25.12.09

LOREENA McKENNITT:
"The mask and mirror"


Si cualquier viaje lejano puede suscitar un cúmulo de experiencias y anécdotas, el que ha llevado a Loreena McKennitt por medio mundo ha generado una cuantiosa legión de influencias y de ideas para desentrañar una música que, desde una herencia celta, se ha transfigurado en global, multicultural y riquísima en detalles. Esta historia de amor entre una arpista y su público, que comenzó en los 80 en una granja canadiense, ha transitado por caminos de inusitada calidad en sucesivas grabaciones de títulos tan importantes como "Elemental", "Parallel dreams" o "The visit", para continuar por caminos más abiertos, en base a una labor de estudio en el origen de lo celta. La investigación realizada en culturas milenarias no sólo supuso un ejercicio fascinante para Loreena sino que fue el origen de una nueva forma de concebir su música más allá de la tradición celta. En efecto, al ir conociendo detalles sobre la expansión y antecedentes de dicho pueblo, aumentó su interés por las músicas del este de Europa y del Oriente próximo. Sin embargo un paso importante en esta historia estaba mucho más cerca de lo que podíamos imaginar, ya que se detuvo en nuestra propia tierra.

Todo lo que confluía en la Loreena McKennitt de esta época era garantía de éxito, así que Warner Music continuó distribuyendo sus discos, grabados en su propia compañía, Quinlan Road. "The mask and mirror" llegó en 1994 y siguió aunando los componentes que habían llevado a "The visit" a vender cientos de miles de copias: un trabajo de estudio sin par en la temática elegida, una labor de composición brillante, donde la comercialidad y la calidad se dan la mano, y un proceso de grabación en el que no se habían escatimado medios, y en el que la McKennitt, a la sazón productora, estaba arropada por nombres de confianza como Brian Hughes (guitarras, balalaika, sitar), Rick Lazar (percusiones), Hugh Marsh (violín) -estos tres le acompañarían en su nueva gira-, Anne Bourne (cello, voces), Patrick Hutchinson (Uillean pipes), o Dónal Lunny (bouzouki, bodhran) entre otros. La rica instrumentación escogida no impedía que la voz de Loreena McKennitt, por encima de su arpa o acordeón, fuera por lógica el punto más importante de la grabación: la canadiense es una contadora de historias, su cálido estilo nos es muy cercano porque en "The mask and mirror" bebe por igual de fuentes mediterráneas que de las suyas propias, las celtas. Una joven Loreena McKennitt, de incansable espíritu viajero, había visitado España y concretamente la Alhambra de Granada antes de publicarse "Elemental", su primer disco. Años después volvió para inspirarse y, entre España y Marruecos, nació "The mask and mirror", un trabajo pleno de referencias a nuestra cultura, y con una elevada vena mística cuyo origen se debe a determinadas lecturas sobre el sufismo, ese 'islam esotérico' que busca llegar hasta Dios. Sin ir más lejos, el tema de inicio del álbum, "The mystic's dream", explora en esa búsqueda por medio del amor, si bien es a través de dos poetas donde encuentra unas referencias tan claras en su conexión mística como lejanas en su origen: del irlandés William Butler Yeats son los románticos versos de "Cé hé mise le ulaingt? (The two trees)", y el visionario de Ávila San Juan de la Cruz inspira una de las maravillas del disco, "The dark night of the soul", un poema de amor entre el místico y el propio Dios que -destaca Loreena- puede pasar perfectamente como una historia entre dos amantes de cualquier época ("¡Oh, noche que guiaste!, ¡oh, noche amable más que la alborada!, ¡oh, noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada!"). La música de Loreena parecía querer alcanzar un nivel superior de espiritualidad, si bien la canción estrella del álbum, y precisamente la más alejada (junto a la última del mismo) de la inspiración de Al-Ándalus, era una continuación de las ideas más comerciales que vistieron "All souls night", el primer sencillo de su anterior álbum, "The visit". Titulada "The bonny swans", con letra tradicional y música de Loreena, esta pegadiza canción que tuvo su correspondiente CDsingle y un hermoso videoclip, trataba sobre la historia de dos hermanas en la Edad Media, una de las cuales ahoga por celos a la otra; ésta regresa en forma de cisne para transformarse definitivamente en un arpa, ese instrumento tan evocador que puede considerarse como el primordial de Loreena McKennitt. Un tema magistral, pleno de simbolismo, que ayudó a acrecentar la fama de la cantante. "Prospero's speech" es ese mencionado cierre del disco, una canción cálida arropada por una voz más susurrante, y un recuerdo de sus experiencias teatrales, en concreto con "La tempestad" de William Shakespeare, a la que pertenece este discurso. Pero de un modo más mundano, el disco está impregnado de otras vivencias personales importantísimas: Loreena actuó en enero de 1992 en Santiago, enamorándose al instante de esa ciudad, tanto que volvió en mayo de ese mismo año y se empapó de la historia de dicha urbe mágica; cuenta nuestra protagonista que compró un disco de Els trobadors y le encantó, y que tras seguir estudiando este cruce cultural de comunidades cristianas, judías y musulmanas, encontró al final esta música tradicional, que utilizó en el disco con el título lógico de "Santiago", otra de las canciones (la única sin letra definida) destacadas por su encantador estribillo tarareado y su ritmo multicultural. Marruecos inspira notablemente el cuarto y quinto tema del disco, un animado y colorido "Marrakesh night market" que nace de la sorprendente visión y experiencia de la primera noche de nuestra artista en Marrakesh durante el ramadán de 1993 ("miles de personas concentradas en círculos (...) con su música particular, una poesía directamente relacionada con ritmos de tambores, encantadores de serpientes, monos y pociones mágicas"), y "Full circle", un emocionante recuerdo de la impresión del amanecer en el desierto y los cantos de las mezquitas en pleno ramadán, que supusieron para la McKennitt de esa época dos de las tres experiencias más fuertes de su vida (junto a la visita a un monasterio de monjes benedictinos en Quebec).

Parecía increíble a estas alturas de la carrera de Loreena McKennitt que su interés primario una década antes fuera simplemente viajar a Irlanda para investigar su cultura. Ese fue tan sólo el origen de una búsqueda mayor, más profunda y mucho más extensa, temporal y kilométricamente. Es altamente destacable el tirón emocional de una música que en ocasiones parece unida por un cordón umbilical con lo divino, especialmente en los momentos en que el eterno estribillo transmite efectos hipnóticos en un oyente embelesado. En "The mask and mirror" (el álbum de Loreena McKennitt que mejor ha funcionado en España, llegando a alcanzar el número 6 en las listas de ventas) dicho oyente puede asistir, precisamente, a un sincero relato musical sobre varias maneras de encontrarse con Dios, un tema recurrente y posiblemente primordial en este disco que inquiere preguntas y respuestas desde su propio título, "The mask and mirror", puesto que Loreena se plantea definitivamente: "¿Quién fue Dios?, ¿qué es la religión?, ¿qué es la espiritualidad?, ¿qué fue máscara y qué fue espejo?".

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19.12.09

JONN SERRIE:
"Planetary chronicles vol.1"

Una teoría de tan hermoso apelativo como 'música de las esferas' debería de haber sido tomada como cierta desde siempre, pero el pragmatismo en este caso siempre pudo con la poesía y la confirmación ha tenido que llegar siglos después de que los griegos la enunciaran. Los cuerpos celestes, según esta creencia, emiten sonidos armónicos (cantan, como dijo un astrónomo), ondas de frecuencias generalmente imperceptibles para nuestros oídos pero que alteradas artificialmente nos suenan como vibraciones, zumbidos, púlsares, silbidos o ruidos tormentosos. Aparte de servir para comprender mejor el universo o simplemente incitar al misterio, la demostrada 'música de las esferas' permite un acercamiento con mayor interés a ciertas formas de 'música cósmica' que desde hace décadas se están interpretando en los entornos de la new age, el rock sinfónico o la música contemporánea, en especial (y sin olvidar a muchos otros como Vangelis, Jarre, Tangerine Dream, Steve Roach, Constance Demby, Neuronium o en otros sentidos menos electrónicos Gustav Holst, Terry Riley o Jeff Oster) la música compuesta para planetarios, donde entra de lleno el sintesista estadounidense Jonn Serrie. Jonn entró en contacto con los sintetizadores en los 70 y sus músicas, gracias a amistades, sonaron en el planetario de Hartford (Connecticut), impresionando de inmediato y expandiendo su estela hacia otros planetarios; en el de Nueva York grabó cassetes para venderlas allí mismo, y el sello Miramar se interesó hasta el punto de hacerle un suculento contrato.

Serrie despuntó en 1987 con un interesante trabajo, "And the stars go with you", cuya inspiración vino de la tragedia del transbordador espacial Challenger (él iba a colaborar con la NASA, en concreto con Christa MacAuliffe, que iba a impartir clases con la música de Jonn desde el espacio). En ese primer disco asentó las bases de un estilo cósmico ambiental en el que la inmensidad y oscuridad espacial está especialmente lograda, en base a fondos languidecientes, notas alargadas y graves, en un clima romántico aletargado, como de un apagado atardecer. No fue sino cinco años después, en 1992, cuando Miramar publicó un compendió de aquellas antiguas melodías de planetario bajo el título de "Planetary chronicles vol.1", un disco que fue repescado en 2002 por la compañía estadounidense New World Music con un acertado cambio de portada (la que ilustra esta crítica). Aunque predomine un estilo muy relajado, el inicio del álbum ("Mystery road") es sugerentemente rítmico, cobrando de inmediato una extraordinaria ambientalidad, de onirismo cósmico muy inspirado. "Dawn trader" presenta un comienzo majestuoso y aventurero, al que sigue un desarrollo sosegado, meditativo, donde mantos de sintetizadores, en continuidad con el tema anterior, elaboran una atmósfera espacial, ideal para viajar por la pantalla de un planetario. Realmente tuvo que ser un espectáculo contemplar las imágenes del planetario de Hartford con la música de Serrie, composiciones tan ingrávidas y majestuosas como las dos que abren este trabajo. "The straits of Madigann" viene salpicada de multitud de efectos sonoros, pero no es una composición lineal como puede ser el resto del disco, sino que tiene varias caras y un desarrollo sinuoso, con diversas entradas y salidas como de agujero de gusano, y un final que presenta apagadas voces futuristas. Más calmada es "Starmoods", dieciseis minutos de tranquilo viaje por el espacio, parecido al que después haría Jarre por el mar en "Waiting for Cousteau" (aunque de menor profundidad que aquella genial inmersión en lo más profundo del océano). El disco acaba con "The auran vector", inquieta música planeadora en un estilo más movido y confuso que en el tema anterior. 'Crónicas planetarias' es un título lo suficientemente sugerente como para ejercer un cierto interés en la franja de público que busca nuevas experiencias sonoras con los sintetizadores, si bien en general nos encontramos con una música que a pesar de estar destinada a la contemplación del espacio, supone tanto una exploración exterior como interior, pues incita a la relajación y posee una extraña huella romántica (incluso un cierto componente erótico).

Otros músicos de planetario, como Mychael Danna, Michael Stearns o nuestro Luis Delgado, parecieron acabar influenciados por músicas del mundo o al menos otras instrumentaciones más terrenales. Serrie continúa fiel a una música dedicada por igual al espacio y la aviación, pero sus intentos más comerciales, emulando al propio Danna y en líneas estilísticas cercanas a artistas atmosféricos como Constance Demby, Steve Roach, Yanni o Tangerine dream, no han llegado a dar los frutos de los puramente planeadores, ábumes como "And the stars go with you" o "Planetary chronicles" (cuyo segundo volumen salió a la luz en 1994) donde los teclados marcaban un estilo marcial, de ritmo fácilmente llevadero por una muy agradable ambientalidad que en ningún modo caía en el aburrimiento o en la nulidad, con mucho que decir y una forma de decirlo clara, estricta, cómoda, de producción pulcra y de maravillosa evocación espacial. La música del infinito, para escuchar camino de otra galaxia.

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13.12.09

PHIL CUNNINGHAM:
"The Palomino waltz"

Silly Wizard era el nombre de una mítica banda escocesa de música tradicional, que encontró un cálido acomodo y un cierto éxito desde comienzo de los años 70 y durante los 80. Johnny Cunningham estuvo involucrado desde su origen, y enseguida atrajo también a Andy M. Stewart, vocalista carismático, y a su propio hermano pequeño Phil, un vibrante acordeonista que iba a dejar huella en la música escocesa de finales de siglo no sólo como músico sino además como productor. No había fines nacionalistas en Silly Wizard -comenta Phil Cunningham-, sólo era una manera de mantener viva una cultura y una identidad musical. Durante esta etapa, Phil publicó además su primer álbum en solitario, un interesante "Airs and graces", y no sería hasta cinco años después cuando vería la luz su segundo trabajo, un lustro en el que no sólo terminó la aventura de Silly Wizard sino que además dió origen a los dos álbumes del supergrupo Relativity, formado por dos parejas de hermanos sin igual, los irlandeses O'Dhomhnaill (Micheal y Triona) y los escoceses Cunningham (Johhny y Phil). Con semejante rodaje, lo presentado en 1989 por Green Linnet Records bajo el título de "The Palomino waltz" sólo podía ser pura magia de esencia celta.

Gusta Phil de compaginar ritmos y melodías, y eso es lo que nos ofrece en sus discos, una combinación de reels y aires lentos casi a partes iguales que se mezclan para mantener a la vez un ferviente entusiasmo y una calmada atención. El comienzo no podía ser sino una demostración de acordeón, dos animados reels ("The bombadier beetle" / "Webbs wonderful") que anticipan un trabajo alegre, bien producido y de esencia tradicional, si bien es el propio Cunningham el que compone la mayoría de las canciones, entre las que, como ya sucediera en su primer disco, no hay voces. Otro instrumento usual en la música celta, el violín (el instrumento esencial de su propio hermano) marca la pauta en un aire lento de bailable esencia de título "The Ross Memorial Hospital"; el encargado de manejar este 'fiddle' en este tema y el siguiente es Aly Bain, el violinista durante más de treinta años de otro grupo mítico, Boys of the Lough. "The Palomino Waltz" / "Donna's Waltz" son la demostración de la fuerza que caracteriza a este músico, que en combinación con su virtuosismo e inteligencia le hacen ir un paso por delante de su generación; aquí es de nuevo el acordeón el que nos deleita junto al violín y un tímido bajo con dos melodías sencillamente magistrales a ritmo de vals. De nuevo aparecen los reels en el disco, en esta ocasión tres títulos unidos ("The four stroke reel" / "Martin O'Connor's flying clog" / "The four stroke reel") interpretados en un soberbio directo grabado en Cozumel (Mexico), y más adelante con el animado y avanzado para su época "Ceilidh funk", vertiginosa pieza de origen desconocido (es el único reel del trabajo que no compone Phil Cunningham). "Violet Tulloch's welcome to the crask of Aigas" / "The laird of Drumblair" son dos strathspeys, un tipo de alegres y festivas tonadas para danza entre las que se encuentra una del legendario violinista James Scott Skinner. Restan sin embargo tres aires lentos por comentar, en dos de ellos suenan sendas gaitas, escocesa en "Leaving glen affric" (que parece un calmado anticipo de Wolfstone, aunque en realidad sea una composición del que fuera gaitero de Silly Wizard e intérprete en esta pieza, Finlay M. MacRae) e irlandesa, a cargo de Davey Garrett, en un final tranquilo de título "Ciara McCarthy's lullaby". Por último la que podría denominarse como joya del disco (y el término 'joya' es muy acorde en el caso de Phil Cunningham, si tenemos en cuenta algunos de sus éxitos junto a Aly Bain), una delicada y encantadora composición para teclado y flauta titulada "The wedding" cuya simpleza, lejos de restarle encanto, le confiere una sincera calided.

Además de un sofisticado intérprete (no sólo de acordeón, también toca en sus discos flauta, teclados y alguna guitarra) y un fenomenal productor (entre otros Dolores Keane, Connie Dover, Altan, Bonnie Raitt o Wolfstone), Phil Cunningham posee un estupendo sentido del humor, que le hace acreditar en sus trabajos al ficticio pianista Koos Koos Mccafferty y que provoca la aparición de curiosos videos en su myspace. Aunque la música escocesa tenga sus diferencias con la irlandesa, en realidad, y más con el tiempo, es difícil describirlas, pues tienen demasiado en común. Algo así sucede en este maravilloso disco, un trabajo sólido que mantiene viva la llama más caliente de la música tradicional escocesa pero que se abre a las naciones celtas y explora en ese sonido antiguo que nos enciende y deleita por igual sea inglés, irlandés, escocés, bretón, de Canadá o del norte de España. Seguro que cuando Phil Cunningham dice "yo creo que la música de hace años transmite lo que somos ahora y refleja el pueblo que somos", no se refiere únicamente a la nación escocesa.

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6.12.09

TANGERINE DREAM:
"Phaedra"


Aunque en el momento de la publicación de "Phaedra" ya existían cuatro discos en el mercado del grupo Tangerine Dream, el éxito a nivel comercial les llegó gracias a la distribución de Virgin Records. Es más que seguro que, indirectamente, fuera Mike Oldfield quien propiciara ese contrato con la discográfica de Richard Branson, ya que "Tubular bells" había reventado el mercado de la música instrumental sólo un año antes, y el mandamás de Virgin puso los ojos en el grupo alemán para copar este ámbito en alza. Otros, como el sintesista alemán Klaus Schultze (que fuera miembro del grupo en su primer plástico, "Electronic meditation"), opinan sin embargo que sin "Tubular bells" su éxito hubiera sido mucho mayor. Lo que hay que tener bien claro es la diferencia estilística entre ambos conceptos musicales: mientras Oldfield acercó el rock sinfónico a la música clásica y al folk, Tangerine Dream comenzó como un grupo de krautrock, ese rock experimental alemán que usaba la tecnología a su antojo para experimentar en un nuevo concepto de música electrónica, en ocasiones tan vanguardista y ausente de normas que más de uno se podría plantear dónde está la frontera entre la originalidad y la desvergüenza. Como paso previo a su fichaje por Virgin, el trabajo de 1973 "Atem" fue especialmente aclamado por el prestigioso locutor John Peel, el mismo que lanzó "Tubular bells" al estrellato al radiarlo íntegro en su programa. La nueva compañía les recibió con los brazos abiertos, y en una muestra de la pasión de estos teutones por no quedarse atrás en la carrera por la conquista de la tecnología, el dinero que el sello británico les adelantó fue a parar a la compra de un sintetizador Moog Modular. De esta forma, sustituyendo el bajo por un rudimentario secuenciador, convirtieron a este trabajo en el primero en utilizar comercialmente este instrumento que almacena y reinterpreta secuencias de sonidos. Edgar Froese (el creador primigenio, cuyo carácter rebelde le llevó a luchar contra lo establecido, en la vida y por supuesto en la música, en un Berlín vanguardista y tumultuoso) y Christopher Frankefueron los puntales creativos de la banda, y esta época de mayor éxito contaba con Peter Baumann como tercer miembro a la sombra de ese cruce de genios, un Baumann que posiblemente cobró más reconocimiento años después al fundar la excelsa compañía Private Music. 

Habiendo emprendido un camino seguro con el mencionado y reverenciado "Atem" y un "Green desert" que iba a tardar más de una década en ver la luz, de forma paralela pero ciertamente alejada (al menos más moderada) de lo caótico, rotundo y reververante de sus primeros trabajos ("Electronic meditation", "Alpha centauri" o el también aclamado "Zeit"), este trío de visionarios consiguió gracias a ese fichaje por Virgin que su música fuera distribuída como suponían que merecía, y las ventas les dieron la razón. Huyendo de lo convencional y deleitándose en una forma psicotrónica de ejecutar una música sugerente, extraña, sin melodías reconocibles, Tangerine Dream se ganó una legión de leales acólitos, muchos de ellos posiblemente jóvenes inconformistas surgidos de la cultura de las flores o de círculos underground. El VSC3 (sintetizador portátil de aspecto extraño, con una carcasa de madera que ahora vemos como algo absolutamente retro) marcó el camino de la banda, combinado con mellotron (teclado eléctrico que suele considerarse como el antecedente del sampler), sintetizador Moog, órgano, piano, guitarra y flauta (si bien los instrumentos acústicos apenas cuentan en el resultado final). "Phaedra" fue publicado en 1974, y no parece recoger influencias de la mitología griega a pesar de que Phaedra (o Fedra) fuera la esposa de Teseo. Comienza con la larga composición de igual título, "Phaedra", inquietante por una atmósfera quejumbrosa y ritmo latente de secuenciador (el Moog en vez de un bajo) que marca un camino sin dirección clara, basado más en ese ritmo y el ambiente nebuloso que en la melodía. Es curiosamente la ausencia de rigor, la imprevisibilidad, lo que hace de estas composiciones más vivas y por supuesto extrañas, anticipando con su investigación electrónica la enorme comercialidad que Jarre y Vangelis sí que supieron (o quisieron) encontrar pocos años después con un componente melódico más estudiado. Dentro de la frialdad general, "Mysterious semblance at the strand of nightmares" es un título obra de Froese que intenta ser más cálido y agradable, y a pesar del abuso de efectos sonoros (sin secuenciador, basado en el mellotron) consigue un resultado igual de misterioso que el resto del disco pero más asequible y abierto, incluso altamente hipnótico. En temas como éstos emerge una profunda contradicción, pues las meditativas intenciones cuentan con un componente subyacente que nos hace debatirnos entre una calma tensa y una tormenta de proporciones livianas. "Movements of a visionary", pura experimentación con comienzo robótico y desarrollo demasiado lineal, es otra composición que con sus pulsos melódicos sabe explorar en algo primario de nuestra mente. "Sequence C'", de Baumann, cierra el disco con sus dos meditativos minutos de flauta con nimios efectos, dejando abierta una vía de expresión de clara continuidad. "Phaedra" se grabó en el famoso castillo-estudio de Virgin Records en Oxfordshire, The Manor, pero el proceso no fue nada fácil, numerosos problemas técnicos de todo tipo pusieron en peligro el álbum, que no avanzaba casi nada con el paso de los días. Sin embargo, tras un conveniente descanso campestre y como por arte de magia, Froese grabó junto a su mujer Monique, en una sola toma, el corte "Mysterious semblance at the strand of nightmares" mientras Franke y Baumann dormían. No consta desdén por parte de los durmientes, ya que a partir de ahí todo fue rodado, y el álbum salió a la venta el 20 de febrero de 1974. La primera edición en CD llegó en 1984, y la llamada 'Edición definitiva' en 1995 (con diversos errores). En 2005 Froese publicó en su sello, Eastgate, una versión modificada titulada "Phaedra 2005", con portada ligeramente diferente, cambios en las canciones y un tema nuevo ("Delfi"), que volvió a ver la luz en 2010 con otra portada (absolutamente fuera de lugar) y el título de "Phaedra Revisited (35th Anniversary Edition)". También en 2010 se volvió a publicar en vinilo por parte de Virgin, y en 2011 fue incluído en el recopilatorio triple "The Virgin years 1974-1978". En cuanto a singles, Virgin publicó uno promocional en 1974, con versiones recortadas de "Phaedra" y "Mysterious semblance at the strand of nightmares".

Al encontrarse en encrucijadas múltiples y bien planteadas, los discos antiguos de Tangerine Dream no pasan fácilmente de moda a pesar de los muchos años transcurridos, de hecho algunos de ellos siguen siendo referencias y cuentan con admiraciones varias, ya que nos encontramos ante una banda influyente y en constante evolución (especialmente en sus primeras dos décadas de andanzas), reverenciada por igual por hippies, yuppies, discotequeros, rockeros o melódicos. "Phaedra" se aprovechó de una época abierta (gloriosa, de hecho, para ciertos estilos y tendencias), de caminos inexplorados (Franke, por ejemplo, intentó imitar con el secuenciador ritmos africanos, algo insólito en la Alemania electrónica de los 70), en la que lo raro vendía, y constituye uno de los mayores logros de la banda alemana, un trabajo más misterioso y oscuro que relajante, cuya audición no siempre es fácil, pero que sin embargo deja un poso enorme al escucharlo con la debida atención, la sensación de haber contemplado uno de los despertares al mundo de la música electrónica.

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