27.3.07

TIM STORY & VARIOS ARTISTAS:
"In search of angels"

Reales o imaginarios, visibles o invisibles, divinos o humanos, los ángeles han estado siempre cerca de nosotros, tanto como el ángel de la guarda que cada uno tenemos al lado. Posiblemente más desde terrenos cercanos a la filosofía new age que por movimientos religiosos de cualquier tipo, en los años 90 estos seres divinos tuvieron un especial momento de apogeo y popularidad, y en ese instante mágico vió la luz "In search of angels", un documental periodístico estadounidense dirigido en 1994 por Ken Short, y basado en el libro de igual título de David Connolly, que trataba sobre la búsqueda de los ángeles, sus huellas en la Tierra, sus cultos (tanto en un contexto cristiano como de adoración satánica al angel caído) y en definitiva todo tipo de creencias al respecto de estos entes que tanto han inspirado en todas las artes, literatura, pintura, cine y música. Con buen tino y mucha delicadeza, Windham Hill publicó ese mismo año 1994 la enorme banda sonora del documental, un cuidadísimo testimonio musical de características casi divinas.

Para encontrar la música celestial adecuada se pensó en un doble juego, por un lado otorgar la composición de música incidental a un músico ambiental de garantías, trabajo que se otorgó a un inspirado Tim Story, y por otro buscar en los archivos de la compañía para encontrar piezas de gran nivel de ensoñación, suaves y lívidas, adecuadas para el tema a tratar. El teclista estadounidense Tim Story es un compositor serio y elegante, cuyo uso de la electrónica ambiental le ha valido calificativos como el de 'maestro de la música de cámara electrónica', y ciertamente, en sus creaciones para "In search of angels" (trabajo coetáneo de uno de sus grandes álbumes, "The perfect flaw") se respira un fabuloso ambiente impresionista que responde a su modo de ver la música, como un arte del que disfrutar en cualquier ocasión, "como una escultura o un jardín japonés", que se puede seguir admirando en todo momento. La música ideada por Story para la ocasión es etérea, sugerente, en su más típica línea atmosférica pero envuelta en un especial halo de fantasía, posiblemente tocado, precisamente, por un ángel. Algunas de las composiciones parecen deudoras de Erik Satie ("Angel of the Elegies", "Angelos"), si bien el mayor acierto es el impresionante tema principal ("Theme from In search of angels"), una chispa de especial sensibilidad, más aún, un maravilloso sueño del que es difícil despertar, aunque sólo se trata de la primera de varias joyas que vamos a disfrutar a lo largo y ancho de un trabajo cuya belleza comienza en su sugerente portada. Dada la temática del trabajo, un áura de religiosidad se respira a lo largo del mismo, un aroma sagrado recogido especialmente en canciones corales como el excepcional "Requiem in paradisum" de Gabriel Fauré, interpretado por el coro del Trinity College de Cambridge, o en las participaciones del St. Olaf Choir o The American Boychoir. Grandes canciones se citan en el resto del disco, con tres puntos fuertes: "The oh of pleasure" (del sintesista Ray Lynch, incluído en su afamado trabajo "Deep breakfast"), "Close cover" (el gran clásico del pianista belga Wim Mertens) y una pieza única, sensible, delicada, de título "Reflection", creación del noruego Oystein Sevag para su trabajo "Global house". Lynch, Mertens, Sevag, así como otros músicos de reconocido prestigio como el trompetista Mark Isham (otro clásico de siempre de Windham Hill), la arpista Therese Schroeder-Sheker, y por supuesto Tim Story (que también aporta un tema antiguo, "Woman of the well", de su único trabajo completo para Windham Hill, "Glass green"), contribuyen a darle un caché especial al 'soundtrack', en el que hay que destacar también la presencia de cantautoras norteamericanas como Patty Larkin, Jane Siberry o K.D.Lang. Efectivamente, aun cuanto resulte extraña, la elección de estas cantautoras más conocidas en los círculos del folk y del country se acomoda eficazmente a la causa del documental, tanto la rotunda canción "Calling all angels" de las canadienses Jane Siberry y K.D.Lang, deudoras de Joni Mitchell, como la composición "Good thing (Angels running)" de la estadounidense Patty Larkin, que grabó varios discos en los 90 para el sello subsidiario de Windham Hill, High Street Records. Aunque Tim Story estuviera ya a estas alturas plenamente integrado en la nómina de otro importante sello norteamericano, Hearts of Space, seguiría colaborando activamente con Windham Hill en compilaciones temáticas como "The impressionists", "The romantics", "The Bach variations", "Adagio" o varias ediciones de "A winter solstice", entre otras.

En la contraportada del disco se describían así las intenciones del mismo: "De todas las artes, ninguna posee más características de lo divino que la música. Y durante miles de años, los ángeles han sido una imagen persistente e influyente en la vida humana. Esta especial colección de música se inspira en la paz, la belleza y el encanto de los ángeles de cualquier sitio". En el interior, citas de poetas, santos, eclesiásticos e incluso del Corán ensalzan y definen a estos 'mensajeros de la luz'. En el año 2000 Windham Hill reeditó el álbum con portada diferente y una drástica reducción en el número de cortes, pasando de los 16 originales a 12, si bien con la curiosa característica de la inclusión de nuevos e importantes artistas, como George Winston o Angels Of Venice, en detrimento de otros no menos vitales como Wim Mertens o Ray Lynch. Cosas de las discográficas. En una u otra edición, aunque aconsejando soberanamente la primera, es destacable la gloriosa reunión de elementos que conforma un álbum angelical, más que digno de glosar las hazañas de estos seres alados a los que rinde tributo, y por supuesto imprescindible en nuestros hogares.

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23.3.07

JAMES ASHER:
"The great wheel"

A comienzos de los 90 el sello norteamericano Music West recogía en su catálogo una estupenda colección de discos y artistas, destacando poderosamente los primeros trabajos de Ray Lynch, el prometedor debut del noruego Oystein Sevag titulado "Close your eyes and see" y el inolvidable "Enchantment" de Chris Spheeris y Paul Voudouris. Cuando tras pocos años de actividad dicho sello desapareció, practicamente todos ellos encontraron afortunado acomodo en otras compañías, que se encargaron de volver a editar aquellos gloriosos trabajos para nuestro disfrute. Otro de los ejemplos es el de un inglés llamado James Asher que vió como su disco "The great wheel", publicado por Music West en 1990, fue reeditado por Silver Wave Records a partir de 1993. La historia de "The great wheel" es sin embargo anterior: Asher, desde finales de los 70, desarrolló una música instrumental de difícil clasificación en los sellos londinenses Studio G y Bruton Music (en realidad autodefinidos como bibliotecas musicales, un catálogo de canciones de diversos estilos para poder utilizar en diferentes campos artísticos), una veintena de trabajos descatalogados con algo de psicodelia, de electrónica y de ambientes innovadores, que fueron la semilla de "The great wheel". De hecho, la primera edición del disco que nos ocupa, con una portada muy divertida, la publicó en 1988 el mencionado Studio G; más artística, medieval, es la de la segunda edición, también de 1988 por parte del sello del propio Asher, Lumina Music: "descontento con las opciones que pude encontrar para publicar en el Reino Unido este álbum, fundé una nueva compañía con el editor John Gale, Lumina Música. Por suerte para mí, "The great wheel" fue adquirido por el sello estadounidense Music West. Su gran éxito con Ray Lynch me ofreció una gran plataforma para desarrollar mi identidad artista. Allan Kaplan era dueño de Music West, y aunque la compañía desapareciera, él sigue siendo un amigo hoy en día".

Sin ser posiblemente tan elogioso como algunas de la obras que compartieron acomodo temporal en Music West, bien se podría calificar a "The great wheel" como un disco iluminado, fácil de escuchar y con momentos altamente interesantes en varias facetas, en definitiva un pequeño clásico de las Nuevas Músicas que llegó al número 13 en las listas de new age de la revista Billboard, en la que permaneció dos años. Con un buen equilibrio entre lo acústico y lo electrónico, en el CD nos encontramos con una primera parte de pop instrumental con elementos de jazz y world music, y una segunda consistente en una larga composición meditativa y cíclica que en definitiva es lo mejor del trabajo. Los temas cortos resultan agradables de escuchar pero, salvo los tres primeros, adolecen de una producción algo blanda y escaso contenido, nuevos ejemplos de biblioteca musical que aún así pueden complacer a un amplio público deseoso de melodías fáciles. Un caso aparte constituyen esos tres primeros cortes: "Celebration" es una canción rítmica y rica en matices, con un atractivo saxo (interpretado por Andrew Milnes) que le otorga un componente jazzístico cercano al smooth jazz, aunque algo más electrónico merced a los fondos y demás instrumentación. "Jeunesse" es una bonita y delicada composición semejante a un vals modernizado, sin lugar a dudas el mayor acierto de esta primera parte del disco. Otro bello ejemplo entre el clasicismo y la electrónica es "Bagatelle", y a partir de ahí pequeños detalles ("Morning light", "This stillness") hasta llegar a "The great wheel", la composición larga que nomina al trabajo. Aquí, Asher demuestra poder conducir perfectamente una creación cíclica de 30 minutos que no se hace en absoluto larga (algunos críticos la definieron como un poema sinfónico) combinando pausas e instrumentos para conseguir un efecto relajante, ambiental, cálido en el uso de la electrónica, con la suave inclusión de instrumentos acústicos y una buena percusión, y envolvente tal como hace ver la portada de la edición definitiva del trabajo, esa gran rueda de la vida que gira sin descanso conduciéndonos por ella: "La canción que da título al disco comenzó como un experimento para comprobar lo bien que podría hacer transiciones entre un ciclo de acordes, con el fin de crear algo extrañamente intemporal y de sentimiento infinito". El experimento resultó fabuloso, sin embargo, auspiciado por Silver Wave primero y New Earth Records posteriormente, Asher se embarcó desde entonces en un camino lleno de altibajos en las músicas del mundo y su vertiente más rítmica (llámese worldbeat, fusión étnica o como se desee), aunque puntualmente, con álbumes como "Dance of the light", ratificara las buenas sensaciones relajantes, incluso exultantes, de "The great wheel".

Nacido en Eastbourne (Sussex) en un ambiente familiar muy musical, a los siete años comenzó a tocar el violín, instrumento que dejó al no poder expresarse totalmente con él: "Sentí mucha más libertad en el piano y la batería", dijo. Beatles, Beach Boys, The Who (de hecho, llegó a colaborar con Pete Townshend) y otros clásicos como Chopin, Holst o Debussy fueron sus principales influencias en su camino musical, en el que se formó además como ingeniero de sonido. Todo ese recorrido originó "The great wheel", que produce junto a Philip Bagenal, y en el que se encarga de todos los instrumentos salvo del mencionado saxo y los tambores (a cargo de Duncan Gaffney). Algunas de las canciones de "The great wheel" fueron rescatadas en 2004 para el disco "Wolds within the wheel" publicado por la casa holandesa especializada en new age Oreade Music. En concreto fueron "Jeunesse", "The Stillness" y "The Great Wheel" las que aparecieron en este álbum de bonita portada (obra del propio Asher junto a Rory Baxter) junto a otras cinco composiciones primerizas del británico, manteniendo así actual el recuerdo de 'la gran rueda', un disco vital, a la par estimulante y relajante, cuya composición principal no puede faltar en cualquier discografía de música tranquila y meditativa de calidad.


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16.3.07

PAUL HALLEY:
"Angel on a stone wall"

Pianista y organista nacido en 1952 en Inglaterra, Paul Halley es más conocido por el gran público como miembro del Paul Winter Consort, ese excelso grupo fundado y reunido por el saxofonista Paul Winter en el que Halley colaboraba activamente no sólo en la instrumentación sino además en la composición de gran parte de los temas. Aparte de su alto grado de excelencia con el Consort, resultó evidente que Halley se había guardado bastantes ideas para sus discos en solitario, y tras un discreto "Pianosongs" apareció este "Angel on a stone wall" en 1991 para Living Music -el sello del propio Paul Winter-, de mayor calidad y madurez, una pequeña inclusión en el folclore mundial con matices de jazz, pleno de religiosidad y un cierto clasicismo. Se trataba de un álbum muy animado y rítmico, sacro a su modo -no en vano Halley fue durante trece años organista de la catedral St. John the Divine de Nueva York, donde se grabaron varios trabajos del Consort-, que transmite en general una profunda alegría (como los discos de Paul Winter es una pequeña celebración) dominado por el piano pero con las virtuosas aportaciones de esa gran familia que formaba en esa época el Paul Winter Consort, es decir, Paul Winter al saxo, la percusión de Glen Vélez, las flautas de Rhonda Larson y el cello de Eugene Friesen, aparte de la guitarra de Oscar Castro-Neves, el bajo de Russ Landau y otras voces, sitar, tambores y demás complementos para que las ideas de Halley encontraran el acomodo perfecto en sus acertados arreglos.

"Angel on a stone wall" es además un ejemplo de cómo en cada viaje, en cada lugar que se visita, en sus gentes, sus monumentos y su cultura, se pueden encontrar influencias y captar pequeños detalles para incorporar a las propias ideas. La estética del Consort se deja notar ya desde el comienzo del disco, en "Sea song", gran composición típica de Halley inspirada en los atardeceres de agosto en Nueva Escocia, rítmica y eficaz en su manera de interpretar un piano que domina plenamente la pieza, pero con unos complementos tan solventes como el saxo soprano de Paul Winter o unas percusiones que se dejan notar claramente en todo el trabajo, a manos no sólo de Glen Vélez sino también de Jamey Haddad y Nick Halley, hijo del autor de la obra. Más intimista es "La alhambra" en su colorida melodía (adornada con el toque del sitar), y más mística e intensa la oración que da nombre al tercer corte, "Prayer", compuesto tras una visita del Consort a la sagrada ciudad de Jerusalen. La vivacidad vuelve con una agitanada y muy percusiva "Bulgarian cowboy", y Halley nos sigue conduciendo con extremada pericia por melodías de piano que transmiten mucho sentimiento, como "Rollin on" o "Todo mundo", esta última muy festiva y alegre, una de las canciones más del estilo del Paul Winter Consort de todo el disco, donde Paul y Rhonda se dejan notar en un diálogo precioso de saxo y flauta. Sin embargo otras tres son posiblemente las composiciones más destacables del trabajo, "Montana" (melodía rutilante y evocadora, un colorido retrato de dicho estado norteño, que fue incluída en la gira del Consort de la que se grabó el disco "Spanish angel"), "The prince and the pamper" (pieza de inspiración infantil que junto al piano presenta una soberbia guitarra que parece deudora de la conocida "Cavatina" de Stanley Myers) y "Ubi caritas (Where there is love)", fusión de música africana y canto gregoriano en un excepcional y contínuo clímax, posiblemente una de las canciones más recordadas, pero sobre todo más originales del álbum, que no en vano puede considerarse como un pequeño himno de multiculturalidad en su conjunción de las voces del coro de la catedral St. John the Divine de Nueva York y del conjunto de baile africano Abdel Salaam and The Forces of Nature; la casualidad hizo que sobre un ensayo del coro gregoriano se escuchara en toda su vitalidad la energía de The Forces of Nature, y lo que en un principio irritó a Halley acabó convirtiéndose en una mezcla sin igual que fue recogida en este maravilloso trabajo.

Paul Halley, que sigue embarcado en proyectos corales y eclesiásticos, fue miembro del Paul Winter Consort de 1980 a 1999, con el que ganó dos premios Grammy, por "Celtic solstice" y por ese disco antes comentado grabado en directo en España de título internacional "Spanish angel" (aunque su primera edición, que fue exclusivamente española, se titulara simplemente así, "En directo en España"). Compositor original, arreglista de excepción, muchos son los calificativos que podríamos otorgar a este músico, que con trabajos como "Angel on a stone wall" (producido por Russ Landau y Paul Winter, y que puede encontrarse con otra portada diferente a la aquí expuesta, más colorida, merced a una acertada reedición) se colocó, como poco, a la altura de su maestro, el mismo que siempre alababa las cualidades, musicales y personales, del organista. Escuchar sus creaciones, sin olvidarse de trabajos como "Angel on a stone wall", es un auténtico placer del que nadie debería prescindir.





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9.3.07

CHRIS SPHEERIS:
"Culture"

Grecia es un país al que musicalmente le debemos mucho en las últimas décadas, ya que de él han salido músicos maravillosos y a la vez variopintos: Vangelis o Yanni son ejemplos de grandes teclistas, Iannis Xenakis o Mikis Theodorakis en cuanto a la música contemporánea, María Callas (la gran diva, de origen griego aunque nacida en los Estados Unidos), Demis Roussos o Nana Mouskouri como voces de siempre, y Eleftheria Arvanitaki, Alkistis Protopsalti, Haris Alexiou o Savina Yannatou como esas otras voces que, con mayor o menor recorrido musical, han llegado recientemente a nuestros oídos. Un ejemplo de otro músico de orígenes griegos que en las últimas dos décadas ha conseguido imponer su estilo de nueva música instrumental melódica es Chris spheeris.

Más allá del éxito de sus colaboraciones con Paul Voudouris (sin duda "Enchantment" es uno de los grandes álbumes del siglo XX en cuanto a este tipo de música), este multiinstrumentista nacido realmente en los Estados Unidos (concretamente en Milwaukee) ha destacado como un gran compositor en solitario. Sus influencias pasan de la música tradicional griega a los Beatles o Elton John, pero también Vangelis, Génesis o Brian Eno sonaron en su habitación. Con tal amalgama de estilos fue tejiendo sus ideas, pero escuchando su música se pueden deducir dos cosas, que es personal y espiritual, y que está notablemente influida por los viajes ("mis padres me animaron siempre a viajar y vivir la experiencia de otras culturas; donde quiera que fuéramos veía y escuchaba, y crecí en un vocabulario de sonidos exóticos y adornos musicales"). La confluencia de estas características dota a sus discos de un exotismo propio y sincero, y en este sentido "Culture", publicado en 1993 por Essence Records (el sello del propio Spheeris, del que "Culture" fue la primera referencia en solitario, y que distribuyó en España Resistencia), es un álbum especialmente transcultural, profundo espiritualmente aunque posiblemente más 'global' que otros de sus éxitos anteriores (si bien canciones como "Pura vida", de "Enchantment", se acercan notablemente a este espíritu viajero). En él, este apuesto músico de sonrisa carismática nos invita a su particular viaje -por sitios cuyos sonidos ambientales están recogidos en el disco, como Grecia, Tailandia, India y Sedona (Arizona)- y acierta en su interpretación del mismo, de una forma cálida, familiar, pero ante todo, y como siempre en su música, vital y optimista. El trabajo varía entre una base rítmica, más visual y cultural ("Margarita", "Elektra") y otra romántica, más intimista y delicada ("Embrace", "Allura"), y juntas alcanzan altísimas cotas de calidad, sólo hay que escuchar pequeñas maravillas como "Aria", "Culture" o "Bombay" para darse cuenta de la genialidad de este guitarrista y multiinstrumentista que reside actualmente en el desierto de Arizona y que nutre la sonoridad de sus guitarras, teclados y percusiones con flautas, cellos, saxos y oboes.

Tras esa fachada de play-boy se esconde un hombre humilde y sincero, un artista auténtico que hace años que no nos impresiona con un nuevo disco, ocupado en otras aficiones como la fotografía, pintura o poesía. Mientras tanto paladeamos la esencia de su música en sus antiguos trabajos, de los que "Culture" (que se puede encontrar con portadas diferentes en formato digipack o en una posterior edición en caja normal) es un ejemplo de calidad, pero ante todo de alegría y sentimiento, un disco emocionante que conecta con nuestros sentidos, inundándolos de añoranza.


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1.3.07

RAY LYNCH:
"No blue thing"

Los seguidores de la New Age encontraron en los 70 una serie de artistas que marcaron el camino musical para la llegada de esa 'esperada' era de acuario. Músicos como Paul Horn, Vangelis, Paul Winter o Kitaro fueron adoptados como los nuevos gurús de este estilo de música tan espiritual y carismático. Ahí entró de lleno también Ray Lynch, compositor norteamericano e intérprete de guitarra, laud y teclados (en su familia había varios pianistas clásicos, por lo que se interesó muy joven por el piano), que había encontrado la fórmula del éxito bajo el título de un popular disco superventas titulado "Deep breakfast", y que con su siguiente trabajo, un elaborado lienzo salpicado de luz y color titulado "No blue thing", iba a conseguir lo que parecía imposible, igualar, y posiblemente superar, la calidad (tal vez no el carisma) de aquella mítica obra.
 
Corría el año 1989, cinco después de "Deep breakfast" -un lapso de tiempo necesario por los numerosos cambios tecnológicos de esta época convulsa, que iban a permitir una mayor gama de sonidos y mejores posibilidades de grabación-, y la desaparecida compañía Music West Records era la encargada de que "No blue thing" viera la luz (tras la desaparición de ésta, fue Windham Hill la que adquirió los derechos y editó los discos de Lynch, en el caso de "No blue thing" con portada distinta a la original). Precisamente una portada surrealista era lo primero que destacaba en la primera edición de este tercer trabajo del compositor de Utah, lo que parecía un huevo enmedio de un universo azul con un enorme destello central -tal vez un particular 'big bang'-, lo cual unido a ese título, 'Cosa no azul', comenzaba por otorgar un aire misterioso, daliniano, a la obra. Por fortuna la música aquí contenida no es nada surrealista ni oscura, sino planeada con una elegancia y sencillez sublimes, siete composiciones de originales títulos inspirados -como ya ocurriera en "Deep breakfast" y "The sky of mind"- en los escritos de su guía espiritual Sri Da Avabhasa (también conocido como Da Free John o Adi Da Samraj). Abstraídos o no de grupos religiosos y filosofías orientalistas, lo importante para el oyente sigue siendo esa maravillosa música que, al comienzo del disco, flota lentamente hasta alcanzar la forma del tema homónimo a la obra, donde nos encontramos una de esas gráciles tonadas que han hecho famoso a este artista a través de radios y televisiones: "No blue thing", aparte de melodía de concursos o fondo de debates, es una eficaz presentación de las dos caras de Ray Lynch, la envolvente, suave, meditativa, en definitiva neoclásica ("mi lenguaje musical está originado básicamente por el Renacimiento") y la divertida, juguetona, de notas alegres -casi infantiles- y modernas. Y ambas son igual de atrayentes y dignas de admiración, la primera es música para el alma, relaja y emociona ("Here & never found", "Evening, yes", "Drifted in a deeper land"), la segunda para el cuerpo, activa y embelesa ("Homeward at last", "The true spirit of Mom & Dad"). Y a pesar de su aparente sencillez, una escucha sosegada evidencia una melodiosidad múltiple en capas de teclados, guitarras clásicas (instrumentos interpretados por el propio Lynch, que no hay que olvidar estudió guitarra clásica en los 60 en Barcelona), o instrumentos de cámara (flautas y oboes en cuanto a los vientos, violines, violas y cellos por lo que corresponde a las cuerdas) que ejecutan bellas melodías solapadas en un todo equilibrado, que se escucha como pura magia en la inspirada combinación de estilos ("Clouds below your knees" o la propia "No blue thing"): "No sé de dónde me viene la inspiración, soy un ser humano y mis sentimientos los uso para perfilar el trabajo que escribo".
 
Interesado en la relación entre las matemáticas y la música, Ray proyectaba escribir un libro sobre esta temática, si bien ni libro ni disco acaban de ver la luz en esta centuria, una verdadera lástima de silencio compositivo, ya que pocos músicos instrumentales han sabido unificar como él en sus discos tecnología y contemporaneidad, alegría y sentimiento, interioridad y comercialidad, todo ello englobado en una mágica espiritualidad de raíz oriental. La suya es una música especial ("mi música se define a sí misma", decía), para el cuerpo y la mente, que merced a sus pegadizas melodías y a la bella envoltura neoclásica de la que hace gala, no es fácil de sacar de la cabeza tanto tiempo después. Parece que Ray mantiene su convicción de que lo importante no es la tecnología sino la calidad de la música ideada y producida, así que hasta 2014 no hay novedades en su discografía.

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