23.6.07

RICHARD STOLTZMAN:
"Begin sweet world"

El clarinete ha encontrado nuevas vías de expresión en la música de cámara en las últimas décadas gracias a músicos como el estadounidense Richard Stoltzman, un auténtico virtuoso para el cual grandes compositores de música contemporánea han llegado a escribir sus obras. Su capacidad ha estado también al servicio del mundo del jazz desde que de pequeño recibiera de su padre clases de saxofón, estudios que acrecentó en la universidad, desde donde comenzó a cimentar la fama de la que goza en la actualidad, una reputación internacional que se ha visto colmada de premios y reconocimientos. Afortunadamente ha sido también con la colaboración de su amigo, nuestro admirado Bill Douglas, como ha realizado otro tipo de incursiones musicales por medio de una serie de discos con los que seguir cruzando fronteras y crearse también un nombre en las Nuevas Músicas.
 
Se dice que el germen de la carrera en solitario de Richard Stoltzman tiene que ver con su propia madre, ya que el músico quería que ella tuviera algún disco propio, firmado por él mismo, con el que poder impresionar y deleitar a sus amigas en sus reuniones. RCA/Ariola publicó en 1986 "Begin sweet world", un título ya clásico y sumamente reverenciado en el mundo de la new age, y no sólo por el saber hacer de su protagonista sino además por un indudable acierto en la elección y composición de las canciones, poseedoras de una especial capacidad de evasión, algo a lo que contribuye el inigualable sonido del clarinete, dulce y emocionante. Huyendo de los encorsetados clichés de la clásica, Stoltzman encuentra en el jazz y la música contemporánea, y más concretamente a través de Bill Douglas, un vehículo de liberación y expresión personal. En efecto, de las tres posibles procedencias de las composiciones del álbum -que se solapan con elegancia y coherencia-, la calidad artística del canadiense se hace notar en la mitad de ellas, seis concretamente, incluído el maravilloso tema homónimo ("Begin sweet world" es una de las grandes joyas instrumentales de la década) y el no menos impresionante "Full moon", auténticas gemas al servicio de un Richard Stoltzman que se limita a deslumbrar con su virtuosismo. Una segunda corriente atrapa esencias clásicas (Bach y los impresionistas Fauré y Debussy, fuentes inagotables de inspiración en la new age más melódica), y en la tercera Stoltzman reclama el jazz como expresión de sus raíces. En sus discos, este clarinetista de Omaha (Nebraska) explora la senda que discurre fronteriza entre lo culto y lo popular, descubriendo una gama de sonidos que no por refinados dejan de estar al alcance de todos, clásicos, jazzísticos y newageros. El arrullo del clarinete se antoja como una caricia en las piezas más lentas ("Begin sweet world", "Everywhere", "Clouds", "Morning song"), como descargas eléctricas en otras más abruptas ("Full moon", "Pie Jesu") y consigue hacernos cómplices del ritmo de las más folclóricas ("Abide with me/Blue monk" -de Thelonious Monk-, "Spiral", "Amazing grace"). Como si de una pequeña familia se tratara, Stoltzman se acompaña de Bill Douglas al piano y fagot, Eddie Gómez al bajo y Jeremy Wall -que también produce el disco y compone el bonito y revitalizante "Spiral"- a los teclados, y ese aire familiar, recogido, se simboliza perfectamente en la imagen de un estuche abierto en la contraportada, el mismo en el que Stoltzman guarda no sólo su clarinete sino también una pequeña parte de su vida y sus recuerdos.
 
Esta grabación posee una extraña chispa capaz de prender en nuestro interior a su mínima escucha. Richard Stoltzman compensa el serialismo estilístico del clarinete con un tratamiento lúdico, constituyendo, a su manera, una celebración de la vida a través del jazz y de la música de cámara. La constante inquietud de este norteamericano le llevó a grabar estos discos 'distintos', sencillos ejemplos de humanidad, colorido y alegría, cualidades que atesora este trabajo, un álbum merecedor de que su recuerdo perdure en todo su contexto, más allá de recopilaciones tan gloriosas como aquella "Música sin fronteras" que abrió los ojos a muchos incluyendo, entre otras perlas, un tema delicado y precioso compuesto por Bill Douglas e interpretado por Richard Stoltzman: "Begin sweet world".


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17.6.07

OYSTEIN SEVAG:
"Close your eyes and see"

Como tantos otros nombres en este tipo de música, el del noruego Oystein Sevag podía ser en estos momentos perfectamente desconocido para nosotros de no ser por la constancia y la creencia en su música. En 1988, a pesar de sus completos estudios musicales y de que las compañías a las que enviaba sus cintas destacaban la belleza de su trabajo, las contínuas negativas por no saber encontrar el mercado adecuado le hicieron pensar en que debía dedicarse a otra cosa. Sin embargo, en un último golpe de fuerza y convicción, decidió crear Siddhartha Spiritual Records, su propia compañía, y editar en 1989 su primer álbum, una pequeña maravilla de poético título, "Close your eyes and see" ('cierra tus ojos y mira'). Un año después consiguió, a través de un amigo, que su música sonara en las radios de California, y tras firmar un contrato de distribución en Estados Unidos con Music West Records, el disco fue damnificado por la quiebra de dicha compañía pero recogido enseguida para su distribución mundial por Windham Hill, excepto en España, donde con mucho ojo la encargada había sido Sonifolk/Lyricon.

Sevag empezó a tocar el piano a los 5, el bajo y la guitarra a los 12 y la flauta a los 16. Sin embargo hasta esa edad no pensaba en vivir de la música, disciplina que estudió en Oslo, donde tocó en bandas de jazz y música experimental. En el 86 comenzó a interesarse en la meditación, curación, interpretación de sueños, técnicas de respiración y demás ciencias alternativas, "que dieron una nueva perspectiva a mi conocimiento musical, que echaba a faltar en mis estudios". Posiblemente venga de ahí su forma de componer, por la que intenta llegar primero a un estado en el cual escucha lo que proviene de su interior, ritmos o melodías que escribe o graba como un boceto; un día después vuelve a mirarlos y construye algo con ellos, escuchando lo que ese material le pide, no lo que él quiere hacer con él. Extraño pero, visto está, efectivo. En "Close your eyes and see", Sevag unifica todas sus influencias (clásica, jazz, folk nórdico y meditación) y, en un entorno bastante electrónico, construye un disco con carácter y distinto a lo convencional. Ritmos de lo más variado, fondos que a veces son el centro de la pieza, melodías que son realmente el fondo, movimientos inesperados, unos de un ritmo vivaz, otros ambientales pero arriesgados... una estupenda experimentalidad basada en la sencillez de los teclados, el saxo, la percusión y los sonidos naturales. El disco se abre con una de las grandes joyas de las Nuevas Músicas en los 90, seis minutos para disfrutar que se hacen realmente cortos, con un apoteósico clímax final y un título que ya es un clásico, "Horizon". Incluso lo que parecen ser experimentos de difícil sentido y excesiva carga jazzística son atrayentes ("Grounding" -que sigue a "Horizon"-,"Home" -que cierra el álbum-), en un contexto donde la ambientalidad y la meditación tienen un papel muy importante. "Miles away" es una de esas melodías cálidas que encontraron rápida aceptación en las primeras radiodifusiones del álbum en los Estados Unidos, y en ella Sevag parece explorar la parte más comercial de un jazz que odiaba en su juventud y del que se acabó enamorando. Habría que destacar también otras tres composiciones que aparecen seguidas en el álbum, "Message from silence" -que ahonda en una atrayente y bellísima espiritualidad, y en la cual se hace notar el soberbio uso de unas percusiones que parecen cobrar vida sobre el manto de teclados-, y dos más movidas y vitales, "Gaia" -refinada y de una solidez excepcional con sus numerosos efectos de fondo- y "Gratitude" -de extraña base rítmica que en ocasiones despista por una apariencia tecnológica, y que siempre deslumbra y asombra por la genialidad de su desarrollo-.

Que no asuste a nadie ese nombre tan raro, con esa O rayada y una A con sombrero, la música de Oystein Sevag no es sencilla pero emana una extraña calidez, posiblemente boreal, lejos de la presumible rudeza escandinava. Una vez saboreado "Close your eyes and see" no es de extrañar que permaneciera varios meses entre las grabaciones más vendidas del género en los Estados Unidos y fuera nombrado disco del año por algunos medios. Sevag había visto cumplido su sueño, y eso es lo que es este disco, un sueño con el que poder contemplar la belleza con los ojos cerrados
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9.6.07

DAVID SALVANS:
"Montseny"

Muchos de nosotros descubrimos la música de David Salvans gracias al recopilatorio "Nueva música española vol.1", que muy acertadamente incluía el tema "Tufts and music", revelado inmediatamente como una de las grandes sorpresas de esa estupenda recopilación. Investigando un poco descubrimos que David Salvans es un gerundense nacido en 1967, que tras deambular por un par de grupos tocando el bajo y cantando, se lanzó a la aventura de la música planeadora en solitario, aunque con la garantía y eficacia del sintesista Michel Huygen en la producción. Grabado en 1993, su primer trabajo, "Montseny", apareció realmente en 1994 bajo el sello de Huygen, Neuronium Music, y en su conjunto fue más allá de la sorpresa de aquel recopilatorio. De marcado carácter espiritual, y con una especial conciencia por la naturaleza, la temática que inspiró a Salvans fue la belleza del parque natural del Montseny, situado en la sierra prelitoral catalana (entre las provincias de Barcelona y Gerona), de gran variedad ecológica de todo tipo, y declarado reserva natural de la biosfera por la Unesco.
El disco nos recibe con innegable clase, en un estilo sinfónico que no desmerece del de Alan Parsons, dominando los cambios de ritmo y melodía con una extraña maestría para alguien relativamente nuevo. "Turó de Grenys", que así se titula esta primera pieza, consta de otras cuatro más pequeñas, todas ellas atrayentes y poseedoras de un fascinante encanto. La dificultad de su descripción hace aconsejable su escucha y entrar así a formar parte de ese encantamiento, que discurre entre el romanticismo, la ambientalidad y el ritmo electrónico, para concluir mecido por el viento en la colina a la que rinde tributo. "Fragmentos" nos presenta precisamente eso, otra serie de cortes (en esta ocasión once, para una duración de poco más de doce minutos), empalmados a la manera del primer tema aunque en un contexto algo más caótico, transmitiendo en cierta medida la magia que reside en el parque a través de ritmos nublosos y aproximaciones a melodías que pasan de rozar lo neoclásico a detenerse en un cierto folclorismo, lo cual en ciertos momentos nos puede atisbar al Mike Oldfield de los grandes instrumentales pero en un estilo más electrónico (sin la característica guitarra del inglés) y difuso. Más sosegado comienza "Montseny", que si bien en principio parece perder esa sorprendente fuerza del comienzo del disco, enseguida vuelve a concentrarse en los acostumbrados cambios de ritmo y tonada, en siete composiciones que podrían ser más agradables para el gran público si se llegaran a desarrollar en un sentido amplio (aquí mismo un par de ellas, concretamente las dos últimas, podrían llegar a ser realmente memorables individualizándolas o prestándoles la atención que por ejemplo Jarre otorga a los cortes de sus suites, pero una situación similar ocurre en los cortes anteriores). De este modo, y precisamente destinado a la radiodifusión, la pista número cuatro de este "Montseny" es el segundo extracto de "Turó de Grenys", aquel "Tufts and music" que venía incluído en "Nueva música española vol.1".
Inmerso tanto en sus proyectos en solitario, más intimistas, como en los firmados como Neuronium, de mayor fama y aceptación fuera de su propio país aunque él mismo denomine su trabajo como 'música electrónica española', Michel Huygen encontró impresionantes aquellas maquetas que David Salvans le enviaba, por lo que decidió poner toda su infraestructura a su disposición. Así surgió "Montseny", un trabajo fácil de escuchar, maravilloso, intenso y evocativo, poco conocido pero indispensable en esa música electrónica española que en los 90 parecía querer comerse el mundo.

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4.6.07

ALASDAIR FRASER & PAUL MACHLIS:
"The road north"


El bello y particular sonido que el violín aporta a la música celta tiene uno de sus máximos exponentes en la persona de Alasdair Fraser, al que dado su aspecto fuerte y pelirrojo nadie puede negar su origen escocés. Sus extraordinarias virtudes se han visto acrecentadas en la reunión con otros solistas de excepción, como los guitarristas Jody Stecher o Tony McManus, la chelista Natalie Haas, o los miembros de la banda Skyedance, liderada por el propio Fraser, con las aportaciones del flautista Chris Norman, el gaitero Eric Rigler, el bajista Mick Linden, el percusionista Peter Maund, y el teclista Paul Machlis. Es con este último con quien Alasdair posee una historia más lejana y más fructífera, hasta el punto de firmar a dúo dos de los discos de música escocesa más hermosos de finales del siglo XX, un repaso a la tradición escocesa titulado "Skyedance", del año 1986, y una más que digna continuación, "The road north", publicada en 1989 por Sona Gaia. 

Dado el grado de compenetración y de calidad de sus grabaciones, se podría decir que Paul y Alasdair, Alasdair y Paul, tenían que haberse encontrado tarde o temprano. Al contrario que el violinista, Machlis nació en la lejana California, y desde allí ambos conformaron un dúo eficaz e imaginativo en la nueva cultura celta, pero respetando y adornando la tradición de ese inmortal pueblo con sus personales aportaciones, más escondida la de Paul Machlis, más audible y destacada la de Alasdair Fraser. En efecto, Alasdair luce más en este trabajo, y si bien los temas compuestos por ambos para el mismo están equiparados (cuatro cada uno), los demás son adaptaciones de melodías tradicionales o de composiciones de importantes violinistas escoceses, tanto desaparecidos hace tiempo (William Marshall, James Scott Skinner) como en activo (Jerry Holland). Tras un "Skyedance" repleto de tradición escocesa, el paso hacia las composiciones propias es gradual, ya que en este afortunado segundo trabajo la mitad de los temas son exclusivos de Machlis, Fraser, o de ambos, cuajando una extraordinaria compenetración. Eso sí, es posible que los mejores momentos sean prestados ("Traditional gaelic melody", "Calliope House", "Bovaglie's plaid"). El comienzo es rítmico y alegre, un sentimiento en el que el disco acaba profundizando a través de la vitalidad de los ritmos celtas (aires, reels, jigas...). En este caso "Laughing Wolf / Mountain Madness" es la demostración del complemento perfecto de ambos músicos, ya que Machlis firma la primera parte de la pieza (al estilo de un hornpipe) y Fraser la segunda (una jiga), circunstancia que se repetirá en "Invercassley Falls / Trip to Ballyshannon", siendo este último un reel que compuso Alasdair para conmemorar su luna de miel en Irlanda en 1987. Enseguida aparece uno de los dos temas tradicionales del álbum, "Traditional gaelic melody" (un strathspey -melodía de baile similar a un hornpipe- cuyo título auténtico parece ser "Ghoid iad mo bhean uam an reir"), una de esas soberbias melodías calmadas en las que destaca especialmente el piano de Machlis, y que junto a "Tommy's Tarbukas", reel de Fraser al que está unido por una fina membrana de bodhran (la percusión de Tommy Hayes es especialmente acertada en este tema), resultan un grandísimo acierto, un acontecimiento digno de escuchar y disfrutar. El violín más romántico, mecido por un piano melodioso, hace su aparición en "Bennachie Sunrise / Willie's Trip to Toronto" (slor air de Machlis el primero, jiga del desaparecido violinista norteamericano Jerry Holland el segundo), pero se acaba asentando en forma de joyas hacia el final del disco. Mientras, otro estilo al que podríamos denominar paisajista hace su aparición en "Slow Train", otro tema de Paul, donde lógicamente se hace notar de nuevo el piano. En este momento es donde un muy buen disco se convierte en una grandísima referencia, ya que nos llegan varias maravillas, desde la jiga "Calliope House" (del 'Boys of the lough' Dave Richardson) hasta el emocionante vals "The road north", de Alasdair, que cierra el CD, pero hay que detenerse especialmente en un estremecedor slow air, una antigua maravilla titulada "Bovaglie's plaid", realmente otro strathspey, obra de James Scott Skinner, pero adaptado de una manera emocionante, de forma que ya de por sí sería razón exclusiva para adquirir el disco e interesarse por las demás referencias de ambos músicos. Es inevitable destacar además la colaboración en el trabajo del gran Micheal O'Domhnaill a la guitarra y de otro miembro de los primeros Nightnoise, Billy Oskay, en la producción (en alguno de los cortes, como "Slow train", parece que fuera a aparecer la mismísima voz de Triona).

Alasdair Fraser se trasladó en los 80 a San Francisco cuando trabajaba para una compañía petrolífera. Allí, donde continúa residiendo actualmente, fundó Culburnie Records para difundir la música escocesa, y publicó en 1986 junto a Paul Machlis su primer disco juntos, "Skyedance", tan recomendable como un "The road north" que llegó en 1989, pero bajo la etiqueta Sona Gaia, asociada a Narada. Precisamente Narada reeditó el disco con portada distinta en 1998. Posteriormente, seguimos disfrutando de su revitalización de la música escocesa junto a Machlis y a otros importantes músicos celtas como el gaitero Eric Rigler y el flautista Chris Norman, en el grupo Skyedance, cuyos discos distribuye en España Ediciones Resistencia. De una forma o de otra, la importancia de Alasdair Fraser y de Paul Machlis es tanta como para, al menos, no dejar de escuchar este "The road north".



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