Solsticio de invierno es una exposición de mis discos favoritos de las Nuevas Músicas, un término paradójico (¿cómo llamar "nuevo" a algo que puede llevar compuesto siglos?) que engloba mercadotécnicamente tendencias musicales con puntos en común. New age, sinfónica, contemporánea, celta, folk, músicas del mundo, bandas sonoras, minimalismo... términos que no deben confundir nuestros sentimientos hacia una música que, a mí particularmente, hace mucho que me cautivó.
29.3.08
DEAD CAN DANCE: "Into the labyrinth"
Con extrema convicción afirmaba Brendan Perry, hace de ello bastantes años, que las canciones de Dead Can Dance son como sueños que fluyen. A veces se trata de descansos placenteros, en otras ocasiones pesadillas salidas de los cuadros de El Bosco, y en este caso que nos ocupa caminos placenteros que conectan las leyendas griegas con la poesía irlandesa. Lejos de todo y cerca de nada, ajenos a modas o cifras de nuestro mundo insomne, en este paraíso de sueños destaca siempre una cuidada y surrealista iconografía, en ocasiones en tonos sombríos, que es la que nos recibe en las portadas de sus discos: desde la máscara ritual de Papúa (con la que expresaban en su primer trabajo la esencia del grupo, lo animado a partir de lo inanimado) hasta la genial instantánea del fotógrafo marroquí Touhami Ennadre que nos recibe en "Into the labyrinth", el trabajo que les abrió definitivamente la puerta del reconocimiento mundial.
Posiblemente el éxito de esta banda tan inusual se deba al desencasillamiento de la envoltura convencional de pop y rock, adaptando, dentro de un corsé esencialmente vocal y una estética gótica (no en vano el sello inglés que les acogió al emigrar de Australia fue el oscuro 4AD), una fusión de estilos metida de lleno en un viaje por las culturas de medio mundo, enriqueciendo notablemente una propuesta única y -aunque muchos lo hayan intentado- dificilmente igualable. Por si fuera poco el complemento entre los dos miembros del grupo, Lisa Gerrard y Brendan Perry, era semejante a un puzzle en el que la imagen resultante es de una atemporal fantasmalidad. Y fue así a pesar de que en 1993, año de la publicación de "Into the labyrinth", hacía ya tiempo que estos dos personajes grababan por separado tras comprender que la libertad creativa entre ellos era esencial para nutrir de contrastes su obra (y merced además a unos pareceres diferentes respecto al camino a seguir por el grupo). En sus investigaciones separadas, Brendan se imbuye de poesía irlandesa mientras Lisa lo hace del folclore, y el detalle perfecto, la melodía atrayente, la percusión adecuada, son elementos comunes que acaban de encontrar cuando se reunen para grabar en la vieja iglesia de Quivvy, propiedad de Brendan en Irlanda. De hecho, en esta nueva reunión, iban a interpretar ellos mismos por vez primera todos los instrumentos del álbum. Escuchar trabajos como "Into the labyrinth" es una introducción en un mundo propio pero a la vez en una universalidad, "Yulunga (Spirit dance)" es el primer contacto con esa tribalidad tan característica del grupo (de hecho, es un término aborigen australiano), y evidencia al menos dos cosas: la importancia y calidad de las percusiones en una producción de lujo, y que la voz de Lisa ha evolucionado hasta alcanzar una plenitud que ella misma no puede definir sino comparándola con la grandeza de un poema perfecto, cantando -como confiesa en el video-álbum "Towards the whitin"- sin que un lenguaje le atrape, más bien creando ella misma el lenguaje que se adapta a su voz, usándola como un instrumento más. Lo hace a capella en "The wind that shakes the barley", de manera misteriosa en "Towards the within" o imitando las sonoridades vocales de la europa del este en "Saldek" o incluso más orientales en "The spider's stratagem", para despedir su gran actuación con "Emmeleia" (la danza griega de la tragedia), otra pequeña delicia a capella a dúo con Perry. Sin embargo hay que admitir que, en el conjunto del álbum, las apariciones de Brendan Perry parecen ir un poco más allá que las de Lisa, ya que sus cuatro canciones son de lo mejor del mismo: "The carnival is over", "Tell me about the forest (You once called home)" y en especial "The ubiquitous Mr. Lovegrove" (un lamento por el amor perdido y la inminencia de la muerte) y "How fortunate the man with none" (musicación de un poema del dramaturgo alemán Bertol Brecht dotado de una espectacular solemnidad). Usados de manera inteligente, los fondos electrónicos no trasgreden el espíritu ancestral (tribal, medieval, bárdico...) de la genuina esencia de Dead Can Dance, esa donde los muertos pueden bailar. "Into the labyrinth" recogía en su edición de vinilo dos cortes más que ya habían sido recogidos en el recopilatorio "A passage in time", unos "Bird" y "Spirit" que no aportaban nada especial al conjunto. Curiosamente, este mismo año 1993 apareció un CDsingle que, con el diseño gráfico que caracteriza este trabajo, recogía una canción antigua, del álbum "The serpent's egg": "The host of Seraphim" es ese glorioso tema, revitalizado por su inclusión en la banda sonora de la película "Baraka", que contaba con "Yulunga" como acompañamiento. Como segundo y tercer sencillo del álbum, "The ubiquitous Mr. Lovegrove" y "The carnival is over".
Decía Lisa que el silencio era la esencia de su música. Durante muchos años (hasta la segunda década del siglo XXI) ese silencio parecía definitivo, provocando que sólo los respectivos trabajos en solitario de Lisa Gerrard y Brendan Perry (numerosos los de aquella, escasos los de éste), saciaran parcialmente el interés de sus numerosos seguidores, ya que la calidad de esa unión alquímica entre ambos es dificilmente repetible, una sensación mágica, posiblemente una simple ilusión que, al menos por unos instantes, enmascara la cotidianeidad, la alienación a la que estamos sometidos. Aunque sea dentro de esa bola de cristal, muchos kilómetros más allá de cualquier frontera, tenemos esta válvula de escape llamada Dead Can Dance a la que acudimos sin remedio, como en un viaje imaginario, cada poco tiempo.
Un argentino y un mexicano que se unen para ofrecer su música en los Estados Unidos no pueden menos que plasmar en ella parte de sus raíces y actuar como emisarios y renovadores del rico folclore que portan en la sangre. Las corrientes más populares de la música en norteamérica ya habían sido aderezadas con elementos lejanos, no sólo hispanos (Carlos Santana) sino también orientales (los Beatles, al emplear el sitar en sus discos, abrieron el camino a Ravi Shankar), africanos (con Miriam Makeba como abanderada), jamaicanos (el reggae, encabezado en popularidad por Bob Marley), y por supuesto europeos, esencialmente celtas que, como la esencia africana, llevaban tiempo instalados en los Estados Unidos. La música instrumental avanzada de los grandes sellos norteamericanos también estaba dando grandes pasos hacia la fusión y la multiculturalidad, así que Windham Hill apostó por estos dos teclistas hispanoparlantes de nombre Bernardo Rubaja y César Hernández, que publicaron en 1987 un único disco juntos, "High plateaux", desapareciendo desde entonces el mexicano y manteniéndose durante unos años más Bernardo Rubaja en el panorama musical norteamericano gracias a otra mítica compañía, Narada. El acercamiento a los sonidos sudamericanos se intenta básicamente a través de instrumentos tan característicos como la flauta de pan (o zampoña), el bandoneón (pariente del acordeón, que le otorga al tango su 'alma') y el charango (una guitarra de los Andes de cinco pares de cuerdas que en este trabajo toca uno de sus más célebres intérpretes, Gustavo Santaolalla). Son esas maravillosas zampoñas las que animan el comienzo del disco junto a una mayor instrumentación en la bella "Puerta del sol (Gate of sun)", inaugurando diez títulos de los que cuatro son en español con la traducción inglesa. Otra característica importante del disco es la producción de Mark Isham, que además enriquece el álbum con sus trompetas y saxofón, creando una serie de ambientes de inequívoca procedencia, por ejemplo en otras dos de las canciones más destacadas, "Indian woman" (completa, inspirada, con buenos teclados, charango, percusiones y saxo) y "Oro blanco (White gold)" (bonita introducción de teclado, melodía andina pegadiza, y la trompeta de Isham). En esta reunión de músicos del continente americano también podemos encontrar muy buenas percusiones (a cargo del peruano Alex Acuña y del brasileño Laudir de Oliveira, miembro del grupo Chicago) y otras influencias desde ambientales hasta del jazz, del rock o por supuesto del tango, que se deja notar en un último tema íntimo y evocador, "Child's dream". Lejos de comparaciones y presupuestos, hay que destacar la interesante calidad del sonido, si bien a veces es más efectista que efectivo y no llega a ser especialmente original a pesar de tratarse de la fusión de elementos iberoamericanos con programaciones en un marco occidental, y con esa interesante producción del trompetista Mark Isham. Sin embargo hay una clara intención y firme resolución en la mano de estos dos músicos, que consiguieron su hueco en la nómina de Windham Hill abriendo camino a otras fusiones -unas con éxito y otras no tanto-, al contacto con otros elementos de una World Music que empezaba a contar para músicos y productores. "High plateaux" fue una apuesta interesante, y aunque haya perdido parte de la fuerza que seguramente tuvo en los 80, permanece (fuera de catálogo, eso sí) como una interesante propuesta de una compañía inteligente, Windham Hill.
Un apellido tan inequívocamente castellano como Paniagua no debe restar glamour a la música de este madrileño nacido en 1957, de hecho se trata de una ilustre referencia en el mundo de la música antigua, gracias a la labor de su hermano Gregorio al frente del grupo Atrium Musicae, del que Luis formó parte durante diez años. Su interés prioritario se centró enseguida en otras culturas más espirituales, en concreto la india, donde estudió sitar con el maestro T. N. Nagar. Paniagua fusiona desde entonces elementos de oriente y occidente, rememora su aprendizaje a través del sitar y otros instrumentos -especialmente de cuerda y percusión-, aportando su bagaje de tantos años en contacto con la música. Nos encontramos con un artista que crea, imagina, inventa nuevas situaciones en el panorama de la música instrumental española desde los años 80 hasta la actualidad; el resultado es una trayectoria musical fascinante, imaginativa, centrada tanto en proyectos para danza, teatro o audiovisuales como en otras composiciones más personales, donde el aroma de la India se funde con sabores antiguos en un contexto muy actual. Paniagua es un buscador del sonido, viéndole en directo puede parecer que el propio aire le vaya dictando cada paso a seguir. Así, guiado por la luz de su espíritu inquieto descubrió hace muchos años que el sitar era su instrumento -el primero lo compró en Berlín en 1975, estando de gira con Atrium Musicae-, y posiblemente esa seguridad haya sido determinante en su éxito, porque es evidente que lo ha alcanzado, no en ventas y popularidad masiva sino a nivel espiritual. Como él mismo dice, 'todo tiene su momento', y su despegue llegó en los 90 con "Planeo" y su posterior fichaje con el sello Hyades Arts. Antes de la publicación de "La bolsa o la vida" en 1992, Paniagua hablaba del amor y la belleza como lo más importante, y eso es lo que nos encontramos en este disco, belleza, amor y un asombroso ejemplo de equilibrio entre oriente y occidente, esos mundos tan cercanos como alejados que Paniagua tiene tan presentes en su vida. Él es en definitiva como el funambulista del que habla en el libreto de este trabajo, un buscador del riesgo que se divierte en "Para empezar" -una entrada sublime con el metalizado y melodioso sonido del sitar-, explora en "El claro oscuro", juega en "El cuarto de los niños" -más que original utilización de la percusión para ejecutar una melodía infantil-, abre su corazón en la delicada "Poema de amor" o experimenta en "Ceremonia". Aún extasiados por lo que estamos escuchando, sorprende que en la segunda mitad del disco el show del funambulista alcance sus momentos más gloriosos: "Harim" es un contundente ejemplo del uso maestro del sitar en un contexto ambiental; "La bolsa o la vida" es también el título de la composición donde se muestra de forma más veraz la dificultad, la indecisión y la turbación de este artista que se debate entre dos mundos de contrastes, de riquezas y pobrezas, pero es en "Todo es muy bonito, no me quiero ir", soberbia composición, y en la aflamencada "Tras la celosía", donde probablemente se encierre de manera más fehaciente el propósito de unión de culturas, de globalización, y en definitiva de esperanza, del disco, un trabajo de generosa duración (casi setenta minutos) que concluye con "El funámbulo" -atención a su rítmico final- y "La certeza de la duda", otra de esas composiciones donde nuestro sitarista se recrea en la melodía atrayente. En definitiva, un álbum sorprendente, fluido, espiritual, donde destacan notablemente las cuerdas y las percusiones. Cuando el sello español Hyades Arts decidió irrumpir de lleno en el mundo del compact disc -el vinilo comenzaba a quedar atrás- con sus difíciles músicas electrónicas, parecía claro que el reconocimiento de la crítica no iba a traducirse en un éxito de ventas de esa 'música avanzada' para una minoría. Entre propuestas tan alternativas como las de Adolfo Núñez, El sueño de Hyparco o Iury Lech, Luis Paniagua consiguió deslizar dos trabajos, "La bolsa o la vida" en 1992 y "Muy frágil" un año más tarde, aportando una música más fácil de asimilar y un pequeño paso hacia la comercialidad, aunque el sello acabara desapareciendo sin remedio. "La bolsa o la vida" esconde múltiples experiencias en una, pues todas son reflejo de la apertura de miras de este nuevo juglar que actualmente anida en la localidad almeriense de Mojácar, desde donde dirige su propio sello, Silentium Records.
Harto de que se infravaloraran las posibilidades de su música, el guitarrista y compositor Friedemann Witecka optó por fundar su propio sello, Biber Records. Desgraciadamente no se trataba de una situación nueva en la música instrumental contemporánea de finales de los 70, un género en el que muchas compañías no se atrevían a adentrarse. Biber Records fue un pequeño éxito en europa gracias sobre todo a los discos de Friedemann, del saxofonista Büdi Siebert o del arpista Opperman, y la confirmación fue el lanzamiento en América de los dos mejores trabajos de Friedemann por parte de la todopoderosa Narada, que afortunadamente sí sabía explotar el mercado de las nuevas músicas. "Aquamarine" vió la luz en Narada Equinox en 1990 con portada distinta a la original, y su inmediata gira de conciertos dió origen incluso a un disco en directo, "Aquamarin orchester - In concert", publicado en Biber Records. Nacido en 1951 en Friburgo (Alemania), fue la guitarra la que -tras sus estudios de chelo y flauta de pequeño- dictó el camino que le llevó en 1987 hasta su primer éxito, "Indian summer" (cuya distribución en Estados Unidos supuso la segunda referencia de Narada Equinox tras "Natural states", de David Lanz y Paul Speer). Tres años después repitió aclamación con "Aquamarine", pero es conveniente destacar que el triunfo de la música de Friedemann se basa en la composición, en el conjunto. No estamos ante el típico disco de guitarra donde la melodía es necesariamente dictada por el virtuosismo de su autor, sino que se ayuda de la misma en un ambiente orquestal. Rodeado de teclados y unas excelentes percusiones, son los instrumentos de viento los que le otorgan una extraña tonalidad al conjunto, un aire antiguo que contrasta con la moderna instrumentación que lo cubre todo como una sábana liviana. El título referencia a la aguamarina, una gema azul verdosa muy apreciada en joyería (en realidad es un berilo de color azul); Friedemann heredó una de ellas, grande y bellísima, de su madre, y inspiró íntegramente la consecución del trabajo, sobre todo el maravilloso tema que lleva el nombre de la propia gema y del disco, "Aquamarine"; Friedemann destaca que el oboe consigue expresar dos de las mayores cualidades de la aguamarina, la dureza y la translucidez, la guitarra es el brillo y el conjunto es la belleza. Seguramente es a su madre a quien homenajea en el tema que abre el álbum de forma casi perfecta, "My blue star", y otras influencias contemporáneas (Erik Satie en "L'eau de mer") o étnicas (china en "Bao Lan" -el nombre chino de la gema-, brasileña en "Marambaya morning" -inspirada en la música de Antonio Carlos Jobim, su título menciona Marambaya, el sitio de Brasil donde se ha encontrado la mayor aguamarina-, griega en "Heliodor" -el nombre con que también se conoce al berilo-) se dan cita en una obra bastante completa, cuyos máximos exponentes de calidad, además de los dos primeros temas, son a mi entender la preciosa "Five sounding crystals", donde se aprecia enormemente el carisma de los instrumentos de viento (flautas, oboe, clarinete) en toda su intensidad, el delicado vals "In the court of the mermaid" (según la leyenda, la aguamarina proviene del tesoro de una sirena), y otra influencia griega, la canción tradicional "The man from Caesaria", que cierra de manera estupenda este interesante trabajo. La aguamarina se conocía antiguamente como 'la piedra del marinero', ya que éstos la utilizaban como talismán. Friedemann no es marinero, pero este álbum fue, junto a "Indian summer", un talismán en su carrera. "Aquamarine" tiene garra y una gran variedad tímbrica, llegando a alcanzar momentos de hipnótico clímax. Aunque haya tres o cuatro temas destacados, nos encontramos con una obra para escuchar completa y dejarse llevar por su emoción y su dulzura, ya que está tocada por la magia de esa bellísima gema de nombre aguamarina.
La compañía independiente Higuer Octave Music fue fundada en 1986 en Los Angeles por Matt Marshall y enseguida se encontró, gracias sobre todo a una nueva serie de guitarristas, con un sorprendente éxito. Además de otros nombres como Neal Schon, EKO, 3rd force, Cusco o Buckethead, posiblemente sus mayores exponentes fueron el 'nuevo flamenco' de Ottmar Liebert y la herencia rockera y espíritu libre de Craig Chaquico (pronunciado 'chakiso'), el antiguo guitarrista de Jefferson Starship en el que volvemos a encontrar ese paso hacia una música más tranquila que, por la edad o por otras circunstancias, acaban dando tantos músicos que antaño brincaban en el escenario (aunque algunos como los Rolling Stones abanderen el movimiento contrario). Tras la publicación de "Acoustic highway" un año antes, supimos que en este caso el punto de inflexión fue el nacimiento de su hijo Kyle. Este fan de Jimi Hendrix, Eric Clapton, Jimmy Page o David Gilmour tuvo que cambiar la guitarra eléctrica -gracias a la que ganó montones de discos de oro y platino- por la acústica, y tras muchos años de sonidos distorsionados acabó entusiasmado ante la gama de notas mucho más limpias (por el bienestar de su hijo y de su esposa, Kimberly) que, no sin dificultad (las cuerdas son más duras y necesitó mucha práctica), conseguía extraer. Con la inspiración de los grandes espacios abiertos californianos que recorre en su Harley Davidson, Chaquico y su fiel Ozzie Ahlers (co-productor y co-compositor, aunque sus teclados y su bajo sean discretos en el mar de guitarras) lograron un gran éxito y un meritorio número 1 en las listas New Age de Billboard con "Acoustic highway", así que ¿para que cambiar esa fórmula? En 1994 salió a la venta "Acoustic planet", y no sólo el título es similar, sino que nos encontramos ante la continuación de una música agradable pero contundente, con el único límite que marcan el cuerpo y la mente, así como el cielo y la tierra: "Me interesa que la música te diga algo, que te envuelva en una atmósfera espiritual en la que puedas sentirte a gusto. Mi música es para esos momentos en que quieras viajar con la imaginación". De nuevo melodías muy pegadizas se dan cita en esta combinación de estilos y conceptos: "Native Tongue" es un comienzo rítmico y lleno de vitalidad, donde Chaquico juega con la guitarra buscando una lengua nativa yan universal como la propia música. Melodías como ésta o como "Just one world" parecen rememorar de nuevo las larguísimas carreteras desérticas del oeste de los Estados Unidos. En una línea más calmada pero igual de interesante nos encontramos con la dulce "Winterflame", una exploración de la magia de la noche, o "Gathering of the Tribes", que vuelve a demostrar la admiración de Chaquico por la costumbres de los pobladores autóctonos de los Estados Unidos. Aparte de las reminiscencias del rock, también se dan cita en el disco influencias de blues o jazz ("The Greywolf Hunts Again", un tema raro pero interesante, que Chaquico acaba llevando a su terreno), un corte facilón en plan 'gipsy guitar' ("Añejo de cabo") y una pequeña demostración de guitarra, un despliegue de sus posibilidades que podemos admirar en "Center of Courage (E-lizabeths Song)". Para cerrar el disco, otro de los clásicos de Craig Chaquico, "Acoustic planet", y es que la canción que le da título a su segundo álbum no podía ser una composición cualquiera sino otro pegadizo y bien construido homenaje al planeta acústico. En el rock que escuchaba e interpretaba de joven, Chaquico adoraba las partes instrumentales en las que el guitarrista conseguía eclipsar durante unos momentos el protagonismo del vocalista. Evidentemente, su propuesta actual es absolutamente distinta a la de los tiempos de Jefferson Starship, tanto que incluso le parece muy interesante la aplicación de la música con fines terapéuticos (no puede olvidar lo mal que lo pasó cuando a los doce años estuvo ingresado tras un atropello, una experiencia que le enseñó que la música puede ser curativa, física y emocionalmente). La portada de "Acoustic planet" refleja de manera exacta sus obsesiones: disfrutar de la naturaleza y de su guitarra, y con ella hacer disfrutar a su público.
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