31.1.08

LUDOVICO EINAUDI:
"Divenire"

Entre el amplio abanico de pianistas que nos ofrece el actual momento de las Nuevas Músicas, en los últimos años ha ido cobrando un gran protagonismo Ludovico Einaudi. Es el suyo un piano formal, con elementos sinfónicos, románticos, incluso étnicos, pero él se deja inscribir en el minimalismo (un término que iguala con elegancia y sinceridad), y su contrato con el sello clásico Decca le otorga ese matiz contemporáneo que le hace más respetable. Su primer álbum con esta compañía británica, "Una mattina", llegó enseguida al número 1 en Inglaterra en el año 2004, después de cosechar grandes éxitos con sus álbumes para BMG Ricordi como "Le onde" (el primero, donde desarrollaba las bases de su sonido), un melancólico "I giorni" o el ambiental "Stanze". Este compositor italiano (nacido en Turín en 1955) no necesita las características y el carisma de otros famosos pianistas encuadrados en el minimalismo para deslumbrar, su piano es hermoso y placentero, y después de sus incursiones en la música de cámara y componer para teatro, danza y cine ha encontrado en él la herramienta perfecta para encauzar sus sentimientos hacia un oyente que se rinde con facilidad ante la hermosura de la melodía pura. Su capacidad de creación es, además, extraordinaria, sólo así se explica que año tras año continúe superándose, reafirmando su sonido y buscando elementos para enriquecerlo, como las influencias africanas provenientes de su viaje a Mali y encuentro con Toumani Diabate, o la incorporación de un ligero toque electrónico en su obra de madurez. Muy inmersos en el siglo XXI publicó "Divenire", otra obra maestra sin signos de cansancio o deterioro, acompañado esta vez por una orquesta completa, la Filarmónica de Liverpool.

"Divenire" se engancha a nuestro reproductor de CD como un imán al frigorífico, dada la embelesadora atracción de sus audaces melodías. Dotadas de un especial carácter visual, éstas parecen recoger impresiones de un largo y bello viaje, no en vano fue compuesto durante varios años durante los cuales Einaudi abordó y publicó otros proyectos. Publicado en 2006 por Decca, en realidad este trabajo es fruto de ese 'devenir' al que hace mención, ya que la semilla surgió cinco años atrás en un concierto en los dolomitas, y fue creciendo poco a poco, inspirado especialmente en un tríptico del pintor italiano Giovanni Segantini, 'Naturaleza, vida y muerte', que suscitó en Einaudi "el deseo de completar esa imagen con música". En ese mismo concepto de transformación, de llegar a ser, cada pieza fue tomando forma en la cabeza de este artista único, independiente, heredero de una serie de músicas que van desde el piano que tocaba su madre hasta los minimalistas, pasando por las influencias del rock que escuchaban sus hermanas, de sus clases de guitarra o de la música étnica. Sin embargo el secreto de Ludovico no reside sólo en sus elaboradas melodías, ya que en "Divenire" resalta el engalanamiento de las mismas con un acompañamiento esmerado y original, fruto de la combinación de sus estudios clásicos con sus intereses más modernos. Y aunque probablemente pueda gustar a acólitos de uno u otro estilo, se intuyé en Ludovico Einaudi a un compositor que disfruta en la época y métodos más actuales. En "Divenire" nada está colocado al azar, y aunque cada tema es audible independientemente, su orden y continuidad no es casual: "Cada pieza está donde quería, incluso los cambios de clave entre las armonías de los temas están pensados". Ese comienzo delicado ("Uno"), como música que partiera de nuestra propia alma, es el augurio de una obra maestra, un disco que combina piano, orquesta y esporádicos toques electrónicos, como en ese comentado inicio y en dos canciones que incluyen pianos sonando al revés (la preciosa "Rose" y "Ascolta"), demostrando que no existe una huída de la tecnología (por ejemplo, y en otro orden, una de las composiciones, "Monday", nació tocando en directo por internet para un foro). La maduración de este álbum durante los muchos directos interpretados en esos cinco años provoca que incluso uno de los temas sea en vivo, una soberbia improvisación con el cellista Marco Decimo de título "Andare". Todo lo restante es fabuloso, pero hay que acabar destacando dos cortes únicos en su característico estilo: "Divenire" es un auténtico hechizo, una inmarcesible composición que no sólo da título al álbum sino que fluye extraordinariamente y recoge en su espectacular desarrollo toda la idea del mismo. Por otro lado, "Primavera" es un fenomenal acercamiento a la técnica de Vivaldi, otra demostración de ingenio de las que gustaría disfrutar una y otra vez. Ambos cortes poseen vida propia y se muestran como dos gemas de las que dificilmente se encuentran muestras en los últimos años. De hecho, si este álbum hubiese sido creado quince años atrás, nos encontraríamos ante un clásico indiscutible. Tal vez dentro de otros quince ya lo sea.

"Divenire" se adaptó aún más a la modernidad en 2007 por medio de una edición especial que incluía un segundo disco, en el cual se encontraban tres remixes a cargo de nombres importantes: Mercan Dede se encarga de "Uno", Robert Lippok de "Andare" y Alva Noto de "Divenire". Las notas del piano de este turinés abarcan una amplísima gama de matices, pero no sólo musicalmente hablando sino que además pueden provocar en el oyente las más dispares pero siempre humanas sensaciones. Ludovico utiliza las notas, los tiempos, los silencios, con una absoluta maestría creando lúcidas composiciones para un disco pulcro, diáfano, pero de una emoción engañosa, puesto que es el propio devenir el que provoca que nunca lo escuchemos de igual modo, con las mismas ganas o predisposición. Aún así, seguirá siendo una experiencia única.





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26.1.08

MERL SAUNDERS:
"Blues from the rainforest"

"Este álbum ha sido una aventura espiritual", así comienza el texto explicativo al respecto de "Blues from the rainforest" firmado por el propio Merl Saunders en el libreto del disco, y allí descubrimos también que el percusionista norteamericano Muruga Booker tuvo mucho que ver en la inspiración para el proyecto más new age de este teclista de color. Saunders, nacido en 1934 en California, elaboró este disco concienciado de que podía hacer algo para que la gente se diera cuenta del enorme crimen al planeta que supone la devastación amazónica. No sólo se trató de un proyecto edificante, sino que reunía enormes características que hicieron de él un trabajo meditativo y ciertamente agradable. A pesar de no tener el carisma de Sting, Merl logró la inspiración adecuada para llevar a cabo esta recordada obra que publicó en su propio sello, Sumertone Records, en 1990, y que fue nominada al premio grammy.

Otro de los grandes logros del álbum fue conseguir la colaboración de Jerry García, el que fuera guitarrista de Grateful Dead, que falleció cinco años después de la publicación de este trabajo, y con el que Saunders afirmaba tener la capacidad de comunicarse sin palabras. De hecho, y en guiño a aquel mítico grupo con el que el propio Saunders colaboró en su momento, es la psicodelia la que, combinada con sonidos selváticos, nos abre las puertas del álbum en una entrada memorable, creando un sendero hacia lo más profundo de la selva amazónica. Este tema principal, de título igual al disco, es un largo y gratísimo viaje a la naturaleza salvaje amenizado por los teclados, la percusión y esa excepcional guitarra, cuya entrada supone su gran momento, incluso por encima de las dos melodías principales que suenan alternadas, una relajante a los teclados y otra rítmica con predominio de las congas. El conjunto es evocador, poderoso y rico en detalles, no sólo musicales sino en ese trasfondo ecológico que se le presupone, asistiendo impertérritos a un llanto y una oración por la Madre Tierra, indefensa y ultrajada. El segundo corte del álbum también tuvo un cierto protagonismo en España, al incluirse en la gloriosa recopilación "Música para desaparecer dentro": "Sunrise over Haleakala" está en el lado opuesto de la balanza de su antecesor, pues lejos de trascendentalismos, cambios de melodía, psicodelia y grandes percusiones, presenta una música delicada al piano, limpia de adornos (escasa guitarra -aquí Jerry García tiene un papel secundario en su mano a mano con Merl-) y aun así de igual implicación con la causa del álbum, pero ante todo de una sincera belleza, como la del volcán Haleakala de la isla hawaiana de Maui, a la que debe su título gracias a la interacción de su esposa Marina, que vivió allí una intensa experiencia contemplando el cometa Halley en 1986. A partir de aquí decrece en cierta medida el interés del trabajo, si bien aún se puede disfrutar del ritmo de una pieza de Muruga considerada como una odisea bajo el agua, "Blue Hill ocean dance" (repleto de vientos -de nuevo Jerry García, pero a la guitarra midi sonando como flauta-, percusiones -no sólo Muruga sino además Eddie Moore- y teclados luminosos, en un tono bastante más optimista que el tema principal), y el carácter marcadamente espiritual y meditativo del resto de las composiciones ("Afro pearl blue", por ejemplo, está basada en una experiencia 'fuera del cuerpo' de Muruga durante una sesión de meditación), complementando un disco que guarda un interés especial por su compromiso, por la eficacia de los músicos involucrados y por ese tema principal que nos transporta a un territorio al que hay que seguir protegiendo. No solo Saunders (teclados, bajo, voces), García (guitarras, flauta) y Muruga (percusiones, whistle), sino además Eddie Moore (percusiones), Melvin Seals (efectos de sonido), Shakti (voz) y Bill Thompson (batería), conformaron la conocida como 'Rainforest band' y contribuyeron a que este trabajo fuera un bonito alegato musical con sonidos de jazz y world music. Diez años después de la edición del CD, salió a la venta un DVD que contenía el disco íntegro, un concierto en San Francisco y un documental que narra un viaje de Saunders a la amazonia, donde descubrió lo increible que es estar dentro de la inmensa selva virgen.

Producido por Merl Saunders con la ayuda de Marina Zachau (que a su vez creó la portada), "Blues from the rainforest" llegó a sonar además en la conocida serie 'Baywatch' ('Los vigilantes de la playa'). Jazz, rock, soul, música para cine y televisión... son muchos los estilos en los que Merl Saunders profundizó en su extensa carrera, que culminó con su fallecimiento en octubre de 2008. Esta new age espiritual a la que le llevó su conciencia ecológica hizo que naciera "Blues from the rainforest", un disco de difícil difusión pero que llegó a tener una cierta trascendencia en los círculos new age de la época (llegó al número 4 en las listas de new age del Billboard), si bien es evidente que merecía una mejor distribución. Nunca es tarde para ello, ni por supuesto para descubrirlo.



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19.1.08

DAVID ANTONY CLARK:
"The man who painted caves"

"Soy artista, pintor de cavernas. Con ocre y pigmento conjuro para mi clan magia positiva en las cacerías". Así se presenta el hombre primitivo al que rinde tributo David Antony Clark en este disco publicado en 1999 por White Cloud, donde continúa demostrando su adoración por las culturas antiguas y la naturaleza más primigenia. Tras Nueva Zelanda, Australia, Africa e Irlanda, un amplio territorio más centrado en el tiempo que en el espacio es recordado a través de voces tribales (interpretadas por hasta siete vocalistas, incluído Jon Mark, con el que colaboró en "The living of Ireland", y que es también productor ejecutivo del disco aparte de fundador de la compañía White Cloud), ritmos que parecen surgir de las entrañas de la tierra, sonidos ambientales, teclados y el armonioso sonido de las flautas, en variedades que van de las de bambú a las maoríes, celtas o indias.
Resistencia publicó en España, como viene siendo habitual, la edición en castellano del trabajo, donde se nos cuenta la historia de cada canción desde la perspectiva de este instintivo y ceremonioso pintor de cavernas nómada. Las melodías de David Antony Clark son fácilmente identificables y se basan en patrones parecidos disco tras disco. Son las variaciones de esas pegadizas tonadas y sobre todo la especial ambientación, orientada al motivo de la obra (una gran gama, muy cuidada, de ritmos, percusiones, voces y sonidos naturales), lo que marca la diferencia entre este músico neozelandés y la gran mayoría. La producción es, además, exquisita, logrando una mimetización extrema entre lo tribal y lo moderno. En esta obra nos encontramos con una primera parte trepidante, con escenas de caza y ceremonias tribales que la dotan de un mayor misticismo ancestral (aquí se encuentran los grandes temas del disco, "Forest gods", "Cry of the spirit-cat", "The bison hunters" y "The man who painted caves"), y una segunda parte que se mueve en terrenos más tranquilos, espirituales y en conexión con la naturaleza. En general, una soberbia muestra delo que él gusta denominar como 'música neoprimitiva'.
Leemos en la web oficial del artista: "Esta colección de música es una cautivadora interpretación de una época, cuando la historia fue escrita en las paredes de las cuevas. Con sus ritmos de percusión sosegados y su tranquila distribución recrea perfectamente la vida de cuando el tiempo estaba marcado por el sol y la tecnología más moderna se reducía a un hacha". Como en toda la obra de David Antony Clark, acompañando a los teclados son contínuos los diálogos entre flautas -algunas de las cuales suenan como pájaros-, los sonidos de animales y las atmósferas naturales, así como voces, que han pasado de ser indígenas o primitivas a meditativas, realzando la carga ambiental de sus canciones. La suya es una de las músicas de estudio que más le debe al padre Cielo y la madre Tierra, pues a pesar de su artificialidad se nota su auténtica intención, reflejar su amor por la música, los viajes y la naturaleza.

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12.1.08

SMOOTH:
"An electro soul experience"

La casualidad hizo que, hace sólo unos meses, me encontrara de golpe con este grupo de la escena electrónica francesa, esa que se expresa sin pudor sobre bases musicales del siglo XX renovándolas con la ayuda de la tecnología del XXI. La combinación sólo es perfecta en un puñado de ocasiones, pero sin duda ésta es una de ellas. Tuvo que ser en un concierto de Yann Tiersen cuando estos teloneros de excepción, de nombre Smooth, pasaran por encima de su anfitrión y consiguieran que yo y seguro que muchos más de los presentes, nos interesáramos por su andadura. Así descubrí que, aunque allí presentaran su segundo trabajo ("The endless rise of the sun"), el más sorprendente e imaginativo fue el primero, publicado en febrero de 2005 con el significativo título de "An electro soul experience".
Buscando similitudes fáciles podemos situar a Smooth entre Air y Moby, aunque ellos, en su web, se definen como si los Beatles bordearan a Lalo Schiffrin. Buceando entre la esencia retro del funky, la música negra (del soul al hip hop) y la psicodelia de los años 60 y 70, ahí se encuentra la realidad de Smooth. Sus composiciones son impresiones de una película de colores avejentados, retazos de una realidad que subvive en un plano de existencia cercano al nuestro, pero palpable, emocionante y de una contundente sensualidad. Si bien el CD es realmente escueto en detalles, al menos podemos atestiguar lo que ya vivimos en aquel concierto, la estupenda convivencia entre electrónica (teclados, samplers, programaciones) y los instrumentos de siempre (bajo, guitarra, batería, incluso algún violonchelo). El comienzo del disco da una idea de esa fusión, regalándonos uno de sus grandes temas, punto de partida de su particular sonido. "B-side" es precisamente esa cara B que a veces llega a ser más interesante que el single principal, es ese descubrimiento privado ante el que se despliega el dilema de querer conservar su virginidad o compartir su belleza con el resto del mundo, capaz de corromper cualquier propuesta ante la ambición y la comercialidad. Optando por la segunda opción continúo la escucha, donde cada corte es una nueva sorpresa, como en la hipnótica atmósfera y uso de las voces (sampleadas o no) de "Les reflets", las evocadoras "My Tragedy", "The March", "Little Karma" o "Out of the Reach" y sobre todo la canción que da nombre al grupo, con su hiriente dulzura vocal e instrumental, "Smooth".
La ligera excentricidad de su música no conseguirá aupar a la fama a este trío elegante y simpático compuesto por Nicolas Berrivin, David Darricarrère y Christophe Declercq, pero parece claro que su propuesta no cae en saco roto, ese sonido retro modernizado, mix de influencias ya comentadas (pop, funk, soul, hip hop y electro), es agradable en cualquier momento y ha encontrado su pequeño hueco en el mercado, sobre todo francés pero también, poco a poco, y gracias a su gira con Yann Tiersen, en el resto de Europa. Ya sea admiración, interés o simple sorpresa, esta música es difícil que pase desapercibida, dales una oportunidad y juzga tú mismo.

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1.1.08

GEORGE WINSTON:
"December"

William Ackerman, el genial guitarrista que creó Windham Hill, calificó esta compañía como una alternativa viable a los dictados de las grandes discográficas. Sin embargo enseguida llegó a ser más que eso, en sus comienzos fue todo un mundo de sensaciones auténticas en cuanto a la música instrumental, y logró en muy pocos años que la guitarra folk, los solos de piano o los conjuntos que incluían clarinetes o saxos en sus composiciones, no sólo tuvieran su mercado y radiodifusión sino que fueran reconocidos por la crítica y sus discos fácilmente adquiridos, degustados y admirados por un público fiel. George Winston fue el primer artista de la compañía en tener un auténtico éxito y colarse en el top 100 de ventas en Estados Unidos, algo impensable para un músico que tocaba únicamente el piano en un estilo muy lejano al rock o al pop. De hecho el álbum de Winston que despuntó en dicha lista (tras el top 200 de su primer trabajo, "Autumn") fue un compendio de temas navideños de título "December".

A George Winston no le importa el oyente, en los 90 aseguraba que jamás piensa en él y que en realidad no existía, pero ante cada uno de sus discos el comprador debe perdonar el desprecio de este personaje tan singular y sentirse afortunado al poder gozar de su genio. Cada trabajo firmado por él es una parte de su vida, de hecho tarda muchos años desde el germen hasta la publicación, lo que da una idea del perfeccionamiento y la autoexigencia de este pianista al que le inspiran los espacios abiertos, el campo, el cielo, el clima o las estaciones del año. Cuando "December" salió a la venta (en 1982, dos años después de "Autumn" y sólo unos meses tras "Winter into spring"), Winston ya gozaba del reconocimiento del público y de un cierto prestigio ante una crítica sorprendida por la maravillosa actividad del sello californiano. Dos tipos de canciones integran "December" y desvelan su propósito y planificación: por un lado las inspiraciones, tanto en los amigos y paisajes de Montana ("Thanksgiving"), como en compositores clásicos ("Joy" de J.S.Bach, Pachelbel y su conocido "Kanon") y contemporáneos (Alfred Burt, Dominic Frontiere, John Barry y un Vince Guaraldi cuyo espíritu parece acompañar siempre a Winston), y por otro villancicos tradicionales europeos (de Ucrania, Inglaterra y Grecia) y uno apalache, "Jesus, jesus, rest your head". De sus 45 minutos (eran 39 originalmente pero la edición especial 20 aniversario incluía dos temas nuevos) me gustaría destacar dos momentos inolvidables, la emocionante interpretación de la gran obra de Johann Pachelbel ("Variations on the Kanon by Pachelbel") y la inequívoca muestra de maestría que supone la unión de una suave composición del propio Winston, "Prelude", con el villancico ucraniano "Carol of the bells".

Es posible que sientas escalofríos al escucharlo, y no sólo por la forma de tocar de este pianista de Montana, sino porque además, en las notas de este disco parece encontrarse impresionada la luz, el ambiente y el clima gélido de la estación invernal que tan perfectamente refleja la portada. Sólo con su piano (no le interesa la electrónica aunque llegó a escuchar a músicos de sintetizador como Jarre, Vangelis, Klaus Schultze o Tangerine Dream), este músico trascendental, ecológico, incluso esotérico, teje una tela musical ideal para escuchar atentamente o para tener de fondo (sin ser en absoluto la típica música de fondo), todo un clásico de la New Age y del piano más elegante de Windham Hill, el de George Winston.




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