27.1.17

MIKE OLDFIELD:
"Return to Ommadawn"

Envuelto en un mar de dudas, tanto musicales como personales, es posible que ni siquiera el propio Mike Oldfield llegara a pensar que podría crear a estas alturas de su carrera un disco como "Return to Ommadawn" (Universal Music, 2017), desafortunado título -por todo lo que representa- que tal vez debería haberse quedado simplemente en "Return", pues este trabajo es un presunto paseo por el tiempo, un regreso a algo que no es un lugar ('ommadawn', la locución inglesa de la palabra gaélica 'amadian', traducida como loco o idiota) sino una intención, un concepto musical sublime que va mas allá de cualquier denominación. Por eso la idea del título es tan ambigua como poética, su contaminación es más efectiva a nivel mediático que a nivel musical y hay que acabar aceptando la licencia en bien de las ganas de que resurja un artista (al que por otro lado pertenece dicho título y puede hacer con él lo que le plazca) que marcó un antes y un después en la música instrumental moderna. Este falso retorno (pues ya lo fue, veintisiete años antes, "Amarok") es al disco original como el Mike de ahora al de antaño, de aquel Oldfield sólo queda seguramente el famoso "I like beer, I like cheese", pues la música en su vida actual llevaba un tiempo en un segundo plano, sustituida por el reposo, la navegación y el ocio en las Bahamas. Lejos de lo esperado, entonces, es esta una obra sincera, auténtica y revestida de ecos del pasado, ahí están las intenciones del nuevo Mike, originadas por varias circunstancias vitales, una mezcla de melancolía (la muertes de su padre -en la época de "Ommadawn" fue su madre la que falleció- y de Dougal, su hijo mayor, a los 33 años), necesidad monetaria (el divorcio de Fanny -que no es ni mucho menos el primero- le ha dejado un importante agujero económico) y petición popular, que ha hecho resucitar la antigua magia de los cortes instrumentales sin parón durante más de veinte minutos (algo que no sucedía íntegramente en una de sus obras desde "Incantations"), y el resultado es lo suficientemente notable como para restaurar el interés por un artista único y un tipo de música imprescindible.

Al hilo de la controvertida portada, esta vigesimosexta entrega del británico no es sino una fantasía, es como esa ciudad-tortuga (ilustración de Rupert Lloyd que parece ampliar ideas de su estudio, Diablo Pixels, como la de 'Giant vs Jon', inspirada en 'Juego de tronos'), un todo -las dos partes son realmente una, cortada en dos- con vida en su interior, que se mueve lentamente pero llega muy dentro. Hay que reconocer, no obstante, que este Oldfield presuntamente prístino no lo es, especialmente por su falta de digitalización, circunstancia de la edad, el pasotismo y los excesos; la manera de tocar la guitarra del Mike setentero era de una pulcritud insolente, sus dedos se movían con la rapidez de un velocista jamaicano, algo que con los años y el sedentarismo se ha ido congelando paulatinamente. Tampoco los arreglos conllevan una seguridad aplastante, pero no son baladíes a pesar de todo las melodías de la obra, cálidas impresiones de un amanecer épico. La presunta falta de tensión se suple con familiaridad y el don de la experiencia en el estudio casero, resultando evidente una buscada simpleza de formas, una manera de tocar como en modo demo o maqueta. Las cuerdas tienen un papel principal (guitarras acústicas, eléctricas, flamenca, mandolinas, ukelele, banjo y bajo, así como pequeños detalles de arpa), todas ellas interpretadas por un Mike Oldfield que también se encarga de teclados (piano, órganos, mellotron), percusiones (bodhran, glokenspiel, tambores africanos) y penny whistles, echándose de menos sin duda a nombres importantes del original "Ommadawn" como Paddy Moloney, que hubiera hecho una buena aportación con la gaita irlandesa, o un productor con carácter como Tom Newman, antiguo compañero de grandezas, con voz y voto en las grandes obras maestras del de Reading; no faltarían voces discordantes en este supuesto caso de sobreproducción, pero si no se aceptan las condiciones del autor no se disfruta de la obra, y hay por delante más de 40 minutos de probable gozo: no es el comienzo lo mas afortunado de este trabajo, un tramo poco exigente y falto de gancho para el fan incondicional, si bien luminoso y práctico, pero se dice que si se ven los tres primeros capítulos de una serie, hay muchas posibilidades de acabarla, así que todo el que haya llegado a la parte media de esta primera pista no debería dudar en finalizar su escucha, especialmente teniendo en cuenta que restan los mejores momentos de la misma, una parte final fantástica desde que una guitarra rompe la calma y enseguida aparecen unas sirénidas voces sampleadas con percusión africana de fondo, que conducen al rítmico clímax final, intenso y correcto (aunque las comparaciones no le hagan ningún bien), al que sigue un prescindible postclímax. Con curiosidad se puede afrontar la segunda parte del álbum, y la sorpresa es mayúscula al encontrarnos con otra larga y completa suite de gran encanto y desarrollo emocionante, que supera por momentos a la primera y contiene dos instantes culminantes: en primer lugar el rescate en su parte media de una melodía de rock instrumental titulada "Telstar", que la banda The Tornados popularizó en 1962 -recordemos que Oldfield ya homenajeó a The Shadows en "QE2"- y nuestro multiinstrumentista convierte en una hermosísima y cabalgante pieza de guitarras que se erige como posible sencillo de promoción en radios. Tras su activa y atractiva continuación, donde siguen brillando las guitarras, aparece la parte nostálgica y nuevo momento inolvidable del álbum, el homenaje en tono folkie a aquel final cantado de "Ommadawn" titulado "On horseback", nuevo clímax que intenta simular una danza irlandesa, en el que se puede escuchar un tímido recuerdo del coro de niños original. En situaciones como esta se puede ver cómo este Mike sesentón aún sabe provocar sentimientos que van más allá de los altavoces, y es que homenajes o pequeñas referencias en este plástico hay bastantes, no sólo a "Ommadawn" -logicamente- sino también a "Tubular bells", "Hergest Ridge", "Amarok" o "Voyager", así como al mencionado "Telstar". En el "Ommadawn" original la sucesión de tonadas solapadas no dejaba lugar a la duda, cada minuto revelaba, como la portada de la obra, la cara de un joven genio que vomitaba sus experiencias -no muy buenas en esos momentos, por lo general- en forma de música. Si vació su cuerpo y su alma de tal forma que presentó al mundo su mejor trabajo (para algunos su último gran trabajo), es cosa de cada oyente calibrarlo, pero no se debería juzgar tan a la ligera su comportamiento futuro, ¿cómo se podía exigir a este muchacho que mantuviera el espectacular nivel de su trilogía original? 40 años después, y absolutamente humanizado, la conclusión de "Return to Ommadawn" es obvia: finalizada la escucha, y habiendo encontrado numerosos rudimentos y elementos díscolos, no deja de resultar curioso que la impresión general sea realmente buena, Oldfield no ha zozobrado en este proyecto, y si llega a convencer a pesar de sus inconvenientes, cabe pensar qué sería del mismo con un músico activo y en forma.

"Return to Ommadawn" es un trabajo sin excesos y con escaso riesgo que no alcanza, logicamente, a su padre del 75, pero desembarazandonos de tan gran influjo nos encontramos con una acertada alegría, la del regreso de un héroe, un músico todoterreno que vuelve a coger las riendas de un tipo de música que dificilmente se publica en las grandes compañías, salvo que te llames Jarre, Vangelis o Oldfield; de hecho, en estos tiempos en los que se exige cada vez menos para otorgar discos de oro y platino a discreción, también hay que aprender a valorar lo que se nos ofrece en cuanto a las músicas instrumentales, y el Oldfield de ahora se posiciona aquí un paso por delante de los demás grandes con su vuelta al espíritu folkie de los 70, algo que deseaban sus fans más acérrimos por delante de las canciones de onda rockera, de las sinfonías pseudoclásicas o de sus devaneos con el chillout, el tecno o los videojuegos. Hay muchas señales en este disco, de decadencia y de resurgimiento, de recuerdos y de miradas al futuro, de música de hace décadas y de literatura actual, pero no hace falta estudiar semiología o ser experto en Oldfield para escuchar en "Return to Ommadawn" un esfuerzo del músico por revitalizar un leitmotiv, una manera de hacer las cosas, que maravilló en el pasado. Actualmente el resultado es incierto, bonito aunque no visceral, técnicamente deja indiferente, pero anímicamente resurge el espíritu pionero de aquel folclore imaginario con retazos de rock y aromas irlandeses, un viento frío que acompaña al héroe en su largo viaje atravesando el inhóspito paisaje desértico.

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13.1.17

LÍDIA PUJOL:
"Iaie"

La relación de un poeta tan ilustre como Federico García Lorca con la música fue grande durante sus escasos años de vida. Conocida es su búsqueda de canciones tradicionales junto a Manuel de Falla, una tarea etnográfica que llevó a la posteridad tonadas como "La tarara", a la que Lorca puso su letra, buscando la ligazón entre literatura y música. Muchos músicos se han inspirado también en sus poesías, no sólo españoles (Enrique Morente, Camarón de la Isla, Serrat, Manzanita, Carlos Cano, Paco Ibáñez, Ana Belén, o Amancio Prada, entre muchos otros), sino también importantes cantantes en inglés como Leonard Cohen o Tim Buckley. La cantautora catalana Lídia Pujol utilizó dos poemas del granadino en su álbum de debut en solitario, una torre de Babel (ese es el título de uno de los temas y bien podía haberlo sido del disco entero) llamado "Iaie", que publicó Resistencia en el año 2003, y en el que esta barcelonesa ofrecía sus contundentes interpretaciones vocales en cuatro idiomas diferentes, catalán, castellano, francés y gaélico. No se trataba de una irrupción sorpresiva la de esta cantante, que había estudiado canto y teatro, participando en numerosos proyectos musicales con Els trobadors, Miguel Poveda, Lluis Llach, Pedro Guerra, Mayte Martín, Toni Xuclá, Sopa de cabra o un importante dúo con Silvia Comes que originó dos recordados discos de este dúo de cantautoras.

"No puedo comenzar a hablar de una cosa que me interese, política, género humano, relaciones... y no acabar llorando o discutiendo. Por eso me expreso a través de la música y de los poetas", decía Lídia López Pujol en la época de "Iaie", un trabajo que fue presentado el 27 de enero de 2004 en el Palau de la Música de Barcelona y el 2 de febrero en Madrid. "Bodas de sangre" es la obra de Lorca de la que se extraen sus dos canciones en el disco, musicadas por Oscar Roig, "Como una estrella" y "Que despierte la novia", dos piezas magistrales con aires aflamencados, que ponen un contrapunto muy sugerente al conjunto del álbum por su tono popular, acertado estribillo y convincente interpretación, tanto vocal (en español) como instrumental (atención a la guitarra flamenca en "Que despierte la novia", culminando el disco de manera festiva). Pero si es atrayente el nombre de Lorca, mayor es sin embargo la influencia en el disco de otro poeta de similar ideología pero de origen francés, el surrealista Jacques Prévert, que ya inspiró el título y la canción de su segundo trabajo con Silvia Comes, "Al entierro de una hoja seca van dos caracoles". Prévert también ha contado con versiones musicales de sus poemas por parte de grandes mitos como Yves Montand, Juliette Gréco o Édith Piaf, y Lídia superó con nota esta importante prueba, consiguiendo un lirismo espectacular. No es de extrañar la importancia y la calidad del idioma francés en esta políglota obra, aunque dos de los poemas de Prévert fueran traducidos al catalán. Así, la primera parte del disco está copada por estas cuatro composiciones, "Missatge" (melódica, de plácida belleza mediterránea, en catalán), "Iaie" (más aguerrida, con voces extrañas sobre la dulzura de las cuerdas vocales de la protagonista, en francés), "La cançó més curta" (en catalán, algo más infantil, parece un dulce cuento donde piano y ocarina parecen enamorarse en un reino de hadas, si bien su letra acaba siendo algo truculenta: "El pájaro que me canta en la cabeza / y me repite que yo te quiero / y me repite que tu me quieres / el pájaro del solo sin fin / lo mataré mañana por la mañana") y "Chanson dans le sang" (bellísima y subyugante composición en francés, la entrada del viento -el bansuri, una flauta india de bambú- es sencillamente inenarrable, apasionante, puede recordar algunos momentos de artistas consagrados como Paul winter o Lito Vitale). A excepción de "Iaie", de la que se encarga Oscar Roig, las otras tres llevan la música de Dani Espasa, pianista con multitud de méritos y colaboraciones, que va a continuar trabajando con Lídia Pujol más allá de este registro. Suyo es, junto a Brian Dunning, el arreglo de la tonada tradicional catalana "Rossinyol" (su fabuloso piano introduce este tema de comienzo susurrante que va aumentando en intensidad con el vuelo del pájaro). Otro tradicional, en esta ocasión yiddish (lengua de los judíos de origen alemán), es traducido al catalán como "L'arbret", y ofrece una música que parece alimentarse de leyendas, pues Lídia es más que una cantante, es una contadora de historias, de sueños para todos los públicos; la inclusión y descubrimiento de esta canción proviene de un trabajo que le encargaron sobre un repertorio de música judía que cantaban las mujeres en campos de concentración, unas melodías que superaron su inicial reticencia y acabaron llegándole muy dentro. De Oscar Roig es la música de "Babel", el único tema del disco sin letra, con un eficaz tarareado tan adaptable a cualquier idioma que tal vez por eso se llame 'Babel', que suena como una brisa, un planeo sobre las olas, un atardecer en la orilla. Dos curiosidades restan por mencionar, la correcta versión del clásico irlandés 'Women of ireland', cantada atrevidamente en gaélico bajo el título de "Mná na héireann" (María del Mar Casals interpreta al arpa celta la música de Seán Ó Riada), y el corto bonus track, "Sombrero", cantada sin instrumentación por Rosalia Pujol, abuela materna de la cantante, sobre la que recordaba: "Mi abuela es absolutamente esencial, yo siempre estaba al lado suyo con un bloc de notas o con la grabadora, y ella me enseñaba canciones en cualquier idioma, pero no sabía ni hablar castellano. Lo que nos está ofreciendo en este pasodoble es algo muy especial, porque no sabe ni lo que está diciendo". Un disco precioso hasta en estos pequeños detalles. "Iaie" es un álbum sorprendentemente variado y trabajado, su autora afirmaba haber escuchado mucha musica instrumental, pero también bandas sonoras, clásica o músicas del mundo, desde el flamenco a lo celta. Es notable el eclecticismo y la capacidad de esta catalana, que en ocasiones parece estar contando el más bello de los cuentos infantiles, mientras que en otras se arranca en un alarde de viaje por las músicas del mundo y un resuelto resucitar folclórico. "Iaie" presentaba un diseño gráfico atrevido, muy trabajado y colorido, si bien en definitiva algo recargado y de letra demasiado pequeña, pues incluye el libreto no sólo las letras de las canciones sino sus traducciones en castellano, catalán y frances. El espacio se llena y esconde fotografias convenientemente tratadas por ordenador, un instrumento éste que aunque se incluye también en la música del álbum, tan solo adorna un acabado tendente a lo acústico, donde la cantante se hace acompañar por importantes músicos, un gran elenco donde destacan Dani Espasa (piano), Oscar Roig (guitarra, órgano, programaciones), Pep Coca (contrabajo), Antonio Sánchez (sonidos, efectos, cajón), Toni Xuclá (guitarra de doce cuerdas) o Xavi Lozano (vientos -ocarina, fiscorn, bansuri, moxeño, tuba-, rastabass, sonidos y percusiones). La importancia de los vientos en el trabajo es doble, pues no sólo confieren personalidad y naturalidad sino que se trata de instrumentos poco convencionales (la tuba, la primitiva ocarina, el oriental bansuri o el andino moxeño), interpretados por un maestro del tema, el experto y practicamente luthier Xavi Lozano. Y en este sentido resta mencionar la colaboración especial de Brian Dunning, que aporta la flauta en dos de las composiciones. Contaba en 1997 este miembro de Nightnoise que se llevó a casa una cinta que Lídia Pujol le había entregado en el camerino, la grabación de un concierto que Brian calificó de maravilloso, de una artista con una fantástica voz, que esperaba que tuviera ya algo publicado en España.

La música de los sueños, que es la que adorna esta simbólica obra, no requiere un idioma concreto, tal vez por eso Lídia, cuya lengua materna es el catalán y la paterna el castellano, utilice cuatro. Curiosamente, para una cantante que planteó durante bastante tiempo su bagaje vocal en inglés, no incluyó esta importante lengua en el trabajo. Las de origen francés son por lo general un divertimento, más recogidas las planteadas en catalán, y de enorme carga folclórica las de idioma castellano. Ya en su primera colaboración con Silvia Comes hablaba de sacar a la luz un material que, tanto a nivel de texto como de música, le hiciera sentir, y repartía además la importancia de texto y música, valorando especialmente que el público se pudiera interesar por los poemas a partir de la adaptación musical. Sobre Prévert, sus letras son por lo general duras y comprometidas, por ejemplo en "Iaie" ("Girad, girad, chiquillas / girad alrededor de las fábricas / pronto estaréis dentro (...) Viviréis desgraciadas / y tendréis muchos niños, muchos niños / que vivirán desgraciados") o en "Canción en la sangre" ("En el mundo hay grandes charcos de sangre / ¿a dónde va toda esa sangre derramada? / Gira con sus grandes charcos de sangre / y todas las cosas vivas giran con ella y sangran (...) ¿A dónde va toda esa sangre derramada? / la sangre de los crímenes... / la sangre de las guerras... / la sangre de la miseria... / la sangre de los niños torturados / tranquilamente por papá y mamá..."). Resulta extraño, y es un gran mérito de los compositores, que poemas tan crudos y una tragedia como "Bodas de sangre" confluyan en un disco con alta dosis de alegría y luminosidad. No en vano decía la Pujol que "el ser humano es ese claroscuro, esa dualidad, esa lucha entre opuestos", así como "en mi música busco un mundo más fantasioso, fuera de la realidad que me sirva, que nos sirva, para calmar esa impotencia que generamos y degeneramos nosotros mismos". Lo logró con "Iaie", un álbum hermoso, familiar y vital, completísimo y asequible más allá de géneros y de idiomas.





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