22.2.07

TOMÁS SAN MIGUEL:
"Lezao"

Dentro de la gran variedad de instrumentos y útiles de percusión que nos podemos encontrar en la península ibérica, la txalaparta es uno de los más primitivos y místicos. De apariencia tosca y rudimentaria, consta de una serie de tablones de roble que se percuten con unas mazas, también de madera, denominadas maquilas, y que se toca entre dos personas, lo que hace de él un instrumento muy visual. El sonido ancestral que surge de sus entrañas pasó de ser reducto de las vascongadas a que, gracias al vitoriano Tomás San Miguel, trascendiera no sólo al resto de España sino practicamente a todo el planeta. El vehículo de esa expansión fue un espectacular disco titulado "Lezao", publicado en 1994 por el sello Nuevos Medios, discográfica que desapareció tras la muerte de su fundador, Mario Pacheco, tras cerca de 30 años luchando por la música española, especialmente por el mundo del joven flamenco.

Pianista y acordeonista de gran calidad, Tomás San Miguel siempre ha apostado por la integración de elementos ancestrales en las músicas actuales. Impactado por la rotundidad de este instrumento y por la leyenda que dice que los soldados romanos, al entrar por los valles de Euskadi, oían poderosos sonidos de madera que espantaban a sus caballos, quiso dedicar a la txalaparta su nueva fusión, dejando momentaneamente de lado sus proyectos más jazzísticos con el saxofonista Jorge Pardo. El resultado se convirtió de inmediato en uno de los discos españoles de folclore y nuevas músicas más impactantes y reconocidos en la década de los 90, tanto por su calidad intrínseca como por lo que supone para la música tradicional, en este caso la de Euskadi, ya que no sólo la txalaparta (interpretada en el disco por el grupo Gerla Beti) sino instrumentos de viento como el txistu o la alboka nos reciben en su obertura ("Obertura de Lezao"), anticipando el carácter ancestral de la obra y remontándonos a tiempos antiguos de trabajo artesanal: "Es el despertar de la madre Tierra, la naturaleza y sus elementos, agua, tierra, aire y fuego, que emergen a través de los sonidos de la música". El segundo corte va mucho más allá, "Síntomas" es un lujo para el oído, un ritmo acompasado mecido por la madera ("música de ritmo magnético, envuelta en una atmósfera de humo de chimenea en el paisaje de los últimos días del otoño") y adornado por las 'voces gregorianas' del Coro Samaniego (40 personas bajo la dirección de Aitor Saez de Cortázar) y por el grandioso saxo de Javier Paxariño, que acompaña toda la obra con sus flautas, saxos y demás instrumentos de viento, ofreciendo un auténtico recital y complementando a la perfección los teclados y acordeones de Tomás. Otro ilustre como Kepa Junkera hace también su aparición a la trikitixa y pandereta, en esta sucesión de temas compuestos por Tomás San Miguel. Danzas casi hipnóticas ("Aleación en danza", "Pléyades"), música festiva que nos acerca a campos y caseríos ("No tienes elección", "Maurizia" -sobre la que nos cuenta: "hay muchos músicos vascos que son labradores, gente de la tierra; para ellos, la música es una forma de expresar el calor y la alegría de sus seres. Maurizia, que ya se nos fué, nos dejó su memoria que alegra nuestras penas, con su voz, su pandereta y las canciones"-) y recuerdos camuflados en canciones ("El bertzolari", inspirado en una melodía tradicional, o ese gran momento íntimo que parece suponer "El nacimiento de Maritxu") se suceden en este pequeño universo de sensaciones de la tradición vasca, del que hay que destacar una melodía tradicional cuya armonía, nos dice, convoca a la entrega y seducción a la mujer: "Devociones", una de esas canciones casi perfectas que perviven en la memoria y son capaces de aletargar nuestros sentidos; en ella están presentes los elementos más decisivos del éxito de este disco, el piano de Tomás San Miguel, el penetrante saxo de Javier Paxariño, la txalaparta de Gerla Beti, las voces de corte tradicional (en este caso de Víctor de la Torre y Fernando Idíaquez) y una estética tan actual que sorprende por la paradoja (eterna en las Nuevas Músicas) de que algo tan antiguo pueda sonar tan moderno y decididamente atractivo. 

Con "Lezao" Tomás san Miguel inauguró una trilogía que tuvo continuación en "Ten" y "Dan txa". La asimilación de sus raíces (aunque tardía, ya que fue con 30 años cumplidos cuando descubrió la txalaparta en el caserío de Lezao) dió lugar a este lenguaje musical tan auténtico y mágico, tanto que el sello Narada se fijó en él y distribuyó "Lezao" en Estados Unidos con portada distinta y gran éxito de crítica. Este músico casi anónimo, autor entre otras sintonías de las de Radio Nacional de España y creador de pequeñas maravillas como "Vida en catedrales" (con Jorge Pardo), tuvo su gran momento merced a un instrumento tan primitivo como auténtico, ese mismo que hace varias décadas recuperaran del olvido unos ancianos en una sidrería de Guipúzcoa y que, en su evolución, también fuera reverenciado por Joxan Goikoetxea y Juan Mari Beltrán en su disco de 1993 "Egurraren orpotik dator...", cuya sugerente traducción es "Desde las entrañas de la madera...". Tomás seguirá buscando y evolucionando en su trabajo, pero aquella obra titulada "Lezao" fue más que un acercamiento a su cultura, fue una auténtica fusión con su propia esencia.



10.2.07

DULCE PONTES:
"Lágrimas"

Desde que viera la luz "Os dias da Madredeus" en 1988, una nueva corriente de modernidad se instauró en determinados movimientos musicales portugueses, si bien con un respeto adecuado a la hermosa tradición de este país ibérico. Los propios Madredeus fueron la avanzadilla de esta pequeña revolución, de la que Sétima Legião, Rodrigo Leão (que había dado el salto de Sétima Legião a Madredeus, y que decidió investigar en solitario a partir de entonces con un tremendo acierto), Julio Pereira, V Imperio o Amélia Muge fueron nombres destacados. Y, por supuesto, no nos podemos olvidar de una joven, nacida en Montijo -muy cerca de Lisboa- en 1969, que quiso demostrar que era algo más que una sencilla fadista, y que había alcanzado el octavo lugar representando a Portugal en el festival de Eurovision de 1991, y el quinto en el festival de la OTI de ese mismo año. Dulce Pontes era el nombre de esta completa vocalista, que también había estudiado danza contemporánea y piano en el Conservatorio de Lisboa.

Un año después de aquellos festivales de la canción, Dulce Pontes publicó un primer disco en plan cantante melódica, de corte pop, desaprovechando en cierto modo sus extraordinarias dotes vocales. "Lusitania" era su título, y contenía aquella canción de Eurovision, "Lusitana paixão". Fue en 1993 cuando PE en un principio y Movieplay Portuguesa después, publicaron "Lágrimas", una afortunada revisión de un puñado de temas tradicionales y de grandes artistas portugueses como José Afonso y Amalia Rodrigues entre otros. El resultado es un impoluto estudio de la cultura musical portuguesa del siglo XX, remarcado además por una excelente producción de Guilherme Inês (que además interpreta teclados y viola) y por supuesto la fantástica voz de Dulce ('dulcísima', sin duda), que se alza por encima de la cuidada instrumentación, en la que destaca la sempiterna guitarra portuguesa (a cargo de Paulo Jorge), las violas y la participación de la Orquesta Sinfónica de Lisboa. Dulce explica en el libreto que el trabajo fue tomando forma durante un año de gestación, con el interés de redescubrir sus raíces musicales y contribuir a su perduración, un interés que cumplió con creces esta joven luchadora que, lejos de estar atrapada en el universo fadista, adorna esa tradición lusitana con influencias mediterráneas, africanas (no en vano Afonso estuvo muy relacionado con Africa) o árabes, consiguiendo universalizar su sonido y hacerlo asequible a casi todo tipo de situaciones. Fundamental fue su encuentro con Guillerme Inês, excepcional productor con el que ya había coincido en la época de musicales y trabajos en televisión, sobre el que la cantante contaba: "Los dos sintonizamos muy bien, tenemos gustos parecidos y, además, él tiene mucha paciencia. También participó María Joáo Castanheira. Fue una labor de equipo". El repertorio de "Lágrimas", si bien dominado por ese mítico cantante y activista que fue José Afonso, hurga también en la música popular y en otros músicos bastante desconocidos para nosotros. La excepción podría ser Amália Rodrigues, la célebre fadista fallecida en 1999 que, como Dulce (lo que le ha valido a ésta el título de sucesora), fue conocida y reconocida también más allá de las fronteras de su país. De su repertorio son dos de las canciones más emocionantes del disco, en especial por la interpretación, magistral y en vivo (en el estudio): "Estranha forma de vida" y la excepcional y triste "Lágrima", indispensable joya de las músicas del mundo de todos los tiempos. De Afonso nos encontramos con cinco temas, de los que cabría destacar "Que amor não me engana" y "Se voaras mais ao perto", pero no hay que olvidar "Os indios da meia paria", que cierra el disco con alegría, y su incursión en el terreno popular portugués y gallego ("As sete mulheres do minho" y "Achégate a mim Maruxa"). La popular "Laurindinha" y otros compositores portugueses (Frederico De Freitas, Júlio Dantas, Linhares Barbosa) completan el disco de forma más que gratificante ("Povo que lavas no rio", "Novo fado da severa", "Zanguei-me com o meu amor"), pero antes de culminar no hay que dejar de detenerse en la canción estrella del trabajo (al menos por su radiodifusión y repercusión, si bien también por su belleza y calidad), una composición de Federico de Brito y Ferrer Trindade titulada "Canção do mar" que muchos sabrían tararear por su extraordinaria facilidad de enganche (ha sido incluida en películas y versionada por numerosas cantantes), y que abrió el camino del éxito internacional a Dulce Pontes, un éxito más que merecido que ha refrendado con sus siguientes entregas, lo que además de nuestra admiración le ha valido un respeto, un nombre y una sucesión de premios y de colaboraciones, entre las que destaca la de Ennio Morricone. De hecho fue este compositor italiano el que posibilitó un nuevo éxito de la Pontes, una canción titulada "A brisa do coraçao" (incluida en la película 'Sostiene Pereira'), que tituló su siguiente trabajo en 1995, un disco doble grabado en directo en Oporto, con un repertorio basado principalmente en "Lágrimas", y que incluía tanto en directo como en la versión de estudio, esa fabulosa canción, "A brisa do coração".

Dulce contemplaba la danza como una profesión, pero mientras estudiaba esta disciplina, dice, "respondí a un anuncio del periódico en el que se solicitaban jóvenes cantantes sin saber muy bien de qué se trataba. Resulta que buscaban a alguien para sustituir a la cantante de una comedia musical y al final me eligieron a mí. En ocho días mí vida cambió de golpe". Tal vez el mundo perdiera de esta manera una nueva figura de la danza clásica o contemporánea, pero la música ganó sin duda una diva reconocida y carismática, así como canciones tan emblemáticas como "Lágrima", "A brisa do coração" o esa "Canção do mar" (subtitulada internacionalmente como 'Song of the sea') que Dulce Pontes escuchó a los 7 años en la voz del brasileño Agostinho dos Santos, sintiendo un profundo impacto y un cariño que, afirma, continúa embriagándola cada vez que la interpreta. En el libreto de "Lágrimas" Dulce Pontes desea a todos los oyentes que la audición de este disco les produzca tanto placer como el que a ella misma le había producido grabarlo, pero sin duda es más clarificador un apartado titulado 'La familia', toda una declaración de intenciones en la que nombra como padre a Zeca Afonso, madre a Amália Rodrigues, abuelo al folclore portugués y primos al folclore búlgaro y la música árabe.









3.2.07

NIGHTNOISE:
"The Parting Tide"

Bien avanzado el siglo XXI la música celta ha encontrado acomodo fácil entre muchos otros estilos musicales, demostrando que en la fusión no sólo está el futuro de la música sino también el presente. Sin embargo han pasado varias décadas desde que un pequeño grupo de amigos revolucionó esa forma de ver la tradición de su Irlanda natal. No fueron los primeros, pero el estilo del supergrupo Relativity, que conformaron los hermanos irlandeses O'Dohmnaill -Mícheál y Tríona- y los hermanos escoceses Cunningham -Phil y Johnny-, consiguió más con dos discos que muchos otros en una larga carrera. Relativity vino al mundo poco después de que Mícheál O'Domhnaill decidiera abrir el abanico de sus intereses musicales y grabar el excepcional álbum "Nightnoise" junto al violinista estadounidense Billy Oskay, para Windham Hill. El siguiente paso en esta historia, fue la definitiva adquisición de Nightnoise como nombre del grupo con el que O'Domhnaill y Oskay iban a continuar complaciendo al cada vez más numeroso público que demandaba sones celtas en la conocida, gracias a la revista Billboard principalmente, como música new age. La evidente necesidad de contar con otros músicos para enriquecer su propuesta, así como para presentarla en directo, hizo que Tríona Ni Domhnaill (hermana de Mícheál, con el que había tocado desde siempre) y el flautista (también irlandés) Brian Dunning se unieran al grupo para originar el maravilloso "Something of Time", al que siguió "At the End of the Evening", que si bien presentaba varios clásicos de la banda ("At the Races", "Hugh"), tal vez le faltaba el punto de inspiración que la añoranza de la patria le otorgará a su siguiente plástico, "The Parting Tide".

Después del boom de la música irlandesa en Europa en los 70, el cambio de década supuso un grave declive en la situación de muchos profesionales de la misma, tanto que algunos de ellos cogieron los bártulos y se trasladaron allá donde la cíclica situación hiciera que reinara la prosperidad y las giras fueran populosas por unos u otros motivos. En este caso el viaje iba a ser muy largo, hasta los Estados Unidos, Mícheál O’Dohmnaill radicó en Portland (Oregon), y durante una de esas giras conoció a Oskay y decidieron fusionar estas dos maneras de ver la música e incluso la vida (la tradición irlandesa de Mícheál y la educación jazzística de Billy). Los otros dos emigrantes que se unieron, Tríona y Brian, acabaron de lograr una formación equilibrada, virtuosa y simpática, que fue la que grabó en 1990 este trabajo de esencia navideña titulado "The Parting Tide", que fue publicado de nuevo por el emblemático sello (americano, por supuesto) Windham Hill. La nueva década iba a devolver el interés por lo celta al viejo continente, pero mientras tanto los miembros de Nightnoise continuaban en Oregon, y en este imprescindible álbum es donde aflora decididamente la añoranza de sus raíces. El estilo difícilmente definible del conjunto engloba una evidente tradición celta con jazz, folk norteamericano y un toque peculiar como de música de cámara ("una suma de elementos" -decían los miembros del grupo-, "música de cámara con inclinaciones jazzísticas y sabor irlandés" -aportaba Billy-, "Nightnoise suena a Nightnoise" -matizaba Mícheál-). En "The Parting Tide" se saborea de verdad ese sonido, cada tonada se disfruta de una manera imperturbable en su cúmulo acústico, y la electrónica imprime el toque justo, el pequeño detalle que engrandece el conjunto. El comienzo, "Bleu", es una invitación al desasosiego a través de una melodía dulce y agradable ("un blues con acento francés"), compuesta por Brian Dunning, que decía sobre las variaciones estilísticas del conjunto, que Nightnoise era el territorio común donde confluían lo clásico, lo tradicional y el jazz, pero que no podían ser una banda de alguno de esos estilos en exclusiva. La aportación del flautista en el disco es doble, y es en "The Kid in the Cot", con su apariencia impresionista, donde se deja llevar en una pieza compuesta casi exclusivamente para lucimiento personal y demostración de su dominio de la flauta (dulce, travesera y de pan). En un álbum tan sensacional como éste es difícil elegir canciones destacadas, pero "An Irish Carol" estaría entre ellas, más en su segunda parte, melancólica y magistral en el piano, si bien la parte vocal del villancico es también digna de elogios. Con él emerge Tríona como la gran compositora del trabajo, ya que cinco de las nueve composiciones son suyas: "Jig of Sorts" (que entusiasma con su aire rápido de danza celta), "Through the Castle Garden" (melancólico recordatorio al piano de su origen irlandés, que puede sorprender por su clasicismo) y dos grandísimas demostraciones de la inquietante voz de la fémina del grupo, "Island of Hope and Tears" y "Snow is Lightly Falling". Todas menos esta última aparecen seguidas en el álbum constituyendo una pequeña suite inspirada 'en la larga y ardua lucha de los inmigrantes que cruzaron del viejo al nuevo mundo'. "Snow is Lightly Falling", concretamente, es una gran canción navideña que Tríona escribió durante una gira por Japón: "Estaba sola y lista para ir a casa, para encontrar consuelo me imaginaba estar en medio de un hermoso bosque lleno de nieve, las palabras comenzaron a llegar y al día siguiente le puse a la música". Restan dos temas por mencionar, precisamente de los miembros originales del grupo (desplazados en cierto modo -en especial Oskay- por los que llegaron más tarde), "The Tryst", rítmica composición, acomodada al sentimiento irlandés de la obra por parte de un Billy Oskay que además mezcló el disco en el estudio Nightnoise de Portland, y "The Abbot", pieza entre celta y medieval de Mícheál (en este trabajo desciende notablemente su aportación, en beneficio de su hermana), que además de la guitarra se encarga de tocar algunas flautas (whistles), teclados, voces de fondo y producir el álbum.

En esta célebre época, Oskay se había embarcado en varios proyectos de sesión y de producción en su estudio privado, que acabó trasladando, reformando e incluso cambiando de nombre, de tal forma que Big Red Studio acabó siendo su nueva y glamourosa oferta en Corbett, Oregón. El sonido de Nightnoise había ido cambiando sutilmente con el paso de los discos hasta que Billy decidió dejar paso en su instrumento, el violín, al hoy desaparecido Johnny Cunningham. Sin embargo, Oskay -que nunca hay que olvidar como miembro fundador de Nightnoise- otorgó ese reflejo norteamericano tan necesario en "The Parting Tide", al que muchos tienen como el mejor trabajo de Nightnoise, la atmósfera concentrada en el mismo reunía todos los condicionantes para que el resultado fuera único, magistral, una de las muestras más deliciosas de una banda sencillamente irrepetible, un grupo que, desde la distancia, supo crear su propio sonido para el enriquecimiento de la cultura celta.

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25.1.07

DEUTER:
"Henon"

Aunque el mundo de los fractales sea extremadamente complejo para la mayoría de la gente, afortunadamente la música de George Deuter no lo es en absoluto. Michel Hénon era un matemático y astrónomo francés que estudió los fractales a través de investigaciones en las órbitas de objetos astronómicos, y que en 1976 presentó una versión simplificada del sistema de Lorenz, eso es lo único que se debe comentar acerca del título (y de la portada, bastante discreta por no decir deslucida) de este trabajo de Deuter, baluarte alemán de la música New Age, influenciado enormemente desde su juventud por el carácter meditativo de la cultura de la India (donde formó parte activa durante varios años de la comunidad espiritual del místico Osho), que es capaz de hurgar con sus relajantes melodías en nuestras almas. Y es que la música de Deuter, como las de otros ilustres de esta corriente espiritual de las Nuevas Músicas como Bill Douglas, Raphael, Stephan Micus o Patrick Bernhardt entre otros, pretende circular por una línea imaginaria que llega del oído directamente a un punto donde se ubica nuestra paz interior. Y cuidado, muchas veces lo consigue.
 
Ubicado en Santa Fe (Nuevo Mexico) tras un periplo que le llevó de Alemania a la India, y de ahí a Francia para recalar finalmente en los Estados Unidos, Georg Deuter publicó "Henon" en 1992 con el sello alemán que al que había sido fiel hasta la fecha, Kuckuck. El sendero musical por el que en él nos conduce es abierto y luminoso, se respira una tranquilidad casi terapéutica en la mayoría de sus melodías, once composiciones que conforman uno de los mejores trabajos del artista teutón. Flautas dulces y eufónicas, percusiones muy naturales, notas de guitarra pausadas y elongadas en un estilo característico, teclados sedantes... todo ello conduce inevitablemente al bienestar y la relajación, pero con la calidad en la composición y ejecución que posee este amante de la naturaleza y los animales. Tras "Nada", el suave y meditativo comienzo de flauta y teclados donde parecen convivir lo moderno y lo más tradicional, suena una gran composición de título "Sha", donde lo que parece un sitar distorsionado aporta la melodía en un ambiente rítmico muy interesante en el que la flauta va a acabar tomando todo el protagonismo. La conexión con la naturaleza se evidencia, además de en la paz que transmiten estas tonadas, en lo que se pueden parecer a cantos de pájaros, "Basho" se sustenta en ellos al principio, para acabar evolucionando en un juego más completo y movido con ciertos aires orientales, en especial en su tramo final, dominado por una juguetona melodía. Es entonces cuando Deuter pasa a apabullar con "Ari", el que es posiblemente el mejor tema del disco, una demostración del genio de este músico ante cualquier situación, ya que aquí son unos afortunados teclados los que nos emocionan, proponiendo una gozosa ambientalidad llena de estímulos, y logrando una de las joyas ocultas de la New Age. La melodía se va creando durante toda la duración de la pieza en un clímax contínuo de luminosa belleza, dificilmente igualable. "Fjaril" es un corte muy estimulante por sus extraños arreglos de guitarra, mientras que nuevos y gloriosos teclados celestiales ("Gentle Darkness") nos llevan hasta "Terra Linda", otra pequeña celebración de la vida y la naturaleza con la ayuda de sonidos pregrabados, teclados, percusión, cuerdas y especialmente vientos, esas soberanas flautas que en "Indian Girl" encuentran una bonita inspiración en los indios norteamericanos, tras haber viajado a través de influencias orientales ("Basho") y detenerse lejanamente en sudamérica en el cierre del disco de título "Chichen Itza".
 
Deuter es un ciudadano del mundo, un artista que ha querido fundir Oriente y Occidente no sólo musical sino también espiritualmente. Además su mente no está anclada únicamente en la tradición sino que acepta de buen grado la tecnología y los nuevos retos del siglo XXI, pues sus composiciones pueden estar inspiradas tanto por el bosque petrificado como por los fractales. Por su música parece fluir la alegría de la vida, para llevarnos "a ese lugar hermoso dentro de cada oyente, donde puede experimentar el calor, el amor, la compasión, la suavidad". "Henon" fue su último disco para Kuckuck, siendo New Earth Records su nueva ubicación discográfica. Con este estupendo trabajo Deuter demostró no sólo que con el paso de los años y los discos no había perdido la inspiración sino que, en este momento de cambios, se mantenía como uno de los grandes referentes de la New Age, una música que por entonces caminaba segura hacia el nuevo siglo.



20.1.07

MARCELO TORRES:
"Edad luz"

Marcelo Torres es otro de esos artistas que, a pesar de no poseer estudios musicales en el instrumento por el que son conocidos, apabullan con el dominio y la técnica que poseen a la hora de tocar, en este caso, el bajo (Marcelo sí que pasó por el conservatorio pero para estudiar piano y composición). Técnico e imaginativo, este argentino que toca el bajo con índice, medio y pulgar, habla entre sus influencias sobre bajistas como Anthony Jackson, Michael Manring, Carles Benavent, Jaco Pastorius o Stanley Clarke, pero también guitarristas como Steve Vai o Van Halen, de los que posiblemente provenga su interés de tocar en ocasiones su bajo como una guitarra convencional. Colaborador habitual de Lito Vitale (le podemos escuchar en la época del 'Lito Vitale Cuarteto', por ejemplo en el inmortal disco "Ese amigo del alma"), tras años de tocar a la sombra se decidió por fin a publicar su primer y muy esperado trabajo en solitario, de título "Edad luz", en el que Lito le iba a devolver la colaboración.

“No soy músico de jazz, de tango, ni de folclore. Me considero más de rock, porque en este género encontré la manera de desarrollarme. Mis preocupaciones estéticas son las de un músico de rock”, decía Marcelo. Afortunadamente, su concepción de la instrumentalidad se adapta a los estilos antes mencionados y no desdeña suaves planteamientos melódicos con fusión de conceptos e importancia de los vientos. Fue en 1993 cuando "Edad luz" fue publicado en Argentina (por Ciclo 3, el sello de los padres de Lito Vitale) y fue distribuido España (por medio de Sonifolk), con una bonita portada obra del ilustrador argentino Ciruelo Cabral (radicado en Sitges -Barcelona-, Ciruelo ha diseñado la cubierta de varios discos de Marcelo, así como otros de Steve Vai o Pedro Aznar). Este trabajo representaba la visión personal de la música y la vida para Marcelo Torres, que sorprendía por los sonidos que era capaz de presentar con su bajo de seis cuerdas (fabricado exclusivamente para él por el luthier argentino Alejandro Rubio), explorando un original mundo de posibilidades y técnicas. En general, una música muy luminosa y alegre, de esencia sudamericana y cuerpo de jazz, que recordaba profundamente a la de Lito Vitale en muchos de sus momentos. Marcelo demuestra a lo largo de nueve composiciones su capacidad como bajista (usando en ocasiones el bajo a modo de guitarra y experimentando con enormes rasgueos o técnicas como el tapping) pero también como compositor de una obra íntegra, y para conjuntar un grupo de variada instrumentación. De hecho, cada una de las canciones posee su propia convivencia de músicos e instrumentos: Pablo Rodríguez (flauta en uno de los temas), José Luis Colzani (percusión en un tema, batería en otro), Sebastián Peycere (batería en cuatro temas), Mariano Diaz (piano acústico en otros cuatro), y tres ex-componentes del cuarteto de Lito Vitale: el propio Lito (teclados y percusión en "Edad luz" y "A todos los niños" -y voces en la primera de ellas-), Manuel Miranda (que colabora en cinco de los cortes con flauta, saxo soprano, percusiones, aerófonos y piccolo) y, lógicamente, Marcelo Torres, que se muestra como un eficaz multiinstrumentista: bajo de seis cuerdas, percusiones, teclados, guitarra acústica y voces. "Edad luz" (donde Marcelo intenta contar una historia, y en ella se imponen aires sudamericanos, representados especialmente por las flautas), "Formas a través del cristal", "No tan simple" (uno de los cortes donde mejor se aprecia el trabajo del bajista, especialmente en su apertura y su cierre) o "A todos los niños" (con el claro atisbo del estilo Vitale) son sólo ejemplos de la vitalidad de la música contenida en este trabajo, del que es preciso destacar especialmente "Historia de una lucha imaginaria" (que presenta la primera melodía tarareable del álbum, un corte muy completo y agradecido donde cada instrumento, precisamente, 'lucha' por hacerse notar y cada uno tiene un elevado protagonismo en ciertas partes de su desarrollo, la percusión, el teclado, los vientos y un bajo portentoso) y "Danza", que cierra el plástico de manera brillante, un desfile de sensuales cuerdas que se unen a la tenue voz para deslumbrar con una bonita melodía en una obra, en general, muy elaborada y completa.

"No hay manera de escapar la sombra de la sombra. Sólo los Ángeles saben verter la luz en la oscuridad. No hay manera de salir ileso tras todas las verdades del corazón. Este es el mundo de lo imperfecto; nuestras almas sin perfección ante él. No hay suspiros ante la muerte, sino presagios del porvenir. Todo yo es destruido por la mirada dulce de una niña y reconstruido por el suave cantar de un niño. La niña alberga en su seno esperanza, y el niño la acción. Todo es lo que es, pero tal vez pueda ser también poesía". Es parte del texto referido a "Edad luz", un trabajo grabado durante los meses de Diciembre de 1992 y Enero de 1993, y producido por el propio Marcelo. A "Edad luz" le siguió, en 2003, "Constructor de almas", diez años de diferencia entre dos discos que él definía como conceptuales, "en el sentido de que el repertorio responde a una dirección". Posteriormente llegaron "Atomo" (2010) y "Universos en miniatura" (2014) sin ese punto de partida, representando en cada canción "mi universo artístico, creativo y espiritual, llegando un momento en que grabarlas se transformó en una necesidad vital”.

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12.1.07

AZUL Y NEGRO:
"La noche"

Hablar de Azul y Negro es hacerlo esencialmente sobre recuerdos, sobre días de diversión, radio, casettes y vinilos, sobre una música que miraba al futuro y que marcó a una generación. Carlos García Vaso y Joaquín Montoya eran los miembros del dúo, con experiencia en el mundo del pop-rock el primero (sus guitarras sonaron para Tino Casal, Mecano, Antonio Flores...) y más músico de conservatorio el segundo, con el aporte especialmente importante del conocido periodista y locutor de radio Julián Ruiz en la producción, el auténtico 'culpable' del nombre del grupo (se le ocurrió mientras veía un partido del Inter de Milán -cuya camiseta es azul y negra- cuando trabajaba para el diario Marca como crítico de fútbol). Este conjunto se adelantó a su tiempo incorporando algunos adelantos tecnológicos en sus grabaciones (por ejemplo "Suspense" fue el primer CD español en 1984). Los que vivieron de lleno esa época saben perfectamente lo que supusieron, su repercusión popular en España, y su recuerdo está ligado a ciclismo, televisión, radio y música electrónica, la banda sonora de los años 80. Décadas después es necesario rescatar joyas como ésta, y no hay que olvidar que, tras un tiempo de silencio, Azul y Negro siguen editando discos merced al esfuerzo y a la creatividad de Carlos Vaso en solitario, mientras Joaquín Montoya utiliza su propio nombre en sus nuevas creaciones.

Aún con el buen sabor de boca de "La edad de los colores" muy reciente, una irrupción sorpresiva en la España musical de los 80, su segundo plástico, "La noche", es posiblemente su álbum más admirado, un trabajo que sorprende, emociona y consagra a estos dos murcianos, que parecían encontrar el camino hacia un éxito europeo que tan difícil ha sido siempre de alcanzar para las bandas patrias. Cantar en inglés les benefició sin duda, aunque el hit en cuestión, "The night", era casi la única canción del álbum en dicho idioma (sólo "Technovision" la secundaba), y los versos no se prodigaban en demasía. Publicado en 1983 por Mercury, en "La noche" nos podíamos encontrar con un tecno-pop de calidad autóctono, algo casi impensable en ese momento pero que gracias a canciones como "No controlo nada" o la gran sintonía de la Vuelta Ciclista a España 1982, "Me estoy volviendo loco" -su exitazo hizo reeditar el disco, cuya primera edición no lo contenía-, era toda una realidad. La evolución tecnológica de este disco se nota desde la experimentalidad de su introducción, plena de efectos que no por ochenteros dejan de ser hoy atractivos e interesantes. Esta "Intro" deviene en el caballo de batalla del tecno-pop de Azul y Negro y una canción de auténtico diez, "Technovision", con vocoder sobre una base bailable y efectos de sonido y voz impresionantes -coros de Zanna y el malogrado Ollie Halshall-, en especial hacia su final. A continuación entra uno de los temas más recordados del grupo, "Isadora", la demostración más clara de que esta música no es fría -como algunas críticas retrógradas querían hacer notar- sino cálida, sensual y digna de admiración; de hecho, la gracilidad de la bailarina Isadora Duncan está presente en cada uno de sus acordes. Es entonces cuando se pone de manifiesto que Carlos Vaso es más creador de canciones, es decir, tecno-pop con letra sin un mensaje definido pero basado en la actualidad de la época y sus propias vivencias, mientras que Joaquín Montoya es el instrumental puro del grupo. Hay así una división entre canciones propiamente dichas como "Paso a paso", "Secuencias" (una visión de la relación entre hombre y máquina), "Flash" (homenaje al espíritu y moda de los 80) y "Paraíso perdido", todas ellas compuestas mano a mano con Julián Ruiz, y instrumentales tan pegadizos como "Fantasía de piratas" (una auténtica joya que podría haber sido otra enorme sintonía ciclista) o "Fu-man-chu", que con las dosis perfectas de originalidad y producción, van más allá de su supuesta simpleza; ambas sirvieron como sintonía para conocidos espacios televisivos, la primera para la cabecera de deportes de televisión española (es decir, la que veía todo el mundo en esos momentos) y la segunda para el conocido y divertido concurso "En busca del tesoro", en el que Miguel de la Quadra Salcedo se recorría media España en helicóptero. También de Montoya es otro conocidísimo semi-instrumental, "Con los dedos de una mano", la segunda sintonía consecutiva del grupo para la Vuelta Ciclista a España, lo que en esa época era ya de por sí un éxito seguro (no deja de ser interesante comprobar la coincidencia, tal vez por influencia del éxito de una música como la de Azul y Negro asociada a las pedaladas, de que un grupo al que presumiblemente pudieran admirar como Kraftwerk, llegara a componer posteriormente la música para un Tour de Francia, si bien es conocida la pasión de los miembros originales de la banda alemna por el mundo de la bicicleta). La combinación de Vaso y Montoya, y la alternancia de sus planteamientos musicales en cada disco resultaba un éxito definitivo. Para el final, comentar la segunda composición firmada por ambos en conjunto (y por Julián Ruiz, siempre omnipresente) tras "Technovision": se trata del tema que da título al disco, "The night", un auténtico hit injustamente olvidado por las radiofórmulas, que engancha desde el primer segundo basado en un ritmo tremendamente pegadizo y bailable, tanto que se trata de uno de los grandes éxitos 'dance' españoles (bailado en Londres -donde entró en las listas de venta con 25.000 copias vendidas del maxi-, New York y medio mundo) y la canción española que recaudó mayores derechos de autor en el extranjero durante el año 1987, merced a la exportación por vía italiana. Teclados (con Montoya dominando esta faceta) y secuenciadores se unen a percusiones electrónicas, pero hay un lugar muy importante en este sonido para los bajos y guitarras de Carlos Vaso. Este poderoso LP fue compuesto por Carlos y Joaquín en un apartamento de la Manga del Mar Menor, una reunión catártica en la que alcanzaron un nivel que llegó a sorprender a Julián Ruiz cuando escuchó la maqueta por vez primera. Allí se encontró éxitos en potencia no sólo en radios y televisión sino en pubs y discotecas, así como cortes instrumentales que alcanzan un nivel difícilmente superable (es muy complicado decantarse entre "Isadora", "Fantasía de piratas" o "Fu-man-chu").

Ese mismo año 1983 en el que "La noche" alcanzó el puesto número 4 en las listas de ventas en España, se editó una recopilación de los dos álbumes del grupo, remezclando sus mejores temas en formato digital; así era su título, "Digital", donde destacaba "No tengo tiempo (Con los dedos de una mano)", que fue número 1 durante cuatro semanas en las listas de singles. "Digital" superó en una posición a "La noche" (llegó al número 3) e incluía estas otras canciones de este segundo álbum: "The night", "Technovision", "Isadora", "Fantasía de piratas" y "Fu-man-chu". Para el que por su juventud no los conociera, hay que recordar que Azul y Negro es un grupo que quiso adelantarse a su tiempo, conocidos por muchos aún sin saberlo merced a sus innumerables sintonías en radios y televisiones, y por supuesto consagrados por el ciclismo, que otorgó a la banda un éxito inmediato y fulminante. Juntos, Vaso y Montoya -y Julián Ruiz- traspasaron difíciles fronteras, y no por tecnológicos dejaron de aportar un toque humano al conjunto de su obra. Tecnología e ingenio, cómplices en un producto magistral en la España de los 80.







3.1.07

V Império:
"Mar de folhas"

No faltan en el vasto universo musical de la península ibérica, tanto en España como en Portugal, ciertos grupos fantasma, que a pesar de contar con unas evidentes condiciones especiales para crear un tipo de sonido de estilo avanzado y calidad superior, tomando como base el folclore de su país fusionado con el pop y ciertas formas contemporáneas, desaparecen sin dejar rastro en la piel de toro, tras dejar unas pocas huellas que no pueden ni deben borrarse, como prueba de su paso por la industria, por aquel cajón desastre que en ciertos momentos, los del boom de las nuevas músicas, fue un hervidero en el que convivían calidad e ingenio con sopor y aprovechamiento. Entre los primeros, los del ingenio, y concretamente desde Portugal, llegó a nuestros oídos a finales de los años noventa "Mar de folhas", un disco de título nostálgico y de cierta dificultad a la hora de rastrear actualmente algo sobre su origen y condiciones, las de una misteriosa banda llamada V Império. Aquí podéis leer su historia y comprender el porqué de su abrupto final.

"Mar de folhas" es el único trabajo de este conjunto que desapareció pronto del mapa dejando poco rastro, sólo el de este CD editado en 1997 en el sello Movieplay, en cuya portada destacaba el color vivo de las letras del nombre del grupo sobre la foto en blanco y negro de un sendero poblado de hojas en un bosque caducifolio (una reedición del año siguiente cambiaba ligeramente el diseño de esa portada y su fotografía, distinta y en color). V Império (léase 'Quinto Imperio') se denominaban así: "un proyecto que mezcla la música tradicional de raíz portuguesa con música ambiental, minimalismo y pop". El nombre del grupo corresponde, decían, a la hermosa idea de un Portugal romántico: el poeta de Lisboa Fernando Pessoa estaba tan enamorado del idioma y de la cultura portuguesa, hasta el punto de soñar con un imperio espiritual portugués, un 'quinto imperio' (como continuidad histórica de los ejercidos anteriormente por asirios, persas, griegos y romanos) que recuperara la grandeza lusitana de siglos anteriores. De hecho, "Mar de folhas" se presentó en la Casa Fernando Pessoa de Lisboa en mayo de 1997. Tres miembros formaban este recordado conjunto: João Gata (teclados y letrista), Rui Ricardo (teclados y programaciones) e Isis (voz). Sus influencias reconocidas, desde Ryuichi Sakamoto, Michael Nyman, Wim Mertens, Brian Eno o los clásicos (João) hasta Bach, Ultravox, Joy Division y pop más underground (Rui) y Tori Amos o Ella Fitzgerald (Isis). João y Rui habían coincidido, años atrás, en un grupo llamado Amenti, en el que la vocalista era una joven Teresa Salgueiro, posterior voz de Madredeus. En "Mar de folhas" se notaba la mano en la producción de Guilherme Inês, colaborador y productor a su vez de la montijense Dulce Pontes; el álbum se nutría para configurar su sonido de la eficaz colaboración de violines (Aníbal Lima), violas (Alexandra Mendes) y violonchelos (João Murcho), así como del siempre estimulante oboe (Paulo Teixeira), que ponían la nota minimalista sobre las atmósferas típicamente lusas, combinando con soltura elementos acústicos y electrónicos. El sonido así resultante abandonaba el pop más sencillo para gozar de un neoclasicismo que, lejos de resultar pedante, podía llegar a entusiasmar por su belleza plástica y por sus eficaces interpretaciones, no sólo musicales sino también vocales, puesto que Isis demuestra en la obra una extraordinaria valía en este sentido. En este trabajo se nos presentan doce composiciones, de las que tan sólo dos ("Décadas" y "Mar de folhas") son instrumentales, la primera de ellas claramente deudora del minimalismo portuario de Rodrigo Leão, y la segunda, que cierra el disco, más romántica. En cuanto a las canciones, que como ya se ha dicho se benefician sobremanera de los arreglos de cuerda, son un ejemplo de sensibilidad y energía a partes iguales, destacando especialmente el comienzo del disco, una serie de composiciones tocadas por una varita mágica. "O castelo" es un inicio arcano que protagonizó un CDsingle promocional del álbum y que tuvo su propio videoclip, pero es a continuación cuando aparece la excelencia, dos auténticas maravillas (separadas por otro tema, "Sempre (em ruelas sem nome)", ante el que también hay que rendirse), grandes clásicos ya de las Nuevas Músicas, de títulos "Vagas (das tuas lágrimas)" y "Sagres (de madrugada)". Escuchando estas dos grandes piezas, sus cuerdas, teclados y voz majestuosa, una sonoridad cargada de melancolía prende una llama en nuestro interior que es complicado apagar, si bien "Vagas (das tuas lágrimas)" ni siquiera fue utilizado para promocionar el álbum; "Sagres (de madrugada)" (la composición favorita de su autor, João Gata, llena de naturaleza y de nostalgia) sí que fue interpretado en playback en varias televisiones junto a "O castelo"). Aunque marcado por la grandiosidad de sus cuatro composiciones iniciales, el álbum no desmerece conforme se avanza en su escucha, encontrándonos por ejemplo con un efectivo y atrayente nuevo sencillo, "Ventos de história" (realmente el segundo tras "O castelo"), entre otras poéticas composiciones como "Demónios de cristal" o una "Efémera" poseída por una mayor ambientalidad ("Somente só" y "De dia, de noite" portaban además intensos acompañamientos electrónicos, en mayor contraste con las cuerdas) que conforman una obra merecedora de una continuidad.

¿Fue V Império un grupo incomprendido? ¿Fue simplemente un capricho de tres jóvenes con ideas distintas a las generales, incluso adelantadas? Ellos dijeron: "La idea del grupo surgió hace diez años, en las noches de alterne por el Barrio Alto lisboeta. Había una generación de artistas plásticos, escultores y músicos. Nosotros formábamos parte de ese meollo". Pero João Gata, en exclusiva, reconoce que tras "Mar de folhas", "V Império se convirtió en casi un proyecto maldito, en el que hubo mucha especulación de agentes y gerentes, e incluso mucha preocupación por destruirnos (...) El director de 'proyectos especiales' de Movieplay era estadounidense y todo salió bien, pero después de que se editara el disco, algo cambió dentro de Movieplay, ese director se fue y formó Edel Portugal. Sin embargo, teníamos un contrato de 5 años o 3 discos, y al mismo tiempo, nos vimos obligados a firmar un contrato con União Lisboa, la misma agencia de Madredeus. Aquí empezó el drama, hicieron todo para que el grupo no tocara en vivo, aunque sabíamos que mucha gente nos quería en festivales y demás. También fue complicado terminar este contrato abruptamente. Los músicos en Portugal no son importantes, no hay grupo de apoyo ni abogados expertos". Aún así, V Império consiguieron hacer una pequeña gira por España, de fenomenal recuerdo para João, pero a la vuelta, todos los intentos por trabajar en un segundo álbum con un sonido más simple y más rítmico (entre el trip-hop de Bristol y el downtempo) fueron destruidos por una total dejadez y cierre de puertas por parte de la compañía. Gran error por su parte, que nos privó de nuevas muestras de esta maravillosa música.







28.12.06

DAVID ANTONY CLARK:
"Before Africa"

Parece mentira que desde un país tan pequeño como Nueva Zelanda irrumpieran en los 90 con tanta fuerza y calidad en el mercado de las Nuevas Músicas artistas de la talla de Michael Atkinson, Philip Riley o David Antony Clark. La música de este último en concreto posee unas características que la hacen muy especial, un dinamismo y alegría únicos que consiguen que cada canción nos cuente algo, nos pinte imágenes muy realistas y nos descubra nuevos ritmos. La música de Clark surge de las entrañas de la propia Tierra y de la raigambre popular, cada uno de sus trabajos es una auténtica celebración, una exploración no sólo sonora sino también física de esos paisajes por los que ha viajado el aventurero David Antony Clark, pues en su juventud, emprendió una agitada vida de trotamundos en la que, durante diez años, visitó Europa, América, Asia y el Lejano Oriente, ganándose la vida de cientos de formas diferentes (camarero, clases de guitarra o de inglés, recogiendo fruta, tocando música, etc) y asimilando una multitud de conceptos e ideas que, poco después, fueron la base de su obra. Cuando tras el primerizo "Terra Inhabitata" grabó "Australia", el álbum con el que empezó su despegue, se encontró con una fiesta sensual en aquellos desiertos, un increíble paraíso de ruidos nocturnos por la noche, y un antiquísimo arte rupestre de día, allí las energías eran puras y aquel trabajo transmitía algo de aquella inmensa pureza. El siguiente paso fue la visita al continente africano, otro ámbito primitivo y majestuoso paisajística y faunísticamente hablando, hasta tal punto que David afirma haberse visto abrumado por aquella vastedad.

La inspiración concreta de este álbum publicado por White Cloud en 1996 se ubicó en centroáfrica, en Tanzania exactamente, en el que se han descubierto algunos de los asentamientos humanos más antiguos. En "Before Africa" este neozelandés se traslada también en el tiempo hasta una época primigenia del continente negro, y nos ofrece nueve espléndidas composiciones con lo que ya empezaba a ser su estilo característico, una bella sucesión de dulces melodías tremendamente pegadizas aderezadas por ritmos y voces indígenas, un cautivador sonido que ha sido denominado como neo-primal, que consiguió hacerse muy popular, y que en España también tuvo su hueco radiofónico, así como David Antony Clark sus ediciones propias en CD por medio del sello Resistencia. Aunque su música sea agradable y fácil de escuchar, no es este un músico acomodado, cada nuevo proyecto conlleva un estudio importante, por ejemplo en cuanto a Africa nos decía: "Leo mucho antes de comenzar mis proyectos musicales. Esta vez me sumergí en la literatura sobre África y sus orígenes tempranos, incluidos los trabajos de los antropólogos Richard Leakey y Donald Johanson. Fue a través de toda la lectura que desarrollé el panorama de imágenes primitivas para este álbum". Desde esa cálida bienvenida a la sabana que supone la alegre "A Land Before Eden" nos abordan las tonadas basadas en los vientos o percusiones que parecen tan antiguas como la Madre Tierra (algunas de ellas a cargo de otro importante artista del sello White Cloud, Philip Riley), combinadas con teclados en preciosos desarrollos dinámicos como en "The Stone Children" (cuya juguetona percusión te persigue hasta mucho después de concluir la pieza), "Flamingo Lake" o la completa y más difundida "Rainmakers", hermosa y acompasada tonada en la que primero nos recibe una auténtica percusión de palos y posteriormente nos acecha una tormenta, como en una impronta de la vida natural indígena. Mientras tanto, en otras composiciones, como "Ancestral Voices" -con sus suaves notas de ocarina-, "Inmortal Forces" o "The Inner Hunt", se deja entrever una carga más puramente ambiental. Las ocarinas son interpretadas por Max Guhl y Stephan Clark, la batería étnica adicional por el zaireño Sam Manzanza, otras percusiones por Philip Riley, y David Antony toca sintetizadores y se encarga de los samplers, intentando en todo momento conjugar la modernidad con lo primitivo: "El enfoque de mi trabajo es un poco idiosincrásico. Creo que para este tipo de música, si el sonido es demasiado perfecto, como un verdadero tambor, entonces no es tan convincente, tan creíble. Entonces me gusta crear sonidos orgánicos que se ajusten a las imágenes. Sobre todo, utilizo muestreadores, porque me gusta usar sonidos reales, instrumentos étnicos, como el didgeridoo, y sonidos de animales como las ranas y los pájaros". Ante todo se nota que David Antony Clark es un músico comprometido, enamorado de los paisajes vírgenes, y que rinde tributo con su música a los antepasados de la humanidad, unas culturas indígenas de las que admira, literalmente, su valentía, ingenio y voluntad de supervivencia, y que han dejado sus huellas en forma de reliquias, monumentos o leyendas. Según él, todos les llevamos en nuestro interior.

Ritmos pegadizos, atmósferas memorables, ecos de un pasado remoto en los albores del hombre, se conjugan en este trabajo encantador y fácilmente audible de David Antony Clark. Sus palabras de unos años atrás sobre el continente australiano también pueden trasladarse a este trabajo africano, como si la inspiración primitiva fuera cosa de un sólo continente, Pangea: "la esterilidad, la sequedad del paisaje, los gigantescos montículos de termitas, como extrañas estructuras arquitectónicas en el paisaje. Pero lo más abrumador fue la edad, casi se podía oler la edad. La tierra está tan gastada, tan antigua. Y hay una cantidad increíble de vida salvaje, tan densa. Por la noche, el ruido era increíble, desde grillos, pájaros nocturnos, ranas y criaturas en las zonas pantanosas. Es como una fiesta sensual, casi un asalto a los sentidos". La vitalidad de su música no tiene fronteras, estamos ante un artista que disfruta con lo que hace, y lo que es mejor, hace disfrutar a sus seguidores. David Antony se define como un nuevo tipo de explorador, "que vaga por continentes, escuchando los ecos de los ritmos ancestrales, y luego vierte estas reliquias en su crisol musical y agita suavemente nuestras almas"; un tanto pretencioso, pero bien es cierto que sus rítmicos latidos primigenios tienen capacidades asombrosas para agitar los recovecos más ocultos del ser humano.



17.12.06

THIERRY FERVANT:
"Legends of Avalon"

Aunque tuvo su momento de cierta relevancia en las Nuevas Músicas de la década de los ochenta, actualmente pocos se acuerdan de Thierry Fervant. Es más, no era fácil acceder a muchos datos sobre su vida en aquella época en la que sonaron sus discos, y en la actualidad, tras conocer su dedicación a los derechos de autor de los músicos en la empresa SUISA, de la que fue vicepresidente de 1991 a 2007, descubrimos con pesar su fallecimiento en 2012. Este teclista suizo nacido en 1945 con el nombre de Thierry Mauley contemplaba desde su estudio (Maunoir) la belleza del lago Léman, en la preciosa ciudad de Ginebra. Allí compuso sus trabajos de elegante y melódica música electrónica, entre los cuales alcanzó una cierta relevancia "Legends of Avalon", una obra inspirada en la siempre seductora mitología artúrica, que editó en 1988 en su propio sello, Quartz Music, que ya había dado a conocer en formato CD tres atractivas obras, "Univers", "Seasons of Life" y "Blue Planet", algunas de ellos portadoras de un sonido que parecía deudor de teclistas consagrados como Vangelis o Jarre, aunque con inclusiones de instrumentos acústicos. En "Legends of Avalon" la aportación extra la realizaba una orquesta de cuerda, si bien el trabajo seguía siendo dominado por los teclados más tradicionales y sonidos sampleados, grabados y mezclados por Fervant y su fiel Chris 'Snoopy' Penycate.

La mitología nos cuenta que Avalon era un mundo paradisiaco, sin clases sociales, difícil de encontrar porque su entrada era invisible, una isla maravillosa gobernada por nueve hermanas con poderes mágicos. Es a esta isla donde Morgana transporta al Rey Arturo tras ser mortalmente herido por su hijo, Mordred, en la batalla de Camlan, y es aquí donde comienza, con un teclado melancólico que parece sonar a flautas andinas ("Avalon"), el viaje de Thierry Fervant por estas leyendas medievales, que continúa con los efectos cristalinos de "Ynis Gutrin (Isle of Glass)" (la isla de los muertos en la mitología irlandesa), pieza ambiental brumosa y sugerente que comunica una extraña belleza. "Merlin the Magician" representa el comienzo de la parte mas popular y acogedora del trabajo, es de hecho un tema cálido y ameno, de los más radiados de un álbum que combina temas más intimistas y delicados (la mencionada "Ynis Gutrin", "The Lady of the Lake" -que reverencia con un suave tratamiento vocal a la conocida dama del lago-, o paisajes misteriosos como "Broceliande Forest" o la acertada "Vale of No Return" -evocadora de viejas historias en un entorno atmosférico, de difícil ubicación pero que a la temática de la obra le sienta fenomenal-) con otros más esplendorosos aunque no tan rítmicos como en trabajos anteriores ("Sacred Wells" -misteriosas fuentes de agua mágica-, que posee una gran fuerza aventurera, un tono épico en sus notas repetitivas, la potente y de fácil radiodifusión "Beltane Fire" -antiguos fuegos celtas prendidos cada primero de mayo- o "The Crescent Moon" -la luna creciente, inspiradora de tantas leyendas y, cómo no, músicas-, otra de las composiciones destacadas, por su agradable melodía burlona con efluvios maravillosos). Queda lugar, cómo no, para la famosa tabla redonda ("Round Table") y para el no menos famoso Rey Arturo ("King Arthur's Dream", una despedida alegre y con un toque emotivo), pero también para la magia, esa hechicería que poseía dos caras y cuyo misterio queda reflejado en dos de las mejores canciones del trabajo, "Morgan le Fay", lenta, sensual y embrujadora, y la comentada "Merlin le Magician" (que cuenta con un curioso videoclip oficial que la fusiona con la anterior), la más conocida en España merced a su inclusión en recopilaciones como "Música para desaparecer dentro". La bonita pintura aerografiada de la portada es una obra de Guy Gindre, artista que ya había colaborado con Fervant en la edición de Quartz Music para "Seasons of Life". 

En "Legends of Avalon" Fervant suena a Fervant, se trata este de su trabajo más personal y completo, sin excesivas referencias que enturbien su autenticidad y sus buenas prácticas instrumentales. La temática artúrica es además muy inspiradora y evocadora, y está bien encauzada y resuelta con fantasía, ecos legendarios que son recreados armoniosamente, sin necesidad de recurrir a clichés del mundo celta. La sencillez de la propuesta estilística y puesta en escena del teclista suizo iba en consonancia con su espíritu ecologista, el mismo que también se dejaba respirar en este bonito y recomendable trabajo, la última obra importante de un músico sencillo, sin pretensiones de alcanzar la fama de otros de sus coetáneos, un ente misterioso cuya memoria aflora de vez en cuando en los reproductores de ciertos melómanos y aficionados a la electrónica, que pueden imaginárselo cómodamente sentado en la tabla redonda, o viajando por las brumas de Avalon.







7.12.06

ADIEMUS:
"Songs of Sanctuary"

Entre la neoclásica y la world music, entre la música vocal y la de cámara, entre la incertidumbre y la sorpresa, así llegó el grupo Adiemus al gran público en 1995, por medio de "Songs of Sanctuary", un trabajo inaudito de fantasiosa portada azulada (cambió ligeramente en la edición de los 75 años de su autor, si bien mantuvo los colores) publicado por Virgin Records en una nueva demostración de buen ojo y oportunismo de la compañía británica. El santuario al que hacía referencia el título de la obra era interior, un refugio privado al que poder escapar que estaba dentro de cada oyente, de cada degustador de la magia desprendida por las notas de este disco, un proyecto muy especial que dada su calidad y repercusión internacional ha tenido continuidad durante cerca de una década por medio de cinco populares entregas, un álbum en directo y varias recopilaciones, amén de alguna adaptación especial bien entrado el siglo XXI ("Adiemus Colores", virando hacia la música latina, o "Symphonic Adiemus", para coro y orquesta). Al frente de este grupo ficticio, de esta espléndida chispa de creatividad auténtica y natural que se llamaba Adiemus, estaba un galés ejemplar, caballero de la Orden del Imperio Británico, de nombre Karl William Jenkins.

Como base de este trabajo, Sir Karl Jenkins elaboró una pieza de música orquestal y coral pero con elementos étnicos, cantada pero sin letra definida, en un lenguaje inventado particular del que importaba más la modulación que el sentido, al efecto de utilizarlo como un sonido más, recurso que si bien de ningún modo era exclusivo de Jenkins, este utilizó de manera impoluta. De hecho, muchas de las canciones de Adiemus serían también bellísimos ejemplos de instrumentalidad al sustituir esas voces por violines o instrumentos clásicos ejecutando el tema solista, lo que realmente ocurrió en parte un año después en el álbum "Diamond Music", firmado esta vez con el nombre del autor, Karl Jenkins. Sin embargo la historia de Adiemus no fue tan fácil como parece: Jenkins, que tenía experiencia y éxito en el mundo de la música para spots publicitarios (hemos podido escuchar sus jingles para Levis, Pepsi, Volvo o Renault entre otras muchas marcas de primera fila), recibió el encargo de la compañía aérea estadounidense Delta Air Lines, para la cual creó una melodía atrayente y poderosa con gran carga multivocal que, al tratarse de la compañía estadounidense más importante en vuelos transatlánticos, llegó a un buen número de países; el efecto que produjo en miles de oyentes lograron el milagro de que la música de ese anuncio que combinaba con excelente gusto la majestuosidad de los aviones con la de simpáticos delfines, fuera aclamada y solicitada. A partir de ahí, Karl Jenkins se dio cuenta de que su idea se había convertido en una entidad que podía inspirar a mucha gente diferente, por lo menos así lo reconocía y enseguida se planteaba la extensión vocal celta, árabe, africana y oriental. "Una de las cosas que me ha excitado ha sido cómo mi idea inicial de Adiemus como un proyecto de grabación se ha desarrollado en una experiencia viva", decía Jenkins al respecto de este "Songs of Sanctuary", sobre el cual no hay que dejar de citar otros tres nombres implicados en el proyecto: la London Philharmonic (a la que se unen ciertos instrumentos étnicos o tradicionales, como la quena -flauta de los Andes, interpretada por Mike Taylor en el comercial y por Pamela Thorby en el álbum-), Mike Ratledge (ex-compañero de Jenkins en Soft Machine, cuya importancia en este álbum -también como coproductor- ha de ser reconocida) en las percusiones programadas, y la vocalista del proyecto, o debería decirse la multi-vocalista, ya que el efecto multivocal que tanto popularizara Enya está presente en el trabajo a través de Miriam Stockley, con la que Jenkins y Ratledge habían trabajado anteriormente en su compañía de música para spots publicitarios. Ella fue uno de los pilares de la grabación al encargarse de llevar todo el peso vocal de la misma (aunque ella misma sugirió la ayuda de Mary Carewe para los momentos más estridentes, y de Bob Saker para las voces bajas, si bien apenas se distingue en la grabación). En las notas interiores del disco se destaca el hecho de esta indispensabilidad, no sólo por la belleza de su voz, sino también por su variedad, control y perfecta entonación, adecuándose perfectamente a los matices centroeuropeo, celta e incluso africano requeridos, todo ello en un contexto cercano a lo religioso. Este ambiente eclesiástico propuesto se combina con un tratamiento vocal con elementos étnicos y de gospel, y un envolvente rítmico que viaja de Europa a África con asombrosa naturalidad. Gracias a sus buenas ideas guardadas, que utilizó para conseguir que la grabación del álbum no se eternizara, Jenkins elaboró un álbum recordado, en el que todas las circunstancias fueron rodadas para que las piezas encajaran perfectamente, el proyecto estaba como bendecido: la pieza más conocida, "Adiemus", es un asombroso himno multicultural que resume la maravilla de esa fusión, y como protagonista del spot de Delta Air Lines llevó a "Songs of Sanctuary" a los primeros puestos de las listas de clásica, músicas del mundo y new age, dado lo difícil de su clasificación y los elementos implicados en la grabación, especialmente el evocador solo de quena, aparte del efecto multivocal. Evidentemente, Karl Jenkins no sólo depende de las voces para expresarse, y lo demuestra gratamente en momentos como el comienzo de "Tintinnabulum", con la flauta dulce y las eficaces percusiones de Frank Ricotti. "Cantus Inaequalis" presenta una belleza danzarina del norte de Europa con base gospel, y "Cantus Insolitus" es un delicado paseo de Stockley con la orquesta que recuerda a una bonita nana. También habría que comentar la africanidad de "Cantus Iteratus", el recogimiento casi monacal de "Amate adea" y esa corta pero eficaz culminación de título "Hymn", aunque en el interior de este trabajo en el que cualquier muestra sería un auténtico éxito, otros dos temas son indispensables, por su composición e interpretación: la animada "In Caelum Fero" y "Kayama", dos cortes de asombrosa magia y poderosa dulzura, caracterizados por ese efecto multivocal, coral y tribal tan conseguido, difícil de definir: "Me he resistido a la clasificación toda mi vida, y nunca he tenido problemas para escuchar y apreciar música de diferentes estilos, así que mi música intenta sintetizarlos". 

Efectivamente, la energía que desprende Adiemus va más allá de clasificaciones, pero en su fusión de influencias consiguió confundir a muchos en el negocio de la música, e inspirar a otros para seguir caminos paralelos. La confusión fue mayor al proponer la discográfica que Adiemus fuera un proyecto envuelto en misterio sin promoción ni reconocimiento, inicialmente, acerca de las personas involucradas en la música. En cuanto a "Songs of Sanctuary", ese mismo año 1995 contó con varias ediciones con portadas diferentes en Japón, Benelux y Francia (cuyas portadas estaban protagonizadas por los mismos delfines que aparecían en el spot original de Delta Air Lines), así como ligeros añadidos en el listado de temas, con 'radio edits' de "Tintinnabulum" o "Kayama", o la 'Full Version' de "Adiemus". Ese fue precisamente el primer sencillo del álbum, seguido por  "Kayama" (estos dos primeros contaron además con su correspondiente y vistoso videoclip) y "Tintinnabulum", todos ellos en ediciones diferentes, acompañados de otras canciones del disco como "Hymn" o "Cantus Iteratus", pero con la nefasta característica de incluir, especialmente en Alemania, diversas versiones remix, en particular de "Adiemus" y "Kayama". Eso sí, donde fuera que se escuchara o se encontrara la versión original de este disco, dejaba sin ninguna duda una marca de calidad, la de un concepto que cambió completamente la vida de un galés llamado Karl Jenkins, una música extraordinaria que se ha desarrollado a lo largo de varias décadas y que tomó vida en este prodigioso "Songs of Sanctuary".

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