje, lo presentado en 1989 por Green Linnet Records bajo el título de "The Palomino waltz" sólo podía ser pura magia de esencia celta.

Gusta Phil de compaginar ritmos y melodías, y eso es lo que nos ofrece en sus discos, una combinación de reels y aires lentos casi a partes iguales que se mezclan para mantener a la vez un ferviente entusiasmo y una calmada atención. El comienzo no podía ser sino una demostración de acordeón, dos animados reels ("The bombadier beetle" / "Webbs wonderful") que anticipan un trabajo alegre, bien producido y de esencia tradicional, si bien es el propio Cunningham el que compone la mayoría de las canciones, entre las que, como ya sucediera en su primer disco, no hay voces. Otro instrumento usual en la música celta, el violín (el instrumento esencial de su propio hermano) marca la pauta en un aire lento de bailable esencia de título "The Ross Memorial Hospital"; el encargado de manejar este 'fiddle' en este tema y el siguiente es Aly Bain, el violinista durante más de treinta años de otro grupo mítico, Boys of the Lough. "The Palomino Waltz" / "Donna's Waltz" son la demostración de la fuerza que caracteriza a este músico, que en combinación con su virtuosismo e inteligencia le hacen ir un paso por delante de su generación; aquí es de nuevo el acordeón el que nos deleita junto al violín y un tímido bajo con dos melodías sencillamente magistrales a ritmo de vals. De nuevo aparecen los reels en el disco, en esta ocasión tres títulos unidos ("The four stroke reel" / "Martin O'Connor's flying clog" / "The four stroke reel") interpretados en un soberbio directo grabado en Cozumel (Mexico), y más adelante con el animado y avanzado para su época "Ceilidh funk", vertiginosa pieza de origen desconocido (es el único reel del trabajo que no compone Phil Cunningham). "Violet Tulloch's welcome to the crask of Aigas" / "The laird of Drumblair" son dos strathspeys, un tipo de alegres y festivas tonadas para danza entre las que se encuentra una del legendario violinista James Scott Skinner. Restan sin embargo tres aires lentos por comentar, en dos de ellos suenan sendas gaitas, escocesa en "Leaving glen affric" (que parece un calmado anticipo de Wolfstone, aunque en realidad sea una composición del que fuera gaitero de Silly Wizard e intérprete en esta pieza, Finlay M. MacRae) e irlandesa, a cargo de Davey Garrett, en un final tranquilo de título "Ciara McCarthy's lullaby". Por último la que podría denominarse como joya del disco (y el término 'joya' es muy acorde en el caso de Phil Cunningham, si tenemos en cuenta algunos de sus éxitos junto a Aly Bain), una delicada y encantadora composición para teclado y flauta titulada "The wedding" cuya simpleza, lejos de restarle encanto, le confiere una sincera calided.

Además de un sofisticado intérprete (no sólo de acordeón, también toca en sus discos flauta, teclados y alguna guitarra) y un fenomenal productor (entre otros Dolores Keane, Connie Dover, Altan, Bonnie Raitt o Wolfstone), Phil Cunningham posee un estupendo sentido del humor, que le hace acreditar en sus trabajos al ficticio pianista Koos Koos Mccafferty y que provoca la aparición de curiosos videos en su myspace. Aunque la música escocesa tenga sus diferencias con la irlandesa, en realidad, y más con el tiempo, es difícil describirlas, pues tienen demasiado en común. Algo así sucede en este maravilloso disco, un trabajo sólido que mantiene viva la llama más caliente de la música tradicional escocesa pero que se abre a las naciones celtas y explora en ese sonido antiguo que nos enciende y deleita por igual sea inglés, irlandés, escocés, bretón, de Canadá o del norte de España. Seguro que cuando Phil Cunningham dice "yo creo que la música de hace años transmite lo que somos ahora y refleja el pueblo que somos", no se refiere únicamente a la nación escocesa.

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6.12.09

TANGERINE DREAM:
"Phaedra"


Aunque en el momento de la publicación de "Phaedra" ya existían cuatro discos en el mercado del grupo Tangerine Dream, el éxito a nivel comercial les llegó gracias a la distribución de Virgin Records. Es más que seguro que, indirectamente, fuera Mike Oldfield quien propiciara ese contrato con la discográfica de Richard Branson, ya que "Tubular bells" había reventado el mercado de la música instrumental sólo un año antes, y el mandamás de Virgin puso los ojos en el grupo alemán para copar este ámbito en alza. Otros, como el sintesista alemán Klaus Schultze (que fuera miembro del grupo en su primer plástico, "Electronic meditation"), opinan sin embargo que sin "Tubular bells" su éxito hubiera sido mucho mayor. Lo que hay que tener bien claro es la diferencia estilística entre ambos conceptos musicales: mientras Oldfield acercó el rock sinfónico a la música clásica y al folk, Tangerine Dream comenzó como un grupo de krautrock, ese rock experimental alemán que usaba la tecnología a su antojo para experimentar en un nuevo concepto de música electrónica, en ocasiones tan vanguardista y ausente de normas que más de uno se podría plantear dónde está la frontera entre la originalidad y la desvergüenza. Como paso previo a su fichaje por Virgin, el trabajo de 1973 "Atem" fue especialmente aclamado por el prestigioso locutor John Peel, el mismo que lanzó "Tubular bells" al estrellato al radiarlo íntegro en su programa. La nueva compañía les recibió con los brazos abiertos, y en una muestra de la pasión de estos teutones por no quedarse atrás en la carrera por la conquista de la tecnología, el dinero que el sello británico les adelantó fue a parar a la compra de un sintetizador Moog Modular. De esta forma, sustituyendo el bajo por un rudimentario secuenciador, convirtieron a este trabajo en el primero en utilizar comercialmente este instrumento que almacena y reinterpreta secuencias de sonidos. Edgar Froese (el creador primigenio, cuyo carácter rebelde le llevó a luchar contra lo establecido, en la vida y por supuesto en la música, en un Berlín vanguardista y tumultuoso) y Christopher Frankefueron los puntales creativos de la banda, y esta época de mayor éxito contaba con Peter Baumann como tercer miembro a la sombra de ese cruce de genios, un Baumann que posiblemente cobró más reconocimiento años después al fundar la excelsa compañía Private Music. 

Habiendo emprendido un camino seguro con el mencionado y reverenciado "Atem" y un "Green desert" que iba a tardar más de una década en ver la luz, de forma paralela pero ciertamente alejada (al menos más moderada) de lo caótico, rotundo y reververante de sus primeros trabajos ("Electronic meditation", "Alpha centauri" o el también aclamado "Zeit"), este trío de visionarios consiguió gracias a ese fichaje por Virgin que su música fuera distribuída como suponían que merecía, y las ventas les dieron la razón. Huyendo de lo convencional y deleitándose en una forma psicotrónica de ejecutar una música sugerente, extraña, sin melodías reconocibles, Tangerine Dream se ganó una legión de leales acólitos, muchos de ellos posiblemente jóvenes inconformistas surgidos de la cultura de las flores o de círculos underground. El VSC3 (sintetizador portátil de aspecto extraño, con una carcasa de madera que ahora vemos como algo absolutamente retro) marcó el camino de la banda, combinado con mellotron (teclado eléctrico que suele considerarse como el antecedente del sampler), sintetizador Moog, órgano, piano, guitarra y flauta (si bien los instrumentos acústicos apenas cuentan en el resultado final). "Phaedra" fue publicado en 1974, y no parece recoger influencias de la mitología griega a pesar de que Phaedra (o Fedra) fuera la esposa de Teseo. Comienza con la larga composición de igual título, "Phaedra", inquietante por una atmósfera quejumbrosa y ritmo latente de secuenciador (el Moog en vez de un bajo) que marca un camino sin dirección clara, basado más en ese ritmo y el ambiente nebuloso que en la melodía. Es curiosamente la ausencia de rigor, la imprevisibilidad, lo que hace de estas composiciones más vivas y por supuesto extrañas, anticipando con su investigación electrónica la enorme comercialidad que Jarre y Vangelis sí que supieron (o quisieron) encontrar pocos años después con un componente melódico más estudiado. Dentro de la frialdad general, "Mysterious semblance at the strand of nightmares" es un título obra de Froese que intenta ser más cálido y agradable, y a pesar del abuso de efectos sonoros (sin secuenciador, basado en el mellotron) consigue un resultado igual de misterioso que el resto del disco pero más asequible y abierto, incluso altamente hipnótico. En temas como éstos emerge una profunda contradicción, pues las meditativas intenciones cuentan con un componente subyacente que nos hace debatirnos entre una calma tensa y una tormenta de proporciones livianas. "Movements of a visionary", pura experimentación con comienzo robótico y desarrollo demasiado lineal, es otra composición que con sus pulsos melódicos sabe explorar en algo primario de nuestra mente. "Sequence C'", de Baumann, cierra el disco con sus dos meditativos minutos de flauta con nimios efectos, dejando abierta una vía de expresión de clara continuidad. "Phaedra" se grabó en el famoso castillo-estudio de Virgin Records en Oxfordshire, The Manor, pero el proceso no fue nada fácil, numerosos problemas técnicos de todo tipo pusieron en peligro el álbum, que no avanzaba casi nada con el paso de los días. Sin embargo, tras un conveniente descanso campestre y como por arte de magia, Froese grabó junto a su mujer Monique, en una sola toma, el corte "Mysterious semblance at the strand of nightmares" mientras Franke y Baumann dormían. No consta desdén por parte de los durmientes, ya que a partir de ahí todo fue rodado, y el álbum salió a la venta el 20 de febrero de 1974. La primera edición en CD llegó en 1984, y la llamada 'Edición definitiva' en 1995 (con diversos errores). En 2005 Froese publicó en su sello, Eastgate, una versión modificada titulada "Phaedra 2005", con portada ligeramente diferente, cambios en las canciones y un tema nuevo ("Delfi"), que volvió a ver la luz en 2010 con otra portada (absolutamente fuera de lugar) y el título de "Phaedra Revisited (35th Anniversary Edition)". También en 2010 se volvió a publicar en vinilo por parte de Virgin, y en 2011 fue incluído en el recopilatorio triple "The Virgin years 1974-1978". En cuanto a singles, Virgin publicó uno promocional en 1974, con versiones recortadas de "Phaedra" y "Mysterious semblance at the strand of nightmares".

Al encontrarse en encrucijadas múltiples y bien planteadas, los discos antiguos de Tangerine Dream no pasan fácilmente de moda a pesar de los muchos años transcurridos, de hecho algunos de ellos siguen siendo referencias y cuentan con admiraciones varias, ya que nos encontramos ante una banda influyente y en constante evolución (especialmente en sus primeras dos décadas de andanzas), reverenciada por igual por hippies, yuppies, discotequeros, rockeros o melódicos. "Phaedra" se aprovechó de una época abierta (gloriosa, de hecho, para ciertos estilos y tendencias), de caminos inexplorados (Franke, por ejemplo, intentó imitar con el secuenciador ritmos africanos, algo insólito en la Alemania electrónica de los 70), en la que lo raro vendía, y constituye uno de los mayores logros de la banda alemana, un trabajo más misterioso y oscuro que relajante, cuya audición no siempre es fácil, pero que sin embargo deja un poso enorme al escucharlo con la debida atención, la sensación de haber contemplado uno de los despertares al mundo de la música electrónica.

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29.11.09

DAVID ARKENSTONE:
"Citizen of time"


La impecable imagen de marca de la compañía Narada Productions le hizo lograr que la prestigiosa revista Billboard le aupara a comienzos de los 90 al primer puesto en cuanto a popularidad en la categoría 'new age', por delante de la pionera Windham Hill. Su estrategia incluía fichajes de calidad, estudios de mercado y un diseño gráfico fácilmente identificable que combinaba lo informativo con lo puramente artístico. Por ejemplo, en el caso de David Arkenstone, sólo hay que ver y admirar las portadas de sus dos primeros discos, "Valley in the clouds" y "Citizen of time", que reproducían sendas pinturas del artista gráfico Mark Geisheker, ambas de inapelable belleza y de una conseguida equiparación con el universo musical de este artista estadounidense influenciado del mismo modo por Emerson, Lake and Palmer, Yes o Kitaro en cuanto a la música, que por Tolkien o Ian Fleming en la literatura. En su enfoque aventurero, Arkenstone deseaba "pintar cuadros para el oyente"; preguntado por lo que intentaba ofrecer al público en su debut musical, "Valley in the clouds", respondía jocosamente: "Intento escribir la música que Indiana Jones escucharía". Hilando la mencionada Billboard y estos trabajos de Arkenstone, hay que mencionar que "Citizen of time" fue uno de los primeros álbumes en alcanzar ese importante número 1 'new age', en julio de 1990, justo después del inmenso "Kojiki" del japonés Kitaro. No en vano "Citizen of time" es un disco entretenido y muy disfrutable, enclavado en el gran momento de este tipo de música.

Multiinstrumentista madurado en California, Arkenstone encontró en su incorporación a Narada una puerta hacia una comercialidad basada en un sonido propio y elegante, de natural grandilocuencia, adquiriendo por lo general tintes épicos derivados de temáticas mitológicas, historias de aventura heróica y fantasía, entre los mundos de Robert E. Howard y los de J. R. R. Tolkien. Su disco de debut, "Valley in the clouds", inauguró en 1987 el catálogo de Narada Mystique (una de las colecciones de la compañía, en concreto la encargada de comercializar 'nueva música electrónica de alta calidad') que según Narada "ofrece a sus artistas un foro abierto para explorar nuevas fronteras en el sonido. El resultado es una síntesis de arte y tecnología, un vértice artístico donde la tecnología se vuelve transparente, donde la MÚSICA, y nuestra imaginación, no conocen límites". Mystique continuó con obras de Peter Buffett, Bruce Mitchell, Carol Nethen y en 1990, en octavo lugar, un adictivo y estimulante "Citizen of time", en el que Arkenstone se convierte en un explorador de civilizaciones remotas, un ciudadano del tiempo. El monte Everest es el punto de partida desde el que nuestro aventurero decide comenzar la exploración de estos enclaves maravillosos; "Top of the world" es una placentera melodía de flauta sobre base de teclados (acústica y electrónica) que nos abre las puertas a un mundo fantástico -nuestro propio mundo, de hecho- y augura un viaje largo y pleno de aventuras hacia destinos exóticos como la gran muralla ("The great wall", otra acertada y juguetona composición con el justo equilibrio entre lo dinámico -las percusiones de un clásico en los discos de Narada, Daniel Chase- y lo relajante), los calurosos desiertos del sur de Estados Unidos ("Voices of the Anasazi", interesante muestra de ambientalidad con intención melódica, que precisamente sin poseer una melodía pegadiza, consigue convertirse en una de las composiciones mas serias y acertadas del trabajo), las tierras nórdicas ("The northern lights", que mantiene una línea espectacular por medio de una adictiva tonada de espíritu aventurero en una envoltura de película con aurora boreal incluída -un misterio inmenso, radiante, iridiscente, cuenta David-) o el antiguo Egipto, en uno de los temas más misteriosos del trabajo, "Rumours of Egypt", donde un suave y sensual ritmo in crescendo, acompañado del delicado encanto oriental de un teclado emulando un instrumento de viento, nos acompaña directamente hacia tumbas, esculturas y por supuesto pirámides, destilando un enigmático componente esotérico en una música ya de por sí alquímica. Es esta parte central la más acertada de un disco por lo general agradable y entretenido, si bien de concepción algo sencilla. Eso no le resta encanto y sin duda merece la pena dejarse acompañar por las composiciones arriba destacadas o por otras creaciones ágiles, aventureras ("Firestix", "Splendor of the sun"), atmosféricas ("The malabar caves", una incursión en las profundas cuevas indias) o de cierta pomposidad, como el clímax de un tema final, "Explorers", dedicado a la malograda tripulación del transbordador espacial Challenger. Se trata de una despedida abierta al futuro y al universo, amenazante de una continuación, ya que las explicaciones del libreto del álbum culminan con la frase "el ciudadano del tiempo viaja todavía...". Curiosamente, una especie de posible continuación, titulada "Citizen of the world", fue publicada en 1999, pero por la gran rival de Narada, Windham Hill Records. Y es que a Arkenstone le gustaba desarrollar este tipo de aventuras temáticas: "disfruto tomando un enfoque narrador sobre la música, y crear una atmósfera donde las personas puedan usar los recursos más completos de su imaginación para sentir las imágenes de mi música, visitar mentalmente los lugares que estoy describiendo (...) La música es más emocionante cuando crea un sentido de aventura".

La idea de crear un disco conceptual con la atractiva temática de un viajero del tiempo, le imprime un cierto carisma a la obra, aunque tal vez se eche de menos una mayor cohesión, y especialmente la ayuda de algún acertado tema recurrente. Aún así, la fuerza de alguna de las composiciones por separado ("Rumours of Egypt", "Firestix", "The great wall") y lo correcto del nivel general hacen de "Citizen of time" un agradable ejemplo de conjunción de sonido electrónico y acústico con aires épicos, en el que David Arkenstone se encarga de tocar un aluvión de sintetizadores (Korg, Roland, Emulator, Proteus, Fairlight, Yamaha), piano acústico, guitarra, bajo y flautas. "Siento que hice algunos avances importantes como compositor en este proyecto -decía David-, y disfruté relacionando libremente la música en torno a un concepto". A pesar de su creciente éxito y su legión de fieles seguidores, el estilo de este multiinstrumentista ha ido perdiendo algo de personalidad e inspiración en la búsqueda de la comercialidad, si bien casi cualquiera de sus discos (en especial los de Narada o Windham Hill) es un material recomendable para dejarse llevar hacia espacios ignotos de magia y aventuras, sin salir del salón de nuestras casas.





22.11.09

PHILIP GLASS:
"Powaqqatsi"

Los hopis son un pueblo nativo de la meseta central estadounidense que ha sabido mantener la esencia de su cultura hasta nuestros días, una sabiduría ancestral que conserva datos históricos controvertidos y teorías proféticas sobre el destino de la humanidad. Es del idioma hopi de donde toma el director de cine Godfrey Reggio los títulos de su conocida trilogía documental 'Qatsi', formada por las películas 'Koyaanisqatsi' ('vida fuera de equilibrio'), 'Powaqqatsi ('vida en transformación')' y 'Naqoyqatsi' ('la vida como guerra'). Todas ellas cuentan con la banda sonora de un Philip Glass que entró en la industria del cine "tarde y por la puerta de atrás (...) simplemente como otra forma artística en la que trabajar". "Koyaanisqatsi" presentaba un score intenso, meditativo en su comienzo (con la abrumadora belleza del Gran Cañón), deprimente y desazonante en su segunda parte (en combinación con elementos tan destructivos como necesarios para el hombre como líneas de alta tensión, prospecciones petrolíferas, gaseoductos o presas), extremadamente caótico y alienado en su acto final (guerra, suciedad, abandono, polución, superpoblación, consumismo..., la humanidad como fantasmas). Cinco años después, Reggio y Glass abordaron una segunda parte, visualmente más atractiva y musicalmente más completa: "Powaqqatsi".

El minimalismo urbano de "Koyaanisqatsi" (que Reggio utilizaba por momentos junto a la cámara rápida incrementando la sensación de caos y locura) deviene en "Powaqqatsi" en otro más global, rico y seductor. Glass consigue impregnar de soberana magia la mayoría de las composiciones, sin necesidad de recurrir a la excesiva repetición, si bien no falta su inconfundible sello cíclico en ciertos fondos y melodías. Los demás, revestidos de músicas del mundo, desvelan intenciones propias que van más allá de la película en cuestión, en la que imágenes y música cumplen su propósito de impresionar al espectador. Por ejemplo, el comienzo nos lleva hasta las minas de Serra Pelada, en Brasil, un lugar que Glass estudió convenientemente antes de empezar la filmación, llegando a componer la base de la posterior escena, que asimismo se usó durante el rodaje, en una curiosa inversión del proceso lógico: el resultado, "Serra pelada", es espectacular, de un vibrante dinamismo y esencia terrenal. Dividido en tres partes, "Anthem" es la columna vertebral de esta primera parte del film, cada una de ellas es una pequeña fiesta, inmersa en las costumbres de los pueblos a los que representa, recalcando la belleza de la vida humana. Los temas intermedios, mientras tanto, son algo más sobrios e intrigantes, buscando en ellos la pregunta contínua (es el caso de "That place" o "Mosque and temple", ambos de armonías indias). Con "Video dream" (con sus impersonales anuncios publicitarios) comienza la zona central de la grabación, compuesta por ésta y las tres partes de "New cities in ancient lands" (China, Africa e India); el maravilloso estilo hipnótico de Glass está presente en estos momentos en los que la película se mueve por terrenos más críticos, ahondando en lo más mísero de la desigualdad de un mundo moderno en transformación, pero combinado con una gloriosa world music, donde destaca la sorprendente percusión de balafón en la parte africana. "The unutterable" se mueve por idénticos derroteros, con su vigorosa tensión en el uso de las cuerdas, que va aumentando gracias al aporte de la percusión y los metales. Contrasta, escapando de la confusión con una brutal comparación, con el tramo final: la viveza rítmica, de carácter global y clímax desenfrenado, de "Caught!", la pureza (ya sin compases glassianos) de la kora de Foday Musa Suso en "Mr. Suso" -esta supone la primera de las colaboraciones entre Glass y este músico gambiano- y la simple pero intensa demostración vocal de Shaikh Fathy Mady en "From Egypt", consiguiendo vover a apelar a la conciencia global y así 'conectar con el mundo'.

Godfrey Reggio no dudaba en expresar su admiración hacia Glass, calificándole como un compositor increíble, sensible y poderoso. Colaborando en un plano de total igualdad, su música se convertía en las palabras de este director cuyo afán por el documental sin voces puede tener su origen en los catorce años de ayuno, silencio y oración que pasó tratando de convertirse en monje de la orden católica de los Christian Brothers. Afortunadamente, las colaboraciones de ambos están recogidas convenientemente en discos compactos, y se pueden disfrutar prescindiendo del visionado, aunque precisamente hay que acabar aconsejando otro film, esta vez del australiano Peter Weir: "El show de Truman" recoge varias melodías soberbias de Philip Glass (que incluso aparece brevemente en la película), incluyendo un "Anthem-Part 2" con el que un servidor literalmente saltó de la silla. Y es que Glass consiguió en los más de setenta minutos de "Powaqattsi" (Elektra Nonesuch, 1988) una banda sonora bella, rotunda y de gran inteligencia.

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15.11.09

DAVID ANTONY CLARK:
"Sacred sites"

Existen en nuestro planeta lugares de poder, enclaves determinados donde las energías de la Tierra, por diversos motivos, son encauzadas de forma adecuada y que desde la antigüedad han sido utilizados y venerados religiosa o espiritualmente, por medio de emplazamientos megalíticos, catedrales o monumentos naturales de imponente belleza. El compositor neozelandés David Antony Clark se acercó en el año 2004 a algunos de estos 'lugares sagrados', e inspirado por su carácter mágico realizó uno de sus mejores trabajos, de título "Sacred sites", publicado por su compañía habitual, White Cloud (con su correspondiente distribución en España -convenientemente traducida por Coro Acarreta- por parte de Resistencia).
A la natural espiritualidad de David Antony Clark se une el misticismo y la energía de esos lugares sagrados escogidos por él mismo, inspiradores de paisajes sonoros llenos de magia, calor y fuerza. Las melodías no difieren del típico sonido de su autor, por lo que este disco no va a decepcionar al seguidor fiel del neozelandés, y sorprenderá además al que se adentre en su mundo por vez primera. Si bien cada trabajo de este preciosista músico supone un largo viaje, este va a constar de muchas más paradas en un larguísimo recorrido, de Australia a Perú pasando por Siria, Irlanda o el Himalaya, impregnándose de la esencia y el misterio de cada lugar sagrado. Es el variado uso y origen de las voces el elemento diferente en esta grabación, aportando su grano de arena en el aura de cada pieza. El viaje comienza con "The cape of restless souls" en su tierra, Nueva Zelanda, donde somos recibidos por cantos maoríes y por una de las melodías representativas de Clark, alternando tan eficazmente teclados con instrumentos de viento, que parecen contarse historias ancestrales. Son sin embargo esas voces únicas lo más destacable del disco, por su variado origen, adaptándose a la temática de cada pieza: hindúes en "To the ice god" (dedicado a la himalaya cueva de Shiva), árabe en "Midnight in the temple of Baal" (donde la voz de Huda Melsom destaca en una elaborada y evocativa composición, con un interesante laud árabe), gregorianas en "The abbey and the thorntree" (sobre la abadía de Glastonbury) o celtas en "Ghosts of Culloden" (donde Clark se deja llevar por su sangre irlandesa), completando una primera mitad del disco altamente interesante y globalmente efectiva. Es por contra el primer corte instrumental la gran joya del trabajo, una cautivadora melodía de atracción innegable que lleva por título "The martyrs' stone", dedicada a las lápidas del cementerio dublinés de Glasnevin. Sólo un peldaño por debajo se encuentra otra composición enteramente instrumental, "Brú na bóinne", que cierra este apartado celta en su viaje hasta el complejo arqueológico de Newgrange, en Irlanda. Hasta la américa andina nos transporta "Machu Pichu", en la que podemos escuchar un poema del propio David Antony Clark en español. Ambientes naturales y sonidos selváticos pueden percibirse en varios de los cortes, si bien abundan especialmente en el último de ellos, dedicado a los cortados de Ubirr, en el parque nacional de Kakadu (Australia), cuya melodía es tan simple como el rumor de esas sonoridades animales.
Por la presumible simpleza de sus melodías, su envoltura de new age ecológica, o simplemente por provenir de un país pequeño y una compañía de discos desconocida, David Antony Clark no goza de mucho predicamento por parte de la crítica especializada. A pesar de ese ninguneo se trata, por méritos propios, de una referencia en las nuevas músicas, un espíritu aventurero cuya inspiración parece tan inagotable como la belleza de los paraísos a los que referencia en sus discos, de los que "Sacred sites" es un clarísimo ejemplo de obra sin altibajos, un acertado disco lleno de melodías agradables, pegadizas, de inspiraciones varias aunque un sonido rotundo, el típico modo que tiene D. A. Clark de hacer su trabajo. Algunas leyendas ancestrales ya llevan asociada, de manera inherente, su música.

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6.11.09

ELBOSCO:
"Angelis"

En noviembre de 1995 se presentó con cierta pompa en Madrid un disco que, si bien no puede calificarse estrictamente como novedoso, sí supuso un agradable intento de aunar calidad y comercialidad en base a la fórmula de conjugar textos en latín con ritmos del siglo XX. La prensa fue convocada en un avión que, desde el aeropuerto de Barajas, hizo el recorrido de ida y vuelta entre Madrid y Zamora, una parafernalia cuyo objetivo era dar a conocer "Angelis", el primer disco de un grupo ficticio denominado Elbosco, publicado por Hispavox. Como ya sucediera con el grupo Enigma cuando lanzó su celebérrimo "MCMXC A.D.", una cierta aureola de misterio envolvió a los responsables de este proyecto, pero una vez que el tiempo levantó el misterioso velo salieron a la luz los nombres de Julián Ruiz (que firma bajo el pseudónimo de Rojotua), Javier Losada (Loxatus) y el reputado director de orquesta Luis Cobos (C. Max) como responsables del trabajo, trinidad de renombre internacional cuya reunión bajo el epígrafe de Elbosco sólo puede deberse a la inversión silábica del apellido Cobos, pues al onírico y surrealista pintor Hieronymus Bosch (El Bosco) no puede calificársele precisamente de angelical. El caso de Julián Ruiz responde mejor al estereotipo de la música presentada en "Angelis", mezcla de conceptos, de fórmulas y de culturas; de hecho, no es Elbosco el primer ni el último grupo de laboratorio que este genial comunicador se saca de la manga, algunos de ellos junto al propio Javier Losada (Ars Mundi, Atlántida), otros de visión propia (Norte Lambert, Esperanto, Mistery of sound) y justo un año después de "Angelis", el denominado CCCP, en nueva reunión con Cobos y Losada.
Los resultados obtenidos en "Angelis" fueron contundentes en la forma y muy interesantes en el fondo, un sonido pulcro y de curiosidad suficiente para llamar la atención del público, que fue espoleado por una estrategia publicitaria que decía: "la música que te lleva al cielo". En efecto, en un contexto místico se podían escuchar en "Angelis" las voces de los niños de la Escolanía del Monasterio del Escorial cantando en latín, unidas a otras voces anónimas -masculinas y femeninas- cantando en inglés, combinación de música coral y pop con texturas electrónicas, soul y hip-hop. Su tema principal y primer corte del álbum llevaba por título "Nirvana", y en sus primeras notas parece que vaya a dar comienzo el canon de Pachelbel, si bien la entrada de las 'voces blancas' del coro (que recitan un pasaje del evangelio de San Lucas) y un ritmo llevadero conducen la pieza al extraño terreno de las fusiones tecno religiosas que encontraron su hueco en el mercado tras otros éxitos como los de Enigma, Adiemus o, de manera completamente pura, de los monjes de Santo Domingo de Silos. La de "Nirvana" es una melodía acertada, calmada y tarareable, que se hizo famosa en esa época, y que fue utilizada en la gran pantalla por el genial director de cine Danny Boyle ("Trainspotting", "La playa", "Slumdog millionaire") en la película "Millones". Luis Cobos ya había trabajado con escolanías años atrás (dirigió la de Loyola) por lo que tuvo mucho que ver en su utilización, si bien se puede entrever en las siguientes canciones otro de sus antecedentes, el grupo de soul-rock de los 70 Conexión, por ejemplo en "A kind of birds", "Nebo" (otra de las sorpresas del disco, cuya voz masculina recuerda sospechosamente en su tono hiphopero a otra que llegará años después en el conocido tema "Clint Eastwood" de otro grupo virtual, Gorillaz), "Soul lives forever" o "Life is one". "Children of light" se convirtió en otro pequeño éxito, por su utilización en TVE para acompañar las imágenes del Tour de Francia de 1996; efectivamente, y rememorando otras conocidas sintonías ciclistas producidas por Julián Ruiz (de los geniales Azul y Negro o del efímero grupo Havana), "Children of light" es un tema animado y pegadizo. Otras composiciones como "Zom" o "Angelis" presentan un tono más relajante en el mismo estilo optimista y luminoso general del disco, en el que hay que acabar destacando una última canción, "Blind man", clarísimamente deudora del sonido romántico de Vangelis; curiosamente, sólo hay que añadir una V al título del álbum para encontrarnos con el nombre de dicho teclista.
Elbosco logró un sorprendente éxito, superando el doble platino en España y ventas millonarias en el resto de Europa, latinoamérica y Australia. Ello posibilitó la aparición, dos años después, de un segundo disco, de título "Virginal", que sin la promoción, inspiración y originalidad del primero, pasó desapercibido. Además, en 2005 EMI publicó una reedición de "Angelis" por su décimo aniversario con dos temas nuevos y el video-clip de "Nirvana". "Angelis" -que también contó con un disco de remixes- fue un trabajo de estudio, de producción exquisita (acompañada de cierta frialdad) por parte de esos tres personajes atrevidos y visionarios, Julián Ruiz, Luis Cobos y Javier Losada. Se echan de menos en la actualidad proyectos como éste, hechos con inteligencia, calidad y ciertas dosis de irreverencia, la necesaria para juntar a un coro de niños con ritmos electrónicos o, en el siguiente proyecto de la misma terna, CCCP, cambiar a la epifanía por un coro del ejército ruso.





24.10.09

PAUL MOUNSEY:
"Nahoo"

Alba es el nombre de Escocia en el idioma gaélico. Enorme es la cultura y tradición musical de esta nación celta, y muchos son los personajes que en los últimos años han intentado revitalizarla con mayor o menor brío y fortuna. El grupo Runrig, por ejemplo, ha convertido su folk-rock en un pequeño fenómeno de masas, y una de sus composiciones más emblemáticas se titula precisamente "Alba" en homenaje a su tierra. La historia del escocés Paul Mounsey, que en su primer álbum versionó dicha canción de Runrig, es más azarosa, y constituye un enorme fenómeno en la fusión y modernización de la música celta. Mounsey, que había estudiado piano y composición en el Trinity College londinense, conoció allí no sólo a un Michael Nyman que iba a tener su agradecimiento en el álbum aquí referido, sino también, y con una mayor importancia en esta historia, a una brasileña de nombre Dorinha que se iba a convertir en su esposa y que le iba a arrastrar hasta São Paulo, la enorme y cosmopolita ciudad brasileña donde nació la saga "Nahoo".

El camino que condujo a Mounsey hasta Brasil hizo también que aflorara una excepcional calidad en base al recuerdo de Escocia, de Alba, algo que ya habíamos atestiguado antes en muchas identidades celtas emigrantes, entre ellas el también escocés Alasdair Fraser o los miembros del grupo irlandés Nightnoise. Fue al pasar a DAT viejos vinilos cuando Paul decidió aprovechar parte del material añejo de la Escuela de Estudios Escoceses de Edimburgo y, de manera privada y espontánea, crear una canción de título "Passing away", auténtico origen del 'espíritu Nahoo' y primer fruto de la experimentación con samplers del álbum definitivo. Rítmico y elegante, pletórico híbrido de antigüedad y modernidad, semilla de calidad electrónica en concordancia con un profundo respeto a la tradición celta, "Passing away" y por extensión casi toda la discografía de Paul Mounsey han encontrado también críticos retrógrados. Estos pueden escandalizarse en mayor medida con la inclusión en "Nahoo" de una sorprendente revisión de la mencionada canción de Runrig "Alba", aderezada por elementos tan contradictorios como un bonito canto de 'mouth music' (la música vocal tradicional de las naciones celtas) y sonidos carnavalescos en un envoltorio de 'rave' atávico. Aunque la mayoría de las composiciones del trabajo mantengan -ante todo 'por culpa' de las voces- una esencia tradicional (si bien sólo cinco de las mismas poseen realmente algún nexo con la tradición), una mentalidad nueva se abre al completo en ellas, ya sea por los numerosos detalles, los excelentes arreglos ("Robert Campbell's lament", "From ebb to flood" -melodía apabullante que Mounsey ha adquirido como una especie de leitmotiv en su discografía-, "I will go" -extraña adecuación de una melodía tradicional a la guerra de Irak en base a la letra de Roddy MacMillan y Paul Mounsey-) o los tratamientos vocales ("Journeyman", "Stranger in a strange land", "Illusion" -recitado de Paul en inglés y Dorinha en portugués-), en una exquisita producción de João Vasconcelos, que parece entender a la perfección al músico escocés. Como los polos opuestos se atraen, Mounsey es capaz de combinar sin solución de continuidad la preciosa melodía al violín de "Dalmore" con el urbanismo triphopero de "Stranger in a strange land", estupenda canción que supone una forma de contarnos su propia historia con ese enorme país sudamericano que actuó como ese ser que, según Carlos Núñez, lo fagocita absolutamente todo, y como máximo ejemplo basta ese tema de título en portugués, "As terras baixas da Holanda", tradicional escocés reconstruido al estilo de folclore brasileño. Si bien se pueden destacar grandes momentos como "Passing away", "Alba", "Dalmore", "Stranger in a strange land" o "From ebb to flood", prima el conjunto y no decae la intensidad en los más de 50 minutos de un trabajo que iba a convertirse muy pronto en solamente la primera parte de tres ("NahooToo" salió a la venta en 1997 y "Nahoo3: Notes from the republic" en 1999), y cuyo título apareció de casualidad con la mala pronunciación del productor de Mounsey de la frase gaélica 'Émo chùl' (mi espalda), que se escucha en "Passing away".

"Nahoo" colocó muy alto el listón de las fusiones celtas cuando fue publicado en 1994 por la compañía escocesa Iona Records. João Vasconcelos les había enviado la primera muestra de un álbum que Paul Mounsey no tenía en mente publicar, al tratarse de experimentos privados con sus ancestros. Afortunadamente "Nahoo" vio la luz, y el envío de CDs promocionales tuvo una gran acogida entre la prensa (incluída una crítica entusiasta en la revista Q o entre afamados locutores de radio como Bob Harris) no sólo escocesa sino británica, en una avanzadilla que acabaría siendo más global. Voces sampleadas, estéticas dance o percusiones brasileñas son algunos de los detalles para entender el poderoso influjo de este trabajo de título carismático y ausencia de reglas, si bien a pesar de toda esa parafernalia y guiños al hip hop, funky, rock o jazz, Paul Mounsey se encarga en todo momento de que no nos olvidemos de cuáles son sus raíces. Podemos hablar de Mounsey como un folkie, podemos hablar de Mounsey como un moderno gurú, podemos hablar de Mounsey como un fusionador, podemos hablar de Mounsey como un revolucionario... en definitiva se puede concluir que Mounsey es un gurú folkie, fusionador, moderno y revolucionario. El artista total.



17.10.09

VANGELIS:
"Spiral"


Al hablar de la música del griego Vangelis hay que sacar a colación su carácter épico y grandilocuente, características con las que no sólo ha logrado vender millones de discos sino ser escuchado indirectamente a través de sintonías en radio y televisión por casi todo el mundo desarrollado. La calidad que confería a sus obras parecía ser un recurso innato, sobre todo desde que desplegara sus conocimientos tecnológicos en una primera estancia forzada en Paris. Una vez trasladado a Londres, "Heaven and Hell" fue su primer gran éxito desde los estudios Nemo, completo laboratorio musical con un propósito, el de convertir una tecnología al alcance de muy pocos en una sucesión de notas, ritmos, melodías y secuencias que abrieran la puerta a nuevos caminos, mundos lejanos y cautivadoras formas de expresión sin palabras. Cambiando la orquestalidad por nuevos guiños al rock progresivo y a la música cósmica, el siguiente paso fue "Albedo 0.39" (un trabajo muy apreciado por sus seguidores, aunque no exento de altibajos, que contenía los conocidísimos himnos "Pulstar" y "Alpha"). Con "Spiral", publicado por RCA en 1977, consiguió ir más allá y, sin renunciar a su sonido característico, encontró la esencia de la comercialidad en una comunión alquímica entre el futuro y el presente, entre la electrónica más avanzada y el magnetismo de lo terrenal.

En 1977 se comercializó el sintetizador Yamaha CS-80, con notables mejoras de sonido y versatilidad en su ejecución; Klaus Schulze o Jean Michel Jarre fueron algunos de sus usuarios, pero posiblemente fuera Vangelis quien mejor supo sacarle partido, comenzando por el propio álbum de ese año 1977, "Spiral": "Para mí, el CS-80 es el mejor sintetizador que se haya hecho (...) el mejor diseño de sintetizador analógico que haya existido. Fue un instrumento brillante, aunque desafortunadamente no fue muy exitoso. Necesita mucha práctica si quieres poder tocarlo correctamente, y debido a la forma en que funciona el teclado, es un instrumento bastante difícil de dominar". "Spiral" estaba integrado por cinco composiciones de media duración hasta completar unos escasos cuarenta minutos, minutaje suficiente cuando todo lo contenido en una obra es imprescindible. Es precisamente "Spiral" la que marca el inicio del disco con un estallido sonoro, una hipnótica secuencia que recrea un movimiento oscilante (como una espiral, por supuesto), el latido de un sensacional trabajo que abre los ojos con un toque de campanas. Aunque parezca un momento sacado de la película "2001: Una odisea del espacio", musicalmente se asemeja mucho más al repique de campanas tubulares con el que un joven Mike Oldfield sorprendió al mundo cuatro años antes. No es la única semejanza con "Tubular bells", ya que la atractiva portada de "Spiral", idea del propio Vangelis, también parece estar en concordancia con el disco seminal de Virgin Records. Tales referencias son meras anécdotas si continuamos la escucha, pues durante siete intensos minutos asistimos boquiabiertos a un vendaval de efectos sonoros con varias melodías definidas en una acción desenfrenada digna de sagas estelares de la época. "Ballad" es el segundo corte, el más meditativo del álbum y por su ausencia de ritmos secuenciados el que pasa más desapercibido del mismo, si bien supone una propuesta original, rotunda y muy llevadera con la voz tarareante y procesada de un Vangelis que no prodiga excesivamente su garganta en sus trabajos. "Dervish D." cierra la cara A del vinilo o cassette (eran otros tiempos) de forma hipnótica, no en vano se trata un tema inspirado por los bailes giratorios de los derviches ("'Dervish D' está inspirado en el bailarín derviche que, en su giro, se da cuenta de la espiral del universo", decía); como los miembros de tal congregación musulmana, un poderoso místicismo se apodera de la pieza y, junto al clímax conseguido por la cíclica secuencia, la percusión y los teclados emulando instrumentos de viento, elevan al oyente en una danza imposible de refrenar, un auténtico hit de la música electrónica de los 70. Varias tonadas de este álbum se iban a convertir en muy populares con el paso del tiempo e iban a ser integradas en numerosos recopilatorios de su autor y transformadas por doquier en versiones de discos de sintetizador, como es el caso de las comentadas "Spiral" y "Dervish D." y por supuesto de su primer sencillo, la sensual "To the unknown man", combinación de dulzura en una melodía casi infantil sobre un pulso sintetizado, y de fuerza por medio de una ruidosa y carismática percusión casi militar, que se acaban fundiendo en un tajante clímax. "To the unknown man", merced a su utilización en publicidad y sintonías, es una de las canciones más conocidas de su autor, un sueño de plácido despertar en una 'humanidad desconocida', que contaría con un corto "To the unknown man II", con alguna relación con el primero, en el single (que, con diferentes portadas según el país, presentaba siempre en la cara A una versión recortada de tema principal). No se queda atrás el último tema del álbum, "3+3" (compuesto en compases ternarios), el más largo y acompañado por un sempiterno secuenciador, así como por unos falsos metales (característicos del griego), en el que el novedoso Yamaha CS80 y demás sintetizadores de los estudios Nemo tuvieron mucho que ver. Un recorte de "3+3" fue la cara B del single de "Dervish D.", mientras que años después RCA publicó en Brasil otro sencillo, con "Spiral" en la cara A y "Bacchanale" -perteneciente al álbum "Heaven and hell"- en la B, ya que ambos temas aparecían en una popular telenovela, 'Coraçao alado'.

Entre numerosos encargos, colaboraciones, producciones y bandas sonoras que le estaban permitiendo sacar adelante su estudio privado, y afianzarse en un estatus económico desahogado, Vangelis cuajó en soledad una obra deliciosa, espectacular, incluso revolucionaria, combinando de nuevo recogimiento y espectáculo en una muestra de calidad electrónica. Innovador pero absolutamente accesible, "Spiral" es uno de los álbumes clásicos de Vangelis, un divertimento de sorprendente conjunción, que en algunos momentos parece acercarse a otras propuestas superventas electrónicas de la época, como las de Tangerine Dream, Jean Michel Jarre, Kraftwerk o The Alan Parsons Project, pero sin perder un sonido propio y una identidad característica, la que ya se había creado este orondo teclista cuya popularidad iba a continuar in crescendo con los años, aunque su último trabajo para RCA iba a ser un experimental y anticomercial "Beabourg" en 1978, de difícil asimilación para un público que enseguida iba a volver a encontrarse con grandes sintonías, como "Hymne" y "L'enfant" en el plástico de 1979 "Opera sauvage".

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9.10.09

WIM MERTENS:
"Motives for writing"


Siempre ha afirmado Wim Mertens que la literatura es una de sus pasiones, y aunque destaque que no suele haber relación entre los títulos de sus trabajos y la música contenida en ellos, es ineludible encauzar su inspiración por medio de ciertas referencias, por ejemplo literarias. Un título tan definitorio como "Motives for writing" (motivos para la escritura) no esconde sin embargo referencias directas a sus escritores favoritos, sino que nos adentra un poco más en su concepto musical sin otro tipo de interferencias, pues el lenguaje utilizado en las letras de las canciones de este trabajo es, como suele ser habitual en él, un recurso inventado de carácter más instrumental que vocal. En la obra para conjunto de Mertens la música fluye con facilidad, incluso de modo insultante en trabajos de gran envergadura como el que nos ocupa. Gran parte de la culpa la tiene una estupenda sección de metales, instrumentos como la trompeta, la tuba y el trombón, que aparecen por primera vez en la obra del belga y se combinan con otros ya clásicos en su repertorio como piano (su instrumento por antonomasia), clarinete, saxo (con la eterna presencia de Dirk Descheemaeker alternando estos dos instrumentos), piccolo, arpa o violín. También el fagot se sitúa en la lista de novedades y añade un nuevo timbre a un conjunto publicado en 1989 por "Les disques du crepuscule".

Se dice que para este disco Mertens se inspiró en música sacra antigua utilizada en la Semana Santa de Sevilla, algo que no resulta ni evidente ni fácil de discernir, aunque bien es cierto que su primer concierto sevillano tuvo lugar el año anterior de la publicación de "Motives for writing". No era esa la primera vez que tocaba en España, en febrero del 86 tocó en solitario en una discoteca de Madrid (Sala Universal), volvió con su conjunto en diciembre del mismo año al mismo lugar, con igual éxito (un concierto publicado en CD en 2004 como el quinto volumen de la serie "Years without history", que recogía conciertos de varias épocas y lugares), y a finales de los 80 se le acopló al cartel de los festivales de jazz de Madrid, San Sebastián y Barcelona, algo que Mertens justificaba así: "no tiene sentido hablar de diferentes tipos de música, mis conciertos tienen cabida en cualquier tipo de festival". Seis composiciones poblaban "Motives for writting", "Watch!" es un frenético delirio digno de ser disfrutado en directo, una animada obertura cuya corta duración, aunque deje con ganas de más, le confiere un cierto poder y podría hacer buena la coplilla de Gracián 'lo bueno, si breve, dos veces bueno' si eso no dejara en mal lugar a los cortes de larga duración del trabajo. El empleo en el segundo corte, "The personell changes", de un lenguaje musical tan alejado de lo establecido (en cuanto a las melodías, cambios de ritmo, instrumentos, voz...) convierte a este tipo de composiciones en unas 'rara avis' de la comercialidad, pues realmente y dentro de su experimentación, hablamos de un artista que ya era conocido, respetado y seguido por una pequeña cohorte de fieles; es la voz lo que más puede chocar en un ambiente rotundo dominado por los vientos, a los que los teclados parecen imitar con una cierta gravedad. El mayor acercamiento a un minimalismo de repetición acontece en "Paying for love", que desenvuelve en sus primeros minutos un ambiente sereno donde la voz y trompeta no sólo no desentonan sino que ayudan a mecer en un lánguido arropo con suficiente 'alma' como para que los once minutos de la pieza sean extrañamente cortos. Esa fluidez natural que acompaña gran parte de la carrera de Mertens (la menos vanguardista, realmente, con la que puede vender mayor cantidad de discos) le permite lograr melodías geniales, como el gran éxito de este trabajo y que nos adentra en la 'cara B' del mismo, la rítmica "No testament", hermosa muestra de genialidad en la utilización de la sección de metales y vientos para terminar amasando un sonido moderno y arrebatador en una concepción cuanto menos extraña (y desde luego propia) de la música contemporánea. Incluso ha tenido (y no es la única pieza de Mertens que ha tenido ese dudoso honor) versiones para discoteca. Susurrante, adormecedor, tan sereno como "Paying for love" pero en otra envoltura, así se presenta el clarinete en "Words on the page", en un apasionante monólogo de atemporal hermosura; sin reglas aparentes, la atracción no puede romperse mas que por el (en este caso) incómodo silencio, a los trece minutos del comienzo. En general nos hallamos ante uno de los discos más extrañamente hipnóticos de Wim Mertens, aunque también más fáciles y cercanos, combinando soliloquios como este "Words on the page" con piezas de melodía identificada y convertidas en grandes clásicos del belga como "No testament" o la maravilla que cierra el álbum, "The whole", apabullante demostración de clase sin fecha de caducidad que marca la distinción entre este músico esencial y sus imitadores, una composición en la que el pianista canaliza su energía interior hacia un soberano juego entre vientos y cuerdas, que parece ir más allá de la razón, y que Mertens rescataría en forma de variación a las cuerdas, con el título de "Song and story", en la primera parte de "Alle dinghe" ("Sources of sleeplessness"). "No testament" fue el sencillo elegido, por méritos, para promocionar el disco, con "Watch!" en la cara B del 7", y varias composiciones más en el CDsingle, "The whole" y tres temas nuevos, "Stretti" -una de sus 'counting pieces', esas composiciones que presentan una cuenta atrás-, y las excesivamente cortas, poco desarrolladas, "Flank by flank" y "Figs".

Siempre intentando ir más allá de lo convencional, este desgarbado músico se desenvuelve con soltura y delicadeza en un mundo difícil, en el que ha conseguido imponer su exclusivo estilo en una obra de gran carisma y personalidad que abarca varias décadas. Con discos como éste, Mertens llama a la puerta de las minorías abiertas a todo y opta por una nueva sensibilidad, de corte propio, pero extensible a todos los que necesiten derribar fronteras y encontrar nuevos caminos sin importar clase, modo o condición. "Struggle for pleasure" (que contenía su gran éxito "Close cover"), "Maximizing the audience" o "A man of no fortune and with a name to come" fueron sus grandes discos anteriores a este "Motives for writing", al que seguirán otros completos y en ocasiones incomprendidos trabajos como "Strategie de la rupture", "Shot and echo", "Jérémiades", "Jardin clos", "Integer valor" y muchas más joyas en una dilatada discografía que, como sus giras, parece no tener fin. Esas obras esenciales fueron rescatadas en 2008 por EMI Classics en ediciones digipack, como este "Motives for writing" que contó con una pequeña estilización de la tipografía de la portada. Por lo demás, la misma ingeniosa música que, aunque solamente durante cuarenta minutos, hiciera las delicias de cualquier melómano en 1989.

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5.10.09

RADHIKA MILLER:
"Here and faraway"

El de Radhika Miller es uno de esos casos en los que la vinculación a la música tiene un fuerte componente familiar. Animada por sus padres, creció influida por un gran ambiente cultural y por las cualidades de su madre como soprano y pianista, estudios que enseguida tomó la pequeña Radhika hasta que se encontró con su instrumento ideal: la flauta. Quizás fuera un camino marcado y sea el instrumento el que elige al intérprete, el caso es que ese 'capricho' se convirtió en una obsesión. Estos datos y muchos más se pueden atisbar en su página web, pero es la escucha de su música, la emoción y dulzura desprendidas, lo que va más allá de las palabras y merece este pequeño homenaje.
No encontraréis en Radhika Miller una artista rompedora y novedosa, ni una glamourosa intérprete de melodías destinadas a la radiodifusión. Más allá del interés de las compañías o de la propia autora, esta flautista de San Francisco ha huído de los círculos más comerciales por el carácter recogido y discreto de su música, aunque presenta ciertas similitudes con determinados momentos de un grupo tan vivo y alegre como el Paul Winter Consort -ha colaborado con Eugene Friesen, Russ Landau, David Darling, y grabado en la catedral St John the divine, de la cual Paul Halley era organista-. Y es que la discreción y la alegría no son antónimos, sino una combinación cordial. Más que tocar, Radhika Miller acaricia la flauta, sucumbe ante el encanto de un instrumento delicado y sugerente, pero a la vez preciso y contundente, y se deja influir por la naturaleza y por la música impresionista, con retazos medievales y folclóricos. Se puede achacar a sus discos que sean en general excesivamente blandos, pero una estupenda jovialidad, y composiciones esporádicas de notoria calidad, les hacen ser un digno exponente de una 'new age' agradable. En 1992 publicó el mejor ejemplo de lo arriba expuesto, de título "Here and faraway", de la mano de Real Music. Ese toque a lo Paul Winter está presente en el tema de inicio, "Dam up a river to style your hair", si bien enseguida llegan los dos cortes más destacados y dignos de recordar: "I once loved a lass" presenta una estupenda melodía (se trata de una pieza tradicional escocesa), y una gran conjunción de flauta, cello, guitarra mexicana y percusión; algo parecido sucede en "Romanian nightingale", genial composición de la propia Radhika en la que nos encontramos una soberbia mandolina ayudando a flauta, piano y bajo. No es baladí hablar de la interpretación de esos instrumentos 'secundarios', ya que nuestra flautista contó con la ayuda de unos intérpretes impresionantes, entre los que destacan Mike Marshall a las guitarras, David Darling al cello, Tony D'Anna al piano y percusiones, y Edgar Meyer al bajo. Casi nada. Por ejemplo, "Reverence" es una composición de éste último, el afamado bajista Edgar Meyer, a la que aunque le falte algo, da muestras del recogimiento y espiritualidad que pretende transmitir el álbum. En "I gave my love a cherry" es el arpa de Michelle Sell la que marca otra recogida cadencia, y se desmarca junto al cello en esta composición tradicional de los Apalaches, adornada con la omnipresente flauta. "Singing winds" es otro tema destacado por su ritmo agradable y viajero, en el que tiene mucho que ver el respetado cantautor folk de San Diego John Stewart, pues no sólo aporta su guitarra, banjo y teclados sino que firma la composición junto a Radhika. Aunque en la segunda mitad del álbum decrezca un poco la intensidad, no hay que olvidar, aparte de esa pequeña contribución de John Stewart, la aportación de la mencionada arpa de Michelle Sell (que también luce en "Adoremus") y del piano de Rob Ramos.
Las diversas variedades de flautas pueden presentar varios registros e influencias y desvelar ciertas intenciones. En este disco, Radhika Miller interpreta varias flautas dulces, altas y traveseras, demostrando su destreza con todas ellas, y su intención es evidente, ofrecer una música alegre y espiritual, conectada con la naturaleza (el tema de inicio pretende ser un alegato ecologista), para escuchar plácidamente o mientras se practica una de las pasiones de la artista, el yoga. "Gems of grace" o "Origins" son otros ejemplos de discos en la misma línea de su autora, aunque temas como "Romanian nightingale" o "I once loved a lass" me hacen destacar entre su discografía este sensible y estimulante "Here and faraway".

28.9.09

DEEP FOREST:
"Boheme"

Fue a mediados de los 80 cuando el grupo alemán Dissidenten escribió sobre una página en blanco al publicar "Sahara elektrik", notable fusión de rock y ritmos étnicos que con canciones rompedoras como "Fata Morgana" o "Sahara elektrik" inauguró lo que ellos dieron en llamar como ethno-beat, sabia conjunción de ritmos étnicos en un entorno de música moderna centrada en el pop-rock. Muchos otros contribuyeron a extender el término y compaginar transculturalmente esfuerzos y raíces, y el campo de la electrónica no podía quedarse fuera. Un enorme ejemplo lo constituyen Michel Sanchez y Eric Mouquet, el dúo Deep Forest, que con su disco homónimo en 1992 plantearon ese nuevo camino y consecuentemente una nueva denominación: el etno-tecno (o ethno-techno).
El punto fuerte de Deep Forest es la enorme labor de investigación que emprenden en cada trabajo, así como la diferenciación entre ellos (de Africa a Europa del este, y de ahí a Cuba, las islas del Pacífico o Japón) manteniendo un mismo estilo. Sus dos primeros y más recordados álbumes, "Deep forest" y "Boheme", son dos obras basadas en un mismo principio pero de distinta contextualización: a) Tómese una zona del globo, preferiblemente exótica o desfavorecida; b) búsquese en las tradiciones e identidades musicales de los lugares en cuestión; c) reubíquese en un entorno moderno, con samplers y tecnología de última generación. El resultado es ese híbrido étnico entre ambient y chill-out que también han sabido explorar con éxito Enigma, Beautiful World, experimentos como "Sacred spirit" o, en un entorno más orquestal, Adiemus. No son los únicos, aunque posiblemente los más conocidos y afortunados, cualitativamente hablando. Aún encandilados con los sones de "Sweet lullaby" y las melodías africanas que impregnaban "Deep forest", Sanchez y Mouquet iban a continuar un viaje que, tras una primera seducción de la India, iba a llevarles hasta Transilvania y sus alrededores -incluída la antigua región de Bohemia, de la que deriva el nombre del disco-, centrados por lo tanto en la cultura gitana de Europa del Este.
Columbia Records, que ya se encargó de la segunda edición de "Deep forest" junto a Sony Records, seguía apostando por estos franceses, y este trabajo publicado en 1995 iba a generar no sólo más de un millón de copias vendidas sino además el populoso premio grammy al mejor álbum de World Music de ese año 1995. El mensaje de unificación que transmite el símbolo del grupo se ve refrendado al comprobar que los samplers sabiamente manejados por estos dos ingenieros musicales no sólo se quedan en Hungría, Rumanía o Bielorusia sino que se alejan hasta Taiwan, Mongolia, o más allá: "Coros balineses o georgianos responden a cantos gitanos, mientras una voz esquimal o india americana unen su colorido a las de magyares o rusos". La unificación es pasmosamente eficaz, y acarrea además un componente misterioso que comienza con el instrumental "Anasthasia", sobresaliente introducción que desemboca en unas palmas gitanas y una melodía viva y auténtica, la de "Bohemian ballet", que me hace recordar las palabras de Mouquet: "Para Deep Forest no es un problema incorporar un sonido 'sucio' a la grabación, para nosotros está bien siempre y cuando la emoción esté ahí". Sin embargo la maniobra del grupo para contrarrestar este posible déficit de calidad fue la invitación a trabajar con ellos en su estudio a la cantante húngara Márta Sebestyén, del grupo Muzsikás (músicos del pueblo); la contribución de Márta fue enormemente fructuosa si se escuchan las canciones en las que acabó colaborando: "Bulgarian melody" (de aire netamente tradicional), "Twosome" (preciosa melodía, algo más reelaborada, a dúo con su compatriota Katalin Szvorak) y sobre todo la conocida y radiada hasta la saciedad "Marta's song", atrayente y muy cuidada modernización del clásico transilvano "Istenem, istenem". Con espíritu más americano parece sonar otra de las composiciones destacadas, "Café Europa", por su interacción de ritmos actuales con cantos de indios americanos interpretados por Franck A. Douglas. Otras canciones nos devuelven a la Europa gitana, como la tierna y emotiva "Lament", las festivas "Deep folk song" y "Freedom cry", la deliciosa melodía que fuera primer single del álbum, "Boheme", y "While the earth sleeps", un bonus track consumado junto a Peter Gabriel que engalanaba las ediciones especiales del disco, con samplers de viejas canciones macedonias y georgianas, utilizado como tema de los créditos finales en la película de ciencia-ficción "Strange days".
No es precisamente bohemia la producción de este disco, sino de gran esmero y camino directo a la radiodifusión, para lo cual sus cuatro sencillos ("Boheme", "Marta's song", "Bohemian ballet" y "Freedom cry") contaron con ediciones en CD single que incluían además temibles remezclas. Como en su anterior disco, las músicas más desfavorecidas entran de lleno en las pistas de baile. Paradojas aparte es necesario destacar la labor de este dúo que supo adelantarse con soltura y colocarse en cabeza del movimiento etno-tecno, demostrando además con sus posteriores giras mundiales que el sentimiento de su música también puede ser disfrutado en directo, más allá de la artificialidad que algunos les atribuyen. Lejos de eso, Deep Forest consiguieron con "Boheme" un colorista y acertadísimo encuentro de culturas gitanas, que no sólo les valió un grammy sino el reconocimiento definitivo de crítica y público.

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21.9.09

VARIOS ARTISTAS:
"The impressionists"

Es absolutamente notable comprobar la enorme influencia que los llamados compositores impresionistas han ejercido en numerosos artistas de la nueva música instrumental contemporánea. En algunos casos se trata de similitud de formas, de afinidad estética, en otras ocasiones de puro homenaje, cuando no de versión, más o menos próxima a la realidad, de determinadas composiciones, que hacen que la huella de estos genios perdure en la actualidad. Es en especial la innovación de Claude Debussy, su inexpresable colorismo, la audición más recurrida en numerosos artistas modernos, pero el oyente atento e informado no obviará el influjo del ecléctico Maurice Ravel, del elegante Gabriel Fauré o del extravagante Erik Satie, posiblemente el de mayor identificación por su minimalismo anticipado. Aunque la mayoría de ellos rechazaban el término 'impresionista' con el que han pasado a la historia, la época que les tocó vivir y el lenguaje musical velado y fantasioso que en cierto modo les acompañaba, les acercó irremediablemente al efecto luminoso y paisajístico de la pintura impresionista.

Continuando con la tradición del sello Windham Hill de aprovechar la cantidad y calidad de sus músicos vinculados, y desarrollando la idea expresada en el párrafo anterior, Will Ackerman se sacó de la manga en 1992 un extraordinario disco temático con composiciones inmortales de los mencionados Debussy, Ravel, Fauré y Satie grabadas para la ocasión. Para el seguidor acérrimo de la new age en general y de Windham Hill en particular ningún nombre de los participantes en este álbum debería ser extraño, aunque alguno destaca por sorpresa: ahí está un casi desconocido Steve Erquiaga acometiendo con maravillosa simpleza la "Pavane" de Gabriel Fauré a la guitarra, o el pianista John Beasley atreviéndose con uno de los clásicos de Debussy, "Snowflakes are dancing". Madurar proyectos que están, supuestamente, fuera de la índole de estos músicos es un experimento altamente interesante, si bien algunos de ellos, como Tim Story, no han de variar su forma de componer para adaptarse a la sensibilidad de principios del siglo XX, ya que su estilo etéreo es claramente deudor de un Erik Satie al que rinde tributo en su "1st gymnopédie". Son en su mayoría guitarras y pianos más o menos solitarios los que se abren paso en las formas impresionistas: entre los primeros despunta la presencia inmarcesible de Alex de Grassi - "3rd gymnopédie" de Satie-, y en cuanto a las teclas siempre acaban destacando los nombres de Philip Aaberg -que aquí fusiona su estilo con el de Ravel en "Modéré"-, y Liz Story -que se encarga del tema de Debussy "Doctor Gradus ad Parnassum"-, pero aquí entusiasma sin duda el sentimiento que el pianista ciego de New Orleans Henry Butler impregna en la maravillosa "Au bord de l'éau" de Fauré. Restan los conjuntos: "Nightnoise", siempre dulzura y calidad, deleitan con la "Sicilienne" de un Fauré que se convierte definitivamente en mi compositor favorito del recopilatorio; más serios se muestran dos cuartetos de cuerda, el Turtle Island String Quartet de Darol Anger -"Reverie" de Debussy- y el Modern Mandolin Quartet de Mike Marshall -"Pavane pour une infante défunte" de Ravel-, salvando el final del recopilatorio unos sorprendentes Schönherz & Scott que efectuan la mejor descontextualización del disco gracias a los sintetizadores en el "Libera me" de un agraciado, repito, Fauré.

Los siempre eficaces artistas de Windham Hill (cuidado, no figuran en este trabajo algunas de sus primeras espadas como Will Ackerman, George Winston, Michael Hedges o Michael Manring) consiguen de un plumazo y sin aparente esfuerzo capturar la esencia de unos compositores inquietantes e influyentes cuyos nombres han pasado a la historia por sus eternas obras (¿quién no ha escuchado alguna vez "Preludio a la siesta de un fauno", "Requiem in paradisum", las geniales "Gymnopédies" o el famoso e influyente "Boléro"?) más que por la denominación a la que, de manera interesada, deben su razón de unión en esta compilación. El influjo de dichos compositores en la new age más melódica es tan apreciable como la de Dalí y la pintura expresionista en la música electrónica y ambiental. De hecho algunos críticos se habían atrevido a denominar a la música del sello Windham Hill como 'nuevo impresionismo' o 'impresionismo folk', en una extensión gratuita pero no exenta de sentido de un término tan difícil de definir como de sencilla identificación, ante todo pictórica. En lo musical, el lío puede ser mayúsculo si agrupamos términos, definiciones y posibles estilos, así que disfrutemos sin prejuicios de estos 'momentos capturados', de estas joyas de doble motivo: la composición de aquellos genios de principios del XX y la interpretación de estos otros músicos de los que les separa un largo y convulso siglo.
 
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