28.12.06

DAVID ANTONY CLARK:
"Before Africa"

Parece mentira que desde un país tan pequeño como Nueva Zelanda irrumpieran en los 90 con tanta fuerza y calidad en el mercado de las Nuevas Músicas artistas de la talla de Michael Atkinson, Philip Riley o David Antony Clark. La música de este último en concreto posee unas características que la hacen muy especial, un dinamismo y alegría únicos que consiguen que cada canción nos cuente algo y nos descubra nuevos ritmos. La música de Clark surge de las entrañas de la propia tierra y de la raigambre popular, cada uno de sus trabajos es una auténtica celebración, una exploración no sólo sonora sino también física de esos paisajes en los que ha estado el aventurero David Antony Clark. Con la publicación de White Cloud, en 1996 este músico tuvo como destino un continente tan rico culturalmente como Africa, con una inspiración concreta en centroáfrica y en un país como Tanzania, en el que se han descubierto algunos de los asentamientos humanos más antiguos.
En "Before Africa" este neozelandés se traslada también en el tiempo hasta una época primigenia del continente negro, y nos ofrece nueve espléndidas composiciones con lo que ya empezaba a ser su sonido característico, una bella sucesión de dulces melodías tremendamente pegadizas aderezadas por ritmos y voces indígenas. Desde esa cálida bienvenida a la sabana que supone "A land before eden" nos abordan las tonadas basadas en los vientos o percusiones que parecen tan antiguas como la madre tierra (algunas de ellas a cargo de otro importante artista del sello White Cloud, Philip Riley), combinadas con teclados en preciosos desarrollos dinámicos como en "The stone children", "Flamingo lake" o la completa y más difundida "Rainmakers", mientras que en otras composiciones, como "Ancestral voices" -con sus suaves notas de ocarina-, "Inmortal forces" o la rítmica "The inner hunt", se deja entrever una carga más puramente ambiental. Ante todo se nota que David Antony Clark es un músico comprometido, enamorado de los paisajes vírgenes, y que rinde tributo con su música a los antepasados de la humanidad, a esos seres que han dejado sus huellas en forma de reliquias, monumentos o leyendas, y que según él, todos llevamos en nuestro interior.
Dentro de lo incierto de estas músicas, sobre todo en los últimos años, David Antony Clark sobrevive en un gran lugar. Donde otros han desaparecido o se mantienen sin repercusión, él se alza con su gran capacidad para crear melodías a partir de la naturaleza y unas culturas indígenas de las que admira, literalmente, su valentía, ingenio y voluntad de supervivencia. Mi impresión personal es que la vitalidad de su música no tiene fronteras, estamos ante un artista que disfruta con lo que hace, y lo que es mejor, nos hace disfrutar a sus seguidores
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17.12.06

THIERRY FERVANT:
"Legends of Avalon"

Aunque tuvo su momento de cierta relevancia en las nuevas músicas de los 80, actualmente es muy difícil saber nada de Thierry Fervant, ni de aquella época en la que sonaron sus discos, ni por supuesto de su actualidad. Este teclista suizo nacido en 1945 contemplaba desde su estudio la belleza del lago Léman, en la preciosa ciudad de Ginebra. Allí compuso "Legends of Avalon", un trabajo inspirado en la mitología artúrica que editó en 1988 en su propio sello, Quartz Music, que ya había dado a conocer "Univers", "Seasons of life" y "Blue planet", sus trabajos anteriores, algunos de ellos portadores de un sonido que parecía deudor de teclistas consagrados como Vangelis o Jarre, aunque con inclusiones de instrumentos acústicos. En "Legends of Avalon" la aportación extra la realiza una orquesta de cuerda, si bien el trabajo sigue estando dominado por los teclados más tradicionales y sonidos sampleados.
La mitología nos cuenta que Avalon era un mundo paradisiaco, sin clases sociales, difícil de encontrar porque su entrada era invisible, una isla maravillosa gobernada por 9 hermanas con poderes mágicos. Es a esta isla donde Morgana transporta al rey Arturo tras ser mortalmente herido por su hijo, Mordred, en la batalla de Camlan, y es aquí donde comienza, con un teclado melancólico que parece sonar a flautas andinas, el viaje de Thierry Fervant por estas leyendas medievales. El disco combina temas más intimistas y delicados ("Ynis gutrin (Isle of Glass)" -la isla de los muertos en la mitología irlandesa- comunica una extraña belleza, "The lady of the lake" reverencia con un suave tratamiento vocal a la conocida dama del lago, y paisajes misteriosos como "Vale of no return" o "Broceliande forest" son recreados armoniosamente) con otros más esplendorosos aunque no tan rítmicos como en trabajos anteriores ("Sacred wells" -misteriosas fuentes de agua mágica-, que posee una gran fuerza evocativa en sus notas repetitivas, "Beltane fire" -antiguos fuegos celtas prendidos cada primero de mayo- o "The crescent moon" -la luna creciente, inspiradora de tantas leyendas y, cómo no, músicas-). Queda lugar para la famosa tabla redonda ("Round table") y para el no menos famoso Rey Arturo ("King Arthur's dream"), pero también para la magia, esa hechicería que poseía dos caras y cuyo misterio queda reflejado en dos de las mejores canciones del trabajo, "Morgan le fay", lenta, sensual y embrujadora, y "Merlin le magician", la más conocida merced a su inclusión en recopilaciones como "Música para desaparecer dentro".
La sencillez de la propuesta estilística y puesta en escena de Fervant va en consonancia con su espíriru ecologista, el mismo que también se deja respirar en este bonito trabajo de un músico al que, repito, mi rastreo no ha logrado encontrar en la actualidad. Tal vez esté viajando por las brumas de Avalon...

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7.12.06

ADIEMUS:
"Songs of sanctuary"

Entre la neoclásica y la world music, entre la música vocal y la de cámara, entre la incertidumbre y la sorpresa, así llegó el grupo Adiemus al gran público en 1995, por medio de "Songs of sanctuary", un trabajo de fantasiosa portada azulada publicado por Virgin Records en una nueva demostración de buen ojo y oportunismo. El santuario al que hacía referencia el título era interior, un refugio privado al que poder escapar que estaba dentro de cada oyente, de cada degustador de la magia desprendida por las notas de este disco, un proyecto muy especial que dada su calidad y repercusión internacional ha tenido continuidad durante cerca de una década por medio de cinco populares entregas, un álbum en directo y varias recopilaciones. Al frente de este grupo ficticio, de esta espléndida chispa de creatividad auténtica y natural que se llamaba Adiemus, un galés ejemplar, caballero de la Orden del Imperio Británico, de nombre Karl Jenkins.
 
Como base de este trabajo, Jenkins elaboró una pieza de música orquestal, cantada pero sin letra definida, en un lenguaje particular del que importaba más la modulación que el sentido, al efecto de utilizarlo como un sonido más, recurso que si bien de ningún modo era exclusivo de Jenkins, este utilizó de manera impoluta. De hecho, muchas de las canciones de Adiemus serían también bellísimos ejemplos de instrumentalidad al sustituir esas voces por violines o instrumentos clásicos ejecutando el tema solista, lo que realmente ocurrió un año después en el álbum "Diamond music", firmado esta vez por Karl Jenkins. Sin embargo la historia de Adiemus no fue fácil: Jenkins, que tenía gran experiencia en el mundo de la música para spots publicitarios (hemos podido escuchar sus jingles para Levis, Pepsi o Renault entre otras muchas marcas de primera fila), recibió el encargo de la compañía aérea estadounidense Delta Air Lines, para la cual creó una melodía atrayente y poderosa con gran carga multivocal que, al tratarse de la compañía estadounidense más importante en vuelos transatlánticos, llegó a un buen número de países; el efecto que produjo en miles de oyentes lograron el milagro de que la música de ese anuncio que combinaba con excelente gusto la majestuosidad de los aviones con la de simpáticos delfines, fuera aclamada y solicitada. A partir de ahí, Karl Jenkins se dió cuenta de que su idea se había convertido en una entidad que podía inspirar a mucha gente diferente, por lo menos así lo reconocía y enseguida se planteaba la extensión vocal celta, árabe, africana y oriental. "Una de las cosas que me ha excitado ha sido cómo mi idea inicial de Adiemus como un proyecto de grabación se ha desarrollado en una experiencia viva", decía Jenkins al respecto de este "Songs of Sanctuary", sobre el cual no hay que dejar de citar otros tres nombres implicados en el proyecto: la London Philharmonic (a la que se unen ciertos instrumentos étnicos o tradicionales), Mike Ratledge (ex-compañero de Jenkins en Soft Machine, cuya importancia en este grupo -también como coproductor- ha de ser reconocida) a las percusiones programadas, y la vocalista del álbum, o debería decirse la multi-vocalista, ya que el efecto multivocal que tanto popularizara Enya está presente en el trabajo a través de Miriam Stockley, siendo ella, lógicamente, uno de los pilares de la grabación al encargarse de llevar todo el peso vocal de la misma. En las notas interiores del disco se destaca el hecho de esta indispensabilidad, no sólo por la belleza de su voz, sino también por su variedad, control y perfecta entonación, adecuándose perfectamente a los matices centroeuropeo, celta e incluso africano requeridos, todo ello en un contexto cercano a lo religioso. Este ambiente eclesiástico propuesto se combina con un tratamiento vocal con elementos étnicos y de gospel, y un envolvente rítmico que viaja de Europa a Africa con asombrosa naturalidad. La pieza más conocida, "Adiemus", es un asombroso himno multicultural que resume la maravilla de esa fusión, y como protagonista del spot de Delta Air Lines llevó a "Songs of sanctuary" a los primeros puestos de las listas de clásica, músicas del mundo y new age, dado lo difícil de su clasificación y los elementos implicados en la grabación; aparte del efecto multivocal, Mike Taylor interpreta el solo de quena, ese instrumento andino de viento de sonido tan evocador. Evidentemente, Karl Jenkins no sólo depende de las voces para expresarse, y lo demuestra gratamente en momentos como el comienzo de "Tintinnabulum", con las eficaces percusiones de Frank Ricotti y la flauta dulce de Pamela Thorby. "Cantus inaequalis" presenta una belleza del norte de Europa con base gospel, y "Cantus insolitus" es un delicado paseo de Stockley con la orquesta que recuerda a una bonita nana. También habría que comentar la africanidad de "Cantus iteratus", el recogimiento casi monacal de "Amate adea" y esa corta pero eficaz culminación de título "Hymn", aunque en el interior de este trabajo en el que cualquier muestra sería un auténtico éxito, otros dos temas son indispensables, por su composición e interpretación: "In caelum fero" y "Kayama", dos cortes de asombrosa magia y poderosa dulzura, caracterizados por ese efecto multivocal, coral y tribal tan conseguido.
 
La energía que desprende Adiemus va más allá de clasificaciones, pero en su fusión de influencias consiguió confundir a muchos en el negocio de la música, e inspirar a otros para seguir caminos paralelos. En cuanto a "Songs of sanctuary", ese mismo año 1995 contó con varias ediciones con portadas diferentes en Japón, Benelux y Francia (cuyas portadas estaban protagonizadas por los mismos delfines que aparecían en el spot original de Delta Air Lines), así como ligeros añadidos en el listado de temas, con 'radio edits' de "Tintinnabulum" o "Kayama", o la 'Full version' de "Adiemus". Ese fue precisamente el primer sencillo del álbum, seguido por  "Kayama" (estos dos primeros contaron además con su correspondiente y vistoso videoclip) y "Tintinnabulum", todos ellos en ediciones diferentes, acompañados de otras canciones del disco como "Hymn" o "Cantus iteratus", pero con la nefasta característica de incluir, especialmente en Alemania, diversas versiones remix, en particular de "Adiemus" y "Kayama". Eso sí, donde fuera que se escuchara o se encontrara la versión original de este disco, dejaba sin ninguna duda una marca de calidad, la de un concepto que se ha desarrollado a lo largo de una década y que tomó vida en este prodigioso "Songs of sanctuary".
 
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3.12.06

MOBY:
"Play"

Moby da la impresión de ser un tío del montón, en apariencia frágil, incluso retraído. Detrás de esa fachada se esconde uno de los grandes genios de la música moderna, rompedor y ecléctico, que ha creado su propio, inconfundible y ultraproducido sonido. En sus discos combina un lúcido piano con sonidos bizarros, tecnología punta con samplers antiguos, teclados delicados con guitarras agresivas... y paso a paso se ha construido un nombre y una merecida fama en la música moderna.
Que su verdadero nombre sea Richard Melville Hall quizás sea un dato de escaso interés, que su nombre artístico provenga de la (posible) descendencia del autor de "Moby Dick", Herman Melville, posiblemente también, pero que antes de "Play" hubiera una década plagada de eventos de este artista sin que yo prácticamente me hubiera enterado me hace plantearme que seguramente no tenía los oídos muy abiertos. En realidad no era yo el único que dejó pasar de largo aquellos "Go" (con el sampler de "Twin peaks" de Angelo Badalamenti), "James Bond theme", "Everything is wrong" o la impresionante "God moving over the face of the waters", sino que la mayoría de la gente -salvo tecnófilos aventajados y amantes avispados de las bandas sonoras- descubrió a Moby en 1999 con "Play", un disco que él mismo definía así: "Con ese trabajo presenté todos los estilos y sonidos en los que estuve involucrado hasta entonces de una forma salvajemente ecléctica". Efectivamente, todas y cada una de estas canciones son ya auténticos himnos urbanos contenidos en el disco posiblemente más innovador de lo que llevamos de siglo, por su combinación de estilos y de épocas. Dance, ambient, tecno, hip-hop, rock, pop... todo tiene cabida en esta coctelera, y posiblemente lo que más llame la atención sea la utilización de samplers de voces afroamericanas, cuyo origen está en la colección de CD's “Sounds of the South”, un compendio de grabaciones de gospel y a-cappella de la primera mitad del siglo XX recogidas por Alan Lomax. Este recurso no es exclusivo de Moby, pero la forma en que nos presenta el resultado sí que lo es, un sello característico y tremendamente adictivo en el que se reunen los estilos antes mencionados bajo la última tecnología y la experiencia de DJ en los clubes de New York.
Todo comienza con "Honey", donde la voz seleccionada de esas grabaciones antiguas (en este caso es la de Bessie Jones cantando "Sometimes") destaca sobre la propia música, o de hecho esa voz es el instrumento principal. Repetitiva y urbana, teclados y guitarras se agolpan logrando un comienzo que asegura la continuidad de la audición. Todas las canciones del album -y digo todas- han sido utilizadas en diversos anuncios y películas, siendo "Play" un disco record en este sentido. "Find my baby" es una de las canciones principales, una joya de la música moderna, un destello de genialidad entre la mediocridad de creaciones para las pistas de baile. A continuación, las cortinillas de TVE se nos vienen a la mente al escuchar "Porcelain", otra maravillosa demostración en la cual new age, chill out, ambient y otros desgastados epítetos se dan la mano en un alarde de capacidad, y donde los teclados tan característicos acompañan a la voz del propio Moby, una voz que se deja escuchar también en otras canciones del álbum ("South side", con una fabulosa y atrevida guitarra, o una especie de segunda parte del disco, más hacia el final, quizás menos completa, atrevida y eclécticamente hermosa que la primera mitad). "Why does my heart feel so bad?" es otra de las composiciones destacadas, construída sobre el piano, con mantos de sintetizador, la fuerte carga rítmica acostumbrada y sobre todo las voces sampleadas del Shining light gospel choir que demuestran definitivamente que Moby es un maestro del estudio de grabación. No puedo acabar sin destacar "Natural blues", otra de esas canciones utilizada sin piedad en multitud de recopilatorio de chill out, y posiblemente mi favorita (aunque es difícil destacar una teniendo ahí "Porcelain", "Why does my heart feel so bad?" o "Find my baby"), "Bodyrock", un reflejo del caotismo neoyorkino en la que no falta de nada, un ritmo dance, una voz hip-hop sampleada, una guitarra rock, en definitiva la culminación de las pretensiones estilísticas de Richard Melville.
Involucrado política y ecológicamente, su mentalidad cristiana no parece coincidir con el soterrado paganismo de estos tipos de música. Sin embargo, lejos de toda creencia y condición, puedo asegurar que "Play" es un disco que no deja indiferente a nadie. Este trabajo es un desafío al oído, su título es una invitación a investigar y atreverse a escucharlo. Pulsa el play y verás.

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2.12.06

VARIOS ARTISTAS:
"Polar shift"

Al hablar de Nuevas Músicas nos vienen a la cabeza compañías emblemáticas como Windham Hill o Narada Recordings, si bien no podemos olvidarnos de otras de presupuesto y distribución inferior, como por ejemplo Private Music, por la calidad y atrevimiento de sus intérpretes, presididos y en ocasiones producidos por el ex-Tangerine Dream Peter Baumann. En su catálogo no faltaban interesantes recopilaciones, en ocasiones tan especiales como "Polar shift", álbum publicado en 1991 en beneficio de ese continente tan lejano para nosotros y para casi todo el mundo llamado Antártida ('Salvemos la Antártida', exhortaba una pegatina en su portada), que unía a grandes artistas de la new age como Vangelis, Spheeris & Voudouris, Suzanne Ciani, Yanni, Enya, Kitaro, Constance Demby, etc... Todos ellos participaron desinteresadamente con la causa promovida en este disco por el EarthSea Institute, una organización no lucrativa creada por Terence Yallop en 1989 para promover conocimiento ambiental global y apoyar a las organizaciones implicadas en la protección y preservación de nuestros recursos medioambientales. Tal cúmulo de nombres de calidad implicados en el disco consiguieron que su interés quedara fuera de toda duda a pesar de no contar con composiciones exclusivas para el mismo.

No deja de ser curioso que solamente tres de los doce artistas que aparecen en el trabajo pertenecieran a la nómina de Private Music (Yanni, Suzanne Ciani y John Tesh), por lo cual es de suponer que fuera la mano de Terence Yallop, promotor de eventos y artistas New age como Kitaro, Yanni o Vollenweider en los 80, la que logró la colaboración de otros grandes músicos. Al accionar el play nos encontramos con un inicio inmenso, totalmente adecuado al propósito del disco ya que se trata del conocido "Theme from Antarctica" de Vangelis, un temazo con comienzo, melodía, ejecución y culminación perfectas. Enseguida llega Yanni, más limitado, en un estilo más sencillo y efectivo a su manera, más en "Song for Antarctica", directa y evocadora, que en "Secret vows". Otro gran acierto es el tema de Chris Spheeris y Paul Voudouris "Pura vida", perteneciente a su glorioso disco "Enchantment", una canción soberbia de un álbum especial, pero hay que destacar especialmente que el segundo corte de Spheeris incluído en la recopilación, "Field of tears" (contenido originalmente en "Desires of the heart") es sencillamente majestuoso, admirable en su sencillez, con su justa duración y tratamiento instrumental. No hay que olvidar a todos los nombres que aportaron su granito de arena y sus bellas canciones, como Jim Chappell, Steve Howe, Constance Demby, Paul Sutin o John Tesh, pero es necesario destacar otras tres grandes composiciones, un "Watermark" de Enya que dibuja líneas majestuosas de piano, "Anthem", una de las mejores y más conocidas y melódicas canciones de Suzanne Ciani, y como cierre, el japonés Kitaro y su fenomenal "Light of the spirit", que culmina este trabajo casi tan majestuosamente como había empezado. Así, de Vangelis a Kitaro, se nos ofrece una música deliciosa y sensible para un continente vulnerable e inexplorado, vital para comprender los cambios climáticos y la supervivencia de la vida futura en la Tierra.

El EarthSea Institute ha seguido apoyando causas como ésta a través de otros discos como "Cousteau's dream" o colecciones especiales editadas por Real Music, el sello fundado por Yallop (que incluye en su catálogo a artistas como Jim Chappell -que también aparece en "Polar shift"-, Nicholas Gunn, Hilary Stagg o Gandalf) cuando este ex-golfista británico comprobó que podía hacer negocio en los Estados Unidos con otra de sus pasiones, la música instrumental. La interesante historia de Yallop, su tienda de comida sana Real Food y de cómo llegó casi a facturar más a través de los discos que sonaban de fondo que de la propia comida, es capítulo aparte en esta historia, así como el declive de Private Music después de ser vendida por Peter Baumann y perder toda esa maravillosa imagen de marca que poseía. Volviendo a "Polar shift" y para terminar, decir que el espíritu de Cousteau está en esta eficaz recopilación, eficaz porque además de calidad consiguió algo de dinero para la causa antártica.

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