Solsticio de invierno es una exposición de mis discos favoritos de las Nuevas Músicas, un término paradójico (¿cómo llamar "nuevo" a algo que puede llevar compuesto siglos?) que engloba mercadotécnicamente tendencias musicales con puntos en común. New age, sinfónica, contemporánea, celta, folk, músicas del mundo, bandas sonoras, minimalismo... términos que no deben confundir nuestros sentimientos hacia una música que, a mí particularmente, hace mucho que me cautivó.
26.11.06
WIM MERTENS: "Jardin clos"
Pocos músicos son capaces de abarcar tanto, de sorprender en sus planteamientos, de igualar sus niveles artístico y humano como Wim Mertens. Poseedor de un talento sin límite, su pelo encanecido no limita su inspiración, como pudo demostrar en su última gira presentando una serie de espectaculares canciones nuevas. En su abultada trayectoria, jalonada de éxitos que muchos recordaréis ("Close cover", "Humility", "Maximizing the audience", "No testament", "Al" y un largo etcétera), mi disco favorito es aquel "Jardin clos" que nos llegó en 1996, y que hacía referencia, según palabras del propio Mertens, a "una expresión del siglo XIII usada en Alemania y Bélgica, un grupo de mujeres independientes que crearon esta imagen visual como un lugar fantástico donde poder expresar, vivir y crear juntas su propia forma de arte". No sé muy bien por qué pero encuentro en este trabajo una conjunción perfecta de maestría e inspiración a lo largo de sus ocho temas, especialmente en sus primeras y últimas canciones.
Fiel a un estilo característico, Mertens se reinventa continuamente, y su personalidad sale a la luz cada vez que aparece su voz y su lenguaje propio. Su manera de encauzar vocalmente las canciones -en falsete- es tan particular que ya es un clásico absolutamente único en la historia de la música, si bien en "Jardin clos" hace una excepción y otorga ese protagonismo a la soprano Els Van Laethem. Pero vayamos por partes, y lo primero es mencionar que Mertens fue suspendido en el conservatorio en la asignatura de guitarra; lo que no dejaría de ser anecdótico en otras circunstancias, llevó a nuestro personaje -seguramente no sólo eso- a convertirse en autodidacta, y a no utilizar practicamente la guitarra en sus discos, por lo que su inclusión en la pieza de apertura, "As hay in the sun", pasa de la curiosidad inicial a la extrema belleza final, en su acompañamiento con la banda (soberbio diálogo cuerda-viento), ese ensemble tan maravilloso del fiel amiguete Dirk Descheemaeker, que comprende no sólo el clarinete, trombón, tuba y trompeta al mando de éste sino también unos maravillosos violines, violas y cellos, que dotan de una potente orquestalidad al disco. El piano toma de nuevo las riendas en "Often a bird", posiblemente mi composición favorita del álbum junto a "Wound to wound", más delicada una, más atropellada otra, pero ambas expresivamente perfectas, bien en su sencillez, bien en su ordenado caotismo (el enorme final de "Wound to wound"). Alegre y desenfadada, "Out of the dust" incluye la mencionada voz, así como "A secret burning" y "Hedgehog's skin", no dejando de resultar curioso que las piezas más interesantes, a mi modo de ver, sean las puramente instrumentales. Otro ejemplo es "Pierced heart", donde vuelve a aparecer una mágica guitarra como protagonista absoluta que se superpone a un tímido y envolvente piano, para crear un efecto narcótico. "Not me" es la eficaz culminación en clave minimalista del disco, donde su propia mujer, la española Chusa de la Cruz, y la holandesa Sylvia Kristel (más conocida como Emmanuelle), enumeran la cuenta atrás en una música donde las cuerdas tienen la voz cantante.
Músico genial pero incomprendido en exceso (él mismo se encarga de provocar incomprensión con sus cambios de registro y la dificultad de algunas de sus obras ante la facilidad de otras), admirado y odiado a partes iguales, Wim Mertens es uno de los bastiones de las Nuevas Músicas (incluso en la música contemporánea, aunque ciertos sectores retrógrados de la crítica clásica siguen ignorando sus méritos). Licenciado en musicología y autor en 1980 del libro "American minimal music" -dedicado a la obra de Philip Glass, Steve Reich, Terry Riley y La Monte Young-, forma una terna indispensable con el propio Glass y con Michael Nyman en cuanto al minimalismo más popular -pero a la vez con una enorme calidad- de finales del XX y comienzos del XXI. Así es Wim Mertens, un compositor belga con una cuantiosa producción que no suele dejar indiferente a nadie.
Enclavado temporalmente entre dos de los discos más (merecidamente) admirados de Mike Oldfield, "Hergest Ridge" es generalmente menospreciado en su abultada discografía por aquellos que no se paran a escuchar realmente este trabajo publicado por Virgin Records en 1974. Si lo hicieran descubrirían un mundo de sensaciones, un planeta privado (contemplad la portada) al que huyó agobiado Oldfield tras el éxito sin precedentes de "Tubular bells", y en el que reflejó su doliente interior merced a un talento desbordante secundado por su momento, posiblemente, de mayor inspiración y fuerza expresiva.
Nos encontramos en la colina Hergest Ridge, en Heredforshire, Gales, donde ese jovencito (apenas 20 años) de nombre Mike Oldfield se ha recluido con su compañera y su perro huyendo del éxito de su primer disco. Víctima a partes iguales de una timidez extrema y de las exigencias urgentes de Richard Branson (fundador de Virgin y eficaz olisqueador del negocio fácil, lo que le iba a convertir en uno de los hombres más ricos del planeta) para que preparara pronto un nuevo disco, no sólo le concedió ese lógico capricho sino que de su cabeza surgió una nueva obra maestra que, por obra y gracia de la recepción de loas y genuflexiones de su antecesor, iba a ser atacada sin piedad por parte de la crítica especializada, ávida de inofensivas víctimas a las que desencumbrar. El público, sin embargo, se rindió a "Hergest Ridge", que en plena crisis del petróleo logró desbancar a "Tubular bells" del número 1 en el Reino Unido. Pero el éxito de "Hergest Ridge" es interior, está dentro de cada comprador, y madura con el tiempo, cuando te das cuenta de que, aún aparcando otros discos de mayor renombre o actualidad, siempre acabas volviendo al 'planeta Oldfield' de 1974.
Virgin buscaba un disco parecido a "Tubular bells", pero acabó habiendo una gran diferencia estilística con aquel trabajo influenciado por la ciudad, una ruidosa Londres de la que Mike escapó para realizar un trabajo sereno, pastoril y decididamente personal y solitario. Las inquietudes musicales de Oldfield no se centraban en el rock que había estado haciendo con Kevin Ayers, ni en el folk que realizó con su hermana Sally, o al menos no sólo en ellos, sino que iban más allá, hasta la misma raíz de la música. Los músicos contemporáneos que había estado escuchando (influencias reconocidas de Sibelius en “Tubular bells”, por ejemplo) hicieron crecer en él las ínfulas de compositor (no sólo empalmador de melodías), y simplemente quiso demostrar que su segundo trabajo podía ser precisamente eso, una obra que perdurara para siempre en la memoria de la música contemporánea. En mi opinión lo consiguió, ahora tú debes decidir, escucha "Hergest Ridge" y disfruta de su belleza pausada, de las guitarras, del oboe, de la tormenta eléctrica de la parte 2, del olor a musgo; en definitiva, disfruta de la música de la mejor época de Mike Oldfield.
El sello Resistencia fue creado en 1994 con "el ánimo de ampliar la oferta de ediciones de música de calidad enfocadas al público español", decía la publicidad. Entre sus primeros lanzamientos, grandes compilaciones como "Lágrimas de arpa y luna", "Portugales", "Estrella polar", "Delicias celtas" o "Atlas étnico", que ofrecían cantidad y calidad a partes iguales, con un buen tratamiento informativo en el interior. Sin embargo, el primer trabajo de su catálogo era especial, un disco de un grupo español sin referencias hasta ese momento, una banda llamada V.S. Unión cuyo nombre equivalía a la conjunción entre dos músicos sevillanos que llevaban tiempo expresándose artísticamente en la capital hispalense, el teclista Jesús Vela (la V) y el percusionista Manuel Sutil (la S), junto a otra serie de músicos de calidad que aportaban sus guitarras, bajos, saxos, cellos, voces... El método era más o menos el siguiente: Vela formaba la base de la pieza y Sutil la complementaba en un trabajo conjunto, así se creó "Zureo", y así llegó hasta nosotros, inesperadamente, como el arrullo de las palomas al que hace referencia.
Afirma Manolo Sutil que la complicidad de la compañía Resistencia en estos buenos momentos de este género musical posibilitó que el trabajo fuera realizado con total libertad creativa, y estos dos amigos cumplieron de sobra con la confianza depositada en ellos. Ya en el primer tema, "Amanecer", se nos acerca una música alegre, desenfadada, como el propio carácter sevillano (la sonoridad es muy parecida a la que podemos escuchar en el Paul Winter Consort, parecemos asistir a una de sus jubilosas celebraciones, con la vitalidad del saxo soprano de Nacho Gil), pero es en el segundo corte, "La mar por medio", cuando sentimos toda la fuerza del grupo en un impresionante crescendo en el que destaca, sobre la base de teclados de Jesús Vela, la excepcional gama percusiva de Manuel Sutil. El éxtasis llega, sin embargo, con el tema que da título al disco, una soberbia y delicada pieza capaz de hurgar en nuestros sentimientos, en la que sobre teclados, percusión y contrabajo, se alza poderosamente el oboe de Sarah Bishop interpretando la melodía principal. "Zureo" estaba dedicada al padre de Jesús, criador de palomas en el barrio de Triana, cuyo fallecimiento fue el motivo de la emotividad y profunda inspiración del proyecto. Más ambiental en unas ocasiones (Vela y sus teclados), más rítmica por lo general (Sutil y sus percusiones), con un sonido que parece a medio camino entre el jazz ecologista del mencionado Paul Winter y ciertas músicas étnicas del norte de Africa, no hay que dejar de mencionar un cierto clasicismo que lo envuelve todo y, por supuesto, las raíces flamencas que, convenientemente camufladas entre viajes amazónicos, tunecinos o galaicos -no todo es flamenco en Andalucía- están presentes en la obra. "Patio de las doncellas" (con un soberbio bajo de Alvaro Ramos, que casi lleva el peso de la pieza), "Engaño de abril", "Sin título (Bolero)" o esa gran culminación que supone "De Triana por la tarde" son sólo otras muestras del saber hacer de un grupo que, tras "Zureo" y otro gran disco titulado "Isla menor", desapareció sin saber por qué de las grabaciones y los escenarios. Son las injusticias de la industria, esas mismas contra las que tenemos que luchar apoyando iniciativas como ésta, comprando sus discos, animando en los conciertos, y extasiándonos, solos o en compañía, en nuestros hogares.
Con "Zureo", las Nuevas Músicas españolas de los 90 tenían otra joya de la que enorgullecerse, un ejemplo de poesía musical, como la escrita que se destilaba en el comentario de cada canción, a cargo de José Luis Rodríguez Ojeda. Ya lo decía José Luis Jurado en el comentario introductorio: "en tus manos tienes un proyecto íntimo, de blanquecinos colores en su origen (...) porque el caudal de este río que nos lleva rodea Triana, murmura entre las paredes del Alcázar sevillano, impregna los bosques gallegos (de la Europa celta) y desemboca en cascadas torrenciales sobre el último pulmón del Planeta Tierra, la Amazonia".
Si bien es el segundo hijo de un conocido millonario (el inversionista Warren Buffett), Peter Buffett ha tenido que trabajar muy duro para llegar a tener el nombre que tiene ahora en las Nuevas Músicas, y lo ha hecho desde comienzos de los 80, cuando entró en el mundo de la música para la publicidad. El siguiente paso era evidente, trasladar sus inquietudes a CD, y ahí entró en juego Narada, compañía que le publicó sus primeros discos, "The waiting", "One by one", "Yonnondio" y esta maravilla titulada "Lost frontier". Y es en esa 'frontera perdida' entre la música interior y la comercialidad donde se ubica este disco, publicado en 1991 por la compañía de Milwaukee, en el que Buffett explora intensamente un mundo electrónico que en años posteriores, sobre todo tras su contacto con la cultura de los indios nativos americanos, dejará paso a su interacción con la acústica (lo que en realidad ya se empieza a notar aquí). Esto no resta calor ni intensidad a este trabajo, que consigue momentos realmente emocionantes, con el punto culminante de la inmensa pieza que le da título.
El inicio del disco es ya espectacular, con el corte titulado "The 8:45" que, con una base suave de piano que comienza en solitario, se acaba desarrollando por caminos muy completos en una duración que se antoja escasa. Una de las sorpresas se da en el siguiente tema, "Fire dance", más que por su belleza -se trata de un pequeño corte percusivo sin mucho interés- por estar incluído en la película "Bailando con lobos", para la que Buffett estuvo a punto de elaborar toda la música por mediación de Kevin Costner, un proyecto que se vió truncado a favor de John Barry (que realizó una partitura espléndida) por la nula experiencia en cine de Peter. Aquí llega la increible "Lost frontier", una composición que habla por sí sola, y que guarda en sus poco más de siete minutos de duración muchos sentimientos y emociones que dicen mucho a favor de la persona que la ha creado; escuchándola se nota que ese camino hacia el sonido acústico se estaba andando y se complementaba con la electrónica de forma perfecta, teclados, guitarras, vientos y percusiones que culminaban en uno de los grandes temas de las Nuevas Músicas en los 90. Sin embargo no todo estaba dicho en este disco, tanto en esa faceta más puramente electrónica (las ambientales "I-90" y "Before the fall" o una excepcional "Spike", a medio camino entre la experimentalidad y la música para discoteca pero con melodía) como en otras fusiones de calidad (el intimismo de "Outside my window" o un "The way back" que parece haber sido compuesto también para el film de Kevin Costner). Posiblemente merezca comentario aparte otra de las canciones, "(Searching for) a place called home", que a través de un precioso piano y un coro de niños hace que, como dice el propio Peter, la música te hable y llegue muy dentro.
En suma, "Lost frontier" escuda en su trasfondo electrónico todo un mundo de sentimientos y altísima calidad, una calidad musical y humana, la de Peter Buffett, muy ligada a los nativos americanos desde que, como Kevin Costner en "Bailando con lobos", se enamorara de esa cultura hasta casi ser parte de ella.
Kitaro demuestra en sus obras sentimientos que no por distantes han de ser incompatibles: el amor por sus raíces japonesas y su tradición oriental, y el interés por el sinfonismo occidental y los sonidos sintéticos (entre los que destaca su admiración por Klaus Schulze, cuyo encuentro hizo cambiar su forma de ver la música). De este modo se aúnan en sus obras la electrónica (por medio de los sintetizadores ochenteros que han familiarizado su sonido en medio mundo) y la percusión japonesa más tradicional, junto a otros elementos acústicos como su inseparable armónica, de la que demuestra en sus conciertos que es un gran virtuoso. "Kojiki" en concreto está basado más que ninguno de sus trabajos en la tradición japonesa, ya que cuenta musicalmente siete historias sobre la creación del país del sol naciente. No en vano en la literatura nipona más tradicional, 'Kojiki' (prosa del año 712 dC que cuenta la creación de Japón) es una de las obras antiguas que más han influido en su filosofía y cultura, por lo que Masanori Takashi, es decir, Kitaro, no podía ser menos y se dejó influenciar hasta tal punto que realizó una de sus obras maestras. Corría el año 1990 y de la veneración inicial en Japón, donde sus discos eran publicados por Pony Canyon, se había llegado a una admiración global merced a la distribución de aquellos "Silk road", "Oasis"o "Ki" por el sello Geffen, si bien ese pasito más que supuso "Kojiki" le hizo acreedor de mayores calificativos, así como un grammy al mejor álbum de New Age.
El trabajo está dividido en siete partes: "Hajimari" (En el comienzo) cuenta cómo en el principio el mar era un bullir y la vida no existía, y cómo llovió durante semanas y meses hasta que, de las aguas y el lodo, aparecieron los dioses. La pieza es una preciosa recreación, épica y evocadora, de ese comienzo. "Sozo" (El nacimiento de una tierra) relata cómo los dioses Izanagi e Izanami revolvieron el mar con una lanza creando las más bellas islas, donde se ubicaron y concibieron otros muchos dioses. De este modo, este segundo tema es más delicado y romántico, basado en sonidos más dulces hasta encontrar esa melodía casi mágica. En "Koi" (El amor y la muerte de Izanami) Mikoto, dios del dolor y la pena, es expulsado y encuentra el amor de Kushinadahime en un pueblo aterrorizado por el dragón de ocho cabezas. Esta composición, una de las mejores del trabajo, es poesía musical de principio a fin, y transmite sensaciones como pocos músicos son capaces de hacerlo. "Orochi" (El dragón de ocho cabezas) es la historia de ese terrible monstruo y de cómo Mikoto le derrota en una larga lucha, la que recrea Kitaro a lo largo de siete minutos sobre la base de una cruenta percusión de forma intensa y conmovedora. En "Nageki" (Tristeza en un mundo de tinieblas) un expulsado Mikoto es redimido por su hermana Hikaru, diosa del sol, que acaba ocultándose en una cueva, sumergiendo al mundo en la oscuridad, por lo que este tema es más lento y triste, si bien sus notas son luminosas, como de esperanza. "Matsuri", el festival, cuenta la historia de un truco de los dioses para que Hikaru salga de la cueva, haciéndola creer que la gente, a pesar de la oscuridad, estaba feliz y bailaba en un gran festival. Es por lo tanto una pieza muy colorista y alegre, una grandísima canción -como todas las del álbum- donde los tambores japoneses se dejan oir con increible fuerza. Como colofón final, en "Reimei" (Un nuevo amanecer) vuelve la luz, la paz, la alegría, y Mikoto y Kushinadahime se casan en un colofón musical de gran felicidad, con vibrante clímax final incluído.
Esa es la historia, una mezcla de belleza, magia y drama, y Kitaro la cuenta, dentro de la grandilocuencia merecida, con la sencillez que caracteriza su trabajo, la misma que su filosofía sinteísta provoca en su espíritu, dominado por la conciencia natural y universalista. Su introversión, humildad y su característica imagen hacen de él un personaje simpático, y por supuesto admirable si se escuchan maravillas como "Kojiki".
Muchos se sorprendieron cuando el teclista portugués Rodrigo Leao decidió abandonar Madredeus cuando este grupo se hallaba en su momento más álgido, más teniendo en cuenta que dicha banda lisboeta era de creación conjunta entre el propio Rodrigo y Pedro Ayres Magalhaes. Tal vez la confluencia de dos genios en un mismo espacio artístico fuera difícil de conciliar, tal vez simplemente Leao necesitaba un cambio en su planteamiento, el caso es que tras la grabación del álbum "O espirito da paz", el teclista dejó Madredeus, antes incluso de emprender la gira de presentación de ese tercer album de la banda. Enseguida se vió que las innovadoras ideas que se agolpaban en la cabeza de Rodrigo Leao tenían que salir a la luz en otro contexto y, en un entorno más experimental, ganaron la partida a esa música de difícil clasificación pero fácil asimilación cantada por Teresa Salgueiro. De este modo nació uno de los mejores álbumes de los 90 y una carrera artística en la que el nombre propio llegó a alcanzar y superar al del consorcio al que pertenecía.
Rodrigo Leao no tiene formación clásica, compone con los teclados y el ordenador y luego engalana esos bocetos. Lo que de esta manera llevaba precocinando durante dos largos años (en los instrumentales de Madredeus se podían prever ciertas ideas avanzadas) y nos sirvió en 1993 por medio de CBS/Sony se acabó titulando "Ave mundi luminar", un acercamiento a la música contemporánea en una linea comercial, combinando instrumentos clásicos con la electrónica, de tal modo que el disco lo firmó como Rodrigo Leao & Vox ensemble, el 'presumible' conjunto que otorgaba ese toque sinfónico al estilo Nyman, compositor que Leao siempre ha admirado, junto a otros minimalistas y contemporáneos como Glass, Part y Górecki. El Vox ensemble constaba de violonchelo, violines, oboe, cuerno inglés, flauta y voces, que se unían a los sintetizadores de Leao, y en él destacaba la figura de otro miembro de Madredeus, el violonchelista Francisco Ribeiro, que efectuó además los arreglos y la dirección. María do Mar, Margarida Araújo, Nuno Rodrigues, Nuno Guerrero y António Pinheiro da Silva eran los otros miembro del ensemble, aportando este último además una impoluta labor de producción del álbum. También otros dos miembros en activo de Madredeus aportaron su colaboración en el álbum, Teresa Salgueiro a la voz y Gabriel Gomes al acordeón en "A espera". Sin embargo la característica más recordada y que chocaba en ciertos temas de este trabajo (en realidad sólo en dos, pero los más radiados y destacados) fue la utilización de textos cantados en latín, un recurso ahora poco original pero interesante en esa época fuera de contextos antiguos, que Leao seguiría utilizando eficazmente en sus dos siguientes álbumes, "Mysterium" y "Theatrum". En esta 'ópera prima' del compositor luso podemos escuchar dicha lengua muerta en el primer single y tema más conocido y reverenciado del álbum, "Ave mundi", y en un excepcional "Carpe diem", de hipnótica base y desarrollo, donde se puede escuchar a Teresa Salgueiro. La base minimalista destaca especialmente dentro de esa estructura camerística modernizada, buscando el ritmo y la melodía en canciones con tempos muy definidos que inspiran sentimientos, como indican los títulos de "Movimento", "O medo" o "A espera", una de las mejores composiciones del álbum, donde teclados, violines, flautas y oboe se conjugan maravillosamente creando una sensación turbadora a la que el acordeón aporta un espíritu de libertad. También hay que destacar la alegría de "Vitorial" (en cuyo suave comienzo parece adivinarse el de una composición tan gloriosa de Madredeus como "As ilhas dos Açores") y de la frenética "Espiral II", claramente deudora de ese minimalismo antes comentado de Michael Nyman, y posiblemente también de Wim Mertens. Viendo que Rodrigo Leao mantenía convenientemente el tirón comercial, con títulos superventas (en especial en Portugal) como "Cinema" y "A mae", Sony Music reeditó "Ave mundi luminar" en 2010 con portada diferente, más misteriosa que la original, y la importante característica de ir acompañado de un segundo CD, titulado "In memoriam", grabado con el Coro de Cámara de la Escuela Superior de Música y la Sinfonieta de Lisboa. "In memoriam" constaba de ocho cortes, tres de ellos nuevos y cinco regrabados (uno rescatado de "Theatrum" -"In memoriam"-, dos de "A mae" -"1939" y "Segredos"- y la importante presencia del clásico de Madredeus "As ilhas dos Açores" abriendo el disco, y "Ave mundi" cerrándolo).
Dos años después de "Ave mundi luminar", CBS/Sony publicó un mini-álbum titulado "Mysterium", que venía a explotar el potencial que las composiciones cantadas en latín habían cobrado en las Nuevas Músicas. A las dos canciones conocidas, "Ave mundi" y "Carpe diem", se unían otras dos de excepcional interés, compuestas y producidas por el propio Rodrigo Leao: "Promisse" es sin duda el corte estrella, alegre, vital, de afortunada melodía y clímax contínuo, mientras que "Mysterium" es, como su propio título indica, más intrigante y reposado, con gran protagonismo de las cuerdas. Para completar los seis temas de que constaba el álbum, un instrumental de nueva factura, "Tristis dies", y otro vocal, "Promisse II", que no es sino una mezcla más tranquila de "Promisse" que no aporta nada al resultado final. Con el paso de los años la música de Rodrigo Leao ha madurado y se ha teñido de influencias (incluso sus propias reminiscencias fadistas y portuarias, que estaban escondidas y que con "Cinema" consiguieron un auténtico número 1 en Portugal), ha dejado los textos en latín para dotar a sus composiciones de un aire más festivo, más acústico, pero "Ave mundi luminar" tuvo el don de la oportunidad y la frescura ideal en un gran momento de las Nuevas Músicas, esa época en la que cada año nos deparaba numerosas sorpresas musicales.
Cuando en un alarde de inquieta inspiración Jocelyn Pook compuso "Backwards priests", no imaginó en ningún momento que iba a acabar, por mor de su potente carga visual, acompañando a las imágenes del atractivo y polémico film de Stanley Kubrick "Eyes wide shut". Rebautizada como "Masked ball", esta gloriosa composición que nutre la escena de la gran orgía es un ejemplo de la investigación y experimentación de esta violinista inglesa nacida en 1964, que colaboró, antes de madurar sus audaces propuestas, con grupos de diversos estilos como los populares Communards, Nick Cave, Morrisey, Peter Gabriel (su sello, Real world, publicó otro trabajo de Jocelyn, "Untold things") o los siempre sugerentes Massive attack, antes de adentrarse en terrenos más 'cultos' de la mano de Steve Reich, Laurie Anderson, Ryuichi Sakamoto o Michael Nyman, amén de algún intento propio de cuarteto de cuerda al estilo Kronos Quartet. "Masked ball" ilustra además una extraña circunstancia de su discografía, ya que su trabajo más exitoso, "Flood", no es sino una reordenación mejorada de su primer álbum, de título "Deluge", publicado por Virgin Records en 1997. En él, Jocelyn Pook nos ofrecía una particular visión musical de los mitos, leyendas y temores que la humanidad ha albergado sobre el fin del mundo en el período comprendido entre el año 1000 y el 2000, recurriendo para ello a todo tipo de culturas. También Virgin se encargó de la publicación de "Flood" en 1999, momento en el que se puede constatar que ambos discos son prácticamente iguales, incluso en sus epígrafes 'diluvio' ("Deluge") y 'inundación ("Flood"), sólo hay varios cambios de orden y de título merced a -en ocasiones imperceptibles- regrabaciones. Por lo tanto, ambos discos son igual de recomendables, si bien de primera mano sólo se puede encontrar la reedición aquí comentada, "Flood".
Jocelyn Pook aclara sus intenciones con estas palabras en el libreto de "Flood": "Desde hace algún tiempo he estado interesada en la creación de modernos, o quizás postmodernos, himnos, elementos yuxtapuestos de la cultura contemporánea con reminiscencias del más puro estilo musical de la iglesia primitiva, para crear texturas que tiendan a la melancolía, pero que espero puedan tener gran intensidad y relevancia en la actualidad". Doce 'himnos proféticos' componen "Flood", la mayoría de ellos creados inicialmente para el espectáculo 'Deluge' de la compañía canadiense de danza 'O vertigo', revestidos aquí con profunda emoción y tremenda calidad, bajo la propia producción de Jocelyn Pook con la ayuda de Harvey Brough. El propio Brough es el único co-autor en un tema del disco, el segundo recogido por Stanley Kubrick en el film "Eyes wide shout", "Migrations". No es de extrañar que Kubrick y otros directores de cine y demás espectáculos pusieran sus ojos en Jocelyn Pook, ya que su música posee unas cualidades extraordinarias para el acompañamiento visual, así como un lirismo y un misterio sobrenaturales, un cruce de caminos entre la música antigua, la contemporánea y la world music que reclama toda la atención del oyente. Curiosamente, fue la compañía de telefonía Orange la primera en aprovechar esa enorme carga dramática, al utilizar el tema "Blow the wind / Pie Jesu" para uno de sus anuncios, que de hecho llegó a ganar el premio D&AD Silver Award; esta composición, basada en la canción popular "Blow the wind southerly" (de hecho incluye un sampler con la voz de la soprano Kathleen Ferrier), pone de manifiesto dos cosas, que la experimentación llevada a cabo en el disco pretende y consigue 'unir dos milenios', y que la voz de Melanie Pappenheim no sólo es fabulosa sino que se adecúa a las pretensiones buscadas en el disco con una extraordinaria gracilidad. Esta excepcional soprano inglesa impresiona en el disco y domina piezas como "Requiem aeternam" (un comienzo sacro revestido por suaves teclados) o la seductora "Romeo and Juliet" (titulada "Indigo dream" en "Deluge"). Esa fusión de milenios también lo es de culturas, en su música se puede percibir una intemporalidad y fusión global fuera de lo común, en ocasiones no sabremos si estamos escuchando una oración bizantina, un mantra tibetano recitado en sánscrito, un canto gregoriano, una leyenda hindú, una composición barroca de cámara, una pieza para ópera... ¡o todo ello a la vez!, lo que hace a su música inclasificable y dificilmente comparable con otras, si bien un nombre como el de Lisa Gerrard (en solitario o en determinados momentos de Dead Can Dance) puede venir a la mente. "Oppenheimer" sería un claro ejemplo de lo anterior, comienza con el extracto de un discurso del 'padre de la bomba atómica', acto seguido unos sonidos de desolación (viento, cuervos) nos llevan hacia la entrada de las voces pseudo-operísticas fusionadas con un inmenso canto yemení, todo ello expresando, de la forma más maravillosamente sombría que se puede imaginar, la desolación de ese hombre que había construído una maquina de destrucción. "Goya's nightmare" es otra de las cumbres de "Flood", envolvente e hipnótica, en ella destaca otra voz, la de Manickam Yogeswaran, simpático cantante y percusionista de Sri Lanka, otro de esos colaboradores de excepción del disco, como la cellista Caroline Lavelle, las violinistas Sonia Slany y Julia Singleton, la ya mencionada Melanie Pappenheim, o un Harvey Brough que, en el estudio o en directo, sirve para casi todo. Mención aparte requieren los dos temas incluídos en la banda sonora de "Eyes wide shut", contenidos originalmente en "Deluge" y remezclados para este "Flood". "Migrations" cuenta con un enigmático desarrollo 'antiguo' por obra y gracia del sonido de fondo del salterio que acompaña a todo el tema (a cargo del propio Harvey Brough), lo cual unido a la garganta de Yogeswaran y pequeñas programaciones dotan a la composición de esa intemporalidad tan sugerente que consiguió atraer a Kubrick. De gran dramatismo e intensidad, "Masked ball" es la pieza más famosa, al estar incluída en un momento cumbre (y visualmente impactante) de la película; violines, viola y cello aparte, la base del tema son las tenebrosas voces de dos sacerdotes rumanos declamando una misa bizantina pero escuchados al revés (de ahí el título original, "Backwards priests"), consiguiendo, paradójicamente, resucitar viejos demonios en nuestras almas.
La suerte sonrió a Jocelyn Pook cuando la coreógrafa de Stanley Kubrick, Yolande Snaith, utilizó su música en los ensayos para "Eyes wide shut", lo que acabó provocando que el director estadounidense la escuchara y decidiera elegirla. El reconocimiento por parte de la crítica (estuvo nominada a diferentes premios por "Eyes wide shut", entre ellos los Globos de Oro), y su experiencia en la música para danza y teatro, hicieron que Jocelyn comenzara una excitante carrera como compositora para cine, pudiendo escuchar su música en otras películas de renombre como "Gangs of New York", "El mercader de Venecia" o varias del director español Julio Médem. En cuanto a su trayectoria aparte del cine, sólo "Untold things" vio la luz después de "Flood", otro buen disco, aunque algo menos intenso, publicado en 2001 por Real World. En definitiva, esa inundación a la que se refiere el título del disco que nos ocupa proviene de una marea de ideas, de originalidad y de conjunción de elementos que llevaron a esta humilde y encantadora violinista británica (en realidad se especializó en viola en la "Guildhall School of Music and Drama") a firmar una de las últimas obras maestras de la música contemporánea del siglo XX, poseedora de una estupenda transculturalidad, ubicada en un tiempo y un espacio indeterminados.
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