27.4.12

TODD LEVIN:
"Ride the planet"

Algunos de los músicos contemporáneos más considerados de la segunda mitad del siglo XX parecían apostar por una ruptura con el pasado. Aún más, muchos de ellos miraron decididamente hacia el futuro a través de nuevos instrumentos, ritmos y fusiones. El nombre de Todd Levin apareció entre la vanguardia de los años 90, si bien unos años antes ya presentaba una cara irónica y desafiante al comentar en la presentación de una composición aislada ("Turn", que acabó publicada en su segundo disco): "debemos aceptar la banalidad de la música". Intentando huir de la misma, Levin viajó a Nueva York y acabó siendo apadrinado por Philip Glass, que publicó su álbum de debut, "Ride the planet", en su sello de músicas dificilmente clasificables, Point Music. En él, una fuerza primitiva, acaso deudora de su interés por la percusión, mueve muchas de las composiciones, claramente imbuidas de conceptos artísticos, como su pasión por la pintura contemporánea (alguien le llamó el Warhol de la música), la fotografía (la portada de "Ride the planet" es obra de la prestigiosa fotógrafa Joyce Tenneson), la literatura (textos de la artista abstracta Jenny Holzer acompañan el álbum) y el cine (adora a Tarantino y las series de televisión): "No puedo olvidar que he nacido en una cultura marcada por el rock y la imagen". Así, Levin construye pasajes de apabullante fuerza en los que se vislumbran unas intenciones que oscilan entre la clásica, el rock, un toque electrónico y la música para películas, en un recogimiento académico que no se sabe si es fruto de su propio gusto estético, o una maniobra que le permitiera destacar como el transgresor de una nueva faceta estilística: "Mi objetivo final es hacer una música sinfónica tan potente como pueda, que sea fácilmente reconocible por el oyente, como una patada en el estómago".

Todd Bennett Levin nació en Detroit en mayo del 61, y estudió composición en la universidad de Michigan y en la Eastman School of Music. Con unos intereses musicales diversos, desde la música medieval a las vanguardias, asegura que "me traen sin cuidado las etiquetas y las clasificaciones, quiero que mi música sea recibida como una posibilidad más de ampliar fronteras". "Ride the planet" sorprende de inicio por un primer corte rockero, un comienzo ruidoso, excitante y sobrecargado por la sonoridad de la guitarra eléctrica, cuyo título, "Heaven" -cielo-, es difícil de entender salvo por la pasión extrema a la que refiere el subtítulo ('You must have one grand passion'). Estas frases que complementan los títulos de los cinco cortes son invenciones poéticas de Jenny Holzer, la misma autora del texto sobre la libertad que recoge ese extraño libreto en el que, al ser desplegado, destaca poderosamente la fotografía completa del músico en actitud mesiánica. La épica parece formar parte del brillante segundo corte, "Anthem", también amparado por una fenomenal y penetrante guitarra y por una voz que define la acertada melodía en un éxtasis de locura que alcanza su momento álgido en el momento en que ambos, voz y guitarra, se encuentran. La obra continúa en su incierto caotismo, huyendo de la calma y de la melodía fácil para entrar en un juego de barroquismo difícil de comprender pero, una vez asimilado, difícil también de dejar atrás. "Jungle" parece representar una lucha, algo confusa, entre lo viejo y lo nuevo, un viaje por el bien y el mal, el cielo y el infierno, un corte frenético y absolutamente particular, que navega más entre el rock sinfónico y la electrónica que por mares clásicos. Divaga, se sumerge, y en la superficie arremete contra lo establecido, logrando imponer un forzado equilibrio, una calma tensa de final abrupto. "Prayer" es, según su subtítulo, un sueño en el que buscar el camino a la felicidad, largo y repetitivo pero intenso, repleto de fuerza y en su atmósfera opresiva y luminosa guitarra se pueden encontrar ecos de las gloriosas colaboraciones entre David Bedford y Mike Oldfield en los 70. El marcado carácter e imponente resolución técnica continúan en su tramo final, de título "Marine", con el sonido marca de la casa que ineludiblemente impone la producción de Philip Glass (junto a sus habituales Kurt Munkacsi y, en este corte, Michael Riesman), esos ambientes ondulantes que se pueden respirar en practicamente todo el trabajo, un álbum en el que a los teclados de Todd Levin se unen el bajo de Jeffrey Allen, las guitarras de Stephen Gabriel y Ben Sher, la voz de Tony Moore y los teclados del propio Riesman. "Ride the planet" parece toda una aventura, una entrada aguerrida, una oda, una pasaje movido, otro que explora más en el interior y un final obstinado, bizarro y decidido. Los furiosos guitarreos son como relámpagos de magia en una tormenta contínua, un torbellino de insolente creatividad que aporta influencias artísticas y elementos rockeros al servicio de la música clásica moderna.

"Ride the planet" fue una de las cinco referencias que Point Music lanzó en 1992, su primer año de actividad. Philip Glass y Michael Riesman fueron los encargados de dar forma a este sello norteamericano dependiente de Philips Classics, que comenzó publicando "Mapa" del grupo brasileño Uakti, el interesante "Music fron the screens" de Philip Glass y Foday Musa Suso (interprete de kora procedente de Gambia), la ópera de John Moran "The Manson family", y "In good company" de Jon Gibson. Todd Levin completó el quinteto, pero las buenas intenciones de la compañía y del músico no bastaron, y la dificultad para clasificar su música hizo que "Ride the planet" no alcanzara las ventas deseadas y constituyera la única referencia del de Michigan en Point Music. Aún así, la arrogancia de Levin despertó más de una pasión, puesto que la todopoderosa Deutsche Grammophon fichó al artista y publicó la que definitivamente fuera su última obra, "Deluxe", en 1995, un álbum peliculero, de dinamita percusiva y sonoros metales, otro trabajo joven y rabioso, distinto al primero pero también dificilmente vendible, puesto que la música contemporánea, opina Levin, es la más impotente de las artes para impactar en un entorno cultural, salvo raras excepciones. Su carrera musical dejó entonces de interesarle, y prefirió ganar dinero en el mundo del arte contemporáneo. El paisaje musical del siglo XX, ese 'delta' del que hablaba Cage, estaba en contínuo cambio, una metamorfosis que admitía todo tipo de atrevimientos, pero a pesar de la osadía, practicamente ningún libro menciona a Todd Levin, que se encuentra en una desagradecida tierra de nadie, ninguneo inmerecido dada la fuerza y belleza de un trabajo como "Ride the planet".

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6.4.12

EDUARDO LAGUILLO:
"Manoa"

Una de las compañías españolas de nuevas músicas que menos fortuna y oportunidades tuvo en la cruenta lucha por sobrevivir en ese mercado tan saturado en los 90 fue Taxi Records, sello que pretendía abarcar en sus planteamientos desde el jazz fusión hasta lo étnico y experimental. Uno de los fundadores del mismo era Eduardo Laguillo, músico madrileño de enorme solvencia al piano y la guitarra, y estudios clásicos en Viena, así como jazz y flamenco en Barcelona. Fue precisamente el primer disco de Laguillo en 1990, "Hay algo en el aire" (un trabajo introspectivo, originado por un viaje iniciático del músico a la India), una de las cinco primeras referencias de Taxi Records (las otras eran "Rapsodia" de Duet, "Pianosfera" de Antoni-Olaf Sabater, y los discos homónimos de Xaloc y La otra parte), si bien hay que llegar a 1997 para encontrarnos con su obra cumbre, un excelso trabajo de título "Manoa", publicado con acierto por Resistencia bajo la producción del propio Laguillo y de otro español ilustre en el campo que nos ocupa, el también madrileño Adolfo Rivero. La inspiración del álbum llegó de repente, cuando en un momento de elevado misticismo en la vida del pianista, se encontró con el poema 'Manoa' del venezolano Eugenio Montejo, que comienza con esta búsqueda: "No vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire, ningún indicio de sus piedras. Seguí el cortejo de las sombras ilusorias que dibujan sus mapas". Laguillo, que ya había musicado poemas de Joseph von Eichendorff y trabajado con cantautores como Luis Eduardo Aute, encontró en él un amplio y luminoso sendero para construir algo más que un disco, una experiencia vital, un viaje a los confines de su propia espiritualidad.

Eduardo no conoció jamás a Eugenio Montejo, pero este poeta y ensayista que falleció en 2008 sí que era consciente del impacto de su obra en el músico español, con el que se sentía 'conectado' e intercambió una serie de emotivas cartas, en lo que Laguillo definió como 'unión de almas', un soberbio hermanamiento de poesía y música. Se puede admirar con qué delicadeza fluyen ambas en la primera parte de "Balada para Gabriela", el corte que inaugura el álbum, pleno de emoción y lirismo, primero por parte de una romántica flauta y enseguida por medio del instrumento natural de Eduardo, el piano, además de una destacada percusión. La melodía es sencilla, viva y esperanzadora, un bellísimo comienzo para el disco y una pieza que ha quedado en la memoria colectiva de las nuevas músicas españolas por esa hermosa vitalidad y una chispa especial que prende en los que buscan algo más allá de la vacuidad general. Lejos de las enormes colaboraciones internacionales de las que gozaban artistas de mayor repercusión como Carlos Núñez o Kepa Junkera, las ayudas con las que contó Laguillo en Manoa fueron las de intérpretes más cercanos, sin perder por ello ni un ápice de calidad: percusionistas como el griego Dimitri Psonis, el argentino Rikhi Hambra, el alicantino Vicente Climent o el francés totalmente españolizado Tino di Geraldo, Javier Bergia (que también aporta percusión), Sandra Miraball (clarinete), Xavier Blanch (oboe), Jorge Lema (bandoneón) y miembros de La Musgaña como Jaime Muñoz (tin wistle), Carlos Beceiro (bajo) o Enrique almendros (gaita). También otros amigos al cello, bajo, violas y violines, pero tal vez la participación más vistosa sea la del grandísimo intérprete de instrumentos de viento Javier Paxariño, con el que Laguillo había colaborado en discos memorables como "Pangea" o "Temurá". En "Manoa", Laguillo interpreta las guitarras además de teclados y voces, en un conjunto que se va haciendo más meditativo hacia el final, como en la intimista "Fais tun" o ese corte susurrante, animoso, de aires lentos y voz reflexiva que lleva por título "El bosque de voz clara". Mucho antes, destacar los efluvios de bossa nova con intimista guitarra española en "Regreso a pleione", el recogimiento de "Himno (en las llanuras de Yns)", con el acompañamiento de un chelo y del tin whistle jugando con el piano, o ese mismo piano destacando en "La otra luz del horizonte" y en ese solo, en comunicación directa con su público, que supone "Improvisación". Es sin embargo "Celebración" la segunda composición más destacada del álbum, un delicioso y acertadísimo himno a la vida, de desarrollo cálido, donde vientos, teclado y percusión vuelven a marcar firmemente el paso hacia "Manoa", para acabar descubriendo lo que narra el final del poema: "Manoa no es un lugar sino un sentimiento. A veces es como un rostro, un paisaje, una calle, su sol de pronto resplandece. Toda mujer que amamos se vuelve Manoa sin darnos cuenta. Manoa es otra luz del horizonte, quien sueña puede divisarla, va en camino, pero quien ama ya llegó, ya vive en ella". Tras esa importante revelación, "Antes de las estrellas" es un gran final en soledad, que resume esa búsqueda interior, ese maravilloso viaje en el que un suave y melódico jazz se ha revestido con música étnica para completar un enorme y sentido regocijo de disfrute obligado.

Joan Albert Serra, director de Taxi Records, comentaba en la presentación del sello (que tuvo lugar en el Teatro Lliure de Barcelona y en el Centro Cultural Galileo de Madrid en 1991) que nuevas músicas son "todas aquellas creaciones que, partiendo de la música clásica, el jazz y la música contemporánea, no atiendan a encasillamientos estilísticos y estén realizadas con total honestidad". Sin duda la figura de Eduardo Laguillo encaja sobremanera en esta definición, pero más allá de etiquetas, la música de Eduardo se puede encuadrar en un conjunto de proyectos, generalmente incomprendidos, cuya sensibilidad y espiritualidad no tienen límites, casos que se repiten en otros músicos españoles como Pep Llopis, Adolfo Rivero o el extinto grupo V.S.Unión, luchando por sus pasiones, proyectándose al mundo hasta que encuentran a alguien que los quiera entender, un público no excesivamente amplio pero sí consciente de la impronta que lo que escucha deja en su conciencia. Ese público existe, y lo que disfruta en "Manoa" es algo más que una reunión de canciones, es una obra, como dice su autor con orgullo, "llena de luz, de ternura, de sutilezas".



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