28.8.06

NIGEL KENNEDY AND KROKE:
"East meets east"

Cuando Tomasz Lato, Tomasz Kukurba y Jerzy Bawol, tres amigos de la ciudad polaca de Cracovia, fundaron en 1992 el grupo Kroke, no podían llegar a imaginar la importancia que iban a a acabar cobrando en el panorama de la música klezmer, el fabuloso folclore de los judíos del este de Europa. Este conjunto de música atemporal cuyo nombre viene del propio nombre de la ciudad en yiddish (la más importante derivación de la lengua judaica) se ve teñida de influencias orientales y jazzísticas en una fusión sin prejuicios y con un elevado tono irónico (apreciable en sus directos) que la hace muy particular. En sus manos cualquier cosa puede suceder, y esa paradoja sobre las nuevas/viejas músicas llega a su punto álgido merced a una interpretación presumiblemente tradicional pero con un alto toque de modernidad en base a esa fusión y apertura de miras de los tres músicos: el rompedor violín de Tomasz Kukurba, el señorial acordeón de Jerzy Bawol y el eficaz contrabajo de Tomasz Lato. Tan estimulantes son sus trabajos que entre su nómina de importantes seguidores se encontraba otro violinista excepcional, el polémico inglés Nigel Kennedy.

Los caminos de Kroke y Nigel Kennedy se cruzaron en un festival en verano de 2001, y este excéntrico artista les propuso de inmediato una colaboración. Kennedy y Kroke estuvieron trabajando juntos de mayo de 2002 a enero de 2003 con un repertorio basado en los grandes éxitos del grupo polaco, junto a tradicionales balcánicos y un tema del bosnio Goran Bregovic. El resultado, "East meets east", fue publicado por EMI en 2003 y supuso un enorme éxito de ventas y crítica. Tras cosechar éxitos sin par en sus grabaciones clásicas (número 1 con "Las cuatro estaciones" de Vivaldi) o en sus trabajos más melódicos ("Kafka"), Kennedy -cuyo apetito por la exploración destaca en el libreto del CD el manager John Stanley- se atreve a aportar sus aptitudes como violinista en este sorprendente álbum, un disco de calidad casi indecente, una joya que comienza con otra, el conocido tradicional "Ajde jano", con la ayuda de la siempre agradable voz de Natacha Atlas, que suele otorgar calidad a todo lo que toca. "Dafino" o "Jovano jovanke" son otros dos magistrales ejemplos de ese legado tradicional, al que hay que añadir las composiciones propias de los tres miembros de Kroke, recogidas algunas de ellas en sus geniales trabajos: la dulce "Lullaby for Kamilla" (titulada "Love" en el álbum "The sounds of the vanishing world"), la alegre "Eden" o la rítmica -sin duda un clásico de la banda- "Time 4 time" (ambas incluídas en "Eden"). Publicado unos meses antes en ese mismo año 2003, el álbum "Ten pieces to save the world" está representado por la excepcional "T 4.2" ("Light in the darkness").

El virtuosismo de Nigel Kennedy se pone de manifiesto en piezas de una interpretación tan sublime como "Lost in time", así como la tremenda capacidad de Kukurba, Lato y Bawol para componer una música vital, con aires de fiesta y celebración, influencias sefardíes y por supuesto balcánicas, como el popular "Ederlezi" de Goran Bregovic. Si ya de por sí escuchar cualquier disco de Kroke es una espectacular fiesta privada, esta sorprendente unión con Nigel Kennedy es un inmenso gozo, sólo hay que escuchar juntos esos dos violines (Kukurba es otro reverenciado intérprete) y combinarlos con un rítmico contrabajo, un evocador acordeón y otras pequeñas contribuciones como la percusión de Miles Bould o la sensual voz de Natacha Atlas, para estar ante uno de los mejores álbumes de la década.



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27.8.06

ENYA:
"Watermark"

Si en alguna ocasión se han dado las condiciones necesarias para la creación de una obra maestra, de esas que la gran mayoría del público encumbra sólo con escuchar su título, no cabe duda que una de ellas se dió en Irlanda, en la persona de Enya y en la segunda mitad de los años 80. En la búsqueda de un sonido propio y auténtico, Eithne Ní Bhraonáin (nombre de Enya en gaélico, su lengua materna) contó con la enorme capacidad de dar con esa 'marca de la casa' no sólo identificativa, sino además innovadora y sublime. Grandes intérpretes de las Nuevas Músicas cuentan con esa ventaja de ser reconocidos por su colosal estilo, Philip Glass, Mike Oldfield, Jean-Michel Jarre, David Antony Clark, Loreena McKennit, Vangelis... pero casi sobre todos ellos, al menos en popularidad y admiración, domina el estilo multivocal de Enya, cuyo primer trabajo relevante fue la banda sonora de la serie documental de la BBC "The celts". En realidad, al tratarse de un fenómeno local (número 2 en Irlanda), pocos fueron los que pudieron escuchar ese disco antes que el siguiente, el auténtico comienzo de la meteórica carrera de la irlandesa (y que provocó la importación y posterior reedición de aquel), un disco imponente que posiblemente Enya no ha superado ni podrá superar jamás: "Watermark", una de las cumbres de la música por su frescura, atrevimiento y originalidad, y por una aureola de sinceridad que comienza al poder leer los títulos y letras de canciones de forma manuscrita.
 
Warner Music fue la afortunada compañía que publicó "Watermark" en 1988, gracias al tesón del joven presidente de su división británica, Rob Dickins, que se atrevió a apostar por Enya contra todo pronóstico, un visionario que también reclutó posteriormente a Mike Oldfield, con enorme éxito. Fueron sin embargo otros dos personajes los culpables en gran parte de ese popular estilo multivocal (mantos de voces superpuestos de fondo sobre el que se ejecuta la voz principal), el productor Nicky Ryan y su esposa y eficaz letrista, Roma Ryan, otros dos irlandeses que la acogieron en su casa de Dublín, donde comenzó a cocerse este álbum que ocupó casi un año de trabajo. Casi como si de un trío se tratara, Enya y los Ryan entremezclaban tres tipos de composiciones en el álbum, sin poder discernir con un mínimo de cordura cuales son las mejores o las más deseadas en un conjunto simplemente perfecto: las instrumentales, las marcadas por el mencionado efecto multivocal y las sencillamente vocales, canciones bien en inglés, bien en gaélico. La presentación del álbum emana una imagen de cantautora novedosa, pero la mirada desafiante y los trazos gruesos encierran un simbolismo difícil de definir, un misterio que comienza en el primer corte, instrumental al piano ("Watermark", utilizado posteriormente para un álbum tributo a la Princesa Diana), y que se acrecenta en "Cursum perficio", canto en latín de una profundidad y sentimiento embriagadores, donde ya nos damos cuenta de que Enya es mucho más de lo que nadie se imaginaba. En esa monumental canción escuchamos el estilo multivocal, así como en "The longships" (que ya aparecía en la serie "The celts" honrando a los barcos vikingos), la poderosa "Storms in Africa" o el tema con el que comenzó el mito, "Orinoco flow", un sencillo rompedor, una canción divertida, aventurera y pegadiza aunque complicada en su elaboración, por lo que curiosamente fue la última canción grabada para el álbum. "Orinoco flow", también conocida como "Sail away", supuso todo un descubrimiento, y contribuyó notablemente a que "Watermark" llegara al número 5 en las listas inglesas y se convirtiera en un disco dormilón, de esos que se mantienen en las listas de éxitos durante meses y meses -en España más de 150 semanas-, quizá sin llegar a posiciones de privilegio pero posiblemente vendiendo más que muchos de esos éxitos efímeros con que la industria nos martillea de vez en cuando sin ningún tipo de calidad. Y calidad era lo que le sobraba a Enya, hermana de Máire (ahora Moya) Brennan, que antes de desmarcarse en solitario había colaborado en un par de discos de la conocida banda de sus tíos y hermanos, Clannad, donde conoció a Nicky Ryan. Habiéndose empapado de influencias musicales desde su niñez, lo lógico era su dedicación a la música, y la mayor muestra de esencia irlandesa es el idioma gaélico, que Eithne utilizó en "Storms in Africa" y especialmente en la emotiva "Na laetha geal m'óige", una delicia dedicada a sus abuelos, que habla de la pérdida de la juventud y el recuerdo de esos días que siempre parecen mejores. También de manera 'univocal' pero en inglés, nos encontramos con "On your shore" (que era un instrumental en origen), "Exile" (el cuarto sencillo del álbum, otra maravilla que, al igual que la canción anterior, fue incluída en la película de Steve Martin -admirador incondicional de Enya- 'L.A. Story') y con el excepcional segundo single, "Evening falls...", intimista y sencillamente magistral historia de fantasmas (sobre una mujer que sueña permanentemente con una casa y, cuando acaba encontrándola, descubre que ha estado también vagando por ella), con el que la crítica acabó de rendirse al mundo de magia y poesía que esta frágil joven -aunque ya contaba con 27 años- ofrecía en un álbum en el que también tenía cabida la instrumentalidad de "River" y de "Miss Clare remembers", idea de años atrás que al contrario que "On your shore" intentó convertirse en canción para acabar cediendo a la soledad del piano. Un año después de la publicación y consiguiente éxito de "Watermark", Enya grabó de nuevo "Storms in Africa" con letra en inglés y el título de "Storms in Africa (Part II)", lanzándolo como tercer sencillo, originando que en algunas nuevas ediciones del disco en varios países se incluyera esta nueva versión como corte número 12, una pista extra de gran interés. Chris Hughes (percusiones en "Storms in Africa" y "River"), Neil Buckley (clarinete en "On your shore") y el magistral Davy Spillane (gaita irlandesa en "Na laetha geal m'óige" y flauta en "Exile") representan las escasas colaboraciones que necesitó la artista irlandesa para completar su obra maestra.
 
Tan fascinantes como la propia música fueron los video-clips de los cuatro sencillos del álbum, todos ellos dirigidos por Michael Geoghegan (como curiosidad, señalar que aparte de Enya y otros artistas internacionales como Seal, Roxette o Simply Red, este realizador británico ha trabajado con Mecano y con Nacho Cano en solitario): "Orinoco flow" mantiene la estética y el colorido de la portada del álbum, "Evening falls..." ahonda en lo fantasmal de la canción con refinado buen gusto, "Storms in Africa (part II)" recrea una exótica aventura en el continente negro y "Exile" incluye imágenes de la película 'L.A. Story'.  Aunque injustamente "Watermark" no fue nominado al premio grammy, sí que lo fue el video-clip de "Orinoco flow", si bien acabó ganando dicho premio Michael Jackson por "Leave me alone". Con premios o sin ellos, y lo escuche quien lo escuche, este disco alcanza un punto donde otros no llegan, provocando una cierta melancolía en el oyente. Desde la pequeña Irlanda, esta sublime creadora ha llegado a alcanzar un estatus sobresaliente gracias no sólo a la calidad de sus melodías sino al sentimiento expresado y la profundidad de las mismas, en un sonido propio, una 'marca de la casa' que identifica a Enya ante cualquier otro artista, otorgándole esa extraordinaria popularidad posiblemente a cambio, con el tiempo, de un cierto encasillamiento. Mientras tanto, "Watermark" es uno de esos discos que me llevaría a una isla desierta.









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24.8.06

KARL JENKINS:
"Diamond music"

La reconversión de algunos veteranos del rock hacia la música instrumental más o menos culta a veces da sorpresas que van más allá de un simple fenómeno pasajero. El galés Karl Jenkins, antiguo componente del grupo de rock sinfónico Soft Machine, contaba en realidad con una base musical clásica (su padre era organista y director de coro) pero no deja de sorprender su tardía inclusión en el baúl de la música contemporánea.
Paradójicamente, la primera vez que pudimos admirar la melodía principal de este disco no fue en emisoras de música instrumental, ni clásica, ni a través de algún sampler o extractos en internet, sino en un anuncio de joyas!!! Recuerdo perfectamente aquellas armonías de violín in crescendo, que en mi desconocimiento creí que pertenecían a alguna sinfonía clásica. Poco tiempo después, con la publicación del álbum, descubrí que detrás de aquello estaba la misma persona que junto a su ex-colega de Soft Machine Mike Ratledge y Miriam Stockley nos había sorprendido en 1995 con el proyecto Adiemus. La música de Jenkins no es de una profundidad emotiva como la de Górecki o Part, quizás no posea la seriedad estilística de los Cage, Feldman, Reich... ni la elegancia o trascendencia de los minimalistas, pero sí el sentimiento y la facilidad necesaria para convencer en una primera escucha y admirarla como si contempláramos un cuadro impresionista o una locura daliniana, no hace falta entender ni comprender la estructura de la música, sólo disfrutarla. El disco, cuyo título evidencia su origen, fue editado en 1996 por Sony Classical, intentando llegar así al mercado de la música clásica además del de las nuevas músicas, y está dividido en cuatro partes bien diferenciadas. Comienza con la exquisita Palladio, motivo principal del trabajo, deliciosa sinfonía en tres partes interpretada por la London Philharmonic Strings. Prosigue con "Adiemus variations", donde varias de las composiciones de "Songs of sanctuary" son interpretadas de forma clásica por The Smith Quartet, encontrando así una nueva forma de disfrutar de la mezcolanza cultural que puede significar la música de Adiemus. "Passacaglia" es un tema más sentido y personal, en homenaje a Evelyn Mary Hopkins, siendo aquí posiblemente donde el trabajo encuentre más sitio para la emoción en detrimento de la música alegre y la comercialidad. Por último, "String quartet Nº 2", sinfonía en cinco partes que no pasará a la historia, al menos para el oyente más newagero, que encontrará su sitio en la escucha de nuevo de la suite Palladio.
El mundo de la publicidad está ligado a la trayectoria de Karl Jenkins, que convirtió en un éxito la música que vendió a la compañía aérea Delta Airlines, y que sólo un año después derivó también de un anuncio esta "joya" de disco.

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22.8.06

RAY LYNCH:
"Deep breakfast"

"Andy Warhol dijo una vez que cada vez más personas se vuelven famosas por un período más corto de tiempo. La precisión de este comentario sobre la cultura popular es, por desgracia, cada vez más evidente. Es alentador, por tanto, ver el surgimiento de artistas serios cuya sustancia no se ajusta a este molde, no son artistas 'de moda', y su trabajo no se evapora tras un fugaz momento de fama desechable". Es el comentario que en el libreto de este álbum se lee sobre Ray Lynch, calificado como un músico meticuloso al detalle y extremadamente emocional. El de Lynch es uno de esos nombres que estarán siempre ligados, ineludiblemente, al polémico término 'música new age' y en general a la música instrumental de finales del siglo XX. Sus méritos para alcanzar una enorme popularidad fueron muchos: melodías atrayentes, pegadizas, ambientes efectistas, instrumentación moderna dentro de un ambiente neoclásico, y una cierta religiosidad plena de esencias antiguas, en definitiva, un compendio único de composición y ejecución que no pasó desapercibido para el público abierto a nuevas sensaciones, entre el que encontró numerosos admiradores. Nacido en 1943 en Utah pero texano de adopción, este teclista y guitarrista encontró su sonido y el éxito mundial en 1986 bajo el extraño título de "Deep breakfast", álbum presentado por una bella portada, un óleo creado por su amigo Kim Prager mientras escuchaba esta inspiradora música.
 
Si hubiera que otorgar un calificativo a la obra de Lynch bien podría ser 'espiritual', pero esa espiritualidad nos es mostrada de dos maneras distintas aunque hermanas: a través de composiciones atmosféricas de esencia neoclásica, o en una faceta que ha trascendido más al gran público, burbujeante, juguetona y electrónica. Es así como Ray Lynch se convirtió de la noche a la mañana en un músico superventas, y cómo bastantes de sus composiciones han llegado a medios de comunicación en todo el mundo a través de sintonías de anuncios, informativos y concursos. Lynch es en gran parte responsable del éxito de las nuevas músicas en los 80, merced a la difusión y éxito de sus trabajos, pero es curioso comprobar la evolución de su obra desde el claro disco de relajación "The sky of mind", publicado en 1983, a este ejemplo de comercialidad en el que, si bien no renuncia a la misma música relajante y espiritual, la envuelve en complejos juegos de instrumentalidad que le otorgan una falsa y hermosa sencillez. "Deep breakfast" es un disco corto de minutaje, pero muy sólido en cuanto a inspiración e interpretación, la envoltura romántica es tremendamente poderosa, y la conjunción de neoclasicismo con electrónica le llevó a vender más de un millón de copias en EEUU, aunque el camino a seguir no fuera nada fácil: "Deep breakfast" nació en 1984, casi artesanalmente, publicado por Ray Lynch productions, el sello propio de Lynch que ya había distribuído "The sky of mind" el año anterior. La compañía Music West fue la encargada de una nueva distribución, y Windham Hill tomó el testigo cuando desapareció aquella. Lejos de sufrir con este contínuo ir y venir de compañías discográficas, Deep breakfast" se mantuvo a flote con un contínuo flujo de beneficios, lo cual es debido sin duda a la calidad intrínseca de esta obra en la que varios de los curiosos títulos de las canciones provienen de la novela 'The mummery' de Da Free John. Desde los primeros compases del glorioso "Celestial soda pop" se intuye un disco especial, y lo es, en base sobre todo a ese tema histórico y pegadizo, pero también por una coherencia en la que encontramos otras maravillas como "Rhythm in the pews" (graciosa y muy elaborada) o "Tiny geometries" (un final increible para el disco, seguramente la composición con más sentimiento pero a su vez plena de fuerza, para buscar y encontrar la paz interior). "The oh of pleasure" es otra burbujeante tonada llena de emoción, "Falling in the garden" una preciosa miniatura impresionista, pero además "Your feeling shoulders", "Kathleen's song" -dedicada a su esposa- y "Pastorale" no son precisamente canciones de relleno en este trabajo del de Utah. Como evidencia del carácter lúdico de algunas de sus composiciones y de lo bien que perduran con el tiempo, "The Oh of pleasure" fue incluida, muchos años después de su creación, en el videojuego 'Grand Theft Auto IV'. En cuanto a su canción más popular, la comentada "Celestial soda pop", puede entenderse como una crítica jocosa a la cultura pop, un movimiento en el que Ray Lynch entiende que prima el egoismo y el ansia de hacer dinero, y donde la palabra 'éxito' parece definirse como 'acumulación de riqueza': "mi música no es 'de moda' y es imposible para mí pensar en términos de pop". De hecho, y para destacar la distinción, matiza: "El uso de sonidos populares en 'Deep breakfast' y su aceptación comercial no tiene nada que ver con la profundidad y autenticidad del trabajo. Tanto 'Deep breakfast' como 'The sky of mind' han sido sentidos profundamente cuando trabajaba en ellos".
 
"Cuando cumplí 12 años, le pedí a mis padres una guitarra clásica y, poco después, escuché una grabación de Andrés Segovia que me conmovió, incluso hasta las lágrimas". Años después, Lynch dió clases de guitarra clásica en Barcelona con Eduardo Sáinz de la Maza durante tres años, e influenciado por este compositor burgalés, acabó estudiando composición en la Universidad de Texas, para poder realizar su sueño y lo que le iba a dar sentido a su vida: "siento que he nacido con el impulso básico de hacer música". Aparte de sus teclados y guitarras, los acompañamientos de instrumentos de viento y cuerda que hacen tan completas sus composiciones los deja en manos de grandes virtuosos como Beverly O'Mahony a la flauta o Ron Strauss en la viola. Devoto del gurú espiritual Bhagavan Adi Da Samraj (otro nombre utilizado por el maestro Da Free John, mencionado anteriormente), esa influencia orientalista hace de su trabajo más universal, y bien entrados en el siglo XXI se le echa de menos en el panorama de las Nuevas Músicas.



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19.8.06

MICHAEL GETTEL:
"San Juan suite"

veces la insistencia de un artista por dar a conocer su trabajo da sus frutos con el tiempo a pesar de las dificultades y limitaciones propias de tipos de música tan minoritarias como la instrumental de piano. El éxito de Michael Gettel, profesor de piano nacido en Colorado pero residente en Seattle, se basa en esa insistencia, aunque no precisamente la suya sino la de su cuñado, entusiasmado tras escuchar una cinta casera que Michael regaló en cierta ocasión a su hermano con varias de sus composiciones. Muy cerca también encontró la forma de hacer llegar esa música al público, ya que fue una compañía del propio estado de Washington, Sounding Records, la encargada del lanzamiento en 1987 de su primer álbum, "San Juan suite", un maravilloso compendio de solos de piano inspirado por la exótica belleza de las islas San Juan, situadas en Puget Sound, en la costa pacífica, entre el estado de Washington y Canadá. La distribución corría a cargo de Miramar Recordings, empresa también localizada en la misma zona, que un año después se encargaría de una necesaria reedición, en vista del éxito obtenido por este trabajo de honradas y conseguidas intenciones: "Lo que quiero es tratar de poner a cada persona en ese lugar".

Que Gettel sea estilísticamente un pianista New Age no significa que tengamos que compararlo con otros de los grandes de dicha etiqueta como -al menos lo eran en aquella época- George Winston o David Lanz, posee su propio estilo, desenfadado y muy melódico, pleno de vaivenes a lo largo del teclado, en construcciones alegres, delicadas, relajantes, incluso gusta de incluir elementos naturales, como el rumor del mar o los cantos de las ballenas, y sonidos de nutrias o gaviotas en la obra que nos ocupa, uno de esos discos que venden miles de copias de modo sorpresivo gracias al boca a boca y a la radiodifusión en pequeñas emisoras independientes. En las notas del libreto de "San Juan suite" se resalta que en estas islas siempre hay música, puede ser el sonido del mar, las ballenas, las gaviotas, la brisa... así que Michael Gettel, que autoproduce un disco dedicado a sus padres y compartido con su familia en general, utiliza el piano como un fotógrafo usa una cámara, reflejando las impresiones de este paraíso natural. Hay que destacar notablemente el inicio del trabajo, donde "Sucia/Shallow bay" (sublime partitura de comienzo radiante dedicada a la isla de Sucia -la más grande del archipiélago- y una segunda parte más relajada en la que casi podemos notar el salpicar de las olas), "Orcas" (de sensaciones fogosas, similares a algunas de las mejores composiciones de Scott Cossu) o "Summer rain" (enorme y completísimo corte revelador de recuerdos y emociones muy profundas) son preciosas melodías de piano solo de un virtuoso artista que posteriormente añadiría otros elementos en su música, pero que en esta primera etapa se nos muestra en la total intimidad de su teclado, ofreciendo un álbum digno de escuchas relajantes, que nos lleva a soñar una agradable vida en un entorno paradisiaco como el de las islas San Juan, tan cercanas a la propia Seattle que podemos imaginarlas como lugar de escapada constante de Michael Gettel. De hecho, escuchando el disco se nota que Gettel conoce bien el entorno, lo admira y lo ama profundamente: por ejemplo, "Summer rain" surgió de un día de pesca con un amigo en el que emergió de la nada una impresionante tormenta veraniega, aterradora por momentos pero tan inspiradora que marcó el nacimiento de una espléndida tonada ese mismo día. Sin desmerecer otros cortes de agradable calidad como "The straits" o "Whalesong" (en diálogo con las ballenas, como lo hiciera pocos años antes Paul Winter), así como la animada "Rosario" y la plácida "Drifting", esas tres joyas antes mencionadas del comienzo del álbum le hacen merecedor de un puesto muy alto en el ranking de los discos de piano solo. Narada reeditó el álbum en 1998 con portada diferente y dos temas nuevos, "The kelpie" -un monstruo de los lagos escoceses que Gettel creyó ver en cierta ocasión- y "Watercolors" -inspirada en Eric Satie-, mientras que en 2003 una nueva reedición juntaba el álbum en un solo pack con su continuación, "San Juan suite II", en la colección Narada Classic (en la que también hay reunidos trabajos de Spencer Brewer, Nando Lauria, David Arkenstone, David Lanz -los estupendos "Nightfall" y "Heartsounds"- o Eric Tingstad y Nancy Rumbel). Efectivamente, Narada Productions publicó en 1996 la continuación de esta gran obra, que si bien no posee la capacidad evocadora del primer volumen -el piano de este seatleita no es tan ágil y suelto como lo era diez años atrás-, sí que sigue poseyendo unas estupendas cualidades melódicas, ayudado en esta ocasión por el estupendo bajo sin trastes de Sandin Wilson, de tal forma que este retorno a las paradisiacas islas San Juan parece superar a sus anteriores trabajos desde su fichaje por Narada Equinox ("Places in time", "Skywatching", "The key" y "The art of nature").

En ocasiones calificar como 'bonito' un disco de piano puede sonar a que adolezca de falta de profundidad o intenciones, que sea simple música de documental sobre la naturaleza. "San Juan suite" es un disco bonito, pero es radiante, impresionista, fácil de escuchar ("brillantes solos de piano que danzan con los sonidos naturales de las islas San Juan", decía la publicidad de la compañía), un todo fresco y natural que parece estar poseído por la fuerza de los elementos naturales, cuya interpretación y las sensaciones que transmite dicen mucho sobre el paisaje que describe (estupenda la fotografía de portada de Fred Felleman) y sobre su autor (Gettel afirma que lo que se escucha de fondo en este trabajo no es sólo el sonido del mar y los animales, sino el latido del corazón de las San Juan), un teclista brillante que emergió desde la cuna del grunge, aunque su música sea mucho más emocionante y placentera que la de Nirvana y compañía.



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LITO VITALE CUARTETO:
"Ese amigo del alma"

Los que hayan disfrutado de la música de Lito Vitale en directo dificilmente podrán olvidar el sentimiento que queda atrapado en sus interpretaciones, especialmente en dos grandes canciones, la esperadísima improvisación titulada "La excusa" -un espectacular delirio de ritmo y emoción con la guinda final del gran Marcelo Torres mordiendo las cuerdas de su bajo- y esa canción dedicada a Lyle Mays (pianista más conocido por sus colaboraciones con Pat Metheny que por sus obras en solitario) que lleva por excelso título "Ese amigo del alma". Hay algo encantador, notablemente costumbrista, en los títulos de las composiciones de Lito Vitale, lanzando al aire una maravillosa familiaridad ("Alumbrando a las ánimas", "La arremetida de los Buenos Aires", "La vida es un tango", "El discreto encanto de ser porteño", "Basta De fingir", "El día más largo del siglo" o "Recuerdos en mi bemol", por ejemplo). Eso forma parte, posiblemente, de una concepción poética, si bien en 1991 confesaba que, en su proceso creativo, los títulos van después de la música, no compone pensando en un título, y a veces incluso desearía dejarlos en blanco. Entre todos ellos, "Ese amigo del alma" es de los que saben conectar con la audiencia, a lo que une su excelsa calidad musical, extensible a todo el trabajo en el que venía contenido, que en su segunda edición poseía ese mismo amigable título.

Nacido en 1961 en Villa Adelina, cerca de Buenos Aires, Héctor Facundo Vitale se nutrió a lo largo de su trayectoria de influencias folclóricas (no sólo el inevitable tango) que, unidas al rock que tanto impera en Argentina, a las composiciones que le encargaban para ballet, teatro, cine y televisión, y a un delicado jazz, conformaron una música deliciosa que, tanto en solitario como en dúo, trío, cuarteto o quinteto, publicó con bastante éxito Ciclo 3, sello independiente que fundaron en 1975 los padres de Lito, Esther Soto y Donvi (Rubens Vitale). La época más popular -y posiblemente la más inspirada- de Lito Vitale fue la del cuarteto que juntó a nuestro protagonista (que se encargaba de los teclados y dirección musical) con Marcelo Torres (bajo), Manuel Miranda (vientos) y Cristian Judurcha (batería). Esto sucedió en 1987 con la publicación de "Lito Vitale cuarteto", álbum descatalogado que convenientemente reformado supuso en 1988 "Ese amigo del alma", el primer disco de Vitale que pudimos adquirir en España a través de GASA, en una edición de cinco temas que llegó realmente en 1989 y en la que, una vez más, Lara López y Ramón Trecet se ganaron los agradecimientos (Lito visitó su conocido programa de radio y afirmó que sólo el hecho de que la gente de todo el mundo pudiera conocer su música era ya un auténtico sueño, a lo que Ramón y Lara pusieron su granito de arena). Tan suculento título llegó a vender en nuestros país tantos discos como en Argentina y abrió las puertas del mercado europeo al cuarteto, que no tardaría en presentarse en directo en España con extraordinaria expectación y merecido éxito. Seguramente este gran momento fue el cúmulo de todas las vivencias de Vitale, que detonaron en una música agradable para todos los oídos, la sonoridad de su piano es esencialmente clara y melodiosa, lo cual se puede evidenciar desde la tenue entrada de piano de uno de sus temas estrella, esa emotiva maravilla titulada "Recuerdos en mi bemol". Es esta una de esas canciones especiales, que pueden despertar una veneración profunda en quien la escucha, y que marcaron el camino del cuarteto, puesto que nació como una improvisación (que afortunadamente fue tenida en cuenta) compuesta cuando la banda se estaba conociendo, así que Lito aseguraba que nació para ellos. Vitale improvisa constantemente y graba esas sesiones, en muchas de las ocasiones no hay una 'inspiración' concreta sino una extraordinaria capacidad para dejarse llevar y atrapar la magia de su piano. Sin embargo no hay que despreciar a los demás componentes, a los que Lito propone una cierta libertad para desarrollarse y que siempre participan creativamente en el proceso de composición. Por ejemplo en "Estar entre nosotros" destacan los instrumentos de viento en una onda folclórica argentina, origen claramente evidenciado también en "La vida es un tango", mientras que en "Estar vivo hoy" hay un gran trabajo de batería por debajo de la melodía. "Ese amigo del alma" es otro cantar, es la gran canción de Lito Vitale, intimista, tierna, emotiva, trece minutos gloriosos que hay que seguir segundo a segundo dejándose literalmente acariciar por los instrumentos y por la cohesión del cuarteto como si fuera un solo intérprete. En su construcción, "Ese amigo del alma" le salió de muy dentro, casi sin darse cuenta, y Lito se empezó a entusiasmar con lo que empezaba a surgir del piano mientras improvisaba, algo que se acabó uniendo a una soberbia interpretación y unos arreglos estupendos influenciados por un Lyle Mays al que Vitale aún no conocía, y donde lo único malo es que llega ese momento no deseado en el que todo se acaba. Decía Lito que la edición española de "Ese amigo del alma" era un refrito entre "Lito Vitale Cuarteto" (1987) y "Ese amigo del alma (1988), que se editaron separados en Argentina. El primero contenía, entre otras, "Estar entre nosotros" y "Ese amigo del alma", mientras que en el segundo se podía disfrutar de todas ellas, además de otras dos composiciones, "Subito pianissimo" y "La luz sagrada" (esta última se podía escuchar en España, junto a los demás éxitos del cuarteto, en el doble CD recopilatorio de 1993 "La historia reciente", que contaba con un curioso CDmaxi con una versión single de "Ese amigo del alma" y otra recortada de "Recuerdos en mi bemol"). Retornando a "Ese amigo del alma", en España se cambió el orden de las canciones, colocando en los extremos las dos más emblemáticas, "Recuerdos en mi bemol" al comienzo y "Ese amigo del alma" como colofón.

Los padres de Vitale hablaban así de cómo empezó la relación de su hijo con la música: "Nosotros siempre hacíamos peñas con los amigos, y Lito empezó a interesarse por la música cuando tenía tres años, jugando con un piano viejo. Un día, llegó a casa un amigo español, que tocaba el piano y el violín, y Lito lo miraba tocar, petrificado. Después de haberlo escuchado, nos dijo: 'yo quiero ser músico y español'". Quién le iba a decir a ese pequeño que años después iba a ser venerado en España. Aunque Lito Vitale fuera el alma del conjunto, el que tenía en la cabeza el boceto de las canciones, las componía y las firmaba, los cuatro miembros del mismo actuaban como una sola mente ("cuando un músico no aporta su propia música al grupo, es difícil que siga en él, porque la propuesta no es acompañar a un solista; tienen que tocar lo que a ellos les parece, porque sé que lo que ellos tocan puede funcionar en mi música", decía Lito). Como anécdota mencionar que a la hora de la grabación de "Ese amigo del alma", Marcelo Torres fue a tocar sobre la base y no contó los compases, pero aun así lo clavó, dándose cuenta de que podía encajar naturalmente en el grupo, un conjunto que se mantuvo durante cuatro plásticos más ("La senda infinita", "Viento sur", La excusa" y "La cruz del sur") únicamente con cambios en la batería. Sólo se puede acabar agradeciendo la existencia de este trabajo, que vendió más de 200.000 copias tanto en España como en Argentina. Qué lindo disco hiciste, Lito!!!







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BILL WHELAN:
"Riverdance

Irlanda, basándose en su poderosa tradición musical, ha sido un clásico ganador del festival de Eurovisión, especialmente durante los años 90. Tras la victoria de Niamh Kavanagh en el año 93, se celebró en Dublín el festival de 1994. Para el comienzo de la segunda parte del mismo, antes de dar paso a las votaciones que dieron el triunfo de nuevo a Irlanda con la representación de Paul Harrington & Charlie McGettigan, el comité organizador propuso a Bill Whelan, afamado compositor nacido en Limerick en 1950, la creación de una pieza de esencia tradicional que mostrara el baile típico zapateado irlandés. Así nació "Riverdance", definida por él mismo como una especie de mezcla étnica entre lo irlandés, lo ruso y el flamenco, pero si la música era de una soberbia calidad, más impactante fue la coreografía exhibida, una vistosa danza interpretada por un conjunto capitaneado por el norteamericano (de padres irlandeses) Michael Flatley y la también norteamericana Jean Butler. Poco después la misma composición y coreografía fue representada en directo en el Royal Variety Performance (noche de gala a la que acuden los altos rangos de la familia real británica, televisada a todo el Reino Unido como antesala de la Navidad). El éxito superó cualquier esperanza, alcanzando dicha canción el número 1 de las listas irlandesas, donde permaneció 17 semanas. Sin embargo la hazaña, alabada también en otros países, no quedó ahí, puesto que dió pie a la consecución de un álbum entero, acompañado por un espectáculo completo de danza irlandesa con el título de "Riverdance, the show", representado en numerosas ciudades a uno y otro lado del charco. Una vez acabada la exitosa gira del show, Michael Flatley (cuya popularidad había aumentado considerablemente) se desvinculó de la misma para preparar su propio espectáculo, de título "Lord of the dance", que también contó con un gran éxito y la estupenda música de Ronan Hardiman, en un entorno más genuinamente irlandés que "Riverdance". Aunque con menos repercusión, Flatley continúa su carrera triunfal con nuevos espectáculos en los que desarrolla esa extraordinaria capacidad de movimiento y zapateado.

Resulta curioso que la semilla de "Riverdance" fuera una canción titulada "Timedance", interpretada por Planxty y compuesta por Whelan, Liam O'Flynn y Dónal Lunny también para un festival de Eurovisión representado en Irlanda, el de 1981. Los años transcurridos no han borrado las intenciones de la música, aunque sí han cambiado ligeramente el título, incluso han sustituido al genial gaitero Liam O'Flynn por el no menos impresionante Davy Spillane. El origen norteamericano de los primeros bailarines de "Riverdance" no es casual, ya que el disco cuenta la historia del viaje del pueblo Irlandés para encontrarse con otras culturas, principalmente en América, y el éxito del mismo en Estados Unidos evidencia el amor y respeto que esta música sigue cotizando tan lejos de los territorios genuinamente celtas. Una mágica y etérea introducción de flauta a cargo de Davy Spillane da comienzo a un show que, si simplemente escuchado es de por sí fabuloso, gana muchos enteros en su representación; "Reel around the sun" es ese comienzo, contagioso y atrapativo, un auténtico acierto en el que aparte de Spillane podemos escuchar ya a otros de los grandísimos músicos implicados en el proyecto, como Máire Breatnach (violín), Máirtín O'Connor (acordeón), Tommy Hayes (bodhran), Noel Eccles (percusión) o Des Moore (guitarra acústica). Otros momentos de gigantesca intensidad emocionan en el álbum: "The countess Cathleeen / Women on the sidhe" es una pieza rítmica, coreografiada por Jean Butler, en la que destacan violín y percusión, que está inspirada por los versos de William Butler Yeats. "Caoineadh Cú Chulainn (lament)" es precisamente un lamento, un corte compuesto especialmente para el lucimiento de Davy Spillane con la gaita irlandesa (uilleann pipe), que el intérprete acomete en el centro del escenario, dedicado al héroe mitológico conocido como el 'Aquiles irlandés'. "Firedance" es auténtica pasión de influencia española, una fusión asombrosa para la cual Whelan contrató, por mediación de la bailaora María Pagés (que trabajó con Whelan en "The Seville suite" y que fue contratada para bailar en el show de “Riverdance”) al guitarrista Rafael Riqueni, que repite en otro corte típicamente hispano, "Andalucia", junto al cantaor Juan Reina. "Slip into spring" es puro lirismo, el acordeón de Máirtín O'Connor domina un corte maravilloso evocador de leyendas ancestrales. "Macedonian morning" y "Marta's dance / The russian dervish" son edificantes acercamientos a culturas del este, de esencia festiva y acabado ejemplar; y Eileen Ivers es la encargada de interpretar el violín en la pieza que finaliza (salvo un reprise) el disco, "The harvest". No hay que olvidar la hipnótica presencia en todo el trabajo del coro Anúna, agrupación irlandesa para la cual estaban compuestas varias de las canciones de "Riverdance", interludios vocales de calidad entre vistosas coreografías. También Anúna intervienen en la canción principal del trabajo, la que desencadenó todo este fenómeno, un prodigió de fuerza, desarrollo e interpretación cuyo título, "Riverdance", es ya mítico en la música celta orquestal y en la danza irlandesa. El álbum, publicado en 1995 por Celtic Heartbeat (filial de Universal Records para música celta, fundada por el que fuera manager de U2, Paul McGuinness), tuvo dos versiones, una primera de portada anaranjada con menos incidencia del zapateado, y otra en un tono azul, mayor número de temas y un acabado espectacular por esa monumental combinación de artes. El sencillo que logró el número 1 contenía "Riverdance" y "Caracena", un espléndido tema de "The Seville suite", mientras que los otros dos CDsingles fueron "Reel around the sun" (con "Marta's dance / The russian dervish") y "Lift the wings" (con "Firedance"). También se comercializó un vídeo con el espectáculo, que incluía momentos no recogidos en el álbum, como un coro gospel, o números de baile sólo con percusión. Años después se puso a la venta otro CD y un DVD con el espectáculo en directo en Nueva York, “Riverdance on Broadway”.

Es importante destacar la apertura de miras del festival de Eurovisión en los últimos tiempos, destacando la victoria de Secret Garden en 1995 con "Nocturne", una canción prácticamente instrumental, las de canciones de corte folclórico como "The voice", de Eimear Quinn para la inefable Irlanda en 1996, o "Fairy tale" de Alexander Rybak por Noruega en 2009, o de Sertab Erener para Turquía en 2003 con un tema que entra de lleno en la world music modernizada, además de un meritorio segundo puesto del conjunto belga de música folk Urban Trad ese mismo año. También Dulce Pontes compitió por Portugal en 1991, y Noa con Mira Awad por Israel en 2009, pero fue Irlanda el páis más acertado cuando emplazó a Bill Whelan para un show especial, el que dió origen al fenómeno "Riverdance". Curiosamente, al año siguiente el encargado de amenizar el descanso en el festival también celebrado en Dublín fue otro compositor del mismo corte que Whelan, Mícheíl O'Súilleabháin, con una canción de título "Lumen" en la que, una vez revitalizada la danza irlandesa el año anterior, se intentaba hacer lo mismo con ese estilo vocal tan particular, si bien no se obtuvo el mismo éxito, posiblemente por su menor componente visual. Se puede decir sin temor a equivocarnos que el verdadero vencedor del festival de Eurovisión de 1994 fue Bill Whelan.




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17.8.06

JOEL FAJERMAN: "La aventura de las plantas"

Pocos músicos pueden ser tan recordados casi exclusivamente por una canción como en el caso aquí expuesto, un tema absolutamente mágico que ha llegado básicamente a todos los hogares a través de radio y televisión. Merced a diversos factores que implican calidad y oportunidad, esta situación se da en la persona del sintesista francés Joël Fajerman y su composición "Flowers love", memorable y tarareable hito de los teclados que en 1979 sirvió de sintonía a la conocida serie documental francesa "L'aventure des plantes" ("La aventura de las plantas" en la lógica traducción española). Puede que aquellos antiguos documentales nos interesaran más o menos, pero en esos tiempos de dos únicas cadenas de televisión todos acabaron fascinados por aquel comienzo de dibujos animados y por esa sintonía que, a pesar de estar interpretada con máquinas, rezumaba vida natural por los cuatro costados. El botánico Jean-Marie Pelt y el realizador Jean-Pierre Cuny fueron los creadores de los documentales, que nacieron cuando este último pudo constatar el desconocimiento de la mayoría de la población francesa sobre el mundo vegetal; el programa piloto sobre las orquídeas, que nació con 300.000 francos de presupuesto, fue sólo el comienzo de un éxito que se extendió por toda Europa y el resto del mundo, y al que sin duda contribuyó ese "Flowers love" que comenzaba con unos efectos muy propios de sintesistas consagrados como el griego Vangelis, otro que curiosamente comenzó a mostrarse al mundo unos años atrás gracias a otra serie de documentales franceses.

Joël Fajerman es un parisino que desde muy pequeñito destacó con el piano, pero en su adolescencia se mostró más interesado por el rock y las posibilidades de la electrónica que por su formación clásica en el conservatorio. Efectivamente, la seducción de los sintetizadores le convirtió en una especie de pionero en Francia en el mundo de la electrónica aplicada a la música (llegó a fundar la primera tienda en París especializada en instrumentos electrónicos, Phonorgan). Pasados los treinta años y después de destacar como músico de estudio y programador, Fajerman compuso esta banda sonora mítica en la que a pesar de destacar sobremanera los románticos sones del ya mencionado "Flowers love", hay mucha más música que comentar, una música que como veremos luego -y contradiciendo lo que se muestra y lo que todo el mundo cree- no pertenece realmente al documental de Jean-Pierre Cuny, aunque presente una buena cohesión (y no tan maravillosa, aunque correcta, producción). Se da la curiosa circunstancia de que Fajerman nació en el mismo año que su compatriota Jean-Michel Jarre, 1948, y este disco tiene mucho del sonido Jarre (sólo hay que escuchar temas como "Racines sinthetiques", "Levantines" o "Incantation"), melodías de sintetizador adornadas por brumosos fondos y rítmicas secuencias pero que en muchas ocasiones suenan a música clásica, revelando los orígenes de conservatorio y las influencias adquiridas en la juventud. Otro sonido sospechosamente presente es el de Vangelis y sus documentales antes mencionados, pues en composiciones como "Painted desert" parece evocar algunos pasajes de "L'apocalypse des animaux". Ahuyentando cualquier duda, Fajerman demuestra sus capacidades en grandes momentos misteriosos ("Ma forêt"), poéticos ("Reminiscences"), melancólicos ("Rose des sables") o rítmicos ("Racines synthetiques"), aunque en ningún caso igualando la increible fuerza expresiva de la melodía de los títulos de crédito, todo un clásico de la electrónica más melódica en aquellos comienzos tan experimentales y faltos de prejuicios (Fajerman utilizó diversos sintetizadores, secuenciadores y otros teclados como el clavinet). Destacar que el single de dicha pieza incluía un tema inédito en la cara b, "Holiday village".

A pesar de que la serie vió la luz en 1979, la publicación del trabajo de este músico francés no llegó hasta 1982, a cargo de Carrere -RCA en España, con el título en castellano-, logrando un gran éxito y popularidad. Sin embargo Fajerman había dado muestras de una sorprendente inquietud en esos años, publicando diversos discos en solitario o junto a otros músicos como Jan Yrssen, que realmente fueron la base de "L'aventure des plantes", a todas luces -y a excepción de la sintonía- una suerte de disco recopilatorio de los mejores momentos de Joël en trabajos como "Musique pour l'image" (que contenía "Racines synthetiques" y "Ma forêt") Prisme" ("Incantation" y "Strings"), "Painted desert" ("Painted desert", "Rose des sables" y "Sirocco") o "Azimuts" ("Levantines", "Reminiscences" y "Plage de Lune"). Tal vez su carácter compilatorio haga que el trabajo sea más inspirado que una banda sonora al uso, puede incluso que esta circunstancia desmitifique un poco la figura de Joël Fajerman, sea como sea, este parisino siguió componiendo esporádicamente para documentales ("Les inventions de la vie" tenía también grandes momentos), pero nunca alcanzó los niveles de "Flowers love", una semilla que se convirtió en el árbol que le viene dando sombra desde entonces.

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VANGELIS:
"Heaven and hell"

Por momentos, la producción discográfica del griego Vangelis durante cerca de 30 años -décadas de los 70, 80 y 90- es más digna de los dioses del Olimpo que de un simple mortal; de su talento han surgido composiciones magistrales conocidas, en muchos casos sin saber que son suyas, por absolutamente todos. "Heaven and hell" es un ejemplo de por qué Vangelis está a otro nivel (y forma para mí una terna inigualable en la música instrumental desde los 70 junto a Mike Oldfield y Jean Michel Jarre).
La concepción de este primer disco de Vangelis para RCA tuvo algo de caótico, ya que los estudios Nemo, donde fue grabado, estaban aún de obras en esos meses de 1975. Sin embargo ésto no contuvo la inspiración del compositor sino que posiblemente contribuyó a crear atmósferas más extrañas para según qué momentos de la obra, la cual aunque esté dividida en dos partes en realidad presenta nueve temas con títulos propios, aunque éstos no fueran incluidos en el disco. Con la temática dual del cielo y el infierno, Vangelis creó un trabajo espectacular e innovador para la época, en el que no sólo aprovechaba su capacidad con los teclados sino que se ayudó de una manera grandilocuente de los acompañamientos vocales (coros y voces solistas) y de ciertos instrumentos y arreglos sinfónicos a lo Carl Orff, que contribuyeron a que la obra tomara tintes épicos. "Heaven and hell" no es en absoluto un disco lineal, sus diferentes variantes rítmicas a ambos lados del vinilo representan las ideas de cielo e infierno que nos quiso mostrar el autor, siendo las celestes más tranquilas, corales y luminosas, mientras que las infernales son sombrías, lúgubres y caóticas. Con su latente orquestalidad, todo el disco es digno de elogio, pero me gustaría destacar un par de temas de cada parte: A partir del minuto 13 de la primera nos encontramos con una pequeña maravilla identificada como "Movement 3", una pieza en la que se puede escuchar la primera idea de lo que luego sería la melodía principal de su oscarizada "Carros de fuego", pero en tan sublime mezcla de sinfonismo con la electrónica que incluso el gran astrónomo Carl Sagan no dudó en incluirla en la conocida banda sonora de la conocida serie documental "Cosmos", unas imágenes con las que la música de Vangelis casa a la perfección. Tras "Movement 3" aparece el tema cantado por el inconfudible vocalista de Yes Jon Anderson, "So long a go, so clear", una grandísima canción que nadie debe dejar de admirar, con la que estos dos amigos comenzaron sus interesantes colaboraciones. En la cara infernal es misteriosamente fascinante la fuerza rítmica del segundo movimiento, de título "Needles and bones", pero sin duda una de las composiciones 'tapadas' del álbum es la siguiente, la expresivamente caótica "12 O'clock", una dantesca sucesión de sonidos en falsa entropía que parecen enmascarar los sufrimientos del infierno, acompañados por la voz de Vana Veroutis, que también se puede escuchar en "Cosmos".
Está claro que Vangelis es un artista único cuyas ideas sólo pueden salir a flote trabajando en solitario. Antes de la creación de "Heaven and hell" estuvo a punto de unirse al grupo Yes como teclista, con lo cual pudiera ser que ahora no estuvieramos hablando de este disco. Mis conceptos de cielo e infierno no han cambiado con él, pero sin duda faltaría algo en la historia de la música.


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9.8.06

JERRY GOODMAN:
"On the future of aviation"

En los años 70 la fusión entre rock y jazz contaba con un nombre por encima de todos, el de la Mahavishnu Orchestra. Este glorioso grupo liderado por el guitarrista inglés John McLaughlin gozó de un gran éxito en sus comienzos, y en ellos, de 1971 a 1973, estaba presente un eficaz violinista llamado Jerry Goodman, conocido anteriormente por su destacada estancia en otro recordado grupo de jazz rock, The Flock. Tras abandonar la primera formación de la Mahavishnu (no sin un cierto clima de tensión), y después de una ausencia de diez años en el panorama musical, Jerry iba a sorprender a todos con un agradable álbum de portada fantasiosa, que si bien no se puede calificar en su conjunto como una obra inmensa, sí que será siempre alabado por incluir una de las grandes composiciones de la música instrumental de los años 80, una experiencia auditiva sin igual que ha trascendido en el tiempo y que también daba título al disco que la contenía: "On the future of aviation", publicado por Private Music en 1985.

Es de admirar la cantidad de grandes artistas que se juntaron en Private Music en los 80, a la sombra de la popularidad de Windham Hill o Narada Productions pero destacando por un estilo algo más avanzado y de enorme elegancia. Precisamente la combinación de la tenue electrónica (asociada al término new age, del que no huyó Goodman en ese momento) del sello de Peter Baumann, con el jazz rock de sus épocas pasadas fue un desafío para el músico, el reto que Jerry Goodman necesitaba para salir de su retiro: "Yo había estado tocando música desde que tenía 8 años, mucho tiempo durante el cual habían sucedido muchas cosas. Tuve que solucionar algunos problemas de motivación... pero no esperaba que me llevara tanto tiempo". El momento era idóneo, y esa motivación fue tan grande que este trabajo sigue siendo recordado hoy en día por los seguidores de este estilo de música, además de por los que el músico pudiera arrastrar desde la época en la que revolucionó la sonoridad del jazz-rock con el violín eléctrico. El disco se abre con un sugerente tañir de campanas y los épicos compases del tema principal, "On the future of aviation", motivadísima composición que combina un fenomenal lirismo con un frenético ritmo constante de violines emulando idílicos vuelos. Son siete minutos que por sí solos ya merecen un disco que los arrope, y en los que Goodman consigue extraer del violín la sonoridad de una guitarra eléctrica (hay un fantástico solo a mitad de la pieza) pero con las cualidades sonoras de un instrumento de arco. Goodman, que compone las seis canciones del álbum, también lo produce junto a su tío, el pianista de jazz Martin Rubenstein. Ritmos cálidos (la aterciopelada y climática melodía de "Endless november", la esencia tropical de "Orangutango"), secuencias pegadizas que se mueven entre jazz, folk, rock y electrónica ("Outcast islands" -de alocados vaivenes-, "Sarah's lullaby" -tema de apariencia personal, casi privada, con una furiosa guitarra eléctrica a cargo del propio Goodman-) o la estimulante ambientalidad de otra composición destacada, la enérgica y atractiva "Waltz of the windmills", completan una obra que Jerry Goodman asegura no lo grabó para vender sino para disfrutar, haciendo además disfrutar con su trabajo a mucha gente, como por ejemplo un Ramón Trecet que en el segundo volumen de la recopilación "Diálogos con la música" afirmaba sobre este trabajo que "es la más perfecta síntesis de la música de la Nueva Era, su frescura actual es la mejor garantía de su calidad". One Way Records reeditó el CD en el año 2000, mientras que ese mismo año 1985, Private Music lanzó un maxi titulado "Selections from On the future of aviation", una pieza de colección que contenía los mismos tres cortes en ambas caras: "On the future Of aviation", "Sarah's lullaby" y "Endless november". Mención especial requiere el video-clip de la canción principal, un maravilloso vuelo en tonos pastel que sirvió para publicitar el álbum en televisión.

Goodman nació en Chicago en 1949 y y de muy joven fue preparado en la interpretación clásica del violín, ya que sus padres tocaban en la Orquesta Sinfónica de Chicago. Fue sin embargo el contacto con los grupos de fusión lo que acabó llevándole irremediablemente hasta una cierta fama, sobre todo en esa Mahavishnu Orchestra de comienzos de los 70 en la que coincidió con el teclista Jan Hammer (de hecho se hicieron buenos amigos, y publicaron un disco juntos en 1974, "Like children"), que obtuvo un gran éxito con la música de "Miami Vice" justo un año antes de la publicación de "On the future of aviation". Quizás Goodman quiso demostrar que él también podía pasar a la historia de la música instrumental, y realmente lo hizo con este disco, aunque posteriores trabajos no llegaron al nivel de este pequeño gran clásico de la new age. Por ejemplo, "Ariel", publicado en 1986 por la misma Private Music, sigue la estela de "On the future Of aviation" pero en un grado menor de inspiración, a pesar del innegable fervor del violín (así como alguna guitarra resonante), y de varios cortes destacables (especialmente el primero, "Going on 17"), si bien acusa la ausencia del gran single que sí lucía en su primer álbum, una pieza de tan hermosa naturaleza que es capaz de conmover a cualquiera, y que supuso un auténtico hito de la música instrumental contemporánea. Tantos años después, sigue sonando fresco y auténtico.





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CRAIG CHAQUICO:
"Acoustic highway

Este trabajo es fruto del paso natural de la vida y de la evolución de un músico que vivió en la cresta de la ola. Aún así, no todos los que tomaron en sus manos "Acoustic highway" en 1993 sabían quién era Craig Chaquico, en especial los pertenecientes a una nueva generación de consumidores de música instrumental. El pequeño libreto del CD nos da algunos detalles, una foto impagable nos presenta a un no muy joven melenas con aspecto de rockero (cazadora de cuero, botas en punta, camiseta negra, vaqueros ajustados) y una enorme Harley Davidson a sus espaldas. Así es Chaquico (léase Chaquiso, por obra y gracia de sus abuelos portugueses), un californiano enamorado de las rutas en moto por las extensas y polvorientas carreteras del medio oeste de los Estados Unidos (el título del disco es significativo), y un conocido guitarrista en el mundillo del rock, donde conoció el éxito merced a su paso de quince años por la mítica banda Jefferson Starship.
 
La pregunta es evidente: ¿cómo se convierte un rockero como éste en superventas de nueva música instrumental? En gran medida se lo debemos al embarazo de su mujer, Kimberly, que requería un silencio en la casa que la escandalosa guitarra eléctrica no era capaz de otorgar. Chaquico pasó así a entretenerse con la (un poco más calmada) guitarra acústica, y pareció encontrar en ella un sorprendente estímulo para su creatividad, tanto rememorando sus años rock como improvisando con jazz o blues, para lo que contó con la ayuda de un viejo amigo, Ozzie Ahlers. La fructífera amistad de Chaquico y Ahlers se remonta a muchos años atrás, así que acometieron juntos un proyecto acústico que, presentado a numerosas compañías, parecía no tener salida fácil por esa mezcla de estilos, las compañías de rock querían que sonara más rockero, las de jazz exigían un sonido más jazzístico y lo mismo con las de blues o incluso alguna de new age, todas consideraban esta música difícil de encajar y daban algún nombre específico sobre cómo debería sonar para ser publicada; la propia Windham Hill aclaró que para su edición debería sonar 'más new age'. Afortunadamente, y tras un cierto desánimo, apareció Higher Octave Music que, curiosamente y con mucho criterio, pensó que Chaquico, con sus muchas e interesantes influencias, sonaba a algo nuevo y podía tener su mercado. Esta compañía californiana acertó de pleno confiando en Craig, y esencialmente durante los años 90 su guitarra se hizo tan conocida en los círculos de la new age (nunca le ha importado que se llame así a su música) como años antes lo había sido en el rock. Este disco, que llegó al número 1 de las listas de new age del Billboard, demuestra por qué fue así, sencillas melodías se adornan de forma rotunda con un estilo personal (al parecer este guitarrista utiliza la parte redondeada de la púa en lugar de la puntiaguda, obteniendo un tono más grave para los solos) que muy pronto se iba a convertir en un sonido muy familiar y característico. Así, los nueve cortes de esta producción de Ozzie Ahlers, William Aura y el propio Chaquico, están inspirados en las carreteras, la naturaleza, y en las leyendas ancestrales de los indios americanos, como en el caso de la monumental pieza que abre el trabajo, "Mountain in the mist", o la espectacular "Sacred ground", incluída en el recopilatorio motero "Harley Davidson Road songs". Entre tanta melodía deliciosa es difícil destacar alguna en particular, si bien una canción sentida y auténtica, tal vez el corte estrella del álbum, es "Gypsy nights", muy elaborada, con guitarras superpuestas creando efectos acústicos magistrales. Esas 'noches gitanas' de tarot, amor y lobos se acercan más a la calma que al poderoso ritmo que domina gran parte del álbum, por ejemplo las contundentes "Return to the eagle" o "Acoustic highway", otros pequeños clásicos de la nueva música instrumental de guitarra, y es que al menos 5 o 6 composiciones de este trabajo han sonado hasta la saciedad en emisoras alternativas de radio y se han incluído en recopilatorios de todo tipo, contribuyendo al afianzamiento del sonido de cuerdas de Chaquico, y por supuesto a que sus discos fueran superventas en Estados Unidos y tuvieran una espectacular acogida en el resto del planeta. Incluso composiciones de menor importancia en la totalidad del álbum como una animada "Angel tears" o la melancólica "Summers end", presentan una magia especial, totalmente fascinante, en un conjunto más que recomendable con un acabado potente pero muy sensual, en el que Chaquico toca guitarras y efectos, y Ozzie Ahlers teclados y percusión.
 
La de Chaquico también es una historia de superación: cuando tenía doce años fue atropellado por un conductor borracho, con el triste resultado de brazos y piernas rotos por varios sitios. Desde entonces, animado por su médico y por su padre (que le contó que Les Paul tuvo también un terrible accidente y tocar la guitarra le ayudó a superarlo), no paró de ensayar con la guitarra en la misma silla de ruedas hasta volver a encontrar una gran movilidad en sus dedos. En los 90 intentaba devolver el favor acudiendo a hospitales en nombre de la American Music Therapy Association, dando pequeños conciertos para los pacientes, convencido del poder de la musicoterapia. Su evolución hacia otro tipo de música también supuso una prueba para Craig, y gracias a su constancia actualmente es reconocido como uno de los grandes guitarristas de la new age. La publicidad de la compañía afirmaba que este debut instrumental en solitario introduce una excitante nueva dimensión en su música, así nos lo contaban sus dos primeros trabajos, "Acoustic highway" y "Acoustic planet", sendas muestras de sonidos vivos, placenteros y estimulantes.



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7.8.06

HENRYK GÓRECKI:
"Symphony No.3"

Aunque no tenga nada que ver con las víctimas de los campos de concentración, la inmensa fotografía de portada de este álbum ('A maiden at prayer', obra de la influyente fotógrafa estadounidense Gertrude Käsebier en 1899) posee una extraordinaria fuerza que casa perfectamente con el contenido de la obra a la que ilustra. La tercera sinfonía del compositor Henryk Górecki no sólo posee unas características dramáticas totalmente intencionadas sino que la propia historia de la pieza comienza con un injusto tratamiento de la crítica, afortunadamente resuelto años después, cuando el gran público pudo conocer una obra comprometida capaz de llenar cualquier alma. Eso sucedió cuando, merced a la convicción de una buena casa discográfica (Elektra Nonesuch), que puso los medios necesarios a disposición de dicha partitura y una hábil maniobra publicitaria, esta grabación llegó a los oídos de miles de personas que, embelesados, la auparon en el año 1992 a los primeros puestos de las listas de ventas inglesa (sexto puesto en la lista general) y americana (número 2 en la lista de clásica, en la que permaneció 158 semanas), superando en la actualidad el millón de ejemplares vendidos, algo impensable en la música contemporánea. Este dato es aún más interesante por el hecho de que la sinfonía fue compuesta a finales de 1976, diecisiete años antes de su éxito, y publicada por otras casas discográficas que sin embargo no creyeron en sus posibilidades y no actuaron en consecuencia (Polskie Nagrania Muza, Schwann Musica Mundi, Olympia). Fue el disco de esa maravillosa portada en blanco y negro el que dió a este compositor polaco nacido en 1933 en Katowice el merecido reconocimiento popular, después de las durísimas críticas recibidas en el estreno de esta composición. La compañía americana Elektra Nonesuch fue la encargada de grabar y comercializar esta versión antológica en 1992, interpretada por la cantante americana Dawn Upshaw y por la London Sinfonietta, conducida por David Zinman. Tal cúmulo de nombres prestigiosos dieron el empujón definitivo para la radiodifusión del trabajo y el resto lo hizo el público, que emocionado llamaba a las emisoras y escribía cartas para expresar su admiración, fueran o no consumidores de música clásica.

Y es que emoción es precisamente la palabra que mejor define esta obra maestra de la música, llámese clásica, contemporánea, religiosa, ambiental o new age, términos estos últimos que aunque parezcan lejanos a la propuesta de Górecki, acogen en ocasiones a artistas que nada tienen que ver con ellos, descontextualizando el espíritu de sus composiciones, utilizándolas como simple música de relajación. Los que ven el vaso medio lleno opinan que así es más fácil llegar a todos los públicos, incluídos esos que jamás sintonizarían una emisora de música contemporánea o se pararían a consultar revistas de clásica. Esta majestuosa obra que Henryk Górecki dedicó a su esposa es conocida como la "Sinfonía de las lamentaciones", y en ella el autor supo captar de una forma impresionante el sufrimiento de los presos de campos de concentración en la Segunda Guerra Mundial. Se podría hablar, en música, de lo que "La lista de Schindler" supuso en cine. Sin embargo, la intención real de Górecki no fue la creación de una sinfonía sobre la guerra, ni siquiera una obra religiosa, sino una canción de amor, y oracional o no, la gente realmente se enamoró de ella, incluso para muchos supuso una especie de consuelo, una catarsis (un milagro, llegó a decir también el compositor polaco). Dividida en tres movimientos para orquesta y soprano, goza de una aparente sencillez que la hace cómoda de escuchar, de hecho, casi imposible de detener. El primer movimiento ("Lento - Sostenuto tranquillo ma cantabile") es un crescendo de sensaciones, un canon en el que las inofensivas cuerdas que lo conducen transmiten una tensión fuera de lugar, acrecentada con la entrada de la soprano en el minuto 13; la pieza (un lamento de la Virgen María hacia su hijo crucificado, basado en un texto anónimo) decrece posteriormente hasta morir a los 27 minutos. El segundo movimiento ("Lento e largo - tranquillissimo") es el más popular (de hecho, y como parte de su estrategia comercial, un extracto fue distribuído en CDsingle de manera promocional por Elektra para su radiodifusión en 1993), y donde más se hace notar la admirable voz de Dawn Upshaw, así como el que constituye un emotivo recuerdo a los presos judíos, al estar inspirado en la plegaria que una prisionera de 18 años, Helena Blazusiak, inscribió en el muro de su celda de una prisión de la Gestapo en Zakopane. Esta especie de letanía a Nuestra Señora de los Siete Dolores, virgen adorada en Polonia, es una de las piezas más emocionantes con las que cualquier oyente se puede encontrar, un clímax contínuo y fantasmal sobre el cual Górecki dice: "Quería que el monólogo de la muchacha pareciera como canturreado (...) por un lado casi irreal, pero por otro dominando a la orquesta". Los 17 minutos del tercer movimiento ("Lento - cantabile semplice"), algo más folclórico (se basa en una melodía popular de la región de Silesia -aportada por el folclorista polaco Adolf Dygacz- que describe el dolor de una madre por su hijo, caído durante la guerra), concluyen el disco con la eficacia de quien tenía mucho que decir, aunque tardáramos tantos años en escucharle. De hecho esa fama tardía le confundió en un primer momento y le persiguió (gratamente, aunque trastocando su cotidianeidad) hasta el momento de su muerte en el año 2011.

Tras unos comienzos más vanguardistas, Górecki comenzó a trasladar con adoración el catolicismo a la simpleza de sus obras, hasta el punto de encontrar la denominación de 'minimalismo sacro', compartida con otros importantes nombres de la escena contemporánea como Arvo Pärt o John Tavener. La adoración tardía hacia este compositor le ha llevado a la primera línea de popularidad y a que sus discos se puedan adquirir en casi cualquier sello importante de música clásica, incluída esta famosa tercera sinfonía dotada de un sentimiento si cabe más sincero al provenir su autor de un país tan castigado en la Segunda Guerra Mundial como Polonia (incluso parte de su familia murió en Dachau y Auschwitz). A raíz del éxito de esta tercera sinfonía, multitud de ediciones se acumularon en el mercado discográfico en años posteriores, entre ellas las de compañías importantes como Naxos, Philips Classics, Arte Nova Classics, BMG, EMI Classics, Naïve o Decca. También se encuentra a la venta un DVD del año 2005 de Polskie Radio. Al respecto aseguraba el compositor: "Ni yo mismo sé explicarme el cómo y el por qué de este fenómeno, del mismo modo que no sé explicarme cómo sale el sol cada mañana". El crítico Norman Lebrecht escribió que la imparable ascensión del polaco desafiaba cualquier dogma de fe de la industria del disco. Si aún no has escuchado la tercera sinfonía de Henryk Górecki hazte con una copia cuanto antes, apaga la luz, cierra los ojos e indaga en la frase de este genial músico: "en nuestra sociedad tenemos todas las necesidades cubiertas (...) en realidad no nos queda más camino que ir hacia lo espiritual". No te arrepentirás.




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4.8.06

JEAN MICHEL JARRE:
"Oxygene"

En 1976 un pequeño volcán iba a estallar en tierras francesas de la mano de un joven músico cuyo apellido estaba directamente ligado a la música de cine pero que se estaba forjando una carrera por sí mismo entre instrumentos muy distintos a los que utilizaba su padre, el oscarizado Maurice Jarre. Este muchacho se llamaba Jean Michel, y aunque llevaba años destacando en la producción y composición de música para otros autores y algunas bandas sonoras (a destacar la del film "Les granges broulées") el disco que iba a encumbrarle llegaría en 1976 de la mano de Disques Dreyfus y con el título de "Oxygene", un trabajo que tenía numerosas virtudes, pero la más importante era la de impactar al oyente (al menos si éste estaba abierto a nuevas sensaciones, sobre todo teniendo en cuenta la época del nacimiento del disco).

El primer impacto es el de la cuidada portada, obra del artista Michel Granger, anunciadora de un desastre ecológico para nuestro planeta. Luego estaba el hecho de que se tratara de un continuum musical, aunque tuviera 6 cortes, pero cada uno de igual título, sólo que numerados. Sin embargo la revolución se produce en el momento en que comienza a sonar "Oxygene part 1", cuando melodías de sintetizador comienzan a tejer una red de sonoridad inigualable en la época. Mike Oldfield era más rock o folk, y Kraftwerk o Tangerine Dream más industriales, ésto era, simplemente, la música de las estrellas. "Oxygene part 2" siempre será una de esas melodías asociadas a una imagen, la de la carrera final de Mel Gibson entre las trincheras en "Gallipoli", la inolvidable película de Peter Weir. Una pieza soberbia, posiblemente de lo mejor de Jarre en toda su carrera, adornada de efectos espaciales, que quedó eclipsada por la fama de un título, "Oxygene part 4", melodía repetida y tarareada hasta la saciedad (que contaba también con un divertido y ecologista video-clip protagonizado por pingüinos) que sin embargo, por obra y gracia de un talento incomparable con los sintetizadores, iba a ser cuanto menos igualada por otras muchas durante muchos discos. Desde ahí hacia el final fondos burbujeantes, vientos, un pequeño homenaje a Ravel en el quinto movimiento, y sobre todo la seguridad de que la música electrónica podía entrar en cualquier hogar a través de un Jarre que, aunque ya tenía un par de discos en el mercado, se convertía en estrella de la noche a la mañana.

Quizás una de las cosas que más me sorprenden de "Oxygene" (y de la mayoría de las primeras grandes obras de Jarre, en general) es lo bien que se adaptan al paso del tiempo, al escucharlas en la actualidad se aceptan perfectamente y no parecen excesivamente artificiales ni obsoletas (como puede suceder con otras obras de la época), si bien es cierto que están adornadas por un aire retro, y ciertos sonidos y secuenciadores nos recuerdan a esa época de avances tecnológicos. A medio camino entre la renovación y el puro negocio, Jarre decidió que en los 90 había que ejecutar una continuación, adaptada convenientemente a los tiempos, de su obra más emblemática (siguiendo la estela de la continuación de "Tubular bells" que en el 92 había presentado Mike Oldfield), así que apareció un interesante "Oxygene 7-13", que también me atrevo a aconsejar en este mismo post como complemento, eso sí, sin olvidar que donde realmente respiramos la originalidad, la genialidad y por qué no, la insolencia del joven Jean Michel es en el auténtico "Oxygene", pionero de muchas causas que aún continúan.



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GEORGE WINSTON:
"Autumn"

Al poco tiempo de que Will Ackerman fundara Windham Hill y de paso una nueva categoría musical que la revista Billboard no tardaría en denominar como New Age, quedó claro que dicho sello no podía quedarse en los discos de su fundador o de su primo, el también guitarrista Alex de Grassi. Bill Quist fue el primero que, inspirado en el gran compositor impresionista Erik Satie, intercaló un disco de piano en el catálogo de la compañía. Sin embargo había que esperar un poco más para encontrar al músico que, con ese instrumento, iba a acabar de romper con muchas ideas establecidas. El personaje que iba a revalorizar el mercado de la música instrumental iba a ser George Winston, un repartidor de Montana que contactó con enfermiza insistencia con Ackerman para aconsejar al guitarrista Bola Sete para la nómina del sello. Sete no iba a tener cabida en el mismo, pero después de no poder quitarse de encima de ninguna manera al tal George Winston, el mandamás de Windham Hill accedió a publicarle un disco de guitarra. Afortunadamente la situación cambió cuando de casualidad Ackerman escuchó a Winston tocar el piano, así que este extravagante artista acabó publicando en 1980 un disco de solos de piano titulado "Autumn", revolucionando de paso la forma de entender este instrumento, aunque a través de multitud de influencias de músicos de siempre.

La mayor de esas influencias venía de Fats Waller, pianista de principios del siglo XX que interpretaba en el estilo 'jumper walk' del que, en una nota que no se llegó a publicar, se señalaba Winston como eterno deudor. El piano de George Winston es pausado pero lleno de pequeños matices que le dan un especial colorido a las composiciones, que acaban reflejando perfectamente lo que desea el pianista, es decir, esa música "estacional" y paisajística, de aire bucólico con inspiración en el blues, jazz, ragtime, country y sobre todo en los paisajes de Montana (cuna del también pianista Philip Aaberg), lo que la ha llevado a autodenominar como 'piano folk rural', desentendiéndose incluso del sonido Windham Hill. "Autumn" comenzaba con "Colors/Dance", un tema largo y bien estructurado que era sin embargo un simple preludio para las grandes canciones del disco, composiciones tan maravillosas como las inolvidables "Woods" o "Moon", dos delicadas melodías que perduran en la memoria como las fotografías de un viaje. "Longing/Love" o "Sea" son otras de las piezas que completan y embellecen el otoño de este virtuoso autodidacta, en el cual las hojas secas caen a su paso marcando un camino que iba a continuar -eso sí, con grandes intervalos de tiempo entre disco y disco- durante muchos años (con "Winter into spring", "December" y "Summer", para luego encontrar otro tipo de inspiraciones y perdiendo de paso algo de la esencia del éxito). El resultado es un disco encantador, muy cohesionado y, merced a sencillas melodías de base folclórica, difícil de no escuchar en su totalidad a pesar de tratarse de casi cincuenta minutos de piano en solitario.

Ni Bola Sete, ni Fats Waller, ni otros de sus ídolos como John Fahey, Vince Guaraldi o el organista de los Doors Ray Manzarek; el que logró que la gente deseara escuchar solos de piano de estilos presumiblemente poco modernos o duraciones inusuales fue el propio George Winston, un personaje extraño y tímido pero seguro de su camino, enamorado de la música (le encanta también el flamenco), de la slack key guitar (guitarra hawaiana) y de sus gatos, un pianista influyente (al menos en los 80, cuando nadie podía etiquetar su música) que sale a actuar descalzo y en vaqueros y lo primero que hace es aplaudir al público. Yo aplaudo este
"Autumn".



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