29.10.06

JEAN MICHEL JARRE:
"Equinoxe"

Después del inesperado éxito de "Oxygene", todas las miradas estaban puestas en Jean Michel Jarre, esperando o bien otro gran disco que lo encumbrara en la primera línea de la música instrumental electrónica o una excusa para compesar el endiosamiento de aquel y martillear sin piedad al joven natural de Lyon. En 1978 apareció "Equinoxe", y la crítica tuvo que guardarse los martillos y reconocer que estaba ante uno de los grandes, ya que este nuevo trabajo llegaba incluso a superar por momentos a su antecesor.

Con su fiel aliado Michel Geiss (músico, inventor y en gran medida responsable de la evolución tecnológica de Jarre) y de nuevo una excepcional portada de Michel Granger, "Equinoxe", cuya fuente de inspiración va a ser el elemento 'agua' -como en "Oxygene" lo era el aire-, mantiene la estructura de varios cortes sin título definido, 8 extractos sin desperdicio que se inauguran con una melodía de entrada en una onda espacial tan marcada como en "Oxygene", lo que se refleja especialmente al comenzar la parte 2, misteriosa y burbujeante. Ambas composiciones son el interesante anticipo de la zona más luminosa, explosiva y definitivamente comercial del trabajo, la compuesta por los extractos 3, 4 y 5 del mismo. La delicada "Equinoxe part 3" desprende un llamativo aroma clásico, impresionista, en una cuidada labor de estudio con los aún escasos medios de la época. La parte 4 es sin duda mi favorita, desde el pequeño ritmillo de fondo que la introduce hasta el siguiente, soberbio y decididamente electrónico, que nos lleva embelesados a la melodía principal; la repetición de esta maravilla y su culminación en forma de extraordinario clímax hacen de éste uno de los grandes temas de siempre de Jean Michel Jarre, y su escucha me hace pensar que los que consideran a esto música sin alma son gente que, paradójicamente, no la posee. Este núcleo central de la obra culmina con la que quizás sea su parte más conocida, la 5, merced a una melodía rápida y decididamente pegadiza (si bien hay que reconocer que, como primer single, no supera a aquel "Oxygene part 4"). La parte sexta es tremendamente rítmica, yo diría que avanzada para su época, de hecho el efectivo estilo de Jarre deja entrever una cierta ansia de experimentación y traslada a su disco sus avanzadas ideas que, como sucedía con "Oxygene", no han quedado tan desfasadas como podría suponerse a 30 años vista. Contrariamente, el estilo elegante de la electrónica de Jarre ha sido objeto de influencias e imitaciones a lo largo de los años, y sólo unos pocos han conseguido evolucionar hacia otras formas interesantes de expresión electrónica sin entrar en baratos efectos de discoteca o en experimentaciones sin pies ni cabeza. De la parte 7, que es de las menos inspiradas del álbum, llegamos a la octava y final, dividida en dos partes, un maravilloso comienzo circense que tiene título propio, "Band in the rain", y una culminación en forma de melodía de "Equinoxe part 5" pero ralentizada.

Casado en estas fechas con la conocida actriz francesa Charlotte Rampling, un feliz Jean Michel iba a trasladar al año siguiente por primera vez la grandilocuencia de su música a un espectáculo en directo, y sólo podía ser a lo grande, el 14 de julio (fiesta nacional francesa) ante un millón de personas en la Place de la Concorde de París, un espectáculo de luz, sonido, proyecciones en los edificios, fuegos artificiales y demás parafernalia, que fue retransmitido por Eurovisión, aunque no fue emitido en España. Ya no hay músicos como el Jarre de los 70 y 80, que concebía sus conciertos como un espectáculo total al servicio de toda una ciudad, este fue el primero, pero en mi retina aún perduran las imágenes (siempre en televisión, desgraciadamente) de otros conciertos en Lyon, Houston, Londres, Mont Saint-Michel...

ANTERIORES CRÍTICAS RELACIONADAS:
JEAN MICHEL JARRE: "Oxygene"



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28.10.06

LOREENA McKENNITT:
"Elemental"


Es posiblemente la voz celta femenina moderna más conocida por el gran público después de la de Enya. Y es así a pesar de que esta mujer no es ni irlandesa, ni escocesa, ni inglesa, sino que se trata de una canadiense nacida en 1957, que en los 70 se enamoró de tal modo de la cultura celta que viajó, investigó y se empapó de ese mundo hasta casi formar parte de él (en cierto modo se notaba aquí su herencia genética, ya que su familia emigró a Canadá desde Irlanda en 1830). Alan Stivell fue su primera gran influencia, y en 1983, durante una accidentada estancia en Londres, compró su primer arpa en una tienda de segunda mano por 250 libras esterlinas. Trabajadora y emprendedora, Loreena -que tocó durante años en las calles y en clubs de folk canadienses- fundó su propio sello discográfico, Quinlan Road (que es el nombre de una carretera de Stratford, Canadá), a través del cual dió a conocer al mundo su música, distribuída en España por Universal Music. Su primer disco y primera referencia de su sello se titulaba "Elemental", y fue publicado en 1985.

Como su propio nombre indica, nos encontramos ante un disco 'elemental', unas canciones que son como vestigios de otra época de la McKennitt, donde se imponía una maravillosa sencillez. Su estilo, en la forma y en las influencias, iría cambiando paulatinamente, quedando en "Elemental" un aire virginal. La propia artista nos lo cuenta así en su web: "En 1985 creé esta mi primera grabación, realizada en un estudio ubicado en un granero en el sur de Ontario. Recuerdo cómo pasé una semana magnífica en el mes de julio, levantándome cada mañana en la granja, caminando hacia el granero y grabando las canciones mientras miraba fijamente hacia los campos de girasoles". Ante todo, se trata de un disco basado en la voz de Loreena, una capacidad vocal desgarradora, firme, noble, con un cierto poso de su investigación en la tradición celta, y se deja notar desde la primera de las canciones, la genial y directa "Blacksmith", con soberbia entrada de acordeón, que como casi todas las composiciones es un arreglo de un tema tradicional. Sólo dos de los cortes se apartan de esta norma, el último de ellos, "Lullaby", una bonita canción de cuna basada en un texto del poeta inglés William Blake (con la espectacular recitación de Douglas Campbell), y la maravillosa "Stolen child", que como la anterior cuenta con música de la arpìsta de Manitoba, pero en esta ocasión el texto es del Nobel de Literatura irlandés William Butler Yeats. Que el resto de las canciones sean tradicionales no resta mérito al trabajo, menos aún si hemos seguido la trayectoria posterior de Loreena McKennitt. Así, de la casi a cappella "She moved through the fair" (reconocidísima melodía del folclore irlandés que a gozado de numerosas adaptaciones por parte de reconocidos músicos) se pasa al hermoso instrumental "The lark in the clear air" antes de llegar a otra de esas canciones que tienen algo especial, "Carrighfergus", poesía musical cantada a dúo por Loreena McKennitt y el actor y músico Credic Smith, que aporta además la guitarra, como lo hace también en el siguiente corte, "Kellswater". "Banks of claudy" y "Come by the hills" son otras bonitas melodías irlandesas -que también han conocido muchas otras versiones- incluidas en un disco que se podría calificar como precioso. En la instrumentación, escasa pero adecuada, destacan las cualidades de Loreena como arpista (de hecho podemos contemplar ese arpa en la portada del disco), si bien se encarga también, en su cualidad de multiinstrumentista artesanal, del acordeón, guitarra y teclados, con algunas pequeñas colaboraciones, además de la de Credic Smith, al bajo (George Greer) y cello (Pat Mullin).

No es "Elemental" de sus álbumes más vendidos -fue a partir de "The visit" cuando el estilo McKennitt se adecuó más a los gustos comerciales actuales y encontró su hueco en la industria-, pero sí que se trata, junto con sus discos de adaptaciones de canciones navideñas, de su trabajo menos artificial, sin que este término sea en absoluto peyorativo. Además, Loreena retornó en cierto modo a esa esencia tradicional en su obra de 2010 "The wind that shakes the barley", aunque sin alcanzar totalmente el nivel de pureza de "Elemental". Esta pelirroja que de pequeña quería ser veterinaria, y que aparte de gran artista es excepcional persona (como demuestra su contribución a causas humanitarias), sigue investigando en las músicas del mundo y nos ofrece un grandioso mestizaje cultural en sus discos, productos muy rentables para su compañía de discos, en los que ventas y calidad van de la mano, un ejemplo de música tan bella y atrayente que goza, en todo caso, de popularidad y admiración entre casi cualquier tipo de publico. Además de lo completo y elegante de sus obras más populares, es conveniente no dejar de escuchar sus primeros trabajos, todas ellos eficazmente remasterizados, por ejemplo comenzando con este "Elemental".





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22.10.06

ED ALLEYNE - JOHNSON:
"Purple electric violin concerto"


"Concierto del violín eléctrico púrpura" podría parecer el título de un cuento más que de un disco, pero la realidad se impuso una vez más a la ficción cuando un nuevo violinista eléctrico llamado Ed Alleyne-Johnson (que en realidad ya había tocado en el grupo New Model Army) apareció en el panorama musical en 1992 con un violín eléctrico púrpura debajo del brazo. Inventado y construido por él mismo, este curioso instrumento -que podemos ver en la portada del disco- podía hacer cosas maravillosas, como Ed Alleyne demostró durante años tocando por las calles de Chester ante todo el que por unas pocas monedas quisiera deleitarse ante un nuevo sonido. El violín púrpura tiene cinco cuerdas, una más que los normales para permitir una mayor gama de sonidos, pero su mayor ventaja era una avanzada pedalera con la que podía otorgar efectos inusuales a su ya de por sí bello sonido, como ecos, reverberaciones y simulaciones de otros instrumentos (guitarra eléctrica, por ejemplo, de hecho Ed lo compara con una Gibson Les Paul) o sonidos naturales (mar, gaviotas...). Sin embargo, una de las cosas que más llama la atención al verle tocar en directo es que con esa pedalera puede grabar sus propios fondos para que se reproduzcan mientras ejecuta la melodía, lo cual da la sensación de que estén tocando varias personas y no sólo ese curioso violinista al que, entre su mata de pelo, casi no acertamos a verle la cara.
Puestos en situación, ya podemos deleitarnos con la escucha del disco, que fue publicado por Equation Records en 1992. El sorprendente sonido aquí contenido es capaz de alterar nuestros biorritmos, un ambiente espacial donde las cuerdas tienen el protagonismo de todas las maneras posibles, como fondo (usadas como bajo), como violín propiamente dicho ejecutando la melodía principal, más en plan guitarra eléctrica para los solos (algunos críticos lo comparan con un Jimi Hendrix violinista)... El estereotipo del violín como instrumento clásico se rompe en este trabajo, aunque influencias de Vivaldi o Vaughan Williams se dejan entrever, y en especial una cierta similitud de la parte 1 de "Oxford suite" con tan hipnótica pieza como el "Boléro" de Maurice Ravel. Sólo el hecho de que muchas de las melodías y sobre todo las construcciones de los temas se parezcan tanto desluce un poco el efecto del disco cuando se avanza en su escucha. De todas formas, la especial ambientalidad que emana la obra me parece altamente destacable, en especial -y sin menospreciar a las demás composiciones- en las cuatro partes en que está divida la "Oxford suite", seguramente esas melodías con las que durante muchos años deslumbró a los paseantes en Oxford (donde estudió arte), Chester y parte de Europa y Estados Unidos.
Ed y su mujer, Denyze D'Arcy, viven en Liverpool (en la segunda parte de "Purple electric violin concerto" la "Liverpool suite" sustituye a la "Oxford suite"), donde componen y firman sus trabajos a dúo, si bien aparte de "Purple electric violin concerto" me gustaría destacar también su siguiente álbum en solitario, "Ultraviolet", donde continuaba con ese sonido de 'Ravel en el espacio', absolutamente distinto de lo que hemos podido escuchar en otros violinistas eléctricos como Jerry Goodman o Eddie Jobson, ambos comentados en este blog. Ed Alleyne, como un "violinista de Hamelín" moderno (y más humanizado que aquel que además de a las ratas acabó llevándose también a los niños del pueblo) me atrae irremediablemente con sus melodías. Cuando viaje a Chester recorreré todo el barrio en su busca, mientras tanto soñaré con que me lo encuentro allí con su violín eléctrico púrpura.





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19.10.06

RAVI SHANKAR & PHILIP GLASS:
"Passages"

Los encuentros de formas musicales de uno y otro lado del mundo han posibilitado fusiones notables en la historia de la conocida como World Music, Folk o Música Étnica, epítetos que más o menos vienen a ser prácticamente lo mismo. Pop, rock y música clásica se han beneficiado por igual del acercamiento de ideas y tradiciones entre oriente y occidente, concretamente un caso de interés extremo se centra en la fusión de minimalismo y música clásica india que ejecutaron Philip Glass (Baltimore, Estados Unidos, 1937) y Ravi Shankar (Benarés, India, 1920) para Private Music en 1990 bajo el título de "Passages", una historia ideada por Ron Goldstein (presidente de Private Music en esa época) que, aunque se acabara de concretar en el eficiente sello neoyorquino fundado por Peter Baumann, tuvo su germen en París a mediados de los 60, cuando Philip, que estaba estudiando con Nadia Boulanger, trabajó como asistente de Ravi para transcribir a la notación occidental la música que éste estaba componiendo para la película 'Chappaqua'. Glass destaca en el prefacio del libro de Shankar 'Mi música, mi vida', el arte musical nuevo que el indio estaba contribuyendo a crear con sus colaboraciones con músicos clásicos como Menuhin o Rampal, y más populares como la que acabó por acercarle a la fama años después, la figura de George Harrison. El propio Glass cambió su orientación musical tras conocer a un Ravi Shankar que le acabó por descubrir la concepción tan distinta y fascinante de la música india, sus ciclos repetitivos, que le sirvieron de inspiración para su conocido estilo. Tuvieron que pasar más de veinte años para el reencuentro en forma de disco, pero el tiempo no es lo más importante en esta historia, ya que cuando dos talentos como los de Glass y Shankar se unen lo único que se puede esperar de ellos es una obra maestra, más allá de la distancia, de la cultura o de las estéticas.

Estos dos genios de nuestro tiempo consiguieron con "Passages" una obra altamente obsesiva, cuya principal sensación al escucharla es la de un largo viaje. Bajo la producción de Kurt Munkacsi (la parte de Glass), Ravi Shankar y Suresh Lalwani (la de Shankar) se desarrolló una idea bien sencilla, la de dividir las seis canciones contenidas en tres para cada uno de los músicos, pero versioneando canciones del otro, de tal modo que resulta curioso y altamente gratificante comprobar cómo en cada una se puede intuir la firma de su adaptador, a la vez que la del autor original. "Offering" es el tema de apertura, una 'ofrenda' de Ravi Shankar que comienza con un delicado juego de saxos para cambiar a los tres minutos al más puro estilo glassiano, derivando en una pieza magistral a medio camino entre el minimalismo y las escalas hindúes. La música fluye con sugestiva gracilidad, y en su colosal magnetismo se aceptaría el bucle eterno, pero el saxo soprano acaba anunciado la cercanía del fin, al que él mismo nos conduce. El clásico sitar y una bella trompeta inauguran la siguiente tonada, "Sadhanipa", bonita recreación de Philip Glass plena de alegría oriental, donde vientos y cuerdas se entrelazan en un alegre y exótico baile, como el que el propio Shankar podría haber ejecutado en su época de bailarín. Glass vuelve a firmar el tercer corte, sin duda uno de los mejores del trabajo: "Channels and winds" presenta un contínuo clímax con un ritmo penetrante y la conducción fantasmal de un hipnótico coro femenino, culminación de una conjunción de dos formas de ver la vida, una estructura rítmica que se convertía en principio único, condicionante que Glass descubrió en su primer acercamiento a este tipo de música y que desde entonces aplicó tan eficazmente a la suya. En el último de los temas de Glass, "Ragas in minor scale", hay un pequeño cambio de papeles, siendo la base del propio Shankar y las ragas (bases melódicas de la música clásica India) de Glass, con el protagonismo del sitar sobre la gran orquesta, si bien un soberbio giro a mitad de pieza con gran actividad de violines y flauta, la complementa de forma maravillosa. Las ragas son capaces de crear un impacto emocional en el oyente: "De la misma forma que una tele vacía puede llenarse de colores y formas, así es como la mente humana receptiva puede 'colorearse' o verse afectada por el sonido placentero y balsámico de un raga". Restan las últimas dos composiciones de Ravi Shankar, llegando en este momento a otro de los puntos más destacables del álbum, "Meetings along the edge", donde melodías de ambos músicos se desarrollan en solitario para después combinarse en un torbellino de fuerza y emoción que desemboca en un final poderoso y eufórico, tras un viaje por el límite, por la frontera entre dos mundos que se dan la mano. El disco acaba con un largo tema orquestal en continua variación de título "Prashanti", fácil de escuchar, en busqueda de la paz interior.

Ravi Shankar opinaba pocos años antes de morir (en diciembre de 2012, tras 92 años de intensa vida) que el acceso globalizado a la música ha atraído a la generación más joven y la ha hecho más consciente de este arte de lo que nunca había sido con anterioridad. "Passages" es precisamente uno de esos discos que pueden hacer que cualquiera se convierta irremediablemente a la adoración por la buena música, como Glass fuera presa irremediable décadas antes de las formas y pautas de la música oriental. La fusión es de gran riqueza tonal, consiguiendo la intención primaria de "promover una mejor comprensión mutua entre las dos tradiciones musicales". Por descontado que Shankar nunca cerró los ojos ante otras influencias, cuando trabajó en All-India Radio, en los 50, comenzó a utilizar violines en sus composiciones, pues "podían expresar todos los delicados matices de la música india de manera muy bella". En definitiva, en esta inefable maravilla de título "Passages" no importa en realidad quien versionea a quien, ni quien gana en este juego de genialidades, priva la colaboración y sale ganando la raza humana, o por lo menos la pequeña parte de ella que, como con las películas de Godfrey Reggio (de cuyas bandas sonoras se ha encargado Philip Glass), se atreve a disfrutar con esta más que sugerente interacción de genialidades, y es que los caminos de ida y vuelta en los encuentros musicales entre oriente y occidente iban a contar con una maravillosa prolongación a finales de los 80 por medio de los mismos protagonistas que se encontraron en París 25 años atrás, Shankar y Glass, Glass y Shankar.

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10.10.06

ANDREAS VOLLENWEIDER:
"Down to the moon"

Ya he hablado en este blog en otras ocasiones de pioneros de la New Age Music, aunque quizás uno de los músicos que más han tenido que ver en que se adoptara esa denominación sea el suizo Andreas Vollenweider, uno de los nombres más populares de las Nuevas Músicas desde que en 1981 creara su inconfundible sonido para su disco "Behind the gardens, behind the wall, under the tree" (ya que Andreas ha renegado durante mucho tiempo del anterior, una obra primeriza y de experimentación titulada "Eine art suite"). Y es que el sonido de este suizo -nacido en Zurich en 1953- se basa en un instrumento tan clásico aunque poco común fuera del folk como lo es el arpa, si bien ésta ha sido modificada electrónicamente hasta conseguir unas notas especiales, una luminosidad sorprendente y un apelativo que ya es famoso: 'arpa electroacústica'. La primera escucha de un disco de Vollenweider es una experiencia distinta, y así debieron de pensar los muchos clientes de la librería Rizzoli de Nueva York que convirtieron aquel "Behind the gardens..." que sonaba de fondo en un pequeño fenómeno boca a boca. Después de "Caverna mágica" y "White winds" llegó en 1986 el disco que nos ocupa, un excepcional y lunático "Down to the moon".

Dividido en dos partes, "The near side" (la cara cercana -de la luna, se entiende-) y "The far side" (la cara lejana -en este caso sería la cara oculta, supongo-), la primera es en mi opinión más inspirada. Se abre con un primer tema homónimo, "Down to the moon", una pequeña introducción pero con mucho que decir, de hecho prácticamente presenta de una manera perfecta el trabajo, su sonido, su estilo, sus intenciones... Y enseguida se llega a la canción estrella del álbum, un corte excepcional titulado "Moon dance", una de esas obras maestras que se dan de cuando en cuando y que condicionan un disco y a un músico. En su búsqueda de la melodía, Vollenweider se apoya en sonidos naturales y en un estilo ambiental en consonancia con su espíritu ecologista. En cada tema, dicha melodía llega y generalmente sorprende tanto por su fuerza como por su distinción -merced al instrumento utilizado- con cualquier cosa que hayamos escuchado antes, de guitarra, teclados o vientos. Así nos deleitamos con "Steam forest" o "Night fire dance", otros grandes aciertos de este disco. Las influencias de otras músicas del mundo también están presentes, en especial la oriental (en "Water moon", por ejemplo). "The far side" comienza con otro acertado tema introductorio, "Quiet observer" y continúa con las bellas notas de "Silver wheel", y aunque enseguida descienda la inspiración, la magia sigue presente hasta el final, tanto como para que el disco recibiera el grammy al mejor disco de New Age en 1987.

El acierto de Andreas Vollenweider es doble, por su acercamiento al arpa (y a la electrónica) después de destacar con teclados -su padre era un gran organista-, guitarra y flauta, y por crear unos vínculos de amistad con grandes músicos que le acompañan en sus giras, como Büdi siebert o Max Lässer (de hecho su discográfica se llama AVAF, Andreas Vollenweider and Friends). Ahora que se han reeditado todas sus obras remasterizadas, es el momento de redescubrir a un músico que, a pesar de que desde "Dancing with the lyon" ha perdido gran parte de su frescura y originalidad a la vez que ha ganado en fusión con otras culturas, sigue dejando muy alto el listón de la New Age.

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5.10.06

PEP LLOPIS:
"Las noches y los días"

Cuanto más se escuchan trabajos como éste de Pep Llopis menos se entienden tantas y tantas cosas sobre las compañías, distribuciones, radiodifusiones o intereses del público en general. Nominado y premiado en numerosas ocasiones en su Comunidad Autónoma, la Valenciana, por obras para teatro y danza, este compositor publicó por medio de Grabaciones Accidentales varios LP's de sus bandas sonoras, en especial para la compañía Ananda Dansa, con la que sigue colaborando en la actualidad; fue sin embargo un inmenso trabajo, el primero en CD, por el que despuntó definitivamente este afamado músico nacido en Lliria en 1945, uno más de esos intérpretes españoles de gran valía que en los 90 dieron vía libre a sus ansias expresivas en solitario, después de haber pertenecido a grupos más o menos vanguardistas en los 70 y 80 (por ejemplo Llopis a 'Cotó-en-pèl' o 'Erratum Ensemble', donde coincidió con Llorenç Barber -el campanólogo, que no Samuel, el del "Adagio"- y Fátima Miranda). Sellos como Taxi Records, Dro, Hyades Arts o El cometa de Madrid hicieron posible ese salto, que en el caso de Pep Llopis fue de una sola referencia en CD para Dro/Gasa, "Las noches y los días".
Llopis, director del Aula d´Altres Músiques desde 1998, es músico apreciado por coreógrafos y directores de prestigio por sus composiciones para danza, teatro y audiovisuales. Sus referencias son numerosas, así como los reconocimientos obtenidos por ellas. En un momento dado decidió publicar este CD que recogía varias de las músicas compuestas para espectáculos como "Tarzán", "De la Tierra a la Luna", "La comedia de las equivocaciones" o "Homenaje a K", y el resultado fue sencillamente espectacular, una música al servicio del arte que no es sólo visual, sino que como una banda sonora también puede disfrutarse de su mera escucha. Al piano, teclados y percusiones de Pep se unen instrumentos de viento y cuerda para configurar una música de difícil encuadre por su variedad estilística, ya que junto a su estética contemporánea (en un clasicismo de sonido moderno, decididamente electrónico) se respiran momentos ambientales, de música del mundo (muy mediterránea, evidentemente) y una estética minimalista ('concepción minimal', apunta él) que por momentos podría recordar a Wim Mertens ("Frescos") o Philip Glass ("La nau"). Temas como "Las noches y los días" -de rugiente intensidad- o "The milky way (l'espai)" -que fue incluído en el recopilatorio "Música sin fronteras vol.III", el mismo que recogía un tema de Jesús Auñón, que coincide con Llopis en el agradecimiento a Ramón Trecet en el disco- gozan de unos espléndidos arreglos que las hacen especiales ('música con alma', reclamaba en su día el propio autor), si bien mi composición favorita, igual de inspirada aunque no tan difundida, es "Jane", una pequeña maravilla donde el piano eléctrico se funde con flautas, violonchelo y contrabajo en una especial sensibilidad y poesía al servicio de la obra "Tarzán". Además, momentos más electrónicos ("Jardins aquatics", "Vestidos") o acústicos ("Frescos", "Tres mujeres") ayudan a completar uno de esos discos que hubieran merecido una acogida más multitudinaria.
Ojalá Llopis decidiera volver a reunir lo esencial de su música de las últimas dos décadas en otro disco compacto (sí que ha visto publicadas sus obras para Ananda Dansa "Peter Pan" y "Alma"), pues seguro que los que no acudimos con regularidad al teatro o a los espectáculos de danza nos estamos perdiendo no sólo unos eventos culturales posiblemente interesantes, sino también lo que aquí nos ocupa, una música deliciosa, de un compositor peculiar y distinguido. Para los muy interesados, les queda la difícil tarea de encontrar los vinilos de "Destiada", "Homenaje a K" o "Crónica civil", así como conseguir esos últimos compactos y por supuesto, reescuchar de vez en cuando "Las noches y los días"
.

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2.10.06

DAVID LANZ &
PAUL SPEER:
"Natural states"

Si bien su música es fácilmente identificable, no cabe duda de que su aspecto lo es más; me refiero a David Lanz, pianista norteamericano de larga melena albina que desde que abandonó el rock y el jazz para dedicarse a la música instrumental de piano comenzó a cosechar éxito tras éxito en el recién inaugurado mundillo de la New Age. Cuando Billboard inauguró su apartado dedicado a este tipo de música fue él quien irrumpió al número 1 gracias a un oportunista pero a la vez grandioso "Cristofori's dream". Corría el año 1988 y la compañía Narada hacía varios años que había descubierto el filón de David Lanz.

Efectivamente, "Cristofori's dream" no había sido ni mucho menos el primer disco de este virtuoso de Seattle, que inauguró su faceta de solista de piano con "Heartsounds" y "Nightfall". Sin embargo Lanz tiene otra cara, en la que aparta su romántico piano para, junto a su colega Paul Speer (productor, ingeniero y guitarrista de Idaho), explorar otros caminos más electrónicos. El binomio Lanz/Speer, que ya habían trabajado juntos en la realización de música para spots publicitarios, es de una gran conjunción y "Natural states", publicado en el año 1985, es sin duda un disco completo, un auténtico clásico de la New Age. Desde el primer instante y en todo su minutaje se tiene la sensación de estar ante un trabajo especial, una de esas joyas llenas de alegría, conseguida a través de una base melódica de piano y teclados, con el acompañamiento de la guitarra eléctrica, que en ocasiones toma el baston de mando. La producción, del propio Speer y con el toque de calidad del sello Narada (con las colaboraciones de Neal Speer, James Reynolds y Deuter), hace el resto. El tema destacado, "Behind the waterfall", es una de esas melodías que todos podemos recordar y silbar (incluso hace muy poco acompañaba a las noticias del tiempo en una televisión española), y fue el tema cuya radiodifusión hizo sin duda superventas a "Natural states", pero al escuchar el trabajo entero nos encontramos con una obra que no adolece de la presumible blandura que se puede achacar al escuchar ese primer single y al referirnos de este tipo de música y de un intérprete como Lanz. El disco emana frescura en todas sus composiciones, comenzando por "Miranova", que marca el camino a seguir. "Faces of the forest" es una calmada composición en dos partes, en un estilo melancólico dominado por el piano de Lanz (de hecho es un rescate del álbum "Nightfall", publicado sólo un año atrás, con un nuevo y seductor tratamiento), llegando acto seguido la comentada "Behind the waterfall". Tras un pequeño interludio con "Mountain" llegan dos temas curiosos por salirse un poco fuera de la fórmula que parecía iba a dominar el disco (de hecho son las dos composiciones de Paul Speer, en un estilo típico), huyendo de la melodía fácil -aunque sin entrar en riesgos excesivos- con un interesante cariz ambiental: "Allegro 985" es de lucimiento para la guitarra de Speer, con una gran atmósfera y percusión, y "Lento 984" se basa en la repetición de una pequeña y dulce tonada con variaciones de los instrumentos o samplers utilizados, de los teclados a las guitarras pasando por instrumentos de viento, en una conjunción muy placentera. Volviendo a las canciones melódicas, "Rain forest" es otro gran acierto de ese estilo algo simple pero absolutamente efectivo, siguiendo la linea marcada por "Behind the waterfall". El disco culmina con otro tema más ambiental, "First light", que acaba de evidenciar que la música de David Lanz y Paul Speer es, aparte de agradable, muy visual, tanto como para que "Natural states" y su segundo trabajo, "Desert vision" -muy similar a éste y también con canciones muy recomendables"- se crearan dos video-álbumes con imágenes de la naturaleza dirigidos por un especialista, Jan Nickman, ganador de un premio Emmy.

David Lanz es uno de los músicos más identificativos del movimiento New Age, por el estilo de sus composiciones, por la época en la que despuntó y por las inmensas ventas que generaron sus discos. En cierta ocasión declaró: "Lo que he hecho en realidad ha sido realizar mi sueño". Aunque hayan quedado lejos sus grandes éxitos, no cabe duda de que el sueño sigue vivo, sobre todo en sus antiguos trabajos, ya sea en solitario o junto a Paul Speer
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