27.1.22

LUDOVICO EINAUDI:
"Underwater"

La mayoría de los pianistas melódicos que nos han deslumbrado con sus trabajos en solitario han alcanzado un momento en el que tienen la necesidad de revestir su música con otra instrumentación, generalmente de corte clásico, aunque las teclas acaben destacando, lógicamente, en la ecuación. Ludovico Einaudi ya había logrado un cierto éxito internacional con "Le onde" cuando incorporó bajo, cuerdas, guitarra y duduk en su álbum "Eden Roc" en 1999. Su siguiente paso retornó al piano desnudo en "I giorni", pero era difícil adivinar que iban a pasar dos décadas hasta retornar a esa propuesta. Efectivamente, desde su colaboración con el intérprete de kora Ballaké Sissoko en el álbum de 2003 "Diario Malí", Einaudi se hizo acompañar de buenos amigos, intérpretes de cuerdas especialmente, en su magna obra. Tras la curiosidad de "12 songs from home", donde Ludovico ofrecía recogidas versiones de algunas de sus composiciones durante su confinamiento en 2020, Decca publicó a comienzos de 2022 "Underwater", su primer álbum de estudio con composiciones nuevas de solo piano en más de 20 años.

Y el retorno es gozoso, qué serenidad, qué placidez sentarse y disfrutar del piano de Einaudi. Él lo hace fácil, se funde con el instrumento para acongojar, y cada pieza es un viaje a la dulzura, o como se dice en la nota de prensa del mismo, "un espacio para flotar sin límites, para reflexionar libremente", y es que Ludovico no tuvo presiones de ningún tipo: "La música vino con naturalidad, más que nunca antes. Sentí una sensación de libertad, de abandonarme y dejar que la música fluyera libremente. No tenía un filtro entre lo que salía del piano y yo, sentía mucha pureza". Posiblemente, la inspiración fuera incluso mayor que los paseos que originaron su anterior serie de siete trabajos, "Seven days walking", al poseer ese componente de dejarse llevar, de no poder hacer otra cosa aparte de tocar, de la soledad de la persona y el piano. El despegue del álbum, "Luminous", viene acompañado de un pequeño video donde pequeños microorganismos marinos desplegaban sus formas ondulantes y maravillaban con su luminiscencia. Ellos estaban vivos, como la música, como esa pieza sencilla y completa, en la que el maestro turinés sabe hasta dónde llegar. Cuatro eran las composiciones de avance del trabajo, entre las que destacaba especialmente otro video, el de "Natural light", que también se nutre de lucecitas, posiblemente las que le acompañaban cuando cerraba los ojos para componer durante el confinamiento al que la mayor parte de los seres humanos nos vimos sometidos durante el año 2020, ya que este álbum procede de esas largas horas en casa, y es, en sus palabras promocionales, "un manifiesto por la vida y una declaración para esta época en la que el mundo a mi alrededor estaba tranquilo y silencioso". Las luces de las que nos alimentábamos eran artificiales, por eso Ludovico sueña en esta gran pieza con la luz natural, con la calidez de las sensaciones solares, jugando con una deliciosa melodía con algo infantil, algo entre el ingenuo deseo navideño y la espontaneidad de la experiencia. Un tercer video de presentación era "Atoms", pieza menos desarrollada que nos introduce en un sendero boscoso, un bucle ambiental de acompañamiento a las melodías anteriores. En el último de esos cuatro avances, vuelve el juego entre notas en "Rolling like a ball", no tan afortunado como los dos primeros ejemplos, pero hermoso en definitiva, y descriptivo en este caso del reflejo del paisaje en un lago. Es esta la segunda de las piezas en el orden del disco, que continúa con "Indian yellow" (una nueva delicia donde el artista parece retornar al pasado y jugar en la calle con los amigos), el minimalismo de "Flora" y la mencionada "Natural light". Nada que objetar a las pequeñas delicias que siguen, melodiosas como "Almost june", "Nobody knows" o "Temple white" (difícil no destacar piezas como éstas en el conjunto del disco), tremendamente delicadas como "Swordfish" o "Wind song", siempre con el inconfundible sello del italiano. Ludovico se deja para el final la composición que titula al álbum, "Underwater", y aclara que dicho título "es una metáfora, una expresión de una dimensión muy fluida, sin interferencia del exterior". Ludovico no innova, pero no lo necesita, ofrece lo que se espera de él, y es maravilloso saber que continúa inventando piezas sin igual en su mismo estilo, año tras año, tal vez más reflexivo en casos como el de "Underwater". La fotografía del cisne de la portada fue tomada también por Einaudi, del que se dice que es el artista clásico con más seguimiento por streaming de todos los tiempos, y es que, aparte de la belleza de sus composiciones, la corta duración de las mismas y la utilización de muchas de ellas en el mundo del cine, ha elevado a este músico a una escala prodigiosa, lo que intenta aclarar a través de la diferencia entre componer y escribir canciones: "Cuando estás escribiendo una canción es como respirar, la forma de hacerlo es corta. Una canción es como la belleza de un solo soplo, una ola que va y viene. Es hermoso tal como es, no necesita nada más".

El álbum del lejano año 2004 "Una mattina" ya trataba sobre la vida del pianista en su casa, con sus cosas y su familia, por lo que es de recibo admitir que son esas las cosas que en definitiva le inspiran, la tranquilidad de su hogar, las costumbres diarias que un artista como él, en continua gira de conciertos y promociones, difícilmente puede disfrutar. La pandemia lo logró, Italia se vio pronto en una difícil situación por la expansión del Covid-19, que tuvo que ser atajada con el aislamiento domiciliario. ¿Quién nos iba a decir -a él y a cualquiera de nosotros- cuando se publicó "Una mattina" que eso iba a suceder?, pero lejos de lamentos, la familiaridad del hogar de Ludovico en Dogliani volvió a ser acicate en esta ocasión tan distinta, para sacar los sonidos guardados en su interior, y más allá de sus obras anteriores, de sus adaptaciones con orquesta o de las eficaces bandas sonoras que están acrecentando su fama, se puede afirmar que "Underwater" es uno de los trabajos más sinceros y auténticos de esta estrella clásica de la actualidad.

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19.1.22

MILLADOIRO:
"A Galicia de Maeloc"

La tradición nos cuenta que un milladoiro es un montón de piedras acumuladas en los caminos, especialmente en el Camino de Santiago, aunque desde la época romana se ha perdido el significado de ese culto, que posiblemente provenga de la palabra 'humilladoiro' (humilladero) y sean como ofrendas de peregrinación, bien hacia el apóstol o bien, en la época romana, a determinados dioses de los caminos. Otros expertos afirman que se trataba de enterramientos, piedras amontonadas para cubrir el cuerpo de cadáveres que quedaban en el tránsito. Tal vez fuera la superstición la que hacía que los peregrinos del Camino de Santiago continuaran arrojando guijarros a los milladoiros que se encontraban, pero la tradición se mantuvo y el nombre se revitalizó también desde el campo de la música: en el momento en que Antón Seoane y Rodrigo Romaní necesitaban un nombre para el grupo de música tradicional gallega que acababan de formar a finales de los años 70, pensaron en que esos montones de piedras podrían reflejar perfectamente tanto la antigüedad de la música como el poder de la transmisión de esa información popular. Así, llamaron a su grupo Milladoiro en honor a esos "testigos silenciosos de una época en la que nos llegaron influencias y vibraciones de toda la Europa medieval".

Para fortuna del legado musical gallego, Romaní y Seoane publicaron "Milladoiro" (junto a Xosé V. Ferreirós) en 1978, primera piedra de la banda que iba a tomar ese nombre desde el año siguiente, ya con ellos tres además de Fernando Casal, Laura Quintillán y Moncho García en su formación primigenia. A todos ellos les unía la música tradicional gallega y el conocimiento ligero de los trabajos primarios de otros transmisores legendarios de tradiciones celtas como Alan Stivell, The Chieftains o Malicorne, sin olvidar otras figuras de la música gallega como Emilio Cao, pero tenían que fortalecer su unión, encontrar el tratamiento adecuado y un repertorio idóneo hurgando en cancioneros y poblados: "Cuando Milladoiro empezó su trabajo tuvo varias fuentes de documentación, una era la tradición oral, los viejos músicos que estaban todavía en activo y que mantenían una relación con parte de nosotros. De ahí recogimos los primeros temas acompañados de una literatura que estaba muy dejada de la mano de Dios". Sin estar seguros de la respuesta pública, empezaron a ensayar y forjaron "A Galicia de Maeloc", que fue publicado por el sello gallego Ruada en 1980. La portada es espectacular, una ilustración de Xosé María Piñeiro recreadora de leyendas con temática celta. Desde el principio este trabajo fue una apertura con sabor gallego a ese excitante mundo celta, con la polémica que ello conllevaba en una España en remodelación y con fiebres autonómicas. Solventando la sencillez de las melodías rescatadas, el folclore se teñía de actualidad con nuevos bríos y arreglos alegres y melódicos en forma de muñeiras, alalás o pasodobles tradicionales, y adaptaciones de dos piezas irlandesas, dos acercamientos a los celtas del norte, que no desposeían a la gran parte del disco de sus raíces gallegas, un disco que comienza con la "Danza De San Roque De Hio", una animada danza popular con poderío gaitero. También tradicionales gallegas son "Tecendo liño" (otra especie de danza, donde mandan en la melodía flautas y violines), "Danza de cariño" (con deliciosos aires medievales y un arpa que invita a pensar en Alan Stivell) y "Muñeira do areal", mientras que "Si bheag si mhor - John Ryan's Polka" es un tema que conjuga dos piezas irlandesas, una de O'Carolan y otra tradicional, de sonoridad mágica y profunda -donde no faltan las uilleann pipes y el tin whistle-, un gran acierto en el disco. En esta primera cara del plástico deja su sello en la composición Antón Seoane en los temas "A bruxa" (acordeón, zanfoña y la completa instrumentación se conjugan en una bella pieza cargada de sueños e ilusiones) y "Rosalía" (donde el clave marca la buscada antigüedad, y vientos y cuerdas aportan la esencia cantábrica más actual). El título "Alalá - Muiñeira - Jiga" no deja lugar a la duda sobre lo que contiene el arranque de la segunda cara, esos recuerdos de la tradición que continúan en "Danza de astureses" (una nueva danza de celebración en cuatro tiempos), "Pasodoble do berbes" (entretenida tonada donde las gaitas vuelven a resonar) o la delicada "Axeitame a polainiña", con un tema introductorio de Romaní. Es el mismo Rodrigo el compositor de "Ila vai o mar" (poética tonada donde el arpa y la zanfona se alzan por encima del romper de las olas), y coautor junto a Antón Seoane y Laura Quintillán del tema de cierre "Polcas (Da Arousa e do Tapal)". El grupo destaca en su web: "La primera vez que en la música gallega se emplean conjuntamente gaita gallega, ocarina, zanfona, arpa, clavecín, flautas, uillean pipe, etc. Fue el primer disco gallego que se editó en el mercado francés".

Para acceder más al componente puramente gallego que al celta, Milladoiro fue el nombre elegido para la banda tras desestimar, entre otros, el de Maeloc, que formaría parte de este su primer álbum. Maeloc era el nombre del obispo que comandaba la expedición celta que arribó a Galicia a mediados del siglo V huyendo de los combates en el sur de Inglaterra. Galicia era tan verde como su propia tierra, por lo que se adaptaron con facilidad y trajeron, entre otras costumbres, su propia música. Durante los 80 la importancia de Milladoiro fue creciendo y su nombre fue sinónimo de calidad, que exportaban desde Galicia a toda España y al mundo entero, hasta Estados Unidos o Japón. El tratamiento de la tradición gallega se realizó desde siempre con mucho amor y eso dignificó la figura del músico folclórico, que encontró un terreno abonado. Así, la situación de la música tradicional gallega -y la española en general- fue cambiando durante esa década hasta una aceptación total, que en los 90 tornó por momentos en devoción. Gran parte de la culpa fue suya, algo tuvieron sus discos, algo hicieron por pasear el nombre de lo gallego por el mundo, y aunque otros, con mucho mérito también, recogían el testigo y los frutos de ese trabajo, Milladoiro ha sido siempre un icono de la música gallega.

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6.1.22

ELEFTHERIA ARVANITAKI:
"Emisión"

La situación geográfica de Grecia le ha hecho ser un país con muchas influencias musicales, aparte de sus propios géneros populares, como la demotika, smyrneika, laika o rebetika. En la Opisthodromiki Compania cultivaban estos géneros tan impronunciables a comienzos de los 80, especialmente la rebetika (una música que surgió de manera marginal, como canción protesta de griegos refugiados tras la Primera Guerra Mundial, que fue perseguida posteriormente por las dictaduras de Ioanis Metaxás y de los Coroneles), y su cantante, una joven Eleftheria Arvanitaki que trabajaba como contable, no se tomaba en serio la posibilidad de ser profesional de la música. La vida sin embargo no le dio otra opción, dada su enorme calidad, y su nombre se unió a los de otras divas helenas como Háris Alexiou o Álkistis Protopsalti para dar a conocer al mundo en la década de los 90 una música que a pesar de contener mensaje se podía disfrutar igualmente sin entender las letras, dado su especial carácter rítmico y la belleza de la instrumentación unida al poder de las voces.

Eleftheria ha gozado siempre de un especial éxito y conexión con el público español, que ha acogido con ansia y elogios cada nuevo paso de esta mujer nacida en 1958 en El Pireo. Por tanto, y ante la publicación en 2001 de su nuevo disco en Grecia, su compañía -Mercury- optó por una opción lógica, la de realizar una versión exclusiva de este nuevo trabajo para el mercado español, con traducción del título y de las letras de las canciones. Así nació "Emisión", álbum publicado en 2001 por Emarcy Records con la distribución de Universal, que por mor de ese despegue internacional de la cantante, también contó con su correspondiente edición británica, de título "Broadcast". Al comienzo del disco, un tímido viento introduce una pieza delicada en la instrumentación y potente en el tratamiento vocal, como no podía ser menos; esta hermosa e importante canción en el álbum, titulada "Andar sobre el agua" y escrita por el poeta griego Mihailis Ganas, letrista de gran parte del disco (y de obras anteriores de Eleftheria), trata sobre la belleza de la naturaleza, de todos esos lugares sobre la Tierra que probablemente nunca vamos a poder visitar pero con los que soñamos, como podemos soñar con andar sobre el agua. La música es de Manos Ahalinotopoulos, clarinetista en alza, que interpreta la flauta dulce. La uilleann pipe y la flauta irlandesa (ambas interpretadas por Emer Mayock), aportan nuevos aires a la música griega en "Este beso", canción esplendorosa y evocadora sobre la base de los límites entre la amistad y el amor. Esa gaita irlandesa volverá a adornar un tema recogido como "De cabeza", pero antes suena "Vieja historia (La femme sans haine)", canción a dúo entre Eleftheria y Christos Thiveos, con música del senegalés Ismael Lo. El célebre laudista Ara Dinkjian entra en juego a mitad del disco con la música de "La copa en alto" y, más emocionante, "Palabras que guardaba", canción sobre el amor y el desamor, de nuevo con letra de Mihailis Ganas. Aunque delicioso y bien trabajado, el álbum merece un nuevo tema estrella, y "Por el color de tus ojos" llena la atmósfera con ritmos caboverdianos, pues es una canción de Teofilo Chantre, al que conoció a través de Cesaria Evora; trombón, saxo, marimba, piano, guitarra, contrabajo, percusiones y por supuesto, el cavaquinho, interpretado por João-Jose Pina Alves, suenan en este cálido primer sencillo del álbum, que Eleftheria canta en griego, y en la edición griega del álbum a dúo con la enorme 'diva de los pies descalzos', Cesária Évora. En otros países no, por cosas de las compañías. "Fuego y nieve" es una de las canciones más emocionantes del disco, espectacular interpretación a dúo de Eleftheria y Dulce Pontes (ambas se unieron en este proyecto al tener un amigo común, Cruz Gorostegui, promotor de conciertos), autora de la música de este tema en el que de nuevo Mihailis Ganas habla del desamor. Tras un discreto pero siempre elegante final melódico con "Hacia el sueño eterno" y "Añoro el futuro" (que trata de una relación que acaba pero se llena de optimismo mirando hacia el futuro, es decir, que posiblemente fuera lo mejor que podía ocurrir entre ambos -una especie de desamor positivo-), se alza el bonus track titulado "Sappho", enorme pieza dedicada a dicha poetisa griega, una mujer en el mundo de los filósofos hombres ("es la única mujer de aquella época que creó algo tan grande que todo el mundo la respetaba", declaraba Eleftheria), rescatada del álbum "Tragoudia gia tous mines", en una nueva versión con la ayuda de nuevos músicos, entre los que estaba Arto Tuncboyaciyan en la percusión. 

Tras aparecer en numerosos discos que recopilaban música griega o mediterránea, en 2000 las canciones de Eleftheria "Sappho" y "The bodies and the knives" (incluida en su trabajo de igual título) fueron elegidas para sonar en el álbum de Real World "Gifted: Women of the World", compilación femenina de relevancia internacional. Precisamente, las colaboraciones de Eleftheria con cantantes de primer nivel eran constantes en esta época, como Cesária Évora, Dulce Pontes o Concha Buika. Sus apariciones y conciertos eran más numerosos que nunca, y "Emisión" fue, según sus palabras, "consecuencia de ese viaje que emprendí para mostrar mi música", una consecuencia alegre y emocionante, una 'emisión' imaginada por la cantante de un variado programa radiofónico musical, con el que "he sentido el placer del reencuentro, la sorpresa, y este entendimiento tan especial que obtiene una a través de la música".

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24.12.21

THE ALAN PARSONS PROJECT:
"The Turn of a Friendly Card"

Los juegos de azar, su insidia y capacidad para llevar a la ruina o al éxito inmediato (si la suerte acompaña y se sabe administrar), han sido protagonistas de importantes canciones en la historia, como "The Gambler" (de Kenny Rogers, sobre un jugador de póker), "Blackjack" (de Ray Charles, sobre los problemas causados por el 'veintiuno'), "The Winner Takes it All" (de Abba, aunque la partida en la que 'el ganador se lo lleva todo' es realmente una manera de hablar del divorcio entre Björn y Agnetha), "The House of the Rising Sun" (The Animals cantan sobre un jugador que acaba en la ruina en Nueva Orleans), "Poker Face" (Lady Gaga logró uno de los sencillos más vendidos de todos los tiempos), "Ace of Spades" (de los ruidosos Motörhead, sobre la perdición de las máquinas tragaperras) y por supuesto, ese homenaje a la gran ciudad del juego que es "Viva Las Vegas", de Elvis Presley. Es una auténtica lástima que muy pocos recuerden uno de los mejores álbumes conceptuales de The Alan Parsons Project, una enorme joya del rock sinfónico titulada "The Turn of a Friendly Card", algunos de cuyos temas merecerían sin duda estar incluidas en esos gloriosos listados de canciones sobre juegos de cartas y ruinas instantáneas. 

Aun habiendo despuntado con dos trabajos tan excepcionales en los 70, siguiendo un camino marcado por el rock progresivo más asequible, como "Tales of Mystery and Imagination, Edgar Allan Poe" y "I Robot", la década iba a continuar por caminos de excelencia para The Alan Parsons Project, agrupación de laboratorio en la que el ingeniero de sonido y productor Alan Parsons y el compositor y teclista Eric Woolfson (sin olvidarse de las orquestaciones de Andrew Powell) se complementaban a la perfección, logrando productos de consumo masivo tan pulcros como "Pyramid" (con algún destello instrumental -"In the Lap of the Gods"- entre buenos ejemplos vocales como "What Goes Up...") o un "Eve" con menos puntos calientes (a excepción del inolvidable comienzo, "Lucifer"). La banda acometió entonces un nuevo proyecto conceptual, en esta ocasión centrado en la tentación de los juegos de azar. Eric Woolfson, que como Parsons vivía en esa época en Mónaco y que también había visitado Las Vegas, quiso narrar la historia de un hombre insatisfecho con su vida, que decide apostar toda su fortuna -y perderla sin remedio- en uno de esos temibles casinos. Y la que resultó ganadora fue la apuesta de Woolfson, porque "The Turn of a Friendly Card" es un trabajo inspirado y pletórico, con la única tacha de no tener un instrumental espectacular -y no es que los que hay en el disco no cumplan- como "Lucifer", "I Robot" o el futuro "Mammagamma". El Project no sólo resuelve cómodamente la papeleta con las canciones, sino que las dota de un brillo y una presencia espectacular en una obra que inaugura los 80 y fue publicada de nuevo por Arista. El comienzo épico (la estupenda "May Be a Price to Pay", donde empiezan a apreciarse las adaptaciones orquestales de Powell) sólo es el antecedente de una aventura que continúa con grandes exponentes como el conocido éxito "Games People Play" (un hit que parece acceder a la música disco, con el que regresa al Project la voz de Lenny Zakatek, que repite en la funky "I Don't Wanna Go Home", una de las joyas ocultas del álbum) o "Time" (inolvidable balada donde aparece por vez primera la voz del propio Eric Woolfson, sobre la que Alan -antaño poco interesado en ella- admitió estar muy equivocado), dos grandes clásicos de la banda, que fueron los singles destacados del trabajo. Tras el instrumental "The Gold Bug" (atención al evocativo saxo en este nuevo homenaje a Poe y su excepcional cuento 'El escarabajo de oro') llega la suite que ocupaba la cara B del plástico, con tanta fortuna y vehemencia como la A. Chris Rainbow es el vocalista principal de la misma, en las dos partes de la bellísima "The Turn of a Friendly Card" y en otra gran canción, la visceral "Snake Eyes", tercer sencillo del disco. Woolfson parece tomarle el gusto a la interpretación, y canta la ligera "Nothing Left to Lose", plena de hermosas armonías y un curioso acordeón, que llega tras el segundo y último instrumental del trabajo, "The Ace of Swords", con un claro componente medieval y épico (mérito de Andrew Powell) que ya se podía escuchar en otros momentos de un álbum que contiene sonidos de fondo de casino que, afirma Alan Parsons, grabó él mismo en Mónaco. El afamado director Eberhard Schoener dirigió la Orquesta de Cámara de Múnich, mientras que Woolfson (piano, sintetizador, voces) y Parsons (sintetizador y coros) estaban acompañados en la instrumentación por sus músicos de confianza, David Paton (bajo), Ian Bairnson (guitarras) y Stuart Elliott (batería y percusión). La portada fue un espectacular trabajo de dos ex-músicos de la banda 10cc, Lol Creme y Kevin Godley (dúo con el apelativo de Godley & Creme), tomándole momentáneamente el relevo a los populares Hipgnosis. 

Se mire por donde se mire, todo parece indicar que "The Turn of a Friendly Card" es la obra más completa del mítico grupo The Alan Parsons Project, y de las más recordadas, si no la que más, por los fans de la banda. Remasterizado y lanzado a la venta con material inédito en 2008, "The Turn of a Friendly Card" es uno de esos trabajos irrepetibles que ejemplifican la calidad (ninguna de sus canciones tiene desperdicio, todas presentan algo especial que las hace únicas) y la compenetración de unos artistas esenciales que manifestaban su amor por la música de antaño, y que al año siguiente contarán con su mayor éxito de ventas gracias a "Eye in the Sky". La rémora de este fabuloso conjunto siempre fue la ausencia de eventos en directo, pues las grandes giras en estos momentos de mayor popularidad hubieran sido unos acontecimientos tumultuosos. Sin los conciertos, las ventas fueron agraciadas (en España accedió al número 19 en las listas a finales de 1980, alcanzando el puesto 15 en enero de 1981) pero no representan la importancia de Parsons y Woolfson, es decir, de The Alan Parsons Project, en la música rock de las últimas décadas del siglo XX.

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13.12.21

HUGHES DE COURSON & PIERRE AKENDENGUÉ:
"Lambarena (Bach to Africa)"

Por el Madrid en transformación de los años 50 correteaba un chaval de padres franceses al que le gustaba especialmente aprender a tocar la guitarra flamenca. Se llamaba Hughes de Courson y, aunque a los 17 años volvió a Francia, de esta larga estancia en blanco y negro en la capital española se llevó el idioma (le gusta que le llamen Hugo) y la semilla de la música, si bien su familia, de antecedentes militares, no estuviera totalmente de acuerdo con ese camino. Muchos años más tarde, tras varias bandas efímeras, muchas producciones y algún que otro éxito en la sombra, Hughes ha seguido siendo bastante desconocido por estas tierras, salvo por los buscadores de productos distintos y atrevidos en el ámbito de las músicas del mundo. Concretamente, combinadas con el clasicismo, unas fusiones elegantes y muy bien realizadas que en los años que rodearon a la llegada del tercer milenio encontraron diferentes cauces, entre los que se deslizaron nombres tan importantes como los de Bach, Mozart o Vivaldi.

Hughes formó la banda folclórica Malicorne en los años 70 cuando ese tipo de música estaba incluso mal visto, pero sembraron una semilla que otros retomaron posteriormente (el movimiento folclórico llegó a ser muy importante en la Francia de los 70 y los 80, aunque no necesariamente reivindicativo). El galo suele contar divertido la anécdota de la primera visita del grupo a España en un momento de cierta transición y pequeñas libertades, cuando Franco estaba en el hospital, cerca de su final. En la radio se anunció que iba a tocar el grupo Malicorne, pero la pronunciación del mismo -muy parecida a la palabra 'maricón'- creó una cierta confusión, y en ese periodo de gran excitación y libertinaje, mucha gente acudió a ver lo que pensaban que era, más que una banda de música folk francesa, una orquesta de músicos gays. Años después de aquello, este todoterreno se unió al proyecto 'Lambarena', que es el nombre de una ciudad de Gabón situada a 250 kilómetros de Libreville, la capital de ese país africano. Allí se encuentra el Hospital Albert Schweitzer, fundado en 1913 por ese no tan conocido médico franco-alemán, creyente y amante de la música (fue también un famoso organista), Premio Nobel de la Paz en 1952 por su labor misionera en África. Su pasión por la música de Johann Sebastian Bach originó este proyecto multicultural concebido por Mariella Berthéas y la fundación 'L'espace Afrique', que pensaron para su realización en Hughes de Courson en la concepción más clasicista y en el músico de Gabón Pierre Akendengué para aportar el tono étnico del país africano. Guitarrista invidente y contrario a las ideas del gobierno de su país (lo que le llevó a exiliarse en Francia, donde había estudiado en su juventud), Akendengué poseía una amplia discografía desde los 70, que ha continuado hasta la actualidad. Courson lo cuenta así: "Estuve con Pierre Akendengué en la selva viendo a los pigmeos y, como era blanco, escucharon música clásica y me llamaban Monsieur Bach. Creían que yo era Bach (...) Empecé a hacer 'Lambarena' por un sponsor que quería honrar la memoria del doctor Albert Schweitzer, que es un médico francés que a principios del siglo XX hizo un hospital en la selva mucho antes que las ONGs actuales. Para sacar dinero para el hospital hizo conciertos en Londres, Nueva York, París... Era un tío muy generoso, pero muy elegante, siempre iba en pajarita por la selva. Y por casualidad, el único músico africano que conoció era a Pierre Akendengué. Fue uno de los primeros en hacer discos de world music antes de que se empezase a conocer". Este cruce entre la música de Gabón y las Pasiones de Bach fue grabado en París y publicado en una primera edición por Celluloid Records en 1993 y con gran pomposidad en 1995 por Sony Classical, tras las negativas iniciales de otras compañías, como Virgin, WEA o la propia Sony. El diseño gráfico es excepcional, con gran cantidad de datos para el interesado en lenguajes, etnias, orígenes, o en la propia vida de Albert Schweitzer. La coexistencia de los dos extremos musicales es pacífica, paritaria, sus instrumentos casan con asombro sin olvidarse de sus propias identidades y dan lugar a una de las fusiones más bellas y sólidas de la música contemporánea. "Cantate 147" es un canto cortísimo que al final del disco será desarrollado, un preludio para la explosión que viene a continuación, emocionante fusión titulada "Sankanda + Lasset uns den nicht zerteilen", grandísimo tema (tradicional cantado en lengua obamba en su primera parte, perteneciente a la 'Pasión según San Juan, BWV 245' de Bach la segunda) que sirvió para popularizar el álbum en las emisoras destinadas a este tipo de músicas, y que no se libró, incluso, de algún que otro remix de dudoso gusto. No dejan indiferente estas dos tonadas, en las que podemos rememorar el ambiente del primigenio Hospital fundado por Schwaitzer en Lambarena. Los coros africanos son de una emocionante sonoridad y armonía (Pierre es un maestro con las voces femeninas), y se funden de manera subyugante con los cantos occidentales, como podemos disfrutar en "Mayingo + Fugue sur Mayingo", en lengua bantú myene; para su grabación diez conjuntos étnicos de Gabón escogidos por Pierre Akendengué viajaron a París y dejaron su sello junto a los músicos argentinos Osvaldo Caló y Tomás Gubitsch, y los percusionistas Sami Ateba y Nana Vasconcelos, colaborador de Courson y de Akendengué desde los años 70. Monumental es precisamente la percusión que conduce "Herr, unser herrscher" (también arreglo de Hughes de Courson sobre un tema de la 'Pasión según San Juan, BWV 245'), así como la de "Mabo maboe + Gigue de la quatrieme suite en mi bémol majeur pour violoncelle" (xilófono de Antoine Mba-Nguema, violonchelo de Vincent Segall), donde de nuevo la introducción -como sucede en muchas de las piezas del álbum- es un tradicional gabonés arreglado por Akendengué. "Bombe + Ruht wohl, ihr heiligen gebeine" incluye otra hermosa y barroca melodía de la 'Pasión según San Juan, BWV 245' con aderezo de percusión africana, pero fue "Pepa nzac gnon ma + Prélude de la partita pour violon N°3" el segundo de los cortes destacados del trabajo para su radiodifusión, presa de una excepcional vitalidad en las voces indígenas y en la interpretación del violín de Hervé Cavelier. Se alcanza así la mitad de la obra, que continúa por idénticos caminos de excelencia en los arreglos de estos dos grandes músicos tan alejados culturalmente pero perfectamente integrados por el lenguaje universal de la música. El camino, por ejemplo, se desplaza por momentos hacia ambos extremos con una alocada sensibilidad en "Mamoudo na sakka baya boudouma ngombi + Prélude N°14 BWV 883", es profundamente occidental en "Agnus dei" o "Was mir behagt, ist nur die muntre jagd", africano en "Ikoukou", y nuevamente mixto en "Okoukoue + Cantate 147". En "Inongo + Invention á 3 en ré majeur BWV 789" se escucha junto al órgano de Osvaldo Caló una sorprendente interpretación de Yvon Kassa al arco musical, palo de madera flexible, con un cordón tenso de extremo a extremo, generalmente de metal, que derivó como instrumento tras ser sencillamente un arco para cazar. Para concluir llega celestialmente a nuestros oídos, más reconocible que al principio del disco, la famosa "Cantate 147, Jésus que ma joie demeure". "Lambarena (Bach to Africa)", que nos deja preguntas sin respuesta acerca de dónde están las fronteras musicales o cómo podemos decidir lo que es superior o inferior, fue interpretado en directo en el Festival de Marsella.

Autodidacta, especializado en folclore (no se centró en la música clásica hasta bien entrada la cuarentena) y enfrentado continuamente a los músicos clásicos puros, Hughes de Courson afirma que le llaman loco en cada paso que da, venda o no venda, sea popular o no. A este músico galo le interesaba más la gente que la música, y disfrutó enormemente de un proyecto del que pensaba vender unos pocos miles de discos. El éxito, sin embargo, fue mucho mayor, y las 300.000 copias vendidas le abrieron las puertas para sus nuevas ideas, que consistieron en fusionar Mozart con Egipto ("Mozart in Egypt"), Vivaldi con la música irlandesa ("O' stravaganza"), lo medieval con la modernidad ("Lux obscura") o un proyecto titulado "Songs of innocence" centrado en las músicas infantiles del mundo, que sólo tuvo un cierto éxito en España gracias a la canción de Tomás Gubitsch "Toma que toma". Ninguno de estos caminos superó a "Lambarena", donde Hughes de Courson y Pierre Akendengué fundían dos concepciones musicales totalmente distintas, voces negras con operísticas, percusión africana con instrumentos orquestales, la esencia del Bach que amaba Schweitzer con el folclore de Gabón donde instaló su Hospital. El resultado de este ambicioso proyecto es sorprendente, incluso edificante, pues nos descubre una historia tan interesante como poco conocida, la del médico y filántropo Albert Schweitzer.










29.11.21

THE CHIEFTAINS:
"4"

Cualquiera se hace pequeño al ver la discografía de los míticos Chieftains. Los más grandes de la música irlandesa de las últimas décadas les rinden pleitesía. Y hay que reconocer que la situación es de sobra merecida. Por calidad, cantidad, trascendencia y longevidad, The Chieftains son la banda por excelencia de la música celta instrumental, y sus miembros -presentes, pasados y fallecidos- han mantenido un espectacular estatus durante los años, también en solitario o en otros proyectos. Sus nombres eran así de trascendentes cuando publicaron su cuarto disco: Paddy Moloney (uilleann pipe -la carismática gaita irlandesa-, tin whistle), Peadar Mercier (bodhrán), Martin Fay (violín), Seán Keane (violín), Michael Tubridy (flauta, concertina, tin whistle), Seán Potts (tin whistle) y Derek Bell (arpa). Dicho trabajo de 1973, publicado como los anteriores por el sello irlandés Claddagh Records en primera instancia, acabó de romper moldes y contribuyó eficazmente al impulso definitivo de la música irlandesa, que en unos años iba a contar con una exagerada popularidad a nivel mundial.

El fallecimiento de Paddy Moloney el 12 de octubre de 2021 ha trazado una triste marca en la trayectoria de esta banda fundada en Dublín en 1962 por el propio Paddy con la ayuda de Sean Potts, Martin Fay, David Fallon y Mick Tubridy, con el acicate y la absoluta libertad creativa otorgada por el director de su casa de discos (Claddagh Records) el reconocido mecenas Garech A Brún, gran defensor de la música tradicional irlandesa. La fama de Moloney nació como solista, de hecho, antes de que naciera el grupo, la música tradicional era más propia de solistas que de bandas. Y en The Chieftains se unieron grandes solistas, todos ellos militantes en el conjunto del mítico Seán Ó Riada, Ceoltóirí Chualann. Enseguida alcanzaron una enorme relevancia. En sus primeros discos la melodía tradicional era la protagonista, la banda iba al grano, sin detenerse en florituras innecesarias para conectar con el público y dar a conocer la tradición. Sin embargo, la situación fue cambiando a partir de "3" y especialmente con la llegada del arpa en "4", buscando soluciones más elegantes, lo que se notará en el sonido de sus sucesivas obras. Claddagh Records puso a la venta "4" en 1973, mientras que ellos aún no eran profesionales de la música, seguían trabajando en sus oficios personales. Sin embargo, la banda ya despertaba admiración no sólo en el campo musical, por ejemplo el conocido actor Peter Sellers se hizo fan tras conocer a Paddy Moloney a finales de los 60 en la casa del por entonces guitarrista de The Rolling Stones, Brian Jones, y llegó a escribir las notas interiores de "4", donde se atreve a considerarles como 'los Grandes Reyes de la música folk irlandesa'. Sellers, que era trece años mayor que Paddy y falleció en 1980, le pedía por favor en estas líneas que siguiera haciendo discos para gente como él, y le definía como "un duende encantador y alegre, con un enorme talento musical y un sentido del humor a la altura". Todo el poder de la tradición se personifica en este trabajo rebosante de esencia, de vida, y en piezas como el reel de inicio, "Drowsy Maggie", The Chieftains trasladan la alegría del día a día irlandés a un formato que llega a todos y en cualquier momento, sin necesitar la excusa de una fiesta o una boda. El lirismo del arpa también evoca momentos privados, sentimientos personales, como en "Morgan Magan", del arpista ciego Turlough O'Carolan, donde violín y gaita son la familia que siempre permanece unida, como con la flauta dulce en el aire "The Tip of the Whistle". A continuación, un nuevo reel bailable, "The Bucks of Oranmore", para continuar con "The Battle of Aughrim", conocido tradicional de innumerables versiones que recuerda la sangrienta batalla de 1691, otro acierto en el disco. A otro suave reel clásico de la banda, la disfrutable "The Morning Dew" (atención al seguimiento de la percusión, a dúo primero el whistle y luego con la gaita), le sigue un nuevo comienzo bucólico para otro tema conocido por todos, la versión instrumental de "Carrighfergus". Más baile en "Slainte Bhreagh Hiulit (Hawlett)", vals de Turlough O'Carolan, y más rápido incluso en la jiga "Cherish the Ladies". Y tras la marcha "Lord Mayo" (compuesta por David Murphy en el siglo XVII) llega, muy al final del disco para aumentar considerablemente su interés, esa inmortal melodía lenta titulada "Mná na Éireann" ('Women of Ireland'), compuesta por Seán Ó Riada. La versión de The Chieftains de "Women of Ireland" -con el título en inglés- se utilizó con enorme éxito en la película de 1975 de Stanley Kubrick, 'Barry Lyndon', e incluso esa memorable pieza parece haber trascendido al propio film, ya que nunca pasará de moda tanto si la interpretan instrumentalmente Bob James en un agradable estilo jazz en 1976, Ronnie Montrose a la guitarra en 1986, Mike Oldfield intentándola modernizar en 1996, o con letra (el poema original era de Peadar Ó Doirnín) el grupo de pop y soul The Christians en 1989, Alan Stivell en 1995 en irlandés o la soprano Sarah Brightman en 1998, entre otras innumerables versiones. El disco acaba con otra pieza festiva (el medley "O Keeflé Slide / An Suisin Bán / The Star Above the Gartner / The Weavers") donde se demuestra que la conjunción de estos grandes amigos era extraordinaria. 

"No trabajo por dinero -decía Paddy-, hago lo que me gusta", y tal vez esa sea una de las claves de la longevidad y buen hacer del grupo, el amor por su trabajo. En "4" The Chieftains ofrecen un viaje al pasado, piezas tradicionales con un sonido no excesivamente elaborado para mantener el sabor añejo, pero grabado con los medios de los años 80. En la portada, un habitual de los discos del grupo, el escultor Edward Delaney. Su importancia fue grande y el mito ha perdurado desde entonces, el de una banda a la que todo el mundo conoce y admira, por sus discos más tradicionales, por sus directos, por el acercamiento de alguna de sus piezas al cine de autor, por su alianza con el mundo del rock y del pop en álbumes como "The Long Black Veil" o por sus 6 premios Grammy, todos ellos en los años noventa. "4" no fue tenido en cuenta en esos premios (su primera nominación fue en la gala de 1979 con "The Chieftains 7"), pero el mayor premio es la escucha por nuestra parte de su animado folclore, con el que recordamos a sus grandes figuras.

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17.11.21

BRENDAN PERRY:
"Ark"

La esencia de la admirable banda Dead Can Dance está incrustada, con toda lógica, en los trabajos en solitario de sus dos miembros, Lisa Gerrard y Brendan Perry. Es algo inevitable, aunque cada uno tenga su estilo personal, también perfectamente identificable. Concretamente el irlandés, sin desdeñar un tratamiento musical que camina entre el folk y el rock, se deja llevar por la poesía en sus letras, accediendo a terrenos introspectivos que en la mayoría de las ocasiones están poseídos por una bendita locura. El primer trabajo en solitario de este vocalista y multi-intérprete de enorme personalidad fue en 1999 un atrevido desvío, extraño pero placentero, hacia un folk más americano que británico, un disco de título "Eye of the hunter", donde su propia voz intentaba encontrar su sitio y acoplarse al country en piezas tan satisfactorias como "Voyage of Bran". Tuvo que pasar más de una década para que Brendan continuara esa interesante andadura. 

Fue esta una etapa en la que Dead can Dance, aunque sí que se les pudo ver en vivo en 2005, tampoco publicaron obras nuevas, que retornarían con enorme eficacia a partir de 2012. En el listado de canciones de aquella gira había algunos temas nuevos que Brendan utilizó en 2010 para su segundo álbum, "Ark", publicado por la independiente británica Cooking Vinyl, plausible intento de mantener alto el nivel de ambientalidad global de la banda, aunque se note la ausencia del punto étnico de su compañera, por cierto mucho más activa en cuanto a sus discos y colaboraciones, alcanzando una enorme fama gracias a su participación en la banda sonora del film de Ridley Scott 'Gladiator'. La tranquilidad del irlandés le condujo por otros caminos, también admirables, como lo es el impulso creador de Brendan Perry, las atmósferas que sabe crear con cuerdas, teclados y ritmos, transportadoras a épocas lejanas y lugares sagrados. Este Leonard Cohen de lo ignoto comienza el disco con el tono épico de "Babylon", un majestuoso paseo casi apocalíptico con sonidos de metales contundentes en el climax final. "The bogus man" es una canción muy personal, azotada por un oleaje de sutil electrónica. En tercer lugar del álbum aparece "Wintersun", un temazo por los cuatro costados, la voz, los arreglos que combinan lo moderno y lo antiguo, los cambios de ritmo..., en definitiva una pieza inolvidable con el sello auténtico de Brendan Perry y de Dead can Dance, guitarras, teclados y percusión al servicio de un druida del siglo XXI. "Utopia" fue sin embargo el sencillo del trabajo, la base trip hop y los arreglos con un toque del estilo de Craig Armstrong nos conducen por momentos cerca de Bristol, pero la garganta retorna al conjunto a la iglesia donde están instalados los Quivvy Studios, que Brendan había renovado convenientemente para grabar este álbum. A continuación, un sugerente comienzo para una pieza onírica como es "Inferno" (donde el Infierno de Dante le sirve para ejecutar una comparación con la generación que vive pegada a la televisión), marcada por un ritmo de bajo, y una composición sugerente y delicada, también muy personal o interior, titulada "This boy", modificando otra anterior del autor titulada "Can you fee it?". Es el momento de otra pequeña joya escondida al final del disco, una maravilla de esas por las que deseas dejarte atrapar durante muchos minutos, con un título tan maravilloso como "The devil and the deep blue sea". Aunque es difícil igualar ese nivel, la calma tensa de la despedida ("Crescent") no desmerece en el conjunto de un disco fabuloso, del que lo primero que se puede ver es una espectacular portada (fotografía de Dan van Winkle). Los problemas del mundo y ecológicos, así como reflexiones sobre el amor ("todos los aspectos del amor, material, humano, naturaleza, vida, esencia y espíritu") fueron una cierta inspiración para este disco en que Perry lo hace todo, y advierte del uso conveniente de samplers y sintetizadores como material principal de instrumentación, sin que por ello se pierda la esencia poética; más aún, queriendo reflejar aspectos sobre la alienación en un mundo cada vez más dependiente de las máquinas para realizar cualquier tarea sencilla. "A pesar de los temas distópicos que impregnan estas ocho composiciones -explica Brendan-, también hay expresiones de gran esperanza y optimismo por un mundo mejor en el subtexto de las canciones, porque un 'Arca', además de ser un refugio de las realidades más duras del mundo, es también un vehículo de regeneración y renovación". En cuanto al proceso de trabajo, "por lo general, la música es lo primero (...) Una vez que se escuchan las letras, el tema se vuelve más claro. La música se articula en torno al lirismo y la poesía. Hay un cambio de énfasis en el proceso de composición".

En "Ark", que contó con una edición limitada autografiada de 2000 copias (vendidas en conciertos de presentación), es el tono depresivo que tan buen resultado le otorga a las piezas firmadas por Brendan Perry en Dead can Dance el cauce natural de un disco sólido y equilibrado que consigue atraer el interés en su primer tramo con composiciones radiantes ("Babylon"), personales ("The bogus man", "Utopia", "This boy") o en terrenos algo más oscuros e intensos ("Inferno"), con los puntos álgidos de "The devil and the deep blue sea" y de la enorme "Wintersun", con la que podemos cerrar los ojos y soñar con que irlandés y australiana volvían a colaborar. Ciertamente, sólo hubo que esperar dos años para poder disfrutar del fenomenal "Anastasis", pero "Ark" fue sin duda el detalle perfecto para hacer ver al mundo que seguía muy en forma este cantautor sombrío y avanzado, mitad masculina de uno de los conjuntos más admirados de los últimos tiempos, esos que hacen que los muertos bailen.

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9.11.21

MOBY:
"I like to score"

Un DJ surgido de la miseria del Nueva York de los años 80. Un joven cristiano, blanco y heterosexual frecuentando clubes repletos de gays negros y latinos. La droga, la muerte y la podredumbre en cada esquina de Manhattan. Moby (Richard Melville Hall) cuenta en el primer volumen de su biografía, 'Porcelain: Mis memorias' (publicada en 2016 y traducida al español por la editorial Sexto Piso), su interesante y convulsa vida como DJ en la 'gran manzana' y sus primeros pasos en el negocio musical hasta la aparición del mítico "Play", y la lectura es tan apasionante como la escucha de ese disco lleno de referencias. Pero "Play" tuvo varios antecedentes que no alcanzaron su estatus, pues Moby se movía por otros terrenos más farragosos. Algunas de esas ideas primarias, sin embargo, merecieron levantar la mirada y, en algún caso, abrir la boca con estupor.

Moby había formado parte de la banda de punk Vatican Commandos, y ese tipo de música volvió, como una muestra más de rebeldía personal, en un determinado momento de su carrera, pero fue en la música ambiental, el tecno y la cultura rave de donde emergió DJ Moby, con su enclenque pero desenvuelta figura, creando himnos para los clubes en los que trabajaba. "Go" fue su primer y sorpresivo hit, pero la versión primaria de esta canción (publicada en varios sencillos y en su primer larga duración, "Moby", en 1992) fue superada ampliamente cuando en 1997 Mute Records decidió editar con el título de "I like to score" un recopilatorio con una docena de temas de Moby que habían formado parte de los soundtracks de varias películas, algunas de ellas de cierto éxito. Poco antes de ello, y fascinado -como toda una generación- por la serie de David Lynch 'Twin Peaks', así como por la música de Angelo Badalamenti que la adornaba, una noche tras ver un capítulo de la misma, se le ocurrió utilizar la conocida cadencia de "Laura Palmer's theme" para mejorar el ya existente tema "Go". Así surgió la nueva versión de "Go" que se incluye en "I like to score", único de los temas que no figura en ninguna película sino que contiene las notas del grandioso tema de Laura Palmer. "Novio" fue, sin embargo, la elección para abrir el disco, un ambiente delicado, casi religioso por las voces introducidas, y con notas cristalinas de teclado, una pieza elevadora, nada de club ni pista de baile, que se utilizó en la película 'Double tap'. A continuación, una buena adaptación del tema de 007 para 'El mañana nunca muere' ('Tomorrow never dies', decimoctava entrega de la serie de James Bond) con el título "James Bond theme (Moby's re-version)". Tras "Go" llegan una no muy audible -salvo para una rave un poco pasada- "Ah-ah" (del film 'Cool world'), la funky "I like to score" (desarrollo plano pero rítmico de nuevo para 'Double tap'), "Oil 1" (ambiente sensual con movimiento para 'The saint') y "New dawn fades", versión de la canción del fallecido ex-lider de Joy Division, Ian Curtis (donde sorprende la entrada pesada, rockera, anticipo de la primera canción propiamente dicha del disco, un heavy metal de fácil escucha). Es aquí donde se paran las máquinas, porque llega la verdadera joya del álbum, que había sido creada dos años antes -con una duración algo mayor- para el disco "Everything is wrong". ¿Cómo definir esta maravilla ambiental con mayúsculas, que se escucha -como la anterior- en la película 'Heat', de Michael Mann? En un momento complicado sentimentalmente, Moby creó de la nada una de las esencias de su carrera. Comenzó con un arpegio de piano al que añadió otro superpuesto. Un violonchelo sintetizado y otro sonido de violines pusieron el contrapunto orquestal, y el todo fue aderezado con una suave percusión: "Cuando escuché el resultado, imaginé un dios que se movía sobre la superficie de las aguas cuando el planeta era nuevo, antes de que hubiera tierra y seres vivos". Entonces Moby lloró. Y no es el único que lo hace al admirar "God moving over the face of the waters". Para ir acabando el álbum, "First cool hive" es una pieza suave -también originaria de "Everything is wrong"- que sonó en la película 'Scream' anticipando el estilo de "Play", samples de voces que interactúan sobre sugerentes atmósferas propias. "Nash" es un tema corto con una extraña guitarra (el tercero de 'Double tap'), "Love theme" (de 'Joe's apartment') viene inundado por una calma caribeña, y "Grace" (del corto 'Space water onion') es un ambiente final primario, sintetizadores que vienen y van como el oleaje. 

Moby se calificaba a sí mismo y a otros músicos afines como Trent Reznor como punks de barrio que se habían enamorado del tecno en los 80. Es muy interesante leer esa autobiografía antes mencionada, donde cuenta su trabajado ascenso y sus breves encuentros con estrellas como Iggy Pop, Madonna, Nina Hagen, David Bowie o el tristemente desaparecido Jeff Buckley, así como entender sus pasos musicales entrando y saliendo de diversos estilos. En un tiempo determinado, tras el fracaso de "Animal rights" y la muerte de su madre, envuelto en una vorágine de alcohol y sexo, este artista de Harlem quería morir a cada momento, pero con todos esos condicionantes acechando a su mente, renació musicalmente -aunque de sus adicciones, que casi acaban con su vida, no se recuperaría hasta muchos años más tarde- con "Play", un álbum imprescindible lleno de hallazgos.

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29.10.21

NATACHA ATLAS:
"Diaspora"

Desde comienzos de la década de los 90, el estilo conocido como ethno-techno fue considerado como una manera en bastantes ocasiones muy digna y perfectamente audible de entrelazar las raíces culturales de determinados pueblos no occidentales con la cultura de baile y de rave occidental, dualidad presentada en la mayoría de las ocasiones en un suave envoltorio de rock y pop, originando una multiculturalidad que en casos como los de Deep Forest, Asian Dub Foundation, Banco de Gaia o Afro Celt Sound System ha logrado un extraordinario y merecido éxito popular. Transglobal Underground, banda británica liderada por Tim Whelan y Hamilton Lee, también exploraba por esos caminos desde antes de 1993 (cuando publicaron su primer álbum, "Dream of 100 nations"), con la presencia de una singular vocalista llamada Natacha Atlas en sus primeros discos, una voluptuosa joven que muy pronto iba a convertirse en diva de lo exótico.

Natacha Atlas es un collage viviente de culturas e influencias. Nacida en Bélgica de padre egipcio y madre inglesa, y criada en Londres, en sus viajes a Egipto y Grecia se dejó influir por las músicas de aquellas culturas, en las que también hubo pioneros con atisbos electrónicos, como el egipcio Omar Khorshid, anticipo de nuevos sonidos en la música árabe. Su llegada a Transglobal Underground vino precedida de varias colaboraciones con el bajista Jah Wobble y el guitarrista Daniel Ash, pero en el conjunto londinense encontró la llave de su carrera futura, cuyo rumbo en solitario empezó con "Diaspora" en 1995, publicado por el mismo multicultural sello que publicaba a los Transglobal Underground, Nation Records. No es baladí que en la elegante portada de este trabajo -así como en el videoclip de su canción principal- aparezca vestida como una moderna Cleopatra, pues con su música intenta unificar oriente y occidente, como la gobernante egipcia quiso hacerlo culturalmente antes del nacimiento de Cristo. Nueve canciones en árabe y tres versiones remezcladas de las mismas pueblan el disco, composiciones de Natacha Atlas, Count Dubulah, Hamid ManTu y Attiah Ahlan, con alguna incorporación de Neil Sparkes o Larry Whelan, pero con la cantante en el corazón de cada uno de los temas. "Iskanderia" era el primero de ellos, una intro que es ya una inmersión eficaz en el mundo árabe, una fiesta que nos proporciona ritmos y sabores de mundos exóticos. "Leysh nat' arak" fue la canción más importante y radiada del álbum, un pegadizo y rotundo segundo sencillo que llama a la paz entre los pueblos, pues está inspirada en los tristes conflictos étnicos y religiosos de países como Israel, Palestina, Irak o Yugoslavia. Natacha busca además respuestas sobre la emigración de su familia hacia Bélgica. El primer sencillo y anticipo del disco en 1994 fue, sin embargo, la última de las canciones propiamente dichas, un buen broche final titulado "Dub yalil", canto de de amor a Allah y a un islamismo que Natacha comenzaba a profesar y que demostraba con la inclusión a comienzo de la canción de una llamada a la oración sobre ritmos dub y trip hop, de manera algo más adormecedora que en cortes anteriores, por ejemplo en "Diaspora", con su gran comienzo ambiental sobre el que se asienta con dulzura la voz de Natacha, complementada con otra masculina, de Neil Sparkes, que eleva las prestaciones de la pieza hacia ese terreno cercano al trip hop tan adictivo, el de una gran canción, subyugante, que ni siquiera fue single del disco. Sí lo fueron, concretamente tercer y cuarto sencillos, "Duden" (intento suave y envolvente de construcción con asomos modernos de ethno beat e incluso new age en una instrumentación que incluye violín, y profundidad en el melifluo tratamiento vocal, con un resultado fabuloso, como lo es realmente todo el trabajo) y "Yalla chant" (más rítmica y bailable -ella también ejecuta en sus directos bailes de bellydance, la popular danza del vientre-, que se deja escuchar con interés aunque no provengas de la península arábiga). Entretanto, "Alhambra part 1" es una especie de puente instrumental donde se aúnan clarinete y oud (ese laúd árabe que aporta un sonido identificativo al trabajo), y "Feres" y "Fun does not exist" son otras dos canciones de gran instrumentación y tratamientos avanzados de la temática árabe, con melodías acertadas y penetrantes, y resultados que incitan al movimiento. Para completar el disco, remixes de "Iskanderia", "Diaspora" y "Fun does not exist". Aunque Natacha no se adentra especialmente en el erotismo oriental, sí que rezuma pasión y sensualidad en sus interpretaciones, y en su directo, más serio que el de Transglobal Underground (calificado como extravagante y dramático), ella acostumbra a llevar un vestuario acorde con la música árabe, incluso ejecutando movimientos de la mencionada danza del vientre. "Con Transglobal el público que venía a vernos era básicamente rock -decía-. En mi carrera en solitario he llegado a otro tipo de público, que podemos definir como menos convencional". 

"Un brillante encuentro entre la música norteafricana y los sonidos de baile de Occidente a cargo de la cantante de Transglobal Underground", afirmaba su compañía discográfica, en esa Inglaterra que acogió unas fusiones soberbias de tradición asiática y árabe con música dance, acercándose también al raï y al sonido bhangra. Como productores, su propio grupo afirmaba en su web que "Diaspora" es más o menos un álbum no oficial de Transglobal Underground, basado en la formación en vivo de la época, con el protagonismo especial de Neil Sparkes y Larry Whelan. Esta producción atrevida se mantuvo en parte dos años después en "Halim" (más interesado en las raíces árabes -inspirado, de hecho, en el cantante egipcio Abdel Halim Hafez-) y posteriormente en el despegue internacional definitivo, en 1999, con "Gedida", para irse diluyendo con "Ayeshteni", ser testimonial (solamente un tema, "Janamaan") en 2003 en "Something dangerous" y algo más activa en 2006 con "Mish maoul", cuando Neil Sparkes y Nick Page -con el pseudónimo de Count Dubulah- se hacían llamar Temple of Sound. A partir de ahí, como ya había sucedido en sus últimos trabajos hasta la fecha, Natacha ha continuado su exitosa carrera hasta la actualidad con un nutrido número de productores, incluida ella misma.










19.10.21

RIOPY:
"Riopy"

Beneficiados por el arrollador éxito popular de Ludovico Einaudi han proliferado en las últimas décadas una serie de artistas noveles de sobrada calidad pianística, aunque no todos ellos poseen ni una mínima parte de la calidad, la inventiva o la fascinación que despierta el italiano cuando se sienta delante del gran instrumento. Entre esos pocos discípulos aventajados se podría destacar el nombre de Riopy, un francés de nombre real Jean-Philippe Rio-Py, afincado en Londres, que aunque irrumpió de golpe desde el campo de la publicidad, especialmente con el anuncio de un coche que conducía él mismo (Peugeot, Mercedes, Armani, Ikea o Samsung han requerido, entre otros muchos, de sus servicios), ya había trabajado también en el mundo del cine. De nombre artístico Riopy, reclama en su música la simpleza, las líneas puras y envolventes que intentan ser una evasión de los momentos aciagos que salpicaron su infancia. En sus palabras, sus composiciones son "un mosaico de emociones, experiencias, creencias, música que pone fin a la lucha".

Se cuenta que un viejo piano que nadie tocaba en casa de su madre fue el detonante para que el joven Jean-Philippe comenzara a experimentar y a crear sonidos en su Francia natal, sin ningún tipo de enseñanza inicial ("para mí, la música es emocional y siempre lo ha sido desde el principio. Es difícil encontrar una forma intelectual de describir cómo comencé"). Una vez trasladado al Reino Unido (estudió en Oxford), la firma de pianos Steinway & Sons se fijó en él y le convirtió en uno de sus artistas protegidos: "Mi primer recital fue cuando me pidieron que tocara para el 'telethon' -una gran organización benéfica francesa- en Saint Maixent. Tenía 17 años. Ni siquiera sabía lo que era un Steinway hasta que lo probé. Después de unos segundos tocándolo, me dieron ganas de volar, es para el piano lo que el Rolls Royce es para los autos". Documentales, cine y publicidad llenaron su tiempo, y en 2018 Warner Classics publicó su primer álbum, de título simplemente "Riopy". Aunque atemporal, el sonido del francés es moderno, activo, en todo momento fresco y entretenido, pudiendo disfrutar totalmente de cada composición. Y aunque hay tres o cuatro títulos que acaparan especialmente la atención, es difícil hablar de cortes destacados, tanto por su sobrada calidad como por poseer muchos de ellos características similares, un estilo propio autodefinido como el de un pianista clásico en el siglo XXI, entre los que se vislumbran influencias variadas, especialmente entre el minimalismo de Philip Glass, Wim Mertens o Ludovico Einaudi, aunque él afirme que lo que hace es diferente a lo de esos maestros. "I love you" es un grandísimo comienzo que define por la vía rápida a un pianista por encima de los demás, partitura veloz y llena de sentimiento que, a pesar del título, no precisa de melodía romántica para enamorar, en la que Riopy despliega un cierto virtuosismo, el que se disfruta en otra bella melodia primorosa para el recuerdo, "On a cloud", directa y asimilable para cualquiera. Animada, altiva, con el más característico estilo repetitivo de Einaudi y unos cambios de ritmo maravillosos, es "Golden gate", y los atisbos del italiano regresarán a lo largo de la obra, especialmente en "Wyden down", con cierto asomo folclórico. Tras la melancólica "La vie", es el belga Wim Mertens el que parece referenciado en dos de los cortes, en un "And so forth" lleno de actividad y cambios de ritmo, y en la bella y minimalista "Interlude in A minor", que continúa coronando el disco con esos ramalazos del Mertens de los 90. Entre pensativas, románticas y paseantes, el romanticismo se ancla también el disco con piezas como "Old soul" o "Forgive me", otro de los grandes aciertos del mismo. "Attraction" es una nueva tonada rápida para lucimiento del intérprete, como "Sunrise", con floreados glissandos, otra melodía reconocible, a estas alturas, del galo, que se muestra muy natural (en contraste con su título) en "New York", a lo Michael Jones, en "Minimal game" o en la natural "From you", como un paseo por el bosque. En un tono más calmado, el galo vuelve a ser pensativo, soñador, en "Lost soul", dejando para el final del álbum el supuesto tema estrella del mismo, "Drive". Como el inicio de la aventura, "I love you", "Drive" es una gran melodía de anuncio (aunque no es exactamente la misma de aquel spot de Peugeot en el que veíamos al coche rodando sobre la partitura más grande de la historia, 190 notas durante casi 2 kilómetros, leídas por sensores instalados en los coches, uno de los cuales conducía el propio músico), sublime combinación de notas rápidas que recrean multitud de imágenes a gran velocidad, con la música volando por encima de las teclas del piano. En "Riopy", Jean-Philippe Rio-Py rota el toque folclórico y paisajístico de conocidos pianistas new age hacia un asomo más urbano, pero también romántico, y al contrario que en muchos de los actuales, en los que es fácil avanzar de canción a los pocos minutos, su música (al menos la contenida en este primer trabajo) tiene la cualidad de paralizar al oyente, es imposible pasar de tema sin disfrutar de la plenitud de cada uno. Así, el disco se hace ameno y su escucha, todo un disfrute, además de una liberación para su autor: "Este disco ha sido mi catarsis desde que la música empezó a llegar a mí hace casi diez años (...) Desde 'On a cloud' hasta 'Lost soul', las piezas cobraron vida y me trajeron esperanza cuando pensé que nada podría salvarme (...) Con el piano solo, todo está expuesto y tenemos que atrapar lo que pasa por nuestros dedos, que comienza como emoción cruda y se traduce como música en estado puro".

La vida de este intérprete fue muy dura, no conoció a su padre, su madre estaba inmersa en una especie de culto o de secta, y el piano fue su vía de escape, le hacía feliz, incluso fue como una terapia ante un trastorno obsesivo-compulsivo que le hace contar todo el tiempo: "Cada vez que veo un piano en un restaurante o en un bar o lo que sea, siempre siento que tengo que ir a hablar con él. Literalmente me salvó la vida. Para mí, no es solo un instrumento, sino una persona, algo completamente diferente". No le fue fácil, de todos modos, y recurrió también a la meditación, título que utiliza en algunas de sus piezas: "Tuve que empezar con esto porque si no me moría, en serio, estaban pasando por mi cabeza pensamientos suicidas. Amaba la música pero odiaba mi vida (...) Mi vida estaba llena de dolor y creía que emborrachándome lo solucionaría todo. Bebía, hacía muchas tonterías y por la mañana me despertaba sin saber qué era lo que había hecho. El problema no era el alcohol, era yo. Tardé seis meses en reconectar mi cerebro por medio de la meditación, pero, cuando lo conseguí, mis sueños, mi imaginación, mi creatividad... todo cambió para mejor". Así pues, y bajo cualquier circunstancia, la música de Riopy sólo puede aportar algo bueno en el oyente, al que hay que recomendar encarecidamente que no tarde en encontrar el camino hacia su obra.