27.4.12

TODD LEVIN:
"Ride the planet"

Algunos de los músicos contemporáneos más considerados de la segunda mitad del siglo XX parecían apostar por una ruptura con el pasado. Aún más, muchos de ellos miraron decididamente hacia el futuro a través de nuevos instrumentos, ritmos y fusiones. El nombre de Todd Levin apareció entre la vanguardia de los años 90, si bien unos años antes ya presentaba una cara irónica y desafiante al comentar en la presentación de una composición aislada ("Turn", que acabó publicada en su segundo disco): "debemos aceptar la banalidad de la música". Intentando huir de la misma, Levin viajó a Nueva York y acabó siendo apadrinado por Philip Glass, que publicó su álbum de debut, "Ride the planet", en su sello de músicas dificilmente clasificables, Point Music. En él, una fuerza primitiva, acaso deudora de su interés por la percusión, mueve muchas de las composiciones, claramente imbuidas de conceptos artísticos, como su pasión por la pintura contemporánea (alguien le llamó el Warhol de la música), la fotografía (la portada de "Ride the planet" es obra de la prestigiosa fotógrafa Joyce Tenneson), la literatura (textos de la artista abstracta Jenny Holzer acompañan el álbum) y el cine (adora a Tarantino y las series de televisión): "No puedo olvidar que he nacido en una cultura marcada por el rock y la imagen". Así, Levin construye pasajes de apabullante fuerza en los que se vislumbran unas intenciones que oscilan entre la clásica, el rock, un toque electrónico y la música para películas, en un recogimiento académico que no se sabe si es fruto de su propio gusto estético, o una maniobra que le permitiera destacar como el transgresor de una nueva faceta estilística: "Mi objetivo final es hacer una música sinfónica tan potente como pueda, que sea fácilmente reconocible por el oyente, como una patada en el estómago".

Todd Bennett Levin nació en Detroit en mayo del 61, y estudió composición en la universidad de Michigan y en la Eastman School of Music. Con unos intereses musicales diversos, desde la música medieval a las vanguardias, asegura que "me traen sin cuidado las etiquetas y las clasificaciones, quiero que mi música sea recibida como una posibilidad más de ampliar fronteras". "Ride the planet" sorprende de inicio por un primer corte rockero, un comienzo ruidoso, excitante y sobrecargado por la sonoridad de la guitarra eléctrica, cuyo título, "Heaven" -cielo-, es difícil de entender salvo por la pasión extrema a la que refiere el subtítulo ('You must have one grand passion'). Estas frases que complementan los títulos de los cinco cortes son invenciones poéticas de Jenny Holzer, la misma autora del texto sobre la libertad que recoge ese extraño libreto en el que, al ser desplegado, destaca poderosamente la fotografía completa del músico en actitud mesiánica. La épica parece formar parte del brillante segundo corte, "Anthem", también amparado por una fenomenal y penetrante guitarra y por una voz que define la acertada melodía en un éxtasis de locura que alcanza su momento álgido en el momento en que ambos, voz y guitarra, se encuentran. La obra continúa en su incierto caotismo, huyendo de la calma y de la melodía fácil para entrar en un juego de barroquismo difícil de comprender pero, una vez asimilado, difícil también de dejar atrás. "Jungle" parece representar una lucha, algo confusa, entre lo viejo y lo nuevo, un viaje por el bien y el mal, el cielo y el infierno, un corte frenético y absolutamente particular, que navega más entre el rock sinfónico y la electrónica que por mares clásicos. Divaga, se sumerge, y en la superficie arremete contra lo establecido, logrando imponer un forzado equilibrio, una calma tensa de final abrupto. "Prayer" es, según su subtítulo, un sueño en el que buscar el camino a la felicidad, largo y repetitivo pero intenso, repleto de fuerza y en su atmósfera opresiva y luminosa guitarra se pueden encontrar ecos de las gloriosas colaboraciones entre David Bedford y Mike Oldfield en los 70. El marcado carácter e imponente resolución técnica continúan en su tramo final, de título "Marine", con el sonido marca de la casa que ineludiblemente impone la producción de Philip Glass (junto a sus habituales Kurt Munkacsi y, en este corte, Michael Riesman), esos ambientes ondulantes que se pueden respirar en practicamente todo el trabajo, un álbum en el que a los teclados de Todd Levin se unen el bajo de Jeffrey Allen, las guitarras de Stephen Gabriel y Ben Sher, la voz de Tony Moore y los teclados del propio Riesman. "Ride the planet" parece toda una aventura, una entrada aguerrida, una oda, una pasaje movido, otro que explora más en el interior y un final obstinado, bizarro y decidido. Los furiosos guitarreos son como relámpagos de magia en una tormenta contínua, un torbellino de insolente creatividad que aporta influencias artísticas y elementos rockeros al servicio de la música clásica moderna.

"Ride the planet" fue una de las cinco referencias que Point Music lanzó en 1992, su primer año de actividad. Philip Glass y Michael Riesman fueron los encargados de dar forma a este sello norteamericano dependiente de Philips Classics, que comenzó publicando "Mapa" del grupo brasileño Uakti, el interesante "Music fron the screens" de Philip Glass y Foday Musa Suso (interprete de kora procedente de Gambia), la ópera de John Moran "The Manson family", y "In good company" de Jon Gibson. Todd Levin completó el quinteto, pero las buenas intenciones de la compañía y del músico no bastaron, y la dificultad para clasificar su música hizo que "Ride the planet" no alcanzara las ventas deseadas y constituyera la única referencia del de Michigan en Point Music. Aún así, la arrogancia de Levin despertó más de una pasión, puesto que la todopoderosa Deutsche Grammophon fichó al artista y publicó la que definitivamente fuera su última obra, "Deluxe", en 1995, un álbum peliculero, de dinamita percusiva y sonoros metales, otro trabajo joven y rabioso, distinto al primero pero también dificilmente vendible, puesto que la música contemporánea, opina Levin, es la más impotente de las artes para impactar en un entorno cultural, salvo raras excepciones. Su carrera musical dejó entonces de interesarle, y prefirió ganar dinero en el mundo del arte contemporáneo. El paisaje musical del siglo XX, ese 'delta' del que hablaba Cage, estaba en contínuo cambio, una metamorfosis que admitía todo tipo de atrevimientos, pero a pesar de la osadía, practicamente ningún libro menciona a Todd Levin, que se encuentra en una desagradecida tierra de nadie, ninguneo inmerecido dada la fuerza y belleza de un trabajo como "Ride the planet".

6.4.12

EDUARDO LAGUILLO:
"Manoa"

Una de las compañías españolas de nuevas músicas que menos fortuna y oportunidades tuvo en la cruenta lucha por sobrevivir en ese mercado tan saturado en los 90 fue Taxi Records, sello que pretendía abarcar en sus planteamientos desde el jazz fusión hasta lo étnico y experimental. Uno de los fundadores del mismo era Eduardo Laguillo, músico madrileño de enorme solvencia al piano y la guitarra, y estudios clásicos en Viena, así como jazz y flamenco en Barcelona. Fue precisamente el primer disco de Laguillo en 1990, "Hay algo en el aire" (un trabajo introspectivo, originado por un viaje iniciático del músico a la India), una de las cinco primeras referencias de Taxi Records (las otras eran "Rapsodia" de Duet, "Pianosfera" de Antoni-Olaf Sabater, y los discos homónimos de Xaloc y La otra parte), si bien hay que llegar a 1997 para encontrarnos con su obra cumbre, un excelso trabajo de título "Manoa", publicado con acierto por Resistencia bajo la producción del propio Laguillo y de otro español ilustre en el campo que nos ocupa, el también madrileño Adolfo Rivero. La inspiración del álbum llegó de repente, cuando en un momento de elevado misticismo en la vida del pianista, se encontró con el poema 'Manoa' del venezolano Eugenio Montejo, que comienza con esta búsqueda: "No vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire, ningún indicio de sus piedras. Seguí el cortejo de las sombras ilusorias que dibujan sus mapas". Laguillo, que ya había musicado poemas de Joseph von Eichendorff y trabajado con cantautores como Luis Eduardo Aute, encontró en él un amplio y luminoso sendero para construir algo más que un disco, una experiencia vital, un viaje a los confines de su propia espiritualidad.

Eduardo no conoció jamás a Eugenio Montejo, pero este poeta y ensayista que falleció en 2008 sí que era consciente del impacto de su obra en el músico español, con el que se sentía 'conectado' e intercambió una serie de emotivas cartas, en lo que Laguillo definió como 'unión de almas', un soberbio hermanamiento de poesía y música. Se puede admirar con qué delicadeza fluyen ambas en la primera parte de "Balada para Gabriela", el corte que inaugura el álbum, pleno de emoción y lirismo, primero por parte de una romántica flauta y enseguida por medio del instrumento natural de Eduardo, el piano, además de una destacada percusión. La melodía es sencilla, viva y esperanzadora, un bellísimo comienzo para el disco y una pieza que ha quedado en la memoria colectiva de las nuevas músicas españolas por esa hermosa vitalidad y una chispa especial que prende en los que buscan algo más allá de la vacuidad general. Lejos de las enormes colaboraciones internacionales de las que gozaban artistas de mayor repercusión como Carlos Núñez o Kepa Junkera, las ayudas con las que contó Laguillo en Manoa fueron las de intérpretes más cercanos, sin perder por ello ni un ápice de calidad: percusionistas como el griego Dimitri Psonis, el argentino Rikhi Hambra, el alicantino Vicente Climent o el francés totalmente españolizado Tino di Geraldo, Javier Bergia (que también aporta percusión), Sandra Miraball (clarinete), Xavier Blanch (oboe), Jorge Lema (bandoneón) y miembros de La Musgaña como Jaime Muñoz (tin wistle), Carlos Beceiro (bajo) o Enrique almendros (gaita). También otros amigos al cello, bajo, violas y violines, pero tal vez la participación más vistosa sea la del grandísimo intérprete de instrumentos de viento Javier Paxariño, con el que Laguillo había colaborado en discos memorables como "Pangea" o "Temurá". En "Manoa", Laguillo interpreta las guitarras además de teclados y voces, en un conjunto que se va haciendo más meditativo hacia el final, como en la intimista "Fais tun" o ese corte susurrante, animoso, de aires lentos y voz reflexiva que lleva por título "El bosque de voz clara". Mucho antes, destacar los efluvios de bossa nova con intimista guitarra española en "Regreso a pleione", el recogimiento de "Himno (en las llanuras de Yns)", con el acompañamiento de un chelo y del tin whistle jugando con el piano, o ese mismo piano destacando en "La otra luz del horizonte" y en ese solo, en comunicación directa con su público, que supone "Improvisación". Es sin embargo "Celebración" la segunda composición más destacada del álbum, un delicioso y acertadísimo himno a la vida, de desarrollo cálido, donde vientos, teclado y percusión vuelven a marcar firmemente el paso hacia "Manoa", para acabar descubriendo lo que narra el final del poema: "Manoa no es un lugar sino un sentimiento. A veces es como un rostro, un paisaje, una calle, su sol de pronto resplandece. Toda mujer que amamos se vuelve Manoa sin darnos cuenta. Manoa es otra luz del horizonte, quien sueña puede divisarla, va en camino, pero quien ama ya llegó, ya vive en ella". Tras esa importante revelación, "Antes de las estrellas" es un gran final en soledad, que resume esa búsqueda interior, ese maravilloso viaje en el que un suave y melódico jazz se ha revestido con música étnica para completar un enorme y sentido regocijo de disfrute obligado.

Joan Albert Serra, director de Taxi Records, comentaba en la presentación del sello (que tuvo lugar en el Teatro Lliure de Barcelona y en el Centro Cultural Galileo de Madrid en 1991) que nuevas músicas son "todas aquellas creaciones que, partiendo de la música clásica, el jazz y la música contemporánea, no atiendan a encasillamientos estilísticos y estén realizadas con total honestidad". Sin duda la figura de Eduardo Laguillo encaja sobremanera en esta definición, pero más allá de etiquetas, la música de Eduardo se puede encuadrar en un conjunto de proyectos, generalmente incomprendidos, cuya sensibilidad y espiritualidad no tienen límites, casos que se repiten en otros músicos españoles como Pep Llopis, Adolfo Rivero o el extinto grupo V.S.Unión, luchando por sus pasiones, proyectándose al mundo hasta que encuentran a alguien que los quiera entender, un público no excesivamente amplio pero sí consciente de la impronta que lo que escucha deja en su conciencia. Ese público existe, y lo que disfruta en "Manoa" es algo más que una reunión de canciones, es una obra, como dice su autor con orgullo, "llena de luz, de ternura, de sutilezas".



23.3.12

RALF ILLENBERGER:
"Circle"

Fundada por Friedemann Witecka en 1980, la discográfica Biber Records se convirtió enseguida en sinónimo de calidad y buena produción en un entorno de música instrumental acústica de instrumentistas bien escogidos, donde se agrupaban con éxito jazz, pop y folclore, valiéndose en su distribución del auge de la etiqueta new age. Friedemann aseguraba que lo que cuenta para estos músicos es el rigor, la integridad artística y la originalidad musical, cualidades presentes sobradamente en el también alemán Ralf Illenberger. Influenciado por grupos importantes como The Beatles o instrumentistas como Leo Kottke, y bajo su propia denominación de 'guitarra contemporánea', Illenberger formó desde finales de los 70 un exitoso dúo en Alemania con otro guitarrista, Martin Kolbe. Tras la decisión de seguir caminos separados, en 1988 inauguró con "Circle" una populosa serie de trabajos que le llevarían a ser conocido tanto en Europa como en los Estados Unidos, país que por medio de la compañía Narada Productions acogió y revistió parte de su discografía.

Illenberger protagoniza una música dinámica, con dominio no sólo de la guitarra sino del conjunto, la banda Circle que él mismo abanderaba desde finales de los 80 y a la que parece estar agradecido, como si reconociera, a pesar de firmar todas las composiciones, que su sonido es fruto de una conjunción (con sus lógicas diferencias, es un caso parecido al de Lito Vitale y su cuarteto), en absoluto de una labor en solitario. De hecho este trabajo que en Estados Unidos llevó la firma exclusiva de Ralf Illenberger, en Alemania había estado acreditado por Ralf Illenberger's Circle, esa poderosa banda que componían, además del mismo Illenberger (guitarras acústica eléctrica, teclados), Büdi Siebert (teclados, saxo, marimba, percusión, trompa), Peter Keiser (bajo) y su hermano, Walter Keiser (percusiones, batería). Melodías de difícil definición se desarrollan con gran precisión, ritmos fáciles, de acabado pop y envoltorio que circula entre el jazz, un componente folclórico y la electrónica. No obstante, se siente una extraña calidez funky en piezas como "Nachtflug", que alejan a la música de este guitarrista de los círculos nórdicos. Posiblemente así atravesó fronteras y entró de lleno en el catálogo de Narada, por su intrépido colorismo y ritmo llevadero en un entorno muy controlado, sin desvaríos ni espectaculares solos o clímax. Un comienzo importante, "Horizons I", es buena muestra de esa animada conjunción de instrumentistas que ofrecen una música rítmica, un pop cercano al rock en algunos momentos, y estilismo new age, que surge cuando se presenta un cierto intimismo ("Blue darkness", quizás por la contribución de los vientos, o "Moonfood", en la que Illenberger literalmente 'habla'). Posiblemente por estar coescrito por el siempre destacado Büdi Siebert, se puede hablar de un componente cálido en "Big change" (así como en el cambio de ritmo de "Nachtflug", con la esencia jazzística y funky antes comentada), y de una verdadera conexión con el oyente en canciones más delicadas (pero sin perder un sonido rotundo) como "Gemina", en la que se puede escuchar a su hija, Anna Illenberger. En un contexto afortunado y agradecido, en el que ya han sonado grandes temas como "Horizons I", "Big change" o "Gemina", falta por llegar la que para algunos es la mejor composición del trabajo, una "Ballad" en la que guitarras y saxo se entrelazan, con la mediación de teclados y batería, en una moderada discusión que parece acabar bien. En 1993, con "Circle" ya editado en Estados Unidos y consolidado en las listas de ventas de música new age, Illenberger fue requerido para dar una serie de conciertos en norteamérica, y encontró en Sedona (Arizona) un lugar mágico para quedarse a vivir, un sitio donde relacionarse muy personalmente con la naturaleza que le inspiró, entre otros, el estupendo álbum "Sedona" en 1995. Lo que sorprende en cada disco de este buen guitarrista alemán (que asombra más en directo que en sus álbumes de estudio) es la conjunción de su banda y lo acertado de sus melodías, en especial las de este estupendo trabajo titulado "Circle", que a pesar de provenir de finales de los 80 sigue sonando tan fresco como el primer día.

Un catálogo de Biber Records en los 90 comenzaba con la frase de Oscar Wilde "son muchos los que transitan por las calles y pocos los que se percatan de las estrellas". Puede sonar algo pretencioso, pero los artistas reunidos en dicha compañía alemana fueron excepcionales, algunos de ellos tanto como para que sus discos en Biber fueran distribuidos con rediseño de portada por la todopoderosa Narada Equinox, como los de Friedemann, Büdi Siebert y Ralf Illenberger. Su antiguo colega Martin Kolbe también vió publicado otro trabajo, "White light", así como otro músico que estuvo en la nómina de Biber, Max Lasser, si bien fue en el subsello Sona Gaia donde apareció su álbum "Timejump". En cuanto a "Circle", que fue grabado en la ciudad alemana de Ludwigsburg entre diciembre de 1987 y febrero de 1988 (bajo la producción de Ralf Illenberger, Johannes Wohlleben y Friedemann Witecka), y publicado ese mismo año 1988 por Biber, fue también la sexta referencia de Narada Equinox. En la contraportada, Illenberger luce un elegante bigote, que le hace parecer mayor que en su siguiente disco publicado al año siguiente, "Heart & beat", donde prescindió de dicho mostacho. El título de ese disco fue originado por una admiradora, que le dijo que su música tenía corazón, y también buen ritmo; eso le gustó al guitarrista, que dijo además: "Creo que es hora de que dejemos de lado esta obsesión por los estilos. Solo quiero llegar a la parte humana del oyente, no al intelecto, solo al corazón".





12.3.12

SUZANNE CIANI:
"Neverland"

Después del éxito logrado por un álbum primigenio en la new age de sintetizador como lo fue el mítico "Seven Waves", la teclista norteamericana Suzanne Ciani firmó por RCA para la publicación de su segundo plástico, "The Velocity of Love". Sin embargo RCA enseguida prescindió de ella (por fortuna conservó los derechos del álbum) y fue la creciente compañía neoyorquina Private Music la que acogió con los brazos abiertos a la Ciani. "Neverland", lanzado en 1988, fue su primer álbum con Private y supuso un paso adelante en las intenciones estilísticas de esta teclista, ya que planteaba y rememoraba otro tipo de sentimientos más allá de la pura ambientalidad que imperaba en "The Velocity of Love" (que con la excepción de la genial composición homónima, dejaba toda la responsabilidad de su sonido a la tecnología). Aunque 'Neverland' sea el nombre original del 'País de nunca jamás' de "Peter Pan", nada en los títulos del álbum recordaba a dicha obra (sí quizás su estilo delicado, evocativo de la infancia), de hecho Suzanne explicó que la música para esta grabación surgió en los Países Bajos, un día que la artista daba un paseo a caballo. El paseo acabó convirtiéndose en una nominación para los premios Grammy en la categoría new age, premio que acabó ganando el grupo Shadowfax con "Folksongs for a Nuclear Village".

Para Suzanne Ciani todo empezó escuchando unos discos de Bach, Beethoven y Mozart que compró en un mercadillo, pero en su evolución acabó formando parte de un momento importante de la música electrónica. Vivir al lado del mar pudo otorgarle un especial toque ambiental a su sonido, propio e indistinguible, que se nutre de sus vivencias personales y de la naturaleza, y por supuesto del amor ("yo creo en los amores platónicos, en el romanticismo, pero no creo que mi música sea triste"). Al contrario, "Neverland" es un disco alegre, elegante, bastante completo, de melodías precisas combinadas con efusivos ritmos, respirando por igual influencias clásicas como folclóricas, incluso mediterráneas. Ciani teje con sabiduría las notas y nos desvela una nueva cara melodiosa y soleada, de glorioso romanticismo en una mejor combinación de sonidos y texturas que antaño. "Neverland" es una afortunada melodía, suave y poco recargada, una tierna ensoñación que tiene su continuación en "Tuscany" (con su envoltorio apasionado de base melódica al piano, sin secuencias, que tiene su inspiración en la región italiana -el país de los abuelos de Suzanne- de la Toscana) y en otros momentos del álbum, como "Summer's Day" y su luminoso teclado. Otra faceta en el disco es más ambiental, la que disfrutamos en "Aegean Wave" (otra nueva ola, después de las siete de su primer trabajo y de la 'octava ola' que abría el segundo -"el sonido de las olas es majestuoso", afirma-), "Life in the Moonlight", "When Love Dies" (introducida por un coro de corte épico) o "Lumiere" (cuyo poema está escrito por la fotógrafa alemana Ilse Bing). "Mother's Song" es realmente un tema compuesto en 1985 para la banda sonora del film de Ann y Jeanette Petrie "Mother Teresa", cuya música realizó Suzanne Ciani. Por último, destacar el tercer corte como uno de los mejores y posiblemente el más original del álbum, "Mosaic", marcado por un estimulante ritmo percusivo que parece jugar con el oyente, y que domina a una melodía de tono grave, imitando a lastimeros instrumentos de cuerda y de viento, un tema vistoso y divertido en el que se aprecian mejor varios planos entre una cierta linealidad general. "Neverland" fue íntegramente compuesto y producido por Suzanne Ciani, con Leslie Mona-Mathus en la ingeniería y la mezcla (como en "Seven Waves" y "The Velocity of Love"). Son diez piezas escritas en los últimos dos años y grabadas en enero del 88 en los C/M estudios de Nueva York. Es extensa la lista de nombres de equipos (en especial de las marcas Yamaha y Roland) al detallar la instrumentación del disco, una impresionante parafernalia que culmina con el piano Steinway.

"Piano Two" fue un disco recopilatorio publicado por Private Music en 1987, que recogía ocho solos de piano firmados por Yanni, Suzanne Ciani, Joaquim Kuhn y Michael Riesman. Era en realidad la continuación de "Piano One", publicado dos años antes como la cuarta referencia de Private, con temas de Ryuichi Sakamoto, Eddie Jobson, Eric Watson y Joaquín Kuhn. Ciani colaboraba en "Piano Two" con tres adaptaciones, una de "Seven Waves" ("The Fifth Wave: Water Lullaby"), otra de "The Velocity of Love" (la que le daba título) y una última que era inédita en ese momento, "Tuscany", pero que iba a estar incluida en el nuevo álbum de la Ciani, un "Neverland" dedicado a la alegría, la pasión, la sensualidad, la fuerza y la belleza. "Tuscany" se engalanó para formar parte del disco, y la versión de solo piano que dos años después se incluyó en el álbum "Pianissimo" no era exactamente la misma de la que se podía escuchar en "Piano Two". La década de los 80 se iba acabando y Suzanne Ciani había alcanzado un estatus superior en ese mundo de hombres que sólo unos años antes le cerraba las puertas.

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27.2.12

YANN TIERSEN:
"C´était ici"

Seis años después de su debut discográfico con "La valse des monstres" en 1995, el músico bretón Yann Tiersen fue reclutado por el realizador francés Jean-Pierre Jeunet para realizar la música de una hermosa película, "Le fabuleux destin d'Amélie Poulain", film que iba a cambiar su rumbo y le iba a reportar una enorme popularidad. "Amélie" contenía canciones de los antiguos trabajos de Tiersen, además de otros temas compuestos para la ocasión que se llegaron a hacer muy populares, en especial los dos valses dedicados a la protagonista de la película. Yann Pierre Tiersen volvió a componer una banda sonora un par de años después, la de "Good bye, Lenin!", pero con la excepción de "Tabarly" en 2008, acabó renegando de esa disciplina porque, según él, "no se puede poner música a una imagen", y además, en su carácter solitario y multiinstrumental (si bien matiza que no toca muchos instrumentos sino que usa muchos instrumentos), no es un artista que soporte que le dirijan o le den consejos. Escuchando sus primeros discos, que poseen un especial encanto y frescura, y directos como el que nos ocupa, plenos de emoción y espectáculo, se puede entender su reticencia.

"C'était ici" era el segundo álbum en directo de Yann Tiersen, tras "Black session" en 1999. La fama adquirida con "Amélie" provocó que su gira del año 2002 fuera apoteósica, con un público entregado a la música y al espectáculo que originaban el piano de juguete o las ondas Martenot, momentos inhabituales en cualquier otro directo, que ya se han convertido en importantes instantáneas en la carrera de Tiersen. Aunque grabado en Febrero (en la Cité de la Musique de París), fue a finales de septiembre de 2002 cuando Labels (subsello de EMI) publicó el doble CD, que se podía encontrar en formato normal o en una edición especial de carácter limitado, una pequeña caja que incluía el disco y doce postales. En algunos países una pegatina destacaba que contenía la música de "Amélie", y es efectivamente "La valse d'Amélie" lo primero que suena en el primer disco, que además finaliza con "L'autre vals d'Amélie". "Rue des cascades", memorable momento pianístico deudor de un minimalismo también de habla francesa, el del belga Wim Mertens, o temas vocales interpretados por Claire Pichet ("La rupture") y Christian Quermalet ("Les jours tristes") destacan en este primer CD, pero es "Sur le fil", espectacular composición contenida originalmente en su trabajo "Le phare", la cumbre de su conexión con el público y el mejor momento de sus conciertos, pasados y presentes. Su espejo en el segundo CD (menos vistoso en general) sería "Comptine d'un autre été: l'après midi", melancólico y prodigioso descarte de "L'absente" incluído posteriormente en "Amélie", sin olvidar otros maravillosos detalles como "La noyée II" o "Monochrome", con la voz de Dominique A. El cartel anunciador de los conciertos destacaba la faceta de acordeonista de ese Yann Tiersen folkie, y aires circenses más o menos característicos, provenientes en su mayoría de dicho instrumento, inundan la escena ("Le jour d'avant", "La noyée II", "Plus au sud"), junto a una extraordinaria plasticidad, mejor encauzada en los temas cortos. Haciendo buena su frase "lo más excitante a la hora de hacer música es no saber a dónde te lleva", da muestras en ocasiones de algún desfase experimental ("La terrasse", "Le banquet", "La crise", "Février"), mucho más interesantes sin duda que sus posteriores devaneos rockeros. En definitiva, los prolongados aplausos del final dan buena muestra del éxito obtenido en un público de edades y condiciones muy variadas.

"Me siento más europeo que francés", dice este bretón cuyos conciertos han cambiado con el paso del tiempo, antaño casi en solitario en el escenario, posteriormente con un gran conjunto y pequeña orquesta, y más adelante acompañado de una pequeña banda de esencia rock. "C'était ici" pertenece a esa segunda época, y entre los amigos que acompañaban a Yann se encontraban Christian Quermalet (bajo, percusión, voz), Marc Sens (guitarra), Christine Ott (ondas Martenot), Ronan Le Bars (gaita), Jean-François Assy (bajo), Iso -Grègoire Simonde, del grupo folk-rock Les Têtes Raides- (saxo), Lisa Germano (voz) y por supuesto Claire Pichet (voz, piano de juguete, tambourine, melódica y percusión) y Dominique A (guitarra y voz), además del Ensemble Orchestral Synaxis. El propio Tiersen ejerce de multiinstrumentista al interpretar piano (normal y también de juguete), violín, acordeón, bajo, guitarra y melódica, incluso cantando varios de los temas. En la figura de este músico auténtico, encantador, por momentos inclasificable, conviven conceptos no tan fáciles de conjugar con éxito, música popular con radiofórmulas, folk con rock, academicismo con experimentalidad, para acabar conformando melodías esenciales en las vidas de miles de personas. Jeunet encontró la música de los mismos sueños en los discos de Yann Tiersen.

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YANN TIERSEN: "Le phare"







12.2.12

ONE:
"Blue Desires"

Tino Izzo, como compositor, intérprete y productor en cada uno de sus discos, es un músico todoterreno, un guitarrista de Quebec que tuvo como principal influencia a su propio padre y que a los diez años comenzó a tocar, adquiriendo muy pronto una gran soltura en guitarra y batería. En su evolución, acabó simplificando su música para desarrollar unas ideas surgidas de un regalo de su esposa: "Cuando me casé con Rosanna no andábamos precisamente muy boyantes de dinero, así que por Navidad decidimos hacernos regalos creativos. Ella me regaló algunos cuadros, y uno de ellos me inspiró de una forma tan especial que decidí escribir una canción, que llamé 'Her Song'". Bob Chacra escuchó casualmente esta composición y le propuso a Tino la creación de un disco instrumental donde destacara la guitarra, para ser publicado en Chacra Alternative Music, compañía canadiense fundada por el propio Bob Chacra en 1984. Así surgió "Blue Desires" en 1993, primer disco de Tino Izzo, pero publicado bajo un pseudónimo que expresa la soledad de su labor en el estudio: One ("estoy disfrutando verdaderamente siendo un grupo de un solo miembro", comenta Izzo). Como estupenda portada, el cuadro de Rosanna Ciciola con el que comenzó todo.

"Blue Desires" recoge una estimulante sucesión de gratas melodías con el nexo común de buenos fraseos de guitarra y acompañamientos exquisitos en un entorno de suave ambientalidad, más cercana a terrenos relajantes con un cierto componente rítmico muy pop que a otros estilos también convencionales como jazz o rock. Algunas de las composiciones desencadenan, sin contradecir lo anterior, un asombroso aluvión de energía, tal vez reprimida durante años y expandida de repente en este primer y revelador trabajo de este artista canadiense que hubiera preferido dejar sus canciones sin títulos ("me gusta la idea de permitir que el oyente pueda tener la oportunidad de asociar una imagen visual personal a la textura musical ofrecida"). En un contexto general de melódico optimismo se encuadran diez composiciones en las que numerosas guitarras -calmadas unas, furiosas las menos- luchan por obtener su momento, por dominar cada pieza o por adornar unos arreglos elegantes y de compensada hermosura, que comienzan por una samba que, fuera de contexto, ejemplifica ese trabajo de búsqueda, de cuidada producción y de estupendo acabado que caracteriza a los trabajos de Tino Izzo. "Samba del viento" se anticipa a uno de los cortes que este guitarrista canadiense adaptó de su época más popera y vocal, "Ghosts Before Breakfast". Algo parecido sucede en la composición que da título al álbum, "Blue Desires", donde unas guitarras muy luminosas son arropadas por una sencilla percusión (uno de los elementos menos decisivos en el álbum). Delimitado por esos ejemplos de instrumentalidad fácil pero efectiva, nos encontramos con la que posiblemente sea la canción más destacada del trabajo, la que fue inspirada por el cuadro que sirve de portada, "Her Song", muy completa, cuidadísima, mágica incluso. Junto a "Her Song", es "Freedom Within" otro de los cortes destacados, muy animado, mostrando a un Izzo muy seguro, práctico y eficaz, en una pequeña demostración de manejo de la mesa de mezclas a la par que de la interpretación. Sin necesidad de percusión o más parafernalia para expresarse, "The Lion, the Witch and the Wardrobe" describe un bucólico paisaje que bien podría estar sacado de un lienzo de su esposa, pero la inspiración vino realmente del primer libro de la heptalogía "Las crónicas de Narnia", de C.S.Lewis. Tras perder un poco de fuerza en el último tramo, el disco acaba con "Nymphéas", que si bien no se puede encuadrar entre lo mejor del álbum, sí que posee esa esencia que lo define, la atractiva calidez de las cuerdas jugando entre sí, en efusivas tonadas sencillas, cálidas y atrayentes. "Son canciones muy simples, pero muy honestas, por lo que son perfectamente legítimas", y una de las más honestas es "The Round Walls Home", compuesta cuando Rosanna y Tino iban a tener un niño. En el libreto Izzo dice que siempre quiso hacer un disco dedicado a la música de guitarra, lo cual ha supuesto una enriquecedora experiencia, muy personal pero compartida con todos los oyentes en un fantástico resultado final dedicado a otros dos guitarristas, su padre (que le animó a tocar paro falleció antes de poder disfrutar de sus discos) y su amigo Anthony Cianciusi.

El arte es parte importante de la vida y de la inspiración de Tino Izzo, especialmente la pintura, de forma primordial por los cuadros de su esposa, pero también por pintores como Edward Hopper (el corte "Nighthawks" es el título de una de sus pinturas más famosas) o Claude Monet ("Nymphéas" fue creada pensando en su obra), escritores como C.S.Lewis (autor de la famosa novela que titula a "The Lion, the Witch and the Wardrobe") o cineastas como Hans Richter ("Ghost Before Breakfast" es una de sus películas). Los tonos azules, relajantes, de la portada de "Blue Desires" (que originan además su propio título), devienen en naranjas, más explosivos, en un segundo álbum tal vez superior (al menos con un grandísimo comienzo) titulado "Four September Suns", publicado también por Chacra Alternative Music sólo un año después, en 1994. No hay que desdeñar sin embargo este primer disco firmado como One, pues posee una gran determinación para hacernos llegar una música que, sin excesivas pretensiones, cumple la doble función de sonar realmente agradable y de llenar esos momentos en los que se puede fundir melancolía y jovialidad. John Strati, poeta y amigo de Tino, escribió un sencillo poema tras escuchar la primera maqueta del álbum, incluido en el libreto de "Blue Desires". Además, realizó una descripción perfecta para la contraportada del mismo: "La guitarra, una multitud de rostros, de humores y de personalidades. Cada cuerda, una impresión. Cada nota, una inspiración. Sonidos que evocan... y que provocan. Armonías que nos recuerdan lo conocido y melodías que hablan de lo desconocido".

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24.1.12

MANNHEIM STEAMROLLER:
"Fresh aire"

La historia del origen del grupo denominado Mannheim Steamroller, así como de la compañía discográfica American Gramaphone, es cuanto menos peculiar y, si bien su éxito es casi exclusivamente norteamericano, merece la pena escucharla y destacar sus méritos, puntuales destellos de calidad en cada una de las entregas de la popular serie Fresh Aire. Chip Davis es el estandarte de este pequeño imperio, un músico de Ohio que creció en un ambiente musical y que se graduó en 1969 como intérprete de fagot, aunque también dominaba la batería. El aprendizaje para crear su personal estilo surgió creando jingles para una empresa de Omaha, lo que acabó llevándole a la verdadera historia de su éxito: Chip (cuyo verdadero nombre es Louis) realizó la música para una serie de anuncios para televisión de una compañía de elaboración de pan llamada Old Home Bread, que fueron la comidilla de millones de estadounidenses; el protagonista era un conductor de camión de reparto llamado C.W.McCall, que representaba situaciones divertidas junto a su novia Mavis, vistosa camarera de un bar de carretera. Tal fue el éxito de los spots que C.W.McCall recorrió todo el país en un espectáculo que incluía la música de Chip Davis, cuyo grupo se denominaba Mannheim Steamroller. El single "Convoy", de estilo country, vendió millones de discos e inspiró el título de la película de Sam Peckinpah protagonizada por Kris Kristofferson. Mientras tanto, Chip Davis intentó dar su particular paso adelante, ideando un disco instrumental en el que retomaba viejas ideas, si bien ninguna compañía parecía estar interesada en el mismo, por lo que acabó creando American Gramaphone Records en 1974, antes incluso que la fundación de la propia Windham Hill.

"Fresh Aire" fue la primera referencia de American Gramaphone e inauguró una longeva saga de discos basados en diversas temáticas. La primavera era el punto de partida de este primer volumen, que se alimenta de un espíritu barroco con un toque medieval. Lo que sí tuvo claro Davis desde el inicio de la compañía era la importancia de la calidad del sonido que se vendía, por lo que no dudó en invertir en la tecnología punta de la época: "Los elementos clave de American Gramophone son música original con una base clásica y una visión pura de la producción", dijo Chip, y en "Fresh Aire" intentó ponerlo en práctica por medio de doce composiciones interpretadas por Jackson Berkey a los teclados y el propio Chip Davis a la percusión y flautas, con la adición de bajo, metales (trompeta, trombón) y cuerdas, aparentando una gran suite orquestal con acabado electrónico. "Prelude" es una subyugante introducción, no exenta de un cierto misterio, que presenta de inmediato un sublime cambio al derivar en una pieza recargada, cercana a un animado barroquismo con añadido electrónico; su título, "Chocolate fudge", contribuye a un cierto desconcierto en cuanto a sus pretensiones, y a su vez confirma el tono cómico del que surge el grupo, al utilizar ese juego de palabras fudge (caliente) / fugue (fuga, que es a lo que podría sonar la pieza en homenaje a músicos del barroco como Johann Sebastian Bach). Esa fusión clásico-electrónica chocó en la época ("Chocolate fudge" es una melodía algo atropellada pero ciertamente pegadiza) y fue el comienzo del éxito de la Mannheim Steamroller, un nombre surgido de una técnica de composición musical del siglo XVIII equivalente a un crescendo. Cuatro interludios de piano ambiental (sus títulos son precisamente "Interlude" I, II, III y IV) se intercalan en la obra otorgándole un aire sencillo e intimista, con efectos de sonido de fácil asimilación (lluvia, pájaros) que emergen melancólicamente en ese campo que sirve de bonita portada al trabajo. También serena y de armonías barrocas es "Sonata", de corta duración y de consumo fácil. En un tono más medieval, por la inclusión de la flauta dulce, es "Saras band" (una zarabanda -danza lenta muy utilizada en el barroco-, con otro juego de palabras en el título), aunque la batería y caminos más sinfónicos acaban por resultar algo extraños en un conjunto de entradas y salidas hacia lo clásico, lo moderno, lo lento y lo rápido. Da la impresión de que la composición vaya a saltos, aunque hay que admitir que de todo ello emerge un sonido final distinto, atractivo y absolutamente propio. Con "Rondo" vuelve el estilo desenfrenado y de sintonía algo extravagante que escuchábamos en "Chocolate fudge", así como en el pasacalles "Pass the keg (Lia)" -nuevo juego de palabras-. Sin ser tan acertados como aquel, no cabe duda que resultan alegres y llaman la atención, circunstancia extensible a todo el álbum, en especial escuchado en aquella época. Curiosamente, el tema denominado "Fresh aire" (musicalmente un aire o pieza de música a una sola voz) no es de los más destacados del álbum aunque no desmerece en el mismo; ambiental, parece una improvisación que va tomando alma durante su desarrollo. Sí que merece la pena destacar el final del trabajo, "Mist", de piano, muy corto aunque intenso y esperanzador, si bien no acaba de augurar una serie de continuaciones tan numerosa como las que acabaron viendo la luz.

'Rock clásico del siglo XVIII' es la clasificación que se impuso el mismo Chip Davis para esta música, rimbombante en ocasiones pero de un efectivo melodismo entre clásico y actual que le ha nutrido de fieles seguidores. De hecho, la serie 'Fresh Aire' consta de ocho entregas numeradas (todas ellas discos de oro, que en los Estados Unidos son 500.000 copias vendidas) y una de corte navideño que le supuso ventas millonarias, como todos sus álbumes inspirados en la Navidad. Lo que comenzó con un anuncio de pan se ha convertido en una de las compañías independientes más importantes de norteamérica, que aparte de a la Mannheim Steamroller ha publicado trabajos de Jackson Berkey, Richard Burmer, Mason Williams, Jeff Jenkins o el grupo Checkfield. Así es la historia de cómo Chip Davis cumplió con el sueño americano por obra y gracia de la exitosa serie 'Fresh Aire'.



28.12.11

CÉSAR FORNÉS:
"Retorno a la fantasía"

Música Sin-Fin era el nombre del sello discográfico independiente que Juan Alberto Arteche creó en 1989 para difundir la música de su grupo, Finis Africae, y de otros artistas españoles que circulaban por caminos pedregosos y de difícil difusión como son los de la vanguardia electrónica y la experimentación en el folclore y la música étnica, vías que concurrían inevitablemente en el saco de las reconocidas como nuevas músicas. En su estudio de grabación, conocido como 'El Agujero', y con el sentido de "experimentar con nuevos conceptos musicales", se grabaron la mayoría de las referencias del sello, como "Interface" de Zyklus, "Copa de veneno" de Clónicos, "Amazonia" de Finis Africae o "Pangea" de Javier Paxariño, sus cuatro primeros lanzamientos. Mención aparte merecen los dos siguientes, que fueron grabados casi en su totalidad en los estudios de sus autores: un excepcional "Cautiva" de Alberto Iglesias, que Pedro Almodóvar rescató con muy buen ojo para su película "La piel que habito", y un disco intimista y aventurero, una pequeña joya de título "Retorno a la fantasía" creada y servida por el guitarrista César Fornés. Desde un punto de partida humilde pero tremendamente entusiasta, Fornés y Juan Alberto Arteche presentaron en 1992 esta encantadora obra que encajaría perfectamente en el catálogo de un sello especializado en músicos artesanos como Windham Hill, y cuyo mensaje está encerrado en la reseña que publicó la propia compañía: "Historias intensamente vividas por todas las personas que tienen un arco iris en algún rincón de su cabeza. Cuentos y leyendas caballerescas, observaciones y sensaciones de un entorno casi olvidado y utópico. Fábulas sonoras que te transportan a otro tiempo, a un tiempo feliz y aventurero de la infancia, donde todo es posible".

César Fornés es un contador de cuentos, un músico auténtico cuyo reto es "llegar a hacer una música de la que estar orgulloso", y más allá, "llegar directamente al corazón". Con el tirón de las músicas instrumentales de finales de siglo tuvo su pequeño momento de gloria, suficiente para hacernos llegar este delicioso trabajo producido por Juan Alberto Arteche con la mujer de Fornés, Mora Amaro -que aparece en algunas de las imágenes promocionales del álbum-, como ingeniero de sonido. Nacido en 1952, comenzó a los 11 años a estudiar música, vocación heredada: "Mi padre era trompetista profesional, y muy bueno. Yo poco a poco me fui decantando por la guitarra, porque era un instrumento más íntimo, y más fácil". "Retorno a la fantasía" fue su primer trabajo en solitario, si bien tenía una gran experiencia en numerosos grupos de rock y jazz, en musicales como "Jesucristo Superstar" o "Evita", y tocando para Camilo Sesto, Raphael, Miguel Ríos, José Luis Perales, Rocío Jurado y muchos más artistas españoles de primera fila. "Retorno a la fantasía" consta de dieciocho canciones, aunque muchas de ellas son de duraciones muy cortas, como pequeños experimentos que ilustran los poemas de César, esos escuetos textos que podemos leer en el libreto del álbum y que son inseparables de la propia música. Por ejemplo, el de "Muy adentro": "Aquellos botones de la camisa eran imposibles de abrochar, tanto, que me di cuenta que mi cuerpo quería decirme algo, pues yo mantenía con él un intercambio: yo le cuidaba lo mejor que podía, y él me avisaba cuando alguna bonita melodía estaba pasando por los alrededores". En un estilo sencillo ("he preferido la pureza de una ilusión sonora y no la complejidad de escalas y virtuosismos"), Fornés intenta escarbar en lo imaginario y devolvernos la fantasía perdida con el paso del tiempo, con aires medievales en los que no faltan caballeros, damas, palacios o bufones. "El molino de agua", haciendo honor al título del disco, es una fantasía para cuerdas, una oda musical tan simple como hermosa y bien ejecutada, el recuerdo de un tiempo pasado y feliz. Sin ir más lejos el segundo corte, "La promesa de una dama" -otra de las valiosas joyas de un trabajo de escucha entusiasta-, explora en la propia portada del disco, una viñeta de la histórica aventura gráfica "El príncipe valiente" de Harold Foster. Esas guitarras aventureras (Ovation, Martin, Contreras y Gibson) se detienen en paisajes, ciudades, pensamientos y leyendas, con la única ayuda de un emulador Proteus y del secuenciador Atari Notator. Una cierta ingenuidad se suple con técnica y astucia, encontrando con facilidad la melodía o el desarrollo adecuado a momentos más calmados ("Bochorno sobre el lago" -auténtico intimismo maravillosamente construido-, "El caballero andante"), meditabundos ("Los pensamientos de Güordek", "La casa de los sueños"), alegres ("Las andanzas de Yermín", "La carreta de cristal"), festivos incluso ("Carnaval en palacio"). "Todo es muy sencillo y a veces repetitivo, igual que la ola sigue a la ola... Yo cuando voy y vengo también puedo ser el mismo, pero la verdad es que eso no lo consigo".

La carrera de César Fornés no fue nunca un camino de rosas, ni en su época trabajando para otros, donde cosechó alguna mala experiencia por el encorsetamiento que esto suponía y la falta de permisibilidad por parte de alguna estrella, ni por supuesto cuando dejó todo de golpe y tuvo que tocar en el metro de Madrid, si bien aprendió mucho y acabó dando clases en conservatorios. En cuanto a su estilo de música asegura: "Yo siempre he hecho fusión, y a raíz de que saliera Vollenweider he tenido que llamarlo new age porque, siendo español, jazz no molaba". Es el gran problema de las etiquetas, unido al sempiterno de la cerrazón del mercado español (definitiva la frase de Juan A. Arteche: "Me he pasado toda la vida intentando ser más o menos libre dentro de la música y siempre me he encontrado con el muro impenetrable de las compañías discográficas"). Con artistas como César Fornés, Alberto Iglesias o Javier Paxariño, Música Sin-Fin logró al menos ofrecer esa calidad que sólo unos pocos saben reconocer, pero que es ciertamente indiscutible e injustamente olvidada salvo en círculos muy recónditos. "Retorno a la fantasía" es una de esas sorpresas que merecen ser rescatadas del olvido, un guiño a la literatura épica, al cine de aventuras, a los sueños infantiles. En esa temática legendaria, y aunque la portada sea un homenaje a 'El príncipe valiente', Fornés bien podría haber elegido algún grabado o cuadro de los que recuerdan a nuestro ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, retratado en este disco desde la cordura del guitarrista formado en el conservatorio y la locura del músico callejero.







14.12.11

WIM MERTENS:
"A Man of No Fortune and with a Name to Come"

En la música contemporánea de los últimos tiempos se han impuesto fácilmente, con el beneplácito de la crítica, obras por lo general de audición complicada para el gran público. No se pueden negar sus cualidades, pero sí admitir la dificultad para despertar interés y ampliar el número de seguidores. Otro tipo de compositores han intentado abrir las fronteras para facilitar su música, topándose así con el desprecio del sector más retrógrado de la crítica, pero accediendo a un mercado entusiasta como el de las nuevas músicas (con todo lo despectivo o atractivo que el nombre pueda conllevar), sin olvidar por ello sus convicciones y prioridades. El estirado compositor belga Wim Mertens es uno de los ejemplos más claros de ese acercamiento a estructuras más sencillas (cuidado, también es preciso investigar en sus series más complejas, intercaladas entre sus éxitos) que encuentran difícil acomodo en cuanto a su definición estilística. Una de las muchas líneas de actuación de este dinámico artista consiste en la interpretación en solitario utilizando solamente piano y voz, con la peculiaridad de cantar en falsete versos sin ningún tipo de significado. Así, diciendo prácticamente nada, Mertens dice realmente mucho, algo además distinto y único, directo y sincero. "A Man of No Fortune and with a Name to Come" fue su primera referencia de piano y voz, publicada por Les disques du Crépuscule en 1986 con una artística portada que refleja la soledad del intérprete.

"Toda mi música, incluso la instrumental, viene de una inspiración vocal", afirma Mertens. Así se puede entender mejor que engalane sus piezas con tan extraño canto, que aunque al principio pueda resultar chocante, incluso algo absurdo o histriónico, acaba atrapando, convenciendo y esperando más de esa manera tan peculiar de entender la música de piano, en la que lo popular y lo clásico se dan la mano. "A Man of No Fortune and with a Name to Come" fue grabado en dos días sin ningún tipo de manipulación adicional y estaba dedicado a su padre, Henri, que también era músico. Presenta por lo general una marcada emoción en seis piezas inspiradas, placenteras y de duraciones amplias, si bien su único 'single' se sale de la norma general al tratarse de un riff movido de menos de tres minutos, con un tratamiento vocal más intenso; "Hirose", así se titula, toma el nombre de una antigua novia japonesa de Wim, Rika Hirose, cuya única acreditación en su obra es de fotógrafa en "Educes me" y como vocalista en "If I Can", trabajos ambos de esta misma época. "Casting no Shadow" es un comienzo bonito y melódico, en el que la voz se presenta tímida al minuto y medio, intentando equilibrar la belleza clásica del instrumento con un toque personal y extravagante por lo distinto e inesperado; este inicio, además de sereno y hermoso es ciertamente largo (once minutos y medio), pero se trata de una de esas melodías que podrían ocupar sin temor una mayor extensión. Así lo hace "You See", única de las canciones en la que parece escucharse una frase con sentido (la que le da título), en un entorno de quince minutos alegres y desenfadados en los que también hay tiempo para una calma tensa. También tranquilas son "A Tiels Leis" (de melodía bella y sustanciosa, aunque de menos matices hasta su cambio de registro hacia la mitad de su extensión, que deja ver a un Mertens más exultante) y "Naviamente" (reposada, envolvente y plástica, cuya expresividad viene dada tanto en lo rotundo de las notas del piano como en la acongojante interpretación vocal). Es sin embargo el corte número cinco uno de los más acertados del álbum, un clásico en el repertorio de este enorme músico (de hecho se trata de una composición anterior, grabada con distinto tratamiento para el álbum "Vergessen"), de título "Multiple 12", en el que, él tendrá sus motivos, no utiliza la voz; de cadencia lenta y agradable, continúa con una cierta incertidumbre general sobre si el propósito del álbum se nutre de celebración o de duelo contenido. En su reedición de 2008, "A Man of No Fortune and with a Name to Come" incluía un anecdótico (su duración es inferior a un minuto) séptimo corte, "Noli me Tangere", que era en realidad cara B del single de "Hirose". El éxito de este trabajo y la creciente fama de Wim Mertens fueron motivo suficiente para acometer una larga gira que, aparte de pasar por España y demás países europeos, también llegó a Estados Unidos, en concreto a New York, Houston y Los Angeles; su éxito provocó la rápida respuesta de Windham Hill, que publicó dos recopilatorios del artista, "Close Cover" en 1986 y "Whisper Me" en 1988, si bien ninguno de los dos incluía canciones de "A Man of No Fortune and with a Name to Come". El film franco-belga "Between the Devil and the Deep Blue Sea", conocido en España como "Entre dos mares - Li", contó con este disco como banda sonora, y es es que al parecer su directora, Marion Hänsel, trabajó durante varios años en el guion mientras lo escuchaba compulsivamente; la BSO, que es el mismo disco con el mismo listado de temas, añade en su portada 'Basada en "A Man of No Fortune and with a Name to Come"'.

La 'generación perdida' fue el nombre con el que se conoció a una serie de escritores norteamericanos residentes en Europa en los años 20 del pasado siglo. Tal vez los más conocidos de todos ellos fueran John Dos Passos, Francis Scott Fitzgerald, John Steinbeck y Ernest Hemingway, sin embargo para nosotros es destacable la influencia de otro de ellos, Ezra Pound, en la obra de Wim Mertens, en especial en los títulos de muchas de sus composiciones, como el del trabajo que nos ocupa, "A Man of No Fortune and with a Name to Come", perteneciente a su 'Canto I'. Pound fue clave en una cierta revolución poética de su época con el empleo del verso libre en composiciones largas, del mismo modo que Mertens capitaneó su propia revolución vocal en la música contemporánea con sus extravagantes composiciones para piano y voz, trabajos llenos de vida y energía intercalados entre otros en conjunto, sinfónicos, o complicados juegos vanguardistas. Mertens, junto a Michael Nyman y Philip Glass, capitanea otra generación, pero no 'perdida', sino populosa y reconocida, la de los minimalistas del último cuarto del siglo XX. Bravo por Wim y por compartir con el mundo sus múltiples expresiones de talento.

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2.12.11

STEVE ROACH & KEVIN BRAHENY:
"Western spaces"

La soledad y el silencio de los desiertos o los mares son amigos de la inspiración de muchos músicos ambientales y cósmicos, siendo habitual el hecho de que grandes nombres de la música electrónica más atmosférica establezcan su residencia en pequeñas ciudades o pueblos alejados de las grandes ciudades. Es así como artistas como Steve Roach -que en un determinado momento de su carrera decidió mudarse al desierto de Sonora, cerca de la ciudad de Tucson, en el estado de Arizona- conectan con una realidad que se nos escapa a la mayoría, un mundo natural enlazado a la conciencia mágica y antigua del planeta Tierra. Roach, que creció al sur de California, muy cerca de esos estímulos enfrentados como son el desierto y el océano, siempre ha intentado acceder a lo que él llama 'el santuario de los sonidos primordiales', y sus primeros intentos los publicó en Fortuna Records, una pequeña compañía creada por Ethan Edgecombe en California. Celestial Harmonies, una de las grandes compañías en el floreciente mercado de las nuevas músicas, comenzó a distribuir el catálogo de Fortuna Records a mediados de los 80, con lo que artistas como David Parsons, Patrick Ball, William Aura o el propio Steve Roach se vieron beneficiados.

"Western spaces" es un ejemplo soberano de lo expuesto en el párrafo anterior. En colaboración con el también sintesista estadounidense Kevin Braheny, que ya había trabajado con Roach en el meditativo "Structures from silence", este disco es toda una celebración de las sensaciones que produce la inmensidad desértica en el espíritu humano. Linda Kohanov, escritora, crítica musical y a la sazón esposa de Steve Roach, explica maravillosamente en el libreto del disco cómo, a tu alrededor, florecen sonidos y sensaciones milenarios provenientes del propio comienzo de los tiempos, y perdido en paisajes infinitos, desolados, con capacidad para matar en cuestión de horas, se acaba sintiendo una especial fuerza, renovación y finalmente gratitud, para concluir que ya nunca vuelves a ser el mismo. Roach también describía así sus sensaciones: "Desde mis más lejanos recuerdos siempre he estado atraído por el desierto. Adoro el carácter expansivo, el calor intenso, el hecho de poder ver y en mi caso oir el interior del acto dramático de la fuerza creativa a todo tu alrededor en las primeras formaciones rocosas, montañas, cañones, etc...". Eso es precisamente lo que podemos encontrar en "Western spaces", no asistimos a una demostración de calidez o alegría ni a una fiesta de ritmos pegadizos, sino a invocaciones de tonos místicos, relajantes y atrapativas, cuyas justas duraciones no llaman al posible aburrimiento sino a pequeños y prudentes momentos de éxtasis. Junto a los inevitables instantes de relajación, otros pueden calificarse a la vez de poderosos ("In the heat of Venus"), verdaderos ritos electrónicos de bucles místicos, huyendo de la serenidad, para acabar activando al oyente, atrapado en un juego de raíz y desconcierto. Por momentos parecemos asistir a una sinfonía electrónica con toques étnicos ("Desert walkabout"), en otras ocasiones -y al hilo con el afán globalizador de un Braheny que también interpreta flautas de pan, kalimba y percusiones acústicas, y que gusta de incorporar sonidos de instrumentos de viento como el violonchelo en su sintetizador- parece invadirnos una melancolía de formas orientales ("Desert prayer"). Pero es en el propio comienzo del álbum donde nos topamos con la muestra más evidente de esa arqueología sonora buscada por el firmante de la pieza, Steve Roach; con su impetuoso clímax constante, "The breathing stone" resalta más su énfasis anímico y poderío rítmico que otros temas de sus primeros trabajos repletos de momentos secuenciados que suben y bajan en ciclos inconstantes, y refuerza esa sensación, maravillosamente atrapativa, de encontrarse entre dos mundos. El concepto y la producción de este disco (en el que no hay que dejar de mencionar la colaboración de otro sintesista, Thom Brennan) corre a cargo de Steve Roach, pero su historia es más movida que la propia música electrónica contemporánea -así la denominaban sus autores- que presenta: "Western spaces" tuvo una primera edición en CD firmada por Steve Roach, Kevin Braheny y Richard Burmer en 1987 en el sello alemán Innovative Communication (un subsello de esta compañía, Chameleon Records, publicó poco antes la cassette), con dos canciones distintas creadas por Richard Burmer, "A story from the rain" y la excepcional "Across the view", pieza mítica de la electrónica estadounidense más amable. Ese mismo año Fortuna Records se encargó de la reedición aquí glosada, con portada y diseño general diferente, y la firma de Steve Roach y Kevin Braheny, dada la ausencia en la misma de Richard Burmer y pertinente sustitución de los temas de Burmer por otros dos nuevos de Roach, si bien la composición que cierra el disco en ambas versiones, titulada propiamente "Western spaces", sigue siendo de autoría conjunta de Roach, Braheny y Burmer. Por último, Innovative Communication incorporó una nueva reedición en 1989, con otra portada (ya son tres distintas) y los temas originales, incluído un "Across the view" que parece tener su propia historia.

La música puede producir sentimientos evocativos. Acrecentado por su título y su portada, lo que podemos escuchar en este álbum puede ayudarnos a imaginar, incluso a sentir, amplios territorios desérticos, aunque para entender la inmensidad de un desierto o el misterioso encanto de una cueva profunda hay una necesidad de estar ahí, en el terreno, donde los cinco sentidos son capaces de asimilar espacio, luz, temperatura y demás factores. Si permanecemos cómodamente en nuestros hogares, la sugestión del epígrafe "Western spaces" y de su propia portada, puede ser la ayuda definitiva para confundir a nuestra imaginación, no deja de ser cierto que determinadas atmósferas provocadas por sugerentes notas elongadas de sintetizadores, percusiones rítmicas o acompasadas, sosegados efectos de sonido y ciertos acompañamientos de cuerdas o instrumentos de siempre, en una adecuación a la ambientalidad imperante, pueden lograr una conexión casi mística con la Madre Tierra, estimulando en nuestras mentes la comparación de esos paisajes sonoros con estimulantes espacios naturales. Las hipnóticas cadencias de la electrónica de estos músicos norteamericanos consiguen en gran parte de este trabajo que sintamos el calor y la esencia de los desiertos del suroeste estadounidense, recreando para nosotros vistas que hacen pensar en el principio de los tiempos, y que tendrán una especie de continuación en 1989 en el álbum de planteamiento similar "Desert solitaire", de Steve Roach y Kevin Braheny junto a Michael Stearns.