26.6.09

CHRIS SPHEERIS & PAUL VOUDOURIS:
"Europa"


Pocas veces un disco alcanza tales cotas de emoción y reúne composiciones de tal calidad como lo logró el conocido y justamente valorado "Enchantment". Después del gran éxito conseguido, muchos ojos estaban puestos en el siguiente paso a dar por este dúo de orígenes griegos formado por Chris Spheeris y Paul Voudouris. Mientras tanto, y tras la extraña desaparición de Music West Records, los dos artistas habían logrado rápidamente los derechos de "Enchantment" y con ellos aumentaron considerablemente su ánimo, su nivel de vida y su currículum, como decía Paul: "cuando Chris y yo vendimos tantas y tantas copias del disco “Enchantment” fue algo memorable, porque el dinero que yo había ganado escribiendo canciones en el pasado había sido modesto, en el mejor de los casos". Claro que aclara también que sus intenciones eran artísticas: "Si el dinero fuera mi objetivo, hubiera elegido definitivamente otra carrera. Elegí la música porque crear, para mí, es tan fundamental para la existencia como respirar". Mientras Chris Spheeris demostraba una extraordinaria facilidad para la composición de melodías instrumentales a la guitarra en su carrera en solitario, Voudouris se recogió en un pop atrevido que pasó bastante desapercibido. Tuvieron que pasar cuatro años para que ambos volvieran a reunirse en la desértica Sedona (Arizona) y crearan un trabajo más personal, algo diferente a su disco anterior pero de nuevo de gran calidad. Su título, "Europa".

Amigos desde la adolescencia y con las vidas cruzadas en Atenas y en Estados Unidos, estos dos músicos de demostrada calidad recordaron el continente de sus ancestros en este cuidado álbum, de impecable producción e innegable inspiración en sus nueve temas de parecida factura compuestos a dúo, en los que continuaron desarrollando la misma fórmula de su anterior éxito, una música plácida de melodías sencillas, agradables y fácilmente tarareables, si bien esta vez de forma posiblemente más sincera, centrados casi en exclusiva en sus instrumentos primordiales, la guitarra de Spheeris y los teclados de Voudouris. En efecto, en las primeras escuchas de "Europa" se pueden echar en falta los instrumentos de viento, clarinetes, flautas, saxos y oboes que embellecieron composiciones como "Enchantment", "Across frontiers" o "Pura vida", pudiéndose escuchar aquí solamente un tímido saxofón. Otros instrumentos adicionales que no interpretan los dos protagonistas del álbum son el bajo y numerosas percusiones. Otra circunstancia destacable es el dominio de las guitarras sobre los teclados (de hecho, la estupenda portada del disco ya deja claro quién es la protagonista de la historia), presentando canciones por lo general tranquilas, y es que, por mor de la recuperación de la accidentada mano de Spheeris en "Enchantment", hay una mayor carga de guitarra que en aquel. Las piezas más movidas, conjunciones además de una estupenda instrumentación, aparecen al comienzo del álbum: "Orlando" y "Seveness" son dos pequeñas maravillas inmersas en estupendas atmósferas que recrean pequeños y blancos pueblos bañados por el mar Mediterráneo -pero destacando por supuesto la gran melodía de guitarra-, o más adelante una "Bellaire" también abierta a la fiesta y a la alegría. Más ambientales, recreando amplios paisajes, son "Laguna" (de guitarra adormecida sonando entre la bruma) o "Taiku", mientras que en "Aqualuna" (otra pieza de melodía especial, de las que se recuerdan con el paso del tiempo) o "Lanotte" escuchamos esas cuerdas sosegadas, en un estilo dulce, romántico. A los teclados, "Pavane" da una impresión más fría, mientras que "Maya" es un tema puramente ambiental bastante interesante, el único sin guitarras, en un conjunto que da que pensar cómo hubiera acabado con la presencia de los vientos. Sin ellos, nos encontramos ante un disco precioso (no hay más que escuchar "Orlando", "Seveness", "Laguna", "Aqualuna" o casi cualquier composición del mismo para disfrutar) pero tal vez un peldaño por debajo de lo esperado en esta colaboración. El sello de ambos colegas, Epiphany Records, fue el encargado de publicar el álbum en 1995, Chris se ocupaba de las relaciones públicas y Paul de la contabilidad, mientras ambos trabajaban en sus proyectos individuales.

La obsesión por la perfección y los diferentes puntos de vista en cuanto a detalles como la producción de algunas de las canciones, llevaron a que se creara una cierta tensión entre los dos artistas a la conclusión de este álbum. Así fue como, tras haberse grabado el disco en casa de Paul, Spheeris se encargó en la suya -a dos manzanas de distancia una de otra- de la post-producción y mezcla, y Voudouris se perdió en un largo viaje por Balí y otros rincones de la lejana Asia, tras cuya vuelta recalaría en Mexico, donde fundó Hit Records. Puede parecer evidente que, si bien la amistad es fuerte, el trabajo conjunto se haya visto tan afectado que posiblemente -y lamentablemente- "Europa" sea la última colaboración entre estos dos músicos. El tiempo, con su paso lento pero seguro, da la razón a este hecho y nos proviene al menos de las obras en solitario de estos artistas que nos dejaron momentos de tan bello recuerdo.

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22.6.09

WIND MACHINE:
"Rain maiden"

En su búsqueda de una nueva y más completa forma de expresión musical, o queriendo llegar a otro tipo de límites técnicos o puramente sonoros no alcanzados con anterioridad, algunos grupos o solistas se convierten en improvisados luthiers y nos ofrecen nuevos sonidos surgidos de instrumentos como el arpa electroacústica (Andreas Vollenweider), el violín eléctrico de cinco cuerdas (Ed-Alleyne Johnson), el lyricon (Chuck Greenberg, el malogrado líder de Shadowfax) o la Shakti harp y la snake guitar (de un consumado inventor de instrumentos como es Bruce Becvar). El guitjo es otro de estos extraños artefactos musicales, y aunque nació con ese nombre en el jazz de los años 20 como un híbrido de guitarra y banjo, la banda Wind Machine se apropió del término en los 80 para continuar con esa idea y designar así a una guitarra de 6, 7 u 8 cuerdas con las más graves modificadas hacia el estilo del banjo para conseguir un sonido particular cercano al de un arpa. Fue en concreto Joe Scott el que concibió este instrumento y el que en la actualidad sigue utilizándolo, incluso con alguna mejora (el guitjo de doble mástil), en el grupo Acoustic Eidolon junto a su esposa Hannah Alkire.

Wind Machine comenzó su andadura a principios de los 80 desde Colorado como un dúo de guitarras acústicas entre Steve Mesplé y Joe Scott, si bien la búsqueda de nuevas sonoridades les hicieron acompañarse enseguida de una amplia banda con teclados y percusión. Publicado en 1989 por Silver Wave Records (compañía estadounidense que entre otros tipos de música ha desarrollado una especial actividad entre los nativos norteamericanos como Carlos Nakai, Robert Mirabal o Joanne Shenandoah), "Rain maiden" es posiblemente su mejor disco, repleto de canciones de notable profundidad y estupenda factura, cuyas no muy altas pretensiones encuentran un fácil acomodo en cada escucha. Silver Wave lo promocionaba como "texturas acústicas relucientes y melodías inspiradas, con sabores musicales que abarcan jazz y folk". Blake Eberhard al bajo, Tom Capek y Taylor Mesplé a los teclados, y Larry Thompson, Gary Sosias y Ethan Mesplé en las percusiones, son los miembros de acompañamiento de Steve Mesplé (guitarras acústicas de 6 y 12 cuerdas) y Joe Scott (guitarras acústicas y guitjos de 6 y 7 cuerdas), en 14 composiciones firmadas por Steve Mesplé (sólo la titulada "Rain maiden" la comparte con Joe Scott), que parece ser el cerebro del grupo en esa faceta, además de productor del trabajo. Las suaves texturas esenciales que nos envuelven llenan el aire de una sugerente mezcla de aromas a folk, jazz y country -concretamente bluegrass-. La animada "Mailbox suite" y una más calmada "The christmas soldier" son el antecedente de una de las gratas sorpresas del álbum, "Nuestros hermanos de El Salvador" -así, en castellano-, estupenda composición dedicada a los miembros del grupo popular salvadoreño Yolocamba I Ta, conjunto prohibido durante muchos años en su país sobre los que los miembros de Wind Machine hablaban de manera cómplice y entrañable. "Daybreak", "Taylor made" o "Rain maiden" son otros agradables ejemplos del melodioso sonido de las cuerdas, hasta llegar a las otras dos grandes excusas (aunque pequeñas en duración) para escuchar este exquisito trabajo: la risueña "High noon" -un ejemplo de contagiosa alegría acústica- y "Sand Harbor", dedicada a uno de sus lugares favoritos para tocar, a orillas del lago Tahoe. "Voices in the wind" fue en 1991 otro de los trabajos más valorados de este conjunto, y en él, "inspirados por las voces que buscan la verdad y se atreven a decirla", rescataban la excepcional pieza de "Wind machine" titulada "Nuestros hermanos de El Salvador", esta vez en inglés, "Our salvadoran brothers".

La bonita portada de este álbum refleja uno de los intereses principales de la banda, la preservación de los espacios naturales (una de las canciones, "Land of the redwoods", está inspirada en el bosque californiano Redwood National). Mesplé, que dedica otras de las composiciones a varios miembros de su familia y amigos (sus hijos Taylor -que se ha forjado posteriormente una carrera en solitario como cantante y pianista- y Ethan tocan en el álbum), formó junto a Joe Scott un grupo de sonido genuinamente americano basado casi exclusivamente en las cuerdas, variada influencia y un cierto reconocimiento en los círculos norteamericanos de la música instrumental de guitarra, con elementos folclóricos, jazz y bluegrass. Si la música de guitarra es lo tuyo, prueba a escuchar este "Rain maiden" de 'La máquina del viento', un recogido deleite acústico con esencia americana.





8.6.09

MAX RICHTER:
"The blue notebooks"

A principios de los noventa se adivinaba la más que probable progresión del original grupo Piano Circus en la escena de la música contemporánea, si bien era más difícil augurar que el nivel alcanzado por uno de sus miembros fundadores, el británico Max Richter, iba a ser de la magnitud expuesta en obras como "Memoryhouse" o "The blue notebooks". Con la base de pianos acústicos y eléctricos, los seis miembros (cambiantes, en la actualidad no queda ninguno de los originales) de Piano Circus desarrollaban principalmente obras de minimalistas americanos y británicos como Steve Reich, Graham Fitkin, Michael Nyman, Robert Moran o Terry Riley para el sello Decca. Antes de abandonar el grupo, y como avanzadilla de su futura actividad, Max Richter compuso algunos temas para el conjunto. Posteriormente colaboró brevemente con una banda electrónica como The future sound of London, lo que expone además una interesante apertura de miras en este compositor nacido en 1966, que explora en la frontera que separa musicalmente el pasado y el presente del clasicismo y se coloca en puestos importantes de una nueva horda de minimalistas, jóvenes, voraces, y sin miedo a fusionar estilos y conceptos, no sólo musicales sino además artísticos, literarios y cinematográficos.

"Memoryhouse", proyecto para la BBC del año 2002 que derrochaba una moderna elegancia en su concepto minimalista de la música contemporánea, caló muy hondo en la crítica especializada, creando una gran esperanza en los futuros proyectos de Richter. La consagración llegó en 2004 con "The blue notebooks" (publicado por 130701, filial de FatCat Records), donde Max volvió a encontrar la clave de la sensibilidad, consiguiendo una obra sentida, dotada de una sorprendente carga dramática, una eficaz tensión lograda conjuntamente por teclados y cuerdas, aunque eficazmente sostenida en estas últimas, dos violines, dos cellos y una viola. Nos recibe sin embargo el piano de Richter, tenues notas distanciadas que se apagan entre una voz y una máquina de escribir, hilos conductores de una trama que toma el nombre de la obra de Franz Kafka 'The blue octavo notebooks', así como pequeños textos de este mismo autor checo y del polaco Czeslaw Milosz. Ese primer tema, "The blue notebooks", con el recitado de la conocida actriz Tilda Swinton, es el preludio de una historia apasionante, cuyo auténtico primer episodio es el emocionante segundo tema, "On the nature of daylight", una delicia imbuída de una eficaz atmósfera de tensión al compás de las cuerdas, mientras que el piano deja hacer sin interrumpir su magnetismo. A cambio, acapara todo el protagonismo en pequeños solos como "Horizon variations" o "Vladimir's blues". El disco presenta grandes descubrimientos, como la mencionada "On the nature of daylight" o como "Shadow journal", que mantiene un extraordinario suspense en su fantasmagórica cadencia. Siempre a modo de lamento, en algunos de los capítulos de este diario, el nebuloso piano se complementa con dolientes violines en emocionantes composiciones como "The trees". Es inevitable hablar de posibles influencias, ciertas similitudes estilísticas con músicos como Philip Glass ("Shadow journal", "Iconography"), la vena folclórica de Yann Tiersen o el piano contemporáneo de Ludovico Einaudi, si bien hay que destacar el descubrimiento no sólo de un extraordinario compositor e intérprete sino de un artista fresco, innovador, que sabe lo quiere hacer y se autoproduce de manera extraordinaria ("Arboretum", "Organum"). Un single se comercializó de "On the nature of daylight" en StudioRichter con dos versiones del tema, si bien llegó en 2017, dos años después de la reedición del álbum por parte de Deutsche Grammophon con portada diferente. Una de las versiones del mismo, ya en 2018, fue un doble CD en caja de lujo (que incluía un auténtico diario azul) y doble LP con diferentes portadas (una vez más), y varios temas nuevos y remixes. 

En la mente de Max Richter se concentraron influencias clásicas y populares por igual, desde Bach a Kraftwerk pasando por Stravinsky o Cage, y por supuesto los minimalistas. Con ese inquieto cóctel en la cabeza, y bien recibido por la crítica, Max Richter ha sabido abandonar la inocencia de Piano Circus y asumir un papel de avanzadilla de jóvenes autores del siglo XXI con trabajos de apariencia cinematográfica como este "The blue notebooks" (de hecho, el corte "On the nature of daylight" se pudo escuchar en alguna serie de la BBC ('Dive') y de la HBO ('Luck'), y una remezcla del mismo tema fue utilizada en el film de Martin Scorsese "Shutter Island"), el posterior "24 postcards in full colour" o la banda sonora del aclamado film de animación documental "Vals con Bashir". No se puede dejar de alabar el diseño grafico de sus trabajos, una marca de la casa donde la fotografía en blanco y negro nos sumerge en los tiempos de Franz Kafka y en las amarillentas páginas de viejos diarios.





1.6.09

MIKE OLDFIELD:
"Incantations"

Si preguntaramos a los seguidores de Mike Oldfield por sus obras favoritas entre la copiosa producción de su ídolo, sería de esperar que ninguno de ellos incluyera "Incantations" entre sus tres primeras elecciones. Sin embargo, es más que probable que este trabajo estuviera entre los diez primeros en todas las encuestas. Así es este disco publicado por Virgin Records en 1978, indeciso (Oldfield tardó tres años en crear este nuevo trabajo tras la publicación del excelente "Ommadawn" en 1975), situado cronológicamente en el punto exacto en que tanto el propio Mike Oldfield como su música cambiaron definitivamente, por lo que algunos lo unen a sus primeras e irrepetibles obras maestras ("Tubular bells", "Hergest Ridge" y "Ommadawn") y otros lo bajan del pedestal de esa gloria setentera, esa época en la que Oldfield aparte de sus trabajos de larga duración, ofrecía maravillosas tonadas folclóricas en sus singles: no había estado del todo quieto el de Reading, ya que aparte de unas cuantas colaboraciones y las remezclas que Virgin publicó en la caja titulada "Boxed", entre "Ommadawn" e "Incantations" desfilaron por las tiendas y las radios deliciosos títulos tan recordados como "Portsmouth", "Argiers" (ambos tradicionales, grabados junto al flautista Leslie Penning), "The William Tell overture" (de Rossini), "First excursion" (firmada junto a David Bedford), y los más cercanos a "Incantations", "Cuckoo song" (de Michael Praetorius) y un "Pipe tune" que ya deja entrever el sonido del nuevo álbum. 

Como las obras de M.C.Escher que acompañaron algunas de sus giras o inspiraron las portadas de trabajos de la época como "Boxed" o "Airborne", la música de Mike Oldfield en los 70 era influyente y paradójica, incluso con atrevimientos ocasionales, como la presencia en este disco de una melodía que se puede escuchar en un sentido (en la parte uno) o en otro (al comienzo de la dos). Desde luego, no podía negarse el ansia de investigación de Oldfield y su variedad de registros e influencias: una obra de esencias clásicas en un ambiente ruidoso y urbano, otra bucólica y campestre, una tercera folclórica en un estilo celta, y ahora un cuarto álbum más ambiental con esencias medievales y minimalistas. Pero "Incantations" tiene más historia que la de un simple disco, ya que su conclusión obedece a las circunstancias que acompañaron a la gravísima situación personal de Mike Oldfield, a cuyos problemas de personalidad se unieron los que acarrea la popularidad, hasta que llegó un momento de giro radical gracias a una terapia psicológica creada por Robert Fuller, de nombre Exégesis, que ha sido considerada incluso como una secta, pero que consiguió el nacimiento de un nuevo Mike Oldfield, un personaje que de repente hablaba, reía, concedía entrevistas y llegó a casarse con la hermana de su gurú, Diana Fuller, de la que se divorció apenas un mes más tarde. Este curso provocó que se diera la vuelta a la tortilla de la racanería mediática de Oldfield, pero también tuvo destacados efectos secundarios. El más importante, la pérdida de la inspiración, esa chispa de genialidad que indudablemente provenía del carácter depresivo y maníaco del de Reading. El primer escollo supuso la vuelta al estudio para acabar "Incantations", una obra que a duras penas consiguió terminar a tiempo para su publicación. "Incantations" presenta en su larga duración una serie de ambientes que de idílicos se tornan fácilmente en confusos -aunque nunca opresivos-, entornos mágicos en los que destacan especialmente guitarreos monumentales y grandes acompañamientos de flautas, voces y una sonora trompeta. Pasajes repetitivos -que muchas veces suenan al Philip Glass más popular- y atmósferas épicas recrean un mundo de 'encantamientos', un disco doble (aunque CD simple) con cuatro largos sortilegios entre los que se incluyen las musicaciones de dos poemas, 'The song of Hiawatha' del poeta estadounidense Henry Wadsworth Longfellow y "Hymn to Diana" del inglés Ben Jonson, con los que quizás quería expresar Oldfield la seriedad de su música, con ínfulas de nuevo clásico. Ambos son bellos en su concepción coral (en la que tuvo mucho que ver, y se nota, su amigo David Bedford), si bien 'Hiawatha' consigue su objetivo y despliega una increible hermosura (no puede ser menos con las voces de Maddy Pryor y Sally Oldfield), mientras que 'Hymn to Diana', como otros extractos del disco sin duda posteriores a la exégesis, presenta momentos un poco turbios (en concreto en una descafeinada parte dos), como si Oldfield de repente no tuviera las cosas tan claras y dudara del camino a seguir. Efectivamente, a partir de aquí va a producirse un gran cambio y numerosos saltos en la perspectiva de la obra de Oldfield estilísticamente hablando. Sin embargo no se puede hablar mal de "Incantations", de hecho, más allá de situaciones extrañas y conductas anómalas, el gran problema de este trabajo para no ser recordado de mayor manera es la importancia y calidad de los tres discos anteriores. Pasajes como los comienzos de las partes primera (bonitas flautas a cargo de Sebastian Bell y Terry Oldfield) y tercera (rítmica entradilla que engalana el mejor de los cortes del disco), una especie de amanecer musical en la parte dos (del minuto tres y medio al seis), o la conocida sección de vibráfono (a cargo de un gran Pierre Moerlen), bajo y guitarra que antecede el extracto de "Hiawatha" en la parte cuatro, revelan la capacidad de este joven inadaptado, aunque son otros dos los momentos más impactantes de la obra: uno se sitúa en la parte 3 de la misma, un hipnótico clímax de guitarras desbocadas -del minuto dos al ocho y medio-, culminado por una festiva y original fanfarria; el segundo llega en la parte 4, del minuto ocho al doce, y presenta uno de los mejores solos de guitarra de la carrera del británico, de una fuerza magistral, que fue elegido como extracto del disco en la cara B del posterior single discotequero "Guilty".

Este obsesivo trabajo, cuya portada fue inmortalizada en las Islas Baleares (la reedición de 2011 la cambió por una fotografía más de diseño sin la presencia de Oldfield), no tuvo mayor repercusión a pesar de esa nueva cara de Mike Oldfield, pero para muchos lo peor, la consecuencia, fue que después de este seminario de renovación espiritual se ganó una persona pero se perdió un músico. Un músico genial, se entiende. En su ansia de reconocimiento, el siguiente paso a dar iba a ser una gira mundial y un primer asalto al mercado americano, a la sazón infructuoso, que le llevó a grabar en Nueva York y a entrar en contacto con la música disco y con la obra de un compositor en ciernes como Philip Glass (del que parecía haber escuchado algunas de sus obras, por su etérea presencia en "Incantations") y de otro idolatrado como George Gershwin. Mientras tanto, "Gulty" -un tema de ritmo disco y funky bastante movido y muy acertado, que fue publicado en single junto a un extracto de "Incantations" en la cara B- fue un paso adelante para cambiar musicalmente y volver a ganarse a un público cuyos gustos musicales estaban cambiando radicalmente.

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23.5.09

WIM MERTENS:
"Maximizing the Audience"

Es posible que Wim Mertens constituya por sí sólo, más allá de denominaciones, un pequeño fenómeno. Tras muchos años de carrera, discos de variada temática y conciertos con diversidad de acompañamientos, consigue sobreponerse a cualquier crisis de la industria gracias a un talento desbordante, y continúa arrastrando en sus conciertos a un público fiel, que parece aumentar día tras día. Quizás gran parte de ellos desconozcan que una de sus obras más emblemáticas, "Maximizing the Audience", proviene de un encargo para componer la música de una obra de teatro escrita por el artista, dramaturgo y coreógrafo belga Jan Fabre titulada "The Power of Theatrical Madness", obra polémica de vanguardia europea que, a pesar de su negativa recepción popular, fue considerada como atrevida, inquietante y desgarradora por parte de la crítica; seguro que la música de Mertens, para bien o para mal, no pasó desapercibida, si bien su recuerdo de esta experiencia con el teatro es muy negativo, ambos mundos resultaron ser completamente diferentes y Mertens es un artista que prefiere la soledad en su trabajo de composición. Aun así, no fue ésta su primera experiencia en el teatro, ya que también había colaborado en 1981, en la ciudad de Lovaina, en una pequeña producción teatral llamada "Ver-Veranderingen", cuya música fue publicada en CD en 2003.

"The Power of Theatrical Madness" se estrenó mundialmente en la Bienal de Venecia el 11 de junio de 1984, y Les disques du Crépuscule publicó el disco de Wim Mertens en 1985 como doble LP (por su excesiva duración, más de 70 minutos), que se vio completado por dos maxis ("Maximizing the Audience (excerpt)" / "Whisper Me (excerpt)" y una edición limitada con el título de la obra que se vendía en los propios espectáculos, "The Fosse" / "Lir"). El CD llegaría en 1988. La escucha de este álbum es toda una experiencia, que en su estética minimalista rompe con mucho de lo escuchado anteriormente en músicos europeos. Tras haber demostrado en sus anteriores trabajos ser un genio con las piezas cortas ("Close Cover", "Struggle for Pleasure"), Mertens aprovechó este encargo para expandir la duración de sus composiciones y explayarse en la búsqueda y confirmación de un sonido propio y auténtico, también atrevido si tomamos como muestra la pieza que abre el disco, "Circles", que como esos recintos en los que se iba a interpretar la obra, se va desarrollando y llenando poco a poco, en una desestructuración de esa reducción a lo esencial que propugna el espíritu minimalista; luego se hablará de repetición para definir y encasillar el fenómeno, pero "Circles" refleja la maravillosa y extraña simpleza de tres clarinetes y un saxo soprano jugando con brevísimas notas. Y si bien "Circles" ahonda profundamente en la definición misma de minimalismo, la inclusión de "Lir" en este género es un poco más brusca; Mertens marca su territorio con esta pieza evasiva al piano, demostrando una forma tan particular de entender la música como racional en su acabado, pues "Lir" es un monólogo de piano de 18 minutos que, como respuesta al desasosiego creado por "Circles", nos sume en una serena laxitud. Aún más que la longitud de las composiciones, otro hecho destacable de este trabajo es la inclusión de la voz por primera vez -salvo un pequeño atisbo en "Close Cover"- en la carrera un Wim Mertens que recalca cómo parte de su formación proviene de una tradición vocal. Afirma de hecho que en su música la importancia de las voces es tal que los instrumentos tienden a cantar. En la canción "Maximizing the Audience" deslumbra la combinación de piano y voces operísticas con interesantes cambios de ritmo y de intensidad en una atractiva melodía inclasificable, donde además los pianos son adornados por el violín y más discretamente el saxo soprano, ensalzando el carácter neoclásico de la música de Mertens. Por mucho que el belga interprete y reinvente esta pieza, jamás sonará tan bella y perfecta como el original. "The Fosse" es la adaptación de "Lir" a la estructura de canción propiamente dicha, es decir, a una duración de 'single' con el acompañamiento vocal -aunque de nuevo operístico- de Minne Pauwels; el resultado es elegante (la melodía de piano sigue siendo bellísima) pero bastante anticomercial, lo cual no le resta interés a una pieza que contaría con una versión algo más tosca, ampliada y con voces masculinas, dos años más tarde en el álbum "Educes Me". Para acabar el disco con el tono vanguardista con el que empezó, "Whisper Me" se sostiene durante diecinueve minutos en base a un frágil desarrollo de cuerdas que se repite hasta la saciedad; no hace falta que recuerde el término a aplicar, pero sí hay que destacar que se trata de la primera pieza de Wim Mertens en la que escuchamos con integridad su propia voz, que sin articular palabra conocida alguna, se incorpora como un instrumento más a la grabación. Como curiosidad añadida a la obra, una cierta polémica salpicó al español Nacho Cano cuando presentó la partitura de su composición "Música para una boda" (en homenaje a Don Felipe y Doña Letizia), por su gran parecido con "The Fosse".

Una portada elegante e impoluta para un producto pulcro y nada fácil de digerir para el gran público. El más moderno, acostumbrado a vanguardias contemporáneas, supo saborear la atrevida propuesta. Wim Mertens y su conjunto acompañaron algunas de las representaciones (Venecia y Londres), mientras que en las demás se utilizó música grabada. Cabe reseñar que Mertens, tras esta experiencia y la comentada "Ver-Veranderingen", sólo ha compuesto otras dos veces para teatro, de nuevo en 1984 para la obra del rumano Eugene Ionesco "Le roi se meurt", y en 1988 con "Torchlight and laserbeams", basada en los escritos de Christopher Nolan. Han pasado varias décadas y, aunque sí que ha hecho incursiones en el cine, los géneros más cultos como teatro o danza no han vuelto a ser visitados por este músico belga, posiblemente por no tener el control del espectáculo y no poder llegar a un público mayoritario. Al fin y al cabo, esa cierta presunción que parece acompañarle en su carrera le hizo declarar en determinado momento: "Quiero que mi música llegue a ser tan popular como se pueda (...) es sin duda mi ambición de maximizar la audiencia".

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WIM MERTENS: "Jardin Clos"




17.5.09

SOWETO STRING QUARTET:
"Zebra crossing"

Hay ocasiones en que la música no puede disociarse de determinados acontecimientos políticos o sociales. Multitud de grupos, cantautores o solistas han deslizado sus mensajes, protestas o homenajes en las letras de sus canciones o en composiciones instrumentales. Uno de los hechos sociales más deplorables de la historia reciente fue la discriminación racial en Sudáfrica hasta los años 90; el apartheid, cuyo significado es 'segregación', apartó de un plumazo a numerosos ciudadanos de raza negra hacia zonas específicas de su propio territorio, siendo el caso más conocido el de Johannesburgo, donde 60.000 nativos de color fueron reubicados en un área urbana a 24 km. denominada Soweto, que se convirtió en la ciudad por excelencia de la lucha -en ocasiones brutal y despiadada- contra el apartheid. Por contra, y en un mundo de necesarios opuestos, Soweto es también la cuna de un cuarteto de cuerda original, dinámico y de calidad y belleza innegable: el Soweto String Quartet.
Cuando nos referimos a un cuarteto de cuerda siempre tendemos a imaginar algo académico, para nada orientado a la world music, aunque sí que otros conocidos cuartetos hayan mantenido flirteos con el rock o otras disciplinas populares (el Kronos Quartet ha versioneado temas de Jimmy Hendrix, el Alexander Balanescu Quartet de Kraftwerk, y el Brodsky Quartet estuvo de gira con Elvis Costello, por citar sólo tres ejemplos). Soweto String Quartet es un cuarteto de cuerda exótico que, como otros conjuntos de apariencia académica como la Penguin Cafe Orchestra o la Cinema Orchestra de Rodrigo Leao, huyen de los terrenos lúgubres para sorprender con una mezcla poderosa de world music (en este caso danzas de baile africanas), pop, jazz y música de cámara. Aún así, la gran diferencia la constituye el color y procedencia de sus integrantes, tres hermanos y un vecino y amigo: Sandile Khemese (violín principal), Thami Khemese (segundo violín), Reuben Khemese (cello) y Makhosini Mnguni (viola). Miembros algunos de ellos de la Orquesta Sinfónica de Soweto, el germen de la SSQ fue el reencuentro de los hermanos tras varias becas de perfeccionamiento musical en Inglaterra. Excelentes en las dos vertientes de su música, es en el folclore donde evidentemente se diferencian de los demás cuartetos de cuerda. Aun así, su repertorio clásico y la calidad de su interpretación, dotada de un especial ritmo deudor de su origen, son excelentes y no tienen nada que envidiar a otros cuartetos más académicos: "Somos un cuarteto de músicos de formación clásica, pero hemos buscado nuestra propia personalidad mezclando varias tradiciones y varios tipos de música".
"Zebra crossing" (editado en 1994 por BMG Africa) presenta, con una alegría y optimismo desmesurados, una suculenta colección de pequeños himnos, claros exponentes de la música interracial, de la apertura y el derribo de fronteras sociales, que lleva consigo un importante desarrollo y mezcolanza cultural: en su comienzo nos encontramos con varios temas inolvidables de ritmo africano, una eficaz presentación de título "Mbayi mbayi" -un tema clásico sudafricano símbolo de esperanza-, "Zebra crossing" -una maravillosa celebración del nacimiento de una nueva nación- y "Kwela" -un viaje al pasado de un Soweto que intentaba emerger en tiempos difíciles- en los que, como en la mayoría del disco, el grupo está acompañado por bajo, teclados, flauta y percusión. Esta última y otras como "Shut up and listen" parecen acercarse en un viaje de miles de kilómetros al más puro estilo de un grupo inclasificable como la Penguin Cafe Orchestra, mientras que en "Zulu lullaby" -con su corte operístico-, "St Agnes and the burning train" o sobre todo en la impresionante "Bossa baroque" accedemos a un clasicismo comercial fino y elegante. No deja de ser curioso que precisamente estas dos últimas composiciones sean versiones de temas de músicos occidentales, Sting y Dave Grusin. Es sin embargo Paul Simon el músico 'ajeno' que de mejor forma se acerca a este trabajo por medio de la recreación de varios temas de su conocido e implicado con la causa sudafricana "Graceland": en "The Paul Simon Graceland collection" escuchamos un popurrí instrumental y posiblemente mejorado de aquellas canciones homenajeadas por Paul Simon, en concreto las cuatro atractivas muestras de sabor sudafricano son "Homeland", "Diamonds on the soles of her shoes", "Graceland" y la conocida "You can call me Al", en la que los hermanos Khemese y su vecino Mnguni despliegan todo su potencial explosivo. Sin despreciar a las composiciones restantes, el último ejemplo destacado del álbum es "Nkosi sikelel' Africa (God bless Africa)", el himno nacional de Sudáfrica, fusión del antiguo himno "Die Stem" y la canción bantú "Nkosi Sikeleli Afrika", que pretende unir emotiva y simbólicamente a todas las naciones del extenso pueblo africano.
¿De qué sirve remover el pasado? Entre los miembros de la SSQ no hay rencor sino alegría y celebración, el cuarteto parece desvincularse totalmente de los hechos políticos y buscar simplemente en sus discos la música alegre, combinación más que interesante de clasicismo y folclore, demostrando con su éxito que la música es un lenguaje universal. Este mensaje de esperanza de título "Zebra crossing" (con la convivencia del blanco y el negro, como en el propio paso de cebra, como finalidad) no sólo merece una encarecida escucha (títulos como "Mbayi mbayi", "Zebra crossing", "The Paul Simon Graceland collection" o "Bossa baroque" son imprescindibles) sino además un sonoro aplauso.

8.5.09

RAPHAEL:
"Music to Disappear In II"

En 1991, sólo dos años después de la creación y lanzamiento del excelso primer volumen, veía la luz "Music to Disappear In II", el también segundo disco del teclista de Oklahoma Raphael (aunque su apellido sea Sharpe, y a pesar de la evidente confusión con nuestro genial cantante de Linares, vamos a seguir llamándole por su nombre, que es con el que firma sus discos). En esta continuación se repetían sin pudor las características que llevaron a la primera entrega a ser un pequeño éxito de ventas y popularidad, es decir, romanticismo, ternura, un toque trascendental y sencillez ambiental, que se aunaban en el entorno angelical y etéreo que proponía este sintesista. Fue en esta época cuando Raphael conoció a su pareja, la suiza Kutira Decosterd, figurante en los agradecimientos del disco como su profesora e inspiración, con la que se involucró en numerosas actividades enfocadas a la meditación, la sanación y la ecología. Juntos fundaron Kahua Records en 1992, sello en el que siguen grabando y ofreciendo su música en la actualidad desde la isla de Maui, en Hawái.

Afirma Raphael en su web que este trabajo "crea un ambiente musical que invita al oyente a 'desaparecer'", y es cierto que las sensuales atmósferas aquí desarrolladas y publicadas de nuevo por Hearts of Space en 1991, continúan con el apasionado viaje espiritual que comenzó en 1989 con su sugerente e inolvidable primera parte. Seis canciones nos esperan en este esperado trabajo dedicado de nuevo al espíritu creador femenino, y su calidad y capacidad de enganche no desmerece en absoluto al título general que han tomado, esa ya mítica 'Música para desaparecer dentro': "River Seeks the Deep", composición hermana de la prodigiosa (y decididamente irrepetible, aunque aquí Raphael se asoma a su magia) "Disappearing Into You" que abría el disco anterior, despliega un finísimo velo de romanticismo en su mágico desarrollo basado en las notas acunantes del piano, que suben y bajan armoniosamente sobre un fondo de luminosos teclados y sugerentes voces femeninas. Es el estilo más admirado de Raphael, sencillamente maravilloso, algo más meditativo pero igualmente reconocible en "Surrender" -con la ayuda de la flauta de Janet Ketchum y el arpa de Karen Gottlieb- y al final del disco en la planeadora "Heaven", un enorme despegue hacia otros niveles del alma. Posiblemente sea sin embargo la cumbre del trabajo una composición más terrenal, un tema imprescindible que parte de una genial entradilla de violín (a cargo de Terri Sternberg) de título "Healing Dance", una composición sugestiva de reminiscencias orientales cuya hipnótica melodía, al ritmo de la tabla del hindú Laxmi G. Tewari, es desarrollada durante nueve embelesados minutos por varios instrumentos (flautas -de Stephen Coughlin-, teclados, cuerdas o el propio violín) en una alquimia sonora sin parangón que hace bueno su título, 'danza curativa', pues siguiendo el interés de Raphael por la música destinada a la sanación y el bienestar, es sin duda una melodía que hace sentir bien. La creadora de dicha maravilla, la vocalista y compositora de música new age Sophia Roberts, firma también otro suave tema de influencia india, "Laxshmi". Únicamente "Tantra" queda por comentar, que representa un último acercamiento espiritual a la religión de la India, musicando lo pasional del título en base a un sugerente clímax con el arropo del violín y la percusión, y con los siempre presentes teclados de Raphael ayudando a conformar un trabajo completo y a todas luces necesario, cuyas ventas, sin llegar a las 500.000 copias del primer volumen, también fueron elevadas, encontrándonos con la sorpresa de que, tantos años después, Raphael y su pareja, Kutira, no hayan decidido publicar una suculenta (aunque peligrosa por la ausencia de la inspiración original e irrepetible de aquella época) tercera parte, si bien en algunos de sus trabajos a dúo se pueden encontrar momentos que recuerdan a aquellas cumbres de la música espiritual de teclados. 

Consciente de su suficiencia para crear atmósferas, y con una cierta mejoría en la producción (a cargo de Warren Dennis Khan), Raphael volvió a emocionarnos en su segundo "Music to Disappear In", un disco apasionado de claro influjo budista cuya adquisición, sólo por la escucha de canciones como "River Seeks the Deep" o "Healing Dance", ya valdría la pena, pues ante demostraciones como estas sobran las palabras, atmósferas plenas de intensidad que desvelaban el gran momento de su autor, coincidente con el punto mas álgido de la new age. Un breve bache creativo iba a aparecer, sin embargo, tras este disco, y sólo un sueño en el que nadaba entre ballenas iba a poder rescatar a este artista para el gran público con otro bello trabajo, "Angels of the Deep", al que sucedió la pasión de "Intimacy (Music for Love)", otros dos claros ejemplos de sonidos melodiosos, relajantes  e incluso tal vez curativos. Sin ir más lejos, una música para desaparecer dentro.

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RAPHAEL: "Music to Disappear In"



1.5.09

PAUL MACHLIS:
"The Magic Horse"

A los muchos seguidores del genial violinista escocés Alasdair Fraser no les es ajeno el nombre del teclista estadounidense Paul Machlis. Inolvidable es la unión de estos músicos en dos colecciones sin par de música tradicional escocesa gestadas en los Estados Unidos, de títulos "Skyedance" y "The Road North". El grupo Skyedance (retomando el título del primero de aquellos álbumes) les juntó posteriormente con otros destacados instrumentistas celtas con los que llevaban años colaborando, pero Machlis tenía desde hacía años interesantes ideas propias con las que elaboró varios trabajos a tener en cuenta, en especial el primero de ellos, "The magic horse", publicado por Invincible Records en 1992, un acertado álbum con gran energía y emoción en toda su duración, que intenta ser fiel a la consigna de su autor: "Cada álbum es un viaje".

Paul Machlis se muestra en su carrera y en esta obra como un teclista delicado cuya paleta, dominada por tonalidades vivas y alegres, recalca un rítmico estilo paisajístico de temática celta, a pesar de su origen estadounidense, si bien hay que tener en cuenta que su madre provenía de Escocia (y su padre del Este de Europa), así que en su California natal interpretaba ya esta música tradicional antes de conocer a Alasdair Fraser. Importantes colaboraciones dejan especial huella en este álbum en forma de solos de violín del propio Fraser o marcadas líneas de bajo del siempre eficaz Michael Manring, pero es lógicamente el piano el que impera en la obra, con el whistle ("The Magic Horse"), junto al típicamente celta bodhran en melodías galopantes ("Pogonic") -ambos, whistle y bodhran, interpretados por Chris Caswell-, con someras influencias búlgaras basadas en la presencia de un instrumento de cuerda como la gadulka ("Subor") o en solitario ("Goldenwood", "Homecoming"). "The Magic Horse" es una composición de cabalgante elegancia, muy del estilo de su autor, para comenzar el álbum. El teclado de Machlis suena de manera característica, rampante, muy vivo. La percusión y el whistle contribuyen a hacer una pieza alegre y despierta, que da paso al primero de los dos solos de piano del disco y primer gran tema del mismo, abierto, precioso, una delicia totalmente embargante de titulo "Goldenwood", inspirado en una comunidad tejana de personas que viven reunidas en contacto con la naturaleza (una naturalidad que se refleja en la música). El segundo de los solos llegará más adelante, el sencillo "Homecoming", más tranquilo y personal. Acto seguido, la presencia del violín de Alasdair (el piano es así mismo sensacional) logra que otra pequeña maravilla pueda ser escuchada con emoción: "Alasdair John Cameron Graham" es una descomunal muestra de alegría desbordada, una pieza radiante, con algo de melancolía, en la que dos amigos demuestran su conjunción, ya que piano y violín despliegan una pequeña obra maestra compuesta, como todo el trabajo, por un Machlis majestuoso. El segundo gran tema del disco es "Patshiva" -'celebración' en el dialecto gitano-, monumental demostración de esencia folclórica, con aromas del este de Europa en su épica melodía y un gran despliegue instrumental donde destaca, mas allá de teclados y percusión (y sin la necesidad del violín), el característico bajo sin trastes del gran Michael Manring, que también destaca en la pastoril "Maritsa", álgida composición a la que alimenta con sus notas graves. Antes que ellas, de nuevo el violín escocés en "Allangrange", donde se respiran a la vez alegría y melancolía, en un más que sugerente baile imaginario, y es que la segunda de las apariciones de Alasdair en el trabajo posee una hermosísima aura de antigüedad. La magia celta del conjunto de los temas se ve reforzada por una conjunción de cuidada composición, impecable interpretación y aportación búlgara (la gadulka, un violín con cuerdas de guitarra como el sitar, que toca Marcus Moskoff) o árabe (por medio de un tambor de copa del medio Oriente denominado darbuka, o otro denominado deff, ambos interpretados por Vince Delgado), para completar un mundo particular, el del caballo mágico, un espacio de poco más de cuarenta minutos (la mayoría de los cortes son de escasa -o más bien precisa- duración) donde las leyendas se hacen música y los sueños se confunden con la realidad. Es importante hacer hincapié en la historia del toque búlgaro en el disco: la esposa de Machlis, estadounidense, se enamoró completamente de la música búlgara y de la gaida (una gaita típica de los Balcanes, especialmente de Bulgaria y Macedonia), así que se fue dos años a vivir allí, regalando a Paul una nueva inspiración, que se hace notar especialmente en un tramo final del álbum movido por esos terrenos folclóricos, con temas como "Sianka" o "Subor".

Mientras en la portada de "The Magic Horse" contemplamos precisamente ese misterioso 'caballo mágico' junto a Paul Machlis (sin poder decir exactamente cual de los dos es el protagonista principal del trabajo), en la contraportada se puede leer un acertado comentario del disco como de una feliz y exquisita celebración de música tradicional (folk celta y balcánico) y contemporánea. Sin duda, "The Magic Horse" -así como todo lo que tocan las hábiles manos de Machlis y Fraser- es un disco recogido, para escuchar con buena compañía al crepitar de una hoguera, un pequeño regocijo que sin embargo, y sin razones para entenderlo, no levantó una gran espectación, siendo escasamente recordado para su enorme calidad. Una lástima, ya que estamos ante un trabajo que aparte de grandes interpretaciones y composiciones muy acertadas, tiene alma, algo que se echa en falta en muchas de las propuestas actuales para piano.

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21.4.09

JEAN MICHEL JARRE:
"Rendez-Vous"

Tras su impresionante entrada en el mundillo musical en los setenta, el teclista Jean Michel Jarre daba muestras de una intensa inquietud durante la primera mitad de la década siguiente, con puntos culminantes como el interesante "Magnetic Fields" en 1981, la sorprendente gira por China ese mismo año, la subasta de la única copia de un disco mítico titulado "Music for Supermarkets" en 1983 y la publicación de un estupendo experimento con voces del mundo sampleadas en 1984 bajo el nombre de "Zoolook". Se cumplían ya diez años de "Oxygène" pero el francés no perdía comba en el negocio de la música electrónica, encontrándose de hecho en uno de sus momentos de mayor popularidad. Tanto fue así que la NASA le encargó un enorme show para celebrar sus 25 años de historia, así como el 150 aniversario de la ciudad de Houston, sede de dicha agencia. En enero de 1986, la tragedia del transbordador espacial Challenger supuso una gran rémora para dicho concierto, en el que Jean Michel Jarre pretendía presentar su nuevo trabajo; la desdicha fue incluso mayor para él, teniendo en cuenta que uno de los astronautas que viajaban en el transbordador, Ronald McNair, iba a participar en el evento desde el espacio, interpretando una pieza con su saxofón. Aunque al final el proyecto siguió adelante, el nuevo trabajo de Jean Michel Jarre iba a contar con una bonita dedicatoria hacia ese astronauta de color.

Jarre propuso en este disco un contexto más espacial, que va a conllevar momentos de celebración, de alegría, pero también de tristeza y sentido homenaje. "Rendez-Vous" ('cita' en francés) fue publicado por Disques Dreyfus en 1986, una vez más con un espléndido diseño de portada de Michel Granger. De nuevo la idea del álbum (y con la excepción de su anterior trabajo, "Zoolook") es la de presentar una temática que evoluciona a lo largo del mismo sin presentar bruscos cortes en su desarrollo y bajo títulos simplemente numerados (aunque en este caso ordinalmente) que comienzan con "First Rendez-Vous". Este inicio es, como suele ser habitual en la primera época de la obra de Jarre, evocativo, incluso sobrecogedor, en forma de pequeño crescendo atmosférico que nos conduce al gran leitmotiv del disco, otra de esas soberbias demostraciones tecnológicas de Jarre, melodía pegadiza usada en radios y publicidad de la época que, con el título de "Second Rendez-Vous", nos atrapa en una corriente que aparece y desaparece a lo largo de cuatro partes con breves interludios en los que se desarrollan otras pequeñas melodías, retomando siempre la principal (una de esas 'melodías secundarias' será interpretada en directo con la famosa arpa láser, haces de luz que suenan cuando Jarre pasa la mano por ellos, en un efecto visual futurista y enormemente atractivo). La 'tercera cita' es más intimista, pero enseguida vuelve el Jarre de melodía pegadiza en unas de sus composiciones más famosas de siempre, "Fourth Rendez-Vous", que admiró medio mundo gracias a un espectacular teclado semicircular que fue utilizado por primera vez en el concierto de Houston, en el que se iluminaban las teclas al ser pulsadas. El francés parece retomar por momentos sus típicas ambientaciones circenses en una juguetona 'quinta cita' que se divide en tres partes, más seria y disfrutable la primera, algo deslabazada y fuera de lugar la segunda, y extraña y aparentemente desfasada la tercera, una sucesión de secuencias en un ritmo frenético sin un sentido claro aunque verdaderamente sugestivo. Aunque la 'cara B' del disco no mantenga el nivel de atracción y posiblemente de calidad de su primera parte (a pesar de esa gran 'cuarta cita'), vale la pena mantener la escucha para detenerse en la 'cita final', un emotivo "Last Rendez-Vous" -subtitulado "Ron's Piece"- dominado por ese triste saxofón que en Houston iba a interpretar Ron McNair y que al final tuvo que ser reemplazado por Kurk Whalum, que actuó desde lo alto de un rascacielos. Así como muchos años antes Jarre había contribuído enormemente a acercar la electrónica a la música de consumo general, logrando de hecho un increíble éxito, ese acercamiento era incluso mucho mayor al compartir con toda una ciudad la experiencia de sus macroespectáculos, enormes performances de sonido, luz e imagen que hicieron de ciudades como Paris en 1979 o Houston y Lyon este año 1986 mundos de ensoñación y fantasía durante varias horas.

Este trabajo no estuvo exento de una cierta polémica, al contener bastantes composiciones pre-existentes, tanto en esa 'única copia' de "Music for Supermarkets" (una parte de "Fifth Rendez-Vous") como discos de otro artista para el que Jarre compuso en los setenta, Gerard Lenorman ("Second Rendez-Vous", "Third Rendez-Vous"), si bien se presentaba una extraña dicotomía por la calidad de algunas de esas canciones, merecedoras sin duda de este rescate. "Rendez-Vous" no es el mejor disco de Jean Michel Jarre, posiblemente no sea tan rompedor como "Oxygène", tan completo como "Equinoxe" o tan original -incluso descarado- como "Zoolook", pero los fans del de Lyon se encontraban aquí con otra eficaz muestra de las posibilidades del estudio de grabación, emocionante por los sucesos acontecidos, y más humanizada (tanto por ese toque emotivo que incluye el latido de corazón de Ron McNair como por la presencia de coros infantiles o un instrumento extraño en la música electrónica como el saxofón) que sus predecesoras.

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10.4.09

PHILIP GLASS: "The photographer"


Gracias a determinadas obras musicales podemos conocer anécdotas, curiosidades o hechos destacados de la historia. En concreto, la obra de Philip Glass "The photographer" se centra en un personaje poco conocido como Eadweard Muybridge, y concretamente en un hecho luctuoso de su existencia. Muybridge fue un fotógrafo británico que desarrolló una inventiva carrera en los Estados Unidos hasta el punto de considerarse precursor del cinematógrafo, por sus experimentos con el movimiento de los seres vivos, que llegó a reproducir en sus famosas series de fotografías. La portada de este trabajo de Philip Glass presenta una de estas series, perteneciente al proyecto "El caballo en movimiento": el experimento derivó de un enfrentamiento entre importantes magnatarios californianos, unos de los cuales defendían que en su galope, el caballo siempre apoyaba alguno de sus cascos en el suelo; Muybridge demostró con sus fotografías al caballo Occident que los que opinaban lo contrario estaban bien encaminados. La trama de esta obra viene completada sin embargo por otra circunstancia más pasional de la vida de Eadweard Muybridge, concretamente la infidelidad de su esposa, Flora, con el Coronel Larkyns. Tras encontrar ciertas cartas dirigidas por éste a su amante, Muybridge se presentó ante Larkyns donde estaba destinado y se dirigió a él con las palabras: "Buenas noches, Major, mi nombre es Muybridge y aquí está la respuesta a la carta que usted envió a mi esposa"; seguidamente mató a Larkyns de un disparo. La obra aquí reseñada de Philip Glass se inspira por igual en las técnicas fotográficas de Eadweard Muybridge como en este suceso y el consecuente juicio celebrado en San Francisco, del que acabó siendo absuelto.

Era necesaria esta interesante introducción, al tratarse "The photographer" de una obra no sólo musical sino además de teatro y danza, concebida por Philip Glass y el director holandés Rob Malasch, que fue representada por primera vez en el Royale Palace de Amsterdam en mayo de 1982, editándose en 1983 por parte de la compañía CBS en una versión recortada casi a la mitad respecto a lo representado en los escenarios. Candy Jernigan, esposa de Glass por aquel entonces, fue la encargada de diseñar la portada del álbum, basándose en los conocidos fotogramas del caballo en movimiento. Este drama musical consta de tres actos perfectamente diferenciados: el "Acto I" es una representación teatral sobre el adulterio y posterior asesinato y juicio, consistente según el propio Glass en tres piezas de música incidental, que en el disco vienen representadas únicamente por la interesantísima composición vocal "A gentleman's honor", una bella canción (su duración es muy adecuada a la radiodifusión, además) donde cuerdas y vientos se unen en un ritmo contínuo que otorga breves interludios para lucimiento de un sereno piano, y cuya letra representa parte de la transcripción del propio juicio. Esta pieza, que contó con su propio single y maxi-single (y una versión primeriza de título "Circles"), ha sido incluida en numerosos recopilatorios, no sólo de Philip Glass sino de todo tipo de músicas, especialmente en los años de fiebre de la 'new age', como la popular compilación española "Música sin fronteras". Un poco más adelante, el tercer corte del disco no es sino una versión instrumental de "A gentleman's honor". Mientras tanto, el "Acto II" se trata de una larga demostración de las cualidades de la música repetitiva del mejor Philip Glass, de características marcadamente hipnóticas, con el papel protagonista del violín del afamado violinista clásico americano Paul Zukofsky, que ya interpretara su preciado instrumento en la grabación de CBS de la ópera que dio a conocer a Glass, "Einstein on the beach". Impresiona la cadencia del mismo, así como los acompañamientos, en especial de trompetas, trombones y el coro. Esa música reiterativa casa perfectamente con los motivos fotográficos que también en su repetición recrean en nuestro cerebro un falso movimiento -de personas o del caballo Occident-, y este segundo acto constaba no sólo de la música sino de la proyección de secuencias y diapositivas de la obra de Muybridge en una pantalla al fondo del escenario. El "Acto III" presenta casi veinte minutos de música abstracta de similares intenciones al resto del trabajo, que acompañaba en la representación a una danza final que recuperaba a los personajes del primer acto, concluyendo así una obra apasionante, no sólo por la música ejecutada durante su puesta en escena y felizmente grabada en este disco -no hay que olvidarse de la conducción del siempre eficaz Michael Riesman-, sino además por permitirnos conocer una parte fundamental de la historia de la fotografía y el cinematógrafo, así como morbosos pero también importantes hechos adyacentes. Glass se encontraba en un momento de forma, compositivamente hablando, espectacular. Venía de publicar su exitoso "Glassworks", que le valió el reconocimiento crítico y popular, y las ventas sorpresivas de numerosos ejemplares, y ya había comenzado su flirteo con el cine por medio de la sorprendente "Koyaanisqatsi", así que "The photographer" no es sino la plasmación de la confianza y un capacitado exceso de maravilloso vanguardismo. 

Tal era el interés hacia la figura de Philip Glass y este tipo de música, que incluso "A gentleman's honor" tuvo su propio video-clip oficial (que utilizaba la versión instrumental de la composición, menos dramática que la vocal), representando en el mismo una versión actualizada en el tiempo de este drama, que profundizaba en el hecho de la infidelidad, el asesinato y el juicio, si bien presentaba también algunas de las más famosas animaciones de Muybridge, un fotógrafo adelantado a su tiempo. También Philip Glass se presentaba en esta época como un músico adelantado y atrevido, un artista influyente que en este trabajo dedicado a la interesante y practicamente desconocida figura de Eadweard Muybridge, se reivindicaba como arquitecto de otra realidad sonora, distinta, extraña, pero ante todo propia y auténtica, de características miméticas, una tela de pegajosa urdimbre que no deja indiferente, o se odia profundamente o se ama sin remedio.

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