27.12.08

SUZANNE CIANI:
"Seven waves"

Suzanne Ciani es en la actualidad una teclista conocida y respetada. Seguramente la imagen que todos tenemos de ella es la de una mujer dulce, tranquila, más o menos lo que transmite su música, calor y felicidad. Incluso su propia imagen es de apariencia frágil y delicada. Sin embargo nos encontramos ante una luchadora, en especial por superar un cáncer a comienzos de los 90, aunque también por haber tenido que combatir en un mundo, el de la música electrónica, dominado por los hombres. Tanto en sus comienzos en esa faceta (con una involucración sorprendente para los que la hayan conocido a partir de su época de Private Music) como en su vertiente más romántica y de piano, esta nieta de inmigrantes italianos ha salido bien parada y se ha ganado a pulso su fama en el mundo de la música instrumental.

Empalagosa para unos, genial para otros, esta artista nacida en 1946 fue la más rebelde de cuatro hermanas. Contrariamente a los casos más comunes, en los que profesores de corte clásico intentan encorsetar a sus alumnos y éstos muestran su rebeldía acercándose al rock y pop a la mínima oportunidad, Suzanne vió cómo su maestro de piano, el mismo que daba clases a sus hermanas, intentaba llevarla por el camino del pop, mientras ella quería aprender música clásica. El Wellsley College y otras instituciones saciaron su sed de composición clásica, hasta que la casualidad le llevaría hasta Don Buchla, que la introdujo de lleno en la electrónica musical, y posteriormente hasta el considerado padre de la música por ordenador, Max Matthews. Sin embargo la única salida que le quedó después de toda su extraordinaria formación fue realizar música para publicidad, momentos para compañías importantes como Coca-Cola, American Express, Atari, General Motors o Columbia Pictures, muchas de las cuales han visto la luz en 2012 en el CD "Lixiviation". En 1974 se traslada a Nueva York, y llega a trabajar en el estudio de Philip Glass, pero su condición de mujer siguió cerrándole las puertas más importantes, por lo que decidió publicar una serie de discos que le dieran reconocimiento. Durante dos años, en fines de semana y con su propio dinero, creó "Seven waves", pero ninguna compañía se atrevió a publicarlo, al fin y al cabo ella era una mujer que hacía electrónica, que no cantaba como las que triunfaban en aquella época. Contra todo pronóstico, "Seven waves" fue un gran éxito en el único país que acogió su publicación en 1982 bajo el sello JVC/Victor: el lejano Japón. Da la impresión de ser un disco frío y sofisticado, cuando en realidad es sencillo y cálido, inspirado también por la naturaleza, como demuestran los sonidos marinos que campean entre tema y tema, ese oleaje sereno pero atrevido que separa las principales 'siete olas', de las cuales la primera ("The first wave: Birth of Venus") es la más inspirada y popular, por la gracilidad de su luminosa melodía (complementada con otro instrumento electrónico extraño, un lyricon) en un contexto burbujeante que nos remonta a otros tiempos más sintéticos. A pesar de eso, "Seven waves" no ha envejecido mal, otro mérito de esta teclista estadounidense que continúa su paseo secuenciado con temas igual de alegres y románticos, exponentes de un mundo propio en el que también se podrían destacar "The fifth wave: Water lullaby" y el bonito cierre del trabajo, "The seventh wave: Sailing away", de sonido algo más cercano al pop. La historia de "Seven waves" tras su éxito japonés continúa con la publicación en Estados Unidos por parte de Finnadar Records, una división de Atlantic (1984), una siguiente reedición por la importante compañía Private Music (1988), y posteriormente por su propio sello (1994), denominado Seventh Wave en homenaje a este disco avanzado.

Suzanne recuerda en el libreto del trabajo (en su edición de 1995 por parte de Seventh Wave) que se trata de un disco especial, no sólo porque expresa su fascinación por los primigenios instrumentos electrónicos sino porque algunos de ellos, como el Buchla (prototipo creado por el pionero en materia de sintetizadores Don Buchla), ya no existen, por lo que estamos ante una grabación histórica, que contó con la eficaz colaboración de la ingeniera de sonido Leslie Mona-Mathus y del arreglista Mitch Farber, que le seguirían acompañando -en especial Mona-Mathus- en futuros y ya consolidados proyectos. Synclavier, Roland, Moog, vocoder, secuenciadores, piano... la lista de los teclados y instrumentos utilizados asusta por la profusión de nombres, siglas y números, pero todos ellos devienen en una música fácil de escuchar y admirable en su contexto, el de una mujer que se sobrepuso a cualquier inconveniente y que supo surfear en las olas más adecuadas, en concreto las siete de "Seven waves".

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21.12.08

ROBERT J. RESETAR:
"Overcurrents"

Robert J. Resetar es otro de esos personajes enigmáticos que, después de ofrecernos un soberbio trabajo como lo fue "Overcurrents", y con escasísimos datos adicionales sobre su persona, desaparece de la escena musical tan silenciosamente como había llegado. Esto sucedió en 1987, tras una casi anónima trayectoria realizando música para televisión y adaptaciones orquestales para la Boston Pop Orchestra (una sección de la Boston Symphony Orchestra creada en 1885, que John Williams llegó a dirigir del 80 al 93). Fue entonces cuando este teclista estadounidense quiso aplicar todo lo aprendido y así divulgar sus emocionantes composiciones, pero a lo Juan Palomo, es decir, creando su propia compañía discográfica, de nombre Whispering Trees Records BMI.
Aunque Whispering Trees no haya tenido una trayectoria exitosa, al menos nos brindó la posibilidad de conocer la obra de Rob Resetar -así se hace llamar dos décadas después- a través de un disco maravilloso titulado "Overcurrents", de corte romántico (dominado por los teclados pero con importantes adiciones de flautas, guitarra, cuerno francés, acordeón y arpa, entre otros instrumentos), con reminiscencias clásicas, medievales e incluso andinas. Un comienzo inmejorable, de título "Life tides", despeja de inmediato cualquier duda que pudiéramos albergar respecto al contenido del disco; se trata de una cortísima introducción de estilo medieval donde flauta y cuerno inglés desarrollan una bella, serena y enriquecedora melodía. El lirismo no ha hecho más que comenzar, ya que tanto hermosas miniaturas ("The golden door", "Heroes of Hayvenhurst") como composiciones más largas e igual de inspiradas ("Ascent to Machu Picchu", "Love me in all things", "The fisherman" -estas dos con fabulosas notas de piano-), llenan un trabajo relajante, cálido y apasionado, que atrae desde su bella portada, obra primeriza del artista gráfico Paul Lasaine (que posteriormente ha trabajado en películas de animación tan importantes como 'El príncipe de Egipto' o 'Locos por el surf'). Pero con toda seguridad es "Nada's dance" la canción más conocida del álbum, merced a una entusiasta melodía fácil de seguir y un ritmo animado muy al estilo de las composiciones de David Lanz y Paul Speer. "Nada's dance" fue incluída, además, en la exitosa recopilación española "Música para desaparecer dentro".
Poseedor de una extraordinaria simpleza, "Overcurrents" -que fue grabado en Santa Mónica (California)- quizás no requiera toda la atención del oyente en su escucha, pero éste acaba dejándose atrapar con vehemencia. Aunque hacerse con una copia original actualmente es casi tan imposible como adivinar a qué corresponde la 'J' del nombre de su autor, vale la pena intentarlo, ya que sus doce composiciones nos llevan a un mundo de sueños y fantasía, del que volvemos con la efímera sensación de que dificilmente Robert J. Resetar pueda volver a conducirnos hasta allí. Por si acaso hay que seguir atentos a sus movimientos.

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15.12.08

WILLIAM ACKERMAN:
"Passage"


Desde que el matrimonio Ackerman decidiera dedicarse por completo a su compañía discográfica, la inmarcesible Windham Hill, no cesaron en su empeño de conseguir que grandes instrumentistas engrosaran su catálogo. Así llegaron, aparte del propio Ackerman y su primo Alex de Grassi, George Winston (el verdadero impulsor del sello), Michael Hedges, Michael Manring, Scott Cossu, Mark Isham, Shadowfax, Liz Story y un largo etcétera de músicos que no sólo contaban con seguidores propios sino que eran venerados y escuchados por pertenecer al sello californiano. Mientras tanto, el propio Will Ackerman continuaba editando sus discos, que al principio contenían exclusivamente solos de guitarra para, con el tiempo, beneficiarse de esos otros músicos y amigos que colaboraban sin dudar en duetos o trios para los discos de su 'jefe'.
En "Passage", publicado en 1981, el folk americano se hace música contemporánea (en el sentido académico del término), pero totalmente accesible, hermosa, y dominada por la guitarra más auténtica de la que ya era conocida como música New Age. Este trabajo publicado en 1981 contiene ocho composiciones, de las cuales cuatro eran ya conocidas (grandísimos clásicos como "Processional", "The impending death of the virgin spirit", "The bricklayer's beautiful daughter" y "Anne's song") y las otros cuatro eran nuevas ("Remedios", "Pacific I", "Hawk circle" y "Passage"). También se puede hacer la distinción entre las cuatro que son solos de guitarra y las que más sentido e interés cobran en el contexto del álbum al estar vestidas por un manto de clasicismo que no esconde su origen popular pero que embellece y complementa estupendamente el producto: Aunque no sea de las piezas clave de Will Ackerman, "Remedios" desata una inusitada variedad de emociones, gracias sobre todo a que la guitarra marca el compás pero se deja dominar por el violín de Darol Anger, consiguiendo una atmósfera inquietante. En este nuevo vestido de grandes composiciones hay que destacar la dimensión que cobra otro tema nuevo y futuro clásico, "Hawk circle", a dúo entre la guitarra de Will y un piano de George Winston en su línea magistral. En "The impending death of the virgin spirit" el papel del chelo de Dan Reiter es más de acompañamiento, quizás para no perturbar la esencia de tan bella melodía, mientras que en "Pacific I" vuelve a dejar que sea el instrumento invitado el que acometa la melodía principal -en esta ocasión Robert Hubbard al cuerno inglés- pero con algo menos de impregnación. Seguramente a algunas de las otras cuatro les hubiera venido bien el envoltorio de esos instrumentos invitados, pero acaban luciendo en las manos de este carpintero que quiso ser músico. "Processional", por ejemplo, sólo tardaría cinco años en estar acompañada por el lyricon del genial Chuck Greenberg.
Es verdaderamente gratificante escuchar a Will Ackerman, su música sincera y creativa, tanto en la simpleza de su guitarra desnuda como con pequeños acompañamientos de otros instrumentos que engalanan piezas imprescindibles en la nueva música norteamericana. Acordes delicados, melodías tenues, sentimiento profundo al fin y al cabo en canciones de múltiples detalles y alegre decadencia. Vale la pena dejarse atrapar por el hombre que inauguró Windham Hill y popularizó la New age, un genio de la guitarra cuyo importante papel, aunque distante en el tiempo, hay que reconocer en su justa medida; ya que no lo hacen los que tienen esa potestad, desde aquí intentaré poner mi granito de arena ensalzando discos como éste que, definitivamente, no os podéis perder.

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11.12.08

CAPERCAILLIE:
"Get out"

Si ya de por sí la riqueza de la música tradicional escocesa es desbordante, la unión durante la década de los 80 de nuevos talentos como Karen Matheson, Donald Shaw o los hermanos Lunny para renovar ese excelso folclore redundó en un grupo de tanta importancia como Capercaillie, una banda moderna pero con siglos de música escocesa a sus espaldas. En el libreto del álbum "Get out" se hacía hincapié en el logro que supone rescatar el patrimonio gaélico y llevarlo de una manera fresca a todos los rincones del mundo, en una eficaz mezcla con elementos pop y rock, pero manteniendo el aire antiguo que les confiere una elegante riqueza en sus discos y directos. Después del éxito de "Delirium", y basado directamente en él (lo cual no le resta interés) es precisamente "Get out" el álbum que define a la perfección las posibilidades de Capercaillie y exhibe en sus escasos 40 minutos su capacidad para atraer, encender y emocionar de diversas maneras, en inglés o gaélico, con aires lentos o rápidos, a través de la voz o de manera instrumental, todo vale cuando la calidad es innata. A su vez, "Get out" responde a la necesidad de que los fieles a Capercaillie encuentren plasmado en un álbum, aunque sea de una forma residual, su importante y valorado directo.

En esta suerte de revisión de "Delirium", publicado en octubre de 1992 por Survival (de ello se encargó en los Estados Unidos Green Linnet) las canciones cobran una nueva dimensión merced a versiones mejoradas o potentes directos. "Get out" explora precisamente en todas las facetas que este magnífico grupo puede ofrecer en estudio o en vivo: reels que obligan a no permanecer sentado ("Silver spear reels"), otros instrumentales que aún siendo de apariencia e intenciones celtas sorprenden con un ritmo obsesivo de tendencias muy actuales ("Dr. MacPhails trance", impresionante versión mejorada y alargada del "Dr. MacPhail's reel" de "Delirium"), interpretaciones geniales de canciones gaélicas tradicionales ("Pige ruadh", una pieza en directo de 'mouth music' -melodías vocales aplicadas al baile-), temas en inglés que fusionan sabiamente folk y pop ("Waiting for the wheel to turn ('92 version)") y por supuesto un carisma que iba en aumento con el paso de los discos y los conciertos. "Fear a' bhata (Oh! my boatman)" fue el primer sencillo de "Get out", una pequeña y bonita canción de amor tradicional escocesa cantada en gaélico, cuya versión original estaba incluída en el álbum "The blood is strong". La mencionada "Waiting for the wheel to turn" presenta un acertadísimo cambio respecto a "Delirium" para constituir un segundo sencillo que promocionaba a la vez ambos álbumes; curiosamente, esta animada canción de Donald Shaw en inglés no estaba producida por Dònal Lunny sino por Iain Morrow. No podía faltar el tema más conocido de Capercaillie, otro tradicional gaélico que ya es inseparable de la voz de Karen Matheson, y que aquí se muestra con la fuerza del directo: "Coisich a' ruin", que llegó al número 39 de las listas de venta británicas -primera canción en gaélico que lo lograba-. Sorprenden también otras dos canciones en inglés rescatadas, cómo no, de "Delirium": "Servant to the slave" (composición de Manus Lunny vuelta a grabar con una pequeña introducción tradicional de J.MacRae titulada "Dean Cadalan Sàmhach" que proviene también del disco "The blood is strong") y el directo de "Outlaws" (del bajista, John Saich), una canción nueva que comienza como un diálogo entre voz y piano acaba como una reunión intimista y muy placentera. La banda en este momento estaba formada por Karen Matheson (voz), Marc Duff (flauta, bodhran, sintetizador), Manus Lunny (bouzouki, guitarra), Charlie McKerron (violín), John Saich (bajo) y Donald Shaw (acordeón, teclados), con la eficaz incorporación de James Mackintosh, conocido por sus discos con el grupo Shooglenifty, a la percusión en los directos y en la regrabación de "Waiting for the wheel to turn", un Mackintosh que iba a continuar trabajando con Capercaillie y en los discos en solitario de Karen Matheson.

Una semana después del lanzamiento de "Get out", y como gran complemento de éste, Polygram editó con el título de "Two nights of delirium" un video de la banda que recogía dos conciertos en Escocia repletos de público y que permitían comprobar, al que aún no había disfrutado del directo de Capercaillie, lo que se siente en uno de sus espectáculos. Diez años después aparecía por sorpresa una nueva edición de "Get out" con cinco canciones nuevas, dos instrumentales ("The reel northern light" y "Shanbally castle / Caberfeidh"), una cantada en inglés (la interesante "Distant hill") y dos en gaélico (la acertada "Mo bhean chomuinn" y "A cur nan gobhar as a´chreig"). En la discografía de Capercaillie, y a pesar de que se componga de canciones rescatadas, nuevas versiones y directos, "Get out" no es ninguna bagatela, de hecho es una pequeña joya de esta banda que acerca como ninguna el ayer al hoy.

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2.12.08

STEPHAN MICUS:
"To the evening child"


En el característico sonido del sello alemán ECM tiene mucho que ver su fundador, Manfred Eicher, antiguo contrabajista de jazz que desde 1969 quiso dedicarse por completo a la búsqueda y producción de una serie de talentos entre los que no sólo podemos encontrar músicos de jazz sino también de música antigua, bandas sonoras o músicas del mundo. Precisamente en esta categoría se encuadra como ninguna la obra del alemán Stephan Micus, un ciudadano del mundo enamorado de oriente desde su primera visita a los dieciseis años, que está vinculado a ECM desde 1977. Numerosas y enormemente bellas son las obras que Micus entrega ya acabadas a la compañía, constituyendo un caso distinto al de la mayoría de los artistas del sello, que Manfred Eicher se encarga de producir personalmente. Micus, sin embargo, es su propio productor, y su sensibilidad se encarga de otorgar una extrema calidad a sus trabajos: "Wings over water", "Ocean" o "Darkness and light" son algunas de sus obras destacadas entre más de 20 títulos de gran calado, pero también es preciso detenerse en un disco publicado en 1992 bajo el poético título de "To the evening child".

Stephan recuerda que los momentos más felices de su vida han ocurrido en Nepal, siempre cuenta que allí fue donde descubrió cómo debía ser la música perfecta, mientras atravesaba en autobús un fértil valle dominado por los arrozales, con niños, búfalos y el color de los pueblos llenos de vida; en contraste, como telón de fondo se podían admirar inmensas montañas nevadas, en una zona inhóspita deshabitada, un símbolo de eternidad y pureza. Ese equilibrio de opuestos reflejó para él la imagen ideal de la música, una combinación 'paradisiaca' de elementos distantes con los que une culturas, con todo lo que ello conlleva: "Me interesa explorar, descubrir mundos a los que mucha gente no tiene acceso, sonidos que no han escuchado, y combinar instrumentos que jamás han sonado juntos por proceder de culturas diferentes". Sorprenden dos cosas en "To the evening child", en primer lugar la paz y pureza de un canto de palabras inventadas, y en segundo la gama de sonidos que se pueden extraer de un instrumento como los steeldrums del oeste de la india (no confundir con sus más famosos parientes caribeños), viejos bidones de aceite que adquieren una personalidad que va mucho más allá de sus características percusivas. Aunque en la mayor parte de la discografía de Micus desde los 80 los nombres de las canciones sean numerales, aquí vuelve a ofrecer títulos que nos pueden dar pistas sobre el origen o la inspiración de cada corte. Así, este inspirado trabajo comienza con "Nomad song", una deliciosa canción de desarrollo lento y sugestivo, que pretende reflejar el itinerante mundo personal del artista, su propio espíritu nómada. Stephan, que nunca se sintió alemán, tiene una hija oriental y una pareja sudamericana (Adela es argentina), con la que vive en Mallorca. Precisamente a su hija Yuko, de hermosos ojos orientales, está dedicada "Yukos eyes", emotiva pieza de sones rasgados (merced a la dilruba, otro instrumento indio de cuerda que se toca con arco) como esa mirada de niña pequeña que provoca en Stephan una alegría exultante, convertida aquí en una danza interior que se hace corta. "Young moon" vuelve a abrir una ventana a la atemporalidad, pues aparte de la voz, los steeldrums y la dilruba se pueden apreciar dos tipos de flautas antiguas, una balinesa (suling) y otra alemana, pero del medievo (kortholt). Llegamos aquí a la parte central del álbum, que recoge su canción posiblemente más destacada: el encanto de esta pieza que da título al disco es edificante y puede contribuir a la liberación de las cargas diarias que corrompen cuerpo y mente, por su estética luminosa y optimista; al escuchar "To the evening child" (donde aparecen steeldrums, dilruba, nay -antigua flauta de caña egipcia-, sinding -arpa del Africa occidental cuyo cuerpo de resonancia es una calabaza- y voz), no hay que dejar de preguntarse por qué, si parece tan fácil, hay tan pocos que conmuevan de esta forma explorando en la conciencia global. "Morgenstern" (de percusión meditativa), "Equinox" (donde los sones de ocho dilrubas consiguen un efecto de falso dramatismo, que curiosamente destila una intensa alegría) y "Desert poem" son otros ejemplos de esta música que no necesita vestirse ni adecuarse a nada que implique modernidad, mercados o promoción.

Aunque su nombre no aparezca en los renglones de los grandes libros, Stephan Micus podría considerarse como el músico del mundo por antonomasia. Este trovador de Pangea une musicalmente cinco continentes como si fuera uno, y lo hace con una solvencia, imaginación, sinceridad y entrega dignos de destacarle como un abanderado de la unión entre los pueblos. Su manera de tocar y combinar instrumentos con siglos de historia ("para mí, tener un instrumento entre las manos es como sostener la cultura a la que pertenece"- dice) les hace cobrar una nueva realidad, un papel virginal para ellos en la historia de la música, creando una soberbia y casi única transculturalidad. Si bien su discografía es de obligada escucha para los que buscan una comunicación entre el cuerpo, la mente y los elementos que nos rodean, su música es tan sincera que necesita del contacto con el público, ese especial vínculo que se establece en sus conciertos, pequeños y discretos encuentros con un personaje que, aunque hable varias lenguas y un español casi perfecto, su idioma es y será siempre la música.



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