23.7.12

MARTYN BENNETT:
"Martyn Bennett"

Si lamentable es la pérdida de cualquier ser humano en la plenitud de su vida, la de Martyn Bennett, sin llegar a cumplir los 34 años, fue un duro varapalo para la nueva música escocesa. Llamado a abanderar la nueva corriente de renovación de dicha tradición, este imaginativo músico que nació realmente en Terranova (Canadá) pero que regresó a la tierra de sus raíces a los seis años, llegó a ser reconocido, en los pocos años de que dispuso para ello, como una figura emergente en Escocia por su combinación de influencias tradicionales con ritmos modernos, en un alarde de inventiva, de descaro y de demostración de sus capacidades interpretando una amplia gama de instrumentos que abarcaban desde el violín, las flautas o la gaita hasta los teclados y programaciones. Tal vez la separación de sus padres le impulsó a mostrar su rebeldía a través de esos instrumentos que descubrió a los 10 años, tal vez tan sólo se reencontró con algo que llevaba muy dentro y que solamente esperaba para aflorar (Martyn contaba que en su primera clase de gaita, a cargo de David Taylor, se sintió como si se hubiera encontrado con un viejo amigo), el caso es que el joven Martyn Bennett fue pasando por diversas escuelas, incluso por el conservatorio de Edimburgo, adquiriendo experiencia y habilidades, hasta que desgraciadamente, la palabra cáncer apareció en su vida poco antes de la graduación y acabó con ella en 2005.

La mezcla de tradición y academicismo, y una búsqueda particular en el jazz fusión fueron los ingredientes para, previa compra de un teclado, un secuenciador y un sampler, la creación en tan sólo siete días de un álbum tan impactante como "Martyn Bennett". En este luminoso trabajo se disfruta por igual de la tradición escocesa, presente de manera bastante potente en cada corte del disco, y de la electrónica de DJ, que deambula con sus ritmos, tan bailables como los del folk, por cada rincón, engalanando con sus jóvenes texturas las ya de por sí atractivas canciones: "A menudo me gustaría poder repetir esa energía ahora, pero era la energía del momento, una energía de ser desconocido, una energía con ninguna expectativa, y una energía de estar enamorado". Lo viejo y lo nuevo se hermanan y conviven en un mundo propio, que nombres como el suyo o como Paul Mounsey han sabido convertir en referencia, ejerciendo de gurús de las nuevas tendencias electrónicas aplicadas a la música celta. Este emocionante álbum comienza con un minuto y medio de aflautada introducción atmosférica, pero enseguida el cambio de ritmo conduce a esta pieza de título "Swallowtail" y al sentido último de la música de Martyn Bennett, la fusión de la cultura antigua (se trata de melodías tradicionales irlandesas que le descubrió el flautista Cathal McConnel) con la vida moderna, donde la percusión es la que marca la diferencia, en un tratamiento más agresivo de lo normal para un resultado poderoso y muy atractivo. Influenciado por otra banda irlandesa, la Bothy Band, voces y sonidos atrevidos en "Erin" anticipan la inventiva del trabajo, introduciendo conceptos urbanos en el folclore tradicional, con lo que más allá de modernizar, engalana las piezas y las viste para el consumo actual, donde ciertas melodías pueden considerarse algo aburridas o, al menos, repetidas sin cambios perceptibles hasta la saciedad, lo que las ancla en un ajado pasado. Es en cortes como ese (y realmente en la totalidad del disco) en los que se agradece realmente la capacidad y el ingenio de este malogrado artista que supo captar una nueva dimensión y posibilidades a la música escocesa. Ritmos bailables continúan su seguro despliegue en canciones destacadas como "Cuillin" (compuesta por Martyn, con sorprendente clímax de guitarra eléctrica en su primera parte) o la excepcional "3 sheeps 2 the wind" (poseedora de una magia que va más allá de denominaciones y encasillamientos), mientras que un comienzo funky y acompañamiento jazzístico caracteriza a "Deoch an dorus", en otra demostración de adaptación a ritmos ajenos, como el acercamiento al hip hop de "Floret silva undique" (arreglo del poema del escocés Hamish Henderson) o incluso a tendencias más modernas en la histórica "Jacobite bebop", en la que por momentos parece sonar el violín eléctrico de Ed-Alleyne Johnson (en absoluto, es Martyn en una faceta más cercana al rock sinfónico) en un fenomenal despliegue de fuerza. Para finalizar, "Steam" desvela el carácter bromista de este multiinstrumentista que, tras un devaneo con el swing, concluye la pieza con un relajante sonido de lo que parece una pequeña caída de agua, si bien Bennett lo define como "un paseo por el parque y orinar en el estanque de los patos"; difícil de creer, pues el alivio se extiende durante más de veinte minutos. Grabado y mezclado en marzo de 1995, Eclectic Records publicó el disco en 1996 con Stuart Hamilton como ingeniero y la producción (textual) de madres, padres, hermanos, amigos, primos, amantes, limones, abejas, árboles, menta, montañas, lluvia, sol, amor, dolor, nacimiento, vida, muerte, Dios, Buddha, espíritus, hierba, energía, esperanza.

Aun formando parte de la misma familia que tantas bandas y músicos de origen y acabado celta, Martyn Bennett suena distinto, el tratamiento otorgado, el uso de las voces y la manera de acometer los ritmos le hace estar un paso por delante de la mayoría de sus coetáneos y acrecenta el interés hacia su música, que no pierde ni un ápice de la identidad escocesa. Importantes personajes de la escena celta o la world music como Donald Shaw o Peter Gabriel lamentaron profundamente la muerte de un Bennett que hablaba de su dolencia como de una prueba espiritual. Ese espíritu persiste sin duda en su legado, en discos como "Martyn Bennett", "Bothy culture", "Glen lyon" (cantado por su madre, Margaret) o "Grit", fruto a partes iguales de la rabia y de la tecnología. Grandiosos detalles y un conjunto asombroso acaban por rendirnos ante esta figura esencial del cambio de siglo celta, que recordaremos con veneración y con la misma actitud burlona con la que abre y cierra canciones como "Deoch and Dorus".



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3.7.12

VARIOS ARTISTAS:
"Música para desaparecer dentro"

Recién inaugurados los años 90, Grabaciones Accidentales supo aprovechar el creciente tirón de las Nuevas Músicas, al plasmar su originalidad, su afabilidad, incluso el misterio de algunas de sus melodías más representativas, en el doble álbum recopilatorio "Música sin fronteras". Muchas son las compilaciones que han seguido su estela, pero no tantas las distinguidas por su carácter auténtico y la capacidad y el acierto de los grupos y artistas integrantes. Grabaciones Accidentales (GASA) no era una compañia dedicada precisamente a las músicas instrumentales, pero aún así logró las cesiones oportunas en una enorme labor de planificación, digna de premio. Presuntamente más fácil tendría que ser esta misión para los dirigentes de una compañía que sí tuviera relación exclusiva con la temática que nos ocupa, y sin necesidad de evaluar o realizar comparaciones, es necesario reconocer que Sonifolk, ese mismo año 1991 de la publicación de "Música sin fronteras" (no sólo de su primer volumen a principios de año sino también del segundo a finales del mismo), ofreció a su público una auténtica joya de poético título, "Música para desaparecer dentro". Cabe destacar que Sonifolk es una compañía española, y que en nuestro país se produjo una especial revolución espiritual -musicalmente hablando- en esa época, la cantidad de festivales y ciclos dedicados a estos tipos de músicas aumentaba año tras año, así como exitosas giras de músicos que se habían creado ya un cierto renombre, como Wim Mertens, Nightnoise, Lito Vitale, Paul Winter, Michael Nyman o Andreas Vollenweider. No están esos ilustres personajes en este doble recopilatorio, pero sinceramente no le hacen falta, porque se nutre de verdaderos exponentes de una nueva forma de disfrutar de una música relajada, sensible y de raíz, pero también animada, excitante y novedosa.

Una presentación de lujo anticipaba este proyecto que, aunque no entró entre los puestos principales de la listas de ventas, sí que contó  con un sigiloso pero rotundo nivel de aceptación, y lo logró por la enorme clase e importancia de la mayoría de las 27 composiciones ofrecidas. Sin ir más lejos, hacía sólo dos años que el sintesista estadounidense Raphael había publicado uno de los álbumes más delicados, etéreos y recordados de la new age, el titulado genéricamente "Music to disappear in". En sonifolk se pensó de inmediato que su pieza principal, "Disappearing into you", tenía que abrir la recopilación "porque se encuentra entre lo más profundo y sentido que se ha escrito en este tipo de música, y porque no ha sido suficientemente valorado", decían en su publicidad. Básicamente, "Disappearing into you" era el comienzo más aconsejable para dejar textualmente con la boca abierta a toda aquella persona preparada para una nueva experiencia sonora. Por extensión, la traducción del título de esa ópera prima tenía que ser el epígrafe genérico de la compilación, y es que un eslógan como 'Música para desaparecer dentro' posee una fuerza infalible y un significado pleno de espiritualidad. Pero aparte del sublime y más que lógico comienzo, no es fácil ni conveniente recalcar una o varias de las composiciones en esta joyería musical, pues difícilmente encontraremos bisutería en la misma: de lo popular ("Highland", una animada danza del canadiense Bill Douglas, la recordada "Celestial soda pop" del monumental Ray Lynch, o esa eficaz tonada de aroma antiguo de Robert J. Resetar titulada "Nada's dance"), a lo volátil ("Forever", trascendental muestra del avanzado "Strata" de Steve Roach y Robert Rich, o la presencia del renombrado sintesista Mychael Danna con "Durga", de su álbum "Sirens"), lo exótico ("Camino blanco", del percusionista japonés Yas-Kaz o la extrañeza de la Blue Chip Orchestra y su "Boléro du nouvel âge"), lo delicado (de "Heartsong", emotivo solo de piano del norteamericano Jim Chappell, a "Sunrise over Haleakala", del teclista de color Merl Saunders) o a lo puramente mítico en las Nuevas Músicas, como esa genialidad del desaparecido sintesista Richard Burmer titulada "Across the view", la no menos impactante "Hacia las nieves azules" ("Into blue snows" en su disco original) de los japoneses Himekami, la climática "Horizon" del noruego Oystein Sevag, o la recordadísima "Enchantment", del dúo de ascendencia griega formado por Chris Spheeris y Paul Voudouris. Pequeños toques de 'smooth jazz' (Mark Sloniker, que presenta un sonido parecido al de Lito Vitale en su "Bright wish", o "Spring waltz", del grupo Walton Ornato) se cuelan entre sintesistas de melodías alegres (los alemanes Christian Buehner y Helge Schroeder, que contribuyen con la intensa "Sun dance", o el suizo Thierry Fervant, con "Merlin the magician", ejemplo de su legendario álbum "Legends of Avalon") en un suntuoso festival en el que no faltan voces atractivas, tal vez no tan conocidas pero que encajan perfectamente en el ánimo relajante de la compilación, como las de Serah ("Moments of christmas" es una acertada balada con la participación y producción del alemán Friedemann), Therese Schroeder-Sheker ("For the roses" es un claro ejemplo de la dulzura de esta arpista norteamericana de orígenes irlandeses) o el efímero grupo The Telling, que grabó un único plástico para Music West, del cual se extrae aquí la belleza ambiental de su canción homónima, "Blue solitaire". Tratamiento aparte merece el caso de Enya, de la que se escucha "I want tomorrow", de su banda sonora de la serie "The celts", no sólo por ser posiblemente la más conocida entre el elenco de artistas involucrados, sino por su desaparición por motivos contractuales con la BBC en la segunda edición del disco, en beneficio del tema "Islas" del grupo Amarok. Paul Horn (uno de los considerados como 'padres' de la new age), Constance Demby (una de las grandes damas de los teclados, en 'competencia' directa con Suzanne Ciani), el grupo catalán de música antigua Els Trobadors o más sintesistas de planetario como Michael Stearns, Kevin Braheny o Tim Clark (que cierra el recopilatorio con la eficaz "Silver caravan"), son otros de los nombres importantes -todos lo son en este doble álbum- que contribuyeron a hacer de "Música para desaparecer dentro" un pequeño fenómeno en los 90, un doble CD admirado y recordado por su fenomenal muestra de regocijo y calidad en más de 140 minutos.

Esta selección se editó sólo en España, gracias a la licencia de compañías tan importantes como Music West, Hearts of Space, Celestial Harmonies, Pony Canyon o Erdenklang, entre otras. Aunque no alcanzó la longevidad de la saga "Música sin fronteras", que llegó a los 6 volúmenes, "Música para desaparecer dentro" se aprovechó del poderío de Sonifolk/Lyricon y de sus eficaces distribuciones, para alcanzar hasta una tercera entrega. El Volumen II, también en formato de doble compacto, se adentraba no sólo en esas estupendas ediciones traducidas al español de discos de Himekami, Connie Dover, Dead Can Dance o Bill Douglas, sino en las producciones propias de músicos españoles como Elementales, Tomás San Miguel, Pedro Estevan, Emilio Cao, Luis Delgado o Enrique Mateu, sin olvidar al grupo del que salió Carlos Núñez, Matto Congrio, o el soberbio álbum del Paul Winter Consort de primera edición exclusivamente española, "En directo en España" (que acabó ganando el grammy al mejor álbum de new age bajo su denominación internacional, "Spanish angel"). Sensiblemente inferior a la insuperable primera entrega, lograba un alto nivel de calidad, pero ante todo de originalidad con esa masiva presencia autóctona. En cuanto al Volumen III, que ya se trataba de un disco simple,  rebuscaba en músicas más 'alternativas', en especial de un nuevo sello distribuido por Sonifolk, All Saint Records (Andy Partridge, Harold Budd, Roger Eno, Brian Eno, Djivan Gasparyan, Channel light vessel, Bill Nelson o Kate St.John), pero incorporaba también a Dead Can Dance y Lisa Gerrard en solitario, rescataba a Himekami, y acercaba a su propio público a músicos españoles de difícil acogida popular, como Amarok, Elementales, Luis Agius, Labanda, David Garrido o el dúo Ishinohana, tras el cual no estaban sino los siempre inquietos Luis Delgado y Javier Bergia. En definitiva, el mérito de "Música para desaparecer dentro" fue ofrecer un producto de enorme calidad pero con cierta dosis de atrevimiento, en el momento más álgido del movimiento de la Nueva Era. Eso, unido a un fenomenal diseño de Coro Acarreta (personaje importante en la sombra, al contrario que su marido, el popular Ramón Trecet) que no dejaba lugar a ninguna duda en el conjunto del álbum, hicieron de "Música para desaparecer dentro" una de las mejores recopilaciones, de cualquier tipo de música, aparecidas en el mercado español, y un ejemplo para posteriores sagas como "Lágrimas de arpa y luna", "Relax" o "Diálogos con la música".












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